Barcelona, viernes 17 de agosto del 2012






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Diario de Buzz Lightyear

Visto y oído en Israel y Palestina

Mientras intento entender algo, todo el mundo se pone a cubierto.”

Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle (Astiberri Ediciones, 2012)

Barcelona, viernes 17 de agosto del 2012

4.40 horas. Bus N 16 hasta la terminal 2 del aeropuerto de El Prat. Enlazo con el lanzadera. En el panel electrónico: “Próxima parada T1 Salidas”. Franqueo la puerta automática, en la que pone: “No empujar”.

5 horas. Vuelo 6793 de Iberia. En el mostrador de facturación (check in). En el cartel de arriba: “One world”. En el suelo encerado, esa frase: “Espere su turno”. Levanto la cabeza, y una extensa indicación: “En el caso de denegación de embarque o cancelación…”.

6 horas. “Por favor, deposite sus objetos personales en las bandejas”, me ordena el personal de Securitas, supervisado por la Guardia Civil. En la bandeja: cartera, cinturón, reloj, móvil, mochila. El ordenador Toshiba, en bandeja aparte. Paso por el detector de metales. No pita.

6.37 horas. Cruzo la puerta de embarque D 18.

6.40 horas. Me siento en las mesas de la cafetería Dehesa Santa María, “especialistas en productos ibéricos”, con esta invitación: “Antes de salir, disfruta del sabor ibérico”. En una de las patas del aeropuerto, entre los focos, el anuncio: “Apadrinar. Ignorar. Tú escoges”. Por los altavoces se da un aviso “importante”: “Por favor, esté atento a la información mostrada en los monitores. Por la megafonía de este aeropuerto no se realizan llamadas de embarque”.

7 horas. Tomo asiento en el número 31 E. Leo: “Abróchese el cinturón mientras esté sentado”. Leo: “Chaleco salvavidas debajo de su asiento”. Avión Airbus 340 con dirección a Madrid, y con un manual de emergencias titulado “Para su seguridad”. Hojeo la revista Iberia Ronda Magazine, “ejemplar gratuito para el viajero”. Escucho: “Tripulación, cerramos puertas”. El avión despega. “¡Bravo!”, grita el pasajero de delante. “Buenos días, señoras y señores, bienvenidos a bordo”, saluda el sobrecargo, amable por su displicencia: “Estamos a su disposición para atender sus peticiones”.

8 horas. “Atención, tripulación de cabina, preparados para el aterrizaje”, dice en voz alta el piloto. Aire acondicionado frío. Necesidad de mantas. Salgo por la manguera o shuttle. “El futuro está lleno de oportunidades”, muestra el eslogan del banco HSBC. En los corredores del aeropuerto de Barajas, me sitúo: “Usted está aquí”. Sigo la flecha de “Conexión otros vuelos”. Cruzo la puerta R. Llego al Airport Shopping, el dutty free: “Tus compras te harán volar”. Me siento en los taburetes de plástico de La Pausa, “especialistas al grill”. Un cruasán París, 1,90 euros. Un café con leche, 2 euros. “¡Pide tu helado!”, leo en el frigorífico. Paso por un nuevo arco del control de seguridad, justo en la puerta de embarque del avión que vuela a Israel. En la bandeja: cartera, cinturón, reloj, móvil, mochila. El ordenador Toshiba, en bandeja aparte. No pita. En un botón cercano al escáner, pone “pulsador de alarma”. Cojo el vuelo Tel Aviv Ely 8396 de Iberia.

10 horas. Embarco, boarding. Primero suben la clase Premium Platino, bussiness y bebés acompañados de sus padres. “Cuidado, suelo irregular”, queda escrito en el fuselaje. “La cortina debe estar abierta durante el despegue y el aterrizaje”, queda escrito en la cocina del avión. Leo: “No abrir las puertas cuando la luz roja de aviso esté parpadeando”. Leo: “Cabina presurizada”. Asiento 22 E. En mi asiento, publicidad de Global Assistance Allianz: “Cuidamos cada detalle de tu viaje”. Avión Airbus 319 B. Sin levantarme, leo: “Abróchese el cinturón mientras esté sentado”. Leo: “Chaleco salvavidas debajo de su asiento”. “Disculpe, señor, ¿puede cambiar de asiento? Mi amiga está en el 18 C”, me pide mi vecina. “No duden en solicitar nuestra ayuda. Mi nombre es Ángeles Gallego…”, se ofrece la sobrecargo, que informa del concurso de dibujo infantil a bordo. “Entrando en pista para despegue”, anuncia el piloto.

11.30 horas. “Esta comida no contiene cerdo”, dice la nota de la bandeja de comida. “¿Café, señor?”, me pregunta un azafato. Hay “wifree”. “En NH tu mundo es más libre”, asegura la publicidad en la bolsa del asiento. En el lavabo del avión: “Sírvase echar el pestillo. Por cortesía hacia el siguiente pasajero, use una toallita para secar el lavabo. Gracias”. Voz del comandante: “Buenos días, las autoridades israelíes han reforzado las medidas de seguridad en los vuelos comerciales. Por ello, deben permanecer sentados y con los cinturones abrochados. Gracias”.

13.44 horas (hora de España). Lectura de La revolución y el deseo, de Miguel Núñez, con esta dedicatoria: “A los hombres y mujeres perseguidos, torturados, encarcelados, asesinados tan sólo por amar la libertad”.

14 horas. “Buenas tardes, estamos llegando a Tel Aviv, comprueben que sus mecanismos electrónicos estén apagados y su equipaje de mano en correcta posición. Tripulación, preparando aterrizaje”, manda el comandante. Un bebé llora. Aterrizaje. Aplausos.

14.26 horas (hora española). “Tripulación, desarmar rampas” es la última frase del piloto que escucho. Aeropuerto internacional Ben Gurion. Publicidad en una lona que cubre una pared entera: “Heineken open your world”.

14.40 horas. Aduana, border control. Las preguntas del interrogatorio al que soy sometido: ¿A qué vienes? ¿Es la primera vez que vienes a Israel? ¿Adónde vas? ¿Te vas a mover por la zona palestina? ¿Hebrón, Nablús, Gaza? ¿Seguro que Gaza no? ¿Conoces a alguien en Israel? ¿Tienes intención de participar en actividades sociopolíticas? ¿De qué trabajas? ¿Este viaje tiene que ver algo con tu trabajo?

14.50 horas. Me estampan el sello en la página 18 del pasaporte, sobre la silueta de unas tortugas marinas: “Visa: visit permit. 17.8.2012. Por tres meses”. Otro sello en una hojita lo recoge una azafata más adelante. En el móvil aparece la compañía Cellcom. Me voy a la mesa 16 de maletas perdidas: Lost and Found. Se ha extraviado la maleta. Se ha quedado en Madrid. Mañana la llevarán a la dirección que les deje. Cambio la hora del reloj: una hora más.

16.40 horas. Cambio dinero en el aeropuerto, en el mostrador de Exchange: 1 euro igual a 4,79 shéquels; cobran comisión. El cajero Yehiel Nadav cambia 200 euros. En el recibo de “Exchange value”, se hace constar la cifra proporcionada, poco menos de mil ILS (shéquels, moneda israelí).

17.52 horas. Cojo un taxi hasta Tel Aviv-Jaffa (Jaffa es la ciudad vieja, sobre la que se fundó Tel Aviv hace justo un siglo, y ha quedado como reclamo turístico). Temperatura: 32 grados. El taxi me deja en el hostal Mugraby, “tourism & accomodation services”, en el 19 Allenby St. (www.mugraby-hostel.com), sin servicio de desayuno. “Fellow travelers, ILH welcomes you to Israel. ¿Qué eliges, un fin de semana salvaje en una ciudad que nunca duerme o una caminata por el desierto, en un oasis? ¿Tumbarte en la playa o bucear en unos magníficos arrecifes de coral? En Israel decimos: ¿por qué tienes que elegir? Nosotros lo tenemos todo, ¡y mucho más!”, leo en inglés en la recepción del antro.

18.39 horas. Voy a la playa Banana Beach, a 500 metros del hostal. En la terraza de Eat and Drink, el plato “spicy Israeli”, compuesto por dos huevos con una salsa de tomate picante, servidos con tahini, ensalada vegetal, olivas y pan de pita caliente. Me pido una Corona Extra, “la cerveza más fina”, que vale 4,120 ILS (más o menos, un euro). Un niño lleva puesta la camiseta del Barça con el número 10 de Messi.

19.13 horas. Se pone el sol.

20.30 horas. Ceno en el Pizza Bar & Coffee Mariano. Pizza M (mediana) por 25 ILS. Subo a la habitación 11 del hostal Mugraby. En las paredes, las normas: “Quiet policy; no alcohol policy; no visitors”. Para entrar, pulsar 1515#. Encuentro mi cama en la litera de dos pisos: “Bed number 9”.

Tel Aviv, sábado 18 de agosto del 2012

9 horas. Showers. En el suelo, un mapa de Jaffa. En la salita, carteles propagandísticos de Jerusalén, “ciudad eterna”, y de Nazaret, “ciudad de la Anunciación”. Los árabes que aparecen en las estos carteles tienen incrustada en la frente una mirilla telescópica, reflejo del odio imperante. Publicidad de Dan Raisner Art Studio y Steakit (steak ‘n’ pitta). “No podemos guardar las bolsas ni las maletas porque no tenemos espacio en la oficina. Si vas a llegar tarde a tu vuelo, te sugerimos que encuentres una solución”, se lee en inglés en recepción, adonde aún no ha llegado la maleta perdida. Tomo un capuchino y un machiato (lo más parecido a un cortado) en un local sin nombre. Los cuervos (¿chorlitos?) graznan. Compro galletas de crema de avellanas. Vuelta al hostal Mugraby. El password para acceder a internet: maxiscrazy. Libros en la minibiblioteca (dos estantes mal puestos): Le Nouveau Testament; The Word, de Irving Wallace, y La morte di una madre, de Roger Peyrefitte. Busco una cabina de teléfonos para llamar a objetos perdidos del aeropuerto. Marco el 142 para las llamadas internacionales. No va. Una furgoneta trae la maleta perdida. “Is it for you?”, se interesa el conductor. “Is for me”, contesto, haciendo un okey con el pulgar hacia arriba. En la salita del hostal, tres ajedreces. En la cocina del hostal, una súplica: “Por favor, no dejar nada en la pica”. Sobre la nevera, pasta de la marca Santa Lucía. En la nevera: botellas de Nestea, azúcar blanco y mermelada. En el pasillo, en forma de ele, carteles exóticos de Perú (Machu Pichu), Japón (una geisha) y la India (un hindú).

13 horas. Salgo del hostal. No hay mercadillo en sabbat, día festivo de los judíos. Un grafiti de Bruce Lee. Vago por las calles Hamelkh George y Gedera. Comercios cerrados. Boutiques con vestidos de noche, de lentejuelas. Por el suelo, filas de hormigas y alguna cría de lagarto. Abundan las moscas. Pintada en una pared: “No hay miedo en el amor”. Debajo, alguien ha añadido: “Pero ten cuidado”. Unos lugareños juegan al backgammon. Se me cruza por delante un gato negro. Torres de alta tensión con la llamada: “Peligro de muerte”. Estoy en el barrio yemení de Tel Aviv. Compro en el supermercado In the city (8-24 horas, en Allenby con Ben Yehuda). Productos y precios, en ruso. Afuera, publicidad de Adidas. Al lado del mercado, la oficina de Turismo de Turquía y Moscú Consulting & Marqueting. Estación de bicicletas verdes para alquilar. Un barrendero de Sudán o Eritrea con chaleco reflectante naranja recoge los papeles tirados (el Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel le ha enviado una carta al presidente de Israel y Premio Nobel de la Paz, Shimon Peres, en la que reclama detener la deportación de refugiados africanos). Almeces plantados cada 40 metros. En la calle Ben Yehuda, el supermercado AM:PM está siempre abierto. Venden botellas de frappe. Está comprando una chica que viene de la playa con un camisón de cruces cristianas. Por delante pasa un grupo de chicas americanas que muerden sus Cornettos y que visten camisetas de Tailandia. Otras van en biquini. Un joven viste una camiseta con la cara de Clint Eastwood haciendo de malo. Pita el taxi blanco 15117, que atrae la atención de esa manera. En la calle, un iluminado habla solo con una cerveza Franziskaner en la mano. Otro iluminado, en pijama. Plantas de jazmín en algunos jardines interiores. Cláxons en la carretera. Un taxista levanta el dedo: “Que te jodan”, posiblemente piense. Un mendigo se tambalea. Adolescentes en bañador, con gafas de sol y botellas de agua en sus bolsos de playa. Vuelvo al hostal. Ducha. Me echo el gel acondicionador “humectante original que fortalece el cabello fino o delgado”, marca Folicuré, elaborado en Argentina, que han descuidado llevarse. Camino a la playa. De manos de una rubia muy mona, recojo el flyer del Grace O’Malley, “pub irlandés moderno, situado en el centro del bardcralk”.

18 horas. Knockin' on Heaven's Door, de Guns N’ Roses, suena de fondo. Se oye el peloteo de las palas en la orilla. Tomo una cerveza Carlsberg.

19.10 horas. El sol se pone. Música chill out en las terrazas, frecuentadas por Hare Krishnas. Suciedad. Cacas de perro.

21 horas. “Normas de comportamiento (“etiqueta”) en el hostal: Embriaguez Parte 1: si has pillado un pedo, no entres en la habitación y enciendas las luces. Embriaguez Parte 2: si vas tan bebido que no encuentras la cama, no te tumbes en la primera que pilles. Embriaguez Parte 3: si has cogido una cogorza monumental, vete a vomitar al baño”.

22 horas. Tomo notas para entrevistar mañana a Mira Awad (extraídas de su web www.miraawad.com): “Andrea Bocelli y Noa. Jazz. Eurovisión 2009. Nace en Rameh (Galilea). Pink Floyd. Disco All my faces”. Dirección del lugar de encuentro: Café Montifiori, en 21 Sderot Yehudit (Yehudit Avenue).

23 horas. Fiesta en mi habitación del hostal, con literas para que duerman diez personas. Veo botellas de vodka Kremlyovskaya y zumo de arándanos. Oigo risas. En la habitación, dos ventiladores que nunca se apagan.

Tel Aviv, domingo 19 de agosto del 2012

2 horas. Carcajadas. Más vodka.

9.30 horas. En la tienda Laro venden caviar, “producto del mar Caspio”. Voy al Café Bialik. Desayuno israelí: dos huevos (de tu elección), ensalada israelí, mantequilla, queso, zumo y café. Total, 44 NIS (shéquels). Junto a los lavabos, tarjetones de Zion, “fiesta reggae” y del blues de Robert Befour: “Es uno de los genuinos cantantes de blues vivos, y captura los sonidos del norte de Misisipi con una belleza salvaje”. De nuevo, al mercadillo Carmel. Abierto. Bebo zumo de granada. Rebusco en los souvenirs entre cremas del Mar Muerto. De fondo, canciones de Beyoncé.

12 horas. Portal del Salón de la Independencia en Rothschild Boulevard. Militares en la calle, a la sombra. Una yonqui pide dinero a los taxis 12375, 12012 y 01951. Tarjetas de clubes de alterne en la acera. Publicidad del burger bar Wolfnight, “a 50 metros”.

14.20 horas. Dirección Jaffa. En la calle, patinetes eléctricos y espejos de cuerpo entero. Temperatura: 34 grados. Desintegrado. Sediento. Hecho una piltrafa. Me espatarro en un banco, debajo de un pino, en el mirador de Jaffa. En los postes de señalización: Jardín de Ramsés; Plaza del Reloj; Museo de Antigüedades... Tres cañones como monumento. Mercadillo en la parte vieja, con alfombras extendidas sobre la chapa de los coches aparcados. Veo murciélagos en las bóvedas ruinosas de un edificio antiguo. Como humus y ensalada, con una Pepsi Max It, en el puesto llamado LBDO, con dos ventiladores de pie, marca Phoenix, que me dan aire en la cara. Canta un jilguero. Estacionado, un Land Rover de la Unesco. Bebo agua mineral. Alguien con una camiseta del Barça con la bandera de España pasa al lado de las sillas de la acera, junto con un militar que acarrea una bolsa de la cadena de ropa H & M. Veo una gasolinera de la empresa Yellow.

16 horas. Cojo el bus 240, que deshace el camino hasta Tel Aviv.

16.40 horas. Veinte minutos antes de la cita con Mira Awad, en el café Rothschild Roth, en el número 11 de Sderot Yehudit. Azúcar Hausbrandt. Terraza de la cafetería Montifiori.

17 horas. Entrevista con la cantante Mira Awad.

Un perro grande de pelaje mate y un gato pequeño y pardo se pelean en la terraza de la cafetería Montifiori, en el 21 de la avenida Yehudit. Mesitas con hules de cuadros blancos y azules. A las cinco de la tarde del domingo 19 de agosto, una mujer se quita las gafas de sol. Ojos de ágata. Ojos de miel. Vestido ligero, azul marino, de una pieza, con un escote que deja ver el tatuaje exuberante en forma de quetzal. Pendientes de fantasía de un metal parecido al circonio. Piercing en la nariz. Uñas pintadas de rojo incandescente. Sandalias del mismo color. “Lo que diga es lo mismo que lo que soy”, advierte. Según las notas, Mira Awad (www.miraawad.com) es una cantante árabe-israelí que nació en 1975 en Galilea y que hoy vive en Tel Aviv, ciudad juvenil, alocada y gamberra. En el 2009, participó en Eurovisión con Noa, con el tema There must be another way, y también actuó con el tenor italiano Andrea Bocelli. Le gusta el jazz y el rock de Pink Floyd, y la fusión de estilos diferentes, comenzando por el pop, flirteando con el blues y retozando con el tecno. Hace un año que presentó su disco All my faces (Todas mis caras), con el que estuvo de gira por España. Su tercer álbum aún es un proyecto: “No sé cuándo saldrá, pero estoy trabajando en él”, ruega, y alza los brazos como una imploración del alma. En varias ocasiones utiliza esta muletilla: “Escucha bien, que esto es muy importante”, y la recalca con un silencio estremecedor que deja en suspense la frase siguiente, que pronuncia en inglés y con soltura. Se pide una soda, que bebe con una pajita negra. Chupa el limón. La entrevista es en inglés, y me hace de intérprete la fotógrafa Marta Fernández.

¿Qué se esconde detrás del título de Todas mis caras?

—El título de una de las canciones es el que da nombre al álbum. Las caras de Mira son muchas, no es una sola, porque los tipos de música que me han influenciado son muchos. En las canciones hablo de mis sentimientos, de mi vida personal e íntima, de lo que ocurre a mi alrededor, de la situación sociopolítica. Y para escucharlas todas, para ver todas esas caras, se ha de ser paciente.

Relacionado con la situación del país, el 14 de julio del 2011 estalló el movimiento de indignados por una vivienda digna (el movimiento Rebelión de las Tiendas), que se plasmó en una acampada en el Bulevar Rothschild, la avenida que lleva el nombre de la dinastía de banqueros judíos alemanes…

—Esto es muy importante: todas las revoluciones empiezan por las personas, todas, pero, al final, siempre falla la organización, no hay líderes que les representen. Lo que ocurrió en Israel en el 2011 fue la mayor manifestación de este país [casi medio millón de ciudadanos ocuparon las calles], pero no pasó de un malestar. Así ha ocurrido en Egipto. Allí, los jóvenes, después de derrocar la dictadura [del militar Hosni Mubarak], no supieron ocupar los puestos vacantes. La disconformidad no tuvo salida…

Pero la Primavera Árabe ha puesto patas arriba muchos países poco o nada democráticos…

—No soy nada optimista. La Primavera Árabe se ha centrado más en la religión que en los problemas reales. No ha entrado en la modernidad, pero estoy esperanzada, cruzo los dedos. [Cruza los dedos.]

¿Eres una mujer comprometida?

—Claro, ha de ser así.

¿Es difícil serlo, además, en Israel?

—Las mujeres de Israel son muy modernas, relativamente. Diferencio entre feminismo agresivo y feminismo inteligente. Yo no quiero ser como los hombres, por eso apuesto por un feminismo inteligente, porque tampoco quiero odiar a los hombres…

Y…

—…Espera, que esto es muy importante: la mujer ha de decidir sobre su propio cuerpo. Yo provengo de una cultura cristiana, pero lo hago extensivo a cualquier religión: la mujer ha de decidir lo que quiere hacer con su cuerpo. Desgraciadamente, aún hay mucho camino que recorrer.

Como en Afganistán.

—No hay que ir tan lejos, como en los barrios ultraortodoxos de Jerusalén.

¿En qué te inspiras para componer?

—En mis sentimientos, en mi día a día, en las cosas que me dan pena.

¿Cuáles son tus proyectos inmediatos?

—Buf, ¿mis proyectos? Hago muchas cosas. Estoy rodando una película, y un nuevo espacio de televisión, un programa de entrevistas novedoso: un cara a cara.

¿Qué futuro le ves al eterno conflicto entre Israel y Palestina?

— [Entorna los ojos, parpadea, sonríe, suspira.] ¿Qué futuro le veo? Aún soy más pesimista que con la Primavera Árabe. Esto es muy muy muy importante, atiende, que no es complicado: tú y yo, en cinco minutos, nos ponemos de acuerdo. Si se quiere, si queremos, tras cinco minutos dejamos de discutir. Las discusiones, muchas veces, son artificiales. Paradójicamente, también estamos juntos. No es muy complicado. Pero los generales sólo saben hacer la guerra. La palabra paz se está banalizando. Hacer la paz no es la ausencia de la guerra. Hace falta un plan, una ruta. Israel tiene una responsabilidad con Gaza. Pero los generales quieren más la guerra, y riñen como unos niños con un juguete: ‘¡Es tuyo, es mío!’ [Mira zarandea sus gafas de sol, de montura violeta, parodiando una riña de hermanos]. Hace falta sentido común…

La ONU ha activado varios programas en África para evitar las guerras con mujeres que hacen de mediadoras.

—Es que la mujer piensa de otra forma que el hombre, que sólo piensa…

¿Te has planteado meterte en política?

—Ahora no, de aquí a diez años quizá. Ahora odio a los políticos.—Ríe y se acaba la soda.

¿Cuál es tu sueño?

—Que haya calma.

El perro ladra con fuerza. Y el gato se refugia en los matorrales, vigilante. Como los israelíes y los palestinos.

Nuestra relación está llena de muerte, llena de vida (de la canción Olaqatuna).

Enfilo la calle de Sheinkin, dirección al hostal. Un viandante lleva una camiseta Adishash. Veo un grafiti en castellano con este nombre: “No pasa nada”, y una A anarquista. Local de Strip Show Gogo Girls. Un cartel de tributo a Iron Maiden y AC/DC. En el portal de la casa de la acera de enfrente por la que voy, una pareja de novios se despide. Se da un beso. Cruza un rabino jasídico, con un caftán negro. Comercios de zapatillas Ipanema de Brasil. Quioscos de apuestas con tarjetas de tarots (hadas sexys), de toda clase de masajes y de danza del vientre (la palabra privado dentro de un corazón). Tiendas de ropa con el 50% de descuento. “Wifi Bus”, se lee en los autobuses. Un coche de bomberos hace sonar las sirenas. El Hello Kity en una bicicleta amarrada a una farola. Un señor con aspecto demacrado se acerca: “Ven, que te enseño mi casa”. La policía ahuyenta a un hombre sin camiseta que duerme en un banco. Una cartera de negocios tirada al lado de un palé. Un borrachuzo cruza sin mirar la carretera, bailando, y pide un shéquel por dejarse hacer una foto.

19.15 horas. El sol se pone. Oscurece. Compras en el supermercado In the city. Veo packs de cerveza con seis botellines. Marcas: Goldstar, Heineken, Becks, Carlsberg, Tuborg, Stella Artois, Guinness, Miller, Löwenbräu, Samuel Adams, Paulaner, Newcastle Brown Ale… Latas de cerveza, no botellines (unidades sueltas): Spaten München, Martens Gold, Pilsner Urquell, Kopel, Beck’s, Krusovice, Faxe, Baltika, Schless Krone, San Miguel, Murphys, Tuborg, Leffe, Edelweiss, Miller, Chang, Singha, Franziskaner, Benediktiner, Dominus (biere monastique), Gordon, Estrella Galicia… Vinos: Domino de Ugarte, Mercedes Eguren, Casillar del Diablo…

21 horas. Cambia el código del hostal: 1212#. Un brasileño con acento mexicano que ha vivido dos años en Alemania, y que cursará Estudios Árabes durante el 2013 en la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha ocupado la cama.
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