Tomás Moro: el santo de Utopía






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Tomás Moro: el santo de Utopía


Entre los muchos mártires que han padecido y muerto en defensa de nuestra Santa y Católica Religión con motivo del cisma suscitado en el reinado de Enrique VIII, se cuenta Tomás Moro, varón de grande ingenio, excelente doctrina y loables costumbres”. (Pedro de Ribadeneyra. S.J.) 1

Jorge Capella Riera


Introducción
Hernández Arias (2007) denuncia que “la humanidad enfrenta numerosos problemas a nivel mundial: guerras, superpoblación, pobreza, criminalidad, drogas, analfabetismo, hambruna, SIDA, terrorismo, entre otros. Estos problemas han venido intensificándose desde décadas pasadas generando profundos cuestionamientos al desarrollo tecnológico y económico y enfrentando a la humanidad a reflexionar sobre los supuestos beneficios del desarrollo. El punto neurálgico de los cuestionamientos se ubica en el desarrollo desmesurado, no cónsono con la calidad de vida”.
Surge entonces una pregunta lógica: ¿se puede continuar con este tipo de desarrollo?
Nieto (2005) responde así: “Se trata más bien, de generar un cambio profundo en nuestra forma de concebir las relaciones del hombre consigo mismo y con la naturaleza. Esto implica construir alternativas para el futuro, combinando todas las formas de conocimiento que tengamos a nuestro alcance, incluyendo por supuesto las que se originaron en formas de organización social y de concepción del mundo de los pueblos que sí aprendieron a convivir entre sí y con su ambiente”.
Para Haiek (2010) el Humanismo estuvo en esa honda siendo el núcleo ideológico del Renacimiento en el siglo XV, en el que brilló con luz propia Tomás Moroy y su Utopía en plena coherencia con lo planteado por Nieto.
Efectivamente, en pleno Renacimiento inglés, Moro –con claras ideas morales y políticas- enfrentó al poder de la Monarquía absolutista inglesa que imperaba en ese momento y no dudó en poner en juego su vida, por sus principios éticos y su fe cristiana, más allá de las presiones o amenazas, y nunca claudicó.
Y nos dejó sus enseñanzas. Podemos servirnos de ellas, como ejemplo, para forjar una personalidad cuyos valores y principios éticos y políticos, puedan redundar en beneficio de la sociedad en la que nos toca vivir.
Decía y escribía con frecuencia: "El hombre no puede ser separado de Dios, ni la política de la moral". Y en su momento no dudó en exclamar: "El buen servidor del rey, pero primero Dios".
Pues bien, con este artículo me propongo difundir la vida y obra de ese hombre laico, padre de familia alegre, santo sin milagreríos, que dedicó su vida al Derecho y la Política con honestidad y concilió la fe y la razón, convencido de: "Dichosos los que sufren persecución por causa de la religión, porque su premio será muy grande en el reino de los cielos" (Mt  5,11).
En este trabajo me he remontado a cuando estudié a Moro para obtener el Advanced Level in History (Oxford, 1953-1955), luego a los años en que conduje el Curso de Historia de la Filosofía (1963) y posteriormente a cuando lo tuve en cuenta al escribir “En defensa crítica de la Ideología, la Utopía y el Conocimiento” como primer tema de la segunda parte de mi libro “Política Educativa. Aportes a la política educativa peruana” ( 2002).
Para tratar de lograr el objetivo señalado he dividido la exposición en cuatro partes: contexto socioeconómico, político y cultural en que se desarrolló la vida del santo; su vida, personalidad y obras; su pensamiento y su pervivencia.
Antes de concluir esta introducción deseo formular unas cuantas precisiones:


  • A Thomas More, también se le conoce por su nombre en latín Thomas Morus o en castellano Tomás Moro. A lo largo de este texto solo empleo el castellanizado.




  • El título del artículo obedece a que creo que la santidad de Tomás Moro se refleja en su Utopía.




  • Insisto en que este escrito es de difusión. La amplia bibliografía que consigno al final puede facilitar un estudio mucho más profundo que el que ofrezco.




  • He quedado realmente impresionado de la calidad de los libros y artículos que he tenido la oportunidad de consultar y que he empleado en mayor o menor extensión.




  • El mérito es de esos autores, el demérito sería mío si no he sabido estructurar adecuadamente la información acopiada.




  • En las breves biografías que he elaborado, y que figuran a pie de página, solo tengo en cuenta los datos que pueden aportar datos importantes para una mejor comprensión del texto.




  • Las citas sobre escritos o dichos de Tomás Moro van en letra cursiva.


Espero que lector me disculpe por las deficiencias que seguramente encontrará en este intento de artículo, a modo de ensayo.

Lima, febrero de 2015
Contexto socioeconómico, político y cultural
Watson (1994) dice que “para entender la importancia y la estatura de Tomás Moro y la razón de que se venere su memoria como la de un hombre de extraordinario valor e integridad, es necesario entender algunas de las circunstancias políticas e históricas de su época”.
El historiador inglés Beer (1940) relata así su impresión del momento en que aparece la figura de Tomás Moro: “justo cuando toda la sociedad de su tiempo se tambaleaba ante el empuje de nuevas fuerzas; en el centro de una gran fermentación filosófica y social y dentro de la generación de la rebelión de Kentish, catorce años antes del descubrimiento de América”.
Hernández Arias es más explícito: “La vida de Moro estaba estrechamente ligada a los acontecimientos políticos y religiosos de su época. Inglaterra sufría los resultados de guerras en su afán de conquista de Francia. El pueblo estaba cansado y abrumado por los impuestos y amenazaba con constantes rebeliones. Para entonces la monarquía imperante exigía altas contribuciones, ejercía una administración tiránica y presentaba desavenencias con la Iglesia. Es en este contexto adverso, que Moro concibe su utopía, tratando, a través de la misma, de llenar los vacíos de la sociedad en la cual vivía y eliminar las debilidades inherentes. Se le considera una crítica a la tiranía y a los desórdenes de la monarquía. Es una imagen opuesta de la Inglaterra de entonces, caracterizada por la ambición de poder, intrigas internacionales, desocupación, injusticias sociales, problemas económicos, criminalidad y pobreza”.
Podemos decir que en toda Europa, a comienzos del siglo XVI, la civilización se halla básicamente asentada en dos transformaciones primigenias: la recuperación de la antigüedad clásica y el pensamiento humanista. No voy a entrar a estudiar la primera de ellas pero si el humanismo que es la preparación o, si se prefiere, el inicio del Renacimiento, fenómeno fundamental para comprender el contexto en que se desenvuelve la vida y obra de Tomás Moro.
El Humanismo

Campillo Meseguer (1984) nos dice que “en la primera mitad del siglo XVI se inicia en toda Europa una profunda reforma moral, protagonizada sobre todo —pero no exclusivamente— por los humanistas, y prolongada en las décadas siguientes por los protestantes y los jesuitas”.
“Los movimientos de renovación habían sido frecuentes en la Baja Edad Media, pero siempre habían tenido un carácter geográfico y temporalmente limitado. O eran aniquilados al poco tiempo de nacer, o perduraban en círculos restringidos, más o menos tolerados, y de escasa repercusión social. Es en el siglo XVI cuando el movimiento de reforma alcanza dimensiones europeas y repercusiones sociales auténticamente perdurables. Y esto no sólo ni principalmente por la personalidad de sus protagonistas, o por el contenido de sus doctrinas, o por la ayuda propagandística que les pudo proporcionar la imprenta, sino sobre todo porque esa reforma moral coincidía con unas transformaciones económicas y políticas que estaban teniendo también un alcance europeo (e incluso ultramarino) y unas repercusiones igualmente perdurables”.
Toda Europa había conseguido recuperar para sí un viejo mundo —un alter ego instructivo—, un pasado remoto pero más cercano a sus preocupaciones que los siglos de la Edad Media [...] todo lo que había que hacer, en los campos de la especulación filosófica, de la actividad política, del progreso, de la cultura, parecía como si ya estuviese hecho, y hecho con un vigor y una perfección supremas. Se trataba de leer los textos clásicos como modelo de quienes aprenden el arte de gobernar, de hacer la guerra, de crear obras artísticas, de forma que el estudio del mundo antiguo se convirtiera en fuerza cultural.
Por eso los estudios humanistas que no supusieron tanto una filosofía cuanto una nueva pedagogía, centrada en la educación humana desde el punto de vista laico: la dramática y la elocuencia, la historia, la poesía y la filosofía moral. Como compartirían los humanistas desde Verguerio (2), la educación tenía que facilitar el contacto con el pasado, que enriquecería la vida en el presente. De esta forma, se anudaron los dos ejes más importantes del Renacimiento.

El Humanismo Inglés
Aunque no faltaron precursores del humanismo en Inglaterra, vinculados a su visión italianizante, fue Erasmo 3 quien más influyó sobre la primera generación de verdaderos humanistas ingleses.
Según Trillo- Figueroa (2013), “de entre todos, Colet 4 fue el pionero y el principal activista.
Este humanismo en ciernes, “unido a la literatura, constituye el cénit en formación de la lengua inglesa, cuyo proceso de profunda transformación, desde su forma medieval —siendo Los cuentos de Canterbury (1387), de Chaucer (5 ), la última obra de este periodo— hasta el primer estadio del inglés moderno, no concluye hasta principios del siglo XVI.”
“El Renacimiento literario se llevó a cabo en las décadas en que los ingleses, bajo los Tudor, se configuraron como nación. Así se despertó en una amplia capa social un vivo interés en cuestiones políticas y de filosofía del Estado, hecho que encontró su expresión en la literatura, ante todo en la prosa didáctica y en el drama.”
El Renacimiento
Hopenhayn (1941) cree que “al Renacimiento se le atribuyen los orígenes de la modernidad, el advenimiento de una nueva racionalidad económica —la mercantil— y la imposición de una nueva racionalidad política —laica, instrumental, de Estado—. También se le adjudica el inicio de una larga secuencia de revoluciones científicas y técnicas, y la transformación radical de principios éticos y visiones de mundo”.
Para Zavala (1937) “conviene destacar un acontecimiento de gran influencia en la creación de las utopías modernas. Este hecho fue el avance amenazante de los turcos sobre Europa, que culminó con la caída de Constantinopla en 1453. Ya desde medio siglo antes de esta fecha, eruditos griegos habían estado emigrando del Este hacia el Oeste. Los fugitivos llevaron consigo valiosos manuscritos de los clásicos y filósofos griegos que eran desconocidos por los eruditos de Occidente. También llevaron con ellos el espíritu de cultura y enseñanza, el deseo de conocimiento y el entusiasmo por los esfuerzos independientes de la investigación humana . Esta corriente profunda y vitalizadora de pensamiento nuevo penetró poco a poco en la Europa Occidental, imprimiendo su sello en el ambiente cultural europeo”.
Las utopías están empapadas del espíritu de la época. Lejos de ser tradicionalistas están abiertas a lo nuevo, dispuestas a integrar todo lo que permita incrementar el patrimonio cultural, la capacidad científico-técnica y el arsenal del saber.
El Renacimiento Inglés

Según Trillo-Figueroa, el alcance del Renacimiento como categoría y periodo histórico en Inglaterra, más tardío que el continental, no es pacífico. En efecto, durante la segunda mitad del siglo XV la nación era escenario de una seguidilla de guerras civiles conocidas como la Guerra de las Rosas 6.
“La contienda finalizó a finales de ese siglo y la familia Tudor comenzó a gobernar la nación. El nuevo rey, Enrique séptimo, estaba fascinado con el ambiente cultural y político que se estaba dando en Italia, por lo que promovió un desarrollo similar invitando y patrocinando a humanistas italianos. Esto resultó en un florecimiento de ciertas disciplinas artísticas, que en Inglaterra abarcó todo el siglo XVI y los comienzos del XVII.”

A diferencia del renacimiento italiano, que se destacó por las artes visuales, en Inglaterra predominaron la música y sobre todo la literatura. Uno de los autores de teatro más famosos fue William Shakespeare 7.
Vida, personalidad y obras
Belloc (1945) escribió que “la tarea de cualquiera que se interese por Tomás Moro debe ser «entender cómo era por dentro. Su figura, su vida y su muerte se resisten a no ser más que materia de estudio erudito. Moro no sólo explica buena parte de cuanto ocurrió en aquellas décadas del XVI, tan decisivas en la historia. Su ejemplo sigue siendo para el verdadero conocedor moreano algo más vital que la erudición, puesto que es el fin de ella; y sin duda más importante, ya que el ejemplo de Moro atañe a aquellas decisiones temporales que hacen posible la convivencia en la tierra mientras tejen silenciosas el destino supratemporal y eterno”.
Vida
Para facilitar la exposición divido este punto en tres partes: primeros tiempos y vida familiar; actuación política; y cárcel, juicio y muerte
Primeros tiempos y vida familiar
Tomás Moro nació en Londres en 1478 en el barrio de Cheapside (en la Milk Street), cercano a la puerta norte de la antigua City amurallada. Su padre fue el Caballero John More, abogado y juez. Su madre falleció cuando él tenía cuatro años. Crióse bajo los principios de la religión y de la piedad católicas.
Desde sus primeros cinco años en la Grammar School de St. Anthony, en Threadneedle, Tomás demostró unas aptitudes excepcionales para el latín, la retórica y la dialéctica. Sin duda, por tan buenas habilidades y por la influencia de su padre cerca del arzobispo de Canterbury y Lord Canciller, John Morton 8 (entonces el hombre más poderoso de Inglaterra después del Rey), Tomás pasó luego (1489-1491) a formarse en el propio palacio londinense del arzobispo.

El cardenal era un ferviente defensor del nuevo humanismo renacentista y tuvo en mucha estima al joven Moro. Confiando en desarrollar su potencial intelectual, Morton decidió, en 1492, sugerir el ingreso de Tomás Moro, que por entonces contaba con catorce años, en el Canterbury College de la Universidad de Oxford, encomendado a la Orden Benedictina (Black Friars), en el que Moro empezó a estudiar griego y luego pasará dos años estudiando la doctrina escolástica que allí se impartía, y perfeccionando su retórica.

Pero la estancia en Oxford de Tomas Moro duraría apenas dos años (1491-1493). Su padre, empeñado en ver en su hijo «un jurista de nacimiento», según sus propias palabras, decide su traslado a la New Inn of London para complementar su formación jurídica (1495) y Tomás consigue su ingreso en 1501como barrister, una de las categorías de abogados que exitían y existen en Inglaterra.
Es este un momento crítico en la vida de Tomás Moro, en el que le agobian dudas sobre su vocación profesional e incluso personal, por lo que decide emanciparse y dejar la casa paterna para ingresar en la Tercera orden de San Francisco, viviendo como laico en un convento cartujo hasta 1504. Allí se dedicó al estudio religioso. Aunque luego abandonó su vida ascética para volver a su anterior profesión jurídica, nunca olvidó ciertos actos de penitencia, llevando durante toda su vida un cilicio en la pierna y practicando ocasionalmente la flagelación.
En el verano de 1499 se produce un hecho que será definitivo en la vida de Moro: su primer encuentro con Erasmo, que ha viajado a Inglaterra invitado por Colet y por Lord Mountojoy 9, pasa el verano en su casa de campo de este último, cercana a Greenwich, cerca de la City. Un Tomás Moro de veintidós años entabla amistad fraternal con el gran humanista flamenco que tiene entonces treinta y tres años. Se entienden en latín fluido; Moro admirará en Erasmo su enorme erudición; Erasmo, el ingenio y las excelentes cualidades intelectuales de Moro.

Se recibió en leyes y ejerció la abogacía con éxito, en parte gracias a su preocupación por la justicia y la equidad. Posiblemente durante esta época aprendió el francés, necesario tanto para las cortes de justicia inglesas como para el trabajo diplomático, uniéndose este idioma al inglés y latín ya aprendidos durante sus estudios primarios.

En 1515 por encargo del Rey, Moro participó en embajadas comerciales que consistían en gestiones entre grandes compañías de Londres y Amberes y le confiaron algunas misiones diplomáticas en países europeos.

Desde 1504 fue elegido juez y subprefecto en la ciudad de Londres, pero se opuso a algunas medidas de Enrique VII.

Más tarde sería juez de pleitos civiles y profesor de Derecho. Para entonces comienza a decantar su vocación en toda su plenitud. Moro ha decidido —tras grandes debates con Erasmo— que su vocación no era de célibe y años después contrae su primer matrimonio con Jane Colt (1504) con quien tuvo cuatro hijos: Margaret, quien sería su discípula, Elizabeth, Cecily y John. Su esposa falleció en 1511 y posteriormente se casó con Alicia Middleton, viuda siete años mayor que Moro y con una hija, Alice.

Moro se percató que, por estos tiempos, la educación, dominada por la Iglesia, era estéril y aburrida, y consistía en el aprendizaje memorístico del catecismo y las conjugaciones latinas, algo de cálculo y traducciones del latín al inglés y viceversa. La progresiva aparición, inspirada en la literatura griega, de una nueva percepción del mundo como un lugar hermoso, y de la belleza y la personalidad del ser humano, transformó la concepción de la educación. Por eso, nos dice Watson, “En las cartas que escribía al preceptor de sus hijos, Moro le daba instrucciones muy precisas acerca de su educación. Era un decidido partidario de la educación superior para la mujer, basada especialmente en el estudio de los clásicos y la filosofía, como antídoto de las aburridas lecciones de música, bordado y cocina. Las hijas de Moro, por cierto, escribían en latín y lo hablaban a menudo en casa.”
Pero no contento con esto, Moro trató de poner en práctica las nuevas ideas sobre educación en su “academia”.10 Y esta academia llegaba hasta su hogar. “Puede decirse, señala Watson, que todo su hogar era un lugar de experimentos educativos. Enseñó a su mujer y a su familia a cantar y tocar diferentes instrumentos musicales, y a leer y debatir sobre cuestiones filosóficas y teológicas en latín y en inglés, y a veces en griego. No hacía ninguna distinción entre hombres y mujeres, y se ha dicho que el hogar de Moro era “un modelo intemporal de felicidad dornéstica”.

Durante este tiempo profundiza en su formación teológica y política. Decisiva fue la lectura de la Civitate Dei de San Agustín.11
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