El día en que aguirre y yo nos entrevistamos




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fecha de publicación01.11.2015
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EL DÍA EN QUE AGUIRRE Y YO NOS ENTREVISTAMOS

Por Estefanía Carvajal Restrepo

A las diez y treinta, Aguirre aún no había llegado. Habíamos acordado una cita en alguna de las cafeterías que hay al frente de un edificio larguirucho por Suramericana, pero eran las diez y cuarenta y Aguirre aún no había llegado. Lo llamé.

-Diga- contestó el hombre, con voz de mando, porque Aguirre siempre contesta el teléfono con un tosco “diga”, o con un seco “hable”.

Le dije que ya lo estaba esperando. Apareció diez minutos después.

Muchas plumas han escrito el nombre de Alberto Aguirre. La de mi amigo Mauro, la de su nieta Maria Clara, la del mismísimo Gonzaloarango. Y todas han escrito con pasión. Muchos ojos han leído Cuadro, la columna de Alberto Aguirre. Y probablemente también todos han leído con pasión.

Esa pasión de los lectores y escritores de Aguirre es la misma con la que recuerdo la onírica conversación que no sostuve con el abogado, ni con el crítico, ni con el librero, ni con el fotógrafo, ni con el editor, ni con el maestro; sino con el hombre viejo que imagina el pasado con el ánimo de revivirlo a través del recuerdo, el hombre que, como siempre, prefiere no pensar en el día de mañana; el hombre del no futuro.

-¿Sabe cuántos años tengo?- me preguntó Aguirre por primera vez, aunque no por última.
-¿Cuántos?
-Ochenta y cinco- me respondió en un tono que mezclaba orgullo y cansancio, satisfacción y abatimiento.

Los ochenta y cinco de Aguirre se manifiestan en los cabellos blancos y largos de su cabeza y de su cara, en las arrugas pronunciadas de su rostro, en los párpados caídos y ensangrentados, en el bastón de madera y en los pasos lentos como su voz.

Sin embargo, Aguirre no ha perdido la curiosidad del niño de cinco años que quiere saber la respuesta a todos los porqués; tampoco los años le han diluido el espíritu del periodista, el alma de preguntador. Aguirre quería saber más de mí que lo que pretendía que yo supiera de él.

Me preguntó que qué hacía, le dije que estudiaba periodismo; me preguntó que si estaba casada, le dije que no, entonces quiso saber si tenía novio, y le dije que sí; me preguntó que cuántos años tenía, y le dije que es de mala educación preguntarle la edad a las mujeres.

-¿Usted dónde vive?- me preguntó Aguirre por segunda vez, aunque no por última.
-En Girardota.
-¿Y en qué parte de Girardota?
-En Juan Cojo.

Cuando le dije al viejo que yo vivía en la vereda en la que él nació, esbozó una sonrisa de melancolía. “Yo soy de allá”, me dijo.

-¿Cómo eran sus padres, don Alberto?
-Mi papá se llamaba Pedro Claver Aguirre. Era un hombre muy inteligente, fue gobernador de Antioquia.
-¿Y su mamá?
-Mi mamá era la mujer más hermosa de todo el pueblo. Era dulce, encantadora. Se llamaba Isabel Ceballos. Se casó con mi papá en 1925. Tuvo tres hijos, pero sólo estoy vivo yo. Murió de cáncer en el cincuenta.

Los ojos de Aguirre, poco visibles entre tanta piel, se iluminaron al mencionar el nombre de su madre. Isabel Ceballos. La bella, la radiante, la protectora, la madre. La diosa.

-¿Y su esposa?
-Vive por allá arriba. Pero no vivimos juntos, ni tampoco vivimos separados.

Aguirre y su esposa Gloria tuvieron tres hijas: María la mayor, que ya murió, Clara y Beatríz, que es médica y “muy inteligente, casi como yo”, dijo el hombre. La vida de Aguirre estuvo rodeada de mujeres. Hoy vive solo. Recordé entonces las palabras que le dijo a Gonzaloarango alguna vez: “Poeta, oiga bien esto: lo único que influye de verdad en la vida de un hombre, es una mujer.”

¿Y usted qué hace?- me preguntó Aguirre por tercera vez, aunque no por última.
-Estudio periodismo.

Un hombre se acercó al sitio donde estábamos y le ofreció a don Alberto una pila de películas empacadas en bolsas de plástico. Aguirre seleccionó tres y le pagó ocho mil pesos.

-¿Las va a ver en la tarde?
-Son provisionales.
-¿Entonces qué hace en las tardes?
-Leer y escribir.

Todos los días, Aguirre lee tres periódicos: El Colombiano, El Tiempo y El Espectador. Aunque es abogado de profesión, Aguirre es periodista de vocación y durante mucho tiempo escribió la columna Cuadro, publicada primeramente en El Mundo, y posteriormente en El Colombiano. Las quinientas palabras de cada texto de Cuadro dibujan un país paradójico, una sociedad hipócrita, un gobierno corrupto, un hombre mediocre, una patria extraviada, “porque sin justicia no hay Patria”, dice Aguirre en la columna del primero de abril de 1981.

Saqué de mi bolso un libro amarillo, de hojas amarillas. Era un ejemplar de la compilación de 200 textos de Aguirre, que tituló como sus columnas: “Cuadro”. En la portada, la foto en sepia de un Aguirre sonriente y “joven”, aunque su cabello ya estaba cano. El viejo cogió el libro entre sus manos y acarició la portada. “Qué buena foto, yo también soy fotógrafo”, y sus ojos volvieron a brillar como cuando habló de la diosa Isabel.

-En la nota preliminar de este libro usted dice: “Varia y fuerte la columna. Ha sido posible en un diario nuevo, El Mundo, que encarna el espíritu liberal de la tolerancia. Por dicho espíritu, y por aquella juventud –que abre campo a la osadía- la columna encuentra allí albergue. No lo encontraría en otro sitio”. ¿Dónde podrían estar hoy las columnas de Cuadro?
-No en El Mundo, por supuesto. Yo leo tres periódicos: El Tiempo, El Espectador y El Colombiano. Pero han decaído, se han quedado con la gloria de antaño, se han conformado con ser los grandes. Quizás el que menos ha decaído es El Colombiano.
-¿Qué piensa del periodismo de hoy?
Que es un periodismo que trata de salir del paso. No hay fuerza. El periodismo se ha debilitado. Se ha deteriorado el periodismo y es culpa de los periodistas, no le ponen suficiente empeño.
-¿Cómo ve el cubrimiento que la prensa nacional le ha hecho al gobierno de Santos?
-No vale la pena. No critican al gobierno de Santos. La prensa se ha vuelto muy cobarde.
-¿Recomienda a algún columnista?
-No, todos son malos. Ya nos acabamos. Ninguno sabe escribir columnas de opinión, al menos como creo que debe ser el periodismo de opinión: crítico.
-¿Cuál es la mejor forma de hacer periodismo?
-Decir la verdad; no hay otra forma. Se trata de hacer referencia únicamente al hecho que se está informando.
-¿Cuáles son las características de los buenos periodistas?
-Que saben escribir bien. Eso es todo-, dijo Aguirre, y mirando el libro amarillento, agregó: yo creo que yo escribí bien. Ambos miramos con satisfacción (yo como lectora y él como escritor) el ejemplar de Cuadro.

Pagué la cuenta: un tinto para mí y un granizado de café que Aguirre sólo se tomó hasta la mitad, porque en un momento creyó que el vaso frío que estaba sobre la barra era de alguien más. Aguirre se paró, me preguntó que si ya le había pagado al hombre de las películas. Yo me ofrecí a acompañarlo hasta su casa, un apartamento en el edificio larguirucho del otro lado de la calle. Lo cogí de gancho.

-¿Sabe cuántos años tengo?- me preguntó Aguirre por cuarta vez, esta vez la última.
-Ochenta y cinco- le respondí.
-Ah, ya le había dicho- dijo, en un tono que mezclaba orgullo y cansancio, satisfacción y abatimiento.

Uno, dos, tres minutos.

-Perdóneme la expresión, pero ser viejo es una güevonada- renegó Aguirre.

Cuatro, cinco, seis escalones.

-Ser viejo es un terror- blasfemó Aguirre.

Siete, ocho, nueve pasos.

-Ser viejo es una desgracia- condenó Aguirre en la entrada del flacuchento gigante de concreto.


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