Por aquí se va a la humanidad




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Capítulo IX

POR AQUÍ SE VA A LA HUMANIDAD

Pocas veces se da el caso de que una investigación concreta llegue a influir profunda y

duraderamente en un ámbito científico. El análisis de Alan Mann sobre las pautas del

crecimiento dental en los homínidos, realizado a principios de los años setenta, es uno

de esos casos. «Su trabajo determinó el pensamiento convencional durante dos

décadas —comenta Christopher Dean, un antropólogo del University College de

Londres—. Lo que dijo fue importante, porque influyó en nuestra forma de pensar

sobre los primeros homínidos, sobre su grado de "humanidad".»

Mann, un antropólogo de la Universidad de Pennsylvania, había estudiado mandíbulas

de jóvenes homínidos procedentes de la cueva de Swartkrans, en el Transvaal

surafricano, en busca de la pauta de desarrollo y de erupción dentaria. Y había llegado

a la conclusión de que la pauta era prácticamente similar a la de los humanos

modernos, no a la de los simios. «Esa conclusión reforzó tremendamente la ya

profunda creencia de que todos los homínidos fueron en muchos aspectos semejantes

a los humanos, incluso los más primitivos», dice Dean. Los modelos aplicables a todos

los primeros homínidos eran versiones a escala de los modernos cazadoresrecolectores.

Por consiguiente, cuando en octubre de 1985 Chris Dean publicó un artículo en Nature

diciendo que Alan Mann estaba equivocado, estaba desafiando no sólo la opinión de

una persona, sino de hecho todo el saber paleo-antropológico dominante.

Desafiar el saber convencional, en cualquier campo científico, no es cuestión trivial;

suele desatar una virulenta repulsa, a veces también muy perjudicial. Este caso

tampoco sería una excepción. A veces, el desafío resiste a los ataques y, con el apoyo

gradual procedente de otros ámbitos, consigue eventualmente prevalecer sobre la

antigua teoría. Es en este contexto de sustitución de una visión por otra en el que

había aparecido el esqueleto del joven turkana. Él es parte de lo que, en mi opinión, se

convertirá un día en el nuevo saber convencional, que contiene algunos de los aspectos

que ya hemos vislumbrado.

El proceso de cambio de paradigma científico fue tan complejo como impredecible, y

obligó a aventurarse en aspectos de la anatomía de nuestros antepasados que a

primera vista parecían inconexos, pero que resultaron ser totalmente pertinentes para

el nuevo camino emprendido. Ese camino llevaba a la adaptación del recién aparecido

homínido, a los orígenes de una subsistencia cazadora-recolectora, a cerebros

mayores, y a la fabricación de herramientas como un todo armonioso. Si en ese

camino hubiera un indicador, diría: POR AQUÍ SE VA A LA HUMANIDAD.

Hemos visto cómo el descubrimiento de Holly Smith relativo a los tres grados en las

pautas del ciclo biológico de los homínidos indicaba que el saber antropológico

convencional podía estar equivocado. Había el grado humano, que es el que vemos en

los modernos humanos, en los neanderthales y en el último Homo erectus. Estaba

igualmente el grado simiesco, presente en todos los australopitecinos. Y había un

grado intermedio, que aparece con el primer Homo. El descubrimiento de Holly

indicaba que no todos los homínidos siguieron el grado humano, y también que en

nuestra historia podíamos ahora identificar el momento en que tuvo lugar la mutación

del grado simiesco al grado humano. Se trataba de un descubrimiento de grandes

proporciones en antropología, y tenía que ser corroborado. El trabajo de Chris Dean

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parecía ofrecer el tipo de ayuda que buscábamos.

Dean había publicado el artículo de 1985 en Nature en colaboración con su colega Tim

Bromage, un antropólogo del Hunter College de Nueva York. El avance principal del

artículo —titulado «Reevaluation of the Age at Death of Immature Fossil Hominids»—

residía en la afirmación de que el desarrollo dental no seguía una sola pauta, la pauta

humana, según sostenía Alan Mann, sino que la pauta humana de desarrollo sólo podía

encontrarse en los modernos humanos, en los neanderthales y en el último erectus. En

los australopitecinos prevalecía la pauta propia del simio; y en el primer erectus se

daba una pauta intermedia. Es sorprendente cómo este enunciado parece calcado del

descubrimiento de Holly. El hallazgo de Dean y de Bromage sobre la pauta del

desarrollo dental iba a influir, evidentemente, en el incipiente debate sobre el lugar de

la condición humana en la prehistoria humana.

Estos dos jóvenes investigadores necesitaban confirmar qué edad tenía un individuo

fósil concreto en el momento de su muerte. Los dientes proporcionaban la evidencia.

Medir la edad a partir de los dientes es como medir la edad de los árboles: hay que

contar los círculos. Bajo un microscopio, el esmalte de la parte superior de un diente

incisivo presenta una superficie ondulada, y las ondulaciones están separadas entre sí

por unas líneas —llamadas pericimatias. Si bien la naturaleza de estas líneas es un

tanto ambigua e incierta, se cree que una ondulación —el espacio entre una línea y

otra— representa unos siete días de crecimiento. Si se cuentan las líneas, y se hacen

los ajustes necesarios, puede calcularse la edad.

El espécimen más evidente para iniciar el análisis era el niño de Taung, al que se le

otorgaba una edad de unos siete años en el momento de su muerte, basada en una

pauta humana de desarrollo dental. «En la práctica, fue imposible calcular la edad del

niño de Taung —explica Bromage—, pero pudimos calcularla en otra mandíbula en

idéntica fase de desarrollo dental. La respuesta que obtuvimos fue de 3,3 años,

exactamente lo que cabría esperar de un simio cuyo primer molar empieza a asomar.

Pero definitivamente no es lo que cabe esperar en un niño humano con un primer

molar incipiente.»

Una vez completados sus sorprendentes resultados sobre la edad del niño de Taung,

Bromage y Dean decidieron aplicar la técnica a otros especimenes homínidos, incluido

el Homo más primitivo. El mensaje era claro. Todos los australopitecinos desarrollaron

su dentición muy rápidamente, como los simios. Ni siquiera el Homo primitivo

presentaba una pauta significativamente más lenta, lo que demostraba que la

prolongación de la infancia no fue muy marcada en él. «Estos resultados reflejan un

avance espectacular en nuestra apreciación de la biología de estas especies», escribían

Bromage y Dean en su artículo. En otras palabras, si queríamos comprender a

nuestros primeros antepasados había que pensar en términos de «biología primate» y

no de «biología humana».

Bromage llegó al campo dental a partir de su interés por el análisis de la pauta de

crecimiento de las facciones de los primeros homínidos. Los humanos y los simios

construyen la arquitectura facial de forma diferente durante los primeros años de vida,

lo que supone un nuevo criterio potencial para juzgar el grado de condición humana o

de animalidad de los primeros homínidos. A tenor de la importancia de otras líneas de

investigación, Bromage encontró que la estructura de las facciones de los

australopitecinos es similar a la de los simios, no a la de los humanos. La pauta cambia

sólo con la evolución de Homo.

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Así lo decían los datos del ciclo biológico. También lo decían los datos del desarrollo

dental, y los del desarrollo facial. Ese «lo» iba a revolucionar la antropología: con el

origen de Homo tuvo lugar una importante mutación biológica, no sólo anatómica. Es

decir, que la evolución de Homo implicó algo más que un simple cambio en el tamaño

o en la forma del cuerpo o de una parte del cuerpo homínido. La pauta de crecimiento,

de longevidad, etc., sufrió un cambio con la llegada de Homo; un cambio que introdujo

por primera vez una biología de tipo humano entre nuestros antepasados. ¿Había otras

líneas de evidencia para confirmarlo?

Tal vez, y de nuevo los dientes podían ser una fuente de información. Bromage y Dean

habían estudiado el índice de desarrollo dental: en los homínidos primitivos, los dientes

se desarrollan rápidamente, como en los simios; con Homo, el índice de desarrollo se

re-lentiza. Holly Smith también decidió estudiar el desarrollo dental, pero centrándose

en la pauta, no en el índice. Por pauta entendía el orden de la formación de los

dientes. Esa pauta, en los primeros homínidos, ¿fue como la de los humanos o como la

de los simios?

La diferencia más notable en la secuencia de la aparición de los dientes es que, en los

simios, los caninos salen después del segundo molar; en los humanos, lo preceden.

Además, los humanos han modificado completamente la relación entre el desarrollo de

los dientes anteriores y los posteriores. La tarea de Holly consistía en descubrir qué

pauta de desarrollo estaba más próxima a la detectada en las mandíbulas homínidas

más primitivas.

«Lo realmente duro fue establecer buenos criterios, y descubrí que Chris Dean y

Bernard Wood ya lo habían conseguido en 1981 —dice aliviada—. Les estaba

realmente agradecida. Sólo tenía que introducir mis datos y obtener los resultados.

Parecía encajar a las mil maravillas.» Surgieron algunas complicaciones, pero el

mensaje, una vez más, era que los primeros homínidos se desarrollaron como los

simios. En Australopithecus afarensis y en Australopithecus africanas, la pauta de

desarrollo dental fue semejante a la del simio. Pero en el primer Homo erectus ya era

discernible un cambio hacia una pauta de tipo humano.

«Total y absolutamente equivocado»; con estas palabras Alan Mann describía el

análisis de Holly ante un periodista de Science, dando así la señal de partida para una

batalla intelectual que hoy todavía continúa. Bromage y Dean también se vieron

afectados. «Sus análisis son total y absolutamente erróneos —afirma Mann—. Es cierto

que cuando yo publiqué mi análisis original considerábamos a los australopitecinos

como pequeños humanos. Las cosas han cambiado, y mucho, pero decir que los

australopitecinos fueron semejantes a los simios me parece exagerado.»

Hubo un intercambio de cartas en las columnas de Nature. Alan Mann reiteraba su

punto de vista según el cual «los actuales datos revelan una pauta de tipo claramente

humano» de desarrollo dental, y Holly Smith insistía en el suyo para decir que «toda

una serie de fósiles, que representan millones de años, comparten una pauta de

desarrollo típica del simio». La misma evidencia lleva a interpretaciones

diametralmente opuestas, y expresadas con mucha firmeza: algo no encajaba. Tal vez

nuevos interlocutores consiguieran esclarecer el debate.

Y así fue cuando Glenn Conroy y Michael Vannier, de la Universidad de Washington, en

St. Louis, entraron en el debate. Venían armados con un útil de alta tecnología llamado

tomografía axial computarizada, el escáner TAC. Habitualmente utilizado en hospitales

para obtener radiografías tridimensionales de los pacientes, el escáner TAC puede

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emplearse para estudiar personas fallecidas hace tiempo. El objeto escogido por

Conroy y Vannier fue el niño de Taung, muerto probablemente hacía unos dos millones

de años.

«El TAC nos brinda la oportunidad de analizar el interior de los fósiles de una forma sin

precedentes —dice Conroy, un antropólogo—. Pensamos que podríamos verificar la

técnica estudiando el cráneo de Taung y contribuir de este modo a cerrar el debate.

Vannier un pionero escáner de medicina clínica, se mostró encantado de poder aplicar

sus capacidades a sujetos fallecidos hacía millones de años.

«Las pautas del desarrollo dental que encontramos son muy parecidas a las que

encontramos en un gran simio de tres o cuatro años de edad», dice Conroy,

describiendo lo que él y sus colegas vieron en el pequeño fósil. En otras palabras, esta

línea independiente de investigación indicaba que los australopitecinos eran

efectivamente más parecidos a los simios que a los humanos por lo que respecta a su

desarrollo dental. «La evidencia empieza a demostrar de forma abrumadora que

Smith, y también Bromage y Dean, estaban en lo cierto. Los primeros homínidos

parecen efectivamente haber tenido un periodo de maduración dental semejante al de

los simios.»

La reestimación de las características biológicas de los primeros homínidos venía

claramente avalada por las nuevas líneas de investigación. Pero para contrarrestar

posibles reacciones fuera de lugar, Conroy y Vannier advertían que «estos rasgos

típicos del gran simio deben sopesarse en relación con los rasgos indudablemente

homínidos que Dart destacaba en su descripción inicial del cráneo». Estos rasgos de

homínido incluyen la ausencia de cejas prominentes típicas de los simios, la forma de

las órbitas oculares, la ausencia de espacio entre los caninos y los dientes premolares,

que es característico de los simios, la forma global del cerebro, y la posición del

foramen magnum, que une la cavidad craneana con la columna vertebral. «Este

complejo mosaico de rasgos cráneo-dentales muestra que el niño de Taung no es un

pequeño humano, pero tampoco es un pequeño simio.»

Por consiguiente, tenemos que pensar en los primeros homínidos como simios bípedos,

con un ciclo biológico típicamente simiesco, y con desarrollos faciales y dentales

simiescos. Sólo con la evolución del género Homo —que comportó un aumento del

tamaño del cerebro y una reducción del tamaño de los premolares, y un achatamiento

de la cara— empezaron a cambiar las pautas. De acuerdo con la pauta de desarrollo

dental (el trabajo de Holly Smith) y con el índice de desarrollo dental (el trabajo de

Bromage y Dean), el periodo de la infancia empezó a prolongarse en Homo. ¿Podemos

decir por qué, en el joven turkana por ejemplo, fue necesaria una infancia prolongada?

¿Hubo otros cambios en la biología del primer Homo que desencadenaran estos cambios

dentales y faciales?

Tal como señala Barry Bogin, sabemos que la prolongación de la infancia en los

modernos humanos tiene que ver con un periodo intenso y prolongado de aprendizaje,

la base de la cultura humana. En comparación con otros grandes primates, los

humanos maduran lentamente y luego alcanzan la edad adulta mediante un salto

brusco de crecimiento al final de la adolescencia. Pero la dependencia prolongada

también es una necesidad biológica, porque los bebés humanos vienen al mundo

demasiado pronto.

Esto puede parecer anormal, pero tiene que ver con el cerebro extraordinariamente

grande del que estamos tan orgullosos. Un gran cerebro está asociado a una

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ralentización y prolongación de los factores del ciclo biológico de nuestra especie, tales

como la madurez sexual y la longevidad. Si tuviéramos que calcular la duración de la

gestación a partir del tamaño de nuestro cerebro, llegaríamos a una cifra cercana a los

veintiún meses, y no los nueve meses de rigor. De ahí que durante casi todo el primer

año de vida los bebés humanos vivan prácticamente como embriones, creciendo muy

deprisa pero esencialmente dependientes. Es fácil captar las ventajas de una madurez

tardía: permite aprender a través de la cultura. Pero ¿cómo explicar esa anormal

disposición biológica que hace que pasemos nuestro primer año de vida en el

relativamente peligroso mundo exterior y no en la seguridad del útero?

El tamaño de la abertura pélvica humana —el canal del parto— ha experimentado un

incremento durante la evolución humana, acomodándose así al tamaño creciente del

cerebro. Pero existen aspectos técnicos que limitan el tamaño de ese conducto pélvico;

límites impuestos en aras de una mayor eficacia en el desplazamiento bípedo. En algún

momento, la expansión del conducto pélvico se detuvo, y la expansión del tamaño del

cerebro neonatal tuvo que adaptarse a la maduración fetal fuera del útero.

Si los humanos fueran como los simios por lo que al aumento del tamaño cerebral se

refiere, entonces un neonato humano podría ver como mínimo duplicado el tamaño de

su cerebro al alcanzar la madurez. Porque en los primates la duplicación del tamaño

cerebral entre el nacimiento y la madurez es normal. Dado que el cerebro humano

adulto suele medir un promedio de 1.350 cm3, si nos atuviéramos a la pauta

típicamente primate, el cerebro de un recién nacido debería ser de 725 cm3. Pero no es

así. El tamaño medio del cerebro en el momento de nacer es, de hecho, de 385 cm3, y

aun así debe forzar la mecánica del sistema con una frecuencia suficiente para que el

parto resulte mucho más arriesgado en los humanos que en los simios. A consecuencia

de ello, el crecimiento del cerebro en los bebés humanos continúa a un ritmo muy

rápido durante el primer año de vida, lo que completa efectivamente un periodo de

gestación de veintiún meses. Al final, el tamaño del cerebro se habrá más que

triplicado entre el nacimiento y la madurez.

Dado que los bebés humanos se ven forzados a venir al mundo con un cerebro

relativamente poco formado, son mucho más desvalidos que los bebés simios. Ese solo

hecho efectivamente prolonga la infancia y exige una mayor dedicación por parte del

medio social. Y la necesidad de aprendizaje social, a su vez, prolonga aún más la

infancia. ¿Qué puede decirse del primer Homo erectus?

Bob Martin, director del Instituto de Antropología de Zurich, planteó esta cuestión hace

unos años en estos términos: «Es muy posible que Homo erectus necesitara cuidados

maternos cada vez más elaborados, cosa que debió de acentuarse con Homo sapiens

para paliar la creciente desprotección e impotencia del bebé durante los primeros

meses de vida posnatal». Su razonamiento era más o menos este.

Supongamos que el tamaño del conducto pélvico del primer Homo erectus fuera

idéntico al del actual individuo humano y por lo tanto tuviera espacio para un recién

nacido con un cerebro de 385 cm3. Y supongamos que un bebé Homo erectus duplicara

el tamaño de su cerebro al alcanzar la edad adulta, como ocurre con los bebés simios.

Esa duplicación ¿produciría un volumen cerebral como el que sabemos poseía Homo

erectus? Si la respuesta es sí, entonces no sería necesaria una infancia prolongada

para posibilitar un crecimiento cerebral posnatal rápido. Pero la respuesta es no. Si se

dobla el tamaño de un cerebro de 385 cm3 de un neonato humano, se alcanza un

cerebro de aproximadamente unos 800 cm3, es decir, más pequeño que los 900 cm3

de media de un primitivo Homo erectus adulto. El crecimiento posnatal del cerebro

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debería entonces continuar a un ritmo muy acelerado durante un tiempo para alcanzar

la capacidad cerebral extra de un Homo erectus adulto. La indefensión infantil, y la

infancia prolongada, ya se habrían iniciado en el primer Homo erectus.

En sus cálculos, Bob había obviado deliberadamente el argumento contra Homo

erectus al presuponer que su conducto pélvico era tan grande como el de los modernos

humanos. Si el conducto pélvico era de hecho menor, entonces la conclusión sobre una

infancia prolongada se vería reforzada. Nuestro descubrimiento del joven turkana nos

dio la oportunidad de verificarlo, dado el perfecto estado de conservación de su pelvis.

La anchura de la abertura pélvica en los humanos es idéntica en machos y hembras.

Tras reconstruir la pelvis del muchacho, Alan pudo medir la anchura de la abertura

pélvica: 10 centímetros, en lugar de los 12,5 cm de los modernos humanos. La

diferencia era más que suficiente para que la conclusión de Bob nos pareciera muy

conservadora.

«Haciendo toda clase de presuposiciones y de ajustes, puede llegar a estimarse el

tamaño cerebral medio de los bebés del primer erectus —dijo Alan después de trabajar

con estas nuevas cifras—. Se alcanza una cifra de unos 275 cm3, lo que no es mucho

más que la mitad de la media moderna.» Pero lo más importante es que esta cifra

implicaba que los individuos erectus tenían que triplicar el tamaño del cerebro entre el

nacimiento y la madurez para alcanzar los 900 cm3 como adultos. La triplicación del

tamaño del cerebro después del nacimiento es la pauta del crecimiento humano, y está

asociada a un periodo prolongado de cuidados infantiles. En un artículo que Alan y yo

escribimos sobre el descubrimiento del joven turkana, concluíamos que «la suposición

inicial de que tras el nacimiento se siguieron dando índices de crecimiento fetal muy

rápidos, produciendo una creciente dependencia y una infancia prolongada, parece que

fue correcta».

En otras palabras, empezamos a ver la aparición de la condición humana —un cierto

sentido real de un «igual que nosotros»— en la biología de Homo. Antes de la

evolución de nuestro propio género, los homínidos eran humanos sólo en su forma de

estar y andar; eran bípedos. Pero biológicamente eran simios bípedos, no como

nosotros. Resulta apasionante que análisis como los de Holly Smith, Tim Bromage y

Chris Dean, y Bob Martin, puedan reproducir pautas relativas a acontecimientos del

pasado. Yo estaba profundamente emocionado cuando la información del esqueleto del

joven turkana fue introducida en la ecuación, confirmando la pauta. A partir de la

pelvis del muchacho, pudimos ver que los bebés de los primeros Homo erectus nacían

«demasiado pronto», lo que tuvo que determinar una infancia prolongada, produciendo

una ralentización del índice de desarrollo dental. Pero la articulación de todos estos

aspectos aparentemente dispares de la biología de nuestros antepasados va todavía

más allá.

Cuando describíamos los tipos de homínidos que vivieron entre hace tres y dos

millones de años, vimos que coexistieron varias especies, y que se produjo una

mutación anatómica fundamental. En los homínidos anteriores a Homo, y en los

australopitecinos que durante un tiempo fueron contemporáneos de nuestro género,

los machos eran el doble de corpulentos que las hembras. Pero los machos Homo sólo

eran entre un 15 por 100 y un 20 por 100 más corpulentos. Un dimorfismo corporal

amplio, como el de los mandriles, suele ir asociado a una intensa competencia entre

los machos por el acceso a las hembras, y los machos de la banda suelen estar

genéticamente disociados entre sí. Una reducción de ese dimorfismo corporal, como en

los chimpancés, suele ir asociado a una menor competencia entre machos por el

acceso a las hembras, y los machos suelen estar genéticamente emparentados.

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Mi mente no alberga la menor duda de que el cambio en el dimorfismo del tamaño del

cuerpo que vemos entre los australopitecinos y Homo indica una mutación significativa

en la historia humana. Algo muy importante tuvo lugar en la biología y en el

comportamiento de nuestros antepasados en aquella coyuntura. ¿Podemos asociar la

reducción del dimorfismo corporal con el cambio de pauta del ciclo biológico de simio a

otro de tipo humano? Yo creo que sí.

En esta asociación destaca sobre todo el aumento de la masa cerebral, un aumento

que evoluciona desde unos 500 cm3 en los australopitecinos hasta más de 700 cm3 en

el primer Homo. Un incremento de casi un 50 por 100 de la masa cerebral en criaturas

de aproximadamente el mismo tamaño corporal es un indicio biológico tan

espectacular como difícilmente imaginable. Pero igualmente importante para mí es la

mutación concomitante en el ciclo biológico. Y, como implica nuestro esquema anterior

de la vida de los australopitecinos y de Homo, también hubo un importante cambio en

el modo de subsistencia. Aquí, el nuevo componente es ahora la carne, ya no como

algo excepcional en la dieta, sino por primera vez como un componente sustancial. ¿Es

mera coincidencia que veamos aparecer útiles de piedra en el registro arqueológico en

el mismo momento en que parece que Homo empieza a evolucionar, hace unos 2,5

millones de años o más? No, yo creo que no lo es. Creo que nos hallamos frente a los

elementos de un acervo evolutivo que con el tiempo dio lugar a Homo sapiens.

¿Qué fue lo que posibilitó esta aparición? ¿Fueron las exigencias de la tecnología, que

necesitaban más potencia cerebral? ¿Fue el origen del lenguaje hablado, un modo de

comunicación altamente refinado? ¿Se debió a un nexo social intelectualmente

exigente? ¿O fue algo que nadie ha podido aún identificar? Sospecho que la fuerza

motriz no fue un solo elemento, sino una mezcla de ellos, que convergieron en una

nueva adaptación.

La aparición inicial de la familia homínida hace 7,5 millones de años coincidió con un

enfriamiento climático del planeta y con acontecimientos geológicos locales que

fragmentaron y redujeron la capa forestal antes densa del África oriental. Digo que

«coincidió con», pero en realidad me refiero a una relación causal: el origen de la

generalización del simio bípedo fue una adaptación a nuevos medios-mosaicos, más

diversificados. Pero ¿qué hay del origen del género Homo? ¿«Coincide» con algún

hecho importante? Sí: con otro enfriamiento del planeta, mucho mayor que los

anteriores. Hace unos 2,6 millones de años emergieron enormes montañas de hielo en

la Antártida, y por primera vez se formaron grandes y cuantiosas masas de hielo en el

Ártico. Aquella fuerza fría produjo climas más fríos y secos en el resto del globo,

incluyendo las diversas tierras altas del África oriental.

Tales cambios climáticos conmocionan los distintos hábitats, y pueden llegar a

desencadenar oleadas de extinción en todo el mundo animal y vegetal. Pero también

pueden generar una evolución de las especies, el desarrollo de nuevas especies a

partir de poblaciones aisladas que consiguen adaptarse a las nuevas condiciones. Entre

los antílopes africanos, cuyo registro fósil es de los mejores por lo que a vertebrados

terrestres se refiere, puede apreciarse claramente esta oleada de extinción y de

generación de nuevas especies hace 2,6 millones de años. De repente, desaparecieron

toda una gama de especies existentes y aparecieron otras nuevas. Esta pauta también

puede apreciarse, aunque menos claramente, en otros mamíferos frugívoros y

forrajeros de África. Sugiero que lo mismo ocurrió con los homínidos, con la evolución

de los australopitecinos robustos y de Homo.

La fragmentación y sequía de los hábitats del África oriental iniciados hace algo más de

115

2,6 millones de años fue un desafío y, en un sentido estrictamente darwiniano, una

oportunidad. Un desafío, en la medida en que una población animal suele intentar

permanecer en su habitat preferido, aunque tenga que realizar largas migraciones. En

este caso, la especie continúa existiendo. Pero a veces una población puede ser

incapaz de localizar su habitat favorito, y acabará muriendo. Sólo si todas las

poblaciones de una misma especie mueren, se extingue la especie. La «oportunidad»

evolutiva aparece cuando poblaciones aisladas subsisten en las nuevas circunstancias.

Las presiones en favor de una nueva selección pueden propiciar una nueva adaptación,

y, a la larga, una nueva especie. Las adaptaciones pueden emprender varias

direcciones: la adaptación de los homínidos hace 2,6 millones de años tomó, creo yo,

al menos dos.

Una fue una mayor exageración de la forma homínida básica. Ello dio lugar a los

australopitecinos robustos, como los individuos del Cráneo Negro. Estas criaturas

podían procesar gran cantidad de alimentos vegetales duros, que suelen encontrarse

en medios áridos. La segunda dirección implicó una especie de salto hacia adelante,

que se conoce con el nombre de Homo. Si bien la dieta homínida tradicional hacía

mucho más difícil la subsistencia, ofrecía al mismo tiempo la posibilidad de ampliarla y

diversificarla, en lugar de reducirla o especializarla, como hicieron los australopitecinos

robustos. Esa ampliación incluyó la carne como un recurso alimentario importante, no

como un producto ocasional, típico de la dieta de los primeros homínidos y de los

actuales mandriles y chimpancés.

Algunos antropólogos afirman que la ingestión regular de carne fue un hecho

relativamente tardío en la historia humana, pero yo opino que se equivocan. Veo

evidencia de la ampliación de la dieta omnívora básica de los homínidos en el registro

fósil, en el registro arqueológico y, ya que estamos en ello, también en la biología

teórica. En sus análisis de la evolución del cerebro humano, Bob Martin destaca lo que

todo buen biólogo sabe: que el cerebro es un órgano caro de mantener. Constituye

sólo el 2 por 100 de la masa corporal, pero consume casi el 20 por 100 de la energía

total. Bob va más allá y dice que el cerebro es no sólo caro de mantener, sino también

caro de formar. Es decir, durante el desarrollo del embrión en el útero, se consume

una parte desproporcionada de energía en la formación del cerebro. ¿Qué interés

podría tener una madre en consumir tanta energía en un solo embrión pudiendo

producir el doble de crías con menos masa cerebral?

«Porque el cerebro es un órgano muy potente —dice Bob, consciente de que afirma

algo evidente—. Lo que hace que una especie tenga el cerebro más grande posible.»

Parece un modo curioso de expresarlo, como si se tratara de comprar el coche más

lujoso. Pero se formula en el contexto del ciclo biológico, donde cada factor se articula

estrechamente con todos los demás. No es un accidente de la biología el hecho de que,

a lo largo de la historia evolutiva, los animales tengan hoy una mayor masa cerebral:

los mamíferos mayor que los reptiles y que los anfibios. Y, dentro de los mamíferos,

los primates son los más dotados de todos. Una pieza tan cara como el cerebro no

presentaría esta pauta evolutiva global si no extrajera de ello ventajas sustanciales. En

los humanos, vemos desplegarse la trayectoria hacia nuevas dimensiones, para acabar

convirtiéndose en el centro de la autoconciencia, mediante la cual todos podemos

conocernos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea.

La expansión inicial de la masa cerebral en los homínidos, que estableció el género

Homo, fue más mundana. Tuvo que ver con una adaptación que requería

comportamientos más complejos: el modo de vida cazadora-recolectora en embrión.

Pero también se autoalimentó, en una especie de retroalimentación positiva. Parte de

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la tesis de Bob Martin sobre la capacidad de una especie para «costear» un gran

cerebro es que tiene que contar con un medio estable, estable en términos de

suministro de alimento. Estable y rico desde un punto de vista nutritivo. Los

australopitecinos robustos consiguieron estabilizar el suministro de alimentos en el

nuevo medio de hace 2,5 millones de años, pero sus alimentos vegetales no eran

suficientemente nutritivos. Al ampliar la dieta e incorporar la carne, el primer Homo

consiguió ambas cosas, estabilidad y poder nutritivo. La carne representa alta

concentración de calorías, grasa y proteínas. Este cambio dietético en Homo impulsó el

cambio de pauta en el desarrollo dental y facial. Los eslabones de la cadena se unen

aún más estrechamente. Nuestros antepasados lograron este cambio dietético

mediante la tecnología, abriendo así el camino al potencial —aunque no inevitable,

recordémoslo— desarrollo cerebral. Los primates tienen gran dificultad para acceder a

la carne de animales grandes y de piel dura. Pero con una lasca de piedra afilada y

puntiaguda no se resiste ni la piel más dura, lo que abre literalmente un nuevo mundo

nutritivo. En un sentido muy real, la posibilidad de sostener una piedra a modo de

martillo rudimentario y golpearla contra otra piedra para obtener una pequeña lasca

afilada, permitió a nuestro antepasado Homo empezar a controlar el mundo que le

rodeaba como ninguna otra criatura antes o después que él.

Hay una zona en la orilla occidental del lago Turkana, a unos cinco kilómetros al norte

del lugar donde se había encontrado el Cráneo Negro, y a unos ocho kilómetros hacia

el interior del actual nivel del agua, que nos da una idea de las primeras fases de esta

mutación. Hace un par de años, Peter Nzube, del equipo de Kamoya, encontró lo que

parecía ser un yacimiento arqueológico potencial. La arqueóloga francesa Héléne

Roche describe los artefactos encontrados por Peter como «núcleos muy toscos»,

simples trozos de lava para alguien no experimentado. Héléne vio que las lascas eran

un producto deliberado, que habían sido golpeadas deliberadamente. «No da la

sensación de una producción sistemática de lascas —explica—, sino más bien de una

fabricación ocasional, torpe.» Los cantos de lava fueron extraídos de un suelo hace

algo menos de 2,5 millones de años, lo que convierte a estos artefactos en unos de los

más antiguos que se conocen.

El yacimiento se conoce como Lokalelei, según el nombre de un curso de agua

cercano. Hace 2,5 millones de años también hubo allí una corriente de agua, un

pequeño afluente del río que cruzaba el valle del Turkana, cuando allí no había ningún

lago. Los núcleos de lava descubiertos por Peter se habían abierto camino, de alguna

forma, hacia esa antigua corriente fluvial, para acabar sepultados en el lecho arenoso

durante casi 2,5 millones de años.

Cabe imaginar la escena siguiente: un pequeño grupo de homínidos da con el cuerpo

de un antílope u otro animal similar recién muerto, quizás atraídos por el peculiar

vuelo de los buitres sobre la pieza. Los homínidos tienen la suerte de encontrar un

animal entero para ellos solos; los chacales y las hienas ya estaban al acecho alertados

también por el vuelo de los buitres. Rápida y torpemente fabrican unas pocas lascas

con los cantos que han ido recogiendo al acercarse al animal, algunos ya preparados

para descuartizarlo y procurarse carne. Otros han estado tal vez ocupados

ahuyentando temporalmente a los depredadores más pequeños, pero lo suficiente para

dar tiempo a los demás a descuartizar una o dos extremidades del cadáver mediante

tajos vigorosos y rápidos, que atraviesan la piel, la carne y los tendones.

Recompensados con grandes pedazos de carne y parte de alguna extremidad, nuestro

grupo se retira enseguida, dejando que otros carnívoros limpien el esqueleto. Pronto

las poderosas mandíbulas de las hienas reducen los huesos a trizas. Estos grandes

carroñeros llevan consigo todos los útiles necesarios, sobre todo sus mandíbulas y sus

117

potentes dientes capaces de partir y triturar los huesos. Los homínidos han abandonado

sus útiles, que se convierten así en el principio del registro arqueológico. Este

registro marca la senda de la historia humana a lo largo de un vastísimo periodo de

tiempo. Nos ofrece la posibilidad de palpar nuestro pasado, un puñado de útiles de

piedra, de fabricación más o menos tosca, producto de las manos humanas. Soy muy

consciente de ello cuando sostengo entre mis manos un artefacto antiguo, y uno de los

más primitivos si procede de Lokalelei. Aquí tenemos los frutos de la inventiva, parte

del acervo evolutivo. Nuestros antepasados fabricaron estos útiles pero, en realidad,

fueron estos útiles los que hicieron a nuestros antepasados. Por la misma razón,

hicieron que hoy seamos lo que somos.

Cuando me preguntan, como suele ocurrir al final de una conferencia, cómo sé quién

hizo estos útiles, mi respuesta se basa en la historia y en la lógica, no en la evidencia

concreta. Suelo decir, por ejemplo, que, en nuestra opinión, los útiles de piedra

aparecen en el registro más o menos al mismo tiempo que el género Homo, hace algo

más de 2,5 millones de años. Lo que, sugiero, no es ninguna coincidencia. También es

cierto que los australopitecinos robustos evolucionaron en este mismo momento. Tal

vez fueran también productores de herramientas. De hecho, un antropólogo, Randall

Susman, de la Universidad Estatal de Nueva York, en Stony Brook, afirma que las

manos de los australopitecinos robustos poseían todas las características anatómicas

necesarias para la fabricación de útiles. ¿Cómo saber si tiene razón? No estoy seguro,

y creo que nadie puede estarlo.

Pero podemos tener la certeza de que Homo fue un fabricante de útiles, porque desde

que las especies Homo fueron los únicos homínidos existentes, se siguieron fabricando

útiles. Reconozco que es un argumento por exclusión. También reconozco que los

chimpancés pueden utilizar artefactos, por ejemplo piedras para partir nueces. Pero

existe un gran salto conceptual entre utilizar piedras como simples martillos para

romper o partir cosas y utilizar piedras para obtener deliberadamente una lasca de otra

piedra. El cerebro de los australopitecinos no era mucho mayor que el de los grandes

simios actuales, incluido el chimpancé, teniendo en cuenta el tamaño del cuerpo. El

cerebro de los primeros Homo era bastante más grande, y esa potencia cerebral

adicional significa algo.

La posición más prudente consiste en sugerir que la fabricación de útiles de piedra fue

incumbencia exclusiva de Homo, desde los tiempos más remotos del registro hasta el

final. Tal vez nunca podamos probarlo. Cuantos estamos implicados en el tema de los

orígenes humanos tenemos que aceptar que algunas preguntas, por muy pertinentes

que sean, quizá nunca obtengan respuesta.

Una de las preguntas emana de la evidencia de que mientras Homo abría un nuevo

nicho homínido, otros homínidos empezaron a caer en el olvido evolutivo, hasta

extinguirse. De las tres o más especies de homínidos que existieron hace entre 2,5 y 2

millones de años, sólo dos consiguieron sobrevivir hasta hace un millón de años: Homo

erectus y el australopitecino robusto. Y de los dos, sólo uno sobrevivió más allá: Homo.

¿Qué puede decirse al respecto, además de registrar que así fue como ocurrió? No

mucho, y nada con absoluta certeza. Pero nuestra profunda curiosidad sobre nuestros

antepasados nos anima a intentarlo.

Desde nuestra perspectiva, la perspectiva de una especie viva y superviviente,

tendemos a considerar la extinción como un fracaso. ¿Cuántas veces habremos oído la

palabra dinosaurio para calificar un proyecto condenado al fracaso? Muchas veces. Los

dinosaurios se extinguieron hace unos 65 millones de años, así que tuvieron que

118

constituir un clamoroso fracaso evolutivo, ¿no? Pues no, porque estuvieron sobre el

planeta durante unos 160 millones de años. Pero ocurre que una concatenación de

circunstancias hace 65 millones de años —incluida tal vez el choque de la Tierra con un

cometa— precipitaron la extinción de todas las especies dinosaurias. En otras palabras,

mala suerte. A lo largo de la historia de la vida, la emergencia y la extinción de las

especies ha sido una pauta reiterativa. A consecuencia de ello, el 99 por 100 de todas

las especies que han existido están hoy extinguidas. Los australopitecinos entre ellas.

Pero creo que podemos ir un poco más allá de las frías, aunque necesarias,

estadísticas. Ante todo, el periodo desde hace diez millones de años hasta el presente

ha sido un desastre biológico para los simios. En una época determinada llegó a haber

unas veinte o treinta especies de los llamados simios del Mioceno en África, y sólo

unas pocas especies de monos del Viejo Mundo. En el transcurso de esos diez millones

de años la situación se invirtió, y muchas especies de simios se extinguieron, al tiempo

que muchas especies de monos se diversificaron y multiplicaron. Las causas son

diversas, entre ellas la pérdida del habitat del simio debida al cambio climático.

Además, parece que los monos ganaron a los simios en su propio terreno al

convertirse en devoradores de fruta más eficaces. ¿Y qué pasó con los homínidos?

La evolución inicial de los homínidos fue parte de la respuesta que dieron los simios del

Mioceno al enfriamiento del clima: algunos se extinguieron, pero uno de ellos pudo

erguirse sobre dos pies, para sobrevivir allí donde un simio no podía vivir. Un posterior

enfriamiento climático, hace unos 2,6 millones de años, estimuló el proceso evolutivo

en dos ramas extremas: la especie robusta, con pequeño cerebro y grandes

premolares, y la especie con gran cerebro y pequeños premolares. Si en su momento

no hubieran ocurrido estas dos adaptaciones, es muy posible que la familia homínida

se hubiera extinguido completamente hace uno o dos millones de años. La extinción,

después de todo, era el destino de las especies como Australopitecus africanus que no

lograron adaptarse a los extremos.

No resulta demasiado difícil entender por qué Homo pudo sobrevivir, desde el

momento en que su adaptación fue distinta de la de los simios. Pero ¿por qué

Australopitecus robustus no pudo proseguir su éxito inicial? Después de todo, su

especialización parecía bien adaptada a climas más secos. Si hemos conseguido leer

correctamente el registro fósil, Homo erectus y los australopitecinos robustos ocuparon

un territorio semejante: cerca de cursos de agua, con un mosaico de campo abierto y

bosque, más tolerante que el medio árido de otros homínidos. Pero la dieta de Homo

parece que fue tan amplia y diversa que queda descartada la competencia directa. El

componente cárnico de que disfrutó Homo erectus lo diferenció claramente del

homínido robusto.

No veo razón para que las bandas de Homo no mataran y se comieran a los

australopitecinos robustos, como hacían con los antílopes y otros animales de presa.

De hecho, es posible que el cráneo de Zinjanthropus descubierto por mi madre en la

garganta de Olduvai en 1959 fuera parte del menú de Homo habilis. Si el cráneo

hubiera pertenecido a un antílope encontrado en medio de un suelo evidente de

habitación, no habríamos dudado en calificarlo de alimento. ¿Por qué no el de otro

gran primate? Pero no hay evidencia —como por ejemplo huellas de cortes en el

hueso— que permitan sugerir que la cabeza de Zinjanthropus recibió cortes hechos por

una herramienta de piedra. La sugerencia debe permanecer en el ámbito de la lógica y

de la especulación. Si hubiera evidencia de descarnación, sospecho que podríamos

llegar a conclusiones equivocadas. No me cabe la menor duda de que se etiquetaría

como «canibalismo», aunque erróneamente, creo.

119

Según mi diccionario, un caníbal es aquel que se come a su propia especie. Por lo

tanto, por definición, un Homo erectus que se comiera un australopitecino robusto no

sería un caníbal. Más aún: un Homo erectus pudo ver en un australopitecino robusto

tan sólo un animal más. Es nuestra perspectiva antropomórfica que imputa

pensamientos y sentimientos humanos a todo aquello que parece humano, aunque

sólo sea una apariencia superficial. Creo que Homo erectus tenía un sentido muy

desarrollado de sí mismo y una capacidad lingüística considerable. Pero posiblemente

estaba muy acostumbrado a ver australopitecinos robustos a su alrededor,

comportándose de una manera muy diferente. Dudo de que, al matar a un

australopitecino robusto, sintiera algo distinto de cuando mataba antílopes o

mandriles.

Sabemos que erectus fue una especie altamente eficaz y de éxito, capaz de ampliar su

territorio fuera de África hace un millón de años. Una expansión así significa

crecimiento demográfico, que tal vez pudo incluir un impulso hacia el habitat del

australopitecino robusto. Atrapado entre esto y la expansión simultánea de poblaciones

de mandriles, los australopitecinos robustos tal vez sucumbieron a la competencia por

algo muy básico: el acceso a los recursos alimentarios. Hace un millón de años, aquella

lucha de doble filo se hizo demasiado dura, y los australopitecinos robustos acabaron

por extinguirse, rompiendo para siempre el eslabón con nuestros antepasados.

Empezamos este análisis a partir de los dientes y seguimos con la anatomía facial, la

expansión cerebral, una importante mutación en la estructura social de nuestros

antepasados, una mutación igualmente importante en la dieta, y acabamos hablando

del olvido evolutivo hace un millón de años de la última especie australopitecina

superviviente. En el cerebro mayor, en la emergente nueva capacidad para fabricar

herramientas, y en los orígenes de una subsistencia basada en la caza-recolección,

reconocemos elementos de nosotros mismos, de nuestra humanidad. Lo que es, creo,

importante.

Igualmente importante es la forma en que se demuestra aquí, con gran convicción, la

interconexión de las cosas. Me preguntan con frecuencia por qué ocurrió esto o lo otro

en nuestra historia, y sé que se espera de mí una respuesta directa y apabullante. Pero

la evolución pocas veces es simple causa y efecto. Existen muchas variables en una

coyuntura concreta: el clima, la geografía local, la herencia evolutiva de una especie,

la naturaleza de otras especies en la comunidad, y una cantidad nada despreciable de

puro azar. Así pues, cuando alguien me pregunta por qué el desarrollo dental se

ralentizó en el primer Homo, mi respuesta directa es porque el periodo de la infancia

se prolongó. Pero la verdadera respuesta es: «Por aquí se va a la humanidad».

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