Cómo mejorar nuestra predicación sagrada




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PARTES DEL SERMÓN ....................................................................................... 41

El texto ................................................................................................................. 41

El tema ................................................................................................................. 51

El título ................................................................................................................. 59

Los objetivos ......................................................................................................... 61

El cuerpo .............................................................................................................. 65

La introducción .................................................................................................... 75

La aplicación ........................................................................................................ 80

La conclusión ....................................................................................................... 84

HERRAMIENTAS ÚTILES AL PREDICAR ..................................................... 89

Procesos retóricos ................................................................................................ 89

El uso de interrogantes en el sermón ................................................................... 94

La palabra clave................................................................................................... 94

BIBLIOGRAFÍA Y LITERATURA RECOMENDADA .................................... 97

ANEXOS ................................................................................................................. 99

Anexo 1: Siete cosas para recordar ..................................................................... 99

Anexo 2: Cuestionario de evaluación ................................................................. 100

Anexo 3: La hermenéutica, breve repaso ........................................................... 102

Anexo 4: La oratoria, breve repaso ................................................................... 105


Manual de Homilética

Introducción

A lo largo de la historia, la proclamación del evangelio ha tenido muchos obstáculos; pero aun así sigue siendo uno de los puntos centrales del cristianismo. Somos embajadores de la Palabra de Dios (2Co.5:13-21), encomendados a proclamar el mensaje de la reconciliación, así como lo aprendimos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el predicador por excelencia, la Palabra hecha hombre (Jn.1:1,14).

Al convertirnos en sus hijos, Dios nos ha dado su Espíritu Santo para que seamos testigos (Hch.1:8), capaces de dar nuestra vida con tal de que se transmita al mundo el testimonio que llevamos en nuestro corazón del amor de Dios (Jn.3:16). Esto fue lo que sucedió después de la muerte y resurrección de nuestro Redentor, en Pentecostés (Hch.2:14-41), donde comenzó lo que constituyó la prioridad en la vida y el ministerio de los apóstoles y discípulos, llevar el evangelio a las naciones.

De esto trata la homilética, de continuar con la magna tarea de la Iglesia de comunicar la verdad, de manifestar al Verbo encarnado, de anunciar libertad a los presos, de dar vista a los ciegos, de libertar a los oprimidos, y de proclamar el año del favor del Señor (Lc.4:18-19), de declarar la gracia de Dios a la necesidad humana. La homilética, siendo más formales en su definición, es el estudio del análisis, de la clasificación, elaboración, composición y entrega del sermón, o el arte y la ciencia de predicar para comunicar el mensaje de la Palabra de Dios. Un mensaje puro, que nace en el corazón de Dios y es proclamado por el predicador, un vaso de honra, que trata de ver el rostro de Dios cada vez que se humilla delante de Él para escuchar lo que debe transmitirse.

Es lamentable que en la actualidad se haya perdido la esencial y muchos prefieran los rodeos, las abstracciones y las marañas (2Ti.4:3-4), antes que la solución bíblica. Y se llama predicador a cualquiera que se autodenomine de ese modo; pero el pueblo de Dios debe marcar la diferencia, regresando a la senda antigua y recordando sus bases protestantes «Eclessia semper reformada», capacitándose para cumplir con excelencia su legado, predicar el evangelio (Mt.28:19-20; Mr.16:15-20).

En una de sus célebres prédicas, C.H. Spurgeon dijo: «Arrímate a las puertas del infierno y, durante un momento, presta atención a la terrible barahúnda de alaridos y lamentos de tortura que desgarrarán tus oídos… Con sólo tener ante nuestros ojos todas estas cosas, debemos predicar… Aunque el sol apague su luz, predicaremos en la oscuridad; aunque el mar detenga el movimiento de sus mareas, nuestra voz seguirá predicando el evangelio; aunque la tierra deje de girar y los planetas cesen en su movimiento, aun así, predicaremos el evangelio. Hasta que las ígneas entrañas de la tierra estallen por todas las costuras de sus montañas de bronce, continuaremos predicando el evangelio; hasta que la conflagración universal deshaga el planeta, y se desintegre la materia, estos labios, o los de cualquier otro que haya sido llamado por Dios, seguirán tronando la voz de Dios. No podemos evitarlo. “Nos ha sido impuesta por necesidad”… Sois verdaderamente culpables a los ojos de Dios si no predicáis el evangelio. Os digo también que no puedo concebir que haya quienes, como flores, «estén malgastando su fragancia en el aire del desierto», «gemas de los más puros rayos» escondidas en las oscuras cavernas del océano del olvido. Este es un asunto muy serio. Si hubiera predicadores en la congregación, dejémoslos predicar. He aquí mi mano para ayudar a cualquiera de vosotros que crea poder hablar a los pecadores del amado Salvador que habéis encontrado. Me gustaría descubrir a muchos predicadores entre vosotros. Es terrible pensar que, mientras el demonio usa a todos sus siervos en su obra, haya siervos de Cristo que estén adormilados. Jóvenes, en todo caso buscad algún modo de predicar el evangelio de Dios. Y tened en cuenta esto: Si tenéis en vosotros talento y poder, ¡ay de vosotros si no anunciáis el evangelio!»1.

ANTECEDENTES

Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida. 1Jn.1:1-2

ORDEN Y COMUNIÓN EN LA PREDICACIÓN

Dios, por medio del apóstol Pablo, habla a la iglesia de Corinto indicándole que «todo debe hacerse de una manera apropiada y con orden.» (1Co.14:40) Y Él mismo nos da testimonio de orden en el ballet celestial que se presentó en la creación, cuando todo lo hizo con absoluto orden, no hizo al hombre y después la luz, las estrellas o el sol… Todo lo hizo, lo ha hecho y lo hará con orden.

Basados en esa premisa del orden, es importante que como hijos suyos hagamos las cosas con orden. Orden en nuestra vida (en cada uno de los aspectos que la conforma), orden en las cosas que hacemos y, por supuesto, orden en nuestra forma de presentar el evangelio.

Samuel Vila comenta en su Manual de homilética: «El buen deseo de testificar de las verdades del evangelio, la misma piedad o el fervor religioso, con ser virtudes indispensables para la predicación eficaz, no son suficientes. Es necesario presentar las verdades evangélicas, sobre todo a los nuevos oyentes, de un modo claro y lógico, que persuada sin fatigar las mentes. Para ello se necesita orden, disposición y clara enunciación de la plática o sermón.»

El orden es primordial, pero para abundar en frutos, el predicador además de una vida disciplinada y ordenada requiere de una comunión especial que incluya el poder o fuego del Espíritu Santo, que no siempre es el fuego del entusiasmo humano que se expresa con enérgicos gestos y grandes gritos, sino aquella unción de lo Alto que da al sermón ese algo inexplicable que no se adquiere por medios humanos pero lleva al corazón de los oyentes la impresión de que el mensaje es de Dios, porque es Dios mismo revelándose al corazón del que escucha la Palabra.

El Espíritu Santo será el encargado de dar vida a las palabras que, con orden, prediquemos (2Co.3:5-6). Si se establece correctamente esta relación, nuestra predicación permitirá «ver de su siembra espiritual abundantes frutos para vida eterna.»

ORACIÓN PREVIA A LA PREDICACIÓN

La vida de oración es de suma importancia antes de introducirse en la vida de estudio que requiere la predicación de la Palabra (1Ts.5:17). La comunión, calidad y tiempo invertidos en oración permitirán que la predicación sea eficaz. Así nos lo enseñó nuestro Salvador, quien dedicó varias horas a la oración con el fin de conocer la voluntad del Padre (Jn.5:30) y hacer lo que a Él le agradaba y lo que Él ordenara.

Spurgeon decía: «Si alguien me preguntara: ¿Cómo puedo asirme al texto más oportuno?, le contestaría: Pedidlo a Dios.» Harrington Evans da como primera regla para hacer sermones «pedid a Dios la elección.» Lucero comenta «haber bien orado, es más de la mitad estudiado.» Gurnal declara «cuánto tiempo pueden los ministros sentarse, hojeando sus libros y devanándose los sesos, hasta que Dios venga a darles auxilio, y entonces se pone el sermón a su alcance, como servido en bandeja. Si Dios no nos presta su ayuda, escribiremos con una pluma sin tinta. Si alguno tiene necesidad especial de apoyarse en Dios, es el ministro del evangelio.»

Si su anhelo es dar a la congregación la palabra oportuna que llega al corazón y cambia vidas, solamente la conseguirá si dobla rodillas y se la pide a Dios, ya que Él es el único que conoce la necesidad del corazón de sus hijos.

FUNDAMENTOS CRISTIANOS Y TEOLÓGICOS EN LA HOMILÉTICA

Hay tres cosas importantes y básicas para fundamentar la homilética, la primera es la vida del mensajero de la Palabra, una vida de testimonio, en la que se evidencia una relación íntima con Dios y que como fruto de esa relación se produzca el mensaje a proclamarse (Jn.14:10, 26; 16:13). Se debe recordar siempre que el mensajero de la Palabra es un embajador del reino de los cielos (2Co.5:20a; Fil.3:20), además de tener linaje escogido, real sacerdocio, ser parte de una nación santa, y pertenecer al pueblo de Dios (1Pe.2:9), es luz y sal (Mt.5:13-16). En segundo lugar, se establece que una verdadera predicación es aquella fundamentada en una correcta teología. La metodología debe ser el tercer paso, pero nunca puede sustituir al primero o segundo. En cuanto al fundamento teológico, es importante considerar:

•       La convicción acerca de Dios. Su presencia real como la luz que ilumina a toda persona en todo lugar (Sal.119:105), como aquel que dio el primer paso de reconciliación (1Jn.4:9-10) y como aquel que habla y se revela al hombre (Jn.1:14).

•       La convicción acerca de las Escrituras. La Biblia es la Palabra de Dios escrita, es el manual del fabricante, mediante la cual Dios sigue hablando a su pueblo. Las escrituras tienen poder de transformar y salvar vidas, la Palabra de Dios es actual y sigue influyendo en la vida de quien la escucha (Jn.5:39; 2Ti.3:16-17; Ro.15:4). James Kennedy afirma que su veracidad y su certidumbre se observa en el cumplimiento confirmado de más de dos mil profecías.

•       La convicción acerca de su vida. Uno de nuestros principales intereses debe ser el que nosotros mismos seamos salvos (Ro.8:16), antes de predicar el evangelio de la salvación. La convicción que nos da el Espíritu Santo de nuestra salvación es fundamental, porque no podremos hablar de salvación si nosotros mismos no somos salvos. No podremos hablar de una relación con Dios si nosotros mismos no la tenemos. No podremos dar del amor de Dios si nosotros no lo hemos experimentado primero. No podremos influir en el pueblo con la Palabra de Dios si la Palabra no ha influido primero nuestra vida. La vida del predicador debe ser una vida ejemplar (1Tm.4:12)

•       La convicción acerca de la Iglesia. Hay una relación de dependencia directa entre la iglesia (como creación de Dios) y la Palabra misma de Dios. El predicador de la Palabra debe tener claro que la Iglesia es el cuerpo de Cristo y que ella crece y se fortalece por la predicación del evangelio.

•       La convicción acerca de la predicación. La Gran Comisión (evangelizardiscipular) es la tarea principal de la iglesia. Al presentar la Palabra de Dios, exponiéndola con claridad, ayudamos a entender el mensaje de Dios para que éste adquiera sentido real a quien lo escucha (Mr.13:10-11; Lc.9:2-5; Hch.10:42).Debemos instar en todo tiempo a nuestros oyentes a vivir la vida que agrada al Señor y caminar hacia la estatura del varón perfecto que es Cristo.

La claridad que se tenga de estas convicciones recuperará la pasión por la tarea de exponer y anunciar la Palabra de Dios a los perdidos.

MENSAJEROS DE LA PALABRA

Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y quién predicará sin ser enviado? Así está escrito: «¡Qué hermoso es recibir al mensajero que trae buenas nuevas!» Ro.10:14-15

La Reforma protestante tuvo grandes contribuciones al cristianismo. Los reformadores captaron de nuevo la gran doctrina del sacerdocio del creyente. A partir de ese momento se volvió a predicar la igualdad de los creyentes delante de Dios, pero haciendo la correcta distinción acerca del llamamiento al ministerio de la Palabra. Este ministerio también es una doctrina distintiva de la Iglesia cristiana protestante.

La manera más común que Dios usa para hablar a los hombres es por medio de sus mensajeros. Dios ha expresado su voluntad para su pueblo, en cada generación, por medio de sus profetas (Heb.1:1). Aunque en algunos pasajes bíblicos leemos que Dios utilizó a otro tipo de mensajeros, por ejemplo, ángeles (Jue.6:20), sueños (Gé.41:25), sonidos (1Re.19:12; Jn.12:29), animales (Nm.22:28), lo más usual es que Él envíe a sus siervos escogidos. Hombres y mujeres que, a pesar de sus imperfecciones (2 Co.4:7), por la relación que tienen con Dios, influyen en quienes los escuchan, tanto por sus palabras como por sus vidas (Mt.5:16).

Es importante recordar que el mensajero de la Palabra, el predicador, es un administrador o mayordomo (oikonomos). (1Co.4:1-2). El administrador es el depositario y el dispensador de los bienes de otro. Del mismo modo, el predicador es un administrador de los misterios de Dios, es decir, de la autorrevelación que Dios ha confiado a los hombres y que ahora está preservada en las Escrituras. Según la Palabra, el predicador es un heraldo o pregonero (kérux) (1Co.1:23), es un sembrador (speiron) (Lc.8:24), es un embajador (presbus) (2Co.5:20; Ef.6:20.) y es un pastor (poimén) (Ez.34; Jn.21:15; Hch.20:28-31.)

Tiempo completo y voluntariado

Dios sigue llamando y apartando a ciertas personas para el ministerio de la Palabra. En un sentido, todos los creyentes reciben un llamado a servir al Señor (el ministerio común), pero en otro sentido particular, Dios llama a sus ministros especiales (el ministerio oficial). La respuesta a este llamamiento implica dos cosas: la predicación y la dedicación. La primera quiere decir un ferviente impulso a predicar la Palabra. La segunda, una consagración de todo nuestro tiempo al Señor. El resultado de este llamamiento de Dios y la respuesta del hombre, es el predicadortiempo completo y el predicador-voluntario. El predicador-tiempo completo es lo ideal, pero la historia nos demuestra que en ciertas etapas del desarrollo de la obra, las iglesias tienen que depender del trabajo de predicadores-voluntarios.

Definamos los dos términos:

1.       Predicador-tiempo completo: Es el que siente un llamado especial de Dios a predicar y a dedicar todo su tiempo a la obra. Sólo dedica tiempo al trabajo secular por cortos periodos, para poder adquirir los recursos a fin de prepararse mejor, o para sostenerse hasta que la iglesia pueda hacerlo. Su trabajo fuera de la iglesia es así un medio para llegar a un fin, pues debe ser sostenido por la iglesia.

2.       Predicador-voluntario: Es el que no siente un llamado a dedicar todo su tiempo al ministerio, sino un deseo de servir al Señor por medio de su profesión, durante parte de su tiempo libre. Este hombre predica la Palabra o atiende la obra interinamente hasta que Dios proporcione un obrero llamado y preparado. La predicación es en él un medio para llegar a un fin. Hybels señala que este tipo de siervos son quienes sostienen a la iglesia. En esta categoría nos encontramos todos los hijos de Dios que hemos entendido la Gran Comisión (Mt.28:19-20; Mr.16:15-18).

Es necesario un entendimiento claro de esta distinción. En esencia no hay diferencia, pero con relación a la función que desempeñan cada uno sí la hay. Cada uno de ellos debe entender que es pieza fundamental en el desarrollo de la obra de Dios. Por lo tanto, los dos tienen el deber de prepararse. Los dos tienen su lugar en la obra misionera del Señor y su trabajo conjunto es el que permitirá la expansión del reino de los cielos.
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