Deseo que te guste, amigo “pilotillo”




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MI MUNDO.

Vida de un piloto automovilístico.

AUTOBIOGRAFÍA DE r. Caracciola.




Este libro es una copia, en una edición especial, de mi libro original en papel. Si ha llegado a tus manos, en calidad de regalo y muestra del afecto y cariño con que quiero compartirlo, es para poder expresarte lo enriquecedor y gratificante que para mí ha sido leer y transcribir estas páginas sintiéndolas en todo momento bajo el prisma que me ha enseñado también UN MUNDO de maravillosos pilotillosvirtuales que son capaces de vivirlo.
Deseo que te guste, amigo “pilotillo”, y que puedas aprender muchas cosas, como contigo he hecho yo.

Con ese cariño e ilusión…
Raquel

 

La única pasión de mi vida ha sido correr con automóviles, ser una fracción de segundo más rápido que los demás. No obstante, puedo asegurar que ni por un momento creí pertenecer a la lista de hombres que han popularizado el automóvil...

...Pocos pilotos han tenido la suerte de salir con vida de montones de metal aplastado, y poquísimos han tenido el privilegio de trabajar en su profesión, desde la primera juventud, con un amor tan apasionado como el que he sentido yo por el deporte del motor.”

Entre los del equipo Mercedes,

Rudolf Caracciola era el mejor.

KEN PURDY

(Los Reyes de la ruta)

CAPÍTULO I
Opino que todo ser humano puede alcanzar la meta por la que se afana. También creo que todo el que ambiciona hacer algo determinado termina por hacerlo, por muchos rodeos que haya de dar para lograrlo.

Desde que cumplí los 14 años, mi mayor ilusión era ser conductor de automóviles de carreras. En el ambiente en el que me crié, un ambiente de clase media, las carreras de automóviles eran consideradas como una manía de gentes ricas, o como una rara clase de excentricidad, tal como, por ejemplo, danzar en la cuerda floja.

La ilusión de mi padre era que ingresara en la universidad; pero su plan fracasó cuando se hizo evidente que los libros de texto no armonizaban con lo que albergaba mi cabeza. Abandoné para siempre la escuela, provisto tan solamente de un certificado de estudios de 2ª enseñanza.

Poco tiempo después murió mi padre, y mi familia, reunida en consejo, decidió que había de encontrar algún hotel donde, sobre el terreno, aprender el oficio; así, una vez preparado, podría trabajar en el hotel instalado por mi padre a orillas del Rhin. Los miembros de la familia son empleados poco exigentes.

Pero yo anhelaba ser conductor de coches de carreras.

Por fin se llegó a un acuerdo. Ingresaría, como aprendiz, en la fábrica de automóviles Fafnir, de Aquisgrán. Quizás esta extraña indulgencia del consejo familiar se basaba en la suposición de que el aburrido trabajo en una fábrica me haría perder la afición a los automóviles y que, como hijo pródigo, volvería sumiso a integrarme en el limpio seno familiar.

Sin embargo, las cosas se desarrollaron de otro modo. Trabajé en aquella fábrica más de un año, y de no haber sucedido algo inesperado que me hizo dejarla de repente, y además en plena noche, seguramente habría proseguido, puesto que aquella ocupación me complacía. Todos mis compañeros eran gente honrada, íntegra, sin pizca de falsedad, con quienes siempre congenié.

Una noche, tres compañeros y la prometida de uno de nosotros, Kart Kruppke, fuimos al night-club Kadakú. La novia de mi amigo quería saber algo de la vida nocturna de Aquisgrán. El Kadakú rebosaba de gente que producía tal ruido que era imposible entenderse. Todo el mundo estaba apiñado, apretujado, y los sudorosos camareros se abrían paso con dificultad por entre el público.

No obstante, encontramos asientos en el palco tapizado de piel de color rojo. Al final del largo restaurante se hallaba una pista de baile donde tocaba la orquesta. Era posible ver a los músicos, pero raramente llegaba a nuestros oídos alguna nota del piano o algún quejido del saxofón. Parecía como si la orquesta tocase tras alguna pared de vidrio.

Pedimos al camarero un aperitivo para la muchacha y tres coñacs con soda para nosotros; es decir, las consumiciones más baratas. Kuppke fue a bailar con su novia. Era un chico algo gruñón, de piernas arqueadas, casi parecido a un fantasma amigable. Ella, más alta, le llevaba media cabeza. Cuando acabó el baile volvieron con nosotros. La joven se había ruborizado; lo cual, unido a su cabello rubio ceniza, la hacía parecer apetitosa de veras.

Tras nosotros se sentaban tres oficiales de las fuerzas de ocupación. Al empezar el siguiente baile, uno de ellos se acercó a nuestra mesa. Era belga, alto, flaco, de bigotillo negro y pálida faz, excepto por una rojiza cicatriz en la frente, como la que podría producir un sablazo.

  • Disculpe, señor –murmuró mientras se inclinaba ante Kruppke.

Éste le miró fijamente, pero no respondió. El oficial se inclinó ante la muchacha, que dejó sobre la mesa su bolso de rojo charol, se alisó el cabello con la mano y se dispuso a levantarse. Entonces Kruppke, con voz áspera, exclamó:

  • ¡No! –y otra vez con voz aún más fuerte - ¡No!

El oficial se volvió hacia él. Kruppke se irguió lentamente, las manos apoyadas en la mesa. Durante unos instantes se miraron mutuamente.

  • Plait-il? Je ne comprends pas – dijo el belga algo azorado. La muchacha intervino:

  • ¡Carlos, por favor, no te pongas así!

Su novio agitó la cabeza.

  • Vete a casa. Mahler, acompáñala.

Su amigo, asimismo mecánico, se levantó inmediatamente, lo mismo que la muchacha, que insistió:

  • ¡Pero Karl!

Tenía lágrimas en los ojos. La gente de las mesas contiguas había empezado a mirarnos. Algunos se pusieron en pie, y estiraron los cuellos para poder ver mejor en qué paraba todo aquello.

  • Ven, salgamos –dijo Mahler. La tomó del brazo y se la llevó hacia la salida.

El belga continuaba en pie. Era obvio que comprendía lo que pasaba. Los demás clientes se apretujaban alrededor de nuestra mesa. De la de oficiales se levantó otro, que con un gesto enérgico apartó a la gente y se dirigió a nosotros.

  • ¿Pero qué es lo que está pasando aquí? –preguntó un alemán duro y gutural.

Era un hombre maduro, tan alto como el teniente, pero macizo, de anchas espaldas, pesado. El teniente empezó a explicarse. Hablaba tan de prisa que no pude entender nada de lo que decía.

  • ¿Por qué ha hecho irse a la señorita? –preguntó a Kruppke el segundo belga.

  • Porque no quiero que mi novia baile con un belga.

  • ¿Y por qué no?

  • Pues porque es demasiado buena pasa eso.

Lo siguiente llegó con la rapidez del rayo. El belga levantó el puño para pegar, pero yo fui más rápido. Dando un brinco, le pegué en la cara de abajo a arriba. Intenté darle en la barbilla, pero le alcancé en la nariz. El golpe produjo un sonido ronco: aquel coloso se tambaleó y se estrelló en el suelo. Alguien gritó… y yo me quedé como atontado. Entonces Kruppker pasó a la acción. Volcó la mesa de una patada, me agarró del brazo y gritó:

  • ¡Vámonos, salgamos de aquí!

Corrimos a lo largo del restaurante mientras la gente gritaba, atravesamos la puerta de cristal de la entrada y nos sumergimos en la oscuridad de la noche, y corrimos calle abajo hasta perder el aliento.

Estaba oscuro como boca de lobo, y además tan silencioso que podíamos oír los latidos de nuestros corazones. Nos detuvimos unos instantes para escuchar, pero no pudimos oír a nuestros perseguidores.

  • Tienes que irte, Rudi, esta misma noche – me dijo mi compañero. Los dos, tranquilamente, nos dirigimos hacia la catedral, como si fuéramos dos pacíficos ciudadanos que diesen su acostumbrado paseo nocturno.

  • Te buscarán hasta encontrarte, y después…

Kruppke calló.

  • Fue en legítima defensa – le respondí.

Mi amigo se encogió de hombros.

  • ¡Anda, explícaselo! El otro día arrestaron a un tipo de la mina, Kart Alexander, un viejo camarada. Había pegado a un cabo que se propasó con su hermana. ¿Pruebas? No, no eran necesarias, le tuvieron solamente una noche en el calabozo, pero al día siguiente ni su propia madre podía reconocerle.


Era cierto. Había oído hablar de historias parecidas, cada una más espeluznante que la anterior.

  • Y tú, ¿qué harás?

  • Yo no le toqué. Todo el mundo lo vio.


En aquellos momentos una patrulla belga dio la vuelta a una esquina próxima. Desde bastante distancia habíamos oído cómo resonaban sobre los adoquines las botas claveteadas. Nos refugiamos en la sombra de un portal. Eran siete, contando el sargento. No nos vieron. Cuando pasaron por la calzada, con sus fusiles al hombro, pudimos ver cómo refulgía la luz de la luna en el acero de las bayonetas. Sus pasos fueron perdiéndose en la distancia; entonces abandonamos aquella sombra y reemprendimos el paseo.

  • Tienes que salir de Aquisgrán –insistió Kruppke-. Es forzoso que te vayas.

Al llegar a mi calle, vimos luz en el ático donde yo vivía. Nos detuvimos en seco, como si hubiésemos recibido una orden. Kruppke dijo concisamente:

  • Puedes verlo: ya están aquí.

Dimos media vuelta y corrimos calle abajo. Kruppke vivía, con su hermano, encima de un garaje situado en un amplio patio de la calle Annunciatenbach. El patio estaba vacío y oscuro; sólo brillaba una débil luz rojiza sobre la puerta deslizante de hierro que daba entrada al garaje. Mi amigo desapareció en un pequeño pabellón y volvió trayendo una motocicleta, una “NSU”, de la que yo sabía estaba orgulloso.

  • Ya me la devolverás cuando estés fuera de aquí.

Me estrechó la mano, sentí el crujir de unos billetes entre mis dedos –diez mil marcos en papel, medio sueldo de una semana -. Se me hizo un nudo en la garganta. Bajo la débil luz del farol, su cara parecía macilenta.

  • No puedo aceptarlos – le dije.

  • Por favor, no es éste momento para decir sandeces – respondió casi enfadado.

Me acompañó hasta la calle; de nuevo nos dimos un apretón de manos en silencio, y entonces yo arranqué.

Me volví al llegar al fin de la calle. Aun estaba allí, pequeño, flaco, vencido por el trabajo, y me saludaba con sus grandes manos. Había trabajado con él solamente un año; pero al perderle me pareció que perdía a un hermano.

Fuera de la ciudad, la luz intensa de la luna iluminaba la carretera y un aire frío llegaba de los montes Eifel. Era marzo. Los árboles estaban todavía desnudos. Estaba helándome, pues llevaba el delgado traje azul de los domingos con que huí del Kakadu. Hacia las siete de la mañana llegué a Remaguen. La ciudad estaba aún semidormida. Los faroles de gas lucían lánguidamente, como si estuvieran a punto de apagarse. Las calles estaban desiertas, excepción hecha de unos pocos obreros que se apresuraban por llegar a su trabajo.

Bajé por la carretera, siguiendo el Rhin, hasta que paré frente a mi casa. Apoyé la moto en los peldaños, subí y tiré de la cuerda de la campanilla. Su sonido se oyé a través del silencioso vestíbulo. Al cabo de unos momentos oí algunos leves pasos, y una voz sobresaltada preguntó, tras la puerta:

  • ¿Quién es?

  • Soy Rudi.

La puerta se abrió. MI hermana estaba allí, en camisón y descalza.

  • ¿Eres tú, Rudi? ¡Por amor de Dios! ¿Qué te pasa?

  • Me peleé con un belga – contesté al tiempo que entraba.

Me miró extrañada y al mismo tiempo admirada.

Desde arriba llegó la voz de mi madre:

  • Herta, ¿quién es?

Corrí escaleras arriba, de tres en tres peldaños,, y en seguida nos hallamos uno en los brazos del otro. ¡Qué pequeña era! ¡Qué frágil! Tenía varios mechones blancos en el pelo. Más tarde vi que los había ocultado cuando se arregló para el día. Tomó mi cara con ambas manos y la alejó un poco de la suya.

  • ¿Has cometido alguna locura, muchacho?

  • Nada malo. Solamente una pequeña discusión privada con unos belgas

Pude ver cómo se hacían más profundas las arrugas alrededor de sus ojos.

  • Bien, si es así, ¿por qué no te vas a tu habitación y te refrescas un poco? Dentro de media hora tendremos a punto el desayuno. Entonces me lo explicarás todo

Poco después estuvimos sentados alrededor de la mesa y expliqué lo sucedido. Cuando hube acabado, nadie abrió la boca. Por fin, mi hermano concretó.

  • Parece que no te das cuenta de las consecuencias de tu acción. Desde luego, no puedes continuar en Remagen. También nosotros estamos en pleno territorio ocupado, y por ello puedes ocasionarnos las peores dificultades.

En aquel tiempo, mi hermano tenía veintiséis años, o sea, seis más que yo, y desde la muerte de mi padre era el que decidía en la casa. Hablaba con la suficiencia de un joven a quien el destino hubiese situado, algo prematuramente, en el puente de mando, como un capitán.

  • Sí, Rudi, tienes que irte – convino tristemente mi madre.

Entonces ella y mi hermana empezaron a tratar de mi futuro. ¿Podría aprender algo del negocio de vinos, o llegar a ser panadero, o debiera entrar de aprendiz en un hotel? Yo escuchaba sin decir nada. Miré hacia el Rhin, que discurría bajo los desnudos álamos. Si todo dependiese de mí, pensaba, mi vida estaría dedicada a conducir coches. Pero, desgraciadamente, esto no estaba considerado como una profesión. Finalmente, cuando las mujeres se cansaron de tanto hablar, se volvieron hacia mí para saber qué es lo que yo opinaba.

  • Francamente – les dije -, me gustaría continuar en los asuntos automovilísticos.

  • ¿Crees que esto, hoy día, es fácil? – me preguntó mi hermano.

Por mi parte me limité a encogerme de hombros.

  • En el tren me encontré con un fabricante – explicó mi hermana -. Estaba interesadísimo en todo lo relacionado con los automóviles. Espera un momento; te diré cómo se llama ese señor… - Corrió escaleras arriba y regresó después con su bolso, del que extrajo una vieja tarjeta que rezaba:


“SIEGFRIED THEODOR RATHMANN

FABRICANTE

Dresde”

  • Como podéis ver, debe de ser muy conocido, ya que no pone la dirección – añadió orgullosamente Ylse.

El resultado fue que, dos días después, subí al tren con sesenta mil marcos en el bolsillo y con aquella dirección como toda esperanza para mi futuro.

CAPÍTULO II
Desde la estación marché directamente a la casa de Rathmann. La fábrica estaba situada en la parte vieja de la ciudad de Dresde, y al verla sufrí una gran desilusión. Toda la empresa se reducía a tres habitaciones en la parte trasera de un gris edificio.

Un joven, de tupida cabellera rubia y ojos azules que parpadeaban detrás de las gafas, estaba sentado en el despacho.


  • ¿Quién es usted? – preguntó.

  • Caracciola, de Remagen.

Se levantó y fue hacia mí con las manos extendidas.


  • Su hermana ya me ha escrito hablándome de usted.

Le miré asombrado

  • ¡Ah! Ya puedo verlo: soy yo, en persona. Sí, soy Rathmann – dijo riendo.



Apartó de un manotazo unos cuerpos de muñeca que cubrían una silla y me ofreció asiento. Miré a mi alrededor. Era una habitación pequeña, mal alumbrada. En el centro, un anticuado escritorio sobre el que libros de comercio, restos de almuerzo y cuerpos de muñecas estaban dispuestos como al azar. En el suelo y en los estantes de las paredes, muchas muñecas de madera que me miraban fijamente con estúpidos ojos azules.

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