Morfología del deseo




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títuloMorfología del deseo
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Pendiente
Tú, Sede del Deseo, te configuras como vitrina, como Wunderkammer, como Árbol de Navidad, como ocasión de la engorrosa instalación de las figuras de la civilización. Ya hemos dicho algunas de esas figuras: la falda, los tacones, el escote, las sandalias. Podríamos decir muchas más, a través de las cuales te figuras para que se te figure como un ente codiciable e incómodo, asible y abigarrado, admirable y selvático, deslumbrante y desconocido, real e imposible, habitual y desconcertante.

Se trata [el barroco], pues, de una verdadera moral del despilfarro simbólico, cuyo equivalente en la moral de todos los días sería el privilegio del erotismo, propiamente dicho, es decir, del juego, del despilfarro, de información y de energía en función del placer, contra la sexualidad propiamente reproductora, utilitaria, clásica, normativa (Sarduy, 1987, subrayado sic).De la Sede del Deseo florece una panoplia de pendientes, anillos, collares, pulseras, gargantillas, zarcillos, pendientes, aretes, diademas, ajorcas, prendedores, imperdibles, cinturones, pestañas postizas, polizones, hombreras y, de carácter estratégico, el maquillaje del rostro, uñas, depilaciones, el peinado, esa arquitectura que construyes sobre tu cabeza, con ganchos, peinetas, cintillos, lazos, crinejas, colas de caballo, y entonces te alisas el pelo si es crespo, te lo encrespas si es liso, lo pintas de negro si es rubio, de rubio si es negro.

Y todo lo distribuyes por tu cuerpo como una panoplia paradójicamente frágil, entre otras razones porque su solidaridad con tu cuerpo es tan escasa que están todo el tiempo amenazando con desprenderse o desordenarse y desordenarte, con el consiguiente signo de pérdida. Por su culpa no puedes tomarte tus gestos a la ligera porque los amplificas y cada acto tuyo se hace vertiginoso. Esa panoplia te destina a no poder recorrer el mundo sino a ser recorrida por él. Te destina a no saber jugar con otra cosa porque hace que tu cuerpo figure como un cuerpo de juguete.

No juegas con nada más porque no te hace falta. De niña poco o nunca jugaste con cosas exteriores como trencitos, avioncitos y computadoras, como yo, que crecí y sigo jugando con trencitos, avioncitos y computadoras —que, por cierto, te fastidian tanto—, porque no tengo juguete interno, propio: todos mis juguetes son postizos. A ti nunca te interesó otro juguete que tu propio cuerpo, desde donde es posible jugar nada menos que con el mundo y con todo el mundo.

Alarde es palabra de origen árabe que designaba la ocasión en que los caudillos de esa etnia pasaban revista de las tropas, para intimidar a sus enemigos. De allí viene la violencia ofrecida de las armas, antes de desplegarla. Alarde es promesa de acción, antes de la acción, para dar miedo, para escandalizar a los cobardes.Las panoplias del guerrero —que, no sé por qué, son las únicas que se consideran propiamente “panoplias”— son rudas, inexpugnables, feroces. Las tuyas no, porque están hechas para redundarte como entidad despojable, como alarde paradójico que eres de lo vulnerable. Mis panoplias me fortalecen, las tuyas te debilitan. El cuerpo se te puebla de aparaticos curiosos y deseables, de nimiedades divertidas y codiciables, de minucias irrisorias y preciosas, que te hacen vivir oronda de incomodidad, dichosa de tu fertilidad selvática, que te permiten florecer cada día en un estallido de brotes radicalmente caprichosos.

Y de todos ellos los más definitorios son los zarcillos. De los infinitesimales detalles con que marcas y demarcas el mapa de la Sede del Deseo, el arete es el de aire más dramático, el más douleur exquise, porque te horada, porque se te instala en una cicatriz, antecedente definidor de la desfloración, la que te marcó como mujer desde recién nacida. El primer acto de tu socialización fue una perforación, una violencia simbólica, un despropósito, un atrevimiento que solo se tiene con las niñas, porque son niñas y precisamente para que sean niñas —con los varones nadie se atreve. Y si no te atraviesan, los pendientes de presión te llevan dolorosamente asida por las orejas. Desde esa herida comenzaste a saber que no tendría nada de escandaloso llevar zapatos dolorosos.

Son los más definitorios también porque, como las pulseras, son los más inútiles. No tienen siquiera la excusa —por irrisoria que sea—, del anillo, del prendedor, del cinturón. Los anillos, por ejemplo, tienen la excusa de que sirven para marcar una condición y/o un acontecimiento: anillo de matrimonio, anillo de graduación. El prendedor y el cinturón tal vez sirvan para retener alguna pieza del vestido —al menos esa es la excusa. Pero los zarcillos son radicalmente inútiles, injustificables, estorbosos, engorrosos, inconfesables. Es decir, apasionantes, como todo lo que es difícil e inútil. Como la poesía.

El blasón es apasionante, como todo lo que es difícil e inútil (el Duque de Brissac, 1984: 25). —¿Para qué sirve la poesía?

A la poesía se le sirve, cuando hay suerte (Cadenas, 1985). —El amor o el poder ¿con cuál te quedas?

Con el amor, pero nada como el amor de un hombre poderoso (Indiana Montezúñiga, periodista y animadora de radio, El diario de Caracas, 3/9/89:40).

Los zarcillos, en cambio, con ser nimios, son preciosos. En tus lóbulos maltratados llevas joyas valiosas. Es una fascinación inquietante llevar diamantes, perlas, que pueden valer fortunas, en tus orejas frágiles y heridas. No, no importa que de hecho no las lleves, tal vez porque eres pobre, que es accidente muy común, pero que te duele más que a mí, y generalmente debido a que no te ha poseído un poderoso. Pero basta que las puedas llevar, con que llevarlas sea una mera posibilidad, incluso una de esas «posibilidades imposibles», como ser Lady Di o Carolina de Mónaco, para que su fascinación opere a todo lo largo y a lo ancho de tu sensibilidad, de tu estética. Tus lóbulos heridos son uno de los primordiales puntos de articulación con el poder, pues allí puede acudir el a colgar el tesoro del vencido: eres el alarde del vencedor, a quien dominas porque te domina. Es una mera posibilidad y con eso te basta para soñar. Porque, ¿verdad?, quién sabe...

Eva y Pandora, las dos mujeres primordiales, fundan la Sede del Deseo en las panoplias del cuerpo: Eva, luego de su original pecado, y solo entonces se engalana, para seducir a Adán y hacerlo apto para crecer y multiplicarse.

Pandora nació adornada, para lo mismo. Y fue más radical porque fue explícitamente, en sí misma, una venganza de los dioses contra la voluntad de poder de los hombres, que habían obtenido el fuego prohibido mediante los buenos y atrevidos oficios de Prometeo. Los dioses te «diseñaron» —el primer diseño en equipo de que se tenga noticia—: Hefesto te forjó a «imagen y semejanza» de las diosas —la feminidad ya existía en las diosas, la feminidad era, pues, todavía, exclusivamente divinal. Atenea te vistió y te dio el soplo de vida, las Gracias y Peitho —el Espíritu de la Persuasión— te enjoyaron. Las Horas, o las Estaciones, te cubrieron de las flores de la Primavera, Afrodita te dio la belleza y, por último, eso cuentan los poetas, Hermes te otorgó por igual astucia y estupidez —que, luego de años de experiencia no es difícil entender que no son incompatibles. Otros poetas cuentan que también te dotaron de maldad. No sé, habrá que preguntarles de dónde sacaron eso. Prometeo —”el que lo piensa antes”— ordenó a su hermano Epimeteo —”el que lo piensa después”— que no aceptara aquel regalo terrible de los dioses; al que Epimeteo, abrumado por la panoplia de Pandora —”la de todos los dones”—, sucumbió, por lo cual la raza humana se degradó de un modo que ha sido hasta ahora irreparable. Pero no hay que culpabilizar al pobre Epimeteo: aquella panoplia era más fuerte que él porque estaba hecha por los demás dioses. ¿Cómo no sucumbir entonces nosotros, varones mortales, si sucumbe todo un titán como Epimeteo? Pandora, en fin, trae un ánfora, una caja, un espacio interior —su sexo, ¿no, Sigmund?—, que contiene todos los males del mundo. Lo demás es historia conocida: Epimeteo fue el primer varón que vivió, es decir, gozó y padeció, el deseo. Otras reseñas del mito dicen que fue Prometeo mismo, el sabio, el sagaz, el previsivo, el que sucumbió —lo que hace más inexorable nuestro destino, según el mito.

Historia desconcertante que hace del lugar de donde venimos —la matriz— el origen de todos los males; la reproducción biológica es trágica, antes de Pandora, antes de Eva, cuando los hombres vivían sin biología, eran felices, porque no existía la muerte, que es parte de la vida, de la biología. La biología, pues, es femenina. Para las dos caras de nuestro mito originario —Eva/Adán, Pandora/Epimeteo y/o Prometeo— la división entre los sexos no era Herida Original, sino una intromisión en la vida de la raza humana, que hasta entonces había tenido un solo sexo, esto es, cuando la masculinidad no era sexo sino la única y sensata forma de existencia, que hasta entonces fue simple, y por tanto no había conocido el deseo, que es el hecho complejo por antonomasia. La mujer, Eva o Pandora, es, pues, según nuestros dos mitos paradigmáticos, una intrusa, que pierde a los hombres y trae el Pecado, la pérdida del Paraíso y las calamidades que hoy nos afligen, las que aparecieron cuando Eva mordió la manzana y las que Pandora liberó del ánfora en donde Prometeo las había represado. Desde entonces existes, astuta y apetecible, nefasta y deseable, trayendo el placer y las calamidades, la vida y la muerte. Por eso eres temida y deseada, odiada y amada. Por eso al mismo tiempo das a luz y te ocupas de los muertos.

Un hombre, por malicioso que sea, nunca hablará tanto bien ni tanto mal de las mujeres como el que ellas piensan de sí mismas (Balzac, frontis).

Dios les dio una cara y ustedes se hacen otra. Se tongonean, se pavonean, hablan aniñadamente y se burlan de todas las criaturas, haciendo pasar su liviandad por candidez (Shakespeare, Hamlet: III, 1).La fuerza más formidable del machismo no es que los poetas hayan dicho todo esto y que nos lo hayamos creído, sino que tú misma, tú la primera, te lo has creído. Y te sientes escueta, bicho sin sexo, cuando no llevas las panoplias de Pandora, las panoplias de la Sede del Deseo, te sientes impotente, estéril, porque no puedes hacer el alarde que requieres para desplegarte como el motor primero y permanente del deseo.

Por eso eres una fiesta, porque estás bañada de sorpresas paradójicamente previstas: de guirnaldas, de movimientos sinusoides, de gestos gráciles, de «tongoneos» (jigs), que tanto te reprochaba el misógino Hamlet.

No es cierto, tú y yo lo sabemos por experiencia, que no es cierto que ladies donít move, que “las damas no se mueven”.

Pero no es cierto que tus movimientos tengan que circunscribirse a la sola antelación de la fusión momentánea de Salmácide con Hermafrodito, al juntamiento amoroso. No estás condenada. Se trata de un mero fundamento —transitorio con todo y ser fundamento— de la civilización en medio de la cual nos deseamos. El momento presente que vive esta civilización te ha dado otras panoplias, que se han superpuesto a las de Eva y de Pandora. Otras panoplias que precisamente dejan a las antiguas —que son hechura de los dioses— como alternativas deliciosas y por tanto deseables, pero no como condenación reductora e inapelable. Ahora eres cada vez menos el Otro (De Beauvoir, 1949) porque eres cada vez más tú.

Ahora eres más bella porque eres más gente.

El precio de la inocencia
Tu virginidad sirve para producir un momento mítico, mágico: el de tu desfloración, sea que «te decidas», porque «ya no aguantas más» y te entregas —porque forzosamente estuviste aguantándote; digo, hasta que dejaste de ser virgen, si no lo eres aún—; o como «sentenciada», si acabas de casarte y tu recentísimo marido va a desflorarte esta noche, hagas lo que hagas.

Art happens (Whistler)

.Sí, es vulgar, pero por eso mismo es altamente erótico. Aunque también puede decirse de otras maneras, también vulgares —cursis—, pero no menos eróticas: la dulce niña que guarda su virginidad como don de amor para su esposo; así argumentan los curas. O para el amado que se lo merezca, así argumentas mejor, si quieres, si amas, y nunca olvidarás al tipo que te desfloró —o lo va a hacer—, no importa si fue —o va a ser— una experiencia feliz o lamentable. Y porque es un momento mítico no puede perderse con «cualquiera», es decir, desperdiciar ese único en brazos de quien no deseas, ni amas, ni respetas, porque en ese instante se decide todo el resto de tu vida. Pero no siempre ocurre así, no porque no quieras: en realidad puesta a escoger tal vez escogerías a ese ser deseado, amado y respetado. Pero suele suceder que simplemente «pasa» (happens), como en la mayoría de tus decisiones estratégicas. O puede que no, y te pasa con el marido, con el institucional, «como debe ser».

Ciertamente, es el momento de «pasaje» entre la niñez y la adultez. Pero, cosa curiosa, para mí no hubo ese «pasaje», al menos tan solemne, tan lleno de intensidades, no hubo esa «marca» iniciática, porque, como veremos en Expropiada, mujer no marca a hombre. La primera no me inició. Yo comencé yo, ella no me hizo nada, porque mujer no le hace nada a hombre cuando este no lo quiere. Lo contrario es un desastre. Entonces eres potentísima y me haces de todo, Carmen, y usas todas tus astucias y estupideces. Nadie, tú tampoco, sabe para qué. Pero cuando todo es «derecho», en cambio, soy yo quien te lo hace todo a ti (en el mundo simbólico, se entiende).

Pero no es eso aún lo radical de la virginidad. Lo radical es que la virginidad es cuestión de tiempo, es decir, de acumulación. ¿Y qué más se acumula sino deseo? ¿Qué más se acumula sino pudor? ¿Y qué es el pudor sino el contrapeso del deseo? Hasta el día de la descarga. Por eso la virginidad es la fuente primordial, el punto de partida del deseo, que entonces, teóricamente, ya no termina nunca porque no tiene delimitación exacta: ¿cuándo cesas de ser deseable? Unos dicen que a los veinticinco años. Otros que a los ochenta. Otros que el día de tu desfloración. Los tres tienen razón, por eso digo que es infinito o, mejor, indefinido.

Y para ti también es una aventura erótica. No solo es erótico para mí saberte virgen, lo es también para ti. Porque estás acumulándote, transformándote, aprendiendo a esperar, que es tu arte fundamental, desde Penélope y todas las princesas cautivas, especialmente Bella Durmiente y Blancanieves, que despiertan a la vida —al deseo, claro— con un beso de amor. Posponer el placer ha sido en nuestra cultura una de las principales fuentes de deseo —por aquello de que se desea solo lo que no se tiene. Porque una virgen no es una niña, una virgen es una joven, o, mejor dicho, una niña que ya desea pero aún no ha dejado de ser niña y por eso no tiene derecho a la satisfacción del placer. Es esa ambigüedad la que se rompe con tu desfloración. Y, finalmente, cuando te desfloro te identificas para mí, te des a quien te des luego; fui el primero y eres mía para siempre, porque fue el que te demostró que tu vida comenzaba, por eso no me olvidarás.

Por eso la virginidad es la fuente primordial del deseo. Salvo en la solterona, que prolonga su virginidad como ambigüedad, pero ya no como fuente de erotismo, sino como fuente de risa, que es una de las figuras más disonantes con el deseo. Sí, doña Rosita, es dramático, es triste, pero das risa porque la virginidad no te corresponde gramaticalmente.

«Calla calla, princesa —dice el hada madrina—;

en caballo con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,

a encenderte los labios con un beso de amor» (Rubén Darío, Sonatina).

Si una mujer consiente en abandonarse a una fantasía libidinosa, debe infaliblemente librarse a cualquier agresor fortuito, porque ya no tiene el discernimiento necesario para expulsarlo como un intruso (Klosowski).

La estructura no hace excepción de personas; es, pues, terrible (como una burocracia). No podemos suplicarle y decirle: «Mira cómo soy mejor que H...» Ella responde inexorable: «Estás en el mismo lugar de H..., eres, pues, H...» Nadie puede litigar [plaider] contra la estructura (Barthes, 1977: 154-155).

Más pierde el venado que quien lo tira (dicho de cazadores).

Disparen primero y averigüen después (orden de Rómulo Betancourt a la Policía de su gobierno, según cuentan sus enemigos).

Los signos no son cosa de mero pneuma, soplo, cosa de aire que el aire se lleva, sino asiento de todos los dramas, que son generalmente transgresiones gramaticales: a las del parentesco casi siempre. Y los dramas pueden ser tragicómicos, Florinda. De modo que no puedes jugar con los signos, lo sabes sobre todo tú, que siempre usas la palabra de modo oblicuo porque sabes el peso descomunal que tiene en tus labios. Por eso me lo dices todo al revés, para que no me asuste. Yo puedo decir «te amo» así como así, te gusta, pero también temes que sea mentira y en última instancia un piropo callejero no me compromete a nada. Pero a ti sí, por eso haces que ignoras el piropo, porque aceptarlo con una sonrisa es un tremendo compromiso, una confesión definitiva que luego no puedes recusar. Yo, en cambio, en cosas de piropos, disparo primero y a veces ni averiguo después. En cuanto a mí, ser solterón no me compromete a nada, por célibe que sea. Por ridículo que sea. Primero porque nadie, por cierta que sea, se va a creer mi castidad, segundo porque hombre no es virgen, salvo como chiste, es decir, como trasgresión gramatical. Hombre puede ser hasta santo, pero ¿virgen? ¿Cómo? Es una realidad irrepresentable. En cambio para ti es imprescindible: eres mujer porque eres o porque una vez fuiste virgen. Es más: si eres solterona no importa que no seas virgen, sigues figurando como tal, y de la peor manera, hagas lo que hagas.

Ladies don”t move (dicho victoriano).Y todavía más: ser mujer te compromete a ser virgen todo el tiempo: se supone que no deseas, que no andas buscando nada, que finalmente dejaste de ser virgen aunque no lo querías, por una presión institucional, el matrimonio, que «no te dejaba otra salida». Y si lo querías fue porque hubo algo, el deseo, más fuerte que tú. ¡Cosa insólita! Tú, la Sede del Deseo, eres figurada como ajena a él, que es algo que te invade, conmigo, desde fuera de ti, Bella Durmiente.

Hubo una vez, sin embargo, en que los niños no extistían. Quiero decir, como los percibimos ahora, pre-adultos demarcados y escoltados por Walt Disney, Jean Piaget, Jean-Jacques Rousseau y el Dr. Spock. En la Edad Media, por ejemplo, los niños eran adultos incompletos, y en las pinturas se los describía como enanos. La infantilidad contemporánea la inventaron, entre otros, los cuatro antes mencionados, y Leopoldo Mozart, que cargaba por las carreteras a sus hijos en plan de prodigio, encandilando hasta hoy a los públicos con un tout petit capaz de componer sinfonías en Fa menor antes de haber cambiado los dientes.

Hoy estamos tan hundidos en el Progreso que a nadie le parece raro que sean los niños quienes eduquen a los adultos, enseñándoles que en el mundo existen altavoces triaxiales y dentífricos milagrosos. Uno enciende la televisión y se encuentra con rostros y voces infantiles que son hasta más «maduros» que los adultos en eso de invertir en clubes campestres y beber sucedáneos lácteos.

Los niños de los spots comerciales ya no son siquiera como Shirley Temple, que miraba de reojo, y si acaso con un guiño de picardía, los entonces aún recientes descubrimientos de Freud sobre la sexualidad infantil. El uso del niño en la publicidad ha traído consigo su inevitable erotización industrial, y la última Shirley Temple fue la esquizofrénica Brooke Shields, que, después de debutar en Pretty Baby y hacer contorsiones orgásmicas para anunciar unos jeans en la televisión norteamericana, salió un día con la loquetera de que ella diz que era virgen.

Claro, la mamá de Brooke descubrió lo que la de Marilyn no podía descubrir, por no vivir en estos tiempos restauradores: que las Lolitas no tienen una demanda prolongada, porque las ninfetas prematuramente iniciadas deterioran su valor de cambio. La mamá de Brooke descubrió que la virginidad instala una diferencia de potencial, una ansiedad, una energía, que vende, sobre todo cuando se la coloca como ella la usa, bajo permanente e inminente amenaza de ruptura.

La virginidad de Brooke era, pues, como toda virginidad concienzudamente cultivada, ni más ni menos que una perversidad, más viciosa aun si era cierta que si era falsa, porque se habría tratado entonces de una inesperada confirmación de la doncellez pertinaz como condición mínima de la vida sexual, esta vez producida en serie. Lejos estamos de aquella virginidad artesanal de conventos y «ojo-casa-de-familia»: ahora la inocencia carnal no solo coloca en el mercado, como antes, a núbiles con dote como Doña Inés. La vida de esta condición está amenazada de muerte con las nuevas prótesis de la sexualidad, las que prometen salir para siempre del universo sexual vivido como deber malsano y despavorido.
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