Morfología del deseo




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Dios dijo: Dios y hombre

El varón monárquico

Un distinguido Defensor de las Instituciones Republicanas fue descubierto salando sus barbas en el océano:
¿Por qué no viene a tierra seca? —dijo el Espectador—. ¿Qué hace usted allí?
Señor —dijo el Distinguido Defensor de las Instituciones Republicanas—. Espero un barco que trae a Su Majestad el Rey de las Islas Cagadas de Moscas y quiero ser el primero en estrechar su coronada mano.
Pero —dijo el Espectador— usted declaró en su famoso discurso ante la Sociedad Pro Prevención de la Protuberancia de Cabezas de Clavos en las Aceras de Madera, que los reyes son opresores sanguinarios y logreros que merecen el Infierno.
Mi querido señor —dijo el Distinguido Defensor de las Instituciones Republicanas, sin quitar los ojos del horizonte—, usted se extravía en las ideas más impertinentes. En aquel momento yo hablaba de los reyes en general (Ambrose Bierce).

Como en la fábula de Bierce, los opositores de la Reforma del Código Civil se solían presentar como defensores de los derechos de la mujer, pero de los derechos en abstracto, «en general».

El que gobierna siempre es uno solo. Quien manda no ha de discutir jamás, ya que de la discusión proviene la disminución de la autoridad. De la discusión no brota la luz, sino el amor propio (Gaudí, 1976).Claro, la breve polémica contra el nuevo Código sirvió de revelador de los principios de la estructura de la inteligencia conservadora. Así, por ejemplo, para esa estructura mental el poder debe ser un dispositivo regido por un principio superior y misterioso. El poder es una sola instancia, por lo que el diputado socialcristiano Douglas Dáger declaró, de lo más resignado: «Hasta sería aceptado por nosotros que fuera ella» [la mujer, la que ejerciera la autoridad] «con tal de que la sociedad conyugal no se quede sin una dirección, necesaria para su funcionamiento y consolidación» (El Nacional, 18/3/81).

El poder es, pues, indivisible. Principio indisoluble que suena por lo menos sorprendente en un diputado que participa de un Estado que divide el poder republicano en tres instancias: ejecutivo, legislativo y judicial. Claro, se trata de un repúblico que, como el de Bierce, reniega de los reyes «en general». Ya se sabe, además, que en Venezuela los tres poderes son ejecutivo, ejecutivo y ejecutivo...

La mente conservadora es fundamentalmente monárquica, el derecho divino es su más genial producción intelectual. Y conviene aclarar que mente conservadora no es solo la de los partidos de derecha, sino la que nos domina cada vez que emprendemos una arbitrariedad cualquiera, sin importar la denominación ideológica desde la cual se emprende. El Rey es el límite del orden social, última barrera de lo socialmente posible. La estructura de la Casa Real es, como cabía esperar, la estructura tradicional de la familia.

La ejecución de Luis XIV marcó una crisis de legitimidad del poder que aún hoy sigue desafiando nuestra visión del orden social. Porque, abolido el derecho divino, el ejercicio del poder quedó privado de una autoridad emanada del Cielo, de una autoridad trascendente. Pero la estructura monárquica, expulsada del Palacio Real, encontró uno de sus últimos asilos en la estructura familiar (tradicional, como buena estructura social): una familia mítica para la cual no existe el divorcio y que se sustenta sobre la esquizofrenia virginidad/fertilidad del cuerpo femenino, ese «lugar privilegiado para el atentado».

El poder doméstico debe ser, pues, ejercido por el varón, el congénito y legítimo mandatario, el único dueño de su propio cuerpo, el supremo hacedor, para fundar así su heredad, su reino, sobre la fertilidad de una mujer, o de varias. Y el poder debe ser uno solo.

«Si viene sin fuerza, lo mato, si viene con fuerza, se muere». Esta sería la imagen del matrimonio (Rísquez, 1985).Si hombre es Rey, puede entonces gobernar uno o varios reinos y ser Príncipe Conquistador, razonamiento que constituye la estructura profunda del tratamiento dual de la infidelidad. Ya se sabe: unidad es principio superior, masculino; múltiple es principio subordinado, femenino. Una mujer que disponga de su fertilidad —fertilidad que es del hogar, es decir, del hombre, su jefe uno y único— y se vuelve múltiple sujeto, para varios hombres, es un no-ser, un anti-ser, y merece por tanto la muerte, que es la estructura profunda de aquella ley que otorgaba al marido la vida de la adúltera. Una mujer que da a luz hijos de mala madre, es decir, que no tienen padre. La matriz «lógica» del matrimonio, ya lo decíamos en Amorcito corazón, es inconsistente: si los cónyuges mantienen intacto su optimismo sexual nada en el mundo puede encarrilarlo sin inconsecuencias en la sola y única dirección del otro cónyuge. Con lo que tenemos el siguiente modelo de inconsistencia: si hay deseo hay matrimonio, pero hay también su negación: la infidelidad; si no hay deseo no hay infidelidad, pero tampoco matrimonio. El matrimonio resuelve esta inconsistencia de lo que, por comodidad, hemos llamado su lógica, mediante tu frigidización, convenciéndote de la impertinencia de tu deseo. Convicción precaria que por cierto está cada día más lejos de tus horizontes teóricos. O bien porque ya sabes antes de casarte que tu deseo es multiforme y en nada inferior en monto al de él; o bien alguno, «El Otro», te lo descubre del modo más inesperado, grato e inquietante.

El ejercicio unipersonal y misterioso del poder nos conduce a la propiedad colectiva del cuerpo femenino; a todos nos pertenece —por eso todos somos mujer—, menos a la mujer que vive en ese cuerpo. Tenemos entonces derecho a disponer de ese lugar privilegiado para el atentado; seamos marido, hermano o padre. O también madre o hermana o tía o amiga, porque el cuerpo femenino suele ser propiedad colectiva, de todos, incluso de las otras mujeres, siempre plurales, menos de la singular mujer. Una mujer es mujer en el cuerpo de otra, pues sobre ese cuerpo sí tiene derecho, el de su hija, el de su cuñada, el de sus amigas, a través de la administración directa, como una madre, o indirecta, mediante del chisme. Hay mujeres porque hay esas otras plurales e infinitas mujeres que las acosan mediante su inagotable capacidad de chisme para controlar a los otros cuerpos, para que no gocen de las libertades que se le niegan al suyo, y para que obedezcan a su condición como redundancia de la mera mera biología que contradice la intimidad última de esos cuerpos: porque de ellos nace su propio invasor, el feto triunfal que la viola en su elemental privacidad. Las mujeres, pues, se inteerdeterminan. Ni siquiera en tu hoyo profundo está sola la singular mujer. De allí tu ansiedad de soledad, de vivir tu mundo aparte, de detener el día (ver Privada).

En ese instante eres la singular mujer y no las mujeres infinitas y plurales que te cercan y te anulan con sus miradas, sus recelos, sus contumelias, sus regaños y sus minuciosas intrigas. Es una mera retaliación, pues ya antes tú misma las has agredido con tus recelos, tus contumelias, tus regaños y tus minuciosas intrigas.

Nuestros mejores sueños, en cada uno de nosotros, hombres y mujeres, provienen de nuestro femenino. Tienen la marca de una innegable feminidad. Si en nosotros no existiese un ser femenino, ¿cómo descansaríamos? (Bachelard, 1982:144).Y si tu cuerpo, la fragua del hogar, no pertenece a la singular mujer, sino a la multitud abigarrada, bajo la custodia de las mujeres infinitas y plurales, entendemos perfectamente la legitimidad que este mundo social que describimos otorga a la violación (ver Expropiada). Es decir, no tiene derecho al amor propio quien no tiene cuerpo propio. Por eso puedes ser violada, porque en rigor no te violan porque tu cuerpo no es tuyo. En realidad violan a tu dueño, sea quien sea.

Es una estructura profunda cuya descripción formal intentamos a continuación, partiendo de las panoplias de su socialización, como, por ejemplo, la ropa que lo cubre/descubre y lo define/describe.

Según algunos juristas, la duplicación del poder hogareño que propone el nuevo Código, presume que el marido es siempre un loco furioso, cuando que el marido común es un personaje que «se preocupa y vela» por la fragua que construye sobre la mujer. Es, pues, sobre esta «realidad» sobre la cual hay que legislar.

El poder tiende a corromper, pero el poder absoluto corrompe absolutamente (Lord Acton).Este pensamiento presenta, sin embargo, por lo menos, una inconsistencia, algo mucho más grave que la irrealidad de su premisa: la magnanimidad del «marido promedio», cuya mera presencia sociológica es puesta en duda por cientos de miles de niños abandonados. La inconsistencia mayúscula reside en exigir que la mujer cuente con la magnanimidad congénita del gobernante, su marido, y se encomiende al Cielo —la fuente de esa condescendencia monárquica— si le toca la desgracia de no casarse con un «marido promedio» sino con un «marido patológico». Como si las leyes invocaran, para no castigar el asesinato, que la mayoría de la gente no asesina a sus semejantes. Al Rey se le presume siempre absolutamente inocente, pues es quien hace la ley que precisamente lo declararía culpable.

El Rey-Papá del viejo Código está condenado a gobernar, como aquel consternado padre español que vi una vez en el Museo Picasso de Barcelona, obligado a dictaminar, en aquella su específica ignorancia estética, si las telas que su familia veía eran o no «válidas». La familia le exigía un pronunciamiento que conceptualmente no podía pero tenía que producir, con su Super 8 —su poder adquirido— en una mano y su poder congénito en la otra.

La ejecución de Luis XVI dejó un vacío de poder que condena al ridículo todo ejercicio vertical e inconsulto del mando, por más poderoso que sea, por más franquista o stalinista que luzca. El nuevo Código Civil nos coloca, pues, ante la alternativa histórica de hacer el ridículo o de constituir un orden familiar a la altura de los tiempos.

Para lo cual la mujer debe violarse a sí misma y saltarse la particular perversidad con que asume su condición. Como la víctima enamorada de The Night Porter, la mujer suele asumirse fuente de un placer cuya máxima perversión consiste en disfrutar vicarialmente del poder masculino. Siendo la masculinidad poder y el poder masculinidad, la mujer viriliza esta perspectiva social del hombre: la desea, la teme y disfruta de su propia degradación como de una caricia. El acto mismo del amor se figura como degradación en quien lo recibe pacientemente, es decir, lo padece. El pene es degradante para quien lo recibe y exaltante para quien lo porta. La enamorada se ve sorprendida al ver su cuerpo pasivo admirado por ese animal erguido, erguido por ti, en ese momento la erección te pertenece, te alivia, te exalta. Pues así como Mariela Álvarez (1978:8) dice que el hombre «se perdió para siempre» en el sexo femenino, la mujer nace para siempre cuando es informada por el sexo masculino. Él la cincela y todo hombre eyaculante es el trasunto de Pigmalión. Por eso ella no puede tener varios hombres. Todo hombre que la recorre es figurado como el Único Hombre, el Único Posible, porque el ser que recibe es indivisible, es inamovible, Parménides dixit. Y es peor en las feministas, que asumen su opción de poder como pura masculinidad y en tanto que tal, devorando su feminidad en una simple e imposible negación de «hembra-herida-inteligente» (María Auxiliadora Álvarez, 1985). «Hembra-herida-inteligente» que no puede descansar nunca, porque el feminismo tiene la virtud de la obsesividad, de llevar la feminidad como una condición que se exhibe y se maldice al mismo tiempo. De allí su carácter incansable.

Apenas tuvo algo de forma en la cabeza empezó a buscar palabras que solamente tradujeran el silencio enorme que quería tener dentro (Mariela Álvarez 1978:8).Quien ha intentado hablar estas cosas contigo ha descubierto que en ti vive el silencio universal que aterraba a Pascal. Simplemente oyes y no escuchas. Es decir, acatas, tal vez incluso declares formalmente tu acuerdo y luego continúas en tus calladas prácticas, ceremonias que has hecho tan secretas que tú misma ignoras sus fines, y te han hecho «enemiga del» [...] «excesivo razonamiento, proclive más bien a los designios» (Mariela Álvarez, 1978:55). Te hundes en esa estructura ilimitada, desaforadamente callada, como en una embriaguez, y cuando eres inteligente eres entonces más furiosa, más impenetrable. Por eso no explicas lo que haces; a lo sumo lo describes.

No sé si esta condición va a tener otra historia. Pero sí sé que cuando ocurra, si ocurre, es porque ya lo mujer habrá comenzado a dejar de ser un puro designio. Es decir, habrá dejado de ser lo que es para devenir una feminidad otra para construir una masculinidad otra, esto es, una Especie Humana otra.

Las determinaciones de este esquema de vida no dimanan solamente de la fatalidad fisiológica de la reproducción. Ya lo hemos dicho. Tal vez ella lo justifique, o tal vez se justifiquen mutuamente. Lo que ocurre es que en el ámbito de la civilización el espacio de resonancia que le ha tocado a la feminidad es el del centro del Universo, ese espacio circunscrito, íntimo, inconfesable, implosivo, devorado, hecho de silencio y reticencia, sobre el cual la civilización ejerce su mayor presión.

Por una parte... Y por otra otro modelo: sea que el ámbito del parentesco es un rectángulo en donde caben dos tipos de cuadriláteros que representan los dos sexos, cada mitad de la división de la estructura básica del biomorfismo humano, y aquí sí vale la simetría entre sexos, como, por ejemplo, así:
Es un conjunto «bien-formado» entre otras razones porque ambas versiones del biomorfismo humano dan lugar a un segundo biomorfismo, representado por un segundo cuadrilátero bien-formado:
En tal par no es concebible la presencia de otro cuadrilátero porque siempre va a «salir sobrando»:
sea que figure «por encima», o que figure «por debajo»:
Lo mismo da... Y es imposible figurar en el rectángulo la coexistencia
porque la segunda madre, la de la derecha, no tiene contacto alguno con el padre. Igual resultado daría un conjunto compuesto por dos padres, en el que la madre no tiene contacto con el padre de la izquierda:
En tal conjunto no vale decir que «un día uno y un día otro», por cuanto para la relación amorosa no hay discurrir temporal, que es la base ahormante del bolero El reloj, por ejemplo, que quiere que «nunca amanezca» para que el amor que esa noche termina sea eterno, es decir, atemporal. La historia del amor es la historia de la eternidad. Tampoco es posible un rectángulo del tipo
a causa de la aparición de un segundo orden de cuadriláteros que lo hacen impertinente:
y cuya vinculación con el biomorfismo padre está radicalmente indefinida. No así la que genera el conjunto
que da origen a cuadriláteros «hijos» perfectamente bien-formados:
Aun así, a pesar de esto, no se trata de una figuración «correcta», «gramatical», según la nomenclatura «estándar» de Chomsky. Es incorrecta porque para ello debe intervenir la dimensión temporal, que, como se sabe, es impertinente a la relación erótica. Cuando esa dimensión interviene es cuando se produce la llamada «rutinización» del amor, el hastío, etc. Por eso Balzac dice que «cada noche debe tener su menú» (Méditation V, aforismo XXXIX). Es decir, cada noche debe ser única, cada noche el amor debe ser reinventado, para que cada acto de amor sea el primer acto de amor del Universo.

De allí que sí, la facultad contemporánea de concebir a voluntad alivia la tensión milenaria del deseo, pero no la anula. Sigues incómoda en tu centro, incapaz de abolirlo, ansiosamente buscando un espacio exterior que te permita respirar vicarialmente, a través de un hombre, padre, marido, hijo. Y darte-para-tener es, como se ve, una paradójica voluntad de poder, pues necesitas al hombre que te dé historicidad, salud social, «que te represente», etc., pero una vez poseído lo desprecias, porque no puede ser del todo masculino un hombre que se somete a los designios de una mujer. Ese hombre está perdido como hombre, la misma paradoja del homosexual, que desea un hombre enteramente masculino, sin rasgos de homosexualidad, hombre que, una vez poseído, deviene homosexual por ese mismo acto. En esas circunstancias te quedan solo dos alternativas: la infidelidad o la abolición de tu propia feminidad. Ambas alternativas son idiotas, porque la infidelidad-para-despreciar no cumple completamente su objetivo mientras el cornudo te siga poseyendo desde su periferia, y porque la abolición de tu feminidad es la abolición del deseo y la conversión en un ser indeterminado.

A la falda se ha opuesto en la cultura de masas una mitología femenina más prometedora, menos tensa, más libre, más mujer: la Princesa Leia, entre otras, Princesa Cautiva, sí, pero también Juana de Arco, comandante militar, combatiente, activa, voladora, con iniciativa, que incluso es capaz de asumir el papel de Príncipe Conquistador cuando se trata, en otra ocasión, de devolver el favor y liberar a su amante capturado por Jabba, versión del Dragón en The Return of the Jedi, la última entrega de Star Wars. Démosle la bienvenida a Leia, porque no ha tenido que renunciar al deseo, como tuvieron que renunciar Juana de Arco o Teresa la Santa para trascender el condicionamiento del fustán y el horror a lo desconocido. Ella es no solo la que va a dejar atrás a Blanca Nieves o a Penélope o a Eva o a Pandora, sino las que fueron presentadas como usurpadoras de la voluntad de poder definida como masculina: Lady Macbeth, la manipuladora, Doña Bárbara, la barbarie que se hace injusticia por su propia mano. Es curioso, pero Rómulo Gallegos, aparte de positivista, consideraba que la barbarie era femenina, esto es, la barbarie era simbolizada por la feminidad salida de sus cauces «naturales», que son los que Santos Luzardo vuelve a poner en su lugar, a través de la feminidad recobrada de Marisela, la hija de Doña Bárbara, su versión corregida y amputada, es decir, refeminizada según los cánones más antiguos de esta civilización. Marisela vuelve a ser Penélope, Solveig o, mejor, Bella Durmiente, despertada de la barbarie materna por el Príncipe —Santos Luzardo, luminoso y santo, como su didáctico nombre lo indica.

Hemos propuesto un proyecto estético, kantiano, de gozarnos sin tensión. Librar el deseo de la ontogénesis, librar el deseo del compromiso de crecer y multiplicarse, y explorar esos límites indecisos en donde se ubica nuestra condición concéntrica. Conocernos al fin en ese proceso, libremente, sin tensiones, sin fallas geológicas que nos fisuren, sin traumas, sin toques de queda, sin guerras larvadas, sin odios, sin amonestaciones y, sobre todo, y decisivamente, sin instituciones ajenas al deseo. No sé si ese proyecto será posible. Tal vez sea posible derivar un proyecto mejor. Pero creo que cualquier cosa es mejor que la alternativa atávica, ridícula, feroz, perversa, brutal y miserable que sigue:
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