¿Es la crisis sólo un despojo de dinero?




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La crisis: el despojo impune


Jean Robert

Conspiratio

Jus

Vivimos en una sociedad estrictamente inimaginable. Inimaginable en su actualidad, inimaginable en su porvenir. Hoy, es la complicación, la dimensión, las que vuelven el mundo en que vivimos propiamente hablando inconcebible. […]

El sentimiento de estar presos en una telaraña […]: [u]na sociedad que me parece inevitablemente absurda porque no la puedo entender. No la puedo concebir. Y tampoco puedo concebir el papel que juego en ella. Y la dimensión del futuro no es menos inimaginable. No tenemos ninguna certeza de lo que será el mundo, ninguna previsión (a escala del hombre común) es posible. Digo que el hecho de vivir en un mundo incomprensible y sin ningún significado, el hecho de vivir en un mundo en que no puedo hacer valer ningún proyecto es una dimensión esencial de la desgracia del hombre que ha perdido todas las referencias sagradas y sufre la absurdidad del mundo, siendo ésta una dimensión profunda de la proletarización.

Jacques Ellul,

Changer de révolution

Introducción

¿Es la crisis sólo un despojo de dinero?


Algunos cálculos indican que la crisis causó mundialmente pérdidas equivalentes a 15 millones de millones de dólares, es decir un 15 precedido por el signo de dólares y seguido por doce ceros. En el mundo, 59 millones de asalariados habrían perdido su trabajo. También se ha publicado que, sólo en los Estados Unidos, a inicios de 2009, eran destruidos 850,000 empleos cada mes.

El 15 de septiembre 2008, el Presidente Bush negó devolver una llamada de su primo George Walker, jefe de la gestión financiera de Lehman Brothers y, con ello, desatendió su pedido de rescate dejando que Lehman Brothers quebrara. Sin embargo, en los meses siguientes, él y su sucesor pusieron 11 millones de millones de dólares a disposición del rescate de los bancos: el equivalente de todas las ganancias de todas las empresas americanas en lo que va del siglo xxi.1

El 15 de septiembre 2009 tuvieron lugar algunos actos destinados a revisar las causas de la magistral quiebra que casi preludió el colapso de la economía mundial un año atrás. La pregunta que estaba en todos los labios era: ¿se aprendió la lección? Ese día, durante un discurso en Wall Street, el Presidente Obama afirmó que sí y que “Nunca Wall Street iba a volver a actuar con tanta irresponsabilidad”. También dijo que “los mercados se pueden equivocar” (sic) y que “la falta de sentido común puede conducir al exceso y al abuso”. Los eventos que sucedieron a la quiebra de Lehman Brothers “nos llevaron al borde del abismo”, pero, añadió, “un año después debemos poner en marcha las reformas que evitarán que este tipo de crisis vuelva a ocurrir”.

¿Se aprendió la lección? Sí, pero este libro trata de mostrar que fue una lección muy incompleta, cuando no equivocada. Obama también proclamó que “Wall Street no necesita esperar leyes para hacer cambios”. En otras palabras, exhortó a los financieros cuya “irresponsabilidad” amenazó con llevar la economía mundial a la quiebra, urgiéndolos a cambiar sus prácticas en un acto de buena voluntad. Pero los financieros sólo ven problemas financieros a los que tienen respuestas financieras. Einstein decía que para curar un mal no hay que pedir la ayuda de los que lo causaron. La situación requeriría medidas políticas radicales e innovadoras, pero tampoco las pueden tomar los gobiernos, porque todos son rehenes de la economía y de los amos del Gran Dinero. Si democracia quiere decir “poder del pueblo”, no hay tal cosa como una democracia, ni instancia alguna que verdaderamente “represente al pueblo”. Con ello no quiero decir que todos los gobiernos sean necesariamente dictatoriales, sino que prácticamente todos confunden los intereses del pueblo con los del capital. “Entender la lección” en profundidad significaría reinventar la política y poner la economía en el lugar que le corresponde. Pero ¿cómo saber cual es este lugar mientras Big Money y Política Global logran callarnos cada vez que tratamos de poner esa pregunta a debate? Finalmente, sólo el pueblo, que al final pagará los platos rotos, podrá entender la lección e inventar remedios. Los financieros y banqueros entienden cómo volver a ganar en los juegos financieros, pero, fuera de esos juegos, no entienden realmente lo que hacen. Una bien vigilada barrera epistémica vuelve sus actos inmunes a la realidad común. Se dicen por supuesto “realistas”, pero su principio de realidad es un principio de adaptación oportunista a su realidad separada.
En los cuatro párrafos que acabo de escribir no he podido evitar usar palabras que son ellas mismas parte del mal y no pueden ser remedios. Trataré de librarme de ellas, de cambiar de registro, de escala, de mirada, lo que no será fácil. Empezaré por un recorrido, no por los números, sino por los humores de la crisis. El humor del que escribe estas líneas es rabia, espero que sea digna.

Cómo un engendro del imaginario de arriba afecta a la gente de abajo

A unos meses de haber aparecido en las nubes de la especulación internacional, el espectro de la “crisis” se ha hecho sombra sobre la tierra. En la medida en que aterrizó, la angustiante lucha por el hoy tomó el lugar de las preocupaciones por el mañana. Pero ni siquiera allá arriba donde empezó, causa el estupor y el sálvese quien pueda. de los primeros días. Frente a un mal que empieza a ser conocido y a la aparente ausencia de escapatorias, ¿qué hacer, sino experimentar posiciones que permitan el mayor confort en la incomodidad, como cuando uno busca el sueño en una cama deshecha? Después de la fase aguda que fue la “crisis” propiamente dicha, la fase crónica y la adaptación a lo que sea. “A lo que sea”: expresión cargada de malos agüeros.

En la encrucijada
El que escribe este ensayo piensa que adaptarse a lo que sea es un acto de capitulación y que hay maneras creativas de seguir concibiéndose en crisis sin necesariamente morirse de hambre. Estar en crisis significa literalmente estar en la encrucijada, en un momento de decisión sobre el rumbo por seguir, los campos que cultivar y el territorio que cuidar. La palabra crisis significa a la vez peligro y oportunidad, posibilidad de una opción nueva. Lo peor que pudiera ocurrir es que, dejando de ser una amenaza en el cielo de mañanas inciertas, la crisis se arraigue en el suelo como una certeza de mayor miseria y, dejando de ser opción, se vuelva miserable normalidad: nuevas miserias con menos libertad, nuevos predicamentos por sufrir y menos opciones, ¿es esta la receta de los normalizadores? Contra esta nueva fatalidad económica, quiero proponer una reflexión que invite a tocar fondo para abrir la imaginación a posibilidades nuevas. El fondo es la cuestión de la subsistencia, el inconsciente reprimido de la economía.

La gran ilusión de los financieros y el “imaginario financiero”
Ahí arriba, pero también aquí abajo, no faltan quienes quieren que todo vuelva a ser “como antes”. A la pregunta sobre si ha cambiado el mundo contestan: “Por supuesto que no”. Se ubiquen arriba o abajo, esos partidarios de una normalidad reconstituida me parecen compartir el mismo imaginario: ser presos de los mismos sueños. Pero los de abajo comparten el sueño sin compartir sus beneficios ni sus costos, porque desde sus orígenes, la economía financiera sirvió para bombear valores hacia arriba. Es una suerte de bomba aspirante de los frutos del trabajo y de la depredación de la naturaleza que aquí abajo, impele hacia allá arriba los valores derivados de esas expoliaciones: una Pompe à Phynance, como diría el poeta Alfred Jarry.2 La imagen de la bomba succionadora se aplica particularmente a las megatiendas que, al establecerse en nuestras ciudades, llevan los comercios locales a la quiebra, destruyen las relaciones de soporte mutuo entre las actividades de las calles y exportan las ganancias realizadas.

Oportunidad y peligro: si es percibida como una oportunidad, la crisis puede ser una posibilidad de reestructuración de la economía y la subsistencia locales, dos palabras que designan, cada vez más claramente, dos realidades a veces complementarias pero distintas. Conlleva también, sin embargo, el peligro de que nuevos miedos a la crisis sirvan para acabar tanto con la economía popular como con la subsistencia de la gente.

Allá arriba, sobran las voces que nos dicen que ya deberíamos haber salido de la zona de las turbulencias, mientras que los pilotos de lo que aun llamamos “la Economía” anuncian al buen pueblo que vislumbran un claro después de un último conglomerado de nubes negras. Temo que lo que vislumbran son más megatiendas, más fraccionamientos donde hubo una vez milpas, menos capacidad de resistencia a sus proyectos. Cuando los financieros y los economistas a su servicio juegan a imitar a los meteorólogos que nos dicen qué tiempo hará mañana, puede ser que tengan razón mañana, pero no pasado mañana, o al revés. A diferencia de los meteorólogos, que no suelen actuar voluntariamente sobre el clima, los visionarios del clima económico quieren ser los realizadores profesionales de sus visiones. Por cierto, saben que, en materias dominadas por la incertidumbre, todo es posible. Pero la incertidumbre de la economía financiera es muy diferente de la del tiempo que hará o no mañana. No se trata de un fenómeno meteorológico en él que la incertidumbre venga de la complejidad de hechos objetivos contradictorios. Se trata de una situación en la que los hechos reflejan la opinión general sobre la probabilidad de que se realicen. Por eso los financieros y economistas que pretenden ayudarles a realizar sus visiones, también pretenden manipular la opinión pública. En la economía financiera, los “hechos” son en gran parte fenómenos de opinión. Esta última frase vale como una suerte de diagnóstico, simplificado para que lo puedan entender los deudos de la paciente, de lo que le está pasando a doña Economía Financiera. La frase “los ‘hechos’ son fenómenos de opinión” se puede entender de dos maneras: como una afirmación del carácter autorreferencial de los “hechos financieros” y como un ejemplo de la muy especial lingüística en la que los doctos y doctores cuando quieren que sólo los entiendan otros doctos al proferir sus diagnósticos y pronósticos sobre esos fenómenos. En otras palabras, mientras que en las altas esferas financieras, se habla de hechos con referencia exterior débil, como si tuvieran su causa y su fin en sí mismos, aquí abajo sufrimos, como muy reales hechos de miseria, las consecuencias concretas de las abstracciones financieras. Hay muchas teorías, algunas de ellas no desprovistas de belleza matemática, sobre cómo la opinión general —o la psicología del mercado— acerca de los hechos financieros termina por provocarlos. Falta una crítica mucho más difícil y compleja, menos formal, más fragmentaria, en torno a cómo la opinión financiera crea oscuridad sobre las consecuencias lejanas de los actos de los jugadores en los juegos financieros. .

Hechos” autorreferenciales, “realidades” virtuales
Llamo a los hechos financieros autorreferenciales porque, contrariamente a la palabra árbol, que apunta hacia un referente concreto, “ahí afuera” —el árbol—, en el vocabulario financiero, la expresión “hechos” se refiere poco a realidades externas. Es decir que, en la jerga financiera —que pone el mundo real entre paréntesis para mejor reducirlo a “valores” abstractos—, los hechos pueden no tener referente fuera de la esfera de las finanzas. Eso no significa que no tengan repercusiones aquí abajo, sino que la lingüística de los financieros sirve para que ellos puedan olvidarse de las consecuencias de sus actos en el mundo real.

Es decir que el discurso financiero se mueve cada vez más en una esfera de autorreferencia que permite definir los hechos financieros y negar sus efectos aquí abajo. Este discurso es en sí mismo, por palabras y sobre todo por omisión, una inmensa máquina de despojo. Así que habrá que considerar dos niveles explicativos: hay una explicación autorreferencial en ropaje racional y a veces matemático para los de arriba pero la teoría de las relaciones causales de esa esfera con los sufrimientos de abajo queda por hacerse. Haré un intento de clarificación teórica de este segundo ámbito, inspirado por aquellos historiadores de las ideas económicas que, como E.P. Thompson o Karl Polanyi, han trazado los lineamientos de una historia de los perdedores de la guerra contra la subsistencia que, desde los albores de la modernidad, sigue como una sombra los pasos del desarrollo del capitalismo. Aunque fuera sólo en esbozo, intentaré forjar conceptos para el análisis de lo que Iván Illich llamaba transferencias netas de privilegios de los pobres a los ricos. Estas transferencias son múltiples: abarcan la clásica “expropiación de la plusvalía masculina”, pero mucho más, como la degradación del trabajo doméstico en trabajo fantasma al servicio de la acumulación del capital, la expoliación de los ámbitos de subsistencia, la expropiación del tiempo de vida, la destrucción de los límites culturales a la explotación de los pobres.

Además, la crítica debe enfrentarse al hecho histórico de que la economía financiera moderna no tiene nada en común con las culturas materiales de otras épocas y que libra una verdadera guerra a la supervivencia de esas culturas.

Palabras que vuelven a los de abajo dependientes de los saberes de arriba
Como deshechos de satélites que caen sobre la tierra, los terminajos del mundo financiero contaminan el lenguaje común. Pero eso no significa que cada vez que palabrotas como subprimas, fondos de inversión libre, venta al descubierto, regla de 2 y 20, especulación a la baja, entidades de propósito especial, permutas de riesgos de insolvencia de créditos, etc., surgen en una conversación común, el que las pronuncia tenga poder sobre los conceptos con los cuales, ahí arriba, los economistas y financieros construyen su realidad virtual ignorando sus consecuencias reales aquí abajo. Cuando los doctos creen que nadie extraño a sus círculos los escucha, se apresuran en explicar en voz baja que tales palabras tratan de hechos que, contrariamente a la realidad concreta de un terremoto, se originan en lo que cada inversionista piensa de que los otros piensan que él piensa de lo que piensan … de sus movidas presentes y futuras en la bolsa de valores. “En fin —parecen decir—, nos entendemos: estamos hablando de aquello que enseñan todas la teoría monetarias neo-liberales”. Es decir, que los hechos financieros son hechos que se originan en el imaginario financiero antes de que nos golpeen aquí abajo. ¡Por supuesto que las palabras “autorreferencial” y “virtual” no quieren decir “sin consecuencias reales”! Los acontecimientos de los últimos meses enseñan al contrario que esos juegos de espejos en el gran show de la opinión también generan tsunamis virtuales, pero realmente destructores de patrimonios, seguridades, ahorros, ingresos y, sobre todo, de modos de subsistir anclados en culturas concretas. Quizás debamos revisar el concepto de “opinión pública” que, allá en las altas esferas, manejan los doctos árbitros de los letales juegos de la especulación sin límites. Es “pública” como lo son las plazas y calles tan llenas de coches que el público peatón ya no se halla en ellas.

La crisis a los ojos de los peatones de la economía
Eso es un ensayo escrito por un peatón de la economía que quiere dirigirse a otros peatones de la economía. Después de ponernos de acuerdo en que no todo mundo forma parte del gran público en la misma medida, sino que hay el público de a pie y el público montado, hay que hacer otra distinción importante. Cuando se compara la catástrofe destructora de patrimonios por la que atravesamos con un desastre natural, se comete lo que los lingüistas llaman una metáfora coja. ¡Qué bueno que las metáforas puedan cojear! Es lo que les da juego en los dos sentidos de la palabra: falta de ajuste mecánico y espacio para jugar. Esas faltas de precisión o espacios de juego son fallas por donde puede entrar la poesía. Pero este texto pretende ser analítico y por ello, tiene, sin rechazarlo, que ir más allá del poder poético de las metáforas. En su fase aguda, la crisis no fue ni un terremoto ni una tormenta, ni, menos, un tsunami; aun si no sólo los periodistas, sino también los más famosos matemáticos de las finanzas hablaron de un tsunami financiero. En realidad, el frente de batalla donde unos ganaron y muchos perdieron, ahí donde cada vez menos siguen jugando y cada vez más sufren, muchos resultan heridos y no pocos mueren, no es comparable con una catástrofe natural como un sismo, un huracán o una sequía. Entonces, ¿es una guerra, como lo sugerí cuando hablé de “frente de batalla”? Pido disculpas: otra metáfora coja.

Violencia de los dobles enemigos y terceros inocentes
El escenario en el que la crisis nos cayó desde arriba no es exactamente el teatro de las guerras, por lo menos, no en primera instancia, no en su origen. Es decir que, para la gente de a pie, la catástrofe económica no se inició como una guerra de la que hiciera parte, sino como una fatalidad de la que fue víctima. O, si hubo guerras, la mayoría de la gente no participó en ellas como “dobles enemigos” vueltos iguales por la violencia, sino como terceros inocentes condenados, si quieren sobrevivir, a recoger los platos rotos. Fue víctima de las guerras de los ricos un poco como los peatones son víctimas de los automóviles. Decir que la crisis no es en primera instancia una guerra no significa para nada que esté libre de conflictos violentos. Pero trataré de mostrar que, más que una guerra, corresponde a un modelo de conflictividad comparable al de los transportes motorizados, imagen de una ilusoria paz en la que la velocidad permite al rico despojar al pobre de su tiempo vital mientras éste espera poder acceder al privilegio de la lentitud motorizada de las migraciones pendulares. Estas comparaciones no muy populares son el resultado de treinta años de trabajo. Mantengo que los transportes motorizados, y no solamente el coche, son, en la actualidad, como decía Iván Illich, la peor de las explotaciones. Lo puedo demostrar. Que nadie quiera oír la demostración es otra cosa3.

El tercer frente
Ni catástrofe natural ni verdadera guerra, la crisis económica se inició en un tercer frente cuyos movimientos primordiales no se originan en la naturaleza, ni en la violencia abierta de otros hombres, sino en la imaginación colectiva. Cuando el imaginario popular se deja contaminar por las razones de los de arriba, pasa lo que pasa cuando los peatones sueñan sueños vehiculares: se instaura una falsa paz social que conduce a una previsible catástrofe natural, cultural y social. Es evocando ese tercer frente, ni accidente natural ni propiamente hablando guerra, que el pintor Francisco Goya escribió: “El sueño de la razón engendra monstruos”. Iván Illich escribió al respecto:
Mucho sufrimiento ha sido siempre obra del hombre mismo. La historia es un largo catálogo de esclavitud y explotación, contado habitualmente en las epopeyas de conquistadores o contado en las elegías de las víctimas. La guerra estuvo en las entrañas de este cuento, guerra y pillaje, hambre y peste que vinieron inmediatamente después. Pero no fue hasta los tiempos modernos que los efectos secundarios no deseables, materiales, sociales y psicológicos de las llamadas empresas pacíficas empezaron a competir, en poder destructivo, con la guerra.4
Según Illich, las devastaciones provocadas por los efectos de “empresas pacíficas” deben distinguirse, por un lado, de los daños provocados por violencias naturales y, por otro, de la esclavitud, el pillaje y la explotación causadas por la codicia de hombres que pueden ser vecinos.
[L]a naturaleza y el vecino son sólo dos de las tres fronteras con las que debe habérselas el hombre. Siempre se ha reconocido un tercer frente en el que puede amenazar el destino. Para mantener su viabilidad, el hombre debe también sobrevivir a sus sueños que el mito ha modelado y controlado. Ahora, la sociedad debe desarrollar programas para hacer frente a los deseos irracionales de sus miembros más dotados. Hasta la fecha, el mito ha cumplido la función de poner límites a la materialización de sus sueños de codicia, de envidia y de crimen. El mito ha dado seguridad al hombre común que está a salvo en esta tercera frontera si se mantiene dentro de sus límites. El mito ha garantizado el desastre para esos pocos que tratan de sobrepasar a los dioses.5
En otras obras, Illich argumenta que los mitos tradicionales eran mucho más benignos que los modernos sueños de la razón. Contrariamente a estos, mantenían la proporcionalidad entre el individuo y su comunidad, entre esa y la naturaleza. El desastre provocado por los que “tratan de sobrepasar a los dioses” es, hoy, el monstruo engendrado por un sueño de la razón: espejismo de poder sin límite, voluntad desproporcionada de saber, riqueza desarraigada de todo control comunitario, sueño de ubicuidad, que es la pesadilla que uno puede ser presente en todas partes y arreglar los asuntos del otro lado del mundo. Los mitos contenían las locuras del imaginario en los dos sentidos de la palabra contener: eran narraciones sobre héroes y hombres locos que jugaban a ser dioses, pero al mismo tiempo impedían que esas locuras contaminaran al conjunto de la sociedad. Al contener la desproporción, los mitos le asignaban un lugar fuera del sentido común y el ejemplo de las locuras de unos pocos y sus desastrosas consecuencias; era una advertencia para los hombres cuerdos. Los viejos mitos no hubieran permitido, por ejemplo, la muy civilizada monstruosidad de la cual el refinado señor Madoff, coleccionista de arte, hombre de buena compañía, es, hoy, el símbolo. El mito quiso que el orgulloso Prometeo fuera atado a una roca por Némesis, la Diosa de la Venganza, y condenado al mismo suplicio cada noche. Es de temer que, si pasa a la historia, este gringo amanerado que sólo robó cincuenta mil millones de dólares a otros ricos, sea recordado como un astuto que no tuvo suerte, un jugador que jugó y perdió. En vez de mitos capaces de contener la locura, el imaginario de arriba exporta hacia abajo modelos de pillos ganadores o perdedores. El que escribe esas líneas reconoce la superioridad moral de los mitos sobre los sueños modernos, pero no cree que sea posible volver atrás. En vez de reconstruir mitos, hay que afianzar una posición ética a la luz de la razón, y eso es extremadamente difícil.

La colonización del imaginario
Pretender que la crisis no es una guerra sino una falsa paz puede parecer contradictorio con los hechos, porque bien sabemos que, en las altas esferas de los poderes políticos, económicos y fácticos, facciones adversas se pelean a muerte por codicia y envidia y que, a consecuencia de esas contiendas, la gente de abajo sufre carestía, desempleo, desorientación y, a veces, la muerte. Las noticias de las luchas de los poderosos por el poder y la hegemonía y de los ricos por el dinero contaminan “nuestra” prensa y sus cadáveres son frecuentemente arrojados a nuestras barrancas. Pero abajo se sufren, frecuentemente en silencio, las consecuencias “lejanas” de estas guerras de ricos y poderosos. De que, sí, hay una guerra o guerras sobran los síntomas. Pero, bajo lo que llamaría yo estos “síntomas de guerra adquiridos”, hay otros tejemanejes cuyo estudio requiere otros conceptos que los que se aplican al análisis de las guerras. Hay que entender cómo gente montada en los caballos de sus espejismos y sueños de poder logra convencer a la gente de a pie de que, si confía en ellos y apoya sus proyectos (de desarrollo, de fraccionamientos, de mega-aeropuertos en Atenco, de enriquecimiento caído del cielo) ellos también, los de abajo, recibirán su hueso en forma de un vocho, un changarro o un doctorado en Harvard para alguno de sus hijos. Quizá hoy no, pero mañana.

Lo que vivimos desde el otoño del 2008 es el efecto de sueños de poder desproporcionados, de codicia y de omnisciencia desencadenados de sus ataduras tradicionales. Al caer sobre la tierra como desechos, amenazan el sentido común de la gente, que es percepción de la proporción, de la escala, de la justa importancia de las cosas y de los límites de las fuerzas propias.

En el mundo de las finanzas, allá en los sueños de la razón de arriba, mientras todo mundo pensaba que todo iba bien, todo iba bien, hasta que una perturbación incitó algunos inversionistas a actuar como si todo fuera a ir mal y, con ello, a realizar su propia profecía. En jerga financiera, eso se llama pasar de la “especulación al alza” a la “especulación a la baja”. ¿Qué quiere decir que todo iba bien? Quiere decir que la bomba de finanzas bombeaba debidamente de abajo hacia arriba. Empobrecía a los pobres y enriquecía a los ricos. Es la normalidad que la crisis sacudió.

¡Que el pueblo haga los sacrificios necesarios para salvar la economía!
Más allá de las turbulencias provocadas por la progresiva generalización de una justificada desconfianza, ¿volveríamos a un mundo “como el de antes”? En política, la ilusoria restitución de la normalidad anterior a una revolución se llama restauración. Las restauraciones, sean la reinstalación de reyes después de la revolución que abolió la monarquía, la recuperación del empleo para todos después de la era del “pleno empleo” o la rehabilitación de los financieros después de la época de su credibilidad, siempre son costosos shows que ocultan el sentido de la realidad a sus mismos actores. Cuando los que manejan la máquina económica desde las alturas prometen la restauración de la economía de antes, lo que quieren recuperar es la confianza que —muy indebidamente, si me preguntan— alguna vez se les tuvo. Por eso prometen devolvernos un mundo “como el mundo de antes”. Omiten decir que sería en realidad un mundo más sombrío, triste, controlado y aburrido, más desesperado. Más absurdo. Y con más miseria material también y, como lo vaticina el historiador Niall Ferguson, con más represión. Según ellos, este mundo recuperado será un mundo en el que le tocará a los de abajo hacer más sacrificios para “salvar la economía”. Pedir al pueblo que haga sacrificios para salvar la economía, ¿no es como si los ingenieros en transporte pidieran a la gente a pie “salvar el automóvil”? ¿Y cómo puede la gente de a pie hacer algo por los coches? ¡Dejando de caminar en las calles y en las plazas para que haya más espacio para los vehículos! Y más clientes también para la industria automotríz. En este mundo recuperado, lo que fue una vez una pobreza pedestre, digna y asumida porque era dueña de sus territorios de subsistencia, se reprimiría aun más impunemente que antes. Y nosotros, que fuimos una vez peatones confiados en el poder de nuestros pie, sólo sobreviviríamos en calles cada vez más inhóspitas o —¿para salvar a General Motors?— nos volveríamos usuarios y pasajeros de vehículos hasta para ir a la tienda de la esquina.

Territorios
Decir “pobres dignos y dueños de sus medios de subsistencia” es decir “pobres dueños de sus territorios”. Es decir también gente de abajo capaz de sobrellevar las crisis y de sobrevivir a la nueva normalidad porque su subsistencia no depende totalmente de la producción capitalista y de sus redes de distribución de las mercancías marginalmente comestibles que la gente de ciudad tiene que comprar en los supermercados. En muchas partes de México, los campesinos empiezan a usar un nuevo concepto para diferenciar la pobreza digna de la miseria. Es el concepto de territorialidad. Por supuesto que en las ciencias de arriba, particularmente en la geografía, se usa este término. Pero, fuera de las academias, la gente de a pie le está dando un sentido enteramente nuevo, a lo mejor sin saber que, con ello, está inventando un potente concepto analítico para hablar en términos nuevos de una vieja realidad. Esta realidad, difícil de confinar a una terminología científica, tiene que ver con el cultivo, la cultura, las costumbres y también la hospitalidad y, por supuesto, la subsistencia, palabra deshonrada por el mal uso que le dieron los lingüistas y científicos de arriba. Usada en los pueblos de Morelos, de Oaxaca o de Chiapas, la palabra territorialidad se hace el símbolo de lo que Michel Foucault llamaba la insurrección de los saberes avasallados. Dejando de ser monopolizada por los científicos, la palabra se hace instrumento de una crítica local y por ello pertinente, portadora del saber histórico de luchas particulares. Usada por campesinos e indígenas, la palabra territorialidad es el signo de un retorno de saberes que fueron avasallados o negados sobre la relación entre el microcosmos de una comunidad y el pedazo de universo en el que la historia la arraigó. De la misma manera en que el sabor del agua cambia al franquearse los parte-aguas, el contenido de la territorialidad varía de valle a valle.

Como lo resalta Gustavo Esteva, la reivindicación de la territorialidad va mucho más allá del clásico reclamo por la tierra. Un campesino individual necesita una tierra si quiere seguir sembrando. Una comunidad requiere un territorio con su agua, sus bosques o sus matorrales, con sus horizontes, su peculiar percepción de “lo nuestro” y de “lo otro”, es decir de sus límites, linderos y umbrales, pero también con las huellas de sus muertos, sus tradiciones inimitables y su sentido único de lo que es la buena vida, con sus fiestas, su manera de hablar, sus lenguas o giros, hasta sus maneras de caminar. Su cosmovisión. La territorialidad no es un nuevo chovinismo, no es un llamado a encerrarse en un santuario de tradiciones puras e inamovibles, y menos a “enguetarse” temerosamente al modo de los de arriba en sus fortalezas campestres y sus residencias con albercas y canchas, o como los del medio agazapados en sus condominios, fraccionamientos o campos de concentración para ricos venidos a menos o pobres que tratan de lanzarse al asalto de la pirámide social.

Los que diseñan esas residencias campestres amuralladas, esos guetos clasemedieros y campos de concentración para burócratas y obreros merecedores, los que fraccionan el campo antes y los que los pueblan después son todos, lo quieran o no, reinas, alfiles, caballos o peones en el tablero de una despiadada contienda territorial. La territorialidad rechaza la lógica de esta guerra. Es arraigamiento, apego al suelo y a la tierra nodriza, respeto de las tradiciones y capacidad de transformarlas en forma tradicional. Es capacidad de subsistir a pesar de los embates del mercado capitalista. Es reflexión crítica desde abajo sobre el hoy y el aquí. La imposición desde arriba de residencias diseñadas para permanecer ajenas al lugar que ocuparán y construidas después de que los trascabos hayan borrados todas las huellas de vidas pasadas es el contrario exacto de la territorialidad. Hoy en día, este contrario de la territorialidad se llama desarrollo urbano y se enseña en las universidades como diseño arquitectónico.

Las guerras territoriales modernas no dicen su nombre. Se disfrazan atrás de eufemismos: el ya mencionado diseño urbano, el urbanismo, la planificación, con sus cartas urbanas violadas y reglamentos anticonstitucionales. Esa guerra territorial se manifiesta también como extensión, a manera de tentáculos que proliferan desde los centros urbanos, de servicios de transporte, de agua, de salud, de educación y de diversión: transportes para la migración hacia la ciudad, tubos para quitarnos el agua de nuestros manantiales, escuelas para enajenar a los hijos de sus padres, clubes de golf, “juegos de números” que son casinos disfrazados, hoteles donde los cuartos se rentan por hora, voraces mega-tiendas. El diseño urbano se ha transformado en una especie de roza y quema cuyo instrumento es el trascabo. Lo que luego se edifica en el espacio vacío dejado por las máquinas se parece en el mundo entero: de Acámbaro a Chen-Chen, de Bangalore a Silicone Valley. En cambio, los frutos de la territorialidad se distinguen, en cada sitio particular, por su intima compenetración con el espíritu de un lugar único.

La guerra contra la subsistencia
Si bien el otro bando, el bando de la “antiterritorialidad” no tiene camiseta propia sino que cambia de color según sus intereses del momento, la guerra que lleva sí tiene nombre. Se llama guerra contra la subsistencia. Desde que empezó, hace más o menos quinientos años, ha tenido varias manifestaciones, pero su resultado siempre ha sido la devastación de los territorios donde subsistían y siguen subsistiendo los pueblos. Guerra de gente de arriba contra gente de abajo, materialmente, de gente a caballo contra gente a pie y, hoy, de automovilistas contre peatones, por ejemplo.

¿Qué tiene que ver la territorialidad con la crisis? Primero, el hecho histórico de que, desde hace por lo menos cinco siglos, la guerra contra la subsistencia ha sido una guerra de devastación de los territorios de subsistencia de la gente “de abajo”. Segundo, el inmenso peligro de que las políticas de rescate de la economía se parezcan cada vez más a las políticas de desarrollo de las infraestructuras de transporte que usurpan superficies de banqueta y otros espacios peatonales para acomodar más coches en las calles. La gran amenaza inherente a las políticas de rescate, recuperación y normalización de la economía es que usurpen ámbitos de subsistencia para construir en su lugar supermercados y lucrativos fraccionamientos o en aras del sueño de los economistas profesionales, el mercado perfecto en que todos los actos de subsistencia serían reducidos a transacciones económicas formales generadoras de divisas y sujetas a impuestos. Si no somos vigilantes, si bajamos la guardia, los sueños de los economistas pueden engendrar monstruosidades sociales aún desconocidas. No faltará quien alabe esos monstruos como prueba de la “creatividad del capitalismo”. Este autor está en desacuerdo con toda alabanza del capitalismo que, según él, no es un sujeto o una entidad que manipularía y transformaría las sociedades desde afuera, sino la forma de la despiadada guerra contra la subsistencia que caracteriza los tiempos modernos. Su expansión siempre ocurre a costa de territorios, saberes y talentos de subsistencia. Por ejemplo, hay cada vez más señales de que se está fomentando una guerra sucia contra modos de supervivencia hasta ahora tolerados en las márgenes: sobrevivir vendiendo flores en las calles, limpiando parabrisas, pepenando, construyendo la propia casa.

Conceptos para el más allá de la economía
En la “Guía bibliográfica” que concluye su ensayo sobre El trabajo fantasma, Iván Illich escribía:
La era moderna es una guerra sin tregua que desde hace cinco siglos se lleva a cabo para destruir las condiciones del entorno de la subsistencia y remplazarlas por mercancías producidas en el marco del nuevo Estado-nación. En esta guerra contra las culturas populares y sus estructuras, al Estado le ayudó la clerecía de las diversas Iglesias; luego, los profesionales y sus procedimientos institucionales. A lo largo de esta guerra, las culturas populares y los dominios vernáculos —áreas de subsistencia— fueron devastados en todos los niveles. Pero la historia moderna —desde el punto de vista de los vencidos de esta guerra— queda todavía por escribirse.6
So peligro de seguir aceptando pasivamente la destrucción de los territorios de subsistencia, de los lazos sociales, de las culturas y de la naturaleza bajo el impacto de un nuevo arrebato de crecimiento económico, es absolutamente necesario replantear la cuestión del referente real de los discursos económicos. Parte de la cortina de humo detrás de la cual se disimula la ciencia llamada economía, definida ahí arriba como “teoría de la asignación de medios limitados a fines alternativos” (léase: ilimitados) o como “observación de fenómenos de formación de valor bajo la presión de la escasez”, emana de la confusión sabiamente mantenida entre la economía y la subsistencia. Léaseme bien: la mentira según la cual la subsistencia —la canasta, la obtención de los medios de supervivencia— es el objeto de la ciencia económica genera la confusión que es el secreto de su poder.
Este libro no es un simple reporte periodístico sobre el desenvolvimiento de la crisis, sino una reflexión crítica sobre su contexto y las interpretaciones serias de este contexto. Tampoco pretende ofrecer una irrisoria solución, sino proponer pistas, en su mayoría abiertas por otros, en particular por pensadores indígenas y campesinos. Consta de cinco capítulos que podemos resumir así:
El primer capítulo recuerda los acontecimientos ocurridos en el mundo de las finanzas entre los últimos meses del 2008 y hasta el momento presente. Trata de explicar algunos terminajos financieros que casi nadie había oído proferir antes de octubre y que, después, se oyeron en todas partes. Es el capítulo más “periodístico” del libro. Analiza la serie de eventos que desataron la crisis y fueron desatados por ella, explicando los conceptos fundamentales necesarios para su interpretación. Se esboza la naturaleza autorreferencial de los fenómenos financieros sin aún proponer un marco interpretativo coherente.
El segundo capítulo es un necesario rodeo por las interpretaciones de la crisis que han dado los más doctos profesores y doctores en economía y finanzas. Para ellos, los hechos financieros son autorreferenciales. Resultan de la exteriorización de causas endógenas percibidas como si fueran exógenas. Explicación: la causa de un fenómeno se dice endógena cuando se origina en el mismo fenómeno y es exógena cuando su origen es exterior.

Este capítulo está escrito en dos estilos diferentes. Primero, uso cuatro metáforas sucesivas para ilustrar la cerrazón del mundo imaginario financiero, su carácter autorreferencial. Es un mundo en el que lo real no se distingue de lo imaginario. Es un mundo de espejos en el cual los líderes son los que entienden la psicología de las masas y la manipulan mejor. Es un palacio cuyos ocupantes ignoran los cimientos: una superestructura ideológicamente desprovista de infraestructura, una emergencia sin basamento. La segunda parte, que el lector sin intereses matemáticos puede saltar sin perder el hilo, ilustra esa ausencia de referente real mediante un examen sumario de las matemáticas financieras y de su rama más prestigiosa e intrigante: la geometría de los fractales específicamente inventada para resolver problemas de evaluación de los riesgos en lapsos temporales de escalas distintas.

Esas teorías de la crisis vista desde arriba pueden ofrecer pistas para la investigación acerca de cómo la crisis se originó arriba y se propagó hacia abajo. Son muy potentes para describir los juegos de espejo, el contagio mimético, las formas de codicia y de envidia entre los jugadores de esos juegos de espejos llamados por ello especuladores (de la palabra latina speculum, que quiere decir espejo). Pero esas teorías son muy débiles cuando se trata de desvelar las consecuencias externas de esos juegos, es decir los despojos, sufrimientos y muertes que causan entre los no jugadores de abajo. Esas teorías son particularmente inefectivas en la necesaria denuncia de las violaciones a los territorios y atropellos contra la subsistencia a consecuencia de los juegos financieros.
El tercer capítulo parte de los defectos de las teorías explicativas de la crisis financiera. Esas teorías adolecen de sentido de la proporción, la justa medida y los límites que toda comunidad ha de impartir a los poderes individuales. Son teorías que dan por buena la desproporción, el carácter ilimitado de las expectativas elitistas y hacen énfasis en el talento individual, la originalidad y el derecho de cada niño fresa a su sueños guajiros mientras no perturbe la digestión de los pudientes. Según los soñadores, nada impide que los alumnos dotados de nuestras mejores universidades —de los cuales muchos y muchas se avergonzarían de tomar un camión urbano— elaboren planos para resolver los problemas del otro lado del mundo. Para ellos, el espacio es un vacío infinito en el que la eliminación de los obstáculos a la libre circulación es un derecho de todos los instruidos.

La crisis es la Némesis de esos sueños. En el mundo real, aquí abajo, las cosas buenas ocurren en su justo tiempo, en su justo espacio, dentro de los límites que les dan forma. El pecado mayor del pensamiento de arriba es haber perdido la noción de que lo que limita también da forma. Presentaremos algunos pensadores de la proporción justa entre forma y dimensión, es decir del análisis dimensional y de la morfología social. El primero analiza las condiciones de existencia de los seres vivos y de los artefactos técnicos como relaciones entre magnitud y forma. La segunda estudia la generación de entes sociales o morfogénesis social como relación de proporcionalidad entre una escala y un rango de formas posibles. Por su escala desproporcionada, los bancos y las instituciones financieras son ejemplos de una teratología social que incluye las mafias, gran parte de las instituciones estatales contemporáneas y comparte con las matemáticas financieras la creciente ausencia de referentes materiales y carnales.

Ahora bien: las teorías de la crisis que hemos presentado en el segundo capítulo postulan tipos de morfogénesis o “generación de formas” insensibles al efecto de la escala o magnitud. Esa insensibilidad a la magnitud es contraria a la lógica de lo vivo y, por tanto, no es viable en el mundo real. Retomar contacto con la realidad es reconsiderar la relación entre la magnitud o tamaño de los seres naturales, sociales o hasta técnicos que marchan en el mundo real y el registro de formas posibles que ofrece su magnitud. Este capítulo presenta los trabajos de autores que han explorado la relación dimensional entre la magnitud y el registro de formas posibles en la naturaleza, la sociedad, la historia y la técnica.
El cuarto capítulo presenta la actual crisis como un aspecto de la guerra contra la subsistencia que, en la óptica de este libro, es la esencia del capitalismo. Uno de los aspectos más inquietantes del mundo financiero contemporáneo es que cada vez más gente se ve obligada a jugarse sus medios de subsistencia en una suerte de gigantesco casino global. En otras palabras, como por el efecto de una fatalidad guerrera, el “sistema” parece querer la ruina total de los modos de subsistencia históricos sin ser en absoluto capaz de alimentar a los que, día tras día, arranca a su tierra, su pueblo, su barrio, su calle. Es de temer que los paquetes de “ajustes estructurales”, que no tardarán en ser propuestos como solución de la crisis, exigirán una intensificación de la persecución de los que producen lo que comen y comen lo que producen. 

Este capítulo comenta e invita a leer a autores que han documentado la guerra contra las condiciones de la subsistencia de la gente llevada a cabo desde cinco siglos por el Estado y la economía. Propone considerar la persecución de las disidencias, la criminalización de la acción cívica y, sobre todo en nuestro país, la expropiación de los campesinos y de todos los mal llamados “empleados de sí mismos”, trabajadores independientes e “informales” como la última fase de la guerra contra la subsistencia

No permitamos que la solución de la crisis financiera y económica sea una intensificación de esta guerra.
El quinto y último capítulo profundiza el concepto de territorialidad y lo enriquece con las aportaciones de la morfología social y del estudio histórico de la guerra contra la subsistencia y sus estrategias. Destaca el concepto de desvalor7 como arma contra las capacidades tradicionales de los pobres y los espejismos con los que se fomenta desde arriba la esclavitud voluntaria de muchos “pobres modernizados”. Expresa la inquietud de que los “reajustes estructurales” juzgados necesarios para “salir de la crisis” sean destructores de los últimos reductos de subsistencia y de gratuidad y proponen considerar la crisis actual como la primera gran crisis del mundo de los sistemas.
Al final, un epílogo intenta comparar la situación de incertidumbre que prevalecía al inicio de la crisis con el actual estancamiento en un equilibrio que merece ser razonablemente calificado de irracional. En él se caracteriza una racionalidad que resulta de la búsqueda del interés individual de cada actor.
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