Una apuesta temeraria




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Una apuesta temeraria

Con negocios que conquistar en Singapur y una herencia centenaria que mantener en Escocia, al inversor James Drummond no le eran extraños los retos. Pero hacer suya a la misteriosa Fiona Lam era un reto muy arriesgado.Cuando le ofreció la luna y las estrellas, Fiona respondió con una proposición inesperada: una apuesta. Para ella, ganar una carrera de caballos contra James Drummond era la única oportunidad de recuperar la empresa y el honor perdido de su padre. Seducir a James solo era un medio para conseguir un fin… hasta que terminaron en la cama. 

 


Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2013 Jennifer Lewis. Todos los derechos reservados.
PERDIENDO EL CORAZÓN, N.º 1926 - julio 2013
Título original: A Trap So Tender
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2013
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-3430-9
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es

Capítulo Uno


 

Su enemigo era muy apuesto: ojos grises, fríos, pelo oscuro y aristocráticas facciones; el típico terrateniente escocés.

Fiona le estrechó la mano.

–Encantada. Soy Fiona Lam.

–James Drummond.

Fiona esbozó una sonrisa. Su apretón era firme y su piel fresca, pero empezó a sentir un extraño calor y tuvo que hacer un esfuerzo para no apartar la mano.

El cóctel, organizado por un banco internacional, estaba repleto de elegantes profesionales, pero de repente era como si todo hubiera desaparecido.

–Soy nueva en Singapur. Acabo de llegar de San Diego.

–¿Ah, sí? –James Drummond enarcó una ceja.

–Vendí mi negocio y estoy buscando nuevas oportunidades. ¿Trabajas aquí?

–A veces –respondió él, sin soltarle la mano. Era comprensible que tuviese fama de donjuán, pensó ella–. Tengo una casa en Escocia.

La gran finca de la que tanto había oído hablar. Aunque eso le daba igual; solo quería que le soltase la mano, porque el contacto empezaba a provocarle un extraño cosquilleo que le subía por el brazo. Afortunadamente, él la soltó esbozando una sonrisa.

–Dicen que Escocia es un sitio precioso.

–Si te gustan la niebla y el brezo –respondió él, sin parpadear.

Era comprensible que intimidase a sus adversarios, pensó Fiona.

–¿A ti no te gusta?

–Yo heredé la finca, da igual la opinión que tenga. ¿Quieres una copa?

–Champán, por favor –Fiona suspiró, aliviada, cuando James se volvió para buscar un camarero.

Era un hombre muy intenso, pero no tenía por qué gustarle.

Sin embargo, ella sí necesitaba caerle bien.

James volvió con dos copas de champán y le ofreció una. Nadie le había advertido de que fuese tan guapo, y resultaba un poco desconcertante.

Fiona tomó un sorbo de champán, intentando no toser cuando las burbujas se le subieron a la nariz. No solía beber alcohol, pero quería encontrar un sitio en el mundo de James Drummond, de modo que debía portarse como si aquello fuese lo más normal para ella.

–¿Qué te trae por Singapur?

–Ya te lo he dicho, estoy buscando oportunidades de negocio.

De nuevo, él enarcó una ceja.

–¿A qué te dedicas?

–Acabo de vender una empresa que fabricaba adhesivos en forma de sonrisa, Carita Feliz –respondió Fiona. El nombre solía hacer sonreír a la gente y a ella también. Lamentaba un poco haberla vendido, pero no lamentaba el dinero que había conseguido al hacerlo.

–Ah, he leído algo sobre ella. Enhorabuena, ha sido un buen negocio.

El brillo de interés en sus ojos se había intensificado y Fiona experimentó una sensación de poder, ¿o era de placer?

–Fue muy divertido levantar la empresa, pero ya estaba un poco cansada.

–¿Y qué será lo siguiente? –James Drummond se inclinó hacia delante, claramente intrigado.

Fiona se encogió de hombros, sorprendida al notar que sus pezones se marcaban bajo el vestido de cóctel y esperando que él no se diera cuenta.

–Aún no estoy segura, algo que despierte mi imaginación.

Con su traje de chaqueta gris y corbata oscura, James Drummond estaba despertando su imaginación más de lo deseable. Era tan comedido, tan discreto, que la idea de quitarle la inmaculada camisa blanca o pasar los dedos por su repeinado cabello oscuro empezaba a parecerle un reto.

¿Era sensato acostarse con un enemigo? Probablemente no, pero tontear un poco no le hacía daño a nadie. Además, necesitaba ganarse su confianza para recuperar la empresa de su padre.

Fiona logró tomar un trago del champán. Su padre la necesitaba y por fin podía demostrarle lo importante que era para ella. No era culpa suya que hubiera crecido a quince mil kilómetros de allí. Pensaba vengar las ofensas que se habían cometido contra Walter Chen. Empezando por las que había cometido James Drummond.

Salieron juntos del cóctel y el chófer de James los llevó al Rain, el restaurante más exclusivo de Singapur, donde incluso él había tenido que echar mano de sus contactos para conseguir una reserva.

–Este sitio es precioso. No sabía que en Singapur hubiese tanta vida nocturna –Fiona admiró la elegante decoración del local–. Está claro que debería salir más.

James se sentó frente a ella, encantado por la sorpresa de cenar con una mujer tan guapa. Su empresa había inundado el mercado de divertidos adhesivos; y que, con su venta, hubiese ganado más dinero del que la mayoría de la gente ganaría en una vida entera, resultaba impresionante.

Y era preciosa además de inteligente, con esos ojos rasgados enmarcados por unas cejas bien perfiladas y unos labios carnosos que parecían suplicar ser besados. Era exactamente la clase de mujer con la que podría imaginarse casado.

Y necesitaba casarse.

–¿Qué me recomiendas? –preguntó Fiona mientras miraba la carta.

–Erizo de mar.

Ella abrió los ojos como platos.

–No sabía que el erizo de mar se pudiera comer.

El camarero apareció con una botella de vino y James asintió con la cabeza mientras servía dos copas.

–La última vez tomé una becada y estaba riquísima –dijo, cuando los dejó solos–. ¿Qué te apetece, algo de tierra, mar o aire?

Fiona rio.

–¿Qué tal un pato?

–Lo hacen muy tierno –James sonrió mientras levantaba su copa–. Seguro que son capaces de hacer que hasta la hierba sepa bien.

–Un poco de sal y pimienta, algo de ajo –dijo ella, con un brillo de humor en los ojos–. El vino es muy bueno, por cierto.

–A cuatrocientos dólares la botella tiene que ser bueno.

Fiona asintió con la cabeza.

–¿Pasas más tiempo en Singapur que en Escocia?

–Sí, bastante más. Escocia no es precisamente el mejor sitio del mundo para hacer negocios.

Curiosamente, ella ni siquiera le había preguntado a qué se dedicaba y eso lo alegró. Siendo nueva en Singapur, evidentemente no conocía su reputación y estaba cansado de explicar que no era un buitre o que los buitres hacían un papel importante en el ciclo de la vida.

–Últimamente se puede trabajar desde cualquier parte. Yo lo hago casi todo por Internet.

–Yo también, pero es mejor ver a la gente cara a cara.

Y la cara de Fiona era preciosa. Su piel pálida e inmaculada en contraste con el espeso pelo oscuro que caía por encima de sus hombros. Le gustaría pasar los dedos por ese pelo…

Y si todo iba como había planeado, lo haría.

–Es curioso que tengas un nombre escocés cuando está claro que no eres escocesa.

Ella enarcó una ceja, desafiante.

–¿Y tú qué tienes de escocés?

James se encogió de hombros.

–Me gusta el whisky de malta.

Fiona arrugó la nariz.

–Yo lo probé una vez, pero no creo que vaya a repetir la experiencia.

–Buena decisión. Yo lo trato con respeto, ya que ha matado a varios de mis antepasados.

–¿Eran bebedores?

–Bebedores, pendencieros, conducían a demasiada velocidad… parecían estar buscando empotrarse con el filo de una espada.

Fiona soltó una carcajada.

–Y tú no tienes intención de hacerlo, claro.

–Yo prefiero sujetar la espada por la empuñadura.

–¿Te da miedo terminar como tus antepasados?

–No, la verdad es que no. Aunque mis primos americanos parecen haber decidido que su misión en la vida es salvar a la familia Drummond de una antigua maldición reuniendo las tres partes de una antigua copa perdida hace tiempo.

–¿Una maldición? –exclamó Fiona–. ¿Y tú lo crees?

–No, yo no creo en esas tonterías. El trabajo y el sentido común son la cura para la mayoría de las maldiciones.

–Pero has dicho que tus antepasados eran pendencieros, de modo que tal vez haya algo de verdad en esa leyenda. ¿Dónde están las otras piezas de la copa?

–Según el último email que me envió mi tía, ya ha encontrado dos de ellas. Una estaba en Nueva York y la otra fue encontrada en el mar, frente a una isla de Florida donde un barco pirata se hundió hace trescientos años.

–Qué interesante. ¿Y la última pieza?

–Katherine cree que fue devuelta a Escocia por uno de mis antepasados.

Fiona se inclinó hacia delante, llevando con ella su delicioso perfume.

–¿Y tú vas a buscarla?

James casi se había olvidado de Katherine Drummond y sus ruegos de ayuda. Había estado tan ocupado durante las últimas semanas que no había respondido a sus mensajes.

–No lo sé. ¿Crees que debería hacerlo?

–Pues claro que sí –respondió Fiona, con los ojos brillantes–. Es una historia muy romántica.

Él estaba empezando a tener pensamientos románticos sobre aquel vestido negro de cóctel que envolvía su delgada aunque atlética figura.

–Katherine cree que la tercera pieza de la copa está escondida en la finca de Escocia. Incluso ha ofrecido una recompensa a la persona que la encuentre –James hizo una mueca–. He tenido que contratar personal de seguridad para evitar que los buscadores de tesoros entrasen en mi propiedad.

Fiona soltó una carcajada.

–¿Y nunca la has buscado tú mismo?

–No, no. Conozco maneras más fáciles de ganar dinero.

–Pero parece una aventura –insistió Fiona–. Creo que deberías buscarla. Quién sabe lo que podría pasar si encontrases la pieza que falta.

–Mi vida me gusta tal y como es. No quiero más aventuras.

–Seguro que hay al menos un aspecto que podría mejorar.

Necesitaba una esposa. Pero no iba a decírselo a ella, naturalmente. La cultura conservadora de Singapur no aceptaba que un hombre de treinta y seis años estuviera soltero. Incluso había sido rechazado por un potencial socio para un proyecto importante porque no aprobaba su estilo de vida.

¿Su estilo de vida? Que a él le gustase meterse en sus cosas y controlar su propio destino no lo convertía en un mujeriego. Por otro lado, incluso la monogamia en serie empezaba a parecer aburrida después de veinte años.

No faltaban mujeres dispuestas a casarse con él. De hecho, no tenía ningún problema en encontrar pareja en cuanto sabían de los millones que había ganado con sus inversiones. Pero lo que necesitaba era una mujer con una mente ejecutiva, alguien que entendiese que un matrimonio era un acuerdo contractual entre dos personas.

Alguien, tal vez, como Fiona Lam.

Ella se pasó la lengua por los labios en ese momento y James tuvo que hacer un esfuerzo para respirar mientras se quitaba la chaqueta. Fiona era una mujer muy atractiva, pero su inteligencia lo excitaba más que sus generosos labios o que sus bien torneadas piernas.

–O tal vez me equivoco –estaba diciendo ella–. ¿Hay algo que quieras y aún no tengas?

–Siempre hay algo –respondió James–. Eso es lo que hace que me levante de la cama por las mañanas.

–¿La emoción de la caza?

Él asintió con la cabeza.

–Hace que mi corazón capitalista lata con fuerza.

–Tal vez no seas tan diferente de tus antepasados escoceses. Te excita la caza tanto como a ellos.

–Podría ser. Ellos querían conseguir un venado o la finca de algún vecino, yo quiero una empresa internacional con potencial de crecimiento.

Fiona sonrió.

–Eres divertido.

–Divertido no sé, pero sí soy previsible.

Ella inclinó a un lado la cabeza, enviando una cascada de pelo oscuro sobre su hombro.

–¿Por qué no te has casado?

James frunció el ceño.

–¿Y tú cómo sabes que no estoy casado?

¿Sabía más sobre él de lo que daba a entender?

–No llevas alianza –respondió Fiona–. Y tampoco tienes una marca de haberla llevado.

Él asintió con la cabeza. Siendo relativamente conocido tendía a estar en guardia, pero cualquiera que leyese un periódico económico sabría cosas sobre su vida porque no era información secreta.

–Nunca he conocido a una mujer con la que quisiera casarme.

–¿Demasiado exigente?

–Algo sí –James se encogió de hombros–. Un matrimonio no es como una inversión en la que merece la pena arriesgarse porque siempre puedes echarte atrás.

–Siempre podrías echarte atrás –dijo ella, sin dejar de sonreír.

–Pero tendría que pagar un precio demasiado alto y eso no es atractivo para un inversor cauto como yo.

–¿Demasiado cauto como para casarte?

–No lo sé. Tal vez sea una maldición familiar.

Ella rio, una risa alegre, agradable, como las campanas de la iglesia de la finca cuando era niño…

¿De dónde había salido eso?

–Creo que deberías buscar la tercera pieza de la copa. Piensa en ello como una aventura –Fiona se inclinó un poco hacia delante, apoyando los codos en la mesa–. Sería una historia muy interesante que contar.

A James se le ocurrió una idea absurda en ese momento.

–Ven conmigo a buscarlo.

–¿Qué?

–Ven conmigo. Tengo que resolver unos asuntos en la finca y antes has dicho que te gustaría conocer Escocia. Tómate un respiro y ven conmigo a respirar el aire fresco de las tierras altas.

Fiona se quedó en silencio, pero lo miraba con los ojos brillantes, como si le gustase la idea.

–Pero si ni siquiera te conozco.

–Soy conocido en la ciudad. Puedes preguntar por mí a mucha gente.

–¿Y qué me dirían?

–Que juego con mis propias reglas, pero siempre cumplo mi palabra –James vaciló, sabiendo lo que Fiona quería escuchar–. Y que me gusta hincar el diente en un negocio nuevo.

Por supuesto, omitió su fama de Casanova. Fiona parecía estar tomando en consideración su propuesta y le gustaría mucho que aceptase. Ni siquiera la idea de volver al oscuro castillo de sus antepasados o a la interminable lista de cosas que hacer que le ofrecería el gerente lo desanimaban al pensar que ella estaría a su lado.

–Muy bien –dijo Fiona entonces, sin vacilación.

–¿Vendrás conmigo?

James no podía creerlo.

–Iré contigo –Fiona se echó hacia atrás en la silla, con expresión seria–. Siempre he querido ir a Escocia y me encanta la idea de buscar una vieja reliquia. Además, no tengo nada mejor que hacer ahora mismo. ¿Por qué no?

Hablaron sobre fechas y horarios y, unos minutos después, James enviaba un mensaje de texto a su piloto. Por primera vez en mucho tiempo, estaba emocionado por algo que no tenía nada que ver con los negocios.

–Hecho. Nos vamos mañana.

–Estupendo –Fiona ya no estaba tan segura. Aquello iba mucho más rápido de lo que ella había esperado. ¿Quién hubiera imaginado que iría a Escocia con James Drummond?

¿Y qué pensaría su padre? El propósito de su estancia en Singapur era conocerlo mejor y en esos diez días apenas habían podido relajarse lo suficiente como para mantener una conversación seria. Y, de repente, se iba al otro lado del mundo con su enemigo.

Tendría que explicarle su plan. Él lo entendería y sabría que lo hacía por su bien. Se alegraría cuando encontrase la manera de recuperar su empresa de las garras de James Drummond. Alguien tenía que parar a aquel hombre y ella estaba dispuesta a intentarlo.

–¿Tú te alojarás allí conmigo?

James le había pedido que fuese a Escocia y, aunque buscar esa pieza de la copa en el castillo podría ser divertido, no podría conseguir su objetivo a menos que él estuviese a su lado.

–Sí, claro. No te invitaría para después dejarte sola –James frunció el ceño de nuevo–. Además, tengo que estar allí unos días; los vecinos empiezan a inquietarse si el señor del castillo está fuera mucho tiempo.

–¿De verdad?

Él asintió con la cabeza.

–No entiendo por qué les importa tanto lo que yo haga, pero parecen pensar que debería estar allí juzgando la exposición de flores anual o siendo el anfitrión de algún banquete en las fiestas del pueblo.

–Ah, qué medieval –dijo Fiona. Evidentemente, James lo odiaba. Por eso se había ido a Singapur, para huir de sus responsabilidades–. ¿Y puedes ejecutar a la gente que te cae mal?

–Nunca lo he intentado –bromeó él, esbozando una seductora sonrisa–. Además, nadie me cae tan mal.

«Puede que yo te caiga muy mal», pensó Fiona.

–¿Y te presionan para que encuentres a la «señora del castillo»?

James soltó una carcajada.

–Saben que si lo hicieran yo saldría huyendo.

Pues ella no iba a entusiasmarles, pensó Fiona. Una chica americana con raíces en Singapur… sin duda preferirían a una delicada rosa escocesa de pelo rojo para quien colocar flores en el altar de la iglesia del pueblo sería la mejor manera de pasar un fin de semana.

Aunque James no la llevaba a Escocia para conquistarla. De hecho, no sabía por qué la había invitado. Sin embargo, cada vez que lo miraba sentía un escalofrío de… ¿de qué? De emoción, de terror, de deseo.

¿De verdad quería que lo ayudase a encontrar la pieza de una antigua copa? Lo más lógico sería que pidiese ayuda a alguien del país, no a una extranjera.

¿Quería acostarse con ella?

Sí. El brillo de sus ojos lo dejaba bien claro.

Sabía que era un mujeriego, pero se llevaría una desilusión si intentaba sumarla a su larga lista de conquistas.

Fiona probó el erizo de mar y se sorprendió de lo tierno y delicioso que era.

–Está muy rico.

–Ya te lo dije. Ahora sabes que puedes confiar en mí.

Ella rio, en parte porque lo había dicho con aparente inocencia, como si lo creyese de verdad. Si no conociera su reputación de tiburón de las finanzas lo habría tomado por un buen tipo. Desde luego, parecía generoso y entusiasta. Afortunadamente para ella, su reputación lo precedía.

–No confío en la gente tan fácilmente. Aunque, por lo visto, tengo cierto gusto por la aventura. Me apetece mucho ir a Escocia.

–Y ganarás la recompensa si encuentras la pieza que falta.

–Si es así, donaré el dinero a alguna organización benéfica. No tengo problemas económicos después de vender mi empresa.

–¿Y qué piensas hacer ahora?

–No sé, lo que me apetezca. No tengo prisa –respondió Fiona. Tal vez podría convencerlo para que le vendiese la empresa de su padre por poco dinero–. ¿Cuál es tu último proyecto?

–Estoy interesado en el mercado inmobiliario. Tarde o temprano esta secesión terminará y la gente querrá casas más grandes y mejores que nunca.

–Y tú piensas adelantarte, claro.

James tomó un sorbo de vino. Ah, qué boca tan desaprovechada, pensó Fiona.

–Intento estar preparado para todo.

La empresa de su padre, situada en el antiguo distrito financiero de Singapur, estaba a punto de convertirse en el paraíso de los ejecutivos. El edificio, construido en 1950, había dado empleo a dieciocho personas, pero James había llegado a un acuerdo con el gobierno local, comprándola por muy poco dinero en impuestos impagados. Los trabajadores habían sido despedidos y su padre se enfrentaba a la ruina, de modo que apenas tenía tiempo.

Cuando era más joven, su padre poseía una cadena de restaurantes, pero la perdió. Tenía tan poco contacto con él desde que se mudó con su madre a California que la sorprendió encontrarlo en esa situación cuando la leyenda familiar decía que era un magnate.

Había querido demostrarle que se parecía a él, pero su éxito quedó en segundo lugar al saber de su situación.

–Yo también intento estar preparada para todo, pero no sabía que iría a Escocia con un extraño.

James levantó su copa.

–Por lo inesperado.

Fiona sonrió, levantando la suya.

«Si tú supieras».
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