No es posible comenzar un poema sin una parcela de error acerca de sí mismo y el mundo, sin una brizna de inocencia en las primeras palabras”




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La muerte de la polilla

Dicho de anciano: “El tiempo que pasa es el tiempo que nos queda.”

Y ¿entonces qué?

¿Se trata del tiempo realmente?

De alguna manera el tiempo es hoy, ahora mismo. Es vida. Alguien dijo que el tiempo es un eterno presente.

Diviso a Virginia Wolf interrumpiendo su quehacer una mañana placentera a mediados de septiembre, suave, benigna y sin embargo con un aire más nítido que el de los meses de verano.”

Por supuesto, importa la descripción precisa de aquel momento en que descubre la polilla atrapada en el panel de la ventana, así como importan las asociaciones que despierta la lejanía a su la mirada tras los cristales.

El momento es tan preciso que interrumpe su ocupación - lectura o escritura- tiene un lápiz en la mano con cuyo extremo intentará ayudar la polilla, que ha caído sobre sus alas tras infructuosos vuelos y que patalea en vano.

Pero la escritora detiene su ayuda. Ha comprendido que es inútil. La energía vital se agota en la extraordinaria lucha de aquellas patas diminutas…

contra un destino cercano que podía, de proponérselo, sumergir una ciudad entera y no sólo una ciudad sino masas de seres humanos. Nada, lo sabía, tenía oportunidad alguna contra la muerte. No obstante, tras una pausa de agotamiento, las patas volvieron a estremecerse. Esta protesta última era soberbia, y tan frenética, que la polilla consiguió al fin enderezarse. Desde luego, nuestras simpatías estaban todas con la vida.”

Reflexiona una vez más por aquel triunfo marginal de una fuerza tan grande en contra de una antagonista así de menor, criatura tan pequeña que testimonia conocer a la muerte entregándose con un “ sosiego de lo más decente y resignado.”

Había vida en la polilla mientras volaba.





Las razones del Príncipe Hamlet

los insultos de Fortuna, golpes, dardos,

las llagas del corazón
y todos los males, la herencia de la carne,


los azotes y las burlas del mundo,
la injusticia del tirano, la afrenta del soberbio,
la angustia del amor despreciado, la espera del juicio,
la arrogancia del poderoso, y la humillación
que la virtud recibe de quien es indigno...

¿Quién puede soportar tanto?

¿Gemir tanto? ¿Llevar de la vida una carga
tan pesada? Nadie, si no fuera por ese algo tras la muerte
—ese país por descubrir, de cuyos confines
ningún viajero retorna— que confunde la voluntad
haciéndonos pacientes ante el infortunio
antes que volar hacia un mal desconocido.


La conciencia, así, hace a todos cobardes
y, así, el natural color de la resolución
se desvanece en tenues sombras del pensamiento;

Salvador de Madariaga opinó que la verdadera tragedia del príncipe era la incapacidad de ser. La única alternativa de ser radica en amar y ser amados. Hamlet se silencia ante el rumor de la proximidad de Ofelia, arrebata al amor la verdad más profunda, esquiva hablar de sí mismo, ironiza y confunde. Priva al ansia de amar su razón auténtica, desdeña la ventura del único amor y lo despoja de cordura… La fugaz Ofelia flota sobre el arroyo, con sus guirnaldas, sin lágrimas, ajena a su trance, hasta que sus amplios vestidos cargados de agua, la arrastran con sus melodías a un fango de muerte.

Tras la duda y la indecisión que se le atribuye a Hamlet quizá esté realmente la culpa por el parricidio y el incesto, y hasta por el filicidio. Tal vez por ello el temor al soñar eterno.

James Joyce identificó a Hamlet con Hamnet, único hijo de Shakespeare que murió a la edad de 11 años, cuatro o cinco años antes de la versión definitiva de la tragedia, en cuyas representaciones, según Harold Bloom, Shakespeare protagonizaba el papel del Espectro del padre de Hamlet. La cuestión del “ser o no ser” no es menor que la cuestión por “la venganza y la culpa”, sólo que la primera corresponde al azoro del sujeto frente al programa de la vida y la segunda a los excesos con que carga este programa la existencia individual para su cumplimiento.
Quizá más amargo todavía el parlamento de Macbeth:
Sombra ambulante es la vida no más. Mero comparsa que breve instante el escenario cruza y se olvida después. Es de un imbécil el violento relato estrepitoso que nada significa.”
El beso
Tenía las manos unidas atrás, suavemente recostada contra la pared, la mirada dirigida más alta, a sus ojos. Su actitud le recordaba el abandono de una vertiente y, en efecto, su vestido azul caía fresco y lógico como el agua. Tuvo la tentación de tocar su cabellera enmarañada pero tranquila, de besar los labios y los ojos expresivos.

Apoyó la mano contra el muro cerca de su cabeza y la miró sin decir palabra.

Por un instante suspendieron la conversación aunque sus espíritus prolongaran la verdad de aquel segundo haciéndolo elocuente, eterno, infinito. Nadie habría notado ese silenciar repentino, desierto mudo e intenso. Pero en ese lapso, ella vio que el sol le daba en la cara y José Amadeo sintió que ardía en su rostro, contempló el fulgor de Irene y ella supo que quería besarla. Mas aquel arrobo era poca justificación para quebrar una norma elemental. Ella era muy niña, y él demasiado respetuoso para confiarle su repentino sobresalto con un beso. Así que recomenzaron el diálogo internándose en la selva de palabras sin sentido, con añoranzas del desierto.

Los acontecimientos fueron sucediéndose por el mismo cauce; iba perdiendo su atracción por Alicia e Irene lo ganaba más y más con su secreta ternura.

Todos sus encuentros, por pequeños que fueran, tenían un algo maravilloso. Las calladas miradas en el comedor sobre el ruido de los cubiertos y entre las voces que los rodeaban, sus” hasta mañana” pudorosos y luego, los insomnios o el soñar un mismo sueño.

¿La amaba? ¿Eso era el amor?

Buscó respuestas en su corta experiencia, se enfrentó a rostros de femenil encanto, a las pasiones secretas que albergaba, la mujer extranjera de un sueño sórdido, y descubrió que lo que sentía era algo nuevo. Menos desesperado, hasta menos sincero; era extraño ¿eso era el amor? Buscaba su presencia, le hacía feliz, gozaba de su turbación creciente que decía a las claras que ella sí lo amaba como había soñado alguna vez que lo amasen. Y volvía a saborear ese gusto inefable que lo hacía dichoso y despertaba ternura en su corazón.

Alicia lo adivinaba e interponía sus formas y al hacerlo ofrecía en la más fresca de sus sonrisas sus labios húmedos y una mirada plena de entrega.

Irene se agitaba ante su presencia y escabullía para saborear algunas lágrimas que José Amadeo no descubrió en su rostro. Alicia era capaz de borronear ensueños con su figura que clamaba por otra realidad. ¿Era aún la hoguera de su juventud?”
Arrancada esta página de una novela adolescente, remeda el beso que no se dio, los labios que aguardan con intenso arrobo un instante inaugural, ansias que si no se realizan perduran como un pecado de omisión. Lo que sólo ella podía tomar de él, el amor desperdiciado que no florecerá, lo que debía tomar él de ella.

El lobo Harry resentirá tardíamente, en el pequeño teatro de Pablo, una milésima parte de todo lo que no pudo expresar en palabras de aquella infinidad de muchachas que en alguna ocasión había amado o hubiera hecho suyas. Mujeres conquistadas en un torbellino de pasión u aquellas otras deseadas largamente con ternura.



Afrodita
Las Moiras, hijas de la Noche, el Caos o la Necesidad, asignaron a la diosa Afrodita el deber de hacer el amor, para lo cual, además de su insuperable belleza, contaba con un artilugio mágico que vencía toda resistencia que pudieran oponerle.

Moiras griegas o Parcas romanas disponían del control del hilo de la vida. Cloto desde la rueca hasta su huso, Láquesis midiéndolo con su vara, Átropos, cortándolo y eligiendo la forma de morir. Hasta Zeus las respetaba.

Diosas de avanzada edad, las más viejas de Olimpo, conocían el futuro, pero casi nunca lo revelaban, dependiendo de su poder la vida de todos los mortales.

Los romanos las llamaron Nona, Decima y Morta, los nórdicos, Urd, Vertande y Skuld, con ellas la representación del pasado, el presente y el futuro. Otra vez la flecha del tiempo.

La relación de las Moiras con la labor sexual impuesta a Afrodita, bien metaforiza el plan de la continuación de la vida, así como el exceso.

Dedicada por entero a hacer el amor no respetó siquiera al esposo que le impusiera su padre adoptivo Zeus. Hefesto dios del fuego y la forja, feo, lisiado y cojo, arsenioso, como la mayoría de los herreros de la Edad del Bronce, a quién de cualquier forma, por exceso, hubiera engañado. Curiosamente él la dotó del cinturón que la hiciera irresistible.

Su descendencia fue fecunda aunque incierta la paternidad de sus hijos.

No fue inmune a sus encantos su propio padre, por lo que trató éste de impedirlo imponiéndole un nuevo esposo, Anquises rey de los dárdanos, con quien concibió a Eneas.

No le fue en zaga de Afrodita, Apolo, de quien se ha dicho cambiaba de amantes cotidianamente ajeno a todo apego; también fue el dios griego que tuvo las relaciones homosexuales más prominentes.
Sherezade
El hombre se sentó frente al psiquiatra, lo miraba fijamente pero no articulaba ningún motivo de la consulta salvo lo que podía leerse en sus ojos, un frío y profundo dolor. Interrumpió el silencio atinando interrogarlo, la respuesta fue consecuencia de un nuevo largo e insostenible silencio:
Me pasa lo peor que a un hombre le puede pasar.”
Por lo tanto no había razón para agregar algo más. El psiquiatra, en cuanto hombre, debía saberlo. Frustró en cambio el supuesto tácito y presionó por precisiones.
Mi mujer me engaña”
El sultán Shariar no consultó a un especialista. Simplemente mató a su mujer cuando descubrió que lo traicionaba y como creyera que todas las mujeres eran infieles ordenó a su visir proveerlo de una esposa cada día y ordenar su muerte por la mañana.

Curiosa la versión del paciente. Supuestamente la mujer le administraría un hipnótico con la cena y al caer profundamente dormido haría el amor en el garaje con su amante o sus amantes. ¿Cómo llegó a comprobarlo? Pues su automóvil aparecía corrido dejando un espacio con la pared del fondo, contra la cual tenían sus relaciones sexuales.

Conoció a la esposa; realmente le sorprendió su desenfado y aspecto, que para sí calificó de carnal. Extraña también la conclusión del caso. Civilizadamente se separaron y el hombre se liberó de la angustia. No volvió a saber de ellos.

Pero fue el especialista quien no superó su problema.

Todas las noches penaba la infidelidad de su mujer y todas las mañanas ahogaba sus pulsiones asesinas, adherido al goce de la noche siguiente.
Del hijo deseado y del no deseado
El niño entra al mundo por el deseo de la madre… o para su sorpresa.

Señalo esto último sin pretender alterar el concepto de la omnipresencia del deseo.

En el primer caso, una madre se satisface en el secreto de dar vida; en el otro, la vida la asombra inesperadamente para su mal o para su bien.

De una manera u otra el embrión ya está allí, aunque para el amor no es lo mismo. El ser-amado depende del goce del otro.

El útero es un espacio de apropiación donde la vida arraiga e intenta imponer lo suyo: continuidad, persistencia, pertinencia, perennidad. Las vellosidades coroideas tienen un gran poder de penetración, tanto que, si el cuerpo de la madre no le opone biológicamente un freno, el embrión degenera en el exceso de una mola hidatiforme.

Con el aborto hay todavía una oposición más feroz contra la vida.

Es indudable que con la aparición del ser humano se introduce entre las especies la posibilidad de una actitud contradictoria, precio de la delegación que la evolución ha concedido al libre albedrío de un poderoso psiquismo para la regulación de los mecanismos adaptativos.

De la armónica conjunción con este desarrollo mental emancipado, puede la vida continuar su programa.

Impone entonces el aporte filo-ontogenético y nutricio para el feto el cual, en la creencia omnipotente de recibir absolutamente cuanto desea, cumple un tiempo de nirvana hasta emerger al fin a otras fuentes sostenedoras de existencia, que no serán ya tan incondicionales.

La embarazada ha cumplido su período de conmociones y expectativas, brindando su ser a la instrumentación del organismo que lleva en sus entrañas.

Su suministro es continuo, sin demoras a las necesidades del feto, el cual desconoce los esfuerzos maternales, que cumplen la función de adaptación a los objetos reales.

El corte del cordón y el trauma del parto interrumpirán la placidez y el equilibrio del psiquismo fetal. La monada deberá integrarse en una relación diádica con la existencia real de la madre; los ritmos circadianos y la gravitación terrestre introducirán la perspectiva temporal.

La ansiedad y agresión defensiva del recién nacido está relacionada con instintos de muerte innatos y será neutralizada por el pecho de la madre y su olor reconquistado. Olfato y alimento conforman un nuevo espacio compartido y confieren núcleos de identidad e identificación.

La agresión es un componente fundamental para vivir; vivimos de lo que matamos; todo lo que matamos es sustancia viva, sólo algunos minerales y el agua no lo son. La madre es el único ser vivo que puede dejarse comer sin ser destruido: el Ave Fénix que resucita tras cada mamada e implanta ritmos racionales de satisfacción.

Es a su vez la que introduce, en las experiencias del niño, la percepción de la tercera dimensión espacial, que ha de sumarse junto con la temporal a la bidimensionalidad del inconsciente.

El comienzo de toda cópula es el pezón en la boca, la percepción de la tridimensionalidad, esencial para la función amorosa.

Del otro primordial materno depende la inscripción del recién llegado en el registro del goce.

La madre, inscribe al niño mediante su envoltura libidinal en el goce de ser-amado. Depara ella un tiempo esencial de sentirse completo.

Justo es afirmar que de la relación materno-infantil depende lo afectivo social de la persona humana.

Pero sobrevendrá la necesidad de un corte y desasimiento, percibido en la deriva de la madre hacia algo que el niño no es. Se producirá entonces una pérdida de goce, pérdida por la cual operarán todas las demás faltas que se sufrirá después.
Donde hay una sustracción de la libido, allí aparece la decepción:
-Nunca me diste lo que quería de me dieras.

-Nunca pude darte lo que vos quería que te diera.
En este momento de insatisfacción sobre la demanda de amor surge el enojo. Puede que no haya habido tiempo suficiente para consolidar al ser amado, ahora evasivo e inconstante.

Que por defecto del amor materno no haya registrado el hijo el placer de existir.

O que pese a la congénita e inagotable disposición de amar, surja por carencia del regazo la depresión anaclítica, así como la soledad autística.

Por este abandono ocurre el no saber qué pasa.

Primera desventura del amor al borde de la aniquilación.

Un no saber qué es estar vivo cuando el cuerpo ya no goza o no ha gozado.

Pues si el cuerpo vivo es la condición del goce, sin ese goce, el cuerpo pierde sentido.

No hay goce sino del cuerpo.

Hasta que el lenguaje intenta su remedio alienando al sujeto del cuerpo e inscribiéndolo por el lenguaje en la cultura.

Un cuerpo que habla es un sujeto.

Sujeto del goce perdido, rescatada su existencia por la palabra.

Por defecto de amor, palabra de resentimiento.

Existencia y palabra que serán breves en el mundo para glorificar el milagro del amor y de su esencia.

O parecerán inacabables para manifestar el rencor.
Al hijo resentido

Le asiste el derecho

Por haber sufrido

Porta el dolor

De no haber sido

Frente al gigante

Un poco él mismo

Se le ha truncado

El destino

Lleva el infierno

Y su abismo

Es el mal hijo

Del tiempo cumplido
Sus ojos sostienen

La mirada ajena

Como si ésta flotara

En aguas inquietas

Su voz no es la misma

Perdida su infancia

Avaro retiene

La dura venganza

Y cuando concluye

De verter su veneno

Retorna su furia

Y la encierra

En el pecho
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