No es posible comenzar un poema sin una parcela de error acerca de sí mismo y el mundo, sin una brizna de inocencia en las primeras palabras”




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El hijo de la fortuna

Los reyes de Corinto lo acogieron con alborozo. Sus pies lastimados fueron la razón del nombre. Había sido transportado desde Tebas como un animal de cacería al cual se le perforan las patas para atarlo y llevarlo con comodidad, en este caso, a la exposición destructora de la Naturaleza.

La vida prevé la misericordia del corazón humano y a un depredador opone un captor que salva la vida aunque ignore el destino.

Edipo, el de los pies hinchados, es símbolo del doloroso caminar, que es la suerte de toda vida humana.

Arnaldo Rascovsky adjudica al abandono el punto de fijación paranoide-esquizoide del cual dependerá el desarrollo de la tragedia; el parricidio y el incesto expresan el odio incontrolable a los padres filicidas que no está contrabalanceado con introyecciones positivas de los mismos.

J. Rof Carballo, apunta al amor maternal como primordial importancia para el desarrollo de la persona y su salud física pero sugiere una falta en la crianza del hogar sustituto que le lleva a concebir la existencia de un factor sutil que la madre biológica transmite de manera impalpable e inconsciente y que todo ser necesita en su infancia para un desarrollo normal. Cita a Engel, uno de los investigadores más sagaces y certeros en este terreno de su tiempo quien estima que esta cuestión de la unidad madre-niño exige una nueva fisiología, mejor dicho una ampliación de la fisiología existente.

Probablemente esta ampliación sea la fusión olfativa.

No hay nada en el mito que nos hable de aromas madre-hijo; sí de pestilencias producidas por el castigo de los dioses.
La ciudad padece horrible tormenta y no puede sacar la cabeza del fondo del sangriento oleaje. Corrómpesele los frutos de la tierra, muéresele los rebaños que pacen sus praderas, y los niños entre los infructuosos dolores de sus madres… y la acosa una peste desoladora”.
Es de esperar la pregunta sobre si el hijo adoptado sabe desde lo olfativo que no fue criado por su madre biológica. O ¿qué tipo de compensación o impregnación familiar se requiere ante la falta o contraste en su memoria olfativa?

Pero no es un tema menor la fantasía de la madre virgen, hija de su hijo, impregnada de su olor, inmaculada, con la represión o negación de la sexualidad y el sistema reproductor. Edipo es lanzado a consecuencia de ello, por hiperexcitabilidad erógena y otras pulsiones mortíferas e, a emprender la acción parricida e incestuosa. Otra vez el exceso desestabilizando la precaria identidad y los vínculos por la perversión intrínseca de la vida.


Ilusión
Desde Homero podríamos decir que suficientes males nos mandan los dioses como para hacernos todavía daño entre nosotros mismos.

Se sostuvo erróneamente que Homero no conoció las enfermedades internas y que en su época había cirujanos entre los griegos pero no médicos propiamente dichos. Lo cierto es que, contra la violencia corporal visible, evitable por naturaleza, los campos de batalla contaban con asistentes que trataban heridas de flechas y espadas ocasionadas por los guerreros, aunque sólo hecatombes, plegarias y baños lustrales servían para atenuar las saetas pestilentes disparadas por la furia de Apolo contra los perros y los hombres. Estando el hombre solo, poco era lo que podía hacerse contra las enfermedades inevitables que envía Zeus.

Olvidemos por un rato el mal que el hombre provoca a su semejante. De igual manera, desculpabilicemos por ahora a los dioses, dispensando a quiénes los implican por sus dolencias. Importa el ensamble de vida y muerte y el puente innoble o genial, si se quiere, que se extiende entre ambas.

Hay vocablos griegos en los poemas homéricos que esbozan la comprensión de la enfermedad natural: noûsos, kakótes, loimós.

De lo mucho que remueve la memoria sobre el enfermar, se destaca una escena del drama “Ilusión “de Eugenio O´Neil, que mi fantasía ha escenificado innumerables veces, basada literalmente en la descripción del dramaturgo y desafiando las limitaciones de la representación teatral.

Poner cuarenta actores en escena para controlar su peso en un sanatorio de tuberculosos, es realmente un exceso.
Del corredor entran los pacientes, unos cuarenta en total, en grupos de a dos y de a tres, conversando en voz baja. Los hombres y mujeres con unas pocas excepciones, se dividen en dos grupos: las mujeres se congregan contra la hilera izquierda de sillas, los hombres se sientan o se paran junto a la hilera derecha. La mayoría de los enfermos están bronceados y sanos y su aire es alegre. La gran mayoría no ha llegado aún a la edad madura. Su indumentaria es barata, de confección. Todos son, evidentemente asalariados. Se diría que una turba de obreros fabriles cosmopolitas reunidos después de un veraneo. Su característica común es un pecho hundido y una tendencia a los hombros redondos. Un aire general de tensión, subrayado por frecuentes risotadas de tonalidad demasiado alta, parece impregnar a la multitud. Murray y Eileen, como para evitar el contacto con los demás, se van a la derecha de la puerta del comedor.”

Murray (en voz baja).- Déjelos reír. ¿Ha notado… salvo que sea solamente mi imaginación… su aire forzado, los sábados por la mañana, antes que los pesen?
En contraposición, bastan los soliloquios de una actriz para representar “Antes del desayuno”, donde una frustrada señora Rowland arrecia una cascada de reproches contra su esposo Alfred, para acabar con sus improperios al asomarse por la abertura a una supuesta habitación contigua y descubrir horrorizada que, durante la ráfaga de su monólogo, el hombre se ha degollado.
Nouvelle vague
Puso la cámara sobre su rostro y le pidió que hablara.

Su desgano se salió de foco.

Después de todo era la década de los sesenta. No había excesos en su mirada. Impostó. Blasfemó en buen francés.

Acordaron el guión. Tendría que contratarse a un detective ante la sospecha que ella le engañaba.

En realidad su amorío no le importa. En una escena sugiere al amigo interés por otra.

Aroldo aportó su imagen apática de investigador, recibe la paga del cónyuge y tácitamente coinciden que el objetivo es zafar de la mujer.

La intención de divorcio se empantanaba en intereses y enredos económicos.

La vida también se detiene a veces. Conflictos externos, contextuales, desgastan las voluntades. Las pasiones se expresan con sordina. El desentendimiento simula libertad pero los hechos mismos carecen de energía y convicción. Sin embargo se trata de la verdad. El problema es ponerla en obra artística que perdure.

La escena familiar formalizó la superflua hipocresía de la convivencia.

La cámara otra vez sobre el rostro. Las calles provincianas de la pesquisa. El ir del uno al otro. El rostro de la mujer, para sostener su impronta, ya que habría de desaparecer tras las breves tomas del comienzo, era el de una popular actriz. Ocurre en “La Aventura” de Antonioni y en “Psicosis” de Hitchcock.

Podría incluirse, para darle algo al espectador, una escena donde ella amenace denunciar las implicaciones políticas que existen detrás de la apreciable fortuna en litigio.

Antonioni nos permite visualizar fugazmente el pasaje de un tiburón y hasta una pequeña embarcación fundida en la bruma de las aguas sulfúreas, para quien quiera aferrarse a alguno de estos hallazgos, en general imperceptibles, que ofrecen la dualidad de dos razones para la desaparición de Anna, del arrecife donde han desembarcado.

La acción, en cambio, es contundente en Psicosis.

En ésta otra, el cadáver de la protagonista asfixiada por comprensión manual después de haber sido estrangulada con el lazo de su bata, quedará dispuesto para todas las alternativas de la ciencia policíaca, que no alcanzará a la postre ninguna conclusión definitiva.

En la Nouvelle vague no hay excesos. Lo importante se diluye. La vida y la muerte se estancan, se licúan, los personajes se distraen del asunto principal.

Hoy, llamamos a esto impunidad.

Fisuras y esquizoídeas. Agujeros negros. Vacíos insoslayables.

Historias abiertas más elocuentes del estado de una sociedad que las obras de censura.

Capítulo VI

Otra vez un martes volvieron a estar juntos. De sus confidencias nos reservamos las del amigo, dan para otra novela, novela que realmente escribió, pero no corresponde hablar todavía de ello.

De tanto en tanto interrumpía la lectura por una aclaración.

De Felicitas le interesó la localización de la mansión de Martín de Álzaga, la de la Iglesia que construyeron sus padres y sobre su fantasma.
-El castillo, ¿es el que está en la orilla del Salado, cierto?
-Sí. Lo vemos camino a Mar del Plata. La iglesia está en la calle Pinzón, en pleno barrio de Barracas, el lugar donde fue muerta.
-Conozco esa Iglesia, tiene una escultura de Felicitas en mármol carrara, con un niño en los brazos.
-Es su hijo Félix. La leyenda dice que es de mal agüero tocarla. En cambio, atar un pañuelo blanco en las rejas, te devuelve el amor perdido. Algunos dejan ropa interior. Hasta se hacen recorridos por cinco pesos la entrada.
Una sonrisa sin comentarios.
-El fantasma de Felicitas vive en la zona y dicen que los 30 de enero se la puede ver con un vestido blanco llorando frente a las rejas. También suenan sin explicación campanas los días de tormenta ¿Te das cuenta el esfuerzo que hacemos por sobrevivir a la muerte? Iglesia, monumentos, fantasmas….

Fueron dos arquitectos, Ernesto Bunge y años después, su bisnieto, Félix también, Félix Bunge, que la restauraron no hace mucho, con aportes de la Embajada de Alemania.
-La embajada actualmente está justo al lado de la Iglesia. ¿Sabías?
Reinició la lectura. Con Camila surgió el tema sobre la corrupción del clero.

Callado soportó el comentario.
-Hoy por hoy, no son pocos los sacerdotes católicos que copulan con mujeres beatas, cuando no se valen de formas de satisfacción sexual más perversas. Los hay que sin renegar de la amante exclaman, ¡viviré mi pasión pero a Jesús no lo dejo! Otros cuelgan los hábitos y racionalizan un sentido profundo de renunciamiento en función del amor y nostalgia por formar una familia desde donde servir mejor al Señor.
Luego: ¿Fueron realmente Romeo y Julieta paradigma del amor?

Y en cuanto a su trágico desenlace: ¿el deseo del otro no es también un deseo de muerte?

Páginas más adelante recordó el derecho de la pernada y fue tolerante también con la inclusión de una papisa Juana. Más difícil admitir la persistencia de la silla curial en los tiempos actuales.
Luego hablaron de Virginia Wolff.

Cuarenta años atrás, con sus cónyuges, habían visto “¿Quién le teme a Virginia Wolff?” de Edward Albee. El dramaturgo construye desde el título de la obra un verdadero juego de lobos, no solamente como broma y desafío por la combinación del nombre de la escritora con la vieja canción infantil, sino por el exceso de cinismo y crueldad que con asombrosa violencia verbal se hieren y humillan los personajes.

Sorprendió en aquella época. Explicará en un pasaje el anfitrión a sus invitados. “Sólo sacamos a pasear lo que nos queda en el cerebro”,

No es una obra del absurdo sino de frustraciones entre quienes paradójicamente se aman y hacen de ese juego una forma de sobrevivencia. Siempre excesos. Justo fuera declarar ¡Yo le temo a Virginia Wolff!

En aquel entonces, de la auténtica Virginia, se informó casualmente la supuesta característica de ser una escritora que de pronto suspende sus escritos para intercalar algo que despertó su atención ajeno al tema que le ocupara en ese instante, como en el ejemplo de la polilla, o con las alternativas que le acompañan al emprender la adquisición de un nuevo lapiz, al gastarse el que está empleando.

Después se sucedieron lecturas y luego el film “Las Olas” que reconstruía su vida, sus obras y el suicidio.
-Virginia Wolff era una enferma maníaco depresiva.
- Debemos lidiar con las disfunciones que en su curso le ocurre a la vida y ella lo hizo increíblemente como escritora, hasta que no pudo más3
Inevitablemente la idea del suicidio se iba haciendo más poderosa como acompañante de sus reflexiones.

Argumentum ornithologicum ocupó un capítulo de paso a una angustia mayor. Así lo desarrolló:

“Una bandada de pájaros desplegó desde el horizonte. Si bien pudo percibir el bullicio del vuelo, ni el hombre ciego ni él pudieron saber cuántos eran, aunque con seguridad sumaban un número preciso.

El que fuera así es prueba suficiente de que ambos no eran más que subjetividad frente al objeto cuantificable de su desconocimiento.

Sujetó al ciego por el brazo y simuló seguir sus pasos, pero comprendió escuchándolo que el invidente estaba muy atento transitando el suyo propio, más rico y extenso del que le ofreciera. Algo le susurró al oído, luego le dio las gracias y siguió su trayecto.

Demoró el cuidado observándolo cuando se alejaba.

Volvió a pensar en sus palabras mientras las aves ya desaparecían tras las arboledas. De pronto, se sintió infinitamente solo y desamparado.

En el breve tiempo en que caminaron juntos le había sugerido que la cifra exacta de aquella bandada de pájaros era una prueba de la existencia de Dios.

No le replicó por respeto a las creencias, le hubiera dicho que al menos era prueba de la existencia del Otro.

Encaminándose el hombre a su destino entre las sombras de su afección, era ya para él un Otro impenetrable y misterioso. Excluido de su existir, como asimismo del de aquellos pájaros, restaba el marco de su vivir sediento de otredad.

Hubiera sido grato contar con un Dios que le acompañara y dispusiera amorosamente de su sino. Un Dios que regulara el número del vuelo de las aves, su creación y sus confines.

Al sujetarle el brazo y aceptar el susurro de sus pensamientos se había depositado fugazmente en él una semilla de fe, y al verlo alejarse tanteando con su bastón, fulguró su blanca luminosidad abriéndose paso en la penumbra.

¿Por qué entonces el sentimiento de soledad y desamparo?

¿Acaso el ciego no fuera más que un otro capeando su desabrigo con aquel susurro de esperanza? ¿Qué habría de hacer para fecundarla en sí? Y por último, ¿cuál era realmente la circunstancia para servirse de ella?4

Fue después de leer Fausto que su amigo emitiría un primer real comentario.
Capítulo VII

Se trataba de penetrar el ombligo incognoscible de la vida. Su poeta esencial ilusionó una revelación onírica: a la pregunta por cual acequia escondida agua nueva llega hasta él, concluye que, “¡bendita ilusión!”, era Dios lo que tenía dentro de su ser. A primera vista no se distanciaba demasiado de los creyentes, como del amigo que a diario confrontaba al Creador en sus ejercicios piadosos.

Para él, en cambio, la travesía exploratoria habría de ser sumamente laboriosa. Pergeñó una búsqueda inarrable a través de imagos colectivas, de un sujeto del cual, ficcionalmente, no existían datos de origen o filiación.

Habría que cuidar de no proyectar los propios rasgos sobre él pues se trataba de una otredad absoluta.

A fin de evitar la sugerencia de una ascendencia o pertenencia étnica improbable, desistió designarlo con un nombre arbitrario. Tampoco utilizó una letra o un número para invocarlo.

Marcó simplemente un punto y desechado la complejidad geométrica o topológica, referencias al plano, espacio, coordenadas, admitió esotéricamente la fantasía de una visión que permitiría alcanzar desde la marca misma alguna revelación inesperada, como puede pretenderse al contemplar una bola de cristal.

Cuando no se sabe por dónde comenzar las palabras carecen de significación y son extrañas a un contexto. Esto es interesante: toda significación anuda inmediatamente un sistema relativo: si decimos “trabajo” pensamos en independiente o dependiente, salario, licencia, despido, jubilación, retiro, huelga, etc. “Matrimonio” conjuga boda, familia, separación, divorcio, tenencia, bienes gananciales, etc. Así sucesivamente.

La videncia o el tarot sólo serían aceptadas por un hombre crédulo como invitación al sueño inducido. Convengamos que hay quimera en esta experiencia, una apelación a la magia, quizá una fe excesiva en la ruta y meta de los sueños arquetípicos o en las libres asociaciones.

Contando con esta complicidad imaginó vislumbrar el color grisáceo de unos ojos, la piel cetrina, cabellos oscuros y al fin la blancura de una sonrisa. No la sonrisa que se espera de una criatura o un recién conocido, no un gesto de simpatía y aceptación, sino algo ajeno e inabordable. Y a porfía del blanco de aquella sonrisa forastera, la metamorfosis en la mirada perdida de un sujeto encanecido. Así concibió extensión temporal, contemporaneidad y transitoriedad.

Pero al tolerar tal método exploratorio surge en el testigo que acompaña apremio por algún hallazgo confirmatorio.
-¿Se trata de un joven o un anciano?
Tal vez ambas cosas dan a pensar los atisbados matices de los cabellos.

Aquellos ojos también se posan sobre los del explorador pero no puede definir si le miran o a su través contemplan el infinito.

Escorzo de la mirada que como un puente lo transportan más allá del encuentro al ombligo del pasado.

-¿Tan lejos pudo estar el real comienzo de la historia?
Inquieta la posibilidad de una ambigua raíz que bien puede estar enterrada en el paraíso o el infierno.

La mirada es evasiva; primera falla en la articulación del pensamiento con aquel origen ancestral.

Sin embargo, evasiva o no, fue concreta: el sujeto existía en el confinamiento de la marca puntual y esbozaba con su gesto la proximidad de un encuentro.

Abstraído estaba en la contemplación cuando lo sorprendió la luz de la luna que se posó sobre ellos.

Muy posiblemente fue la luna arquetípica la que pintó de blanco y resaltó la sonrisa.

Fue a la vez luz de luna creciente, llena y menguante, por lo que adivinó la presencia de una mujer -moza, madre, anciana- como fases lunares incorporadas a ese ser en larga convivencia.

No le costó pensar la fusión de potencialidad masculino-femenina y asumirla en su condición de guías.

Efectivamente, se sirvió de aquella conexión para abrir una vía de búsqueda.

De aquel “Libro Rojo” del cual sabía, el ánima del imaginario masculino y el ánimus, del femenino, ofician de intermediarios con el mundo interior.

Aquí una nueva asociación: Dante Alighieri fue conducido por Virgilio a través del Infierno y el Purgatorio y por Beatriz en el Paraíso.

Fiarse de ello fue recurso que le resultó útil, pero el testigo se excusaría de seguirlo con fidelidad si excediera la búsqueda intentando identificar al personaje entre todos los condenados y glorificados que hallaran en su ruta.

Propenso a las metáforas le ha servido al explorador imaginar la naturaleza humana como una gran alacena a disposición de un cocinero que debe preparar una torta. La torta es su existencia. De la zona iluminada de aquella alacena puede utilizar provisiones, donde visiblemente coexiste lo probado junto a las de sabores extraños o peligrosos. De su habilidad combinatoria depende la aceptación y valoración por los otros del mejunje o los efectos inesperados e indeseables que pueda producir.

Nuestro cocinero intenta al comienzo, prudentemente, recetas recomendadas por otros cocineros, hasta que un día gana seguridad y se le ocurre improvisar.

Eso no es todo, en la alacena, como en la naturaleza humana, descubre mucho más a medida que se la ilumina, tentándose con infinidad de combinaciones.

Con Virgilio recorrió aquella alacena de lujuria, envidia, crueldad, voracidad, avaricia, orgullo, herejías, venganzas, espíritus malditos, injustos, ladrones, falsarios, charlatanes, traidores. A lo largo de la historia de la cocina se confirma la existencia de toda esta variedad de suculencias.

Examinó este tortuoso camino poblado de imagos fatales que pueden tragarte y convertirte en su especie, y concluyó que ese trayecto ya fue recorrido por el personaje con indemnidad relativa.

Le correspondía ahora alejarse de este submundo.

A esta altura la metáfora se acota, está otra vez solo, pero la vida del Dante gana interés como aproximación al sujeto de su búsqueda.

Perdido el recto camino, acosado por la lujuria, avaricia, soberbia y ambición, el ser es convocado a contemplar niveles más abyectos todavía. Como ocurre con la alacena del alma humana, acaso estuvo emparentado con cada una de aquellas criaturas. Hermanos oscuros a quiénes enfrentar porque son partes de sí mismo.

De alguna manera el interés en este recorrido, expresa lo abigarrado y terrible de la naturaleza humana. Metaforiza salvar al Dante de las fieras que asecha en la selva selvaggia e aspra e forte en la cual se ha perdido, pero guiado y resguardada su virtud por Virgilio, aún le conducen a enfrentar los nueve círculos del infierno.

¿No decía Nietzsche: “aún no sufrís bastante porque no sabéis que hay un caos dentro de vosotros.”

El exceso está en el hombre al servicio del plan perverso de la vida.

No puede rehuirse el dato de que Dante conoció a Beatrice Portinari, una vecina de ocho años, cuando él sólo contaba nueve. Que se enamoró de ella pero no pudo concretar en el tiempo breve de su juventud alguna relación sentimental real. Quizá sólo un saludo.



¿Quién no ha deambulado tras la graciosa y gentil cortesía de una bella mujer empeñado en reeditar y profundizar la circunstancia de aquel encuentro?

En cuanto a la Beatriz pasajera, su vida se tronchó a los 24 años.

Su espíritu suave, de amor lleno, parece haberse contrariado por el espíritu licencioso del Dante, y prefirió contraer nupcias con el banquero Simoni Di Geri, o Dei Bardi, falleciendo poco tiempo después.

Dante, a pesar de sus amoríos y el matrimonio posterior con Gemma Donatti, con la que tuvo varios hijos, nunca dejó de pensar en ella.

No conocemos si en todo hombre hubo un fallido o una tumba que lo privara de la posibilidad de materializar un amor.

Que fueron Dante y el explorador, desde muy jóvenes, enamoradizos y onanistas, no sería extraña la coincidencia. Quizá tampoco lo sea la tan temprana y precozmente idealizada obsesión de amar.

Sí, que puedan descubrirse protofantasías universales que embriagan o se conforman líricamente

Luego la culpa.

Tras supuestas visiones vergonzosas y atemorizantes, Dante se encuentra hollando el escalón superno del purgatorio, en el umbral del paraíso terrestre, y con su guía a punto de dejarlo.

Ser discípulo de un maestro semejante que con un último examen se despide, seguro de la asistencia eficaz y meditada que ha brindado, conminando al ejercicio de la libertad, compromete en exceso. No excluye a Dante del sentido temporal de autoridad, de allí que le otorgue la mitra y la corona que simplemente personifican poderes terrenales.5

Dante, cual niño, baja los ojos y llora.

En medio de una escenografía atiborrada de símbolos severos, no enjugadas todavía las lágrimas por la ausencia de Virgilio, al peregrino le espera todavía el encuentro con Beatriz.

La aparición de la amada es enérgica e imperativa

No será anodino su socorro. Beatriz aparece y le dice que no llore la partida de Virgilio, que alce la barbilla y mire, que mayor pena sentirá mirando.

Confirma con su belleza la magnitud de la pérdida.

Allí está ella con su mirada regia y acerba, erguida la cabeza con contenido ardor.

Dante reacciona con vergüenza, como ante la reprimenda de una madre a la cual demanda compasión con infantil empeño.

Ella no cede, aunque reserva su piedad.

Importa que para Dante, Beatriz ha existido infinitamente. Y si aceptamos la tesis según la cual edificó Infierno, Purgatorio y Paraíso para “intercalar algunos encuentros con la irrecuperable Beatriz” tendremos otra prueba de cómo a porfía de lo efímero de la vida un hombre puede intentar un espacio-tiempo personal, prolongadamente póstumo como la creación artística, allende su duelo.
¿Cómo será nuestro pasado en el pasado de los otros?

¿Qué sobrevive de nuestros amores muertos?

¿Le habrá amado Beatriz?

.

En este canto XXX del Purgatorio, supone Dante una razón incierta de frustrada expectativa y reproche de la niña y joven que amara , razón con la que por cierto gana la ilusión de haber sido amado y desaprovechado ese amor.

El reproche de Beatriz, auto-reproche al fin, se extiende por el canto XXXI hasta que le expresa su perdón.

Luego será la travesía del Paraíso que, cuando más se elevan, más acrecienta su belleza.

Pero la muerte es irrevocable, tan lejana como Beatriz se pierde, pese a su ruego. Sólo se vuelve un instante para dejarle su sonrisa.6
El relato conjetura ahora los pasos del ignoto personaje hasta un almacén, abigarrado de cosas sin clasificar, falto de tarjetas de identificación y de palabras.

Vio el rastreador una lechera blanca enlosada, cascada por un golpe, el mandarino, la sombra de su copa sobre un cuadrado de arena, una pérgola, un pisapapeles de cristal con una flor adentro, un cartón vacío de cigarros y una viejísima e increíblemente sólida máquina de escribir. Un muñeco de trapo. Una guitarra española con la caja rajada. Un estuche de violín. Una indescifrable estructura de aluminio, y una lámpara eléctrica con pantallas de vidrios verdes.

No tenía sentido seguir enumerando este inventario imposible.

Todo permanecía quieto y enmudecido aunque de pronto algún objeto se animaba estremecido bajo una radiación que caía de alguna parte.

Pensó en el río donde en su contemplación Siddhartha halló la sabiduría; en el inefable alfabeto de símbolos del Aleph; en el hombrecito del azulejo que sonriente se puso a hablar. Quizá lo hicieran las otras cosas a su tiempo, pero por ahora estaban calladas.

En el impreciso centro de aquel almacén, como había presumido, halló al sujeto. Visualizó su particular anatomía. El corazón era la entraña más sensible donde palpitaba la visión del futuro, la sangre corría a su impulso por complejos y desiguales trochas subterráneas, con energía y regocijo, alimentándose en la respiración con el aire que llegaba a través de los bronquios, estrechos corredores de antiguos departamentos de casas bajas, donde los chicos jugaban para tranquilidad de sus madres sin ir a la calle. El soplo acompasado que entraba y salía, en su ir y venir, balanceaba un movimiento de hamaca relajado y tranquilo.

Más profundamente otras vísceras hacían un trabajo armonizado por milenios de desarrollo y sólo de tanto en tanto atraían su atención. El cerebro estaba activo y pendiente de cosas sobre las cuales permanentemente proyectaba su luz.

De esta manera el otro captó su presencia.

Le interrogó que deseaba y tras la insensatez de sus explicaciones y demandas, aunque no le revelara el misterio de su origen y el deseo, piadoso terminó prometiéndole seguir alimentando sus sueños.

Se preguntaron innecesariamente sus nombres, el desconocido respondió llamarse… Inconsciente.




Hacer del otro un enigma insoluble del cual depende mi vida, como sugiere Guide, es consagrarlo como Dios, exaltar hasta el misticismo la necesidad del ser, al fin, acceder al conocimiento por el no conocimiento:

No me queda entonces más que trastocar mi ignorancia en verdad. No es cierto que cuando más se ama más se comprende; lo que la acción amorosa obtiene de mí no es más que esta sabiduría: que el otro no es para conocerlo… ¿Qué es lo que quiero yo que quiero conocerte?” (Barthes)
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