No es posible comenzar un poema sin una parcela de error acerca de sí mismo y el mundo, sin una brizna de inocencia en las primeras palabras”




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Capítulo VIII

Fausto
Importa saber que la obra fue concebida en la juventud, entre 1772 y 1775, terminada su primera parte en 1806, revisada veinte años después, concluida su segunda parte en 1832, el año de la muerte de Goethe .

Su tema no es patrimonio de un sujeto envejecido sino que concierne a la angustia de existir ya que la intuición de lo que nos espera surge cuando descubrimos la marcha inexorable del tiempo.

La oferta de Mefistófeles bien puede significar aquí la ilusión de sortear el diseño que la vida ha configurado para los mortales, y el delirio de la recuperación de lo perdido.

Con todo, la obra es una fulguración genial que puede brindarnos un goce. El tiempo de la espera pasa con menos zozobra cuando estamos ocupados en una lectura.

MEFISTÓFELES

Ya que de nuevo te llegas acá, Señor, y preguntas cómo andan las cosas entre nosotros, y ya que en otro tiempo solías verme con agrado, aquí me ves también entre la servidumbre.

Perdona, yo no sé expresarme con palabras altisonantes, aunque me escarnezca el corro entero. Mi jerigonza te movería ciertamente a risa si no hubieras perdido la costumbre de reírte. Del sol y de los mundos, nada sé yo que decir, y, sólo veo como se fatigan los mortales. El raquítico dios de la tierra sigue siendo de igual calaña y tan extravagante como en el primer día. Un poco mejor viviera si no le hubieses dado esa vislumbre de la luz celeste, a la que da el nombre de Razón y que no utiliza sino para ser más bestial que toda bestia. Se me figura, dicho sea con perdón de vuestra Señoría, uno de esos cigarrones de largas patas, que sin cesar vuelan y saltan volando y cantan invariablemente en la hierba su vieja cantinela. ¡Menos mal si pudiera siempre estarse quieto en la hierba! No hay inmundicia donde no meta la nariz.

EL SEÑOR

¿Nada más tienes que decirme? ¿Has de venir siempre a inculpar? ¿Nunca hay para ti algo bueno en la tierra?

MEFISTÓFELES

No, Señor; encuentro lo de allá deplorable como siempre. Lástima me dan los hombres en sus días de miseria, y hasta se me quitan las ganas de atormentar a esa pobre gente.

EL SEÑOR

¿Conoces a Fausto?

MEFISTÓFELES

¿El doctor?

EL SEÑOR

Mi siervo.

MEFISTÓFELES

¡Singular manera tiene de serviros, a fe! No son terrenas la comida ni la bebida de ese insensato. El frenesí le impulsa a lo lejos, y sólo a medias tiene conciencia de su locura. Pide al cielo sus más hermosas estrellas y a la tierra cada uno de sus goces más sublimes; y ninguna cosa, próxima ni lejana, basta a satisfacer su corazón profundamente agitado.

EL SEÑOR

Aunque ahora me sirve sólo en medio de su turbación presto le guiaré a la claridad. Bien sabe el hortelano, cuando verdea el arbolillo, que la flor y el fruto serán su adorno en años venideros.

MEFISTÓFELES

¿Qué apostáis? Aun le perderéis si me dais licencia para conducirle poco a poco a mi camino.

EL SEÑOR

En tanto que viva sobre la tierra, no te sea ello vedado. El hombre yerra mientras tiene aspiraciones.

MEFISTÓFELES

Así, os lo agradezco, porque con los muertos nunca me ha gustado meterme. Prefiero las mejillas carnosas y frescas. No me vengan a mí con cadáveres. Me pasa lo mismo que el gato con el ratón.

EL SEÑOR

Pues bien, séate ello concedido. Desvía de su origen este espíritu, y si en él puedes hacer presa, llévatelo contigo por tu senda abajo; pero caiga sobre ti la confusión si te ves obligado a confesar que, en medio de su vago impulso, el hombre bueno sabe discernir bien el recto camino.

MEFISTÓFELES

Perfectamente; sólo que no durará esto mucho. No paso el menor cuidado por mi apuesta. Si me salgo con la mía, permitidme que a mis anchas goce yo de mi triunfo. Tendrá que comer polvo, y con delicia, como mi prima, la famosa serpiente.

EL SEÑOR

Puedes aparecerte, pues, también a tu albedrío jamás odié a tus semejantes; de todos los espíritus que niegan, el burlón es el que menos me molesta. Harto fácilmente puede relajarse la actividad del hombre, y éste no tarda en aficionarse al reposo absoluto. Por esta razón le doy gustoso un compañero que, debiendo obrar como diablo, le incite y ejerza influencia sobre él. (A los Ángeles). Pero vosotros, verdaderos hijos de Dios, regocijaos en la espléndida belleza viviente. Que lo Evolutivo que perpetuamente obra y vive, os circunde con dulces barreras de amor, y a lo que se cierne en el aire cual flotante aparición, dadle fijeza con pensamientos duraderos.

(El cielo se cierra. Los Arcángeles se dispersan).

MEFISTÓFELES

(Sólo). De tiempo en tiempo pláceme ver al Viejo, y me guardo bien de romper con él, Muy linda cosa es, por parte de todo un gran señor, el hablar tan humanamente con el mismo diablo.”
Pero los arcángeles habían escuchado al Señor y no dejaron que Mefistófeles obrara solo.

Fausto había ocultado el arma cuidadosamente; era una pistola a repetición Mauser Weerke A.G. 6,35 no registrada que había llegado a sus manos por legado familiar. Un armero la limpió y puso a punto. Así recobrada, sin haber probado un disparo, la acondicionó para una quizá no tan breve espera. No tenía sentido declararla, no la reservaba por su seguridad o defensa, estaba destinada sencillamente para acabar con su existencia. Ya para nadie escribía, quizá para un juez interesado por aquello de “no se culpe a nadie de mi muerte”. Así que, si se atrevía a seguir y alguien se asomara a su pensamiento, por vicio de curiosidad o impúdica invitación a participar, comprendería su insatisfacción frente al plan de la vida.

De sus amores profanos difumábase la belleza orgánica, corruptible al fin, destinada a la tumba, sin la consistencia al menos de la pintura o de la piedra donde persistían formas reconocibles por su largo ardor.

Mefistófeles pensó que con un sujeto así no valía el esfuerzo de un pacto, ni razón para ambicionar otra condena.

Ya había dicho que con los muertos nunca le había gustado meterse: “Prefiero las mejillas carnosas y frescas. No me vengan a mí con cadáveres.” Recapacitó sobre el contenido de las cartas y esquelas lacónicas de los suicidas. Simples nadas. Desculpabilización o justificaciones sin apelación posible. Amarga comprensión resignada para los deudos y desconcierto frente a un acto desprolijo, aunque para alguno no lo fuera, Fausto, pudieran dejar tras su partida una larga estela de hechos rescatables o el testimonio del rechazo de la pobreza de promesas de la vida. Más siempre esa actitud era decepcionante para los otros.

Sin embargo un perro echado de la casa puede matarse por inanición, porque siente tristeza o remordimientos; el cóndor cierra las alas y se deja caer verticalmente tras la muerte de su pareja. Si pueden comprobarse estos sentimientos en irracionales: ¿por qué no en los humanos? La vida como propiedad privada, el juicio sobre una trayectoria que no merece prolongarse o repetirse o, hacerse partícipe del mito de muerte y resurrección, disentir con la furia curandis de los tecnócratas médicos, la pérdida del ser-amado y del ser amado, son argumentos hasta cierto punto convincentes en orden de la administración de un final.

Pero el suicidio era estrujar la vida toda como página que se descarta y ya había muchos bollos de este tipo en el canasto del infierno sin saber qué hacer con ellos.

Entonces el Arcángel susurró a Fausto aquello del arbolito que verdea, le recordó el amor al prójimo y hasta le habló de física cuántica, por lo que a despecho de Mefistófeles, Fausto desechó el pacto que le ofreciera, guardó el arma y se concedió, como partícula material tan pequeña como fuera, la existencia de un espacio-tiempo que ocupar.

Capítulo IX
-No me gusta lo que escribiste.

Todos estos informes desarticulados al fin te llevan a la actitud egoísta del suicida.
-No te asustes. La verdad es que estuve últimamente deprimido. Me parece que fueron las pastillas que tomaba para dormir. Dejé de tomarlas y aunque sigo teniendo los mismos problemas ahora me siento bien
-¡Entonces no las tomes más!
-Me parece bueno que lo hayas visto. A lo mejor quería que alguien se diera cuenta y me frenara. Mi mujer no se asustó porque piensa que siempre fui romántico y melancólico.

Y tiene razón, es un tema: existe la desazón que nos lleva a invocar el suicidio. Pero es una idea ligera, fácil y simple, aun sin supuesto motivo, por lo que es posible convivir con la muerte en aparente paradoja.

Convengo que expresar ese sentimiento permite continuar viviendo. La alternativa es consustancial con el programa de la vida, que da y quita, de lo cual el hombre toma conciencia y puede amasar sombríamente la anticipación de su muerte 7

Están los estoicos Para ellos en el suicidio se trata de la puesta en práctica de la libertad y el honor. Morir más tarde o más temprano no tiene importancia, lo importante es morir bien o mal. La vida no ha de comprarse a cualquier precio.
-… pero Séneca creo, advierte la conveniencia de meditar seriamente la muerte así como meditar la libertad. También en el lecho del dolor hay sitio para la virtud.
-Puede ser. No olvido la reflexión del maníaco personaje de “La gata sobre el tejado de zinc caliente”, en su momento de asunción depresiva, rechaza la morfina porque quiere aprender lo que enseña el dolor.
Sócrates bebe la cicuta en lugar de huir. Las Leyes antiguas de los griegos condenan a quien con violencia contra sí mismo impide el cumplimiento de su destino, salvo en una situación forzosa, como la que le ha tocado al filósofo judicialmente vivir.
Camus, en el mito de Sísifo es concluyente con respecto al suicidio: “Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.
Está también la autolisis como acto psicótico.
-En la “Dolce vita” el ingeniero Steiner, con una vida familiar perfecta mata a sus hijos y se suicida. Cuando se lo interrogó a Fellini por lo inopinado de este episodio, simplemente contestó, eludiendo todo simbolismo, que “estaba deprimido”.

Que tras el asombro por esta circunstancia, el periodista protagonizado por Marcelo Mastroianni se hunda irreflexivamente en el exceso de la promiscuidad, revela una intención más honda del director, también expresada en aquellas últimas escenas, en las cuales, por el ruido del mar, se pierde el llamado de la angelical muchacha y en cambio, se expone a la audiencia a la profunda mirada que sobrevive al cuerpo yacente de un monstruo marino, que el mismo mar arrojó a la playa.


Capítulo X

La decepción del amigo tenía pleno sentido. Tuvo su efecto, prefirió soportar el insomnio en lugar de medicarse y cambió su ánimo.

Por entonces acució su mente una vieja deuda:

Fatigado de buscar a Dios un buen día invirtió el problema: que fuera Dios quien le transmitiera un signo testimonial de modo convincente para una fe definitiva.

Coincidió con el regreso del amigo de otro de sus inveterados viajes. Éste Los invitó a su casa y en el curso de la velada narró la siguiente anécdota:

En Grecia planeó viajar al Monte Athos, exclusiva sede de veinte monasterios ortodoxos y lugar de anacoretas. Para tal fin viajó a Tesalónica, donde el Gobierno para el Norte de Grecia, puso reparos a la visa de su proyecto pues no era un lugar turístico sino de peregrinación y la entrada de laicos a esa zona estaba limitada sólo a diez personas. No había allí ningún hotel y el alojamiento sólo podría obtenerse como huésped de algún monasterio.

La potencia de su pasaporte plagado de viajes alrededor del mundo le abrió la puerta a una solución.

Su curiosidad no exenta de respetuoso sentido religioso, le llevó lanzarse a la aventura.

Ómnibus de Tesalónica a Uranópolis, pasando por paisajes y lugares inconfundiblemente griegos, algunos de especial significación como Estagira. En Uranópolis pernoctar porque la lancha para Kariés –amarradero de Monte Athos- recién saldría a las diez del día siguiente.

Resultó ser una frágil embarcación de transporte colectivo, repleta de monjes, proveedores y peregrinos; todos hombres, pues en Monte Athos estaba rigurosamente prohibida la entrada de mujeres. Pero los pasajeros, con su algarabía políglota, -incomprensible para él “ayudaba a que no se las extrañara”, comentó risueñamente.

Se había transportado a otro mundo, distinto de cuánto él había conocido Por un momento sintió la temeridad de su intención viajera, porque se vio en la inédita experiencia de golpear a las puertas de un monasterio para apelar a la hospitalidad de gente a la cual no sabría cómo hablarles. Para su sorpresa, hacia la mitad del viaje, alguien se dirigió a él en inglés; era un joven de barba negra que, incidentalmente había viajado en el mismo ómnibus de la víspera y que fue testigo, allí, de sus apuros para entenderse con quienes no hablaban inglés, ni, por supuesto, español,

El comedido interlocutor le expuso que era guía de varios serbios venidos de Belgrado y que, si él era gustoso, podía incorporarlo al grupo.

Iban a alojarse en uno de los monasterios del Monte Athos. El lugar de residencia era un convento donde los recibió un monje –también serbio- y los invitó de inmediato pasar a la capilla, cosa previsible.

Al salir, el monje reconvino al guía por la evidencia de catolicismo que mostró el intruso en su modo distinto de persignarse.

En las largas conversaciones que siguieron a partir de ese momento, el anfitrión, reiteradamente y siempre en serbio, hacía referencias no amistosas al papado romano. Por homofonía lingüística y la singular prosodia, por lo menos así lo interpretó.

Sus ahora compañeros de peregrinación venían de un país que, a la sazón, estaba envuelto en una muy cruenta guerra de secesión. Con algunas palabras en francés que hablaba uno de ellos le hizo saber con tono de diplomático reproche que “hoy, lo que ocurre en Yugoeslavia es obra de su Papa”

Por la mañana concurrirían al templo.

Ansioso despertó demasiado temprano y al hacerlo comprobó que el religioso se encontraba en el recinto leyendo. Le hizo una seña que volviera a la cama haciéndole entender que lo despertarían a su tiempo las campanas.

Así ocurrió, pero a la ceremonia solemne sólo fueron en principio él y el monje; el guía y los peregrinos quedaron durmiendo un poco más y luego fueron llegando de a poco.

Le llamó la atención la extensión de la ceremonia, el uso de los sahumerios, la abundancia de incienso, los cánticos en contrapunto y la falta de sillas.

Cuando pensaba retirarse el guía lo detuvo y le invitó a pasar con los otros a un salón. Allí, formalmente sentados, celebrarían el Año Nuevo, que entre ellos corresponde a los primeros días de enero.

Entonces introducen un enorme bizcochuelo cuyas porciones son repartidas igualitariamente entre todos los asistentes. Al degustar la suya observa que alguien interrumpe la deglución y se lleva la mano a los labios. El guía, advertido, le explica que una de las porciones contiene una moneda, y al instante de continuar se sorprende hallarla en su propia boca.

Extraordinaria sorpresa que es festejada calurosamente por el resto.

Pero allí no acaba la cosa. La moneda no es más que una prenda que conduce a otra más importante: un ícono que se entrega anualmente a un solo comensal. Ponen en sus manos un maravilloso cuadro bizantino de la Virgen con su hijo Jesús.

Estaban ahora en su casa y muestra al amigo y a su esposa el ícono obsequiado.

Reconocen ellos el estilo, admiran el exquisito insinuado relieve que localiza en el pecho de la Virgen el rostro del niño Jesús. Es la primera vez que sostienen y contemplan algo así.

Tras La escucha del relato, la evidencia del objeto los embarga de emoción.

Se le ocurre entonces decirle, a modo de moraleja o interpretación, tres significados que brotan espontáneamente en su pensamiento:



  1. que Dios lo ha premiado por su fe y su porfía.

  2. que Dios ha confirmado también al guía que ofreció su fraternidad de camino.

  3. que advirtió e hizo comprender al ortodoxo, que Dios no era de su propiedad exclusiva.


Se guardó para sí una cuarta interpretación: Que Dios, a través de él, le había brindado la prueba exigida.
Volvió a repensar más tarde el poema de Amado Nervo, inspirador de aquel desafío:
Si tú me dices «¡ven!», lo dejo todo...
No volveré siquiera la mirada
para mirar a la mujer amada...
Pero dímelo fuerte, de tal modo
que tu voz, como toque de llamada,
vibre hasta el más íntimo recodo
del ser, levante el alma de su lodo
y hiera el corazón como una espada.
Si tú me dices «¡ven!», todo lo dejo.
Llegaré a tu santuario casi viejo,
y al fulgor de la luz crepuscular;
mas he de compensarte mi retardo,
difundiéndome ¡Oh Cristo! ¡Como un nardo
de perfume sutil, ante tu altar!

¿Se habían cumplido las condiciones de contundencia?

¿Responde la entrega y el amor a Su inexcusable Presencia?

¿No es mayor que el amor, la vergüenza de haberse resistido?

¿Es Su amor lo que nos llama?

¿Dios prepara para ese encuentro?
Repasó en su pertinacia el poema, argumentando si podría concluir al menos, en hacer de aquellos últimos años de su vida, un perfume sutil que se expandiera en el templete del amor.
No obstante, no torció la insignificante tarea: siguió escribiendo.
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