No es posible comenzar un poema sin una parcela de error acerca de sí mismo y el mundo, sin una brizna de inocencia en las primeras palabras”




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El espejo

“Un no-alemán es imposible que se pueda formar una idea de la situación en que se encuentra un judío alemán. Judío alemán: tome Ud. estas dos palabras con todo énfasis. Tómelas Ud. como el despliegue final de un laborioso curso evolutivo. Con su doble amor y su lucha contra dos frentes, he sido empujado muy cerca de la sima de la desesperación. El alemán y el judío: he soñado una vez una parábola, pero no sé si la misma es comprensible. Yo puse las placas de dos espejos una contra la otra, y tuve una impresión como si las imágenes humanas contenidas y conservadas en ambos espejos debieran lacerarse mutuamente. "

Jacob Wasserman


La comprobación de Jacob Wassermann de la oposición especular de su yo alemán y su yo judío es aún más dramática por cuanto es primigenia y universal de la organización paranoica de la génesis mental del hombre.

Antes que las experiencias con el propio cuerpo hayan integrado la unidad del mismo el descubrimiento de la propia imagen en el espejo prematuriza el esquema corporal hasta entonces fragmentado.

Frente al espejo se logra la percepción de un todo al precio de una alienación y de una tensión agresiva constitutiva a la vez del lazo social. Desde el momento que hay una imagen para dos se da una relación de exclusión recíproca.
-¿De quién es esa imagen? ¿Soy yo o soy el otro?

Según la parábola de Wassermann: ¿Soy el alemán o soy el judío?
La simple experiencia cotidiana de un automovilista, que en trance de adelantarse en una ruta, se ve apremiado de pronto por la aceleración innecesaria y encandilamiento del semejante que avanza por la vía contraria, ilustra el aserto.

Antecedentes filosóficos notables, como la dialéctica hegeliana amo-esclavo, retomada entre otros por Jean Paul Sartre y Jacques Lacan, dan testimonio en distintos niveles de importancia, de la salida de esta tensión especular por pasaje al acto: la supresión de la imagen del otro o el acto suicida.

Tentativa de reapropiación por el sujeto de sus propios rasgos, que la imagen del doble, habitada por el otro, había capturado originalmente.

La lucha a muerte por puro prestigio o por miedo a morir.

Uno de los dos puede renunciar a la lucha, pero el primero que bajara las armas sería asesinado por el otro, por lo que, para que se pueda evitar este final de muerte es necesario un pacto previo, una tregua. Esto se da por la vía de lo simbólico que permite otra salida que no sea la exclusión recíproca.
Martín Freud narra en “Sigmund Freud: mi padre” las alternativas de su exilio destacando un gesto de la valentía del psicoanalista cuando una partida de S.S. vino a pedirle que proclamase en un certificado que había sido bien tratado por las autoridades. Sin vacilar escribió “Ich kann die Gestapo jedermann auf das beste empfeh len” usando el estilo de un aviso comercial, (Puedo recomendar mucho la Gestapo para todos) ironía que no captaron los nazis, pasándose el certificado de uno a otro, para al fin suponer, encogiéndose de hombros, que eso era lo mejor que se le ocurría la anciano. La astucia simbólica de Freud resolvió la pretendida tregua falsaria de los nazis.

Salvador Dalí, en el Mito trágico del “Angelus” de Millet realiza una observación muy a propósito sobre el tema:
Tengo que cruzar para volver a Port Ligat, un prado bastante amplio de hierba gruesa y carnosa [ … ] Hacia el centro del prado tropiezo con un pescador que viene en sentido contrario. A ese pescador lo he visto desde lejos y sin embargo ahora siento todo lo que había de inevitable en ese tropiezo, en razón de la torpeza coincidente que nos hemos impuesto involuntariamente para interceptarnos el paso, realizando los dos gestos idénticos que se correspondían como los de un solo hombre y su imagen en el espejo.”

En el momento de la colisión con el pescador (colisión absurdamente violenta, como consecuencia de la última tentativa de evitarnos.]…]
La posición paranoide trasciende la cuestión alemán-judío.

Freud afirmaba:

"El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor que sólo osaría defenderse si se lo atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de tendencias agresivas. Por consiguiente el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual sino un motivo de tentación para satisfacer en él su agresión, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. El hombre es un lobo para el hombre."

La existencia de tales tendencias agresivas, que podemos percibir en nosotros mismos y cuya existencia suponemos con toda razón en el prójimo, es el factor que perturba nuestra relación con los semejantes, imponiendo a la cultura un despliegue de preceptos. Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración."

Holocaust Learning Center define el holocausto como la persecución y el asesinato sistemático burocráticamente organizado de aproximadamente seis millones de judíos por el gobierno nazi y sus colaboradores.

Los nazis, que tomaron el poder en Alemania en enero de 1933, creían que los alemanes eran una “raza superior” y que los judíos, considerados “inferiores”, no merecían vivir. Durante el Holocausto, los nazis también tuvieron en su mira a otros grupos por razón de su percibida “inferioridad racial”: los romas (gitanos), los discapacitados, y algunos grupos eslavos (polacos, rusos, y otros). Otros grupos fueron perseguidos por razones políticas, religiosas o de orientación sexual: comunistas, socialistas, testigos de Jehová y homosexuales.
Por un decreto del 7 de diciembre de 1941, Hitler ordenaba que todas aquellas personas cuya existencia podía ser peligrosa para el Reich debieran desaparecer sin dejar rastro en la "noche y niebla de lo desconocido". Diría Hitler con connotaciones aromáticas e higiénicas:
"Si yo puedo enviar" "a la flor del pueblo alemán al infierno de la guerra sin apiadarme por la efusión de la preciosa sangre alemana, tengo también, sin duda alguna, el derecho de suprimir a millones de seres de una raza inferior que prolifera como los piojos".
En sus campos de concentración perecieron los millones de deportados hasta 1945. Cuando leemos los testimonios resulta casi imposible concebir cómo centenas de millares de condenados pudieron llegar a las mismas cámaras de la muerte, sin darse cuenta de su destino. Cómo pudo ser que aquellos que iban a ser quemados no oliesen la propia carne quemada de su gente. Caminando hacia su muerte, engañados, sin entender realmente lo que pasaba. En Auschwitz se llegaron a sacrificar por gas 6.000 víctimas diarias. Los hornos crematorios no daban a basto para desprenderse de los cadáveres, que eran además incinerados apilados en fosas. El hedor imperante era en sí mismo elocuente. Los campos de la muerte estaban en las terminales de las líneas ferroviarias. ¿Cómo las gentes podían ignorarlos?
"Con increíble refinamiento los edificios se construyeron agradables a la vista, cubriendo sus techos con praderas de césped, bordeadas de flores multicolores. A la entrada podía leerse una sola palabra tranquilizadora: "Baños". Los recién llegados entraban sin desconfianza y eran recibidos por una orquesta de muchachas que ejecutaban aires alegres y estimulantes. Luego se rogaba a los detenidos de ambos sexos que se desnudaran antes de entrar en el "cuarto ducha" lo que hacían creyendo que era una operación de desinfección después de su viaje. Ya hacinados en la cámara, la puerta se cerraba herméticamente. Encima de ellos, sobre las praderas de césped, unos hombres vertían el Cyklon B en las bocas de aireación. Sólo había que esperar a que el gas hubiese hecho su trabajo". Gran crónica de la segunda guerra mundial. Tomo 2. De Pearl Harbor a Stalingrado. Readers Digest. Madrid. 1965:
Jakob Wassermann, falleció exiliado en Austria el 1 de enero de 1934 a los 60 años y no llegó a presenciar la expansión nazi. Sus libros fueron rechazados en Alemania por su condición de judío pese haber recibido de T. Mann el calificativo de estrella mundial de la novela.

El género entró en crisis y gran parte de sus últimas obras se volcaron a la investigación histórica.

El hombrecillo de los gansos


Existe en Núremberg, enfrente del Ayuntamiento, una estatua de bronce fundido de un hombre llevando dos gansos bajo sus brazos. Se trata de un agricultor con ropas del Siglo dieciséis. Diseñada por encargo, posiblemente por el tallista Hans Peisser, y emplazada en Obsmarkt hasta 1945, hoy en bronce fundido. Del pico de los gansos brota agua.

Jakob Wassermann le dio vida a este hombrecillo en la conclusión de su novela homónima a mediados del Siglo XX.

He leído atentamente en mi juventud éste y otros libros del autor, del cual recordaba los voluminosos formatos y el entusiasmo de quien me recomendara su lectura. Han transcurrido casi sesenta años desde entonces y rescatarlos significó aventurarme con sus páginas amarillas y mohosas acomodadas en olvidados estantes.

Me llama la atención el olvido, porque por otra parte conserva mi memoria bastante fresca otras lecturas, como la obra de Herman Hesse, leída por aquellos mismos años.

No queda más remedio que releer a Wassermann para encontrar la razón de aquella fascinación que mantuvo mi interés a través de cientos y cientos de páginas. Miles de páginas debiera decir dada aquella voracidad que cedió lugar a los textos universitarios.

Leíamos con exceso, trato de saber por qué.
Un viajero cuenta que el “Hombrecillo de los Gansos” que fue erigida 1.555, como muestra de desprecio y burla, por parte de la clase “refinada” hacia los “hediondos” campesinos que acudían a la Ciudad para vender sus productos. Inmediatamente el relator de este artículo parece avergonzarse de su expresión y agrega un comentario benevolente.



Pero escuchemos lo que dice el hombrecillo por boca de Wassermann.

¿No ves quién soy? Soy el Hombrecillo de los Gansos. Solitario tras las rejas, solitario encima del pilón de la fuente, pero centrado en el centro del mercado. Un ser insignificante, comprensible a todo aquel que pasa, aunque me hayan dispensado la gloria del monumento. Sin embargo, no hago nada con la “monumentalidad”, me importa un comino. Presto un poco de dignidad al mercado donde los ciudadanos regatean unas peras o unas patatas; eso es todo. Me ven un día de pie bajo el cielo y a pesar de mi elevada posición me han considerado siempre como un infeliz. Durante un cierto tiempo te han colgado mi nombre, pero sin ninguna razón, me parece, no se me puede echar nada en cara a ese respecto.”
Daniel Nothafft, “músico que vive su condición artística con pleno radicalismo y que lucha contra la decadencia moral y espiritual de su época”, está en el pináculo de su desesperación. Le han quemado todos los manuscritos de sus composiciones, muerto carbonizado el anciano Jordá y desaparecida la incendiaria Felipina.
Me confiaba metafóricamente un amigo de aquella época:
Un día cualquiera podés encontrarte frente a lo que fuera tu casa, destruida por el fuego con todo lo que había en su interior, aún tu seres más queridos, y sin embargo vos estás vivo, en la vereda, contemplando horrorizado esa pérdida absoluta y total. Eso es lo que a mí me pasó.”
“Holocausto” es una palabra de origen griega, que significa “sacrificio por fuego”.

Jacob Wassermann intuyó ese horror al instaurarse el nazismo, y compuso en 1921 “Mi camino como alemán y como judío”. De entre sus 44 novelas, recopilaciones de relatos y cinco obras teatrales hay que mencionar su inicial Los judíos de Zirndorf (1897), que relata los problemas mesiánicos de la comunidad judía de Zirndorf. La clarividencia de una humanidad desalmada se manifiesta genialmente en “Caspar Hauser o la inercia del corazón” donde narra la historia misteriosa del niño salvaje rescatado en Núremberg y asesinado poco después, asunto que Herzog llevó magistralmente al cine.
¿Qué cosas puede decir el Hombrecillo de los Gansos con el aire aún cargado de olor a humo?
Una tumba al lado de otras tumbas.”

La hierba crece de nuevo; la soledad la engulle.”
Has adquirido mucha experiencia. Es evidente que todo aquel que quiere crear necesita, como nadie de la experiencia de la vida; he aquí su leche materna, he aquí la raigambre de donde nacen las formas y las imágenes. Pero hay dos maneras de adquirir experiencia.

Muchos viven y no obstante no viven, sufren y sin embargo no sufren. ¿En qué consiste el pecado humano? En la insensibilidad, en la ociosidad. Es necesario apartar primero un concepto de grandeza, completamente establecido y falso. Pero ¿qué es grandeza? La satisfacción tan sólo de una serie de pequeños deberes.


Estuviste en tu punto; no hay duda alguna, estuviste en tu punto. Toda la vida a fluido a tu alma, y tú has vivido en la torre de marfil. Tu alma estuvo bien guardada; a partir del principio, bien guardada. Como cuando un nadador se unta con lanolina antes de echarse al agua. Tú has sufrido; el veneno de la túnica de Deyanira que has llevado ha quemado tu piel, y este dolor se ha transformado en dulce melodía. Así son los creadores, invulnerables e inasequible; así los imaginas tú,¿ no es verdad? Monstruos que toman sobre sí la cruz del mundo y que no obstante se alzan en medio del dolor por su propio destino. Así eres tú; así pareces hoy, a tus cuarenta y dos años de edad.


Si por lo menos hubieses preferido vivir en la torre de marfil ¡ ¡Si por lo menos hubieses vivido, vivido de una manera franca y completamente humana, no como un hombre desnudo en un matorral espinoso! Entonces hubieras sido atropellado, pero tu amor habría sido real; la mentira real, el odio que has sentido real; el ludibrio y la traición reales; y hasta las sombras de tus muertos habrían tenido realidad. Y el veneno de la túnica de Deyanira no habría quemado tu piel únicamente; habrá penetrado en tu sangre, hasta lo más recóndito, hasta lo más sagrado de tu corazón. Entonces tu obra no hubiera crecido en medio de la lucha contra tu taciturnidad y tu limitado tormento, sin la libertad ante los hombres, sin ser bendecida por Dios. No te imagines que has soportado el dolor del mundo; has soportado el tuyo propio, amante sin amor, egoísta sin personalidad, inhumano como has sido, ¡Incivil!”
De resultas de esta relectura se me ocurre que este hombrecillo porta el discurso perverso de la vida, resignación de mercado. Ahogará los sollozos de Daniel Nothafft, y lo arrastrará, intercambiando papeles, a ocupar su lugar en el sitial de la plaza, Desde allí Daniel tendrá una experiencia semejante a la del que observara el Aleph o Siddhartha, contemplando el río. Cierto que con el real hay que arreglárselas. No hay otra. Pero me pregunto si después de todo el autor, como la vida, obran indiferente al clamor humano elevando un mensaje conformista pretencioso de sabiduría y descalificador de la protesta existencial.

¡Una tumba al lado de otras tumbas!

¡La hierba crece de nuevo; la soledad la engulle!

¡Cuándo no las tumbas colectivas o los cuerpos sin sepultura a merced de las aves de rapiña!

Unamuno escribió: "Vivid de tal suerte que el morir sea para vosotros una suprema injusticia”.

Releo con displacer a Wassermann:
Apartando la mirada del fantasma, ser primero un hombre para poder llegar a ser un creador.

Si eres hombre, hombre de verdad, entonces tal vez ni habrá necesidad de la obra; entonces, quizá la fuerza y la grandeza irradiarán de ti mismo. ¿No son, por ventura todas las obras, simplemente rodeos del hombre, simplemente intentos de manifestarse? Si la obra devora todo el amor, ¿dónde queda el hombre? ¿No amaste más a una mascarilla de yeso que a los rostros que lloraban a tu lado?”
Wassermann se las arregla para que el remedio que aplica parezca efectivo. Final feliz. Daniel rodeado de discípulos y una ejecución de órgano, sin partituras pero plena de autenticidad que congrega espontáneamente a la gente y “las arranca inesperadamente de su trivialidad, de su inferioridad.”
¿Esta frase trasunta el exceso de superioridad del espíritu nazi?
Una mirada lateral a la comparación burlona que hacía el pueblo de Daniel Nothafft con el hombrecillo de los gansos, le significó sostener a dos mujeres bajo los brazos. ¿Por qué no dos penes?

Estaba también la música. ¿Podría Daniel Nothafft vincularse con Richard Wagmer que se casó dos veces, con Minna Planer y Cósima Liszt y aún amante de Matilde Wesendonk?

El deseo, el erotismo sensual, el amor libre, el adulterio, el incesto exceden las óperas de Wagner y tal vez su vida social.

No acababa de recuperar el recuerdo de quien le recomendara la lectura de “el hombrecillo” relacionándolo con la vida del músico. En el exceso, la vida íntima de los hombres se iguala y confunde, independientemente del talento y el trabajo que los distingue.

A esta altura ya no tenía ganas de investigar. Al fin su amigo había desacreditado sus escritos y había un importante asunto pendiente.

Concluyó la lectura de Wassermann.
Un joven pregunta al final de la novela:
“-¿Y la obra, maestro?”
Daniel se limitó a sonreír; su mirada se fijó en el paisaje. Múltiple matices armonizaban o contrastaban en la verdegueante lejanía, en los estanque la hierba era tan alta, tan alta a veces, que sólo se percibían los picos de las manadas de gansos que, si no fuera por sus gritos, se los confundirían con flores milagrosas dotadas de movimiento.”
Horripilante su interpretación última de la fusión de gritos desgarradores con el engaño de cánticos y flores en el portal de la muerte.
Podría seguir redactando, no faltaba asunto que le impidiera continuar con su demostración, pero ya le resultaba ocioso. Extenderse con otros enunciados sería repetirse sin alterar la concepción de cómo el exceso sustenta el paso de la vida complicando el breve hacerse cargo del destino individual.
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