No es posible comenzar un poema sin una parcela de error acerca de sí mismo y el mundo, sin una brizna de inocencia en las primeras palabras”




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Capítulo XI
La situación se invertía. Tenía entre sus manos una obra de aquel amigo que había considerado la suya con atención y paciencia. Le tocaba ahora retribuirle con la misma aplicación e interés. Su libro se titulaba “La complicada levedad del ser”. El texto había sido elaborado desde una circunstancia bien concreta, incluía también un sueño.

Tras la desbastadora sorpresa por la muerte de la esposa había iniciado un largo examen de sentimientos y excesos en la convivencia: sus confesiones eran absolutamente sinceras y anhelantes de esclarecimiento; los tiempos de felicidad y de dolor, a través de etapas recorridas por lo recóndito de su memoria, incluían análisis y descripciones veraces, sin concesiones de apelación. La gran cuestión, como una vez le comentara, era el logro de “amar y ser-amado”, aquello que considerara el programa de Dios.

Sus padecimientos por reveses en lo intentado y esperado, culpabilidades, la oblación de amor y sus caídas, incomprensión, falencias de la intimidad, desafortunados juegos compensadores, poblaban las primeras páginas como una crónica de frustración anunciada

Al ofrecer su lectura dejaba bien claro que no esperaba ni conllevaría juicio alguno, ya que habría alcanzado por sí mismo, acicateado por la pérdida, el discernimiento de su propia conducta y una comprensión de la levedad del espíritu humano, impulsado aquí y allá, contra toda previsión y anhelo de consistencias.

Con todo, su fe sustentaba la esperanza que la vida en nuestras manos no fuera más que un borrador o bosquejo, que Dios corregiría devolviéndonos todo lo que se hubiera desaprovechado.

Tuvo ocasión de volver a viajar camino al santuario de Fátima, llevando con él la foto de su esposa. Había iniciado el viaje un día encapotado y lluvioso; llegado al santuario, espontáneamente, el cielo se abrió profundo y espléndido sintiéndolo como la sonrisa inocente de un niño feliz de tener toda una vida por delante. Se preguntó a sí mismo si ella le sonreía.

La devolución tardó en llegar, el tiempo devoró dos martes. Aprovechó a releer sus comentarios con el temor de reavivar heridas.

Repasó el capítulo en el cual, en la magnificencia de la naturaleza, alcanza la certidumbre de Dios. Experiencia intransmisible a cuestionadores inveterados, como consideraba a su mujer, o a espíritus juveniles, sus hijos, francos usufructadores de los beneficios de la gracia sin profundización religiosa. ¿Cómo no reconocer a Dios en sus obras visibles? Acomodarse a ello no es sencillo para quién ha querido hacer de esto su docencia.

Asumía tras la lectura, que en la relación que sostuvieran, él también había desechado temas pertinentes sujetos a discusión, para no alterar conflictivamente el curso tranquilo de la amistad, frustrando las aperturas prioritarias del amigo.

No hubieran sido sus polémicas creencias contra creencias, sino enfrentar certezas. La inmediatez de una experiencia singular de revelación, como la que le había acaecido, supera la creencia y obstaculiza el diálogo, las certezas anulan la posibilidad de discusión, haciendo sólo factible en el convencido, la prédica, la pasividad o la intolerancia.
En cuanto a sí, su argumento del plan de la vida, sustentado en enunciados, pudiera que mantuviese oculto en algún lugar del espíritu un dispositivo de la fe, pese a la falta de comprensión de las tendencias esenciales que pudieran dar vida a Sus criaturas.

En definitiva, así como su amigo soportaba lo real de un duelo sin perder la esperanza del reencuentro, él padecía una nostalgia sin remedio por la juventud y el apagarse de la belleza. Solía atisbar codiciosamente, como a través de una cerradura, fotos antiguas que atesoraban aquel encanto y que la hacían ininteligible un propósito divino.

Como el Dante enamorado de una niña muerta, o Machado de Leonor, con la mayor de las patencias de lo que nos priva el tiempo, habría de terminar sus días en la certeza del acabamiento.

Se le exteriorizó entonces una vuelta de tuerca en la interpretación de aquel sueño con el cual había iniciado sus escritos:
[Creí incorporarme del lecho siendo Machado. Salí y me encaminé decidido y mal calzado hacia un área del barrio, figurando edificios de arquitectura ibérica que remedaban los de Sevilla o de Castilla.

Mi mujer se extrañó de mi partida y a poco de andar, cuando su gesto a mi espalda se hacía borroso, advertí y obedecí la señal de regresar.

Era lo adecuado. Retomé mis pasos y volví a su lado.

A fin de explicar mi salida le ofrecí repasar unas notas escritas minutos antes. Para mi asombro, descubrí que consistían en unas pocas palabras repetidas e incoherentes que no explicaban nada, lo que me llevó a suponer que estaba soñando. El ensueño continuaba con visos de realidad dándose un diálogo que se desvaneció al fin con el auténtico despertar.]
El apagamiento culposo del amor: ¿no sería la persistencia de imágenes que lo excluían del pasado?

Su caminata solitaria, melancólica y triste hacia un espacio congelado en el tiempo: ¿la pesadumbre inicua de la nostalgia?

El llamado de la mujer: ¿la tenue voz de Cristo?

La apelación a sus notas oníricas: ¿el intento de iluminar la esperanza de un despertar?

Aquel sentimiento de soledad y desamparo que provocara el susurro del ciego a su oído: ¿la razón de ignorar otra señal?

Al fin y al cabo; ¿Quién o qué nos susurra en los sueños?

Sintió que no podía darle un final a sus escritos; al menos imaginar la conclusión, tras su ausencia, en palabras de otro.
Monseñor tenía noventa y dos años. Era infaltable su visita en Pascua y en Navidad.

Su conocimiento databa de cuarenta años; bien podría llamarse amistad, aunque otras fueran sus formas y dignidades.

La explicitación de este vínculo no tiene razón de ser en este relato. Sí concierne que aquel domingo de Semana Santa, tras recibir su saludo telefónico y no contando ya con la acostumbrada visita dada las dificultades justificables de la elevada edad, Monseñor, se hizo conducir por la tarde al hogar del matrimonio.

Inesperadamente, al saludarlo, le obsequió con un libro.

Era el texto de una entrevista realizada al Papa, por Peter Seewald, periodista y escritor independiente. A la par, puso en sus manos, a título de préstamo, el libro de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, “Jesús de Nazaret: Primera Parte: Desde el Bautismo a la Transfiguración”

Recordemos el cierre que había dado a los escritos que titulara “Excesos”:

“… la conclusión en palabras de Otro.”
Relacionó los hechos. Más aún, supuso que esa visita fuera una nueva señal frente a la cual debiera claudicar al fin su tesitura, por lo que el sorpresivo enunciado le intimó y condujo a una atenta lectura y meditación.

Podría acusársele de obstinación, quizá de especular con los tiempos de la certeza, mientras las hojas del calendario seguían cayendo sin pausa.

Su posición agnóstica le angustiaba en la medida de la aproximación escéptica y nihilista, o la relegación de toda religiosidad a fenómenos culturales o históricos desprovistos en él de una auténtica vivencia.
Mi rostro no puedes ver”

Podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás”
En la esperanza y posibilidad de conocerlo radicaba la salvación: responder con la gratitud y adhesión de un hijo, llegar a ser a su imagen y semejanza, y con ello celebrar la vida y excluir la muerte.

Con esta interpretación resultaba resuelta la consabida polémica sobre el libre albedrío: Si el Creador habría dotado a su criatura singular de semejante condición, lo habría concedido como un padre que espera correspondencia y sumisión. Cristo redime la larga negligencia y torpeza a los hombres con su sacrificio en la cruz, y deja para siempre en piedra (Pedro, pilar de la Iglesia) la revelación de la creación y de nuestra responsabilidad

Sin embargo, había cierta peculiaridad en la circunstancia de su existencia que meritaba comprensión por sus vacilaciones: el hombre era al fin un solitario acosado por los discursos y los sueños, implicado en lo incognoscible de su inconsciente, fugitivo de toda propuesta por considerarla ilusoria, con el consiguiente desgano de la necesidad de un alma inmortal, que termina ubicando al fin, la nada en el lugar de Dios.

Pero Cristo era a la vez un cable de alta tensión, que de asirlo, sería difícil, sino imposible, soltarlo o no darle una respuesta.
Trajo a su consideración dos lecturas que le habían impresionado: de Hesse y Tolstói

El príncipe Siddharta renuncia a su vida palaciega cuando conoce la vejez, la miseria y la enfermedad y tras largo peregrinar alcanza la sabiduría, intrasmisible. Puede darse el saber pero no la sabiduría.

La extensa reflexión de Hermann Hesse al final de “Siddharta” adopta la intuición de ella en la amorosa conexión entre maestro y discípulo:
-Siddharta -empezó-, hemos llegado a ser hombres viejos. Difícilmente en esta vida volveremos a encontrarnos. Veo, amigo, que has hallado la paz. Yo te confieso que no la he conseguido. ¡Dime, venerable, una palabra más! ¡Dame algo para el camino, algo que pueda entender y comprender! Concédeme algo para ese camino. Frecuentemente mi marcha es difícil y sombría, Siddharta.

Siddharta no pronunció palabra; le miró con sonrisa tranquila, siempre igual. Govinda clavó su vista fijamente en su rostro, con temor, con anhelo. Su mirada expresaba sufrimiento y una búsqueda eterna y un eterno rastrear.

Siddharta le observó y sonrió.
- ¡ Acércate a mí! - susurró al oído de Govinda -. ¡ Acércate a mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! Y ahora, ¡besa mi frente, Govinda!
Tolstói, en sus “Confesiones”, cuenta que abandona su clase social, pues las condiciones de lujo le impiden comprender la vida del pueblo trabajador y la posibilidad de salvar o perder el alma. Ello dependía, según el mandato divino transmitido por los pastores y la tradición que vive en la fe popular, en el renunciamiento a los placeres sensuales; trabajar y sufrir, ser humilde y misericordioso.

La esencia de la fe era dar a la vida un sentido que no se destruyera con la muerte.

En los primeros pasos de su conversión cumplió con lo sacramental y los oficios religiosos, íconos y ayunos silenciando sus resistencias que los repelían. No dejó de sujetarse a la infalibilidad del dogma eclesiástico como comunidad de hombres unidos por el amor supremo, orientados por el Credo de Nicea8, sin terminar, sin embargo de entenderlo racionalmente.

Los dos tercios del oficio y de la celebración de las fiestas principales no tenían explicación para él, por lo que temió estar destruyendo su relación con Dios perdiendo la posibilidad de creer.

Por tres años se sujetó a la ortodoxia inventando explicaciones tranquilizadoras, y pensando que toda defección era una forma de su maldad. Suponía arrancarla de su alma con la confesión, hasta que un día su sentimiento se quebró frente a la comunión no pudiendo desde allí cumplir los sacramentos.

Escuchó más hondamente la fe del pueblo, historias de mártires que habían hallado la salvación aunque no supieran las enseñanzas de la Iglesia, y cuando más se acercaba a los instruidos se le hacían más acuciantes las contradicciones y los hilos de la mentira.

Luego se abatió por conocimiento de otras Iglesias, donde hombres de moral elevada y verdaderos creyentes disputaban por la posesión de la verdad. En sus cultos, junto a cosas verdaderas, había otras que eran mentiras. De esas divergencias surgía la enemistad, la desunión en el amor, la hostilidad y la violencia. Prestó atención a lo que se hacía en nombre de la religión y horrorizado renunció casi por completo a la ortodoxia.

Supuso entonces que la mentira y la verdad partían de la santa tradición y se vio llevado por fuerza a profundizar en las Escrituras, análisis que hasta entonces le había dado mucho miedo realizar.

Supuso que algún día daría fin a su investigación y podría publicarla en algún lugar. Pensaba también que la explicación de todas las cosas, como su origen, debían permanecer ocultos en el infinito.

Tolstói cierra sus Confesiones con el relato de un sueño que reedita y resuelve una fábula oriental expuesta en sus primeras páginas: la de un hombre que para escapar de un fiera se arroja a un pozo y se prende a una rama a tiempo que descubre en el fondo a otra bestia amenazante. Aparecen dos ratones que comienzan a roer el arbusto que lo sostiene, en una de cuyas hojas están depositadas dos gotas de su miel. Con todo Se arregla el hombre para saborearlas pese a lo precario de su situación

En el sueño, con el cual cierra sus confesiones, es ahora una cuerda de su lecho sobre la cual descansaba la mitad su cuerpo la que lo sostiene y por la cual percibe no será posible caer.
Todo se volvió claro para mí, y yo estaba contento y en paz. Entonces fue, como si alguien me dijera: “Atención, acuérdate”. Y me desperté”
Tras la evocación de Hesse y Tostói reflexionó que disponía de tantas respuestas como ilusiones. El dominio del verbo podía presentar el engaño como una construcción gloriosa. Muchas ilusiones lo fueron. El error del navegante hacia las Indias brindaron las Américas, y las ilusiones de los alquimistas fueron el evento pre científico de la química moderna. La ilusión cuenta con un futuro asegurado mientras no cedan los deseos de los hombres y soporten el derrumbamiento de sus fantasías.

Contradictoriamente, la razón y a la ciencia pudieran ser causas del extravío del hombre.

Joseph Ratzinger, en su análisis de las tentaciones de Jesús, estigmatizaba a ambas de tal modo, que hacía del debate teológico entre Jesús y el Diablo una disputa válida de todos los tiempos sobre la correcta interpretación bíblica y la divinidad, aclarando:
Es propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor: abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejora del mundo. Además se presenta con la pretensión del verdadero realismo. Lo real es lo que se constata: poder y pan. Ante ello, las cosas de Dios aparecen irreales, un mundo secundario que realmente no se necesita.

La cuestión es Dios: ¿es verdad o no que Él es el real de la realidad misma? ¿Es Él mismo el Bueno o debemos inventar nosotros mismos lo que es bueno? La cuestión de Dios es el interrogante fundamental que nos pone en la encrucijada de la existencia humana.”

Martín Heidegger frente al “Dios ha muerto” de Nietzsche confirma la “decadencia esencial de lo suprasensible.” Aun Michel Onfray, comentando con acritud en su “Tratado de ateología”, no puede dejar de señalar la tensión y riesgo por la negación de la divinidad.
¿Dios ha muerto? Está por verse... Tan buena noticia habría producido efectos solares de los que esperamos siempre, aunque en vano, la menor prueba. En lugar de que dicha desaparición haya dejado al descubierto un campo fecundo, más bien percibimos el nihilismo, el culto a lo fútil, la pasión por la nada, el gusto malsano por lo sombrío propio del fin de las civilizaciones, la fascinación por los abismos y los agujeros sin fondo donde perdemos el alma, e cuerpo, la identidad, el ser y el interés por todo. Cuadro siniestro, apocalipsis deprimente...”
O la profunda ironía de Alain Bosquet para con Dios o para con el hombre.
No te suicides Señor; he aquí que aparece una orquídea entre las ruinas; no te suicides Señor; he aquí que renace el arroyo del cráter de una bomba;

No te suicides Señor; el cielo ha puesto escarcha sobre el rostro acuchillado, el océano ha curado su herida con un vendaje de coral.

Escucha Señor; tu universo que era infantil como el cartílago, míralo arrepentido de su primer arrebato, de su mayor desobediencia; los cometas continúan viajando, como berlinas tras un alto en la encrucijada de dos terrores;

El azul del cielo se ha hecho más profundo por haber sido un poco rapaz;

la aurora se ha hecho más bella por haber estado a punto de no regresar nunca.

El mundo no ha cambiado tanto Señor:

Mira esa aldea, cuántas cascadas podrán brotar de su charca, cuántos álamos de sus ortigas.

El mundo no ha sufrido tanto Señor:

y brota la espiga del trigo en la órbita de los que murieron de hambre,

y las niñas que saltan la cuerda bajo las sombras de los que fueron decapitados.

La cosa no es tan trágica Señor,

ya que existe el camino sin fin donde hasta el exilio es olvidado,

ya que existe el viento tan suave que en él los suspiros son alegres,

Ya que existe todo lo que grita el inmenso placer de estar vivo.
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