No es posible comenzar un poema sin una parcela de error acerca de sí mismo y el mundo, sin una brizna de inocencia en las primeras palabras”




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Capítulo XII
No hubiera sido posible reanudar sus diálogos. Un doble silencio operaba sobre ambos aunque continuaran comunicándose. Uno, mientras tanto, agotaba sus recursos para vivir lo más saludablemente posible y volver a viajar: de todas maneras ya tenía programada su inmortalidad.

El otro asumía no corresponderle ser un factor de disonancia frente a la certeza del amigo. Su dilemática, por otra parte, era superflua para un no creyente, careciendo a la vez de una respuesta definida frente al vacilante, razón por la cual no atinaba darle un destinatario a sus escritos.

Se preguntaba en su jubileo ¿para quién su palabra ahora?

Sus vínculos familiares eran ricos y estimulantes, aunque no dejaba de contemplar desde la ventana de su estudio el mismo árbol que cambia de color según las estaciones, y que parecía ahora eternizarse en gris.

Sus reflexiones se demoraban en escritos sin retorno.

De pronto advirtió que tras las ramas sin follaje del invierno se recortaba el azul del cielo. Sosegado intentó un paseo por la plaza de su ciudad.

Frente al gentío anónimo de vendedores del domingo y vecinos desconocidos recordó al hombrecillo de los gansos proponiéndole ocupar el sitial del mercado, mas no había ni proscenio, púlpito o tarima. Nada que decir. No había pizarra; ni palabras propias o ajenas, sólo rumores y murmullos, Otra forma de enunciado.

Ensayó la mirada sobre objetos, no a los rostros. Extrañas cosas: alambres retorcidos que semejaban figuras, botellas deformadas o pintadas, tallas, films, pulseras. Trastos para la soledad. Nostalgia del aula. Ausencia de discípulo y camarada.

Otra vez:

“-¿Y la obra, maestro?”

Cerró los ojos durante unos pocos pasos, simulando estar muerto. En realidad no había nada que decir ni mucho que ver.

La respuesta se insinuaba tendenciosa: como si anunciara la necesidad de orar.

Más tarde fueron, además de las lecturas, noches de cine que solían aportarle elementos a su reflexión; fuente poco académica aunque no vergonzante:

Tras dos largas horas de ateísmo recalcitrante, el protagonista, en la última escena, moja sus dedos en agua bendita para apagar la única vela de la capilla que ha quedado encendida. A punto de hacerlo detiene la pinza de sus dedos sobre la tenue llama. La deja flameando, se vuelve y se marcha tras su irresolución.

O el pertinaz que cede en el momento de la extremaunción, para decepción de quien lo tomara como modelo de nihilismo.

Los guionistas no arriesgan una última palabra. Le llaman finales abiertos.

En el plano moral alguno se atreve hacer válido “lo que funcione”.

Repite que “la vida es sonido y furia”, pero al fin todo lo borra el tiempo.

Por lo tanto sólo parecería importar el presente en una secuela de cambios y conversiones.

De allí, y a contramano de la circunstancia de caducidad, el nacimiento como rebeliones humanas, de la tragedia, el drama, la lírica, la comedia, los buceos filosóficos, la deriva religiosa, la leyenda. Pulsiones de trascendencia circunscribiendo espacios-tiempo particulares -relatos, historias clínicas, sucesos reales o imaginarios, vínculos abstractos, creaciones artísticas….-para protagonismo del sí mismo o del otro, aspiraciones de ser-amado y de fervor por el -ser amado- en el fugaz período de sus existencias.

A pesar de la incredulidad que merodeaba sus escritos, su espíritu forjado en la fe docente, volvió a reencontrarse con un testimonio de la fe sarmientina en la esperanza de un porvenir.

Aunque nuestra alma sea inmortal, la vida, en los estrechos límites que la naturaleza ha asignado al hombre, es pasajera. Pero la especie humana se perpetúa hace mil siglos, dejando tras sí, entre el humo de las generaciones que se disipan en el espacio, una corriente de chispas que brillan un momento, y pueden, según su intensidad y duración, convertirse en luminares, en llama viva, en rayos perpetuos de luz, que pasen de una a otra generación, y se irradien de un pueblo a otro, de un siglo a otro siglo, hasta asociarse a todos los progresos futuros de la sociedad y ser parte del alma humana.”
Increíble le resultó este vernáculo enunciado que lo acercaba a las creencias de Teilhard de Chardin. En principio no rechaza la posibilidad de un alma inmortal, aunque inmediatamente se ajusta a la evidencia de la caducidad de la vida, pero al mismo tiempo jerarquiza la existencia humana por su extensión a través de milenios, rescatando retrospectivamente sus destellos de excelencia y postulando al fin su perdurabilidad y acrecentamiento. Supera la reducción biologista con la postulación de un desarrollo social y espiritual, integrado otra vez en la concepción de un alma enriquecida, tal vez en el umbral de la trascendencia.

Este hallazgo podría ser un final suficiente para concluir su narrativa, o tal vez pergeñar un sueño equivalente a una ilusión restitutiva dónde ni Leonor ni Beatriz habrían muerto y Cristo hasta hubiera resucitado.

(Referencias y enunciados)
Toda obra pretendidamente seria debía incluir académicamente una bibliografía.

Convencido de haber cerrado sus escritos, tal ordenación sería para el caso demasiado dispersa y aleatoria. De hecho, no se habían convocado fundamentos sino lo que al pasar pudiera dar alguna referencia indudabledel exceso, por lo que quedaba en deuda con mucha gente:

Del amigo, su aporte. Fue el primer inspirador. Le debía la originalidad del tema que él, a su vez, pensaba desarrollar: “Ser- amado y/o ser amado”

Bromeando con la idea del plagio y la apropiación, le había pedido que con generosidad de docente le permitiera interpretar el asunto como si se tratase del título de una redacción encargada a sus alumnos.

La verdad residía en que ya el título era la creación. Contiene, más que el goce, la fórmula fundamental de la existencia: es para el cristiano de convicción, el “plan de Dios”.

Tras su autorización, aunque compartieran el anhelo de conformar esa fórmula durante el vivir, había entrampado profanamente el tema en el exceso perverso del “plan de la vida” que complica la realización del ideal.

Del mayor de sus hijos, su sentido crítico. Despiadado a veces pero medulosa su deconstrucción motivada al fin en la sana intención de que desplegara su propia identidad como literato.

De los otros, la noble confianza en la espera.

De su esposa, el estímulo constante y el misterio de cómo se puede dar tanto sin dejar de ser uno mismo.

De su compañera, su paciente lectura y comentarios, anudada con muchísimas horas de investigaciones y estudios compartidos.

De Antonio Machado: la larga compañía.

De Roland Barthes,” Fragmentos del discurso amoroso” que le permitió justificar el formato y enriquecer el texto, para concluir al fin en esta “tábula gratulatoria”
A las referencias debía sumar ahora enunciados que sostuvieron la trama de sus fundamentos.

Un poema a pie de página pertenece a Marta Delia Miras: era cierto que la fe de otros lo conmovía:

Duerme Jesús mientras el viento atiza

las aguas con furor intimidante.

Su barca vira en rumbo delirante,

parece que el oleaje la destriza.

De su sueño lo arrancan, vuela a prisa

el pánico, siniestro tripulante,

la tempestad se deshilacha en brisa.

“… ¿Dónde está vuestra fe? _ “Grave reproche

que me conturba el alma alguna noche

cuando rindo el timón a mi locura.

¿Qué borrasca ha de hacerme zozobrar

si navego Contigo en el mar

y he confiado a tu Amor mi singladura?
De P.H. Gosse la hipótesis formulada en el libro Omphalos comentada por Stephen J. Gould en “La sonrisa del flamenco”, según la cual todas las huellas geológicas y fósiles del origen y la evolución de las especies, así como el simulacro de la historia, son un regalo de Dios a modo de compensación cuando la creación del mundo, para hacer soportable al hombre su propia existencia desarraigada.
Abrevó en “El demonio del mal” de Edgard Allan Poe, que podría brindarle letra para otros diálogos mórbidos.

En El cine de Alain Resnais, Akira Kurosowa, Michelangelo Antonioni y Alfred Hitchcock destacados de una lista interminable. El guión de Margarite Duras.

De un hijo suyo, el siguiente texto, cuya transcripción portaba un orgullo impúdico por tratarse de tal.
El cine es movimiento aparente, un nómada imposible frustrado por Zenón a clamar por una distancia que no le pertenece en el vaivén de un circuito-jaula de una fiera que da cuenta de la extinción de sus recursos.

Es a través de la mirada donde estalla la salida, el escape prometido a la vida, pero sólo son sombras las que se agolpan en el borde, enhebrando exánimes su tiempo ido.

Mientras que el cuadro fue soñado fijo y la estatua inmóvil, al cine se lo ha querido vivo; es por eso que le atañe la atadura.

El artificio de someter al espectador, como en el teatro o en el estadio, al rol pasivo frente al despliegue inusual del movimiento, palabras y cansancio físico, sirve para caldear la imagen, para que el fantasma se alimente.

Al arte le importa la inmortalidad, y tal vez el sello que guarda la mixtura de vida y cuadro, de movimiento sin espacio, de espacio de todos modos, sea la apuesta híbrida de esa necesidad.

En el cine el espectáculo lo dan los muertos, no los objetos detallados, la obra material, los objetos tangibles que de hecho también se desmoronan, y el espectáculo resulta de fingir ser vivos, copresentes, interpelados por la curiosidad de quien se detiene en la actividad propia de esa trama.

La trama es el destino del film, es quien distribuye la muerte, la posibilidad, es el motor de la utilería del tiempo, que condensa, condena, detiene y suspende el transcurrir de otros.

Los espectadores fijos a la pantalla persisten en un tiempo acodado, tiempo robado, se deslizan con la mecánica del plano, de la toma, parpadean al ritmo del montaje, trocan sus ojos en la historia.

La mirada es el principal legado del film, la unilateralidad del encuadre, la omnisciencia del campo y contracampo dan la pauta de que uno es la mirada y no algún otro personaje. Cuando en el film lo visto es contingente, los objetos y personas son el paisaje de ese mirar que persiste como los propios ojos; es licito preguntar por quién pervive.

Esa mirada que ya declara muertos a la porción, a la colección de personas y acciones por apostar en su propia eternidad, esos ojos que no mueren, a veces no son mis ojos.

Existe en un pasado común algo atávico que nos fija en una caverna, somos muchos los guarnecidos frente a la inclemencia de intemperie, de la persecución, y también los presos de su subterránea lógica.

Platón ubica en su caverna a hombres engrillados obligados desde niños a una pantalla donde un fuego proyecta un pésimo film. Quien es liberado, descubre la fuerte luz del fuego, encegueciéndose más frente al mismo sol. No sabe aún que lo que cree real son sombras, pero siente compasión. El dar la vuelta, periagogé, hacia la luz es doloroso e implica la verdadera vocación de una verdad, pero enceguecido por la luz hace el ridículo con sus compañeros desconociendo los fantasmas de sombra de esa vieja realidad que ya no lo contienen.

Dos cegueras y una elección.

Acostumbrar lentamente el ojo a la luz, o vivir con la luz en la conciencia en medio de la tinieblas.

Pero no solamente el filósofo escapa del cine como el crítico ya seguro de su aburrimiento, siguen sus pasos algunos concupiscentes, que buscan el solaz del baño.

Si la trampa del cinematógrafo no es la identificación, la fijación a la inmovilidad del espíritu, es entonces un tránsito, una experiencia alquímica de mezclar lo diurno y lo nocturno. La aventura, la bofetada en la oscuridad propinada en el laberinto al rey oriental que es aún para los hombres un dios. La violencia de la catábasis, del atávico encuentro con el oso que mora esa misma caverna, la profanación de la vieja tumba, el temido rito mistérico, el cementerio atencional de una fosa común.

El cine es una modificación del movimiento, una danza compleja sin el mundo, un proceso de nostalgia desde la rotura del ataúd, una aplomadura en los ojos que roza el sueño.

Una primera conversión la constituye el giro periagogé hacia el proyector, la luz en eclosión de motas de polvo, clinamen herido por el caos, es haz schreberiano de rayo solar seminal, estéril sobre la bidimensionalidad del plano. La oquedad de la bóveda, el preguntarse acerca del vitreaux que estalla su plomo en la recalentada lata ciclópea que enrolla lo que desenrolla una y otra vez a los ojos del Leviatán abutacado.

La coherencia del espacio de captura del cine no es la obligada morada del film.

Las artes, como las musas, encuentran su refugio en la álgida cumbre del Helicón.

Pero en el cuadro-fuera, se dirime una batalla por la mirada, el combate de los ojos se resigna entonces frente al desfile de vocación de lo que aparece y lo que sacrificadamente paga su precio sin aparecer, es la columna de voluntades lo que se trasluce en la pantalla, es la producción de una demanda, lo que en definitiva se aproxima al deseo.

La dureza se aplaca, y el film de nuestra retina se acopla a la experiencia de la misma mirada.
La referencia a científicos como Ilya Prigogine Alexsander Oparin, Stanley Miller Harold, Clayton Urey es respetuosa por sus aportes, no lo son tanto los comentarios sobre James Watson, Francis Crick, Maurice Wilkins, Linus Pauling, Craig Venter, Hamilton Smith, Robert Charles Gallo, Luc Montagnier, por cuestionamientos éticos.

La historia de Rosalin Franklin proyecta lamentablemente una sombra negativa sobre ellos, con lo cual supuso ilustrar el exceso de competitividad que deforma la naturaleza de las relaciones humanas y que no es ajena al plan de la vida de privilegiar a los más fuertes.
De Guterel, haciendo justicia.

De Dean Hamer, sus investigaciones sobre el “El Gen de Dios”

Javier Sádaba Garay retoma el tema desde su agnosticismo.

De Michel Onfray, “Teoría del cuerpo enamorado.”
En los versos que les consagra en el cuarto y último canto de las Geórgicas, Virgilio sintetiza el conjunto de los conocimientos de la Antigüedad sobre las abejas. Aristóteles, naturalmente, pero también Aristómaco, un filósofo emboscado durante cincuenta y ocho años para observarlas, y muchos otros posteriormente se encuentran inscritos en la poética virgiliana. Las moscas de miel pasan por disponer en sus pequeños cuerpos de una parcela de inteligencia divina, pues su organización parece una prueba de la existencia de Dios. Y así, los versos o las ideas del poeta bucólico se reencuentran en los textos evangélicos o patrológicos que definen a la abeja como modelo ético, como emblema moral.

Trabajadoras y beneméritas, devotas y virtuosas, castas y puras, prolíficas y gregarias, fieles y disciplinadas, infatigables y sometidas, visceralmente obedientes y ligeramente retrasadas, las abejas obtienen evidentemente los sufragios cristianos. Amantes de simbolismos a veces absurdos, los teólogos inspirados constatan que las abejas suelen desaparecer en el corazón de la colmena durante los tres meses de la estación de invierno. Durante estas largas semanas, se convierten en animales invisibles, aunque siguen viviendo. Tres meses y tres días: veamos aquí una señal indudable. Pues también el Cristo existe, aunque invisible, durante las tres jornadas que siguen a su muerte. Las abejas y Jesús crucificado reaparecen gloriosos y triunfantes, en la luz de los inviernos ontológicos.

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