I. El enigma del poblamiento de América




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Donde las piedras gimen”

El noroeste argentino
Por José Luis Muñoz Azpiri (h)


José Luis Muñoz Azpiri (h). Conferencista, publicista y docente, ha ejercido el periodismo en diversos medios nacionales y del exterior, entre los cuales se destaca: “Temática 2000”, “Vértice”, “Realidad Económica”, “Centinelas”, “Fundación, Política y Letras”, “El escarmiento”, “Plural”, “México Indígena”, “Revista Militar”, etc.
Ha dictado conferencias y organizado cursos en el Círculo del Plata, la Fundación Adolfo Alsina, el Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas, la Fundación Vida Silvestre y la Escuela de Defensa Nacional, entre otras instituciones, sobre temas relacionados con la historia de la ciencia Argentina, antropología y arqueología hispanoamericana, planificación ambiental y regional, antropología rural , geopolítica y relaciones internacionales.
Ha realizado diversos Trabajos de Campo relacionados con su especialidad y campañas arqueológicas en el país y el exterior.
Actualmente se desempeña como investigador en el Proyecto de Antropología Rural de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y ayudante del seminario de grado de la materia.
Columnista del diario La Nación (sección “Rincón Gaucho”, Suplemento Campo) y la revista “Vida Silvestre” (sección histórica : “Aventureros por Naturaleza”). Corresponsal de la revista “Diorama. Mensile di attualità culturali e metapolitiche” (Firenze-Italia)


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Donde las piedras gimen”
El noroeste argentino

I. El enigma del poblamiento de América
“…Como pasaron a las Indias los primeros pobladores de ellas, porque se ha de decir que pasaron no tanto navegando por mar como caminando por tierra… Y tengo para mi que el Nuevo Orbe e Indias Occidentales no ha mucho millares que lo habiten hombres, y que los primeros que entraron en ellas mas eran hombres salvajes y cazadores, que no gente de republica y pulida…”

Fray José de Acosta

Historia Natural y Moral de las Indias” (1590)


“¿Fueron cuarenta o sesenta mil años?”, se pregunta el arqueólogo peruano Luis Millones, las fechas más antiguas del poblamiento de América tienen el mismo sabor que las especulaciones legendarias de los cuentos de Hadas. Y, sin embargo, hacía ya muchísimo tiempo que el hombre deambulaba por el orbe. Organizado en bandas de cazadores se le animó al estrecho boreal – entonces un puente de tierra – para “descubrir”, sin percatarse de ello, una nueva tierra. Del ejercicio de la caza se desprende que no resulta difícil agotar determinado ambiente. Por simple depredación, el área inmediata al establecimiento de la banda puede quedar exhausta en poco tiempo, lo que obliga a extender el radio de acción de los cazadores y a vivir una constante migración.

No imaginemos ese tránsito como el Éxodo del pueblo judío, ni como una búsqueda consciente de una “tierra prometida”. El viaje por lo que entonces era tierra firme pudo ser recorrido en una y otra dirección, en una suerte de diástole y sístole, de avances y retrocesos, permitiendo también que otros seres vivos, como el caballo americano o lo camélidos fuesen también en sentido contrario a los inadvertidos migrantes.

“El debate sobre los primeros americanos puede destrozar los nervios de los hombres más pacientes del mundo” dijo, no hace mucho, el arqueólogo argentino José Luis Lanata. La resignación obedece a que la llegada de los primeros grupos humanos al continente constituye “un rompecabezas de muchas combinaciones”. Hoy, el estudio de los primeros americanos pasa por un momento de confusión científica: las teorías establecidas se sacuden hasta sus raíces y las nuevas ideas se amontonan por todas partes, ideas sobre botes de Asia, naves prehistóricas de España, arribo hace 30.000 años, arribo hace 13.500 años, fenicios, vikingos, atlantes y hasta … extraterrestres. Una profusa producción editorial, que comenzó apenas llegadas las primeras noticias del Descubrimiento al Viejo Mundo, dio cuenta de las teorías más inverosímiles acerca del origen y naturaleza de los “naturales de la tierra”, que culminaron a fines del siglo XX en el llamado “realismo mágico” de autores como Bergier, Pauwels y sobre todo Von Däniken ( este último, que llegó a vender 51 millones de libros sólo en Estados Unidos, durante la dictadura de 1976 fue recibido por la Universidad de Córdoba ¡que lo declaró huésped oficial!), un verdadero festival de románticos, alucinados y comerciantes.

Los datos que se manejan en la actualidad nos indican, que la familia y el género biológico al que pertenece nuestra especie (homínida y homo respectivamente) tuvieron origen el Viejo Mundo y más exactamente en África, hace unos 3 o 4 millones de años. También se supone que los primeros que salieron de África hace unos 1,6 millones de años, pertenecía a la especie denominada Homo Erectus, y que el hombre moderno existe, al menos desde hace 100.000 años.

Pablo Peláez destaca que “si todo es correcto, en algún momento luego de esta fecha, habrían llegado los habitantes del Nuevo Mundo. Se discutió mucho cuándo llegaron, como por dónde llegaron”.

Más del 99% de la historia de la humanidad está caracterizada por la integración de los pueblos recolectores, pescadores y cazadores a la naturaleza. Estos primeros hombres se adaptaron al medio, sin afectar la autorregulación del sistema. No destruían masivamente las selvas ni las plantas No exterminaban las especies animales sino que consumían las que eran imprescindibles para subsistir. Su dieta se hacia en base a lo que proporcionaba el medio natural. Fueron capaces de generar una tecnología, no debidamente evaluada todavía por los científicos modernos. Tenían otros valores y otra etología con respecto a la naturaleza.

No se pretende idealizar a estos pueblos recolectores ni presentar una imagen de plena armonía entre estos hombres y la naturaleza como la que difunden en la actualidad ciertos grupos ecologistas, tal vez como reacción a los innegables excesos de la voracidad de un capitalismo irracional. Simplemente, se pretende señalar que en esta fase de la historia, el hombre alcanzó una mejor integración al ecosistema que en otras etapas posteriores. Si las sociedades humanas durante el 99,75% de su existencia en este planeta se comportaron como parte integral de nuestra ecosfera (antes de la invención de la escritura hace 10.000 años y de la industria hace más de 200 años) no es razonable suponer que tal comportamiento no está sujeto a leyes.

El período recolector constituye el 95% de la historia del hombre americano, ya que transcurre desde unos cien mil años, antes de comenzar las “larga marcha” que lo conduciría al Nuevo Mundo hasta los tres mil años antes de nuestra era. Posteriormente, durante la fase agroalfarera, la colonia española y la república, sobrevivieron algunos de los pueblos recolectores, pescadores y cazadores, aunque diezmados y discriminados por los colonizadores blancos. Por eso, cuando se establece un período recolector hasta el año 3.000 a.C. no se quiere decir que en esa fecha se haya cortado el proceso de esa cultura en forma definitiva. Sólo se quiere destacar que ese fue su período de auge.

Apunta Luis Vitale (1) que para los investigadores que ponen el acento en los hechos de la superestructura política y religiosa, que ven la historia como “una sucesión calidoscópica de ascenso y caída de reinos, de árboles genealógicos y héroes demiurgos, la llamada “prehistoria” es una etapa pintoresca, pero secundaria en la evolución de la humanidad. Más de 2 millones de años vividos por el hombre en plena integración a la naturaleza, generando su dieta en relación al medio, creando una tecnología propia acorde con sus necesidades, fabricando herramientas y promoviendo invenciones como la cerámica, descubriendo los procesos del cultivo y las formas de domesticación de los animales, son para la historiografía tradicional meras tareas manuales que no podrían compararse con el descubrimiento de la palabra escrita. De este modo, la “prehistoria” es presentada como una época escindida del proceso de desarrollo de la humanidad. El prefijo parece haber sido colocado con el fin de sugerir que la prehistoria fue una etapa de preparación para la entrada en la historia”.

Cómo, cuándo y quienes fueron los primeros seres humanos que pisaron tierra americana tal vez nunca lo sabremos, pero poseemos razonables indicios como para conjeturar que hace unos 12.000 años atrás, grupos nómadas de cazadores y recolectores de plantas comestibles, que vivían al norte de Asia, iniciaron el poblamiento del hasta entonces inhabitado continente americano. Esto fue posible dada las condiciones climáticas de la última glaciación, en la que la acumulación de enormes masas de hielo provocaron un descenso del nivel de los océanos y convirtieron el estrecho de Bering en un puente terrestre entre Eurasia y América. Lentamente, con paso felínico y acompañados tan sólo por los rudimentos de la civilización, los instrumentos líticos y el fuego, fueron ocupando los nichos ecológicos de una tierra vacía tras las manadas de una fauna hoy extinta.

Esta teoría goza de aprobación general, lo que si se discute es el lugar y fecha del primer asentamiento humano comprobado. Hasta el siglo pasado, el asunto estaba muy claro. Los descubrimientos arqueológicos producidos en las décadas de 1920 y 1930 en las localidades de Clovis y Folsom, en la zona de Nuevo México, al sur de los Estados Unidos, parecían dar la respuesta

Fue en ese entonces cuando se encontraron puntas de proyectil talladas en piedra, clavadas en huesos de mamuts y bisontes, que llevaron que se aceptara que en ese sitio se ubicaba la más antigua demostración de la presencia del hombre en América, hace unos 12.000 años.

Sin embargo, “hoy los científicos que están investigando la historia de los primeros americanos – arqueólogos, antropólogos físicos, expertos en ADN, lingüistas -discrepan sobre algunos aspectos fundamentales de esa historia. Varios científicos no creen que su arribo fuese hace 14 mil años, sino que ahora piensan que el hombre llegó a América hace 15 mil, 20 mil o incluso más de 30.000 años. Algunos sugieren que, en lugar de una sola migración primigenia, los primeros pobladores llegaron en una compleja serie de oleadas. La idea de que caminaron a través de la tierra ha sido puesta en duda por las teorías de que algunos llegaron por mar. Y, en un debate muy controvertido respecto a la forma de los cráneos, incluso su relación directa con los indios actuales ha sido puesta en tela de juicio” (2)

El testimonio silente de esa actividad vital, que se agitó, confusa, en tiempos pretéritos, se encuentra en las huellas de los antiguos campamentos situados en las márgenes de los cursos fluviales y las orillas de lagunas desaparecidas. Su presencia se nos revela en los restos de antiguos fogones (que nos permiten realizar dataciones cronológicas mediante el radiocarbono) y en los “talleres” donde desbastaban la piedra para construir sus artefactos de subsistencia. Esta es la etapa que los especialistas denominan como predadora, preagrícola o acerámica, caracterizada por el nomadismo y la obtención de alimentos mediante la caza y recolección de frutos silvestres.

Pero esta teoría no tardó en encontrar réplica. Muchos arqueólogos disienten profundamente con la barrera arbitraria de 12.000 años, punto central del debate, argumentan que la presencia más remota del hombre americano puede retrotraerse hasta 30.000 años atrás.

Para ello se basan en los hallazgos arqueológicos en Meadowcroft Rockshelter, en Pensilvania, Estados Unidos; Pedra Furada, en el nordeste brasileño y Monte Verde, en la Patagonia chilena.

Se trata de restos de viviendas, huesos de animales con signos de haber sido cazados y consumidos, herramientas de piedra y de madera, y hasta una huella de pie humano que, una vez datados, revelaron 30.000 años de presencia americana.

Sin embargo, con argumentos tales como falta de precisión en los métodos de datación, insuficiente evaluación de los materiales encontrados o incluso acusaciones de fraude, estos descubrimientos, que bien podrían haber sido considerados como naturales avances de la investigación científica, encontraron una dura resistencia en aquellos sectores que defienden a rajatabla la teoría tradicional.

“Este es un problema de la “interna arqueológica” – afirma la antropóloga Ana Aguerre, investigadora del Conicet y profesora de la Universidad de Buenos Aires – Y la feroz lucha que se plantea tiene dos motivos. Por un lado el prestigio académico y la posibilidad de obtener fondos de organismos internacionales. Y por otro, la aparición en escena de un actor novedoso en el debate: América del Sur, donde se van produciendo las novedades más importantes”. (3)

Es que, en cierto sentido, el conflicto se plantea entre académicos norteamericanos, los que en algunos casos no solo manifiestan un fanatismo lindante con lo chauvinista para defender el descubrimiento producido en el propio país o continente, sino que también existen quienes llegan a cegarse por cuidar la posición de su propio estado o ciudad como lugar de origen del hombre americano. En nuestro caso particular, la testarudez de Ameghino con su teoría autoctonista, es un buen ejemplo.
La polémica sigue vigente
No hace mucho, en una entrevista concedida al diario “Clarín”, uno de los mejores arqueólogos latinoamericanos, el argentino Gustavo Politis, se refirió al estado actual de la discusión sobre la antigüedad del hombre en América:

“En una nota publicada el 11 de abril, se mencionaron las investigaciones a llevadas a cabo a Brasil, en el estado de Piauí, por el equipo que lidera la arqueóloga franco brasileña Niéde Guidon. Aparecían dos logros importantes: el primero, haber descubierto y revelado miles de fascinantes pinturas rupestres en el Parque Nacional Serra da Capivara. El segundo y más trascendente, la excavación de la cueva de Piedra Furada y el hallazgo de videncia de ocupación humana, fechadas en más de 50.000 años de antigüedad. Ambos logros resultaron significativos para la arqueología americana. Sin embargo, el segundo ha sido objeto de una profunda discusión.

En arqueología, como en todas las ciencias, los descubrimientos pueden ser interpretados de manera distinta y frente a los mismos datos se puede llegar a conclusiones diferentes. Este es el caso de Piedra Furada, los cuales han sido muy controvertidos desde el comienzo de la excavación en el sitio. ¿Por qué? Básicamente porque los sitios arqueológicos más antiguos de América no superan los 13 o 14 mil años de antigüedad. Incluso estas dataciones, obtenidas en Monte Verde, en Chile, y en la cueva estadounidense de Meadoworoft en Ohio, tampoco son aceptadas por todos los arqueólogos. El “piso” firme para la llegada de los seres humanos a América es de 12 años y más allá de esa fecha todo parece discutible.

La antigüedad propuesta para las primeras ocupaciones humanas de Piedra Furada presenta un desafío trascendente ya que propone que el arribo de los primeros pobladores a América se habría producido casi 50 mil años antes de lo que se creía. Esto no es sólo un cambio en la cronología sino que implica que los primeros americanos podrían no ser homo sapiens – seres humanos anatómicamente modernos similares a nosotros – sino eventualmente algún ancestro. Para Guidon y su equipo las pruebas son claras y concluyentes: en Piedra Furada obtuvieron una serie de guijarros de cuarzo y de cuarcita utilizados por seres humanos en una secuencia estratigráfica dentro de la cueva y en asociación con los fogones que hicieron aquellos habitantes hace decenas de miles de años. Confeccionaron además una lista coherente de 55 dataciones radiocarbónicas de diferentes estratos, obtenidas del carbón de estos fogones, y varias de ellas – según su criterio – superaban los 40 mil años.

Para otros arqueólogos las pruebas no son tan claras y ya plantearon sus dudas desde principios de la década de 1980, cuando Guidon presentó sus primeros informes sobre el sitio en varios congresos alrededor del mundo.

Estas dudas se ventilaron también en una reunión internacional realizada en Piedra Furada a fines de 1983, a la que concurrimos dos arqueólogos argentinos, el doctor Juan Schobinger y yo. En dicho encuentro participó una veintena de especialistas en el tema del poblamiento de América y algunos de ello, Tom Dillehay, David Meltzer y James Adovasio, plantearon fuertes dudas acerca de la validez del sitio. Por un lado se cuestionó si realmente esos guijarros con algunos golpes eran de origen humano.

Esta observación se basaba en que en el techo de la cueva, ubicado unos 100 metros de altura, hay un conglomerado con guijarros de cuarzo y de cuarcita que caen abundantemente al piso. La duda que se ha planteado es si los guijarros que hallaron Guidon y su equipo han sido realmente tallados por el hombre o en su mayoría son sólo guijarros caídos del techo que se fueron golpeando unos contra otros a lo largo de miles de años.

La otra duda es respecto a los fogones: ¿Son de origen humano o se trata de acumulaciones de carbón vegetal, producto de antiguas quemazones naturales en la caatinga (la vegetación boscosa que rodea al sitio)?.

El debate sigue abierto y solo dos cosas parecen seguras. Una es que evidentemente hay vestigios de ocupación humana en el sitio, aunque la antigüedad no pueda confirmarse aún. La otra es que las condiciones de los hallazgos y el contexto en general no son todavía suficientemente claros como para asegurar la presencia del hombre hace 50 mil años en América.

Piedra Furada se presenta como un caso único ya que el resto de los sitios excavados en América ha dado fechas mucho más modernas. En estos casos sólo la investigación sistemática de varios sitios puede darnos la clave. Habrá entonces que esperar nuevos estudios en la región y en el resto del continente antes de aceptar o rechazar el nuevo y atrayente modelo de poblamiento americano propuesto por Guidon y sus colaboradores.” (4)

Aún así, cinco años después de este reportaje, la revista “National Geographic” publicó un artículo de Michael Parfit (5) donde se anuncia otra teoría sugestiva (aunque no probada), encuadrada geográficamente en la costa oriental del continente americano. Es la probabilidad (no la certeza), con indicios poco convincentes también, pero intrigantes: ¡la posibilidad de que los ancestros de los españoles hayan llegado a América hace más de 20.000 años!

“La idea, sugerida varias veces en el siglo pasado, fue revivida por Dennis Stanford, del Instituto Smithsoniano, y el arqueólogo Bruce Bradley. Esa idea incluso pone en tela de juicio el supuesto del origen asiático: de acuerdo con ella, el pueblo Clovis pudo haber llegado, no a través de Beringia (6), sino a través del Atlántico.

En ocasiones, según Stanford, los objetos desarrollados por una cultura Europa suroccidental llamada solutrense (7) son asombrosamente similares a la herramientas Clovis. Para él. Hay una relación más estrecha entre las herramientas de América y las de Europa, que datan de aproximadamente 20 mil años, que con las de edad similar del otro lado del Pacífico.

Según él, “los proyectiles asiáticos son angostos y gruesos, mientras que los Clovis y Solutrenses son más anchos, planos y delgados. No todos los rasgos solutrenses se encuentran en los Clovis, pero todos los rasgos Clovis se encuentran en los solutrenses”.

Los dos arqueólogos sugieren que, hace 18 a 24 mil años, los solutrenses pudieran haber utilizado embarcaciones similares a los botes de piel esquimales para navegar todo el trayecto hasta América del Norte. ¿Significa eso que los primeros americanos pudieron haber sido hombres blancos de ojos azules, como lo sugieren en ocasiones algunos grupos racistas? No. Las teorías de este tipo, insisten los arqueólogos, no ofrecen ninguna información racial en absoluto. Lo que consideramos como características raciales, como el color de la piel, pueden cambiar rápidamente a medida que los humanos se mezclan y desplazan. Según Stanford “no es una cuestión racial, sino de a qué raza pertenecían”.

Las herramientas solutrenses desaparecieron de Europa hace aproximadamente 19.000 años, porque los hombres abandonaron o cambiaron su tecnología. Pero Stanford cree que los sitios como Cactus Hill, cuyas fechas parecen ser casi igual de antiguas, pueden contener restos solutrenses.

Algunos de los arqueólogos a quienes pregunté sobre esa teoría se mofan de ella ruidosamente. Para Lawrence Guy Straus, experto en la cultura solutrense, la distancia de España a América y la diferencia de cinco mil años entre la desaparición de los solutrenses y las fechas generalmente aceptadas para los Clovis hacen imposible la teoría. Y agrega que no hay pruebas de que la cultura solutrense incluyera la navegación, la pesca en alta mar o la caza de mamíferos marinos.

Straus no está de acuerdo con la idea de Stanford de las similitudes de las herramientas. Según él, “uno de los grandes defectos de la arqueología es recurrir continuamente a la idea de que, si un par de cosas se parecen entre si, tiene que tener el mismo origen; pero esas similitudes aparecen y reaparecen una y otra vez en lugares diferentes” (8).

En suma, los datos que se manejan en la actualidad nos indican, que la familia y el género biológicos al que pertenece nuestra especie (homínida y homo respectivamente), tuvieron origen en el viejo mundo y más exactamente en África, hace unos 3 o 4 millones de años. También se supone que los primeros que salieron de África hace unos 1,6 millones de año pertenecían a la especie denomina Homo Erectus, y que el hombre moderno existe, al menos, desde hace 100.000 años.

Si todo es correcto, en algún momento luego de esta fecha, habrían llegado los primeros habitantes del nuevo mundo. Se discutió mucho tanto cuándo llegaron como por donde llegaron. Por ejemplo, los evolucionistas de principios de este siglo suponían una sola vía de acceso y una adaptación a los nuevos ambientes y territorios. En cambio, a partir de 1920, las posturas difusionistas, como la de Rivet y muchos otros, suponían varias rutas y oleadas inmigratorias, para estos autores, cada una de estas oleadas representaba la llegada de una población biológica (“raza”) distinta, cada una con su lenguaje y sus “rasgos” culturales, estos arqueólogos coincidían con los evolucionistas en que el poblamiento de América fue tardío, por eso ambos rechazaron los primeros sitios en los que se encontraron asociados restos de animales extintos con actividad humana. Tal el caso de Hrdlicka en su demoledora crítica a la postura de nuestro Ameghino. Las posturas difusionistas dominaron hasta que Stewart y Newman retomaron los trabajos de Hrdlicka y Holmes, proponiendo un único origen para los “amerindios”. Luego, lentamente, fueron imponiéndose las posturas evolutivas y ecológicas, a la vez que el debate iba reduciendo al momento de entrada y a las características de los primeros grupos y, en general, se aceptaba una única ruta temprana.

Esta única ruta posible (la misma que en 1919), viene desde Siberia y continúa por el N.O. de Norteamérica por lo que ahora es Alaska. Sin invalidar que mucho después (unos 3.000 años antes del presente o A.P.) hallan llegado algunos pobladores por otras vías, como por ejemplo la transpacífica (mantenida como temprana por Dixon en 1985) o a través de Groenlandia pero, seguramente, sin demasiada influencia demográfica ni cultural. Las razones para creer que estas rutas son tardías son básicamente 3:

  1. Para la época de la llegada de los primeros pobladores (14.000 A.P. o más) no hay evidencia tecnológica ni en Europa ni en Asia que permitan suponer travesías transoceánicas.

  2. El Pacífico Oriental y la Polinesia no estaban pobladas en ese momento.

  3. Hasta ahora, no hay evidencia en América de alguna cultura europea, hasta la hipotética llegada de los vikingos en el siglo X.

En consecuencia, hasta el momento se puede decir que la única posibilidad aceptada en estos tiempos, es que el hombre moderno, luego de ocupar Siberia, haya seguido hacia Beringia y luego continuado hacia el Sur, por lo que ahora es Canadá, y así lentamente el hombre fue poblando nuestro continente. Si bien esta tesis desde un comienzo tuvo una difusión extraordinaria y se presentó como la única científica entre los investigadores considerados “serios” durante más de medio siglo y hoy mismo tiene, sin demasiadas alteraciones, una mayoría de adeptos entre los americanistas del todo el mundo, no deja de tener sus críticos.

Ibarra Grasso destaca, tal vez para apuntalar sus propias teorías que “no todos los investigadores sostuvieron lo mismo; en América del Sur hubo, también a comienzos un mas avanzados del siglo XIX, otro investigador, de procedencia francesa Alcides D´Orbigny, que estudió a los indígenas de la mitad meridional de América del Sur y los clasificó en tres razas muy distintas (pampeana, andina y brasilio-guaraní): Aunque este autor no trató sobre su origen, al presentar la existencia de distintas razas dentro del continente, planteó prácticamente el problema de que ellas podían tener orígenes distintos.

D´Orbigny tuvo muchos seguidores en América del Sur, y también en Europa, y a esta idea de las razas americanas distintas se unió la interpretación de que algunas de ellas, o algunos grupos culturales americanos, podrían haber llegado navegando por la vía del Océano Pacífico. Esta interpretación tuvo y tiene bastante difusión e Europa y América del Sur, especialmente en la Argentina”. (9) Aún así, respecto al tema de los estudios antropológicos entre nosotros, agrega: “Se prescinde de los datos y hasta de las piezas que contradicen los postulados tenidos por correctos; en Brasil se ha demostrado la existencia de seres humanos hace no menos de 55.000 años y pareciera que nadie repara en que es antigüedad no es congruente con la aserción de que el hombre americano aparece sólo en el último período glaciar. En la Argentina, después de Ambrosetti, de Imbelloni, de Canals, hemos descendido a una antropología interna, que no sale de las cátedras y que no confluye en el resto de los conocimientos. Es una lástima…”. (10)
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