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PLENARIO

La post guerra y sus restos

María Pía López

No digo “buenas tardes” porque ya no estuvimos viendo.

Estaba pensando en el título de las Jornadas que ya estamos cerrando: Las series del acontecimiento Malvinas. Me parece que, como la última mesa estuvo más centrada en la guerra, sería importante reponer algo que estaba desde el comienzo en la estructura de las Jornadas, que es la idea de que la guerra no es la historia de Malvinas.

La historia de Malvinas, la relación de Argentina con las islas, no puede acotarse a los acontecimientos que transcurrieron entre abril y junio de mil novecientos ochenta y dos. Digo esto porque hay una “secta de las espuelas sangrantes” alrededor de Malvinas que, ante críticas a la guerra, suele contestar con el argumento que recordaba Américo y señalaba Horacio: “cipayos” –cipayo sería aquel que, por criticar la guerra, invalidaría los reclamos de soberanía.

Me parece que son justamente esas series las que hay que disociar, la serie que se construye alrededor del reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas y la legitimidad de esa demanda y las posibilidades de construir los caminos para la efectivización de esa soberanía; respecto de la serie de la guerra.

Yo tengo la impresión de que, sin el establecimiento de un corte muy profundo con lo que implicó la guerra, un corte que es crítico, que es conflictivo con respecto a los hechos de la guerra, no estaríamos en condiciones de discutir la soberanía.

Si hoy es posible que el Estado argentino tenga una legitimidad en el reclamo de una relación soberana con las Islas Malvinas, es porque ese Estado, en algún momento hace varios años, pidió perdón por los crímenes del terrorismo de Estado. Al pedir perdón, instauró un corte ético y político con respecto a ese momento anterior.

Si uno considera que ese corte es relevante, que refunda sobre otras bases la legitimidad de las instituciones públicas estatales en Argentina, entonces no es el mismo Estado el que hoy reclama soberanía que el Estado que fue a la guerra.

No sólo son hechos completamente distintos, el discutir frente a los organismos internacionales respecto de la colisión soberana que llevar adelante un movimiento militar, sino que también, la gente que enuncia y el modo en que se enuncia esa demanda es radicalmente distinto.

Mi impresión es que es en la posibilidad de insistir sobre ese corte, ese hiato que implica recorrer críticamente la guerra de Malvinas, puede establecerse un legítimo reclamo de soberanía.

Pienso esto porque en los últimos tiempos hubo un grupo de intelectuales argentinos que puso en discusión esta cuestión diciendo que no había cómo reclamar esa soberanía sin afectar los derechos de los isleños a la autodeterminación y sosteniendo que había que consultar a los habitantes acerca de la pertenencia del territorio.

Todos esos documentos que surgieron de este grupo de intelectuales omiten considerar el hiato establecido entre este Estado refundado sobre el pedido de perdón por los crímenes de terrorismo de Estado y el Estado que cometió esos crímenes y que fue a la Guerra de Malvinas.

Si uno no piensa ese corte, efectivamente está en condiciones de sostener lo que sostienen los diecisiete firmantes del primer documento, cuestionando las demandas de soberanía. Me parece que si podemos contestarles, es en tanto, reclamando soberanía, somos capaces de criticar integralmente lo realizado por ese Estado e incluso, el modo militar de procurar el derecho sobre las islas.

Entre los firmantes hay muchas personas que respeto y un intelectual argentino al que le tengo un especial afecto que es Emilio de Ípola, un ensayista sutil y lúdico. Emilio firma esto como firmó en el ochenta y dos un documento de un grupo de intelectuales exiliados en Méjico, apoyando la Guerra de Malvinas.

A ese documento le respondió León Rozitchner con un libro que fue abundantemente citado en las Jornadas. La cantidad de menciones que hubo me hacía pensar, cuando leía los trabajos, que este encuentro tenía, en parte, un sentido último de homenaje al pensamiento de León, un tipo de pensamiento que es capaz de afrontar con mucho estoicismo el tipo de soledad al que lleva la crítica, frente a ciertos humores colectivos y ciertos climas sociales.

El libro de León, que iba realmente muy a contrapelo del clima de la época y estoicamente sostenido en esa soledad, me parece que tiene el merecido homenaje en que de muchos modos se lo haya mencionado, se lo haya recordado. Quizás, es un libro que es tan discutible como muchas otras cosas que se escribieron en ese momento y si nos privamos de discutirlo junto con esas muchas otras cosas es por la sensación de que había algo muy poderoso, del orden de la verdad, en la posición que elegía León.

León criticaba, en ese libro, ese documento de un grupo de intelectuales que apoyaron la Guerra de Malvinas desde el exilio mejicano y que pensaban que era posible disociar Malvinas respecto de la dictadura militar de la cual ellos mismos eran víctimas muy directas. No eran cómplices, eran víctimas y en su condición de víctimas, consideraron que era posible establecer esta diferencia.

Muchos años después, recuerdo un reportaje a Emilio de Ípola que decía: “no voy a hablar nunca más de Malvinas porque ya me equivoqué mucho”. Dijo esa frase y se arrepintió, porque volvió a hablar sobre Malvinas, de un modo extraño, yo diría.

Es extraño que, justamente Emilio, que es un hombre de una enorme sensibilidad política, intelectual, haya pensado en ese momento que era posible disociar el acontecimiento de la defensa bélica de la soberanía argentina sobre Malvinas del régimen militar que la llevaba adelante y en un momento de reclamo democrático, considere que es antidemocrática la defensa de esa soberanía.

Señalo esto porque –efectivamente, como dice Américo- no podemos pensar esos acontecimientos sin los discursos con los que esos acontecimientos se desarrollaron. Esos discursos son el acontecimiento mismo. No hay posibilidad de pensar lo que aconteció en la Guerra de Malvinas si no pensamos el modo en que se constituyó ese discurso social con el cual la mamá de Fogwill hundía barcos y las víctimas de la dictadura militar apoyaban la guerra, estamos en un dilema serio.

La historia de Malvinas no es sólo la de la guerra, tiene intersección con la historia de la guerra, pero es otra historia también, otra secuencia de acontecimientos, otra serie que está en juego allí. Si no existiera esta otra serie, no podríamos sostener, de ningún modo, ni siquiera en nuestros rituales escolares, que las Malvinas son argentinas.

Dicho esto, me parece que el problema que fue conmoviendo los distintos textos y circulando, es eso que está más reciente: la guerra. Hay menos énfasis en recorrer los documentos que están en la exposición del primer piso o –salvo Horacio que sigue haciéndolo- volver a leer a Groussac.

Había un montón de textos propuestos en las Jornadas para discutir, que recorrían todos esos otros modos de existir de la cuestión Malvinas y la guerra parece que concentra una intensidad mayor de nuestra preocupación, más que el resto de la secuencia. Quizás porque es eso que aparece como más difícil de ser pensado. Junto con el homenaje a la soledad o el estoicismo solitario de León, me parece que apareció insistentemente la figura de Fogwill. Si hubo una narrativa que apareció concentrando el interés de los distintos trabajos, fue esa.

En Los pichiciegos se trata –Américo decía- de poner la guerra en escena. Yo agregaría: poner la guerra en escena, si aceptamos que esa escena funciona como un fuera de campo, si funciona como un lugar que es la guerra en sentido último, en tanto nos pone en juego un cierto estado de la comunidad desprovista de las lógicas anteriores de la comunidad, desprovista de todo aquello que, incluso, llevaba los hombres a la guerra, pero al mismo tiempo funciona como un fuera de campo total respecto de la guerra, es el lugar donde no hay nada, donde el sistema de intercambio, sistema de nombres, todo lo que articula prescinde de la lógica binaria que está estructurando la guerra. Funciona de otro modo.

Quedó algo pendiente, que decía Bea hoy, sobre neutralidad o simulacro de neutralidad. No creo que haya que pensar lo que desarrolla Fogwill ahí, con ninguna de las dos categorías.

No es neutralidad ni simulacro de neutralidad, lo que puso en crisis antes que cualquier otra situación fue la suspensión del campo binario de la guerra que realiza la posibilidad de ser o no ser neutral. Es algo que está muy presente allí y que tiene que ver con una singularidad de esa guerra que vio muy bien Perlongher en su momento, cuando la asoció con la figura del desierto. Perlongher decía algo así como ¿cómo desertar del desierto? Pensó una guerra por un desierto. Y yo me preguntaba ¿cómo desertar de un desierto? Por eso, el pozo o las imágenes que surgieron en los comentarios de hace un rato. ¿Qué hacer con un hijo para que no vaya a la guerra? Un pozo, una fuga. La guerra también es la pregunta por la fuga, la salida de esa guerra, lo extraordinario que tiene –y por eso es tan conmovedor- Los Pichiciegos, es que sigue poniendo ante la guerra ese fuera de campo que es la posibilidad de la fuga. Fuga mortífera, pero fuga al fin. Fuga en el sentido de poder de sustracción.

En todo caso, volviendo a lo que se discutía en la mesa anterior, esa sustracción del campo binario de la guerra es la sustracción al lenguaje, los símbolos y la ración que la guerra misma organiza. Por eso tiene esa fuerza inventiva tan evidente el texto de Fogwill.

Me interesaba recordar que no es el único modo de narrar, pensar, teatralizar la guerra, ese fuera de campo de la guerra. Hace menos de una semana, acá, en la Biblioteca Nacional, asistimos a un momento bastante extraño, que era la inauguración de la muestra de documentos sobre Malvinas, que está en el primer piso. Entre los participantes de la mesa estaba el general Balza. No se los cuento como anécdota personal sino para pensar este problema de cómo puede pensarse una guerra.

Tuve la impresión, escuchándolo a Balza largamente, un relato de una hora, que era la primera vez que escuchaba hablar de la Guerra de Malvinas. ¿En qué sentido? En que alguien narraba algo que estaba en la escena misma de la guerra y eso significaba decir cómo se dispara, qué se hace cuando un soldado cae herido al lado, cómo se trata al que vio morir a un compañero. Ya no la narrativa que nos puede surgir a nosotros desde afuera: el frío, el hambre, la proyección sobre el otro de las necesidades que nosotros mismos imaginamos que son las necesidades que se atraviesan en esa situación. Es otra cuestión, una guerra son máquinas que disparan de cierto modo, que funcionan o dejan de funcionar, son cantidad de exocet, compañerismo o no compañerismo, formas de la cobardía o formas de la valentía.

En la narrativa de Balza era fundamental ir estableciendo las distinciones más nítidas respecto a todos esos comportamientos. Escuchándolo a Balza, tuve la incomodidad que se tiene al escuchar a un militar argentino. ¿Podemos escuchar a un militar argentino sin la incomodidad de que recordemos a cada paso “eso es un militar”? Y al mismo tiempo era interesantísimo. Lo digo más brutalmente:

Yo leo Fogwill –de quien me separan cantidades de razones intelectuales, políticas, etc-, pero es alguien como nosotros, que está fuera de esa guerra e imagina una sustracción. Lo escucho a Balza y escucho a alguien que combatió en esa guerra, una guerra que uno enjuicia por muchos motivos. Fue una experiencia extraordinaria escuchar a alguien que habla desde el interior, desde el ejercicio de la guerra y sentir, cuando ese otro está hablando, que en las acciones de un conjunto de hombres –no en la totalidad de esos hombres-, había una legitimidad que no estaba en la causa general y que esa legitimidad tenía que ver con un conjunto de valores que venían de la índole del honor, del valor, del compromiso, de lealtad a la situación misma que había que considerar.

Me pareció que en muchos momentos, lo que definiríamos como el conjunto de los sectores progresistas de izquierda, en el que nos incluiríamos, tendemos a dejar de lado esos componentes más complejos de nuestro pensamiento. O tratamos la guerra desde una perspectiva más articulada con nuestra sensibilidad, por ejemplo, considerando cómo convirtió a los propios soldados argentinos en víctimas de acciones contra los derechos humanos o la tratamos como algo a acatar, o con el símbolo mayúsculo que es la epopeya nacional. Es muy difícil tratar esa guerra como una guerra.

Y una última pregunta, que no voy a desarrollar sino sólo plantear porque es, efectivamente, una pregunta. Parte de la idea benjaminiana de los combatientes que volvían mudos del campo de batalla, porque había algo en la guerra que hacía imposible la construcción de una experiencia, para interrogar: ¿ese enmudecimiento, no es nuestra condición como colectivo social? No es un drama que sea el drama de la voz del combatiente, no es un drama que atañe sólo la voz del sobreviviente sino que es también el drama de una sociedad que atravesó una guerra y que no sabe qué hacer con esa guerra. Y al no saber que hacer con ella, tampoco puede pensarla como guerra.

Eso es algo que me parece que sería necesario para nuestro futuro. Nada más.

Jorge Chamorro

Quiero retomar la observación que hacía Américo respecto de una nueva lengua sobre las Malvinas.

Mi respuesta, que no tiene por qué ser la de todos, es que un aporte a esa nueva lengua se daría si pudiéramos respetar la pregunta que se nos hace. Recordemos –yo lo recuerdo y lo ejerzo, con mis fallidos por supuesto- que este tema que discutimos hoy no es las Malvinas. Si fueran las Malvinas y punto, yo haría otro discurso del que voy a hacer. Estamos en el tema de las Autopistas de la Palabra, literatura y psicoanálisis: las Malvinas.

Me parece que el aporte que podemos hacer, desde el lado del psicoanálisis o desde el lado de las letras, es el aporte a esa lengua nueva, siempre que respetemos los principios que nos dirigen y nos orientan. En relación a eso, hago el esfuerzo de mantenerme en los principios del psicoanálisis.

Hice dos cosas: rescaté algunas frases, alguien decía: “la guerra partió a la historia”, recorté otra frase: “veneno mediático” –quería entender qué es el veneno porque tengo mi interpretación de qué es el veneno y de qué es lo mediático-; “guerra limpia-guerra sucia”, otras palabras que fueron muy empleadas acerca del texto de León; “la población argentina estuvo presa” –otra formulación que me llamó la atención-; y “la educación patriótica”.

Son frases recortadas que me permitieron dialogar con ellas, no con los autores, extraigo esas frases.

El título que le puse a esta pequeña exposición es “múltiples usos del significante “

Malvinas”, porque de eso me ocupo como psicoanalista, me ocupo de significantes.

Lo que quiero aclarar es que, al enmarcarnos en el psicoanálisis, nos ocupamos de hechos de discurso y para nosotros los hechos son discursivos, no hay otro nivel. Por eso para nosotros, el hecho es el discurso, no es que los discursos hablan de hechos. Me parece que es la apuesta de Américo, a que el lenguaje sea un hecho, no que describa un hecho.

Si yo tuviera que rescatar un significante importante de todo lo dicho –y creo que todos convergemos ahí- es Los Pichiciegos, porque “pichiciego” es la alternativa a “ex combatiente”. Me parece que las dos palabras dialogan entre sí y dicen cosas distintas y que una va para un lado y otra va para otro. El significante clave de todas estas Jornadas es –digo- “pichiciegos” porque es un significante que presentifica algo, no lo explica, no lo describe.

La idea de “ex combatiente”, que es una palabra descriptiva de hechos, tiene otra función –que después voy a aclarar desde mi perspectiva, el psicoanálisis- agregada a “los ex combatientes se suicidan” y ambas cosas, la idea de agrupar a los que vuelven de la guerra en el marco del significante “ex combatientes”, más orientar las cosas del lado de “los ex combatientes se suicidan”, para mí, amenaza con daños a los que combatieron. No me parece que sea algo que ayuda, que hay que examinar.

Si hay tiempo, voy a traer algunos ex combatientes, que se me presentaron como tales, para ser interrogados desde el psicoanálisis.

También en Bolivia, trabajé con algunas instituciones de exiliados políticos torturados y con instituciones que trabajan con la tortura política y con mujeres golpeadas, llamadas “refugios de mujeres golpeadas” y quiero entender, desde el psicoanálisis, primero, qué es una mujer golpeada y después, que las mujeres golpeadas tengan refugios, que por supuesto son de los hombres perversos que las golpean. Habrá que entender todo eso que es un tema que ilumina la particularidad. Nos ocupamos de discursos efectivamente pronunciados y además de la estructura de los discursos. Hay una estructura de cada discurso, del discurso psicoanalítico y del discurso político.

Lo interesante, para examinar estas Jornadas… Uno puede decir: “voy a hacer un discurso desde el psicoanálisis” y ocupar, en su posición, al discurso político. Es interesante que alguien, como psicoanalista, se meta en la estructura del discurso y, en vez de meterse en el psicoanalítico, se incluya en el político. O al revés, a lo mejor alguien que pertenece a la estructura del discurso político habla como psicoanalista.

Para lo que uno declara que es –todo el psicoanálisis lo dice y Borges también lo dice: “los que entran en la guerra y creen que son valientes, en la guerra son cobardes y los que entran como cobardes, a veces, son valientes”- lo que uno cree de uno, siempre el psicoanálisis tiene una sospecha, la sospecha de que no creemos en las declaraciones y en lo que uno cree de sí mismo.

Si yo tuviera que hacer el punto de objeción a los intelectuales que hablan de la voluntad de los malvineros, la primera observación que uno tendría que hacer es que apuestan a la voluntad de la gente y la voluntad de la gente y los efectos de masa, ya sabemos que se mueven de un lado para otro, al compás de los significantes.

Sabemos cómo la Plaza de Mayo, moviendo un significante, se puede llenar apoyando una dictadura militar y se puede llenar apoyando un gobierno socialista también.

No lo digo yo, lo planteó Freud: la masa no tiene coherencia si no está determinada por los significantes que la manejan. Somos todos pichiciegos, en un nivel.

El significante “pichiciegos” no lo empleo para los que estuvieron en la guerra solamente, nosotros somos todos pichiciegos. Esto es lo que a mi entender transmite el psicoanálisis. ¿Qué quiere decir? Que los que creemos que vemos somos ciegos, la percepción siempre es engañosa y todos somos “pichis” del orden simbólico, de las palabras y de los significantes. Creer que uno maneja eso es el primer pesimismo que podría introducir alguien desde el campo del psicoanálisis.

Palabras como “Imperio Británico en decadencia”, me parece que son formulaciones muy interesantes, pero que uno dice ¿qué tipo de significante es eso? Recuerden que cuando estamos en una alternativa, hacemos un metalenguaje sobre los discursos que pronunciamos y entonces ustedes van a ver proliferar los adjetivos, guerra “buena”, guerra “mala”, etc., es la alternativa que cuestiona al psicoanálisis, hacer metalenguaje sobre los discursos.

El psicoanálisis lo que propone es hacer escritura de los discursos y esto es Los Pichiciegos, es una escritura que habla sobre los hechos sin referirse a ellos.

Este me parece que es un tema, por eso yo hacía la dialéctica entre “ex combatiente”, categoría y función descriptiva de la lengua y “pichiciego”, que es nombre que nombra a algunos, a todos y los marca en su posición de determinado por las circunstancias.

La otra cuestión, dialogando con la gente, me pareció un desafío importante, porque decir “Malvinas”, no sólo es un hecho muy presente en la política actual y lo fue en nuestra historia, las Malvinas es un hecho muy real.

Además, se inflaman subjetividades sobre la cuestión. Ambas cosas, los hechos reales y las subjetividades, son una alternativa al psicoanálisis. Este es el primer desafío, no dejarse arrastrar por el hecho concreto de Malvinas cuando Malvinas es también una cierta ficción y ficción histórica que después voy a mencionar.

Para el psicoanálisis, sea en el plano social –como estamos ocupados en este momento- o sea en el plano de un paciente, cuando los traumas, los hechos conflictivos de la vida son muy importantes, el psicoanálisis tiene que tomar cierta distancia porque si no, responde a los hechos del lado de la subjetividad.

Una cosa que quiero agregar es que me parece que sale de la observación de la historia. Es una casualidad, lo que llamamos una “contingencia”: yo fui a un colegio secundario en Villa Urquiza, que se llamaba Colegio Reconquista, tenía un rector que se llamaba Juan Carlos Moreno, hombre de derecha y católico comprometido. El gobierno le pagó una investigación y fue a investigar, a enterarse qué eran las Malvinas y escribió un libro que se llama Nuestras Malvinas y trae una serie de historias.

Me pareció interesante la formulación de esto que se llama la Marcha de las Malvinas.

En el discurso nuestro, las Malvinas siempre estuvieron presentes, son nuestras porque las pusimos en nuestro discurso, pero no con la guerra, mucho antes de la guerra tenían una marcha.

Miren qué interesante lo que dice la marcha en su último párrafo: “para honor de nuestro emblema, para orgullo nacional, brille ¡oh! Patria en tu diadema la perdida perla austral”. O sea: un himno a la pérdida, a lo que se perdió. Creo que este es un dato no menor de nuestra historia, que se reivindique y que se haga un himno a la perla perdida.

Si nos olvidamos del psicoanálisis, diría que prefiero la perla recuperada, no la perla perdida. La impresión es que a veces festejamos derrotas. El día feriado, el día de las Malvinas, está bien, tiene unas connotaciones, pero yo no dejo de sentir que a veces festejamos la derrota y damos algo que tiene que ver con esto.

Nosotros, el tango y todas esas cosas que tienen que ver con la nostalgia y con lo perdido, me parece que forman parte de una cultura nacional que debiéramos poder interrogar.

Respecto de la guerra, yo hice una especie de encuesta, entre gente grande y gente joven. Toda la gente joven dice: “Malvinas, guerra”, está claro.

Un hombre, que había sido militante montonero y abogado, le pregunté: “¿qué son las Malvinas para usted?”, “un recuerdo de infancia”. A otro le pregunté y me dijo “la frase de la maestra: “no te olvides de poner las Malvinas en el mapa””.

Las Malvinas, desde hace muchos años, están en nuestro discurso.

Alfredo Palacios –alguien lo menciona en su trabajo-, dice sobre este libro: “puede decirse que usted ha logrado realizar para el público argentino, la conquista moral de las Malvinas”. Y este libro es declarado de interés nacional y es lectura obligatoria en los colegios secundarios a partir del año 40. El libro es del ´38.

Lo que quiero significar con esto es que esta perla perdida -que nadie imaginaba que el día que las ganemos vamos a ir todos a vivir a Malvinas- tiene cierto vacío en su consistencia. Hoy se llena un poco porque hay petróleo, pero en la historia, en su discurso, las Malvinas, no era una riqueza el ganarlas, era un derecho sobre un bien que tenía cierta vaciedad en su contenido, no era un bien de uso, era un bien de cambio, de apropiación y de soberanía, era más bien un hecho simbólico que un hecho de captura.

Ahora hay otro discurso sobre eso, pero en ese momento era el hecho de la perla perdida.

Les quiero significar esto porque para mí, la intervención militar en las Malvinas –que por supuesto tiene su lógica interna de ese momento- tiene una lógica histórica que se cruza allí. Si estuvo en el discurso insistentemente en todos los colegios, no es que vino del aire y se intervino ahí, había un trabajo histórico de años y años de la juventud, sobre el discurso de las Malvinas.

Y les digo una frasecita que dice el autor de este libro: “el Imperio Británico, que paseó su arrogante poderío por todos los mares del mundo, ha entrado en la fase de decadencia, su omnímoda imposibilidad ha sido turbada. Gran Bretaña tiene perdida, ante nosotros y ante el mundo, la causa de las Malvinas”. Esto se leía en los colegios secundarios obligatoriamente: “su sometimiento a un acuerdo sólo podrá dar como resultado el abandono de la posición que detenta desde hace más de un siglo, mas si persistiera en su actitud de no devolver las tierras ocupadas indebidamente –año ´40-, la nacionalidad argentina, hoy despertada de su letargo, sabrá emplear recursos legítimos para reconquistarlas e incorporarlas al concierto de la Nación”. Guerra se llama esto, no es un problema de voluntarismo, es una lógica que lleva necesariamente a la guerra. Esta lógica de la guerra, de la posición y de la impotencia es la que lleva a la guerra. Después habrá coyunturas particulares que desencadenan eso, pero es cierto que hay una marca que viene de la historia y la contingencia se cruza ahí con una lógica propia.

Un par de cosas más y ya los dejo.

Quería hacer una observación sobre esta cuestión de los ex combatientes. Recuerden que los traumas, en psicoanálisis, no provocan daños en sí. Los traumas, para que sean un daño, tienen que provocar un síntoma y está demostrado que la guerra cura a algunos y enferma a otros. No está demostrado que el hecho traumático de la guerra arruine gente per se. Algunos se curan y otros se enferman, se psicotizan, distintas formas del trauma. Lo que nos interesa a nosotros, desde nuestro campo, es no hacer categorías que generalicen. Para el que se presenta como ex combatiente y se identifica así, la pregunta es ¿por qué? No va de suyo que alguien se identifique como ex combatiente. Ojo, identificarse no es lo mismo que nombrarse como.

Esto pasaba mucho en esas instituciones de mujeres golpeadas, esta categoría reproduce un poco la categoría de ex combatiente, víctimas de algo, de la guerra o del maltrato. La mujer golpeada está presentada como una víctima y por lo tanto, sí hay una víctima y hay un refugio donde los hombres no tienen acceso porque son necesariamente la perversidad de los golpeadores. Por decir esto, ya estamos en la pura ideología engañosa de prejuicio acerca de la mujer y del hombre, para mi gusto.

Un psicoanalista que estaba en esa institución en Bolivia interroga a la mujer y, a escondidas, hace entrar a un hombre. El hombre no era el perverso golpeador, era la víctima de alguien que lo convocaba a los golpes. Esto no quiere decir que todos los casos sean iguales, pero había que examinar uno por uno para entender que hay síntomas particulares de una mujer, hay síntomas particulares de un hombre y esta división de mujeres golpeadas de un lado y del otro lado, perversos, me parece que el psicoanálisis tiene que aportar para descalificar y degradar esas categorías: la de ex combatiente y especialmente ligada al tema de los suicidios.

A mí me parece que si pudiéramos cambiar algo en el discurso social, yo empezaría a tratar de cuestionar esa categoría de “ex combatiente”; más exámenes estadísticos que no sirven para nada y que lo único que hacen es globalizar.

Recuerden: cuando generalizamos, segregamos. Esto es inexorable. Por eso, para el psicoanálisis, nos ocupamos de no totalizar sino de destotalizar y abrir particularidades donde lo distinto tiene que entrar.

En una exageración provocativa que no me animé a hacer, pensé si no tenía que venir con una insignia inglesa, pero no me atreví.

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