Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman




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Horacio González

Bueno, voy a retomar una expresión del compañero psicoanalista respecto a los excombatientes. Yo también pienso que hay un problema en la denominación a partir de la partícula “ex”, que marca un pasado, una instancia de “haber sido” y al mismo tiempo un querer que ese “haber sido” permanezca en presencia, porque equivaldría a decir ex bailarina, ex profesor, ex alumno. De modo que reconozco que la partícula “ex” introduce un problema, pero no encuentro la forma de abandonarla en el lenguaje, porque es como abandonar un pasado que no juzgamos concluido y al cual nunca es fácil juzgar.

En Argentina no hay instituciones como la Legión de Honor francesa, a veces se los ve desfilar orgullosos, amputados, sin una pierna o sin un brazo, con una bastísima colección de medallas, a los combatientes ingleses, octogenarios, o los franceses de la Segunda Guerra Mundial.

En esa singularidad, la de los ex combatientes argentinos, significa, además de la imposibilidad de una partícula que, yo personalmente no usaría si hubiera sido ex combatiente, tampoco uso ex profesor, ex marido, ex alumno… No me gusta, pero no veo la forma de algo que esté a la altura de poder sacársela, por lo menos.

El otro día, pasando por Plaza de Mayo, veía a los ex combatientes de la costa y había un cartel que me llamó la atención, decía “en la costa también bombardearon los ingleses” por lo tanto somos pasibles a ser contemplados por una pensión.

Esa situación del subsidio en Argentina, que hay que subsidiar a los ex combatientes, impone de alguna manera que los ex combatientes más dudosos, los que no estuvieron en las islas y que estuvieron en la costa… Por primera vez vi una diferencia tan tajante, en Argentina, que no es el Perú. En Perú está la costa y el llano, la costa y el monte, en Brasil lo mismo, los brasileros de la costa no son los brasileros del interior. En la Argentina no está el costeño, está el litoraleño, el hombre del interior que hace un contrapunto con Buenos Aires, pero a haber estado en la costa o a ser costeño en Argentina, apelan los ex combatientes en función de un subsidio.

Eso también me llamó la atención porque no se trataría de una forma enteramente digna de encarar la cuestión de la guerra, incluso para los llamados de otra manera, pero también con la partícula “ex”: ex militante montonero, ex militante del ERP, puesto que ahí también hay un sistema de subsidios del Estado. Este es un Estado muy subsidiador, pero el dilema es que subsidiar el ferrocarril de Once no es lo mismo que subsidiar la memoria o subsidiar haber sido algo, en términos de un compromiso político que de haber sido infantes no hubieran exigido ese subsidio, hubieran exigido condecoraciones, una Legión de Honor, que por algo no hay en Argentina. Es una institución tan reprobable como necesaria, en viejas sociedades que tienen establecido algo que Argentina -hasta por suerte- no tiene establecido al día de hoy, que es la necesariedad absoluta de sus instituciones estatales y militares. Me parece que como está en discusión, vivimos una época que quizás se acabe y haya que fundar a los legionarios, una especie de masonería del Estado tan fuerte como el Estado.

En ese sentido, me parece que hay algo de la razón crítica militante, que en una época pone en duda y que el Estado toma a su cargo porque ya es otro Estado –aquí quiero retomar algo que decía Pía, en realidad no voy a hablar más que en nombre de algunas frases escuchadas a lo largo de estos años, a distintos tipos de personas y leídas en los diarios.

La frase que dijo Kirchner en la puerta de la ESMA, el día en que muchos entramos a la ESMA por primera vez, fue “pido perdón en nombre del Estado”. Esa frase a mí siempre me dejó muchas dudas, la festejé y la sigo festejando, es una frase que implica la idea de perdón, esa especie de teología de bolsillo que tenía Kirchner, no era un personaje teológico, más bien todo lo contrario, pero decía cosas como “el infierno”, “el perdón” y otras más que a lo mejor eran un recordatorio de una educación cristiana, probablemente. Puede no ser así porque todo el mundo dice “perdón”, pero que un Estado pida perdón es una acción muy difícil de comprender.

Por un lado, convierte al Estado en otro Estado respecto de aquel en nombre del cual pide perdón, pero hay que tener algo que ver con aquel anterior, el ex Estado con el cual se tiene algún trato mínimo como para tener derecho a pedir perdón en nombre de él. Es una continuidad de una discontinuidad, no fue fácil ese gesto, siempre me pareció muy atractivo, de esos momentos atractivos que tuvo Kirchner, el inventor de frases cuyo sustento es difícil de apreciar enteramente, incluso de justificar de una manera clara y que tal vez sea ese uso el que haga al atractivo de esta frase.

Es decir, se postulaba una discontinuidad del Estado, eso está claro -y estoy de acuerdo con Kirchner, es diferente este Estado-, pero queda algo difícil de situar que pertenece a un problema parecido a los de Macedonio Fernández, que iba a escribir la primera novela buena ¿y si la primera novela fuera la última mala? Típico de Macedonio Fernández, la imposibilidad de cortar el tiempo en algún punto de una secuencia continua.

Entonces, es evidente que hay ciertos cortes respecto al Estado anterior, pero no hay ni cortes totales, ni cortes establecidos por ninguna ley, hay balbuceantes interrupciones hechas por una figura un poco esperpéntica como era Kirchner, es un personaje que hay que aceptar que admite que se lo ponga en el buzo de El Eternauta –sobre eso hablaré también, me gustaría decir algo.

En ese sentido, esa frase me parece totalmente valedera, como una serie de frases con las cuales podríamos construir ciertas incógnitas en Argentina, interesantes. No hay continuidad con el Estado anterior, es un ex Estado terrorista y sin embargo, el que inauguró esa serie lo hizo a través de símbolos muy fuertes, que pueden desmerecerse en la memoria, diluirse, ser contrapuesto con otro símbolo, descolgar un retrato y decir “pido perdón”. De algún modo, si la discontinuidad fuera tan fuerte, pedir perdón queda como una frase muy dura, vinculada a un gesto que se tiene que leer en la serie de gestos que se hacen frente a instituciones como la Iglesia y demás. Se hacían, no frente a la Iglesia, sino frente a un sacerdote, frente a un amigo con el cual se sentía alguna culpa, sino que se hacía frente a una razón de lo popular, a una continuidad de la historia argentina que merecía destacar la anulación y la puesta en estado de anonadamiento para el Estado anterior.

Recuerdo un sacerdote muy importante para mí, que era un pequeño, pero no menor teólogo argentino, el padre Hernán Benítez, había sido el confesor de Evita y tiene páginas teológicas no desdeñables para un país sin teólogos interesantes.

Recuerdo haberlo escuchado decir en el entierro de un joven Manuel. Manuel Belloni, que había muerto en un episodio absurdo: “asesinado por la Nación que no supo comprenderlo”. Es la misma frase de Kirchner, pero con menos teología incluso.

Ahora ¿cómo sería esta situación de asesinado por la Nación que no supo comprenderlo? Lo siguió diciendo después, al punto de fastidiar a los militares -murió poco después de la Dictadura Militar-, lo siguió diciendo siempre, era una suerte de defensa, de actitud de tomar las armas de una parte de la juventud y una suerte de crítica al Estado que los había asesinado, pero también era una suerte de reprobación sacerdotal al Estado por no haberlo sabido comprender.

Esa es una de las grandes frases de la historia argentina sobre la cual es necesario poder decir más cosas porque las veo nubladas ya, a este funcionamiento de Malvinas como significante en nuestro lenguaje y algo que inevitablemente se puede relacionar también con las posiciones políticas.

La idea de los ex combatientes, que por haber estado en la costa, son pasibles a una reparación -el Estado que repara es algo que se sienta frente al el ex Estado que causó tanto daño-, este otro Estado, obviamente, repara con instrumentos del Estado, con un subsidio, no repara con condecoraciones, repara daños, justamente, a las familias de desaparecidos y otras personas dañadas, incluso por días de exilio hay reparación y hay personas que se acogen a ese tipo de reparación y generan discusiones muy fuertes en los organismos de derechos humanos.

En ese sentido, me parece que otra frase fuertísima que escuchamos en los últimos días es la de Videla -que también las veo todas muy interlazadas- “¿qué querían que hiciéramos?” Si no hacíamos desaparecer, fusilar o hacer entrar en los canales de la Justicia, hubieran merecido nuestra reprobación, inclusive por la Iglesia, que iba a aprobar desapariciones –una tragedia de la historia argentina hecha masivamente- y podría llegar a desaprobar los fusilamientos, el empleo masivo de una vía judicial muy poco sustentada en canales judiciales, si tenían que juzgar a tantas personas. Por lo tanto ese drama es un drama moral que la sociedad argentina tiene bastante bien juzgado a través de la Justicia de este otro Estado.

Sería un drama moral si hubiera triunfado el gobierno militar, si hubieran ganado la guerra de las Malvinas –permítanme esta ucronía, es un género histórico muy interesante- y si se hubiera desatado, tiempo después, una disputa entre los ganadores, no sabríamos quién gobernaría el país y se presentarían algunos problemas parecidos a los de ahora y otros diferentes. El problema moral sería haber hecho algo como el juez Garzón en España -que no es que no persiguió guerrilleros, simplemente que lo hizo con el aparato legal-, o como hicieron unas sociedades que mantuvieron esa figura muy cruel que es el fusilamiento y sin embargo, está muy arraigada. Todos recordaremos escenas de fusilamientos y aunque se hagan de una forma un poco informal, como el de Aramburu –me lo recuerda el relato de uno de los ejecutores del fusilamiento-, fue con un tiro de gracia, el tiro de gracia forma parte de la salva del fusilamiento que es un acto militar muy reglado, muy canonizado en la historia militar.

Todas esas discusiones vuelven de una manera escandalosa, digo para escándalo del lenguaje, no para nuestro escándalo moral, que tiene este y muchos otros motivos para ejercerse.

Recordando esta frase, de repente voy a otra del almirante Massera, que es un poco parecida a la de Videla, pero tiene un aire más sanguinolento, porque la frase de Videla es la de una especie de racionalista militar, un hombre preso a un sistema de órdenes, de reglamentos, a un pensamiento inusitado que nunca había acudido al Ejército Argentino hasta ese momento. El Ejército Argentino había fusilado. Recuerden el episodio de fusilamiento de Di Giovanni, de Valle, en lo que era la prisión de Las Heras. En ese fusilamiento de Di Giovanni, lo defiende un teniente del ejército, el teniente Franco y hace tan bien la defensa que Uriburu lo aparta del ejército porque era un joven jurista militar defendiendo correctamente al anarquista.

Entonces, para percibir cómo la historia argentina entró –voy a citar la Marcha de las Malvinas que yo canté, en el colegio secundario se cantaba- “tras un manto de neblina” -que es de Carlos Obligado, el hijo de Obligado, el amigo de José Hernández, por lo menos podemos decir que la marcha viene del federalismo nacionalista argentino, se escribió en los años 30´. Es una marcha de una poética menor pero muy estentórea.

En ese manto de neblinas de la historia argentina veo la frase complementaria a la de Videla, que recordarán que le hace una crítica a Massera diciendo “él era el político, yo soy el militar” y no se puede tomar como militar, exactamente, la decisión de desaparecer cuerpos y después decir que equivalían a la muerte, a un vacío o a ropa sucia.

Esa frase es fundamental, tendríamos que parar un poco el tiempo, en estas reuniones para ponernos a ver qué está diciendo Videla ahora, no son frases del pasado, son frases de absoluto presente que están editorializadas en La Nación y que forman parte de una discusión que no parece ser esta, pero que tiene muchos visos de ser esta la discusión en Argentina. Es decir, desaparecidos igual a ropa sucia, igual a muerte e igual a lo que no podíamos decir antes y decimos ahora. Además no es la cifra, ocho mil, nueve mil, que no es la cifra que tiene entidad mítica: treinta mil desaparecidos –ya Shocklender dijo que Hebe de Bonafini lo puso al pasar, que eran quince mil seguros. Cifra mítica movilizadora o cifra estadística estatal.

De modo que hay ciertos momentos donde hay una fuerte discontinuidad de este Estado con respecto al anterior, al “ex”. Hay frases de Videla, de Massera, pueden escucharse de otra manera, como dirigidas a una actualidad, un diapasón que sigue sonando en el presente.

La de Massera es: “acabada la guerra todos los muertos son de todos”. Era el llamado a montonerizar la Armada y a marinizar a Montoneros. Es del discurso final de Massera ante el juicio a la Junta que se hizo en la época de Alfonsín. Llama a una tolerancia mutua y a un perdón, pero lo hace como victimario, llama a que las víctimas se reconcilien, pero el que llama es alguien que las convirtió en víctimas, pasa por alto un tema fundamental de los apólogos en la guerra, por ejemplo, De Gaulle, cuando hace el acuerdo con el frente de liberación nacional argelino, la frase que me acuerdo: “esta es la paz de los bravos”. De Gaulle, que estaba fuertemente enemistado con el ejército clandestino que era la OAS, Organisation de l'Armée Secrète, había un ejército clandestino francés que era el colonialismo de derecha contra De Gaulle. Cuando hace la paz con el frente de la liberación, lo llama “la paz de los bravos”.

Massera tenía esa idea de la paz de los bravos. Ahora, qué gracioso, la tenía después de haber matado él, casi personalmente, aquellos con los que se quería reconciliar. Por lo tanto había algo del carácter oscuro, tortuoso del amor del victimario hacia la víctima. Que lo ve bien Borges cuando hace la crónica de esa jornada donde se juzga al personaje que había sacado la foto -el fotógrafo Basterra, que declara en el juicio a la Junta-, pero lo dice con su literatura, “en esta situación no es posible culpar o castigar, sin embargo él es culpable”, lo trata de culpable a Massera, pero lo pone como parte de esa circularidad de figuras, de personas. Él era el otro de las víctimas y las víctimas eran el otro del victimario y en la cárcel todos son víctimas y verdugos. No fue un buen juicio de Borges, es el Borges de los dos demonios, pero la literatura de Borges tiene algo que finalmente rompe lo mismo que la establece. En algún lugar se encuentra en Borges siempre la ruptura de los dos demonios, ese texto es de la escala de los dos demonios.

Todas estas frases, la de Videla, la de Massera, “todos somos responsables, terminada la guerra”, indicaría que él tiene que asumir los muertos que él mató, pero los muertos que mató no lo pueden asumir a él. Es escandalosa y al mismo tiempo dicha en los juzgados, ante Strassera y los grandes personajes del momento que deben recordar esa frase.

Entonces, Videla diciendo “no teníamos otra cosa que hacer, la razón de Estado nos llevaba a tratar con una disposición final” y diciendo “no es como los nazis”. Es un poco atrevido, la primera vez que escucho en la historia argentina, cuando se acusa “como a los nazis, los vamos a seguir” –en la última manifestación se cantó- , es un poco estremecedor eso porque equipara muy radicalmente lo que ocurrió en Argentina con el nazismo. Si bien ninguna historia es equiparable a otra, uno deja correr esa duda sobre las equiparaciones, una duda que corroe todo el pensamiento histórico.

Videla da muchas razones de ese pensamiento cuando dice “disposición final”.

Este periodista que le hace las entrevistas, con una sutil torpea, de cuarta. ¿Por qué? Porque dice “yo no pienso así”, pero el que no piensa así, dar la voz, es una situación… Está el miserable no sutil que es este personaje, dice “no, no estoy de acuerdo para nada, esto es lo peor que se ha hecho en el país” y sin embargo es la exposición más firme y más clara de ese que era un drama moral “¿cómo los íbamos a fusilar? ¿cómo íbamos a hacer lo que hizo Mariano Moreno? ¿cómo íbamos a hacer como Fernando Suárez con los que corrían de José L. Suárez?” –operación masacre- “¿cómo íbamos a hacer como el juez Garzón, que hace esto en la justicia?”.

Evidentemente todas estas son situaciones abiertas y a mi juicio, la frase de Kirchner, pedir perdón desde el Estado tendría que tener una más firme consecución en cuanto una reflexión en relación a qué pasado queremos dejar atrás; tanto los combatientes, que no los combatieron genuinamente sino que los asesinaron, según Massera, y Videla, que de alguna manera lo dice porque quiere generar el clima de una justificación novedosa, de actos relacionados a la objetividad del estado en una guerra. Si bien parece que quiere reconciliar por medio de un reconocimiento –habría que ver cuáles son los términos de esa reconciliación- está haciendo un llamado a miles y miles de personas que piensan que debía hacerse eso, ayer, ahora y siempre. Es la voz prístina de un llamado en tiempo que llama lo de la “Argentina desaparecida”, astuta y vil construcción para reactivar el presente que justifique al pasado trastocando una palabra a la que sabemos imantada de significados inmediatos.

¿Cómo sería si hubieran triunfado los Montoneros? Esa situación no la puedo pensar absolutamente. Antes dije ¿cómo habría sido la Argentina si hubiera triunfado Galtieri?

Hubiera sido una situación donde hubiéramos vivido nuestras vidas de modo diferente, leído de modo diferente, establecido instituciones republicanas de modo diferente… ¿Cómo hubiera sido si hubieran ganado los Montoneros o el E.R.P.?

Videla dice algo interesante, respecto a que los montoneros eran un tipo de enemigo diferente al ERP. Revisen el libro de Plis-Sterenberg –uno de los más interesantes que se escribió sobre la guerrilla-, que se llama Monte Chingolo, Sterenberg es un gran director de orquesta, que dirige la orquesta estable de San Juan, curiosamente, es como si estuviéramos escuchando la forma milimetrada de quien dirige una orquesta en ese libro.

Dice que el Ejército consideraba que los verdaderos enemigos eran los del ERP y no los montoneros, que “algo parecido a nosotros piensan” –y así también lo dijo Videla. Es una frase con mucha responsabilidad, que obliga a muchas aclaraciones porque esta la cuestión Malvinas, por ejemplo. Montoneros y Malvinas es otro capítulo abierto. Todo lo debemos abrir con total prudencia y para decir cosas nuevas en Argentina.

Volvamos a El Eternauta: quería hablar de la historieta que siguió escribiendo Oesterheld para el diario montonero Noticias, que se llamaba La guerra de los Antartes. Es la única utopía conocida en Argentina de que los Montoneros habían ganado. Recuerdan cómo era la historieta, lo más antiguos la recordarán: gobernaban los Montoneros, el gobernante montonero de la Argentina se llamaba el Negro Molina o algo así. Y hay otra guerra, lo cual indica que nunca va a dejar de haber guerras. Esta guerra la habían ganado los Montoneros, gobernaban una Casa Rosada que era igual que hoy, no había cambiado nada en la ciudad, los nombres de las calles habían cambiado, la avenida Rivadavia se llamaba Juan Perón. Ganaban los Antartes en una historieta que terminó trunca cuando terminó el diario Noticias. Y los que invaden son extraterrestres, pero aliados con E.E.U.U. y Rusia, entonces hay otra guerra tercermundista que encabeza el comandante Molina, que está en la Casa Rosada y sale cuando vienen los platos voladores –perdón que cuente esto-, sale el mismo comandante Molina, montonero, por la avenida Juan Perón, con una ametralladora desvencijada de la Segunda Guerra Mundial y los platos voladores los barren a todos. Empieza ahí la historieta del corsi e recorsi del pueblo argentino, el pueblo reunido en la plaza sale huyendo por calles -algunas tenían el mismo nombre, como Reconquista, San Martín- y todos pensaron cómo encarar la nueva resistencia. Miren hasta dónde llegó Oesterheld, llegó a pensar un gobierno nuevo en la Argentina, una invasión y una nueva resistencia, a manera de ciclos internos y eternos.

En muy pocos lugares se puede decir esto y yo tampoco lo digo en cualquier lugar, lo digo acá, el otro día, en la ex ESMA lo dije un poco, porque son temas que son muy pesados y son muy difíciles, no están en la política argentina, aunque podrían estar.

En ese sentido está la cuestión de los héroes de Malvinas, recuerdo la frase de Alfonsín -cuando fuimos todos a la plaza, yo recuerdo que fui con mi amigo Pino Solanas-, Alfonsín dijo “estos hombres son héroes de Malvinas”, se los dijo en contra, pero realmente habían estado en una situación difícil… Y Pino me dice: “bueno, eso estuvo bien” y yo le dije “no, mirá Pino, no estuvo tan bien, ¿por qué decirles “héroes de Malvinas”? Considero un tema abierto ahí.

Otro tema totalmente calcinante. Hace poco, en el diario oficialista Tiempo Argentino, he leído de un joven oficialista, escritor de ese diario, partidario del gobierno y que escribe artículos que leen lo jóvenes militantes del gobierno, que está angustiado. Está angustiado porque no sabe si el capitán de navío Giachino, que es un torturador, el primer caído en las Malvinas, debe considerarlo o no un héroe. Bueno, si está angustiado, uno puede decir qué avance, se angustió bastante, yo creo que ya no habría que estar angustiado, para mí por lo menos, está resuelto. Pero la angustia es una dimensión válida del conocimiento.

Alfonsín puso un poco en crisis eso, creo entenderlo, no es un personaje que me disguste para nada. Cuando vuelve con helicóptero -son situaciones terribles las que hemos vivido-, vuelve, para un poco en campo de Mayo y tiró eso. Le dijeron “estuvimos en las Malvinas, escuchamos las bombas, usted no las escuchó, nosotros usamos estas ametralladoras, nosotros nos pintamos la cara como ahora”, reprodujeron eso en campo de Mayo, un poco.

Entonces dijo “estos hombres, hay que tener en cuenta que son héroes de Malvinas”.

Bueno, a mí me parece que esa noción hay que reconstruirla totalmente porque si no, no va a haber una democracia efectiva en Argentina, no va a haber una democracia socialmente justa y profunda en Argentina. Y esa reconstrucción está un poco alterada por escritos como el de este joven que ahora tiene angustia. Yo creo que tener angustia es mejor que no tenerla, en cualquier sentido y para cualquier otra situación, pero es un tema difícil porque en la historia Argentina siempre se discutió quiénes eran los héroes y hay héroes de tres o cuatro panteones. Por ejemplo, hay un héroe que es de un panteón nuevo, Mariano Ferreira, del P.O., hay otros, en siglo diecinueve, los escritores de Rosas discutían con Echeverría quiénes eran los héroes. Buena parte de la resonancia posterior del rosismo es que los héroes eran completamente diferentes porque unos mataron a otros. Uno de ellos era Dorrego y el otro era Berón de Astrada, a este último lo habían matado los rosistas y al primero, Lavalle. Hasta hoy el nombre de Borrego convoca, este chico que escribió el artículo que digo es afiliado del instituto llamado con el mismo nombre. Compruebo hechos, como decía Viñas, no lo critico.

Pedir perdón en nombre del Estado es bárbaro, pero parece de pocas consecuencias respecto a un corte efectivo con la historia Argentina que tampoco implique desactivarla, porque me parecería mal desactivarla.

Hasta que punto uno es hijo de un puñado de frases que ha escuchado y elegí las que yo escuché, a Benítez le escuché decir eso en el responso de Mariano Belloni –muchos recordarán esa muerte muy absurda, en el Tigre, la primer guerrilla peronista.

Todo puesto en términos de la polémica de Oscar del Barco. Si es realmente que todos somos responsables, es muy difícil tanto pedir perdón en nombre del Estado -esa frase de Kirchner es un poco irrisoria si se tiene en cuenta lo que dice Oscar del Barco-, como sería difícil la frase del cura Benitez e incluso la frase de Massera, que dice “todos somos responsables, pero de otra manera, pero viva el asesino que soy yo y ténganme amor porque yo fui el asesino” –es un tema muy profundo en el discurso de Massera-, “ámenme a mí que soy el asesino”, encima los esclavizo y los pongo a trabajar para mí, como en el diario Convicción, “cómo no me van a tener amor, si yo soy esto que te salvé la vida”, como bien dice Borges: “el señor de la vida del infierno”.

Todo eso lo sé porque habiendo pasado situaciones infinitamente menores a estas, estando preso, también había las pequeñas ventajas que el represor, el verdugo le da a la víctima. Hay una tentación de agradecerlas, en un ambiente cerrado, sin nexo con la realidad. Las fábulas profundas del amor al verdugo tienen una razón de ser.

Tomando el tema de León, que a mí me inquieta mucho, León decidió cortar de cuajo todo eso y dijo “el ejército que va a las Malvinas es el mismo ejército que torturó”. Esa posición de León entraña una cierta metafísica.

Cuando leí ese libro de León no pensaba como él y ahora no sé si pienso exactamente como él, pero siento que me estoy acercando a las pocas soluciones que quedan para pensar ese asunto, excepto por el discurso de Balza.

El discurso de Balza: “este ejército que fue a las Malvinas respetó las leyes de Ginebra”, un general de la tradición liberal, que no torturó, que hizo una contribución importante a la democracia, recordarán cuando fue a la televisión diciendo algo parecido al perdón de Kirchner, “este ejército jamás tolerará ningún golpe de Estado”.

Son frases que van y vienen en la Argentina.

Dijo: “este ejército no violó –como violaron después los ingleses a los propios pobladores-, no violó la propiedad privada de los habitantes de las Malvinas y respetó absolutamente todas las reglas de Ginebra”. Y del otro lado, tuvo un ejército parecido, un poco peor porque incluso violaron. La tentación era decir “¿pero era o no era el mismo ejército?” porque si esto fuera así, evidentemente, esa actitud de Balza correspondería a la frase de Kirchner. Son frases que tienen una profunda sed de paradoja, una profunda ambición paradojal.

Por ejemplo, la de León no admite paradoja. Los que fuimos de algún modo criados en la vida paradojal, los que estudiamos sociología, aunque ya la hayamos olvidado, la gran frase de la sociología es la de Max Weber, desde la teología política de Weber, que fue un gran teólogo político: “si uno se empeña en acciones del bien, que cree que van a llegar al bien, está muy equivocado, del bien se llega al mal” –lo cita a un tal profesor Foster –que no es nuestro amigo Foster.

El profesor Foster del texto de Weber estaba totalmente equivocado. Hay una paradoja de la acción por la cual las acciones que comienzan de un modo, usualmente pueden terminar de otro modo. El mal se genera del bien, entonces llama a estar atento a las acciones a las que califica, distribuye y cataloga de mil maneras. Es realmente interesantísimo.

Yo tenía un poco esa idea de la paradoja de la acción, por eso, sin gustarme lo que había hecho el Club Socialista en México, porque era acercarme demasiado a la Junta Militar, daba a entender qué hubiera pasado en la historia argentina si se desarreglaba todo, como se iba a desarreglar todo si triunfaba el ejército.

En el discurso de Massera está efectivamente esa tesis, cuando les dice a los jueces que lo juzgan: “ustedes no saben hasta qué punto hubieran sido condenados también por la guerrilla a la cual corren el peligro de reivindicar”. Él les señalaba a los jueces algo que el alfonsinismo se tomó muy bien. Alfonsín dijo: “efectivamente, estos jueces que los juzgan y que nosotros sostenemos, pueden haber sido jueces que hubieran podido ser muertos por ser jueces burgueses, por decirlo así, aunque no consta que fuera así. Pero el alfonsinismo aceptó esa tesis. Miren qué interesante es el alfonsinismo –dijo Alfonsín- que puede perfectamente, sin haber sido guerrillero, sin haber pensado que había que destruir el ejército, sin postular el socialismo, sin haber tomado las armas -recuerden que Alfonsín dijo: “las tomamos sólo para restituir la democracia, con Irigoyen”, para decir que no las tomaba ahora, se vio obligado a decir que el partido radical las había tomado hacía ochenta años. Son muy interesantes esos discursos de Alfonsín, se vio obligado a decir “nosotros también fuimos insurgentes”.

Es muy interesante el alfonsinismo, el gobierno actual se debería inspirar más en las buenas cosas, porque está tropezando exactamente con los mismo dilemas, como cualquier democracia va a tropezar con los mismos dilemas, con esta Iglesia y con este Ejército, que han cambiado, pero ese cambió ¿implica el perdón del ejército nuevo al ejército viejo?, ¿quién va a decir esa frase?, ¿cómo se reconstruye la trama social argentina si no hay un discurso capaz de encarnar, con instituciones, con financiamiento, incluso con subsidios, la frase de Kirchner?. Esa es mi íntima convicción.

Y ya para terminar, Balza expresó una idea de amigo-enemigo y lo dijo, como es la doctrina oficial del ejército argentino: no odiar al enemigo.

Por eso ahora hay coroneles ingleses que se reúnen con coroneles argentinos, que comentan la guerra, leen los mapas, diciendo “usted estaba aquí y yo estaba aquí”. El otro día leí que el hijo de un oficial de la aviación argentina se reunió con el piloto inglés que derribó el avión del padre. Son todos grandes hechos de la historia, que tienden a una reconciliación, digamos, se muestra que el hijo del padre muerto que tripulaba el avión que derribó el aviador militar inglés, necesita hablar con ese aviador inglés –acá los compañeros psicoanalistas lo podrán explicar mejor que yo-, pero entiendo que son los términos de la guerra que revierten sobre el lenguaje, la literatura, la vida común, respecto a qué queremos ser en tanto “ex”.

La idea es la misma, definitivamente, es una idea trágicamente inevitable. Balza lo dijo con dulzura: “se acabó la guerra, nos damos la mano”, siendo el General en Jefe de la Argentina fue a ver al General en Jefe inglés, que estaba retirado y comentaron todo, perfecto. Es difícil no tener odio. Es un acto profundo y último. Primero, alguien que no sabe lo que es el odio y segundo es decir: “no tengo ningún odio porque soy un profesional de esto”.

Terminaría diciendo que, efectivamente, las piezas más importantes que se han escrito, que se han pensado en la Argentina, se han mencionado aquí.

León leyó todos los textos militares, leyó a Clausewitz -que es un poco un amigo-enemigo, aunque no es de la envergadura de Carl Schmitt- y León lo toma en sus términos, para pensar que era mejor una defensiva estratégica que una ofensiva estratégica. Y llega al punto de criticar al peronismo, no por totalitario, por cantar marchas absurdas, menos poéticas que la Marcha de las Malvinas, lo critica por no haberse basado en lo mejor de Clausewitz, que es la defensiva estratégica.

León es muy complicado y es, quizás, nuestro filósofo más interesante, habría que seguir leyéndolo por eso. Él, creo que mantiene la idea del ejército enemigo, lo más drástico que hay es mantener la idea de ejército enemigo. Hoy, cuando nos dicen que el Ejercito está en Tecnópolis, que construye instrumentos para leer la atmósfera, lanzan satélites para medir la sal del mar, uno no termina de convencerse.

Carl Schmitt, es un autor fundamental, así como con León, es difícil saber qué era Schmitt. Nazi, ya nadie dice eso porque tampoco fue un nazi exactamente y lo que él revela, como amigo y enemigo, es la división sin dialéctica, la forma profunda del pensamiento de las personas, es una forma espontánea del lenguaje casi, a eso lleva Carl Schmitt. Después lo pone en cualquier otro tema, la tierra y el mar, su sistema de alegorías tanto más profundas que las de Walter Benjamin.

Es muy difícil sostener ese pensamiento, por eso queremos creerle a Kirchner, queremos creerle a Oesterheld, que sigan guerra buenas, guerras justas, donde el pueblo se vuelve a armar en nombre de la justicia profunda. ¿Tenemos que seguir así o cambiar?

Por eso la novela de Fogwill o el poema de Borges, me parece que son visiones comunitarias de la guerra, fuera del sistema amigo-enemigo.

En Fogwill, la caverna es, evidentemente, una creación, una comunidad problemática porque incluye ingleses y los ingleses no incluyen a los argentinos desertores como parte de una comunidad igualitaria. Recuerden la escena donde hay que aprender inglés para pedir pilas, uno le dice: “batteries, batteries” porque si no piden batteries, los ingleses no les dan pilas. Es una especie de caverna argentina de personajes, recuerden que son “pichis” y representan una forma de la condición picaresca argentina. Es una forma del lenguaje, como Fogwill dijo que era.

A la manera de Borges -porque esas relaciones hay que verlas-, en Borges también hay un deseo de comunidad no absurdo –porque Fogwill es un personaje absurdo y querible, terrible y absurdo, como quieran, imaginó esto como una discusión fundamental.

¿Puede haber una comunidad argentina? ¿Con quién y en qué idioma? Recuerden que la radio que escuchaban los pichiciegos eran radios chilenas, ¿por qué?, porque pasaban verdadero rock inglés, no iban a escuchar las taradeces que les pasaba el Ejército Argentino en las radios de Buenos Aires, que pasaban a León Gieco.

Recuerden la profunda enemistad de Fogwill con León Gieco. ¿Quién fue capaz de hablar mal de León Gieco en Argentina? ¡Nadie! ¡Sólo Fogwill!.

Y después Borges, Juan y John son también, en ese deseo de Borges, muertos en la guerra, en medio de una comunidad literaria o de biblioteca.

De todas las cosas para pensar en la Argentina que tenemos, este es un momento propicio, es un momento de una grande y compleja desarticulación de las formas políticas anteriores.

Si estuviéramos ante la suposición de que YPF vuelva a ser una empresa argentina, sería una gran cuestión, con todos estos temas que venimos hablando, de carácter ético discursivo, o metafórico, o sintagmático, o del significante, sería bueno que un grupo social político intervenga en este momento. YPF equivale a las Malvinas, en cuanto a las resonancias en un estrato anterior del lenguaje, que de inmediato deben medirse con fuerzas reales, la de la geopolítica, las tecnologías, etc.

Deberíamos intervenir con criterios capaces, ahí demostraríamos que la poesía, el psicoanálisis, la literatura no hablan de cosas cualesquiera, si no que están hablando precisamente de un problema y de una forma necesaria.
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