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Américo Cristófalo

Voy a tratar muy brevemente de recorrer algunos de los núcleos que creo haber escuchado en las mesas a las que asistí y otras de las que escuché comentarios.

Muy visiblemente desde ayer se viene formulando el requerimiento de pensar Malvinas a partir de una lengua nueva, que no reincida sobre figuras congeladas y fijaciones del tratamiento habitual que el discurso dominante sobre Malvinas impuso.

Esta consideración acerca de la idea de una lengua nueva para abordar Malvinas, que comparto, remite a una la larga tradición que propone esta pregunta acerca de la renovación de lenguaje como foco de atención para pensar los modos de representación de acontecimientos históricos decisivos. Es una pregunta moderna, se la puede perseguir muy inmediatamente alrededor la Revolución Francesa, que abrió nuevas interrogaciones acerca de cómo representar el acontecimiento, sus efectos y expansiones, tanto en el terreno de lo histórico político como en el campo de la literatura y las artes. Es una pregunta que atraviesa todo el siglo XIX y desemboca en las exploraciones de las vanguardias, o en la pregunta acerca de cómo hablar de los campos de concentración, y que está en juego sistemáticamente cuando preguntamos por las realidades político-sociales contemporáneas, ¿con qué lengua hablar acerca de ellas?

Para no generalizar­, el punto que aquí está en cuestión no tiene tanto que ver con una pregunta general acerca de cómo pensar este vastísimo problema de la renovación de la lengua, sino con lo que es obvio y surge de las exposiciones que escuchamos: una perturbación, una incomodidad, un malestar acerca de la repetición de discursos y proposiciones sobre Malvinas.

Ayer, Horacio referiría la desacierto que vuelve a escucharse cuando se pronuncia la palabra “cipayo”. Hay una larga serie de palabras y construcciones que apuntan en esa dirección, que vuelven a hablar de Malvinas con adherencias de relieve mitológico, ya habladas, que sitúan alrededor de Malvinas un glosario más o menos conocido, un diccionario de nacionalismo clásico, de antiimperialismo convencional, de exaltación heroica o de obstinaciones generales, la guerra en general, el concepto de soberanía en general.

Cuando se dice “Malvinas es una guerra absurda” no se dice mucho, se puede decir muy fácilmente lo mismo de la guerra, o toda guerra es absurda o ninguna lo es, este rasgo “absurdo” no comporta un acercamiento en singular, reduce Malvinas al conjunto “guerra”. Lo mismo, cuando se apela a las figuras del sufrimiento, frío, hambre, miserias y dolores referidos a Malvinas, pero que en general refieren los padecimientos y daños de toda guerra. La guerra es impensable sin esas imágenes de daño, destrucción y sufrimiento sacrificial. En esos grandes motivos, aplicados a Malvinas como si fueran rasgos particulares, quizá pueda situarse algo de lo que paraliza la lengua con que la ficción social aborda Malvinas. La pregunta es por dónde avanzar, qué es aquello de histórico particular que podemos pensar.

Y cuando entramos en esa lógica, solicitamos literatura, en la hipótesis de que ahí se construye un centro de tensiones y potencialidades críticas respecto de la ficción social.

Se nombró Los Pichiciegos como uno de los grandes momentos de exploración de una lengua posible para pensar Malvinas. Una primera observación acerca de novela de Fogwill: se la nombra en general, por su cualidad narrativa, se la inscribe en el género, y evidentemente se trata de una novela. Quisiera apuntar sin embargo que, por su construcción, por su movimiento interno, está muy fuertemente tocada, más que por una vocación narrativa en el sentido clásico, contar la guerra en sentido episódico, por una fuerza dramática, teatral, poner la guerra en escena. De ahí, la fuertísima construcción espacial, la “pichicera”, la idea de que en ese teatro subterráneo es donde pueden pensarse mejor los rasgos críticos del heroísmo.

Señalaba en la intervención de ayer algunos antecedentes, aunque no importe aquí el antecedente en cuanto precursor literario, refiero esa formidable escena de Transatlántico, de Gombrowicz: un sótano en La Pampa ocupado por una secta polaca, la Secta de las Espuelas Punzantes; quienes la integran, incluido el personaje Gombrowiczs, se vigilan mutuamente, cuando cualquiera sospecha que cualquier otro da alguna señal de traición, de traición a la patria, le clava una espuela; todos se hieren entre sí y permanecen indefinidamente en ese encierro de subsuelo pampeano. Ya fue suficientemente señalado que Transatlántco puede pensarse como novela argentina escrita en polaco, que la extrañeza de esa lengua, la traducción y el exilio que compromete pueden pensarse como grandes temas argentinos. ¿Dice algo Transatlántico acerca de Malvinas? Los polacos del sótano quieren representarse más heroicos que los polacos que están en guerra en Europa. La secta rinde culto a Polonia y al heroísmo polaco. Dice algo acerca de la condición del heroísmo en cuanto cualidad fallida, en cuanto rasgo nacional de países periféricos, Polonia y Argentina. Y en esa línea dice algo sobre Malvinas si pensamos alguna relación entre los desertores pichiciegos, los polacos de la secta, y la pichicera como espacio también subterráneo, como arquitectura baja en la que inscribir la lengua también baja, de sobrevivencia e intercambio, con que Fogwill escribe Los Pichiciegos.

En tensión con estos dos textos que acabo de nombrar, y que se trabajó en algunas de las mesas de ayer, sitúo el texto de Borges, citado por Horacio en la apertura de las Jornadas, el poema de los Juanes, John Ward y Juan López. Borges introduce otra tipología espacial, ya no es el subsuelo o la cueva, ya no ese espacio dramático, sino el tiempo ideal borgiano de la biblioteca. Lo que en el sótano de Gombrowicz, es intercambio cruel de espuelas entre polacos, o en Fogwill son las figuras de comercio material y sobrevivencia argentina de la pichicera, en el poema se manifiesta como figura clásica del sistema borgiano: los libros y las lenguas. John aprende español en el Quijote y Juan aprende inglés en Conrad, en un aula de la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Viamonte. Hay una posible amistad entre ellos, una amistad que es un entendimiento de lenguajes, un intercambio, que potencialmente salvaría de la guerra, el ideal de la salvación por el libro, o por una lengua anterior a Babel, el ideal de eternidad y equilibrio de la biblioteca y la lengua. Figuras en todo caso ahistóricas del libro y la lengua.. El poema de Borges sitúa una falla en ese destino de armonía, falla lo que cae en lo histórico, la guerra, las naciones. Lo histórico interrumpe ese posible destino de amistad y equilibrio, el único momento en que los Juanes se encuentran cara a cara es una tumba de nieve y corrupción. Para Borges hay una caída en lo histórico. Esta caída remite al un conjunto evidente de metáforas, Caín y Abel, el libro, la metáfora de las lenguas separadas, Babel. La guerra de Malvinas es para Borges la caída de ese ideal humanista ilustrado de la biblioteca, lo que hubiera permitido un destino ajeno a la tragicidad de la historia, una comunidad feliz entre quienes por acción de lo histórico resultan enemigos.

¿Qué quiero decir? ¿Cuál es la tensión?

La tensión en la que ilumina Borges una perspectiva ideal, el lamento por la historicidad de la guerra, por un lado, y un estilo de representación que hace fuertemente pie en versiones materialistas de la guerra, el cuerpo, la vida de los desertores, el azúcar, las pilas, los ruidos, necesidades, crueldades y terrores argentinos de la guerra. Uno modo que va en el sentido del ideal o del fracaso del ideal y otro, en esa suerte de seca y discreta forma de presentar los hechos en su materialidad. La ficción moral del ideal y la de los hechos, en tensión y para aproximar la pregunta acerca de pensar una lengua de Malvinas.

En Borges, la guerra cobra valor cuando funda una mitología, un origen. Borges deplora el carácter histórico de Malvinas. Fogwill escribe en una lengua presente, contemporánea de los hechos, una lengua histórica, que toma de la historia su ritmo dramático.

En la intervención de María Pía hay una pregunta acerca de las relaciones entre acontecimiento y representación. ¿De qué modo pensar esto? En cierto sentido se trata de una pregunta que insiste sobre lo que hablamos, la lengua. Y una observación que retomo, el hecho de que la política contemporánea haya engendrado condiciones para este debate y el hecho correlativo de que la narración social sobre Malvinas, o si se quiere, la narración de estado sobre Malvinas haya comenzado a dar señales de transformación, detalles nuevos de discurso, relecturas del concepto de soberanía y un impulso por redefinir el acontecimiento Malvinas, la guerra, en el marco de un debate también renovado acerca de los efectos de la dictadura, del terror de estado, de la destrucción y el vaciamiento del estado; quiero decir: es un momento políticamente propicio para sacudir los lenguajes entumecidos o sobredeterminados acerca de Malvinas y la conflictividad histórica que supone.

Noé Jitrik

Los últimos conceptos de Horacio González me sugieren que si Kirchner y Balza hubieran ayunado antes de pedir perdón, habrían celebrado un auténtico Yom Kipur (risas), lo cual me hace pensar en mi mala suerte: estos políticos que pidieron perdón no me consultaron antes de emitir esa palabra. Yo les habría dicho “tengan cuidado, no pidan perdón, reconozcan”. Este verbo es más propio, es más racional y real que ese desgarramiento de las vestiduras que parece significar mucho pero quizás no significa todo lo que podría ser, tal como ocurre cuando se reconoce. Trampas del lenguaje, desde luego, supongo que no faltará alguien que interprete que no me tomo las cosas en serio. Las tomo, por supuesto.

He disfrutado mucho escuchando esta interesantísima mesa, así como algunas anteriores. Y ahora, sin olvidar lo que escuché, tengo que volver un poco atrás para recuperar el momento en que Liliana Heer me invitó a participar: la verdad es que la invitación me tomó desprevenido en el sentido de que no había estado pensando en este tema de las Malvinas para nada de manera que sentí que no podría agregar nada, no tenía la menor idea. Y no es que el tema no estuviera presente; al contrario, las conmemoraciones relacionadas con el año ´82 desencadenaron una profusión tal de discursos competentes que pensé que no podría decir nada nuevo, todo estaba absolutamente dicho, parecía que sólo se podía redundar. Declarar esto me devuelve algo que también se dijo hace un momento al evocar una frase de Cristina Kirchner; ella había dicho, al evocar la atmósfera de 1982, que el pueblo argentino estaba preso. Si esto es así, y sin duda la frase es fuerte, surge una pregunta: ¿estaba preso el pueblo inglés? Por mero contraste puede decirse que no estaba preso, claro que no del modo en que lo estaba el pueblo argentino aunque podría estarlo de otro modo. La frase de Cristina lo deja de lado, pero uno no puede menos que comparar, lo cual desencadena una cantidad de cosas; ante todo supone imaginar –como lo sugirió María Pía- el modo en que el pueblo inglés tomó una novedosa guerra que implicó, después de todo, si no tanto como a la Argentina al menos una cuota de tribulación, incluso una especie de sacrificio colectivo, en la medida en que tuvieron que mandar soldados, armas, aviones y podían tener bajas como nosotros, una guerra en fin.

Seguramente ese punto no nos importa demasiado, somos orgullosamente falocéntricos, o sea de ombligos muy exigentes, tardamos en tratar de saber qué pasa fuera de nuestros intereses o de nuestros objetivos. Al final lo hacemos ¡pero con qué esfuerzo!

El hecho es que frases como éstas suponen siempre una contraria, o complementaria o, por lo menos, la posibilidad de pensar lo que contrasta con lo que afirman.

La masa de interpretaciones a la que aludo me bloqueó y me impidió organizar algo que pudiera ser diferente para justificar mi presencia en este coloquio, tan interesante la idea que propusieron Liliana Heer y Arturo Frydman y que descansa en un desplazamiento: ver qué se dijo, qué se hizo y no tanto el hecho mismo, distinción que también formuló María Pía cuando señaló la diferencia que existe entre el acontecimiento “crudo” diría, y su manifestación.

Valientemente, hago hoy lo que hago casi siempre, me entrego a una especie de asociación libre, observar lo que pasa, escuchar lo que se dice y esperar a que algo salga confiando en lo que está escondido en mí, apostando a que algo emergerá de una provocación como la que gobierna este escenario.

En la escucha saltaron muchas cosas. La primera a la que me quiero referir es la cuestión del exilio en México y el libro de León Rozitchner que parece salir de esa circunstancia. Da la impresión, de acuerdo con lo que se dijo abundantemente, de que lo que pasó en México respecto de Malvinas fue sólo lo que hizo el grupo socialista, a cuyas declaraciones Rozitchner respondió con un largo e interesante trabajo. No fue exactamente así. Más bien al contrario: la mayor parte de quienes estábamos en México tuvimos de entrada una visión bastante clara de todos los significantes acerca de la relación dictadura-Malvinas. Y eso se dijo de inmediato, se equivocaba quien quería, no cabían muchas dudas.

Quienes no lo querían o podían ver fueron por momentos algo grotescos: parte de ese grupo socialista y otros más capturaron, el día mismo en que desembarcaban las tropas en las islas, una bandera que teníamos en nuestro local, nuestra identidad por decir así, aquello que nos reunía, la sacaron clandestinamente y se fueron a manifestar, o bien se plantaron frente a la embajada británica, aunque me imagino que también frente a la embajada norteamericana puesto que es como un reflejo, siempre hay que ir a la embajada norteamericana para protestar. Era como si hubieran sido la representación en el exilio de Quebracho, siempre listos para tomar el 37 y apostarse con carteles en el cruce de la Avenida del Libertador. No eran Quebracho, eran un grupo que inmediatamente tomó partido, no por la Junta Militar –sería injusto decir eso- sino por la acción bélica a la que le otorgaron un sentido que hoy día, como se ve, es un objeto de cuestionamiento generalizado.

Esto no fue el colmo de lo ridículo; políticamente hablando, el colmo fue los Montoneros, que ofrecieron sus servicios para ir a combatir, la patria ante todo. Y parecía de una lógica irrefutable, desde el punto de vista de ellos, tan firme, tan cerrada, que causaba asombro: el ejército (derrotado) que eran ellos se brindaba, con su vasta experiencia de combate, para colaborar con el ejército que los había liquidado. Era una situación verdaderamente increíble, no se podía creer lo que estaban declarando. Evidentemente en Malvinas se encontrarían todos, tan heroicos.

Pero otros vieron el tema de otro modo y de entrada, no necesitaron demasiada discusión. Y todo el ciclo se cerró con una histórica visita, cuando ya la guerra estaba terminada, de un viejo político que tenía cierto prestigio, Don Vicente Saadi, que quiso reunirse con el exilio para explicarnos cómo debíamos nosotros, los exiliados, apoyar a las autoridades nacionales en esta gesta extraordinaria que acababa de concluir, tristemente por supuesto pero a él no le parecía. En el encuentro que se produjo se lo vapuleó con ganas, el pobre hombre quedó desconcertado, él pensaba que el patriotismo era una razón suficiente para olvidar todo lo que había pasado, incluso de nuestra propia situación; le costaba entender que si estábamos en México no era por falta de patriotismo, sino, en todo caso, por un patriotismo entendido de un modo muy diferente del que se había enarbolado en la Argentina al principio de Abril y que para él seguía siendo válido.

Esta historia es casi insignificante, una anécdota si ustedes quieren, pero indicativa de cómo había sido vivido el conflicto malvinense a tantos kilómetros de distancia. Rozitchner llega a México un poco tarde, cuando las discusiones se estaban apagando y al encontrarse con las declaraciones de lo que se llamó “la mesa socialista” se encrespó, como solía sucederle, y de ahí salió esa réplica que parece resumir, para muchos que desconocen todo lo demás, lo más profundo del conflicto.

Yo soy un poco escéptico frente a los grandes gestos y la ocurrencia de Galtieri, que muchos dentro y fuera se tragaron, me dejó en su momento algo indiferente y hasta con ganas de ironizar un poco, hasta el límite de la susceptibilidad de gente muy apreciable. Me dije entonces que una de las desgracias que se abatirían sobre nosotros era que muy pronto se produciría, y nadie lo podría parar, una oleada de novelas que tomarían el tema de las Malvinas, a la pesca, novelistas de diverso alcance, de temas de palpitante actualidad, como decía otrora la crítica literaria, previendo que las respectivas ficcionalizaciones no carecerían de lectores: escritores profesionales que están atentos a lo que afecta las certezas o los problemas de la sociedad o los conflictos más extremos (catástrofes, escándalos, negros y blancos, homo y heterosexuales, terrorista y narcos, corrupción y finanzas, por mencionar sólo algunas cuestiones que sacuden a la opinión pública y garantizan ventas) sin duda se abalanzarían sobre ese hecho tremendo, esperanzado y frustrante al mismo tiempo. “La literatura argentina lo va a tener que sufrir, va a ser muy difícil evitarlo” pensé con preocupación. Así sucedió, leí algunas de ellas que no están nada mal, tal vez queden y el tributo al presente no las hará desaparecer demasiado pronto, otras me imagino que desaparecerán bastante pronto, no se puede evitar estas suertes tan diversas. Pero los novelistas profesionales son así –algunos me condenarán por mi descreimiento-, hay ejemplos: cuando se reveló que el presidente Clinton hacía poner de rodillas a una de sus secretarias, no digo para qué, me dije: “no van a pasar dos semanas para que salga una biografía de Monica Lewinski”. Creo que así ocurrió. Y el libro se vendió bastante, allá y acá.

La sinceridad es un elemento muy difícil de determinar en la relación del escritor con lo que escribe, no es tan natural como muchos creen: el hallazgo de un tema y tomarlo tan rápidamente sin dejarlo madurar, sin pensarlo, sin sentirlo, sin sentirse mal con algo que le estaba pasando a un grupo de personas y que todo el mundo reconocía que lo estaba padeciendo, a saber los soldados, y largarse a escribir novelas y aparecer en los suplementos literarios da lugar a ciertas sospechas sobre la autenticidad de una avalancha de textos que creo que se produjo, como se produce en todas partes en situaciones semejantes, no es ninguna particularidad nacional, son las reglas del juego.

Eso me permite vincular el hecho de que yo no hubiera pensado en este drama nacional con un tema que parece constante, pese a que tiene presencias y ausencias, un vasto y complejo recorrido. Confieso que no lo he seguido con toda la atención que sin duda exige y merece. Vale la pena recordar en ese sentido que después del año 1833, en que las islas son ocupadas por los ingleses, lo que sigue es un período bastante largo en el que creo que el tema se ausenta y vuelve a resurgir posteriormente. No es vano mencionar a Alfredo Palacios y lo que escribió en su momento. El tema regresa en plena época del fraude, durante el gobierno de Ortiz-Castillo, en los anticipos de la guerra mundial; la derecha, que no es débil en ese momento, está empezando a pensar que Inglaterra está en una posición difícil y que los alemanes están teniendo una fuerza tal que el imperialismo tambalea; momento de crisis que, como todos, nutre el imaginario y hace creer que hay posibilidades de ganarle al nefasto Imperio Inglés, imperialismo ideológico, no económico (puesto que es el principal comprador de nuestros productos primarios) del mismo modo que se cree, esa derecha, que en Europa le puede ganar el nazismo o el fascismo. En este contexto reaparece la cuestión de las Malvinas, como ocurre en otros momentos críticos. Y luego, se evoca en esta serie, la tentativa de un pequeño grupo que fue en avión a las Malvinas, dirigido por Dardo Cabo, como para iniciar una reocupación. En suma, las islas como objeto preferente de reflexión de cierta corriente de pensamiento, de los nacionalistas o lo que sea, que resurge cada tanto. En este caso, a Galtieri hay que reconocerle el mérito del resurgimiento del que estamos hablando, claro que creando un conflicto en el que estamos todavía metidos, en lugar de resolverlo o acercarse a una resolución.

Pero no es la última vez: en el momento menemista también se produce un hueco en la presencia del tema. La “genial” fórmula de “las relaciones carnales” y la reconciliación con Inglaterra hace que el tema desaparezca aunque no del todo pues prosigue cuando el menemismo se retira, algo tímidamente, como con la cola entre las patas, en las gestiones político-diplomáticas que obviamente son una constante y una obligación de cualquier gobierno que se precie.

Se puede decir, apropiándose de una vaguísima noción psicoanalítica, seguramente mal usada: regresa como suele regresar lo reprimido. Yo me pregunto –no puedo manejarme con comodidad en estos términos- si no tiene el estatuto del trauma; me atrevo a decir, con todas las precauciones epistemológicas, que pareciera que lo es y que, como tal, estaba reprimido; en consecuencia, entonces, como todo trauma, reaparece.

Pero si es así, desde una perspectiva psicoanalítica, todo trauma puede ser elaborado, trascendido, pero en términos más físicos, ese trauma podría ser designado como un tumor; en ese caso es más difícil extirparlo. La Junta Militar parecía que quería hacerlo, pero lo agravó, hizo como esos médicos que deciden que hay que hacer una biopsia, cortan y el tumor prolifera. En consecuencia, los militares agravaron lo que ya era un vasto problema.

No creo que esté mal la imagen del tumor, se podría compartir esta idea pero tal vez suene excesiva, de manera que prefiero quedarme con la más liviana de trauma y sin descartar la posibilidad de disolverlo me pregunto ahora ¿por qué sería un trauma las Malvinas y no son traumas otras pérdidas territoriales que tuvo la Argentina?

Porque, si recordamos bien, Argentina perdió nada menos que al Uruguay; grave pérdida pero, sin embargo, a nadie, a ningún Galtieri, de cualquier época que fuere, se le habría ocurrido ponerse en el balcón de la Rosada y a los gritos proponer la invasión del Uruguay para recuperarlo en nombre de la sagrada patria. Y la verdad es que es una lástima porque si pudiéramos recuperar el Uruguay, tendríamos una serie de ventajas; por ejemplo, Juan Carlos Onetti sería un escritor argentino y por lo tanto, los suplementos literarios de Argentina no tendrían la necesidad de aclarar la nacionalidad cuando dicen Onetti o Felisberto Hernández o, lo que es más grave todavía, Horacio Quiroga. Sería una enorme ventaja, además de que podríamos ir más fácilmente a Punta del Este, sin necesidad de ser considerados ruidosos argentinos, llenos de dinero que quién sabe de dónde lo sacaron, que compran pisos, comen como huérfanos y llenan las salas de los así denominados actos artísticos.

La Argentina también perdió Paraguay y Bolivia, pero esas pérdidas no son traumáticas, hace rato que, con ganas o no, esas dolorosas amputaciones han sido entendidas y finalmente aceptadas, lo cual nos permite calificar a los bolivianos y paraguayos que vienen a sacarnos las castañas –o los tomates y las lechugas- con términos ridículamente despreciativos. Por cierto, tales separaciones se justifican porque respondieron en su momento a procesos autonómicos de las poblaciones locales ligados a desarrollos de las burguesías respectivas, por lo tanto no hubo más remedio que aceptarlas e incluso, en el caso de Paraguay, como si se hubiera querido ir atrás, se intentó liquidarlo mediante una guerra de la que todavía se habla.

Por cierto, la población malvinense no tiene ese mismo carácter: los pobladores, se ha dicho repetidamente, se instalaron amparados por la fuerza de la ocupación, los indígenas debían ser otros y, por añadidura, cuando llegaron los ingleses había argentinos, herederos de cuando éramos colonia de España y las islas formaban parte del Virreynato y que, a su vez, o bien echaron o bien esclavizaron a los habitantes originarios. Esta población es implantada, por más que esté allí desde hace más de un siglo y medio.

No deja de ser curiosa la aproximación histórica que se hace al episodio fundante: llegan los ingleses y hacen que el representante argentino –un tal Pinedo, que fue evocado por la Presidente en el discurso del Congreso como un militar digno- firme el papelito de entrega de las islas. Como Rosas pintaba en el horizonte y nada hizo o pudo hacer para no entregar ese bien, un manto de silencio se tendió sobre ese momento que podía haber dado lugar a un cuadro como La rendición de Breda, de Velázquez: los marinos ingleses engalonados y felices, los argentinos cabizbajos en un fondo de tormenta.

Y como para empezar a ocuparse del trauma no estaría mal formular una pregunta: ¿qué tienen de particular, además del hecho justiciero, las Malvinas, que expliquen lo traumático? Hasta hace tres o cuatro décadas, si no simplifico, lo simbólico predominaba y las islas eran sólo eso, islas desoladas, sacudidas por los vientos polares aunque para los ingleses podían ser estratégicas pero, posteriormente lo económico entró de lleno en escena gracias a que hay por esos lugares petróleo, mucha pesca y otras bellezas que los ingleses ya están explotando. Obviamente, eso no nos gusta porque seguimos sosteniendo que las islas son nuestras así como es nuestro lo que ellas contienen.

En cuanto a lo simbólico, que se manifestó estridentemente el 2 de Abril en Plaza de Mayo, se manifiesta en una serie semántica cuyos términos serían éstos: patria, ligada a nación, territorio, como parte de la nación y propiedad, en relación con el territorio.

Los nacionalistas manejan muy bien este razonamiento –se diría que es lo esencial para ellos- y a él se le añaden otras consideraciones que confluyen en la idea de la identidad nacional que, de este modo, puede definirse como lengua, propiedad, religión, más linaje, familia y orgullo por la posesión articulada de todo ello.

Si ésta estructura es real o perceptible puede ser que explique ciertas situaciones históricas; por ejemplo el desconcertante y nunca realmente justificado papel que se atribuyen determinados sujetos o sectores, en particular en nuestra triste historia las fuerzas armadas y sobre todo el Ejército. Para el Ejército cuidar las fronteras es una misión indiscutible pero de allí deriva proteger el territorio lo cual los convierte en custodios de la propiedad; si en los límites del país la propiedad sería colectiva, las fuerzas armadas desplazan esa función a la defensa de la propiedad particular y del conjunto de conceptos pasan a constituirse en la fuerza moral de la Nación misma. Habría que ver para corroborarlo los comunicados Número 1 de todos los golpes militares, su asfixiante connotación moral que funciona como un

propulsor que permitirá restituir lo que los civiles han adulterado porque no han sido los verdaderos intérpretes, como ellas, de esta serie, la esencia misma del ser nacional. La comodidad y la facilidad con que de pronto han justificado los golpes se ha naturalizado de tal modo que pocos se han puesto a pensar que tal vez haya un equívoco y los roles no sean precisamente los que se han atribuido.

Pido perdón por mi falta de sistema, o mi incoherencia, para referirme a cuestión tan grave, y que tan seriamente fue tratada en las reuniones a las que asistí. Me manejo con imágenes sueltas, apenas aproximaciones.

Quisiera que no se me perdiera un tema mencionado por María Pía López: lo que fue la Plaza de Mayo del día 2 de abril. Tengo la impresión de que todavía no nos atrevemos a ir al fondo del asunto con alguna severidad crítica porque eso, tememos, afectaría a muchos de los que estuvieron ahí y no quisieron o no pudieron sustraerse al patriotismo tan fuertemente invocado en la ocasión: a los emocionales no les gustan las lecturas racionales de sus adhesiones o entusiasmos. Ahora bien, dicho acto fue precedido por otro, de muy diferente alcance, para algunos fue el primero en el que se expresó un rechazo masivo a la dictadura, que tuvo lugar en el mismo sitio, dos días antes, el 30 de marzo, como bien se recuerda. La comparación es dolorosa porque lleva muy fácilmente a creer en la volubilidad del pueblo, no sólo el argentino. Sin embargo, me quedo con la diferencia, celebro el significado de la reunión del 30 y trato de comprender a la multitud del día 2. Debe ser muy arbitrario lo que se me ocurre pero no lo puedo reprimir: evoco un paseo que estaba haciendo en Roma con un amigo que, frente al Palacio Venecia, me dice “¿ves ese balcón? Desde ahí Mussolini vociferaba y cuando lo de Etiopía gritó: ´¿Volete burro o canone?’ o sea ‘¿quieren manteca o cañones?’ Y la masa reunida respondió a coro, ‘Canone, Duce, canone’. Galtieri hizo más o menos lo mismo: ‘¿quieren las Malvinas o qué quieren?’, siendo, ese qué lo que tal vez los mismos habían pedido dos días antes. “¡Malvinas!” gritaron; faltó que añadieran “Mi general”.

¿Qué es la gente? ¿Qué piensa la gente? Ambas cosas son misteriosas. Hay que volver quizás a Canetti para responder. Masa y poder. ¡Qué enigma!

En todo caso, todo esto es una fuente de incomodidad; lo fue en el momento para quienes pensaban que la empresa bélica no tenía sentido o tenía otro sentido, y después, a partir de la masa de análisis, es más incómodo todavía para los mismos porque genera una sensación de orfandad. Todos querríamos que lo que se considera una causa racional y justa tuviera un respaldo amplio. Uno puede aceptar la soledad, los límites que impone la pertenencia a un pequeño grupo, pero eso no quiere decir que no desee una relación mayor con el conjunto.

Tuvimos ese sentimiento los que estábamos fuera, y tal vez lo tenían los que estaban dentro y creían, como nosotros, que esta situación era siniestra; debieron sentirse, como nosotros, huérfanos, arrastrados por una marejada o un vendaval de deseos estimulados por un discurso dictatorial sufrido y seguramente repudiado antes, durante y después.

Me asedia también otro aspecto, el de la visión sentimental, aludida por Horacio González y Jorge Chamorro. Ambos razonaron acerca de los ex combatientes o combatientes y de lo que padecieron así como de la relación que con ellos tuvieron los conductores de la guerra. Hay suficientes y dramáticos testimonios de que la pasaron más que mal. Si uno considera que los jefes eran los mismos que habían hecho, de una manera u otra, desaparecer y asesinar a tanta gente, no me extraña que hayan querido liquidar también a los jóvenes que estaban ahí. Hay una unidad de sentido entre las dos formas de la muerte: es como si hubieran asesinado directamente a unos y estuvieran ayudando a morir a otros. Videla, en la entrevista que evocó Horacio González, habló de un aspecto (había que resolver el problema de seis o siete mil personas a las que había que eliminar), los jefes de Malvinas hicieron la segunda parte. Y si unos u otros eran jóvenes se podría inferir que dictadura y Malvinas expresan una especie de “neo o juventofobia” que venía desde antes, aunque parezca un poco tirado de los pelos –y lo del pelo viene a cuento-, el asunto de cortarle el pelo a los chicos en las escuelas tiene que ver con esta situación, el meterse con el aspecto de los chicos, invocando algo así como una moral superior, tiene una raíz ideológico-política bastante clara. No hay que romperse la cabeza para saber de dónde viene eso y qué significa. Yo creo que siempre se vincula con la pasión por la propiedad, de ahí que una de las consignas principales de esa gente es: Dios, patria, hogar.

Todo lo que se dijo acá es realmente muy fino, muy atinado, muy agudo. Habría que hacer una especie de seminario largo, internarse en algún refugio, escuchar con calma y retomar cada afirmación o matiz que han surgido en este breve escenario y arriesgarse a que el lugar de la llegada sea desconcertante.

De todas las búsquedas y las discusiones que se han producido en el mes de abril de 2012, treinta años después del acontecimiento, ésta que está concluyendo ahora es quizás la más riesgosa, porque las que tienen lugar en los diarios, en los periódicos, en las opiniones, la televisión, son puro ruido, a lo sumo y en el mejor de los casos redundan, todo es vacío o rumores que se disipan.

Lo que concluye hoy aquí es un intento de ahincar. Detrás de este gesto hay una búsqueda que le da espesor y sentido. Podemos preguntar qué se está buscando al indagar en este asunto y tal vez no lo podamos responder, nos falta clarividencia, todo está muy cercano e irresuelto como para comprender el drama sobre el que hablamos, interpretamos, sancionamos, compadecemos y pensamos.

En todo caso, y sin que se trate de optimismo epistemológico, me parece que depende, en una secreta medida, de nuestras indagaciones que termine por hallarse una solución o que tengan el mayor sostén las gestiones diplomáticas en las que la Argentina parece estar avanzando, con esta nueva actitud diplomática y política. Haber obtenido un gran apoyo internacional es algo muy importante y muy novedoso porque antes, en Abril del 82 varios países de América Latina se habían tragado la historia. Políticos mexicanos no tenían idea de que el problema no eran las Malvinas sino la dictadura. Tomaban el rábano por las hojas, una manifestación exterior totalmente ficticia y ocasional la tomaban como real. El siempre recordado Doctor Johnson decía que el patriotismo es el último argumento de los imbéciles.

Me parece importante el episodio que ha tenido lugar aquí: debe servir para que cada uno entienda mejor, no sólo lo que pasó, históricamente hablando, sino un presente en el cual lo que pasó conserva todavía mucha fuerza. Si eso llegara a suceder nuestra propia vida podría iluminarse un poco.
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