Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman




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Liliana Heer
Cuando los márgenes entre ficción y realidad se estrechan, los interrogantes comienzan a formar parte de la zona interior del mundo en brete, ese extenso túnel donde las palabras no se deslizan, trituran los acontecimientos, algunas veces para proteger, otras para completar o manipular. Ante el veneno mediático, Fogwill modula esa materia en erosión -otoño del 82- y escribe Los Pichiciegos. Novela “contra una manera estúpida de pensar la guerra y la literatura”. Otra nieve: horizontal, pastosa, amarilla, marrón. Otros códigos: del mandar, del obedecer, de la capilla, de tierra adentro. Goces y hábitos insertos por púas de pertenencia. Una sola consigna: subsistir, desertar, repeler placebos patrioteros. Adiós a la memoria moral, a la trasmisión “ciruela” y sus variados uniformes. El humor de Los Pichiciegos sostiene un cauce ético sin relax, abre a martillazos el debate sobre la tortura -agua electrizada de la época. Cero secreto del Polichinela, cero certeza, un torbellino de voces.

Escribir violenta.

Llevar al lenguaje más allá del cierre, ni cálculo ni espectáculo, voluntad poética de cifrar el engaño, la imposibilidad, el silencio. “Cuatro estacas clavadas en la tierra negra roja de Malvinas ….Y todo lo que no sabemos, todo lo que no queremos saber, todo lo que no imaginamos se expande … ”, Mario Sampaolesi.

El vacío, el espacio donde impera esa NADA de soberanía que Bataille pulsa cuando alude al cuerpo ante la muerte. Ser fuera de sí, exterior, irrecuperable, ser sólo tanteo, agujero, borrador en disolución. “Los rincones de la noche / no son de la noche / ni rincones / ni sueños / ni pesadillas / Los rincones de la noche/ son tan sólo / ensayos de la muerte. Hugo Sánchez, Sobrevida.

Esos bravos impulsos, la inmediatez de la carne, sus resortes cuasi religiosos abiertos al devenir, expuestos al esplendor enigmático del estremecimiento. Todo y nada contra las comisuras del yo lírico, ¿quién no supo temblar con El canto del Corneta? Aquel arrebato íntimo, extraño, desesperado, voluptuoso, más pleno que el propio aliento. “Cuando uno está por matar / es cuando más quiere la vida // Se corre se saltan cuerpos / mientras se escucha / ¡Oh! ¡Dios! ¡Ah! /como cuando se hace el amor” Gustavo Caso Rosendi, Soldados.

Vuelvo atrás, más de un siglo y medio atrás para situar internas. Vicios de lectura, salpicaduras, conjeturas. Alfredo Palacios menciona un Juan y un John. Doblaje de Juanes, gobierno de Rosas, primavera de 1828. Primera secuencia: El Sargento Juan Mestivier viaja -de Buenos Aires a las Malvinas como comandante interino en la goleta Sarandí- a las órdenes del teniente coronel de marina José María Pinedo. Segunda secuencia: Pinedo está fuera de escena cuando asesinan a Juan Mestivier. El último día del año después de recorrer las costas, se encuentra ante el incidente (seis soldados bajo revista de un ex esclavo del Regimiento de Patricios se amotinaron, mataron, violaron). Tercera secuencia: La goleta Clío entra en puerto Egmont el 2 de enero de 1833. Pinedo recibe esta nota y la satisface: “Es mi intención izar mañana la bandera nacional de la Gran Bretaña en tierra, por lo tanto solicito que tengáis a bien arriar vuestra bandera y retirar vuestras fuerzas llevando también todos los depósitos, etc., que pertenezcan a vuestro gobierno. Soy, señor, vuestro humilde y muy obediente servidor. John Onslow”. Pornográfica subordinación subordinante. ¿Habrá desconocido Borges la efectividad de estos modales cuando escogió llamar Juan y John a los personajes de su poema?

Es ineludible citar la resonancia asertiva de Lacan, su apelación a la renuncia de quien no pueda unirse a la subjetividad de la época. Grüner, Jinkis, Gusmán, Alcalde, Savino y Grisafi, hacedores de la revista Sitio -creación colectiva sin pido gancho de ocultamiento individual- ante la invasión de Malvinas se pronunciaron mientras tanto y después no sólo en la vía “intersticial” como acostumbraban. Acertados en dar a la letra potencia de interpretación política, en caliente asumieron el reto entre realidad y escritura sin temer excederse ante el shock, ni sacarle el bulto a la impotencia. Léase un ácido travelling por diversas intervenciones chirles, seguidas por tomas de partido obnubiladas ante la duplicidad del enemigo. Y algo más, los autores de Entredichos, enunciaron cambios posibles, efectos esperables. “Una ilusión no es lo mismo que un error ni es necesariamente un error”, escribió Freud. Jinkis, en Sitio 3, Del Exilio, alude a otra frase de Freud: “Ningún escrúpulo podrá inducirnos a eludir la verdad a favor de pretendidos intereses nacionales”, aclarando que no es lo mismo quien se divide por arriesgar todo en algo, que aquel que se multiplica para ser uno en todas partes.

Continúo, los autores esbozaron la sospecha de no seguir siendo los mismos. Tampoco parece el mismo autor de los dos Juanes, el Borges que unos años después escribe “La milonga del muerto”. Sin duda, en el título hay un pronunciamiento, el rumor de dos orillas, la reunión, el criollo, el gaucho, el payador, la Pampa húmeda, la Patagonia. En claroscuro los reflejos donde espejea la denuncia y resalta doblemente la omisión -con la salvedad de la advertencia y la sordina del paréntesis: “… Lo he soñado mar afuera / en unas islas aciales. / Que nos digan lo demás / la tumba y los hospitales.// Una de tantas provincias / del interior fue su tierra / (No conviene que se sepa / que muere gente en la guerra)…

Ante la acción, acción. Contra las cómplices construcciones, los mea culpa, la generalización, los psicologismos: León Rozitchner. De la guerra “sucia” a la guerra “limpia”. Ante los hechos cegadores, otra manera de mirar; en alerta voluntad teórica, en permanente llamado a la coherencia, a la imperiosa necesidad de repeler “la zona gris” de vergüenza inoculada.

Habiendo leído o no a Samuel Johnson, Néstor Perlongher –“La ilusión de unas islas”- podría haber suscrito que el sonido y la fuerza no siempre van juntos, que “la disputa sobre unos trozos de tierra en los desiertos del océano -casi escapadas a la vista de los hombres- sólo prueban el ruido de un salvaje animal hambriento”, 1771.

Con frecuencia, en otro registro, la voracidad es aviesamente encausada por negocios mediáticos. Banderas en los balcones de Daniel Ares puede leerse como metáfora del tráfico de noticias de una sociedad beneficiada por encabalgar streep tease y censura. Todos opinan como si valiese todo. ¿Será necesario hacer hincapié en la avidez de la prensa mayoritaria, nutrida por pensadores “hoy” incontinentes privados de capacidad de espera?

La espera es parte del mientras tanto creativo, condensa el núcleo lúcido de la ficción. “Una mosca, recién atrapada en la tela de araña, mientras la araña, repleta de haber comido, tarda en llegar, puede pasarla bastante bien si se relaja mientras espera”, Las islas de Carlos Gamerro. Novela puzzle, proliferación exasperada de géneros y humores, maqueta de maquetas. Un escenario espejado, torres gemelas en Puerto Madero -antes de la caída del World Center-, gemelas como Malvina y Soledad, hijas de la protagonista gestadas bajo tortura. Duplicado el padecimiento en Félix -ni feliz ni Fénix- sobreviviente de una guerra impune. En la puesta ficcional, Gamerro entre numerosas salidas invierte el desenlace, fracasan los ingleses -sin recurrir al I Ching como Philip Dick en El hombre en el castillo sino a la tecnología piratesca.

Trazar una línea sobre la superficie de la experiencia, aspirar la materialidad de cada tono, la infinita descomposición de los recuerdos, caleidoscopio y “ratonera” en ritornelo diferido, articulación privilegiada que combate la transitividad del discurso rebajándolo a su condición de fantoche. Partes de guerra de Graciela Speranza y Fernando Cittadini.

“¿Qué ven sus ojos?” Así convocan María Guembe y Federico Lorenz, hacia un ascenso que sumerge temporal y espacialmente en la tensión de la guerra. Cruces. Idas y vueltas de Malvinas es una usina de vivencias -textos, testimonios, relatos, ficciones, cartas, entrevistas, imágenes. A manera de epígrafe y dedicatoria, se lee: …Este libro es un homenaje a los que combatieron y murieron en Malvinas sin la posibilidad de elegir hacerlo. A los sobrevivientes, heridos en el cuerpo y en el alma durante y después de la batalla. A los que decidieron morir antes que vivir con la guerra después del 14 de junio de 1982.

No se trata de una cuestión numérica, treinta años tiene un eco abismal: nuestros treinta mil desaparecidos.

MESA 1: De la historia, la guerra y la poesía
Referencias Textos y poemas de Jorge Luis Borges, Néstor Perlongher, Gustavo Caso Rosendi, Hugo Sánchez, Mario Sampaolesi y “De guerra y muerte” de Sigmund Freud
Malvinas que fueron mías: 1982-2012

Anahí Mallol

Gracias Liliana, gracias Arturo, por la invitación, y no tanto por la invitación a leer aquí, sino sobre todo por la invitación a leerme a mí misma, a hacerme cargo de mis Malvinas tanto como de las de Groussac, Palacios, Borges, Sampaolesi, Perlongher, Hugo Sánchez, Gustavo Caso Rosendi, Martín Raninqueo, entre otros. Porque gracias a ustedes tuve que configurar la constelación Malvinas. Y hacia ella vinieron, como imantadas o atraídas por la luz, que en este caso, como en otros, es una luz mala, un reverbero de muerte y de abyección y de vergüenza en los más altos grados, una cantidad de imágenes, de sensaciones, de pensamientos.

La vecina de mi casa de infancia, Carolina, tenía un hermano más grande, como seis o siete años más grande que nosotras, que se llamaba Hugo. Tenía la cara blanca y las mejillas rosadas que se irritaban cuando se afeitaba. Esas mejillas entre suaves y ásperas que yo miraba de reojo en la casa de Carola y quería acariciar. El hizo el servicio militar obligatorio: ella me contaba, medio secreteando, a la hora de la siesta: que lo hacían hacer lagartijas, que lo hacían levantar muy temprano, que lo habían puesto preso, que lo hacían aplaudir plantas de cactus cuando se portaba mal… Yo lo veía a veces, más pálido, más flaco, más serio, con el pelo cortísimo, y no sé si era por los aires de época, ese soldado, me parecía ya casi un héroe, me parecía cada vez más bello, y con un atisbo de temprana ternura lagrimeaba por su bella y maltratada juventud, aunque nada sabía de Perlongher.

Dos años más tarde me veo haciendo una lámina para el profesor de dibujo, un hombre grande salido de una escuela técnica cuyo apellido no recuerdo. Era un poco estricto pero afable, a pesar de que mis láminas estaban siempre, fieles a mi estilo apurado, desprolijas, borroneadas, hechas así nomás. Todas menos esa, la que guardé varios años: sobre una cartulina celeste, en blanco, al medio, las siluetas de las islas, y sobre ellas, prolijas, en negro, con microfibra: Malvinas Argentinas, Malvinas Argentinas, Malvinas Argentinas, en una línea y una seguidilla ininterrumpidas, o interrumpidas sólo por el mar.

Mi hermano mayor tenía, no lo dije, la edad de Hugo. Ese año, cada timbrazo del cartero, era como una picana de pequeño voltaje en el cuerpo de mi madre, y por lo tanto también en el mío, y era una plegaria: que no lo llamen, que no lo llamen, que no lo llamen. Porque estaba también el teléfono y las noticias locales: el hijo de la compañera de trabajo, el hijo de la madrina de mi otro hermano, el vecino, fulano, zultano, todos fueron para allá.

Y también, un poco antes del invierno, en el colegio, estuvo la recolección de chocolates y cartas para los soldados del Sur: nosotras escribíamos, entre patrioteras y enamoradas, unas frases de un cursi alucinado de palabras. Claro, los chocolates nunca llegaron, y a partir de aquella infancia, el himno, aurora, el folklore, nos dan, si no urticaria, al menos un cosquilleo incómodo en el cuerpo. Pero el rock no, el rock se salvó, porque tenía su poesía.

Y ahí está toda la cuestión.

Leo ahora estos papeles, como decía, Groussac, Palacios, Borges, Sampaolesi, Perlongher, Hugo Sánchez, Gustavo Caso Rosendi, Martín Raninqueo. Y la cuestión es vieja como la palabra y como la literatura. Como dijo ella, refiriéndose quién sabe a qué, a todo y a nada, por lo tanto también a esto:

cómo decir con palabras de este mundo

que un barco partió de mí

llevándome? (Alejandra Pizarnik)

Un barco, de alguna manera, nos llevó a todos o a casi todos a Malvinas, a mí y mi infancia, a mi madre y su maternidad, a mi vecino, a Gustavo, con quien compartí tantas lecturas de poetas y más de un daiquiri y de quien ignoraba su presencia en las islas, a toda una generación que cuenta cómo fue y volvió o no volvió y cómo se salvó o no, al padre de la hija de mi amiga que se fue de su casa común un día después del cumpleaños de la nena y no volvió más porque no sabe hablar, no sabe argumentar, desde aquello no puede enfrentar ninguna disputa, sólo se va en silencio, y cada uno regresó o no, como pudo o como no pudo. La pregunta ahora es ¿cómo hablar? ¿Cómo decir de este dolor, de esta vergüenza, hablar por boca del testimonio, o por boca de poesía, o cómo hablar a secas?

Hay una experiencia, del que estuvo ahí, que filtra apenas entre los versos, que se esfuerzan por decir algo, desde lo más mimético a las intensas epifanías líricas que puntúan por ejemplo la poesía de Caso Rosendi:

MAOL-MHIN

Era terriblemente bello

mirar en pleno bombardeo

la suavidad con que caían

los copos de la nieve

Es tal vez en la repetición donde mejor lo vemos: la repetición no de lo obvio, sino la que extraña las palabras: ¿qué quiso decir, entre abril y junio de 1982 la palabra malvinas, la palabra argentina, juventud, ausencia, frío, muerte? ¿Qué quiso decir después volver, quedarse, sobrevivir, memoria, sueño, pesadilla? Porque hubo un quiebre, de eso no hay dudas, un quiebre por el que se filtraron toda la juventud, todo la inocencia, todo el sentido, como aguas aéreas, y sólo quedó un desierto. Ese es ahora el trabajo: poblar de palabras, de sentidos, de afecto incluso, de algo del orden de lo humano, un desierto.

Y cada uno lo logra a su modo, pero para eso hay que mirar, mirar, mirar (mirar una rosa, hasta pulverizarse los ojos, decía Pizarnik, en ello consiste la rebelión). Y estos textos nos ayudan en ese camino de mirar como por primera vez, o volver a mirar, aquello a lo que jamás debimos haberle dado la espalda, aquello que no debimos haber olvidado: Cómo fue posible, por segunda vez, hacer de lo más hermoso, una juventud llena de vida, despojos, deshechos, algo ajeno, o peor aún, algo que no es y es como si nunca hubiera sido pero aún sigue estando ahí, con la fuerza de una presencia que sólo lo que quiere obstinada y autoritariamente dejarse de lado tiene: otra generación de desaparecidos. Porque los hemos visto, en manifestaciones, o en el tren, o pidiendo limosna, lisiados, desencajados, sordos, con la mirada muerta, una cicatriz que se vuelve contra cada uno y lo marca, los ex combatientes.

Decía Charly.

Quién sabe Alicia este país

No estuvo hecho porque sí.

Es ese cómo, ese por qué así y no de otra manera, lo que hay que volver a desplegar, una y otra vez, para reescribir este otro Nunca Más, para no vivir en una época extraña, sino nuestra, para no atravesar un tiempo que no podemos entender, sino ser habitantes de nuestras propias vidas.

La capitulación británica

Profesor Osvaldo Delgado

Durante los primeros días de junio de 2011, el Primer Ministro británico, afirmó que “la soberanía de las Islas no es negociable, punto final de la historia”.

Los señores Roberto García Moritán y Eduardo Valdes, han brindado respuestas sólidas, con argumentos muy precisos, publicadas en “Página 12” el 17 de junio pasado.

Muy fácilmente las expresiones del Primer Ministro Británico pueden generar sentimientos hostiles.

La arrogancia y el semblante autoritario de dueño del mundo, puede llevar a diversas formas de enfrentamiento, ante la aparente consistencia de tal posición.

Una verdadera guerra especular obsesiva. El gesto británico también puede ser pensado, como una expresión del carácter anal en sentido freudiano, bajo el modo de: retengo las heces como desafío. Por el llamado control de esfínter, las respuestas podrían ser de demandas amorosas y sumisas, a amenazas de castigo.

También puede pensarse esa frase del británico, como un decir de amo: yo digo que es así y punto, sin ningún argumento. Tal expresión convoca al otro al sometimiento absoluto y en la medida que presentándose como imperativo superyoico formula que su capricho es ley, insensata pero ley al fin.

Se presenta como imperativo a su vez, porque no requiere argumentos. Sería: “es así porque lo digo yo”.

O también: ¡Gozo de las islas y de tu sometimiento más allá de cualquier argumento, de cualquier legalidad!

Se trata a las islas como un objeto de rivalidad imaginaria, pero también al servicio de gozar de la “debilidad” del otro.

Pero nuestra presidenta, seguramente porque es mujer y lúcida, no queda fácilmente atrapada en las artimañas obsesivas, ni cree en la imagen de potencia del otro.

Por lo tanto el supuesto amo corre el riesgo de quedar en ridículo.

¿Cómo responde Cristina Fernández?

Dice que es “un gesto de mediocridad y estupidez” y que los ingleses “siguen siendo una burda potencia en decadencia”.

Las resonancias fálicas de la cuestión son muy evidentes: impotencia, detumescencia.

La arrogancia del “super macho”, tomada como gesto mediocre y estúpido, y tan burdo que ni cuida las apariencias.

El rey está desnudo.

El amo está castrado.

En realidad en esta época, sólo es una pobre maqueta de sí mismo.

Las frases del británico, son un gesto incivilizado y una verdadera capitulación.

La altisonancia no vela, sino por el contrario, devela la verdad de la falta absoluta de argumentos. Es un acto de confesión que expresa: si, ha sido y es un robo, nada más que eso.

Nuestra presidenta, en tanto mujer no se desliza hacia la guerra del “tener”, sino que se posiciona dando cuenta de la verdad del otro.

Dice J. A. Miller en un texto conocido como “De mujeres y semblantes”: “El “tengo” como sentimiento (en el hombre) que le da una superioridad de propietario, un bien que implica también, el miedo a que se lo roben. He aquí una cobardía masculina, que contrasta con el sin límites femenino. El “tengo” está claramente vinculado a la masturbación. El goce fálico, es por excelencia goce de propietario”
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