Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman




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El “ser nacional” y la guerra

Lo primero y fundamental que debemos decir es que desde una perspectiva psicoanalítica no hay “ser nacional”. No sólo que no hay, sino que darle consistencia a esa creencia, es por lo menos, peligroso.

No lo hay, como no hubo “ser ario”, ni hubo, ni hay “ser judío”, etc.

Nombrar un “ser”, obtura el hecho de que en términos de supuestas identidades, hay un agujero, una hiancia estructural.

Se podría decir algo semejante respecto a las posiciones sexuadas. Para el psicoanálisis no hay identidad masculina, ni identidad femenina, ni identidad homosexual, etc. Solamente hay identificaciones, simbólicas e imaginarias. El modo de goce es otra cosa.

Creer que hay identidad nacional, abre las vías para todas las dimensiones de guerras especulares, segregación, fundamentalismo, etc.

Radicalmente, la Democracia se asienta en el principio ético de que no hay “ser”, de que esa hiancia es imposible de suturar. Por eso mismo, algunos odian la Democracia.

La historia de la humanidad enseña que cada vez que se creyó en que había un ser, sea por religión, por supuesta raza, por tradición, por ideología; la consecuencia fue trágica.

Promover la creencia de un “ser nacional”, puede estar al servicio de velar las contradicciones internas en un país, ubicando a un “agresor exterior”. Recordemos los preparativos para ir a la guerra con Chile durante la dictadura militar. Recordemos que dos días después de la gran concentración del pueblo contra el genocida Galtieri, y con una terrible represión policial; la Plaza de Mayo estaba repleta de “fervor patriótico” por la guerra de Malvinas.

Los seres humanos, tanto en forma individual como colectiva, no aceptan, rechazan sus aspectos oscuros, sus partes malditas como las llamaba Bataille.

¿Cómo se defienden de esto? Pues, muy sencillo, se lo atribuyen a otro, u otros.

El odio hacia sus aspectos oscuros, los desplazan hacia el exterior.

Además, como el otro siempre tiene un modo de satisfacción diferente al propio, esa extranjería es tomada como hostil.

Tomar lo diferente, lo extranjero “lo que no es como uno”, como enemigo, es el fundamento de la segregación en todas sus formas.

Atacar a lo extranjero, odiando lo oscuro propio, desplazado a otro, u otros, le permite a las personas creer tener una imagen unificada y bella de sí mismo.

Por otra parte, si hubiera un “ser argentino”, no se entiende por qué desde pequeños debemos aprender el himno nacional, saludar a la bandera, admirar a San Martín, Belgrano, Moreno, Sarmiento; festejar como mito fundador el 25 de mayo, etc.

No hay identidad, ser; hay identificaciones que colectivizan y permiten ciertos gustos compartidos.

Primero está el nombre: Argentina, argentinos. Sólo un nombre que nos nombra. Como en las tribus primitivas estaba la tribu del Tigre, la del León, la de la Serpiente, etc. Eran el nombre del Tótem.

Tenemos un padre fundador: San Martín, una bandera, fechas patrias, ídolos políticos, deportivos, científicos, artísticos, comidas típicas, folklore, etc.

Creemos en una historia en común, y en un legado. Ideales que nos colectivizan.

¿Pero qué es lo más propio que tenemos los argentinos? La lengua. El modo en que hablamos el castellano. Incluso, aún en la forma más castiza del norte argentino. La lengua, producto del particular mestizaje: originarios – inmigrantes.

La satisfacción que compartimos hablando como lo hacemos, aún no siendo conscientes de ello. El tono, la musicalidad, lo gestual. Hablamos irremediablemente como argentinos. Y pensamos como hablamos.

Todo esto, no niega el legítimo reclamo de la Argentina respecto a las Malvinas.

Sólo es un aporte, respecto a los modos en que se expresa y defiende la soberanía Nacional.

A la madre patria o Informe (liminar) para una Academia

Susana Swarc

En el Chaco este último 8 de marzo se recordó a María Remedios del Valle, argentina que actuó como miliciana contra los ingleses en las invasiones de 1806 y 1807. Peleó con su marido e hijos en el Ejército del norte y los tres murieron en las batallas de Vilcapugio y Ayohuma. Luego curó heridos. La llamaban, en la expedición de Belgrano a Salta y Tucumán, “La madre de la patria”. Fue tomada prisionera, condenada a nueve días de azotes públicos y cuando estaba por ser fusilada, logró escapar y regresó a Buenos Aires. Allí pediría limosnas. Viamonte (ex compañero de armas) la reconoció y solicitó una pensión para ella. Fue beneficiada con un equivalente a un peso por día.

Madres de la patria es el nombre que desean para sí las madres de Familiares de Malvinas. Ellas han perdido a sus hijos allí, no quieren que sean considerados “víctimas de la dictadura militar”. Si fueron estaqueados, golpeados, burlados por sus propios “jefes”, no importa. Ellos son héroes. Las cruces blancas y anónimas serán sus símbolos de duelo y en el lugar del Belgrano, el agua será considerada tumba.

Madres y Familiares de Malvinas protestaron cuando las Madres de Plaza de Mayo estaban presentes en la misma reunión donde serían homenajeados.

El grupo CECIM, ex combatientes de Malvinas de la Plata, muestra como símbolo a un joven estaqueado. A las madres actuales de la patria les resulta obsceno. Se oponen.

Las madres de Plaza de Mayo se molestan con los familiares de Cromagnon: que no usen “su lugar” para una ronda. En Cromagnon tuvieron el privilegio de recuperar los cuerpos. Ellas tienen desaparecidos o exhumados.

Todavía no sabemos qué pasará con las madres y familiares de la Estación Once.

Encontré estos fragmentos en una especie de carta que se llama, casualmente, Informe (liminar) para una Academia (más).

Y pensé: sí, cómo nombrar a una sociedad que no sabe cómo tratar a sus muertos. ¿Dónde estamos parados? ¿Qué duelo hacer, qué rituales? Leí el intenso trabajo que hizo la antropóloga Laura Panizo sobre Malvinas con el título “Dónde están nuestros muertos”.

Pero ahora sigo copiando lo que encontré en el Informe: “Quizás ésos, pueblos sin tierra, desde casi/ siempre destinados al éxodo, a la supervivencia/ en medio de culturas diferentes a la suya, hayan/ sido más sensibles que otros a lo que estaba,/ para ellos, en juego aquí… pero Malvinas (Ellis Island) no es un lugar reservado para judíos…”

Sin embargo, estuvieron en la guerra de 1982 y como tantos fueron estaqueados, arrancados sus labios con tenazas y los que más “bailaron” en el frío. Sólo un capitán se atrevió a decirle a uno de ellos: te odio y no sé por qué pero no quiero que vengas a pelear por mi patria.

Escribo este Informe desde mi condición de hermana de un excombatiente que me hizo saber de la guerra. No quiero decir su nombre, digamos por caso, Caso. Fue el que me nombró a Malvinas que, para muchos, a pesar de lo “reciente” de la guerra, era sólo un sintagma: Lasmalvinassonargentinas.

Quiero decir que casi simia, como el simio de aquel Informe para una Academia, no pretendí algo tan gigante como la libertad. Sólo quería una salida y la ilusión de, no tan lejos, un mundo mejor.

Viajé en un tren como mis antepasados pero por otros continentes. Escuché insultos, aprendí a escupir como los otros, con la diferencia que después me limpiaba la mejilla. (Ver Kafka.)

Me pregunté cuando se me dio la escritura y las palabras llegaban a mí como un dictado, si era ético hablar de ciertos temas poéticamente, como quien “usa” un momento histórico sin alcanzar todavía a pensar en ello.

Coincidí con Marx, que el Estado-Nación sólo servía a los intereses de los grupos dominantes. Y con Freud que habría que aceptar la guerra como una miseria más de los hombres. Releí el pacifismo revolucionario de Rosa Luxemburgo. Pero no pude dejar de pensar que tal vez ellos decían e inventaban “débiles teorías” (el adjetivo débil lo tomo de Freud cuando responde a un orador con la fuerza de la creencia religiosa “en el porvenir de una ilusión”) solamente porque se los denunciaba judíos. Así como a Borges y sus López.

Para mi sorpresa y lo que tal vez me lleve a escribir este Informe es que la DAIA (institución de las derechas) quiso ocultar entre tanta desmalvinización lo ocurrido allí. Y que además en artículos que leí, se nombraba a los judíos como “israelitas”, como para sacarlos de su territorio argentino. Israelita o israelí es el que ha nacido en el Estado de Israel, que como estado, necesita defender a su clase dominante.

Me he preguntado estos días una y otra vez: ¿Soberanía?, ¿para quién? Sumisos simios y hombres han ido a la guerra. Pienso en el gaucho Ribero, un trabajador que dejó de ser sumiso, reclamó el salario que le correspondía. Fue un obrero, no un nacionalista, fue un sin patria, uno más.

Me atrevo a decir estas cosas porque sé que en esta situación liminar, los que me leerán son también judíos, como lo fueron María Remedios del Valle, como Belgrano, como Silvio Frondizi, como Álvaro Mata Guille, como Edmond Jabés que decía: “un judío tiene que estar siempre del lado del oprimido, y cuando el opresor se vuelve oprimido también hay que estar de su lado”. Y aquí terminaba el Informe. Que coincide con ciertas cosas que pienso y con lo que dice Gustavo Caso Rosendi: “Ojo con el aire que se respira de nacionalismo!...porque ya he respirado un viento parecido que me llevó, junto a otros compañeros, a una GUERRA (cuando había muchos que gritaban su entusiasmo desde acá, sin saber lo que era un bombazo o un disparo). Por supuesto que no mastico el hueso tiranosáurico del colonialismo…Pero me produce una sensación fea eso "del que no salta es un inglés", es algo mucho más complejo que un territorio usurpado... allí vive gente, más allá de la historia, allí vive gente llevada por el destino, como nuestros antepasados que, huyendo de otras guerras, poblaron e hicieron este país. Como tampoco me olvido de los Turner o los Benetton que ocupan una buena parte de la Patagonia, y a los que hay que pedir permiso para mojarse las patas en las orillas de sus lagos. Tengo la sensación de que ninguna tierra nos pertenece. En todo caso, nosotros pertenecemos a la tierra.”

Y sobre escribir o no sobre ciertos sucesos dice/ decimos: La historia la escriben mujeres y hombres. En cambio, la poesía se vale del sujeto humano (en muchos casos del poeta) para expresarse. (Segregarse, destilarse, hacerse.) La poesía es el lenguaje del mundo, la poesía es la historia que escribe el mundo despojada de toda subjetividad. Elijo para compartir un poema del libro Soldados del poeta Gustavo Caso Rosendi (excombatiente de Malvinas):

Gurkas

Mercenarios de perfil bajo (los únicos que los vieron ya no están)

Cuchillos fantasmales cortando los sueños

¿Pero acaso nosotros no veníamos del país de las picanas sobre panzas embarazadas?

¿Quién le tenía que tener miedo a quién?

SOBRE SOLDADOS, DE GUSTAVO CASO ROSENDI, “TODO EL PODER A LADY DI”, DE NÉSTOR PERLONGHER, Y EL POEMA DE JORGE LUIS BORGES, “JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD”

Mario Goloboff

Sobre Rosendi, a quien leo por primera vez, puedo saber que vive en La Plata, aunque es del Sur, de Chubut. Que, nacido en 1962, fue combatiente en Malvinas; que ha escrito otros libros de poemas antes que este, algunos publicados y otros inéditos. Soldados se presenta como escrito en 2003-2004, quizás aún inédito, aunque en ciertos lugares aparece como publicado. Las fechas, como se ve, subrayan el paso del tiempo, con el correspondiente beneficio para los poemas, escritos cuando ya la experiencia habría decantado, se la ve de lejos y puede poetizársela.

En todo caso, se trata de una poesía que, cualesquiera hayan sido las vivencias del poeta, sin duda viene al libro de la llamada realidad, pero mediada por la literatura, por la mejor literatura, europea, latinoamericana y argentina.

Por ser el material de que se trata y lo que suelen denominarse contenidos, ello sorprende (diría: gratamente), porque, en estos casos testimoniales, el lector espera encontrar vivencias en bruto, cualquiera sea la calidad de su expresión, pero, aquí, ellas son mediadas por las (buenas) artes de la creación estética. Otra cosa que sorprende es que la primera imagen que encontramos, de modo ciertamente paradójico, sea una resonancia de la mejor poesía de lengua inglesa (T.S.Eliot: “Thewasteland”) en un poemario que comienza: “Se asoman cada noche / uniformados de musgo / desde la tierra parturienta…”. Esta imagen de la tierra que se abre, no ahora para parir sino para tragar, continúa en “Naturaleza muerta” (“La tierra se abría/y nos iba comiendo/Verdes manzanas machucadas”) y en otros.

Los indicios de la mediación literaria son, me parece, numerosos. Algunos de los poemas llevan por todo título una cita de un poeta mayor: el primero, de Guillaume Apollinaire (soldado voluntario él mismo, durante la Primera Guerra Mundial, herido en la cabeza y muerto muy probablemente a raíz de dicha herida); el segundo, de Giusseppe Ungaretti; luego, William Blake, Dylan Thomas, Juan Gelman… Otros llevan títulos como “Nevermore” y juegan con el cuervo de Edgar Allan Poe, o alusiones a Caronte en el poema “Despedida”, a Saint Exupéry y El principito, en “Malentendido fashion”, a Moby Dick en “Puerto Madryn”, o un poema cuyo título es “Tenía razón Oscar Wilde”.

A pesar de toda esa literatura que transcurre, o debido a este hecho, la voz poética es sumamente original, viene del interior del poeta y va hacia el interior del lector, en lo cotidiano, lo minúsculo, y también en el recuerdo minucioso de lo doméstico, lo individual y personal que pudo haber en la guerra. Parece estar diciéndonos que las cosas, cuando suceden, así sean histórica e inmensamente colectivas, son, para cada uno, irreductiblemente familiares, personales. Y este es, y desde ahí, el gran valor de lo vivido para la sociedad.

Otra cosa que hace Rosendi, mejor dicho que no hace, y eso embellece el sentido, es calificar, juzgar, elegir. Es la suya una escritura melancólica y hasta nostálgica: de un pasado y un lugar en los que se estuvo por los dictados de la vida, y sin reprochárselo a nadie, se acumularon dolores y experiencias, gracias a lo cual (aunque parezca mentira, pero no lo es) hoy puede saberse qué es brindar por la felicidad: “Y porque aún nos perdura/la tristeza es que estamos felices/y porque sabemos que de alguna/manera no nos han vencido/es que brindamos” (“Brindis”).

El texto de Néstor Perlongher, conocido poeta y militante por los derechos de los homosexuales, nacido en 1949 y fallecido en 1992, es uno entre varios de carácter poético-denunciatorio publicados por él en forma casi clandestina en la revista feminista Persona durante 1982, año de los combates en Malvinas.

Tuvo la virtud de ser, en aquellos tiempos de nacionalismo exacerbado, de confusión interesada y de impensadas y generosas complicidades, una de las pocas voces que se alzaron en la Argentina para señalar la esencia autoritaria y represiva de los acontecimientos iniciados por la Junta en el poder. Los que hicieron que “en nombre de una abstracta territorialidad, que en nada ha de beneficiarlas, las castigadas masas argentinas (o al menos considerables sectores de ellas) se embarcan en la orgía nacionalista y claman por la muerte”.

Nada de lo que dice Perlongher con tanta claridad es inexacto, y no parece atribuible a una visión política sino poética de la situación: los políticos, dirigentes y militantes, especulaban por ese entonces con los sentimientos de nacionalidad de nuestro pueblo, y los de izquierda sumaban a ellos vagas reivindicaciones anticolonialistas (¡en manos de la Junta!), como me lo explicaban, a voz en cuello, comunistas franceses y chilenos en el exilio (de ellos y mío). A su lúcida visión, Perlongher agrega un agudo enfoque de género (“el ansia de guerra de las masas-supremo deporte de nuestras sociedades masculinas-”) que subraya el carácter despótico de la Junta. Todo esto no impide que su crítica política sea tan ajustada y que, desde un solitario rincón, entre marxista internacionalista y libertario, denuncie con veracidad las posturas seguidistas y oportunistas de quienes apoyaron la aventura dictatorial.

Del poema de Borges (1985), dejando de lado previsibles consideraciones sobre sus diferentes posturas y actitudes políticas a lo largo de los años, y a lo largo también de los años de la dictadura, y yendo exclusivamente a la cuestión literaria, no sorprende esta pieza que recrea, con variaciones no fundamentales, uno de los temas fundamentales de su obra, el de “el otro, el mismo”(como reza el título de uno de sus más famosos libros), y que leímos, notoria aunque no únicamente, en “Poema de los dones, “El otro tigre”, “Le regretd’Héraclite”,“El tango”, “El otro”,“Emerson”, “Junín”,“Tankas”6, “Un mañana”,“1972”,“Allour yesterdays”, “No eres los otros” y “La moneda de hierro”, última pieza del libro homónimo: “En la sombra del otro buscamos nuestra sombra; / En el cristal del otro, nuestro cristal recíproco”. De un modo no menos insistente, el tema aparece también en sus cuentos: “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas cir­culares”, “La forma de la espada”, “Tema del traidor y del héroe”, “El Sur” (Ficciones), “Los teólogos”, “Historia del guerrero y de la cautiva”, “La otra muerte”, “Deutsches Re­quiem” (El Aleph), son algunos ejemplos, a los cuales habría que agregar los de El libro de arena, donde el relato que abre el volumen se titula precisamente “El otro”, y un cuento cuyo título es “La Secta de los Treinta”, describe una secta que venera “por igual” a Cristo y a Judas.

En ejemplos citados, los “otros” son aquéllos que el poeta ha querido ser y no ha podido ser; a veces, se trata de la confusión entre dos seres opuestos: el traidor y el héroe, el hereje y el ortodoxo, el bárbaro y el civilizado, etc. Este desdoblamiento se hace interior cuando ambas calidades se reúnen en una misma y única persona, ya sea la de quien narra el relato o la del hablante lírico.

Por todo lo cual, sin desmerecer a nadie, y menos a Borges, claro, encuentro francamente más iluminadores, intencionados, paradójicos y pacifistas aquellos poemas de Rosendi, entre otros uno llamado “Gurkas”: “Mercenarios de perfil bajo / (los únicos que los vieron / ya no están) // Cuchillos fantasmales/cortando los sueños // ¿Pero acaso nosotros/no veníamos del país de / las picanas sobre panzas/embarazadas? / ¿Quién le tenía que tener / miedo a quién?”.
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