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Malvinas, el terror familiar

Américo Cristófalo

En Transatlántico, Gombrowicz, que es ahí tanto nombre de autor como de actor, queda sujetado contra su voluntad en “La Sociedad de las Espuelas Punzantes”. Son polacos. Están en un sótano. Gombrowicz creía haber salido de la guerra en Buenos Aires. Sin embargo, en el sótano pampeano donde está, se libra una guerra subordinada a la guerra de los polacos allá. Se vigilan, la menor sospecha de uno contra otro es motivo suficiente para que uno o cualquiera de los otros claven sobre las piernas del sospechado una espuela punzante. En el sótano, la traición es traición a la patria. Se clavan y sangran, encarnizados en grados de creciente crueldad. En ese sótano de la Pampa, y en aplicación desmedida de procedimientos postulados para alcanzar alguna clase de heroísmo polaco o en virtud de un oscuro y cómico culto a Polonia, se aísla la guerra en una mínima comunidad de Terror. El nombre “pichicera” de Pichiciegos viene, sabemos, de una cueva, la cueva de las mulitas pampeanas o de los pichis del monte que son animales homólogos, y que bajo amenaza cavan agujeros en la tierra y se ocultan adentro de cabeza. Se los caza por la cola –escribe Fogwill– “metiéndoles un dedo en el culo”. No quiero decir que la topología subterránea de Gombrowicz anticipe el teatro de Fogwill, teatro de arduas operaciones de intercambio, pilas, azúcar, polvos químicos, o aun el del Fiord donde también esa pequeña comunidad de Terror se rige por una economía de espuelas, garfios o instrumentos quirúrgicos; es lo de menos, más bien se trata de indicar una retórica de espacios encriptados que implican explícita o implícitamente la guerra. Una lengua baja que alcanza su pulsión material en los cuerpos de la guerra. Este uso de lo bajo refiere objetos particulares, de dimensión histórica, dramática: el subsuelo; pero también de ritmo y motivos de tono en la lengua.

El parco humanismo del poema de Borges propone otro horizonte imaginario: la biblioteca; el poema pretende que Ward y López se ofrezcan dones literarios; la moneda de cambio que idealmente los reuniría, el castellano del Quijote y la veneración de Conrad aprendida en un aula de la Facultad de Filosofía y Letras, precisamente Conrad, otro nombre polaco convertido a inglés por adopción. Es la moneda borgeana: la construcción de una biblioteca eterna, imaginada y resuelta en equilibrio, por suspensión de las lenguas nacionales y en nombre de la salvación por el libro. Entre las posibilidades de Ward y López está esa moneda de destino; pero el salto a la imagen final de la tumba común de nieve y corrupción descentra ese encuentro ideal, ahistórico, de rectitud, de amistad y paz perpetua que figura la biblioteca ideal. Borges se lamenta, y ese lamento no es otra cosa que la evocación de la pequeña tragedia histórica de López y Ward; los cuerpos caídos en desgracia, caídos de la hermandad ideal del libro a la tumba. Borges nombra a Caín y Abel, metáfora bíblica de la caída en la historia; y la metáfora no menos bíblica del Libro y de las lenguas separadas de Babel. Si Borges acepta y enjundiosamente elogia la guerra es por su rostro mitológico, por su función épica de origen, de fundación. Y Malvinas no es el caso, es un caso histórico que representa para Borges un problema adicional de zozobra: Inglaterra. En esa construcción está el gusto y la moral del momento alto, el cielo del héroe y las guerras que fundan Roma en La Eneida, antes que el gusto por las representaciones de ruina, de miseria y deshonra que el cordobés Lucano escribe en las guerras de Farsalia. Gombrowiczs, Fogwill, y agrego aquí la mirada de Néstor Perlongher en “Todo el poder a Lady Di”, que ocasiona el complejo entredicho de Sitio, comprenden la guerra, de entrada, como escena histórica, sacrificial; en ese conjunto dramático no hay lugar para la empresa heroica; en el subsuelo se abren las condiciones para explorar la lengua argentina de la guerra en continuidad con la lengua del Terror, o para derivar al grotesco de las islas como objetos de emasculación en el ataque fuerte de Néstor sobre a figuras de identidad del rancio nacionalismo local.

Jack Fuchs, judío polaco de Lodzs, se niega a pensar los campos de exterminio por fuera de la circunstancia histórica de la guerra. Sin la guerra, para Fuchs, el terror de los campos hubiera carecido de forma. De Malvinas puede decirse inversamente que se trata de una guerra impensable si se descuenta la circunstancia histórica argentina del uso del Terror. Terror de Estado amparado también por el bando británico-yanqui en cuanto programa necesario de descomposición orientado a favorecer la fuerza expansiva global del capitalismo contemporáneo. Como sea, queda señalada una vieja insistencia de León Rozitchner, una dialéctica evidente entre la guerra sucia y la guerra limpia, entre el terror y la guerra. Hacia el 2006 ó 2007, no recuerdo bien, me tocó acompañar a Jack en una visita a la Esma todavía en construcción de museo de memoria. Para definir ese espacio obsesionante, Fuchs usó la palabra “doméstico”. Doméstico para él, que sobrevivió Dachau entre 1944 y 1945, indicaba seguramente un aire común de familia; con todas las diferencias y salvedades que correspondan, Dachau y Esma, comparten una misma arquitectura de pozo, de barraca o cueva, diseñada para ejercicios de calculada crueldad. Pero “doméstico” recorta también lo familiar y próximo en sentido propio, lo familiar como fuente y síntoma siniestro. Llego a este punto porque el núcleo de lo familiar ocupa centralmente los trabajos de Anahí Mallol, Susana Szwarc, Mario Goloboff y Osvaldo Delgado. Mario Goloboff escribe acerca de los poemas de Gustavo Caso Rosendi que el valor testimonial y las representaciones “son irreductiblemente familiares”; Susana Szwarc organiza su intervención a partir de una carta escrita por la hermana de un excombatiente, se pregunta por los cruces entre las madres de la guerra y las madres de desaparecidos; Anahí Mallol evoca la figura de un vecino y los temores de su madre ante la guerra, Osvaldo Delgado se interna en el complejo cuadro de las representaciones masculinas, de la castración, de los discursos de potencia e impotencia acerca de la guerra.

Se dice frecuentemente de Malvinas: guerra absurda, como si el absurdo fuera una propiedad particular de Malvinas, muy enfáticamente se subraya el sufrimiento al que fueron sometidos los soldados argentinos, frío, hambre, daños infligidos a una tropa congelada y harapienta, se habla con indignación y asombro de los hechos de crueldad comprometidos, como si la fisiología de la crueldad o la “historia natural de la destrucción” (en palabras de Sebald) no constituyeran el dominio y la naturaleza de la guerra. Estos datos que insisten en el discurso dominante sobre Malvinas se presentan en cuanto rasgos particulares cuando bien podrían pensarse como rasgos de una tipología general. “Todo muy familiar, demasiado cercano (…) Pero resumiremos nuestra impresión así: Ok, boy, siempre hubo guerras, pero no siempre (he) estado”, escribe Néstor Perlongher en “La ilusión de unas islas” y como parte de la polémica con Sitio. Más allá de la gracia antropológica del “he estado”, donde he se escribe entre paréntesis para dar lugar a una lectura libertaria: “pero no siempre estado”, Perlongher abría, como Rozitchner, una pregunta todavía difusa acerca de las formas históricas particulares de Malvinas. Una pregunta que encarna precisamente en la repetición de lo familiar. También tempranamente Fogwill dejó en Pichiciegos una pregunta por la lengua argentina de la guerra, por los efectos y la duración de esa lengua. Si es cierto que hay una política nueva para pensar Malvinas, si es cierto que se pone un foco razonable sobre las aspiraciones de soberanía, debe ser cierta también una vocación decidida a desacralizar los motivos familiares de la guerra, un esfuerzo más para traducir lo que en común tuvimos y tenemos con Malvinas.

MESA 2: Esquirlas de la memoria. Testimonios
Referencias

Partes de Guerra de Graciela Speranza y Fernando Cittadini; MALVINAS diario del regreso (Iluminados por el fuego) de Edgardo Esteban; CRUCES, Idas y vueltas por Malvinas de María Laura Guembe – Federico Lorenz y “Freud y la guerra”, “Lacan y la agresividad” en Lacan, la política en cuestión… de Jorge Alemán

Laberintos de recuerdos y olvidos

Clara Schor- Landman

I.

Abril de1982. Un recuerdo, extraído del dolor de mi memoria. Un club pequeño, todos nos conocíamos, el televisor del comedor en el que se miraban partidos de tenis o futbol, ese día anunciaba que había comenzado la guerra contra Inglaterra para recuperar las Malvinas. Algunos aplaudían y festejaban con el mismo entusiasmo que cuando ganaba el equipo favorito. Otros nos quedamos estupefactos, una crueldad más del terrorismo de Estado… No sólo eso, la sorpresa nos invadió, algo inesperado se nos vino encima, el club se partió en dos ya no nos conocíamos todos, nos volvimos extraños entre unos y otros. Por eso días el televisor permanecía prendido…

La prensa escrita y la televisión no ahorraban esfuerzos en ocultar las atrocidades verdaderas, fueron cómplices del discurso oficial.

La canallada estaba a la orden del día, los titulares de las revistas y los diarios afirmaban el éxito argentino: “Inminente recuperación de Malvinas”. “Estamos ganando” ”Fuertes pérdidas del enemigo”

Malvinas fue el último manotazo de ahogado de la decadencia de la dictadura. En una escena, la euforia patriótica, festejos en la Plaza de Mayo, colectas solidarias para mandar a los soldados alimentos, ropa, cigarrillos, cartas de la población. En otra escena los soldados, exigidos sin miramientos a someterse a la fiesta mortuoria del goce oscuro de la pulsión.

Como lo advierte Jorge Alemán, en el texto freudiano de 1914 se encuentra la máxima elaboración de la crueldad psíquica. Cuestión que Freud retoma en 1932 cuando Einstein le pregunta ¿qué puede hacerse para defender a los humanos de los estragos de la guerra?

Los testimonios de la guerra de Malvinas son una espantosa evidencia. Los relatos dan cuenta que padecían de no dormir, pasaban hambre, escaseaba la comida, soportaban frío a la intemperie, no tenían ropa adecuada.

No estaban entrenados, los armamentos no llegaban a tiempo. Estaban en condiciones de indefensión para los combates que eran desiguales, la superioridad de las fuerzas inglesas era indiscutible.

Por un lado los superiores los arengaban para “levantarles la moral” y por otro los humillaban, los castigaban, los menospreciaban. Finalmente no sabían si cuidarse más de los superiores o del enemigo. El miedo, la angustia y el llanto los invadía. A propósito de lo cual, uno de ellos- Daniel Terzano- expresó:

“En una situación bélica uno sabe que por una cuestión de supervivencia necesita poner algún freno en la mente, porque donde uno falla se muere”.

De la lectura de los relatos se extrae un detalle fundamental: en esa maldita experiencia tanática, la circulación de la palabra fue de vital importancia. Un tejido de lazos solidarios, amistosos y complicidades que daban la prueba que Eros, estaba presente.

La palabra circulaba por las pocas cartas que recibían de sus seres queridos, las leían una y otra vez. La palabra circulaba también en charlas compartidas entre los combatientes sobre las historias personales, en chistes, en palabras de aliento a los desalentados, a los heridos. Palabras para rezar, palabras de angustia por los muertos, en la expresión del miedo a quedar prisioneros, en promesas compartidas a futuro si la muerte no los sorprendía…

Palabras que circulaban sobre el fondo del decir freudiano que recuerda Jorge Alemán:

“Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”

II.

Según los relatos, se vislumbraba que la guerra se perdía. La dolorosa derrota hizo ineludible el sufrido repliegue en el medio de los ataques. La rendición fue la prueba que fueron vencidos.

Algunos querían continuar la guerra, no soportaban la tristeza de entregar todo, otros deteriorados física y psíquicamente querían volver, y a otros no les importaba morirse.

“Dale levántate, tenemos que volver a las islas, sino los fantasmas van a estar siempre ahí”

Los prisioneros contaban las estrategias inglesas para interrogarlos y al mismo tiempo reconocían el buen trato, mejor que el trato argentino.

Uno de ellos- Guillermo Huircapán- relató:

“Los ingleses no podían creer que tuviéramos dieciocho o diecinueve años y que no cobráramos sueldo, los jóvenes de ellos estaban en la retaguardia y los que combatían eran profesionales pagos, gente grande”.

Al regreso una nueva canallada los esperaba, como si se hubieran olvidado ninguna autoridad los recibió. Les delegaron a los combatientes la horrorosa misión de avisarles a los familiares las desapariciones y las muertes de sus seres queridos. Los tuvieron unos días en organismos militares para tratar de ocultar las miserias evidentes, las marcas de flacura, de deterioro que cada uno llevaba en su cuerpo.

Finalmente los dejaron salir, comenzó otro tiempo doloroso: ¿cómo iba a ser posible para cada uno, saber arreglárselas con los efectos descarnados de lo real?

Algunos se suicidaron, para otros la guerra se constituyó en el centro de sus vidas. Otros tuvieron por largo tiempo sueños traumáticos, decían que los recuerdos los traicionaban. Otro contando su experiencia dijo que “En la guerra todo es imprevisible, único. La guerra no se puede contar”

Lacan afirmaba que a la verdad no se la puede mirar de frente porque enceguece. En tanto tal, para algunos escribir fue un modo de tomar la palabra, recordar y reelaborar en una narrativa particular el horror de “las espinas de la historia que estaban clavadas en la memoria”.

Para concluir, algunas palabras del Teniente Coronel Italo Piaggi:

“La guerra es una experiencia única en la que el hombre se enfrenta con el otro, su enemigo, consigo mismo y con la muerte”.

Abril 1982- 2012

Huellas de Malvinas

Haydée Rosolén

Las islas tienen un silencio que se oye

Italo Calvino (1)

¿Qué significaban antes y después de la guerra las Malvinas para nosotros?

En este caso, la primera persona del plural, el nosotros, apela a lo nacional. Significante complejo que encierra variadas resonancias, suele convocar la subjetividad de un modo intenso, tal vez como ninguna otra función colectiva. Hasta el límite de que en algunas de sus manifestaciones, llegamos a preguntarnos si constituirá una excepción a la fórmula de que toda organización social es un modo de frenar el goce. Algunas veces, contrariamente a lo esperado, en lugar de frenar actúa como disparador. Entiéndase por goce, un desorden que está en las fronteras de la historia natural de la destrucción.

Freud en Psicología de las masas y análisis del yo se refiere al lugar del Ideal en la conciencia colectiva. La identidad entre la lógica del grupo y la del sujeto, es decir, la aparición del significante ideal encarnado en el líder, genera numerosas expectativas que no siempre son acordes al tipo de líder en cuestión. Este es el punto al que pretendo llegar. Al ser anunciada por Galtieri la guerra de Malvinas, en la mayoría de los argentinos se produjo un nacionalismo extremo vitoreado no sólo por los fieles ejecutores del gobierno de facto, también de parte de sus opositores. Pareciera que el arrojo al paso del ideal no obedece solamente a estrategias de impacto propagandístico -léase presión política-, sino además a razones de estructura subjetiva.

Sabemos que hay símbolos que tienen la pregnancia de un performativo, es decir, convocan a la acción. En 1982, la acción llevó a “una aventura irresponsable”, según Rattenbach. En su Informe demostró la ineficacia, cobardía e inoperancia que costó vidas y no fue sancionada, salvo en el caso de la Junta Militar.

El conflicto armado fue parte de la dictadura –que secuestró, torturó, mató- por que los vejámenes que ocurrieron durante estos 74 días no fueron más que una continuidad, con sus protagonistas repetidos.

En Cruces Idas y vueltas de Malvinas, María Laura Guembe y Federico Lorenz afirman: “Desde el principio, las islas Malvinas fueron mucho más que un territorio en disputa. Su recuperación no sólo daría satisfacción a un reclamo territorial: significaría también haber alcanzado un destino como pueblo”.

La pérdida de la guerra hirió un cuerpo en el que ya no hay totalidad sino piezas, zonas, fragmentos. Es nuestro entusiasta propósito encontrar las huellas de cada uno de los recortes, reflexionar sobre las formas en que abordaremos el devenir de nuestro trabajo.

Nos detendremos en los testimonios que los autores narran sobre los distintos momentos de la guerra.

El miedo es la imposibilidad del hombre de frenar su imaginación - Hemingway

Esta frase es una cita recordada por el ex combatiente Daniel Terzano en Partes guerra. Graciela Eperanza y Fernando Cittadini secuencian el libro en distintos momentos poniendo en relieve la pesadilla de los 74 días. Partimos de la enunciación de todos para luego centrarnos en algunos de ellos: La convocatoria, El 2 de abril, Darwin-Goose Green, La espera, Los primeros ataques, La odisea, La batalla, La rendición, El regreso y Los reencuentros. Los soldados se enteraron de los detalles de las operaciones al llegar a las islas. Cuando les avisaron que habían cambiado de planes, ante el temor de no participar, uno de ellos comentó: “sentí que perdía el tren de la historia.” (Ideal que señala su estructura) Sin embargo, no se trató de una sorpresa para los kelpers, ellos estaban advertidos, de allí que se tomara Puerto Argentino sin resistencia alguna. La guardia de los infantes de marina anunció oficialmente la rendición. De esta situación Rafael Wollmann tomó una fotografía que, junto a otras en las que presenció el desembarco argentino en Puerto Argentino el 2 de abril de l982, recorrieron la prensa mundial.

Así, en La espera de acuerdo a los testimonios, comprobamos que cada grupo tenía diferentes tipos de jefes, los menos eran aquellos cuya voz de mando era un ejemplo de cuidado hasta aquellos que trasladaron la modalidad de la dictadura, cínicos dueños del poder de la guerra sucia. Estuvieron cerca de un mes en pozos de zorros, los primeros 15 días podían fumar, escribir cartas, escuchar la radio a transistores, luego todo se agotó. La guerra comenzó realmente un mes después. El 2 de mayo, cuando el crucero General Belgrano fue hundido.

De la espera pasan a relatar La odisea. Rodeados por el ejército enemigo, intentando huir, un grupo de combatientes escuchó ráfagas de ametralladoras en su propia zona que no daban en el blanco de ninguno de ellos. Cuando cesó el fuego los ingleses descubrieron que acababan de bombardear a su propia tropa. Más allá de los expresionistas gestos de estupor, en pocos minutos, tres helicópteros borraron las huellas levantando absolutamente todo. .

La rendición. Después de una odisea de 23 días marchando hacia Puerto Argentino, el subteniente Reyes y sus hombres son tomados prisioneros. Acorde a los relatos, fueron ubicados en el galpón de un frigorífico, eran cerca de 300 sofocados por el encierro. Los británicos antes esta situación abrieron las puertas, separan a los argentinos que adentro del galpón se peleaban y manifestaron gran sorpresa ante la corta edad de nuestros soldados. Durante El regreso. Nuestros soldados fueron llevados en helicóptero hasta un hospital de campaña, Un herido atado a una camilla al entrar en el helicóptero no pudo dejar de pensar en los vuelos de la muerte de la dictadura: un intento de tapar los recuerdos surge esta humorada: “acá sueltan la soga y juegan al tiro al blanco”.

Evidentemente no fue así. La cara “civilizada” del Imperio Colonial ante su triunfo, contrarrestó con la disposición de Galtieri: ningún barco inglés tocará un puerto argentino. Se le escapaba el detalle que ese barco llevaba a esos 5000 argentinos de vuelta a casa.

Llegaron a Campo de Mayo en micro en el medio de la noche, recorrieron un tramo indefinido en completo silencio hasta que a lo lejos vieron una luz muy tenue y se trataba de una pequeña banda que tocaba una marcha “La avenida de las camelias”, fueron los únicos que salieron a recibirlos. De hecho, eso fue todo el recibimiento del Ejército Argentino a los veteranos.

¿Qué, de la cura analítica?

El despertar de viejos nacionalismos, trae aparejado el odio cada vez más expresivo en el malestar social.

¿Qué descubre el psicoanálisis concerniente al odio? Su presencia indiscutible en el inconsciente, la violencia es la búsqueda de la división subjetiva, la que apunta al sufrimiento o a la anulación material o simbólica del semejante, reduciéndolo a la condición de objeto. Frente a lo ominoso de la violencia y la desigualdad y ante los restos que deja la guerra, uno siente que no tiene sentido hablar, que huelgan las palabras; 400 suicidios son escombros de una guerra. Estos suicidios, como acto repetitivo, muestran un lazo desesperado con los otros, una identificación que comparten en calidad de objetos caídos de la escena del mundo.

Así como señala Graciela Brodsky (2) “…el hecho de que la cura analítica se oriente por lo real (...), así como la brújula apunta hacia el norte, no es equivalente a decir que la cura analítica se oriente hacia lo real. Más bien se trata de que lo real es lo que dirige la cura, así como dirige nuestras vidas (...). Y hay que saber localizarlo y lidiar con él cada vez, sin dejarse aspirar por completo”.

Creer que la cura analítica apunta a encontrarse cara a cara con lo real es dejar al sujeto a merced de su imposible, se espera la prudencia del psicoanalista de no alentar en el sujeto deshacerse de las soluciones que supo inventar sin estar bastante seguro de poder reemplazarlas por otras.

(1) Italo Calvino: Los amores difíciles, Editora Nacional de Madrid

(2) Brodzky, Graciela: Cinco consecuencias del nuevo orden simbólico para la dirección de la cura. Revista Lacaniana de psicoanálisis. Octubre 2010
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