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Tres esquirlas sobre Las Malvinas

Carlos Dante García

Las esquirlas

Las tres esquirlas literarias que me han propuesto para participar, en lo que considero un homenaje son muy distintas tanto en su construcción, en su contenido como en su mensaje. “Partes de guerra” es una composición de diferentes testimonios agrupados por los diversos momentos temporales que destaca del ramillete distinto de subjetividades, algunas constantes de cómo fue subjetivada la guerra. El texto en su conjunto está organizado como un montaje cinematográfico y esto mismo otorga una ventaja: se puede leer desde la espera, la espera subjetiva inocente, sorpresiva, ansiosa hasta perpleja; se pasa por la llamada odisea, que en verdad fue participar de la guerra bajo la forma de “oír la guerra” y que constituyó más una huída que un combate; la rendición y el regreso testimonian las distintas formas en que se intentó y se trató a un combatiente desde el lado de los ingleses o del lado argentino. Este conjunto de testimonios es, por supuesto, como todo testimonio parcial; en su conjunto y en cada testimonio. ¿En qué reside su mayor parcialidad? Dicen de lo que padecieron pero no manifiestan la urgente necesidad de tramitar y de resolver el intento de reducción a un desecho subjetivo al que es sometido casi todo sujeto cuando es inmerso en la guerra. Es lo que se puede leer, en cambio, en “Diario del regreso”: “perdíamos nuestra dignidad y nos convertíamos en harapos”. Esta frase indica lo que caracteriza la fuerza de este texto. De cómo el escribir ese diario, que no es lo mismo que entrevistas, le permitió subjetivamente alejarse de lo que fue el destino de muchos harapos de Malvinas, el suicidio. En el primero sobresale la incertidumbre de lo que va a pasar, ya que no había ni previsión ni anticipación en muy diversos sentidos. Los testimonios se organizan alrededor de una pregunta: “¿qué es la guerra?” No se trata del título freudiano, “¿por qué la guerra? Sino “¿qué es la guerra”. Convengamos que nada sabemos, cada uno de nosotros, de lo que es una guerra, hasta no estar en una. El mismo General Balza destaca que ni la mejor preparación militar le dice a uno qué es una guerra. La cercanía de la flota inglesa y el oír las explosiones y disparos les comenzó a dar un posible significado. Perplejidad ante la inminencia de un real. Distinto es el caso del testimonio de Esteban que nos dice que a cierta edad “nunca piensas en enfrentarte con la muerte”. El aporte de éste texto es esencial porque enuncia una serie de sin salidas fundamentales de las consecuencias de la guerra, dicho por el autor mismo: “.Al escribir este libro me pareció que incluso por mis propios fantasmas había que trabajar sobre el grave problema de los suicidios”.

Es un relato que se aproxima más y mejor a los callejones sin salida de los diversos dramas subjetivos a los que se enfrente quien participa de una guerra.

La tercera astilla combina textos y fotos. En esta maravillosa esquirla se destacan dos características muy propias de los testimonios de una guerra: son pruebas y textos que se sobreponen a la censura. En el caso de los testimonios de los combatientes, -prefiero llamarlos así y no soldados-, todos fueron obligados a firmar un documento en el que se comprometían a no hablar sobre lo sucedido. En el caso de las fotos, todo lo que se había visto hasta el momento en que se publica “Cruces, idas y vueltas…” habían sido fotografías de propaganda en un contexto de severa censura y no fotos sacadas por los combatientes y los soldados británicos mismos que, de alguna manera, mostraran lo que ellos vieron. Las fotos fueron aportadas en su mayoría por el Museo Imperial de Guerra Británico. La segunda característica es el testimonio de una pregunta crucial: “¿por qué te salvaste?” ¿Quién puede responder a ésta pregunta?

El testimonio y la memoria

Estos testimonios literarios son esquirlas de una memoria que es necesariamente política, porque hay políticas que empujan a la represión del discurso y hay políticas que empujan a medio decir la verdad. Si no fuera así, el psicoanálisis sería posible en cualquier sistema político. Estos testimonios construyen una figura por fuera del testimonio ante la ley y la justicia. Estos testimonios se produjeron antes que se promulgaran leyes que alojaran y permitieran tratar los efectos de la guerra de las Malvinas. Lo que no ha sido admitido en los hechos sociales por el discurso jurídico, para ser tratado en su seno, retorna como verdad en los escritos de la literatura. Estos contribuyen a la construcción de una memoria que supera la falsa antinomia: testigo memoria-olvido. Los testimonios literarios contribuyen a las modificaciones legales que obligan al Estado a responder por los desechos subjetivos. Debemos distinguir del esfuerzo de subjetivación particular, es el camino de la relación sintomática que cada uno tiene con su inconsciente, del esfuerzo y tiempo de subjetivación social, en el que cada sociedad aloja lo que rechazó de su seno.

El síntoma social

J. Lacan afirma que el origen de la noción de síntoma se halla en Marx cuando éste descubre que en el capitalismo retornan las relaciones de dominación, de explotación y de apropiación que caracterizaban al feudalismo. Así, la esperanza que suponía el capitalismo como superador de los modos de relaciones humanas del feudalismo se desvanecía porque retornaba una verdad en el misterio de la mercancía, la plusvalía. El síntoma social se caracteriza para Lacan por ese rasgo: retorno de un valor de verdad que se creía superado. El proletariado viene a ocupar según él, el lugar de un ideal. ¿Qué ideal se pretendió sostener con el llamado a la recuperación de las islas Malvinas? Les recuerdo el y los “ideales” presentes en el discurso de Galtieri: el honor nacional; la unión nacional; el patrimonio nacional. Bravatas es el término preciso con el que se designó la amenaza con el fin de intimidar. ¿Qué verdad se pretendió rechazar mediante el llamado al combate para recuperar las Islas Malvinas sosteniendo éstos frágiles ideales? El verdadero estatuto de las relaciones sociales en dictadura: el abandono sistemático de la dignidad humana. ¿Acaso no es razón suficiente para que el psicoanálisis no progrese en las dictaduras? Propongo una pregunta que transformo en tal a partir de la psiquiatría inglesa y la guerra: ¿nos aproxima todo esto a una relación más verídica con lo real?

Orgullo y coraje en la Guerra de Malvinas

Carlos Costa

En los testimonios volcados en Partes de Guerra, Malvinas, diario del regreso y Cruces. Idas y vueltas de Malvinas, observamos que casi todos los actores de la contienda habían recibido con euforia y sorpresa el comienzo del enfrentamiento. La sorpresa no se debía a que el país entraba en guerra sino a que el enemigo fuese Inglaterra. La potencia de semejante contrario parecía inflamar el deseo de participar en el hecho “histórico de la recuperación de las Islas”. La mayoría de la población abrazó con fervor patriótico la aventura. Todo ocurrió en un clima de embriaguez en el que se echó bajo un manto de olvido (y no de neblinas, como rezaba la marcha de Tieri y Obligado) el más que significativo hecho de que nos gobernaba una dictadura, que había infinidad de muertos y desaparecidos, que soportábamos una crisis económica feroz.

¿Cómo pudo pasar? ¿Qué nos llevó a tamaña insensatez? La respuesta a estos interrogantes es compleja, pero en esta ponencia subrayaremos los valores culturales que influyeron en dicha actitud. Nos referimos al ideal del orgullo/coraje que se hizo presente, y que podemos rastrear, a través del tiempo, en la literatura nacional.

Comenzando por el Martín Fierro, en el que José Hernández señala este ideal de orgullo/coraje como una disposición natural, ineludible en la juventud del personaje, en las clases desheradadas, que sólo tienen la vida para ofrecer, y que la ofrecen sin medir consecuencias, con orgullo. Sobre el final de su vida, Fierro se arrepentirá de algunas muertes y en los consejos a sus hijos, les recomienda no pelear por fantasías: “tienen en la desgracia mía, un espejo en que mirarse”. Es decir en la obra conviven el culto al orgullo/coraje y la reflexión madura sobre las consecuencias.

Ricardo Piglia, en Respiración artificial, propone este ideal como un ejercicio hegeliano de los ricos señores de nuestras pampas. Los que tenían todo y utilizaban el duelo, para dirimir esa cuestión de honor matándose unos a otros. Afirma también que lo hicieron así hasta que descubrieron que era mucho mejor humillar o matar si fuese necesario, como clase, a otras clases y compartir de alguna manera el orgullo de pertenecer a la elite dominante.

La participación en alguna guerra, el grado de oficial militar obtenido en estas aventuras, se convirtieron en el certificado de coraje, indispensable para un perfecto caballero. Bajo estos ideales fue que los jóvenes de la elite porteña se enlistaron para ir a la guerra del Paraguay por ejemplo. Entrado el siglo veinte los duelos dejaron de ser a muerte, pero como debían legitimar de alguna manera el coraje, se convirtieron en duelos a primera sangre. Con una pequeña herida, o una cicatriz, se tenía por cumplida la demostración de coraje. Posteriormente la clase alta abandonó esta idea romántica y se concentro en el poder del dinero como fuente de prestigio social. La idea quedó como valor residual entre los militares y los sectores bajos y medios de la pirámide social.

Volviendo a la literatura: en “Sur”, el cuento de Borges, el personaje adopta el punto de vista de la clase alta. Acepta una pelea muy desventajosa con unos peones, para defender su linaje, su condición de clase. En “El hombre de la esquina rosada”, lo expone como respuesta a cualquier alteración del orden natural, que se ve inevitablemente resarcido por la muerte del cobarde. Pero, a diferencia de Hernández no deja lugar al arrepentimiento, naturalizando la violencia y la muerte. En “Milonga del muerto”, referida a Malvinas, lleva el coraje un poco más allá. Se trata de morir para demostrar que no se ha temido a la muerte.

Podemos añadir a estos ejemplos la idea de sacrificio. Una vez que se tomó el cuchillo no hay vuelta atrás. Hay que pelear. No es cuestión de dejarse matar mansamente. Porque el coraje exige el sacrificio y la actuación. La muerte debe sobrevenir como consecuencia de una pelea, no se debe conceder la victoria, pues sería humillarse.

En esta lógica quedaron atrapados los combatientes de Darwin y San Carlos. Tenían claro que iban a perder, que terminarían todos muertos o tendrían que rendirse. ¿Pero rendirse cuándo? ¿Cuánta sangre se debía derramar para que se hubiera salvado el honor, se probara el coraje? Esta es la duda que atormenta a los soldados en el combate de San Carlos y Darwin y explica no solo la resistencia al avance inglés, sino numerosas acciones heroicas, totalmente inútiles desde el punto de vista militar.

Los que volvieron tuvieron que afrontar el balance de sus acciones. Habían sobrevivido, por lo tanto, no habían sacrificado su vida como exige el ideal del orgullo/coraje. Hubo sangre sí, mutilaciones, sacrificio, ¿pero fue esto suficiente como para certificar el coraje en una guerra perdida?

Este no parece ser el caso de los testimonios de Malvinas diario del regreso (Iluminados por el Fuego) de Edgardo Esteban. El ideal del coraje, presente al comienzo, se diluye rápidamente. Los soldados y los oficiales aparecen más preocupados por la supervivencia, por atender a sus necesidades, aún transgrediendo las normas, que por cumplimentar el ideal. Si bien comparten los valores con los combatientes de Darwin y San Carlos, en Puerto Argentino el coraje pasa a ser una cuestión retórica. Las acciones militares se limitan al cumplimiento mínimo de las órdenes, los oficiales se mantienen a resguardo. No hay preocupación por cuándo rendirse, sino urgencia porque ocurra la rendición y termine la masacre. Reivindican la gesta igual que sus pares y permanecen ligados a la experiencia extrema vivida, pero hay una gran felicidad en haber sobrevivido, un desentendimiento sobre la opinión ajena, una sensación de que lo peor ya pasó, que sólo se trata de vivir. Como si la resistencia a tomar seriamente el ideal del coraje los hubiera protegido de alguna manera de las secuelas de la guerra.

Deberíamos preguntarnos por qué un ideal tan peligroso, que nos exige enfrentar la muerte y nos condena a ella en la mayoría de los casos, como prueba necesaria para determinar la hombría y la dignidad, puede seducirnos. Pero este es otro asunto. De todos modos vale la pena decir que los tiempos han cambiado, que el arquetipo no enraizó en las últimas generaciones, al menos es lo que apreciamos en los nuevos autores.

Series del acontecimiento Malvinas – Agujeros en el tiempo

Silvia Hopenhayn

Cómo contar los días, no parece ser lo mismo que cómo contar la historia. Hay algo que del cuerpo no se desprende en tanto narración.

Los días se pueden contar con los dedos.

Para 75 días en Puerto Darwin se necesitan exactamente quince manos. La historia está del lado de los dados.

Sin embargo, como señala Edgardo Esteban en uno de los textos trabajados en estos cruces epistémicos-literarios, “la guerra no se puede contar”.

¿Pero si la guerra no se puede contar, QUÉ es lo que cuenta, en una guerra? ¿Cuentan las palabras? ¿O es el relato de un eco?

Me imagino una lengua como una granada a punto de explotar. Porosa y seca.

Por eso quizá, luego de leer las ponencias, me resulta muy difícil articular, o funcionar como articuladora en esta edición de Autopistas. Es un dolor sin metáforas. Tan referencial que se vuelve inapelable. No hay por donde pasar, todo hiere, es astilloso y cortante, no hay hilván posible entre los retazos de la muerte.

Como señala Haydée Rosolen, “La pérdida de la guerra hirió un cuerpo en el que ya no hay totalidad sino piezas, zonas, fragmentos”, o como escribió Edgardo Esteban, son “espinas de la historia clavadas en la memoria”. Carlos Costa habla de sacrificio y mutilaciones. Carlos Dante García, de las esquirlas de la memoria. Esquirlas es una palabra que me ayuda, conlleva la sonoridad del incruste; algo que está ahí, incrustado, e irradia historia. Una pieza infinitesimal, desprendida por impacto, que da cuenta de la desarticulación, al tiempo que testimonia lo que tenía forma, un hueso, un jarrón, un cuerpo.

No es fácil juntar las partes. El testimonio no basta; lo que hubo no es necesariamente lo que queda. De allí el magnífico título que eligieron Graciela Speranza y Fernando Cittadini, PARTES DE GUERRA. Se cuenta en partes y por partes.

Clara Shor-Landman destaca la circulación de la palabra (en conversaciones o cartas) como un lugar de resguardo. La trinchera del significado frente al real de la guerra.

Las autopistas de la palabra también plantean modos de circulación, pero en esta edición, como el mismo título lo indica, hay agujeros que la complejizan. Es una autopista minada. ¿Cómo encontrar entonces las huellas que propone Haydee Rosolén?; ¿dónde pisar sino en los huecos?

Las fotos contribuyen, son peldaños de una escalera al infierno, que no tiene canción como la del cielo de Led Zeppelin. ¡Se trata de fotos que no habían sido vistas por quienes las tomaron!, dado que provienen, en su mayoría, del Museo Imperial Británico, a donde fueron a parar las cámaras requisadas de los combatientes argentinos llevados prisioneros.

Me refiero al libro Cruces, Idas y vueltas de Malvinas de María Laura Guembe y Federico Guillermo Lorenz”. El título también es un hallazgo, remite a la foto de las cruces blancas en tierra fría y cielo límpido. Pero también al cruce con la historia, las idas y vueltas, lo que no está sepultado.

En este sentido, Carlos Dante García propone una lectura desde los deshechos. “Lo que no ha sido admitido en los hechos sociales por el discurso jurídico, para ser tratado en su seno, retorna como verdad en los escritos de la literatura. Estos contribuyen a la construcción de una memoria que supera la falsa antinomia: testigo memoria-olvido. Los testimonios literarios contribuyen a las modificaciones legales que obligan al Estado a responder por los desechos subjetivos.”

De este modo, Carlos Costa busca el valor de verdad en otros textos literarios, desde el Martín Fierro, de José Hernández, Respiración Artificial, de Ricardo Piglia o el cuento “El Sur” de Borges; tres formas de verdad muy distintas a la supuesta veracidad que aportaría el género del testimonio.

En la búsqueda del significado, Haydée Rosolén se pregunta, “¿Qué significan las islas Malvinas para nosotros? En este caso, la primera persona del plural, el nosotros, apela a lo nacional. Significante complejo que encierra variadas resonancias, suele convocar la subjetividad de un modo intenso, tal vez como ninguna otra función colectiva. Hasta el límite de que en algunas de sus manifestaciones, llegamos a preguntarnos si constituirá una excepción a la fórmula de que toda organización social es un modo de frenar el goce. Algunas veces, contrariamente a lo esperado, en lugar de frenar actúa como disparador. Entiéndase por goce, un desorden que está en las fronteras de la historia natural de la destrucción.”

¿Cuál sería el goce en la guerra, de quién? Según Clara Schor-Landman, a partir de los escritos de Jorge Alemán, “es en el texto freudiano de 1914 donde se encuentra la máxima elaboración de la crueldad psíquica. Cuestión que Freud retoma en 1932 cuando Einstein le pregunta ¿qué puede hacerse para defender a los humanos de los estragos de la guerra?”.

Los estragos suelen estar ligados a un desenlace. Si tomamos el texto de Carlos Costa, podemos vislumbrar un posible comienzo. Costa advierte que “los actores de la contienda habían recibido con euforia y sorpresa el comienzo del enfrentamiento y la mayoría de la población abrazó con fervor patriótico la aventura. Todo ocurrió en un clima de embriaguez en el que se echó bajo un manto de olvido (y no de neblinas, como rezaba la marcha de Tieri y Obligado) el más que significativo hecho de que nos gobernaba una dictadura.” Destaca la importancia de los ideales de coraje y orgullo, que se desprenden también del magnífico título “Iluminados por el fuego”.

Pero lo que ilumina, al tiempo quema. Los ideales, tan afectos a la lucha colectiva y a la supuesta defensa de los valores, a menudo provienen del síntoma.

Al decir mordaz de Oscar Wilde, “que un hombre muera por una causa no significa nada en cuanto al valor de la causa.”

Como señala Carlos Dante García, a modo de conclusión: “El síntoma social se caracteriza para Lacan por ese rasgo: retorno de un valor de verdad que se creía superado. El proletariado viene a ocupar según él, el lugar de un ideal. ¿Qué ideal se pretendió sostener con el llamado a la recuperación de las islas Malvinas? Les recuerdo el y los “ideales” presentes en el discurso de Galtieri: el honor nacional; la unión nacional; el patrimonio nacional. Bravatas es el término preciso con el que se designó la amenaza con el fin de intimidar. ¿Qué verdad se pretendió rechazar mediante el llamado al combate para recuperar las Islas Malvinas sosteniendo éstos frágiles ideales? El verdadero estatuto de las relaciones sociales en dictadura: el abandono sistemático de la dignidad humana.”

Quizá lo terrible de nuestra guerra (por llamarla de algún modo), es que a diferencia de otras, tanto en las personales como las colectivas, en las que se enfrenta a un enemigo digno, en la Argentina, el enemigo era tan indigno, -me refiero a la dictadura- que hasta carecía de estrategia.

Era la guerra de otra guerra.
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