Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman




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Sobre las intervenciones

En la intervención de Susana Cella anuda el acontecimiento Malvinas a un proceso cuya continuidad empieza a ser revertido. Diría que dos modulaciones rozitchnerianas sostienen ese relato: uno, que la idea de que la política puede ser entendida como la continuidad de la guerra por otros medios; y dos, la de que la política puede ser pensada en la metáfora del teatro (en tanto es capaz de incorporar las formas de la tragedia como las de la farsa). Sin embargo, la propia guerra de Malvinas no encuentra su continuidad en la política más que como acto segundo de la otra guerra (la “sucia”) que sí encuentra su continuidad en la política. Lo que me pregunto es si no es esa la imagen de la guerra con la que discute Sitio. Me pregunto si, en función de una distancia temporal que se mide en silencio, y en función de la continuidad política que marca nuestro propio presente, no hablamos también nosotros de Malvinas con el discurso del exilio y si, al ponernos en ese lugar, no estamos perdiendo de vista una parte sensible del problema. ¿No estamos nosotros también inmersos en un discurso que ignora lo que desconoce?

La intervención de Mary Pirrone trabaja alrededor del síntoma. Indaga sus sentidos posibles del síntoma. Explora el problema sin con el objeto de mantenerlo abierto en toda su complejidad. Trabaja sobre la polémica de Sitio tomando aquellas intervenciones como “testimonios” parciales no del acontecimiento Malvinas sino de los modos de relacionarse con él en diferentes condiciones y circunstancias. La pregunta que me surge es si realmente hacemos bien al considerar estos textos y estas voces como testimonios, sobre todo porque el testimonio se basa fundamentalmente en un acto de distanciamiento (a partir del cual es posible testificar), mientras los textos parecen más ligados al propio síntoma que a su relato.

De la exposición de Aníbal Villa Segura, además de la eficacia de las fechas y los aniversarios que obliga a no perder de vista la condición particular en que se desarrollan las intervenciones de esta mesa, me interesa su interés y su atención a las comillas tanto en los calificativos a las guerras (en Rozitchner), como en el uso que de ellas se hace en los textos de Sitio. Importa cuando aparecen y cuando no; cuando marcan una expropiación y cuando se borran en una apropiación. Cuando marcan que las palabras no están en su lugar, cuando aparecen arrancadas al lugar (imaginario) donde habrían sonado de un modo menos extrañado; pero también cuando –como en Sitio– producen un distanciamiento al interior del propio lenguaje, abriendo un pasaje a la auto-ironía que seguro va mucho más lejos y es mucho más honesta en términos intelectuales (es parte de un pensamiento) que la que se arroga ironizar sobre la palabra extraña. En todo caso, señalan una distancia: presentan una frase venida de lejos, una voz en estado de paso o de préstamo pero que a la vez vuelve para iluminar sentidos ciegos al lenguaje que la acoge. Eso veo en la propia intervención de Villa Segura: la voluntad de emplear esas pestañas tipográficas como un ejercicio de memoria, Recordando, diría León: tratado de hacer lugar en el propio lenguaje a la verdad histórica de las voces –como las de las Madres, como la del propio León– que resistían al terror.

Domingo 15 de abril de 2012 - Sala Juan L. Ortiz, 3º piso
MESA 4: El acto y la ficción.

Modos de nombrar el trauma, la segregación, el suicidio
Referencias Los pichiciegos de Fogwill, Las islas de Carlos Gamerro, Banderas en los balcones de Daniel Ares, Fantasmas de Malvinas de Federico Lorenz, Kelper de Raúl Vieytes y “La salvación por los desechos·” de Jacques-Alain Miller
Los Cielitos de Fogwill

Lucía Blanco

“Sentíme che: ¿Dale que ya no vale más tirar de arriba?

Una vez pregunté a Fogwill cual de sus libros recomendaría a quien aún no lo hubiera leído, “Los libros de la guerra” contestó, “primero que lea cómo pienso”.

Supo decir también para El ojo mocho, que exponerse a la propia representación de lo que hace doler, ocuparse en lo que no garantiza un resultado útil para el mercado de ideas, cosas o votos y en lo que ni siquiera da señales de llegar alguna vez a ser expresado en palabras, frases, doctrinas o poemas, de eso se trataba la cosa.

La intuición racional y/o la paranoia extensa y a la vez atemperada lo asistió en la vida. La costumbre de ser mal entendido (producto de sus 17 años de psicoanálisis), su manera entonces de habitar las contradicciones, su saborear las lenguas, al fin y al cabo, su método ayuda a reflexionar y arreglárselas con lo peor, ante lo peor, la Guerra de Malvinas, por caso. Su virtud alusiva cunde y para muestra vale Los pichiciegos.

La novela fue escrita en el curso de tres días y nunca le dio motivo para cambiar alguna de sus frases. “Estábamos en guerra con la mayor potencia de la comunidad europea, eran las 6 de la tarde, volvía de una reunión con 2 oficiales del Estado Mayor que eran mis patrones en una agencia de publicidad y mi madre me esperaba orgullosa para anunciarme ‘Hundimos un barco’. Entonces volví a mi estudio, escribí la frase ‘Mamá hundió un barco’. Ni la imagen de decenas de ingleses violetas flotando congelados, que de alguna manera me alegraba, pudo atenuar el horror que me producía el veneno mediático inoculado a mi familia”.

Impresiona la fuerza de la frase ‘Mamá hundió un barco’, tanto como ‘Hoy ha muerto mamá o quizás ayer’ de El extranjero de Camus, y otra que le gusta a María Moreno ‘Mi madre nunca me dio la mano’ de La asfixia de Violet Leduc.

Para Fogwill escribir era pensar, pensar para no ser narrado por el discurso social corriente. Los pichiciegos que transcurre mayormente en una cueva malvinense improvisada por desertores del ejército, pretendía, dice Fogwill, ser un trabajo hacia el habla argentina. Usó su labor de semiotista, espontánea y desde chiquito y sus pseudo-conocimientos múltiples. El arte de la ficción.

Las faltas sintácticas de los personajes de la novela fueron censuradas por un periodista de La Nación, que escribió que se notaba que la novela había sido escrita muy rápido. Resulta que cada una de las quebraduras de la sintaxis y sus fragmentos desopilantes por delirio o imaginación extrema, obedecieron a una intención deliberada de decir algo acerca de la lengua de los argentinos y -lo que está vinculado a ella- acerca de este fragmento del nuevo 1er mundo. Entrando en tanque al 1er mundo.

Fogwill postuló que en las condiciones ficcionales de la guerra contemporánea, el mejor camino para arrimarse a la verdad puede ser el delirio y la obstinación en prácticas caprichosas y desconcertantes. Esa es también la parte femenina de su legado. Para él no todo era la lógica del para todos y la excepción. Había un no-todo, un suplemento a considerar al momento de las decisiones.

La consigna “El pichi agranda, guarda, aguanta” que convoca a los personajes y sostiene su política militar, era para ese momento, el enunciado de una suerte de fundamentalismo argentino que por el momento, le parecía el mejor camino practicable, factible, tanto para micro estrategias privadas de supervivencia, como para la política y en particular, para la literatura.

Si acaso suena patotero es porque responde a una prisa ante la evidencia de una inminente realización de lo real.

En Psicología de los grupos y análisis del yo, Freud advierte que primero se cede en las palabras y después en la cosa misma. El lenguaje usual es fiel, hasta en sus caprichos.

Entonces estar atentos a la sensibilidad lingüística y su afección. La preocupante herencia semántica del Proceso, léxico falso cuya manera de enunciación supone un acuerdo de fondo sobre las reglas de juego. No despolitizar por cuestiones de sangre, estar atentos a frases caras como la de Engels “la violencia: partera de la historia”. Una trampa. Al tiempo que anuncia que todo cambio debe ser sangriento y doloroso, sugiere que de la violencia-partera y sagrada, siempre surge algo nuevo. No traducir el Terror de Estado a la zona de los vínculos familiares.

Prosigo enumerando las enseñanzas de Fogwill. No dejarse distraer (consigna que adopta de Jorge Jinkis, además del personaje del Homo Histericus): La precisa diferencia entre Democracia como estado de derecho que expresa una decisión voluntaria del poder y la Democracia como distribución igualitaria de las probabilidades de participar en el poder.

¿Cómo se zafa de la herencia cultural del proceso y de su mecanismo de represión?

Creo que el mejor camino es pensar lo que ella y sus administradores decretaron como impensable y pensarlo con los modelos intelectuales que ellos exorcizaron como intolerables.

Consejos, advertencias y ternuras generadas por Rodolfo Enrique, alias Fogwill.

Tal como escribe en el poema para su hija Vera “Sentimiento de sí”: Padres: metros maestros de palabra, restos de lo legado y lo perdido, poderes, patrias, potestades, nada, protestades.

MALVINAS: TERRITORIO Y SÍMBOLO

Bea Lunazzi

¿Es la Guerra de Malvinas y su consecuente derrota el despertar de una conciencia ciudadana anulada por la dictadura? ¿Es la inconsciencia o la necesidad de unión de un pueblo fragmentado quien llena espontáneamente la Plaza de Mayo el 2 de abril? ¿Es el arrepentimiento de haber apoyado el envío de jóvenes al hambre y a la muerte lo que propicia la posterior reconstrucción de ideales populares y democráticos? Los muertos le dan su forma al relieve de Malvinas, a lo que ese territorio cubre real y simbólicamente. ¿Qué es Malvinas hoy para los argentinos: los relatos de la contienda, una discusión profunda que nos debemos, un símbolo a recuperar para la democracia?

La literatura roza, penetra, ignora o denuncia, ensaya versiones sobre este significante desplazado en espacio, tiempo y símbolo.

Cómo volver a un lugar donde nunca se estuvo es la pregunta que abre Federico Lorenz en Fantasmas de Malvinas1. Los argentinos tenemos una experiencia Malvinas, uno o diversos modos en que nos contaron la historia o nos aproximamos a ella aunque se trate simplemente de un acercamiento escolar. “Un paisaje invisible condiciona el visible” dice Italo Calvino citado por Lorenz. Malvinas remite a los suicidios y a la dictadura militar- nos dice el autor- al fervor popular y al heroísmo de los pozos de zorro. El nombre evoca el antiimperialismo y también sentimientos y causas aprendidos en las escuelas. Volver a Malvinas es una forma de volver a pensar la Argentina y sus contradicciones, un modo de abordar la pregunta por la identidad nacional y por la soberanía sin temer teñirla de roja brutalidad o de verde complicidad.

Prolongación perversa de la realidad es la ficción nos dice Daniel Ares en Banderas en los balcones2 novela que recorre junto al periodista Nogueira (¿Ares?) enviado por un semanario a Tierra del Fuego los días de la guerra. El cronista asiste a las más disparatadas y atroces contradicciones entre el continente y las islas en las que incluso llega a estar un par de horas antes de que el fuego se desatara. Su tono irónico y el humor corrosivo denuncian a la prensa sensacionalista y cómplice de la época, al autoritarismo y a la prepotencia de los responsables de una guerra absurda y la escandalosa manipulación de una sociedad necesitada de una farsa que uniera aquello que la dictadura bien se había encargado de exterminar. Malvinas: una excusa para el Gran Burdel que excitaba hasta el delirio al pueblo reunido en Plaza de Mayo, lejos, claro está del hambre, el dolor y la muerte.

Desde los cabarets de Río Grande y Ushuaia los militares digitaban, silenciaban y distorsionaban la información; entre whisky importado y prostitutas se generaba el discurso oficial que cada semana era copiado para regocijo de un periodismo sin códigos éticos. Así de patética La Gran Locura es contada por el joven cronista que está en las antípodas de la heroicidad: “No me importaba la guerra” dice en más de una oportunidad el protagonista y testigo mientras Ares baja las máscaras de lo siniestro.

¿Dónde se sitúa Fogwill, por su lado, para decir la guerra? Los pichiciegos3 se escribe en simultáneo a los acontecimientos bélicos del 82, según reconoce el autor, mediante el recurso del testimonio de Quiquito, el único sobreviviente del grupo de desertores. Así aparecen la primera persona y el diálogo grabado y trascripto por el entrevistador que nos sitúan en el presente de los hechos; pero también el espacio de los pichis es un simulacro de neutralidad porque no pertenecen a ninguno de los dos bandos, de hecho intercambian espionaje para los ingleses por insumos para su supervivencia. Ocultos bajo la tierra conforman una microsociedad que se podría ver como alegórica de la sociedad argentina donde existe la autoridad de los líderes autoimpuestos, la organización, la logística y un sistema de control y represión que acepta o expulsa a sus posibles miembros:

El Turco dijo que sobraban pichis. Viterbo cebaba. Él preguntó que qué iban a hacer y Viterbo dijo “nada, sacarlos”.4

Y un lenguaje. Un lenguaje de “bajo tierra”, invertido, distorsionado donde “gurkas” suena a “gurjas” y mete miedo, las propias trincheras-escondites son una “pichicera”, los muertos “helados”, “fríos” los heridos y los que mandan cuatro “Reyes Magos”. “Ningún turco es turco” explica el Turco, uno de los Reyes, nacido en Gualeguay. En la guerra y más bajo tierra todo se trastoca y luego se olvida:

-Fechas, cuentos, caras y voces y nombres de los que se fueron: todo se olvida.

Nada se puede saber bien. Saber, abajo, apenas se sabía lo que cada uno debía hacer. 5

Una guerra dentro de una guerra. Un miedo dentro del miedo. El “afuera” para los de la pichicera incluye el miedo a lo propio. ¿Cuál es la identidad del desertor? La identidad nacional está ausente en este relato dentro del gran relato de la guerra de Malvinas. El escondite preserva del miedo y de la muerte, la vida se conserva “enterrados” en la tierra que se pretende reconquistar. Una paradoja más.

Si la construcción de un modo de nombrar la guerra en Fogwill es simultánea a los acontecimientos, en Carlos Gamerro la forma de decir se instala en la simetría entre los hechos del 82 y los de la acción principal de su novela, Las Islas6, diez años después en plena época menemista. Felipe Félix, el protagonista, es un ex combatiente devenido en hacker contratado por un empresario violento y demente para descubrir los nombres de los testigos de un crimen cometido por uno de sus hijos, el no deseado. Este thriller porteño y paródico invierte las reglas del policial clásico porque se sabe desde el inicio quién es el asesino y hay que averiguar en cambio la identidad de la víctima. La violencia y la opresión de la dictadura tienen su espejo en el control empresarial representado por las torres vidriadas del emporio Tamerlán que permiten a los jefes vigilar en todo momento el desempeño de sus empleados mientras ellos sólo se ven a sí mismos reflejados trabajando. Esta arquitectura es la maqueta de una sociedad disciplinaria. El recorrido del joven (este sujeto que “se corre” y así deja de ser permanentemente observado, burla el sistema) incluye escenarios como la SIDE, el Borda, las oficinas del dueño, el refugio de un mendigo, los sitios de encuentro con los ex soldados que planean recuperar las islas y el espacio íntimo, el vínculo con una ex detenida que le cuenta la relación con su torturador y el fruto de ésta: dos niñas mogólicas llamadas Malvina y Soledad. El desborde y la locura generan tal desinformación que se hace impensable acceder a la verdad.

¿Es posible un relato consensuado sobre Malvinas? El lenguaje literario con su principio equívoco y esquivo convierte el territorio concreto de las islas en multiplicidad de versiones, interpretaciones y mitos pero por otro lado y paradójicamente cuantos más modos de nombrarlas, cuantas más voces las digan más lejos estarán del olvido y de la manipulación de unos pocos.
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