Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman




descargar 0.5 Mb.
títuloDirección: Liliana Heer / Arturo Frydman
página9/14
fecha de publicación12.11.2015
tamaño0.5 Mb.
tipoDirección
p.se-todo.com > Historia > Dirección
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14

Malvinas: Hackear la historia

Natalia Zuazo

“…me temo que nos cagaron un poco. Felices no vamos a ser. Igual, sería un bajón ser feliz en estas condiciones. Así que pensemos en alguna alternativa”

le dice Gloria, una ex detenida de la dictadura, a Felipe, el ex soldado de Malvinas protagonista de Las Islas, de Carlos Gamerro. Ya pasaron por el secreto, las revelaciones (de las historias y de sus cuerpos), las mentiras y la piedad. Ahora, en el final del libro, se dan cuenta de que el Gran Relato de la Historia, el que se contó mientras ellos intentaban reconstruirse a sí mismos, los mantuvo separados en un mar de historias paralelas, como las dos islas: los muertos de la guerra murieron por una causa; los desaparecidos, por otra. Sin embargo, sus historias, como las islas, fueron siempre una el espejo de la otra; su calvario, producto del mismo asesino, disfrazado primero con el retorno al orden y después con la plaza llena de orgullo antiimperial. “¿Te creés que tenés el monopolio del sufrimiento?”, la provoca Félix a Gloria, todavía descreída del valor de sus cicatrices. Y es así, desatando privilegios de dolor, que se dan cuenta que sus cicatrices empezaron a la misma edad, cuando los dos tenían diecinueve años. En ese punto -lo saben- lo que comparten son fantasmas.

En las pesadillas, donde aparecen sus fantasmas y ellos son débiles, sometidos otra vez, devueltos al daño que vivieron sin saberlo al mismo tiempo (la Guerra empezando, sus hijas naciendo), Gloria y Felipe se encuentran, “logran su salvación”, en palabras de Jacques-Alain Miller. Para Gloria, es su ex represor, el padre de sus hijas, Malvina y Soledad, el que se fija en ella: “Me miraba como a través de un vidrio, siguió de largo como si yo no estuviera: sentí en el cuerpo el aliento del fantasma pasando a través de una cortina”. Para Felipe, es cualquier mañana donde la rutina se asemeje al control, al horror de lo común, a formar fila, seguir la orden, acostumbrarse a la propia guerra y repetirla como en esos sueños horribles donde pensamos que nos despertamos y nos hundimos cada vez más. Su terror es caer en el infierno de sus compañeros, los ex combatientes que serán siempre eso: contar siempre la misma batalla, mil veces, inventarle mil finales distintos, obsesionarse con recrear la maqueta de las Islas para inmovilizar el tiempo, volverse experto en finales alternativos (“como si los perdedores pudieran interrogarse sobre las posibilidades de la historia”). Felipe se niega. Pero estuvo allí y tampoco puede escapar. Y entonces hackea la historia con sus programas virtuales, donde la pesadilla de la verdad se termina cuando los argentinos ganan, toman a los ingleses prisioneros y, después de mostrarlos como mascotitas en Buenos Aires, los sueltan como vacas en Montevideo.

Hasta que los restos de Gloria y Felipe se unen. Reconocen que son “lo que queda”, que “sobrevivir es una mierda”, pero que están vivos. Y la muerte se transforma en presente, y salen –aunque sea un rato, como todos, que siempre nos preguntaremos cómo seguir después del descanso-. Cuando salen, las islas también dejan el lugar de imaginario para ella: él puede contarle que estuvo, ya no es más un secreto. Las historias que pueden inventar a partir de la verdad ya son otras: forman parte de una historia común, aunque imperfecta, pero propia.

En Fantasmas de Malvinas, Federico Lorenz trabaja también pensando que la historia imperfecta de los hechos cotidianos, vistos de cerca, reconstruidos de a cachitos, es la que mejor le sirve a la gran Historia para llenar de realidad a los fantasmas que quedaron, y así alejarlos. Lo hace al modo de Felipe: hackeando su condición de historiador para convertirse en un cronista que apuesta deliberadamente a ser atravesado por lo cotidiano, dejando de lado el lugar del científico que mantiene distancia con su objeto de estudio. También lo hace hackeando la imagen de la doble categoría de víctimas, porque para Lorenz no hay sino una misma pregunta común entre ex detenidos-desaparecidos y ex soldados: “¿Por qué volví yo y mi amigo no?”, que es la pregunta del sobreviviente, la de lo normal que pasa a ser normal (que la gente joven muera). Lo dice dejando toda duda de lado: “De regreso a las Islas, las sensaciones son profundas, mas no confusas”. Y entonces el viaje parte de buscar las historias que se viven hoy, para ver cómo nos relacionamos con las islas hoy, con su valor, con su presencia.

En el final del libro, que es también la final de su viaje, Lorenz relata una escena al salir de Migraciones, antes de tomar el avión de Mount Pleasant a Buenos Aires. Suena la alarma de seguridad. Los policías paran a un grupo de ex soldados que habían vuelto a las Islas después de la Guerra, en una escena repetida: se llevaban tierra de sus posiciones y del cementerio, rocas de los cerros, arena de las playas, esquirlas oxidadas, un pedazo de borceguí, los souvenirs/objetos posibles de rescatar para llevar a casa algo del pasado, el dolor ahí sufrido, el hueco donde se vivió con el que no sobrevivió. La señora de la Aduana es tajante: “Nada que recuerde a la guerra puede salir de las islas”. Y uno de ellos responde: “Decile que no sea ortiva, que es tierra del pozo en el que estuve. Que hay mierda y sangre mías ahí”. Pero la señora sigue, les dice que si se siguen llevando todo, van a quedar las rocas peladas. Y entonces no importa cómo la historia termina, quién gana esa guerra, sino el peso de que puede cambiar si se cambia de lugar. Las islas que fueron desapareciendo al no nombrarse, al ser un fantasma de la guerra, un objeto que nos queda fuera del mapa, desvinculado del resto del territorio argentino. Igual que la guerra con la dictadura: verlas separadas es fortalecer la debilidad de la interpretación compleja, de los muertos de Malvinas como muertos de otra categoría a los muertos que mató la dictadura. Ninguno de los dos volvió: unos no volvieron de la guerra; otros, de los centros clandestinos de detención. No sobrevivieron, y sus victimarios fueron los mismos.

Modos de nombrar Imaginaciones

Nicolás Peyceré

Primeros paisajes: Borrador de las islas

El mar se ha cubierto de nubes. Las montañas se han oscurecido. Los puntos altos de las colinas están vigilados. Hay brisas cenizas repentinas y una procesión de varones muy jóvenes, que llevan armas.

Marchan en columnas de hileras. Y salen de las playas, para entrar por senderos embarrados, por taludes, o por colinas yermas. Van luego por las calles de una ciudad pequeña, de casas comunes, blancas, alineadas, donde sobresale una iglesia protestante. Un viento parece vaciar las calles y las enfría.

Los muchachos soldados han dejado ya las aguas marrones de la playa donde flotan las algas de relieves azules. Y pasan gaviotas blanco grises, que vuelan encima de las sobras que deja el mar. Los muchachos se alejaron de rumores roncos del océano.

Los muchachos avanzan aún en columnas de hileras. Van hacia los lugares donde se oye el fragor de los morteros, y el retumbar de los disparos. O caminan entre silencios inquietantes. Se trata de territorios que no se describen con certezas. No son de la turbulencia de los países europeos. Ni de las intensidades asiáticas. O las sabanas progresivas africanas.

Modos de nombrar a nuestros soldados:

Que han caído, turbios ya, fríos y hundidos con sus cascos. Y una bruma desciende sobre ellos. Qué falta hacen. Se llamarán Diego, Alberto, Juan. O Adrián que dejó su pequeña novia en Palma de las salinas. Esteban que cuidaba a su hermana con tuberculosis. Octavio que terminaba de comprar un furgoncito. Y Jeremías que venía de jugar en su equipo de football de Bragado. Y Valentín el mejor arquero del equipo de Lujan de Mendoza. Y dos hermanos que llegaron juntos de La Banda. Antonio que empezaba su carrera musical en La Lucila. Roberto que sufría de insoportable soledad. Ezequiel que quedó sin saber por qué al caer gritó, querida mía, Hernán el novio de una Teresita, a quien ya inmóvil le quitaron los borceguíes. Matías que estudiaba en un liceo nocturno.

Modo de nombrar a los otros soldados:

Que han caído, turbios ya, fríos y hundidos con sus cascos. Y una bruma desciende sobre ellos. Se llamarán, Andreas, Douglas, Charles quizá tartamudo. Y otro Charles que había salido de una cárcel. Y Cyprian que un rato fue una antorcha, y gritó dos veces, torcho, antes de caer. Johnny que había pensado desertar. Quizá Harold también. Leonard que había escrito poemas isabelinos en Cambridge. Y Edgard que jugaba al tenis en Brighton. Y Noah que amaba los pájaros.

Ahora los caminos quedaron libres. Ahora pasan libres los cañones antitanques, y los que apuntan con proyectiles perforadores. E iban hacia otros lugares de combate. Y se verán caer muchachos como niños, por otros lugares de combate.

Las narraciones cortas. Los finales:

Que formaron un archipiélago con narraciones muy cortas. Se dirá, extremadamente cortas. Algunos soldados tienen guardadas cartas íntimas en los interiores abrigados de los uniformes: El archipiélago es un mapa de un territorio borrascoso. Al lado de un Atlántico borrascoso, Los soldados son una maraña de cortas vidas, cada una muy corta, menos corta que el crecimiento de un arbusto, apenas comparable a un seto penumbroso. Difícilmente se extenderían el relato de cada uno de ellos, para hacer una novela clásica.

Segundos paisajes. La bella guerra:

Que no tiene medio días claros, ni mar vítreo. La guerra que se acerca por entre las neblinas espesas, por unas colinas tenebrosas, y los humos negros deshaciéndose o congelándose. Por los ecos de disparos. Y los muchachos como nunca oscuros. Y en algunos sitios cañones con las bocas estalladas. Y los elegantes blindados ya sin soldados, sin alma. Cuando se ven las cruces rojas gigantes de los hospitales militares. Cuando se producen fotografías fijas, amarronadas. Que representa, solamente aniquilación. Cómo dibujar esa bella guerra, en borradores de islas irregulares. Con las playas pizarrosas, donde descienden abruptamente los peñascos, las rocas volcánicas. Y como dibujar a esos muchachos, escondidos, temblantes, o con las mentes opacas, observando sus heridas rojas de formas muy extrañas.

Preguntas y muchachas:

Qué piensan ellas, qué sucede cuando los varones son terriblemente heridos. O cuando mueren en el inicio de sus juventudes.

Los varones que miran ellas, no tienen estirpes, son simples muchachos llegados de ciudades y campos; de barrios, de clubes deportivos, de escuelas. Que esperan el regreso junto a sus familias simples. Que piensan en sus novias simples.

Habría crudeza en la mirada de ellas, si no besan pronto a los varones, ni los rozan, ni les dan abrazos largos. Pero no hay esa crudeza en las mujeres; ellas tienen la ética natural del ofrecimiento. Ellas los piensan atléticos, silenciosos, que se mantienen en alguna espera. Acaso pensando muy en lo suyo. Acaso en esa guerra de dibujos con líneas que van continuamente de lo nítido a lo borroso. A veces de un sosiego sorprendente. De esa soledad de varones. De esa intimidad. Pues ellos están mentalmente en los combates. Son activos en los combates. En las batallas urbanas y en las batallas de las montañas. Y cada vez juegan con su Meccano, adolescente; para construir los puentes peligrosos, para pasar los ríos peligrosos.

Y aun sonríen frente al acecho de las ligerezas de ellas. Y aun ellas agradecidas; cuando los varones se acercan y las toman de las manos.

Ficción contra ficciones

María Pía López

Partir de la incomodidad, es claro. Porque una guerra partió la historia del reclamo de soberanía sobre Malvinas y esa confrontación provenía de los modos más atroces de gobernar la Argentina. Este país que durante un siglo y medio había reclamado la pertenencia de las islas al territorio nacional, intentó su recuperación armada en el marco de un régimen ostensiblemente injusto. La guerra fue hablada por ese régimen que conjugaba represión clandestina y espectáculos banales; la población fue hablada por esa guerra, la del régimen, que venía a amalgamar, supuestamente, una nueva conciencia nacional. Si las mazmorras y los campos de concentración habían separado la paja del trigo y purificado, así, la población argentina; la guerra vendría a componer la unidad del alma. De la guerra sucia a la guerra limpia, supo escribir León Rozitchner. Un tránsito doloroso hacia la nueva Argentina.

En los alrededores del Centenario Manuel Gálvez escribió el Diario de Gabriel Quiroga. Allí imaginaba, inmerso en los que suelen llamarse climas de época –ilusiones aún no ensangrentadas en las trincheras de la primera guerra mundial-, que una confrontación bélica era necesaria para templar el alma de la nación, producir la amalgama de creencias y entusiasmos capaz de sustraer al país de una decadencia previsible. Y si las guerras mundiales al finalizar producirían más un enmudecimiento dolido y culpable que un común canto patriótico; en el caso argentino sólo algunos escribas del horror, al estilo de Hugo Ezequiel Lezama, podían ver en la represión concentracionaria un canto patriótico. Retorna entonces la fantasía de una guerra limpia, que vendría a unificar lo que la otra, la secreta, partió. Malvinas, la guerra, proviene de esa ilusión tenaz, de una educación patriótica que se repitió por generaciones –las hermanitas perdidas- y de una oscura maniobra militar.

Mucha literatura ha transcurrido bajo esos puentes, mucha ficción para combatir la otra ficción, la del poder mortífero. Lucía Blanco recuerda a Fogwill narrando el origen de Los pichiciegos: entonces volví a mi estudio, escribí la frase: ‘Mamá hundió un barco’. La lengua reconvertida por una maquinaria mediático-política: ¿quién enuncia cuando se dice hoy hundimos un barco? Siempre me sorprendió la facilidad del nosotros en ciertos usos de la lengua: por ejemplo, ganamos la copa Davis. Yo, que nunca sostuve una raqueta de tenis. Una configuración nacional es, se sabe, esa mitología que logra inscribir en el sujeto una pertenencia común. En los meses de la guerra en esa lengua se establecía un nosotros que se amasaba en un hojaldre común entre la junta militar y la población civil ahuecada por la caza disciplinadora de esos mismos que ahora aparecían como la cabeza decisora del destino de todos.

Hace un par de semanas la presidenta dijo que durante la guerra de Malvinas la población argentina estaba presa, capturada, para responder la idea –fundamental en la argumentación británica de por qué empeñar todo esfuerzo militar para evitarlo y extrañamente repetida en algunas intervenciones contemporáneas - de que los habitantes de las islas temían por su sujeción a un poder asesino. Es decir, que si los malvinenses sufrieron la ocupación bélica entre abril y julio, el pueblo en cuyo nombre se hacía esa ocupación y de cuyo seno habían salido los jóvenes combatientes, transitaba una ocupación más larga. Siete años.

Esta era la tesis de Rozitchner y es extraño –y festejable- que de aquel libro solitario y crítico surjan los argumentos que hoy sustentan el reclamo contra la persistencia del hecho colonial. Pero estábamos en Fogwill, en esa idea tan potente de que la lengua había sido capturada por la ficción de un nosotros que unía a su mamá con Galtieri. Contra esa captura escribe mostrando la creación de una lengua lejos de la superficie –en las pichiceras, huecos en la tierra- y esquiva de lo colectivo –idioma minoritario de los fugados-. Bea Lunnazzi escribe que se trata de un lenguaje de “bajo tierra”, invertido, distorsionado. Podría verse en esa distorsión la fuga más precisa de Fogwill, cuando se niega al habla que todo lo incluye surgida tanto de las usinas militares como de las maquinarias mediáticas, como se va desplegando, críticamente, en la novela de Daniel Ares, Banderas en los balcones.

La lengua de Los pichiciegos es otra respecto a la emitida por los medios de comunicación. Dije: soterrada y minoritaria. Y a la vez, desviada, irónica y realista. Pueden verse ahí, en esos rasgos, formas de definir la literatura misma, en lo que tiene de clandestino, de fuga de los consensos y de postulación de ficciones contra la ilusión.

Quizás por eso el trabajo de Nicolás Peycere tiene un título sugerente: “Modos de nombrar. Imaginaciones”. Y ahí nombrar es el juego del nombre propio -¿cómo se llaman los soldados, cuál reciben los combatientes ingleses?- pero también es el problema de cómo imaginar una tierra ignota –presente tras los velos de la ilusión colectiva, de los imaginarios disponibles, de los rituales comunes- y una guerra absurda. Decir: con qué nombres es lo mismo que decir con qué políticas se traza un camino que enlace las islas ocupadas con el país que las reclama, pero también interrogar con qué imaginaciones es posible comprender lo que sucedió si a primera vista todo resulta incomprensible.

Pero si la historia es esa trama oscura de hechos cruentos e ilusiones colectivas –y esa es la tesis fundamental que constituye esa novela total que Carlos Gamerro tituló Las islas-, es transitable sólo porque los hombres no dejan, a sus puertas, toda esperanza. Las islas es la conjura detectivesca de la herencia doble de los campos de concentración y de la guerra en el Atlántico Sur. En el momento en que la historia deja de ser épica para ser oscuramente policial. Apelación a un género menor pero con aspiración de totalidad. Y con una figura, que es la que menciona Natalia Zuazo: la del hacker. La de aquel que viola un tipo de seguridad o altera un cierto orden, rasgando las condiciones que hacen que el final siempre sea previsible.

De nuevo: el orden de la ficción o de las ficciones. Es decir, el orden de los relatos en los que se puede hablar otra lengua, disidente y disonante. Y que interesan no sólo por lo que revelan en su revés, sino también por lo que producen como legado. Si en Rozitchner la llamada guerra limpia venía a suceder a la guerra sucia; en la novela de Gamerro son líneas paralelas, calles en las que la tragedia se va escribiendo y que se cruzan en una intersección policial. Que son comprendidas, en su paralelismo, en una ciudad que ha sido rehecha por las lógicas del mercado y en la que reinan los poderes que fueron forjados en aquellas victorias. Legados, decía, porque el paralelismo de Las islas puede enlazarse a la interpretación que propone, en la víspera del treinta aniversario del comienzo de la guerra, Mario Wainfeld, cuando establece una secuencia de hechos que va desde el 30 de marzo –y la reprimida marcha de la CGT- al 2 de abril con una multitud devenida festiva comparsa.

La ficción contra las ficciones son hechos políticos. Buscamos en ella la posibilidad de un pensamiento que rasgue la ilusión que encadena. Buscamos en ella esa lengua inventada en la que no somos condenados a la servidumbre.
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14

similar:

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconDirección: Liliana Heer / Arturo Frydman

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconDirección: Liliana Heer / Arturo Frydman

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconLiliana cabañas patraca

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconLiliana Maria Cordoba Carmona

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconLiliana Lozano Vercouteren 4º diver

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconLiliana Bodoc: "Lo mágico es aquello que todavía no podemos explicar"

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconArturo Pérez-Reverte Indice 0

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconA. bibliografia di arturo pérez-reverte

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconH. Ministro Arturo Zaldívar Lelo de Larrea

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman iconPopulistas de izquierda a derecha Arturo Jiménez




Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
p.se-todo.com