Las actitudes religiosas de los jóvenes son complejas y originales. Descubren los valores y los compromisos religiosos, morales y sociales del creyente y se inician en ellos con una religiosidad proyectiva, camino de madurez




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ADOLESCENCIA ( 15 A 18 AÑOS)

Las actitudes religiosas de los jóvenes son complejas y originales. Descubren los valores y los compromisos religiosos, morales y sociales del creyente y se inician en ellos con una religiosidad proyectiva, camino de madurez.
   A partir de los 15 y 16 años, al terminar la preadolescencia, la religiosidad está ya configurada en sus aspectos básicos. En adelante se desarrollará en procesos de fortalecimiento y de proyección de forma original: o bien se conserva frágil, átona y vacía, incluso se apaga casi del todo, si la formación no ha sido adecuada; o bien los sentimientos y criterios que se han fraguado en los años anteriores se ponen en juego siguiendo estímulos externos o los impulsos del propio corazón.




 
   Se puede decir que la religiosidad ya no crece más, desde esta edad, aunque sí se profundiza, se define y, sobre todo, se proyecta en la vida de cada joven. En adelante se van a atravesar itinerarios diversificados y personales, oscilantes al principio y más estables después, de forma similar a lo que acontece en los adultos: unos serán más creyentes y otros resultarán más escépticos; unos parecerán introvertidos y otros más exteriores; los habrá profundos y otros serán superficiales; algunos tenderán a una religiosidad más de ideas y criterios, otros se desenvolverán más en afectos y los habrás más dados a la acción.
  Con todo, entre los 15 y los 25 años, se suele recorrer un camino de consolidación y personalización. En la medida de lo posible, se reclamará por parte de los animadores de jóvenes, formación, catequesis, apoyos oportunos.
Se consolidan las ideas, los sentimientos y las relaciones con cierto tono objetivo y dinámico, con apertura a lo mundanal y con apoyos experienciales firmes. No siempre se hace con serenidad.

Es frecuente el negativismo y la agresividad ante la vida. Ello influye en las actitudes religiosas. En este terreno comienza a predominar los intelectual sobre lo afectivo. Y el proceso de maduración espiritual depende en gran parte de cómo se hayan desenvuelto los años anteriores en este terreno.
1. Dos momentos evolutivos
  El primero será más inestable y turbulento en general. Será lo más caracteristico de la etapa propiamente adolescente o de una primera juventud. El segundo, el juvenil maduro, tendrá más a la estabilidad.
  Etapa adolescente (15-18 años)
   Se caracteriza por actitudes sociales y morales todavía dependientes de los adultos, aun cuando se multipliquen los episodios y las declaraciones de autonomía.  Con frecuencia se halla ésta frenada por las limitaciones de todo orden, tanto de la familia como de las instituciones docentes en donde se vive. Es época de estudios medios, más precisos y disciplinados, menos elegidos por el individuo. Aun cuando la muchacha madura algo más rápidamente que el varón, los rasgos de ambos son hoy similares.
   Ella advierte que su distancia con los chicos de su edad se va acortando. Los muchachos son conscientes de su protagonismo social y asumen con cierto placer su responsabilidad religiosa, sobre todo si pertenecen a estructuras familiares o escolares flexibles.
   Su pensamiento es ya bastante consistente, pues los niveles culturales aumentan y los medios de comunicación que asimila acríticamente le conceden una información diversificada.  Las relaciones intersexuales resultan ya naturales en este momento en los terrenos afectivos y convivenciales, cultivando el respeto, la tolerancia y el pluralismo, a no ser que se pertenezca a grupos integristas o marginales.
    La religiosidad llega a la autonomía casi total, pues el individuo asume sus decisiones con independencia creciente de su entorno, a pesar de las interferencias de lo adultos
La etapa juvenil (18- 25 años)
   Se presenta ya como plena y autónoma. El joven, maduro o no, se ve arropado por los estudios superiores o inicia la actividad laboral, con lo que supone de autonomía en todos los campos. Se sabe dueño de una cultura y de una experiencia original, más o menos distante del adulto. Por eso prescinde de normas ajenas. Si se aceptan, es por conveniencia o por considerarlas asumibles en su situación familiar.
   El pensamiento se vuelve con insistencia hacia las opciones de vida: trabajo, matrimonio, profesión, pertenencias. En el terreno religioso, el joven ya no acepta interferencias o curiosidades ajenas. Su situación y sus creencias dependen de los procesos anteriores de formación más o menos asimilados y de la sintonía cultural, social y familiar, en la que cuenta lo afectivo y lo tradicional, más que el cálculo explícito.

  2. Rasgos adolescentes
  Tradicionalmente se ha considerado la conmoción somática que acontece en la pubertad como signo de un tránsito brusco hacia la adultez. Pero es sólo el anuncio de una primera madurez. A partir de ella, emergen los valores definitivos de cada persona. Afecta ese salto o crisis a todas las dimensiones, sobre todo a lo moral y social. Y esto supone nuevas perspectivas en todos los terrenos: afectividad, imaginación, capacidad de opción, criterios, sociabilidad, intereses, etc.


   La preadolescencia, con todas sus riquezas, no fue más que una puerta abierta y un anuncio de nueva vida. La adolescencia será el tránsito un tanto alborotado hacia la primera vida adulta, a la cual llamaremos juventud madura. Cada uno de los rasgos irá desarrollándose de forma original.

El adolescente se vuelve muchas veces taciturno y triste, sin que se pueda determinar las causas, ni siquiera ante sí mismo. Ello le hace un tanto ingrato en las relaciones sociales, inseguro y obstinado, desconcertante en sus reacciones. No son estados duraderos, pero sí lo suficientemente frecuentes para que él mismo se sienta inseguro.


- Es sensible ante el afecto y se irrita con la injusticia o las discrimina­ciones. Reclama austeridad y se vuelve ambicioso. Protesta cuando se siente víctima de limitaciones y muchas veces es duro cuando impone sus normas a los demás. Habla de democracia, pero se resiste a ser pluralista. Sueña con ideales y sucumbe ante los reclamos de los sentidos. Se vuelve más romántico y utópico que trabajador y sacrificado. Se refugia con frecuencia en el ensueño como evasión compensatoria ante sus propias contradicciones.
   - Su principal desconcierto es la debilidad moral. Se propone con frecuencia empresas, trabajos o resoluciones que, sin él explicárselo, duran poco en su voluntad. Se siente frágil. Hasta es a veces pesimista y se desprecia ante sí mismo por ello. No acierta a hallar remedio.
- Es a veces desconcertante en sus proyectos y también inconstante en el cumplimiento de sus deberes o de sus compromisos. No se pueden describir siempre sus caminos, pues ni él mismo los entiende con claridad. Se puede decir con razón que sabe o intuye lo que no quiere, pero no acierta a expresar en cada momento lo que desea. Improvisador por dinámico y también impulsivo por riqueza afectiva, el adolescente no es propenso al orden ni a la previsión; y sus decisiones se fraguan con frecuencia sobre la marcha.
  - Por eso aparece como conflictivo en la vida familiar y también en la escolar. Altamente sensible a la autonomía y a la libertad, se vuelve exigente cuando asume un puesto de mando, pues le atenaza el complejo de su propia debilidad o el miedo al fracaso. Con todo, la conflictividad no es ordinariamente profunda y se amortigua con el paso del tiempo, sobre todo si se mueve con educadores tolerantes y comprensivos.

  

- Sus fuerzas afectivas son ricas y explosivas, pero no violentas. Cultiva la amistad y la solidaridad como valores ideales, pero a veces es inconsecuente con ellos. Es fiel, pero no constante, ante lo prometido. Se enreda con frecuencia en simpatías por el otro sexo, con enamoramientos platónicos e irrealizables, que no son duraderos.


   - A veces se pierde en el romanticismo: gestos tímidos o audaces, solidaridad utópica, admiración por héroes o empresas ambiciosas, amor a la naturaleza y a la vida, cultivo de la literatura, del periodismo, de la política o del arte, también de la religión. Y muchas veces se refugia en sí mismo: diarios, cartas personales e íntimas, autodescripciones, etc.


- Está propenso a evasiones que le alejan de la realidad: juego, espectáculo ruidoso, cine de aventura, novela, incluso alcoholismo o toxicomanía. Llega a situaciones de riesgo por su afán de novedad, por el atractivo del riesgo, o por la persuasión, más o menos subconsciente, del entorno.

Prefiere la evasión en grupo y rompe muchas veces con las normas prudenciales, sobre todo para no ser menos que los compañeros. Pero sus diversiones más espectaculares le dejan con frecuencia vacío interior, sobre todo si tiene elevados valores morales; mas trata de llenarlo con sucedáneos y experiencias desbordantes.

 

-  También se siente arrebatado por compromisos idealizados, los cuales muchas veces no son calculados en todas las consecuencias: empresas exigentes, pertenencias a grupos novedosos, reacciones contra las normas o los usos sociales, provocaciones innecesarias a la autoridad, invitaciones irresistibles a colaboraciones no siempre bien definidas, etc. Se siente mayor cuando puede hablar de lo que ha visto, experimentado, gustado. Con frecuencia magnifica sus logros o sus proyectos, con el deseo de parecer más fuerte o hábil que los otros.
  -  Los adolescentes se diferencian notablemente por la situación social en la que se mueven. Sus compromisos y sus actividades condicionan su identidad personal desde el momento en que se sienten aprisionados en determinados roles o empresas exigentes. Por eso son tan diferentes las exigencias y reacciones de los adolescentes estudiantes, trabajadores, marginados, líderes, miembros de bandas, participantes en grupos políticos, etc. Según el contexto en el que se mueve, cada adolescente se proyecta para el bien o para el mal y se siente propenso a la serenidad o la violencia, al equilibrio o al desajuste
3. Religiosidad
    Es época en que transita inconscientemente por una religiosidad subjetiva, camino de la objetivación. El adolescente posee grandes riquezas emotivas. Es sensible, imaginativo y social. No solamente se muestra dinámico y comunicativo, sino que necesita también la apertura hacia y desde los demás. Ello equivale a decir que tiene facilidad para captar y reaccionar ante los valores espirituales.

 

   Su religiosidad por lo general no es todavía definitiva y madura. Se halla muy sujeta a transformaciones asociadas a sus alteraciones emocionales. Por eso tiene el riesgo de ser tornadiza y sufrir rupturas, o al menos vaivenes, en las decisiones, adhesiones o valores.



   Rasgos significativos

Su inclinación frecuente es el moralismo. Se multiplican las vinculaciones con los

aspectos éticos en sus reflexiones y planteamientos de vida. Algunos temas le afectan con insistencia: justicia social, conciencia, solidaridad, derechos humanos, sobre todo la sexualidad. En muchos adolescentes de ambientes creyentes se establece estrecha vinculación entre sexualidad y compromiso religioso, siendo frecuente la aversión agresiva hacia la ley moral a causa de la dificultad de su aceptación práctica en los terrenos sensoriales.


  -  Se siente también la estructura eclesial como un estorbo, sobre todo por la espontánea relación que se configura entre personas y dogmas, entre evangelizadores y Evangelio, entre tradiciones sociales y creencias de conciencia.

  -  Muestra una religiosidad muy vinculada también a estímulos ocasionales y a períodos de efervescencia sentimental. Una persona, una vivencia, un encuentro, una invitación, una lectura, una necesidad ajena, un acto religioso que conmueve su sensibilidad, pueden ser ocasión de exaltación espiritual o de adhesión intensa. El riesgo es la provisionalidad, ya que la inconstancia suele ser, más que amenaza, tropiezo en los caminos de su crecimiento espiritual.
   - La religiosidad adolescente tiende mucho a personalizarse y vincularse a nombres concretos y a eslogans de cierto sabor utópico, incluso mítico. Particular relieve cobra en esta edad la figura humana de Jesús, que sintetiza el mito, el héroe, la fortaleza, la bondad y la honradez, que admiran a todo adolescente. Jesús se presenta como alguien distinto y en la adolescencia se valora más su figura que su doctrina, se experimenta más atractivo por sus hechos que por sus palabras.
  -  El espíritu participativo y solidario de esta edad abre las puertas también a la relación religiosa con otros compañeros en similares condiciones. Esos vínculos pueden desenvolverse por intercambios individuales o cauces asociativos.
  - En los círculos íntimos, en los que predomina la confianza, no se siente inhibición para el cumplimiento religioso. La vida sacramental tiende a ser convivencial y fomenta, incluso, la solidaridad con el grupo. Si no hay confianza, lo religioso se relega al fuero de la conciencia y el respeto humano impide exteriorizarla. Del mismo modo nacen afanes apostólicos, sobre todo en los grupos de amigos con los que se convive.
  -  Con todo, la expresión de la fe del adolescente tiende a ser preferentemente personal, aun cuando le cuesta toda­vía desprenderse de las concomitancias sociológicas: familiares, escolares, convivenciales. Rechaza cauces de expresión impuestos y no llega a sentir la necesidad de respetar la fe ajena, si estas formulaciones chocan con la suya. Por eso su fe no se manifiesta todavía madura, serena, estable.


Religiosidad de desarrollo
   La religiosidad se presenta en la etapa adolescente como más personal y más proyectiva que la configurada en la etapa anterior: manifiesta mucho de tensión, se asocia con reflejos de autoafianzamiento, posee carga afectiva más que doctrinal, se condensa en la práctica cultual como elemento primordial de referencia.
   Es fruto de los procesos educativos seguidos hasta el momento; pero va adquiriendo tonos ya personalizados, los cuales conllevan actitudes diferenciadas. Hay ya adolescentes creyentes y practicantes; los hay creyentes y no practicantes; no muchos son los practicantes no creyentes; y los hay en abundancia que ni creen en nada concreto ni practican nada religioso.
   Es cierto que la fe en este momento no debe ser identificada con el mero cumplimiento religioso; pero no ha de ser fácilmente separada de él. El adolescente se siente ya libre en sus cumplimientos, al menos físicamente. Otra cosa es que lo sea moralmente y no pesen las tradiciones familiares o las mismas convenciones sociales.
4. Religiosidad diferencial
  - A su situación ha llegado de muchas formas y por diversas influencias; pero su cumplimiento depende de las opciones adoptadas. De aquí que la educación religiosa habrá de valorar mucho la instrucción doctrinal y moral.
Diferencia por situación
- En general, sea cual sea la actitud habitual, en este momento predomina la permanencia serena y sin excesivos vaivenes en el comportamiento y en las creencias.
- En los estudiantes de orientación humanista suelen surgir con alguna frecuencia replanteamientos ideológicos o revisiones periódicas, al menos en terrenos o aspectos relacionados con sus estudios literarios, históricos o filosóficos.
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