Biografía de James (Jaime) Clifford




descargar 205.13 Kb.
títuloBiografía de James (Jaime) Clifford
página1/8
fecha de publicación31.01.2016
tamaño205.13 Kb.
tipoDocumentos
p.se-todo.com > Ley > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8
Un hombre bueno

Biografía de James (Jaime) Clifford


“…porque era hombre bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe…” Hechos 11:24

  1. Infancia y Juventud

  2. “En viajes muchas veces”

  3. Trabajos de Evangelización

  4. El hogar en Tucumán

  5. Los últimas años

  6. El escritor

  7. El predicador

  8. El amigo de la juventud

  9. Jaime Clifford en anécdotas

Dos Palabras


Al preparar la biografía de Jaime Clifford, se me presentaron dos caminos posibles: el de escribir una obra voluminosa, bien documentada y completa, pero que por su tamaño y precio tendría poca circulación, o el de escribir un libro pequeño, en gran parte anecdótico, que pudiese llegar fácilmente a manos de la juventud cristiana. Me decidí por el segundo camino. Tengo bastante material para escribir el libro grande, pero por ahora presento el pequeño, en la esperanza de que sea de bendición.

Agradezco a todos los que colaboraron enviándome cartas, recortes, poesías, etcétera.

Sin esta colaboración la tarea me hubiera resultado imposible. Con todo, escribir la biografía de mi padre no ha sido cosa fácil, pues mi condición de hijo iba poniendo a cada instante grandes obstáculos en mi camino de biógrafo.

Como es explicable, me ha sido imposible ocultar mi admiración por el biografiado. Pero he procurado evitar los ditirambos, y la mayoría de los elogios que contiene el libro son de otras plumas y no de la mía. No me he detenido a señalar moralejas. He preferido hacer una narración objetiva de los hechos, pues creo que ellos mismos han de hablar al corazón del lector, que al leer este relato de la vida de un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo, ha de querer servir mejor al Señor de Jaime Clifford que es también el nuestro.

Alexander Clifford T.

Infancia y juventud


El frío era intenso en el camposanto de la aldea de Kilbirnie, en Escocia, esa tarde del año 1876. Un pequeño grupo de personas estaba alrededor de una tumba abierta, escuchando al ministro presbiteriano del pueblo mientras leía el oficio de difuntos. Todos pensaban en Inés la muerta, pero más en los tres huerfanitos que dejaba, y en el problema que iba a tener Juan, el viudo, para poderlos criar. El pobre hombre, anonadado todavía por el golpe, se quedó de pie junto a la tumba después que los demás se hubieron ido. No sentía los rigores del frío, pero por fin, ante las insistencias de los amigos, que volvieron a buscarle, regresó a su humilde casita de minero. En el camino se sintió enfermo. Fue a la cama no bien llegó, y a los cuatro días la neumonía lo había llevado a él también.

Nueva escena de cementerio. El mismo grupito de personas. Las mismas lamentaciones, que aumentaban dada la orfandad absoluta en que quedaban Inés, Jaime y Juan, de los cuales la mayor era Inés con seis años, y el menor Juan, que acababa de cumplir uno.

Jaime, el personaje de esta biografía, tenía cuatro años. Había nacido el 6 de junio de 1872. Sus padres eran obreros pobres aunque el apellido paterno es uno de los más aristocráticos de Inglaterra. Años más tarde, cuando a Jaime se le preguntaba por sus relaciones de familia y se le insi­nuaba lo interesante que sería hacer un estudio genealógico, contestaba que sus padres y abuelos habían sido mineros pobres. Y que, después de todo, mucho más le interesaban a él sus dos hijos que todas las genera­ciones de patricios o plebeyos que pudieran haberle precedido.

El apellido de la abuela materna era Knox, y la familia se enorgullecía del parentesco con el célebre Reformador de Escocia que tanto luchó en favor de la libertad y en contra de las pretensiones de Roma papal.

La muerte de Juan e Inés dejó a los niños como una carga de familia a la abuelita Knox que, aunque bastante anciana, tuvo que recogerlos y hasta el día de su muerte los cuidó con solicitud, criándolos en el temor de Dios. Pertenecía a la Iglesia Escocesa. Era una mujer piadosa que leía su Biblia y cumplía de la mejor manera posible con los preceptos en ella contenidos. Confiaba en Cristo para su salvación, pero nunca pudo tener la seguridad de que sus pecados le habían sido perdonados. Decía que hablar de la seguridad de la salvación era un pecado de orgullo, y nunca tuvo simpatía alguna por los bautistas, metodistas y “hermanos” que llegaban al pueblo y que predicaban la para ella extraña doctrina de que el hombre puede ya gozar en vida, de la salvación eterna. La abuelita era una de tantas verdaderas cristianas que poseen la salvación sin saberlo.

Los nietos, desde muy niños asistieron a la Iglesia Presbiteriana del pueblo. Decía Jaime: “Cuando nuestras ropas lo permitían íbamos a la Iglesia con nuestros parientes. Cuando andábamos demasiado rotosos, sólo íbamos a la Escuela Dominical, de la cual no había escape posible. Teníamos que aprender muchos textos y hasta capítulos de la Biblia de memoria, como también el «Catecismo Breve». Jaime siempre decía que el Catecismo de la Iglesia Presbiteriana era un librito admirable, y que daba gracias a Dios por los sólidos conocimientos teológicos adquiridos al aprenderlo de memoria. Poco tiempo antes de su muerte, escribió a un ministro presbiteriano de Buenos Aires pidiéndole un ejemplar, pues quería tener uno, como recuerdo de sus años infantiles.

Muy pobre era el hogar en que se criaron los huerfanitos Clifford. Vestían ropitas hechas por la abuela, de viejas prendas de vestir de las personas mayores. La mayor parte del año, los chicos iban descalzos, ya que, a pesar de las inclemencias del tiempo, el calzado era un artículo de lujo. La alimentación, aunque no muy abundante, era sana, y se reducía al clásico “porridge” o masamorra de avena, y papas cocidas.

Tan pronto llegó a la edad escolar, Jaime comenzó a concurrir a la vieja escuela del pueblo. De inmediato se destacó por su inteligencia y llegó a ser el mejor alumno de la escuela. El director, un maestro a la an­tigua llamado Fulton, vio grandes posibilidades en el huerfanito y lo estimuló de muchas maneras diciéndole que llegaría muy lejos si seguía estudiando. Los viejos residentes del pueblo siempre hablaban de cómo Fulton, el terror de los niños por su severidad, decía que nunca había tenido que castigar a “Jaimecito”, sino por el contrario había tenido que premiar constantemente su contracción al estudio.

Pasaron los años. Había proyectos muy lindos. Jaime sería becado por una institución de beneficencia a la cual habían pertenecido sus padres. Podría con el tiempo llegar a la universidad. Y quizás cumplir la gran ambición de tantos chicos escoceses, y ser profesor universitario. Pero todo quedó en la nada. La situación económica era tan crítica que a los doce años de edad tuvo que bajar a las minas a trabajar con los caballitos que tiraban los vagones cargados de carbón.

Muchas veces le hemos oído hablar de estas cosas. Y siempre decía: “¡Cómo se equivocan los que hablan de los good old days! (los buenos tiempos de antes). Eran malos tiempos los de antes, cuando los trabaja­dores éramos tratados como animales. Los buenos tiempos son los de ahora”.

Y por cierto que tenía razón. Entraba a trabajar antes que saliese el sol. Pasaba doce o catorce horas a centenares de metros de profundidad, sumido en las tinieblas, y luego salía a la superficie cuando ya el sol se había puesto. Sólo veía la luz del día los domingos. No era extraño que obreros que llevaban semejante existencia se echaran al abandono entregándose a la bebida. Tampoco era extraño que surgiese el odio de clases en semejante ambiente, en el que años más tarde proliferarían toda suerte de extremismos. Toda su vida Jaime se sintió atraído por los movimientos de izquierda. Siempre decía que de no haber sido cristiano militante, hubiese sido un luchador socialista, y aunque sostenía que el cristiano no debe inmiscuirse en la política, eran evidentes sus simpatías por el movimiento laborista inglés y por el partido socialista argentino.

Aunque había tenido que dejar la escuela de Mr. Fulton, siguió estudiando en una escuela nocturna, en donde resultó tan buen alumno que, frente a la falta de maestros, fue encargado de algunas clases. Solía contar acerca de la terrible vergüenza que sintió cuando por primera vez tuvo que dirigir una clase. Vestía la tosca indumentaria de un muchacho campesino. Sus alumnos eran en su mayoría adolescentes y personas mayores, empleados de comercio de los pueblos vecinos que parecían muy distinguidos, en contraste con el nuevo maestro. Pero cualquier deseo de reírse de la rusticidad de éste desapareció frente a la evidente capacidad de Jaime, que durante toda su vida contó entre sus amigos a algunos de los alumnos de esa primera escuela nocturna.

En esta época estuvo muy cerca de la muerte. Mientras trabajaba en la mina de carbón, hubo un desprendimiento en una de las galerías, y Jaime y varios compañeros quedaron sepultados bajo muchas toneladas de roca. Afortunadamente, al caer, las enormes masas de piedra formaron una pequeña cueva en la cual quedaron aprisionados los mineros hasta que luego de largas horas de angustia y de peligro, fueron rescatados por las cuadrillas de salvamento. Jaime decía que una de las experiencias más curiosas de su vida era la de estar sepultado y de oír claramente las lamentaciones de sus amigos que estaban trabajando en las cuadrillas de rescate y que expresaban su pesar por la muerte de los compañeros, mencionándoles por nombre.

Cuando tenía dieciocho años, accediendo a la invitación de un amigo, asistió a una predicación del evangelio. El orador era un joven pastor bautista, el Reverendo Juan Horne. La noche que Jaime fue a escucharle, predicó sobre el texto: “¿Dónde estás tú?” Pero dejemos a Jaime que nos cuente él mismo lo acontecido:

“Cuando descubrí que donde yo estaba era en mis pecados, y que me hacía falta un Salvador, seguí asistiendo a las reuniones aunque éstas se celebraban muy lejos de casa. Una noche me quedé para conversar con los hermanos y Juan Brown, un paisano al cual yo había conocido toda mi vida, se sentó a mi lado. Me hizo leer Isaías 53 Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, y me explicó que ese era un retrato de la humanidad entera. Me preguntó si era un retrato fiel, y tuve que decirle que sí. Luego me leyó las palabras Cada cual se apartó por su camino, y me hizo notar que ese era un retrato individual. Uno va por un camino, otro por otro, pero cada cual se aleja de Dios. Tuve que confesar que yo había elegido mi camino y que iba por él. Entonces Juan siguió dicién­dome que hay en el versículo un tercer retrato, el del Hijo de Dios. ¿Te parece, me preguntó, que Dios que ha dado tres retratos tan fieles de los hombres ha de ser menos fiel cuando describe a su Hijo? Y entonces leyó: Mas Jehová cargó en él los pecados de todos nosotros. Allí estaba el retrato. Allí estaba el Señor cargado por Dios con nuestros pecados. Luego Brown me leyó 1 Pedro 2:24: “El cual… llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”, y me preguntó cuál era la explicación de esas palabras. Con voz entrecortada por la emoción le contesté que significaba que Cristo había muerto por mis pecados en la Cruz. Que había muerto por ellos.

¡Recuerdo tan bien ese momento! No creo olvidarlo por toda la eternidad. ¿Podría ser tan sencillo el asunto? ¿Qué me acontecería si yo recibiera la oferta de salvación? Toda clase de temores y los rostros de muchos amigos empezaron a turbarme. La lucha fue intensa, pero salí bien, pues puse mi confianza en el Señor que había llevado mis pecados y había muerto por mí.

Lloré de alegría como no había llorado de temor. El Señor me había amado y había muerto por mí. Había quitado mis pecados. Me había libertado. Yo era suyo. Todas esas cosas las supe inmediatamente, aunque fue una semana más tarde, en vísperas de Navidad, que entendí bien que la salvación eterna se debía a la fidelidad de Cristo y no a ningún esfuerzo mío. Los muchos años que llevo de cristiano me han demostrado que el Señor Jesús es un salvador maravilloso. Cuantas veces han sido la expresión de mi alma las palabras de Hebreos 7:26 Tal pontífice nos convenía. Con el gozo de una larga experiencia de él, pasada en circuns­tancias muy variadas, lo recomiendo a todos los que lean estas líneas”.

La conversión de Jaime a Cristo tuvo como resultado que compren­diera como nunca antes los muchos pasajes bíblicos aprendidos en la Escuela Dominical. Desde entonces estudiaba la Biblia con mayor inteli­gencia y con amor, y siguió haciéndolo durante casi medio siglo, hasta que fue llamado a la presencia del Señor.

Clifford tenía facilidad de palabra, y bien pronto comenzó a hacer sus primeras armas como predicador del evangelio. Era una época de gran fervor cristiano. Los que habían hallado al Mesías, no descansaban en sus esfuerzos de hacer que otros llegasen a conocerle. A pocos metros de la casita de la abuela Knox había una esquina en la cual muchas noches se celebraban reuniones de predicación. Jaime era asiduo concurrente, y asiduo predicador. No hay un lugar más difícil para predicar que en la casa de uno, ni un auditorio más difícil que el de los vecinos, y Jaime tuvo que sufrir bastantes burlas, y hasta persecución, pero siguió adelante. ¿Qué importaban tales insignificancias frente a lo que había hallado en Cristo?

La abuelita se encontraba muy preocupada. Por un lado no le disgustaba que su nieto predicara, y hasta tenía un poquito de orgullo de que predicara tan bien. Pero por otro, le fastidiaba mucho a la anciana que Jaime, bautizado de niño, criado en la Iglesia, predicara doctrinas tan heréticas como la necesidad de la conversión y la posibilidad de obtener la salvación en vida. Y había una cosa que no toleraba: la ridícula práctica de los amigos de Jaime, que se habían bautizado por inmersión. A Jaime, decía, le perdonaría cualquier cosa, menos que se hiciera “zambullidor”, que era el apodo despectivo dado a los bautistas y a otros que practicaban el bautismo de acuerdo con el Nuevo Testamento.

El trabajo malsano en las minas de carbón, y otras circunstancias produjeron en Jaime frecuentes resfriados. La abuela sólo los atribuía a una cosa: a sus predicaciones en la esquina.

Fue en esta época que, estudiando el Nuevo Testamento y conver­sando con sus hermanos en Cristo, llegó a la convicción de que las sectas y denominaciones eran fabricación de los hombres, y comenzó a congregarse con aquellos cristianos que generalmente son conocidos con el nombre de Hermanos o con diversos apodos como el de “Hermanos de Plymouth”. ¿Quiénes eran estos Hermanos?

Dos movimientos importantes se produjeron en la Inglaterra religiosa del siglo xix. Uno de ellos, el Ritualista, quería llevar a los hombres de vuelta a las supersticiones medievales, y sostenía con Faber que toda la vida debía convertirse en “una sola cruzada en contra de la detestable y diabólica herejía del protestantismo”. El otro, el de los Hermanos, deseaba volver a la pequeña compañía del Aposento Alto, a la Iglesia Primitiva y al Nuevo Testamento.

Escuchemos lo que un escritor cristiano que no es de los Hermanos, dice acerca de éstos:

“Las asambleas que se formaron en Dublín y en otras partes, eran una protesta tanto contra el sacerdotalismo, como contra la mundana­lidad. Necesariamente eran una protesta en contra del sacerdote del ritualismo con sus misas, como también contra el pastor de las Iglesias Libres, que asistía al teatro, predicaba elocuentes sermones morales y hacía patéticos llamados sociales, pero que no trataba jamás de ganar almas. Pero los Hermanos no eran gente negativa. Luchaban por una vida de sencillez, y por mayor celo misionero, por una mayor devoción a Cristo, por ser leales a la Palabra de Dios; y todo esto, no con el fin de seguir una teoría, sino porque al seguir al Señor, se dieron cuenta de que se cumpliría la promesa hecha en el Templo, y que correrían de ellos ríos de agua viva. Los hermanos que se destacaron en las Asambleas, no sólo eran celosos y poseían espíritu de sacrificio; eran capaces y bien dotados miembros de las iglesias cristianas. Groves, el dentista de Exeter, y Bellet, el abogado irlandés, eran como Darby, el cura de Wicklow, anglicanos; Cronin era congregacionalista.

La influencia de los Hermanos en la vida religiosa del Reino Unido y del mundo entero, fue muy importante en un momento especialmente crítico. El movimiento de Oxford iba de la Biblia al eclesiasticismo; el movimiento de los Hermanos iba del eclesiasticismo hacia la Biblia. El primero encontraba sus símbolos en la Misa y en el Sacerdote. Los Hermanos defendían la unión de los cristianos alrededor de la Mesa del Señor, y el sacerdocio de los creyentes. Si el emblema adecuado de los ritualistas era una cruz de madera con la imagen de un Cristo muerto, la de los Hermanos era la de una Biblia abierta, que hablaba de la expiación, de la resurrección y de la pronta venida de Cristo…

Aparte de la valiosa contribución de los Hermanos a la Teología y a la exposición bíblica, evidenciada principalmente, quizás, en la enseñan­za y en los escritos de Kelly, Darby y C.H.Mackintosh, el movimiento prestó grandes servicios a la causa cristiana en general. Creó un cuerpo de hombres y mujeres contra cuya fe y celo soplaban en vano los vientos devastadores de la crítica destructora; estaban sobre la Roca, y en vano les azotaban las olas traicioneras del ritualismo. Y del grupo llamado Open Brethren (Hermanos libres o abiertos), surgió una fuerza evangélica nueva y llena de vitalidad fundada en las claras verdades de la Palabra escrita, que no reconocía fronteras de nacionalidad y que se ocupaba, a veces en circunstancias de peligro, en la predicación del evangelio. Tan sin ostentación trabajan los Hermanos, que el mundo poco se fija en ellos, excepto cuando uno del grupo vuelve a Europa después de largos años de trabajo incesante en el corazón del Africa o en el interior de la China, o en los pantanos de las Guayanas… En sus primeros días el movimiento estaba formado por hermanos que pertenecían a esta o aquella denomina­ción, y que no tenían idea de separarse, ni pensaban remotamente en formar una nueva organización, pero que, en una y otra parte, se dieron cuenta de que era muy deseable reunirse en el nombre del Señor…” 1

La influencia de los Hermanos en la obra misionera ha sido grande y benéfica. La sencillez de su organización, la ausencia de toda jerarquía eclesiástica, la independencia de cada asamblea local, ha permitido a los Hermanos capear temporales comunistas y nacionalistas en los muchos países en que trabajan. Y su fidelidad absoluta a la Palabra de Dios ha tenido por resultado un enorme crecimiento numérico.

En la República Argentina es en la actualidad (1957) el grupo evangélico más numeroso, con más de 200 asambleas. La mayoría de ellas son de las llamadas “libres”, si bien en los últimos tiempos se ha notado un resurgimiento del sectarismo que fue tan combatido por los primeros Hermanos. Existe el peligro de que acontezca lo mismo que en Inglaterra, en donde las enco­nadas controversias entre los dirigentes dividieron a las congregaciones en grupos y tendencias, con lo cual se produjo justamente aquello que los Hermanos deseaban evitar: la formación de sectas y denominaciones.

Una opinión contemporánea acerca de los Hermanos, la da E. Poole Connor en su excelente History of Evangelicalism in England (Historia del Movimiento Evangélico en Inglaterra). Dice (pág. 261):

“Los Hermanos son una poderosa comunión de creyentes cristianos, que tienen cuidado de no asociarse con las demás comunidades, salvo en los casos en que sus miembros individuales cooperan con ciertos movimientos interdenominacionales tales como Keswick, y la Children’s Special Service Mission; pero son evangélicos hasta la médula. Siguen negando que son una denominación, a pesar del hecho de que el “Hermanismo” con su fraseología particular y sus clisés religiosos es el “ismo” más fácil de identificar; siguen sosteniendo, en una revista dedicada exclusivamente a los intereses de sus propias asambleas, que cualquier “círculo” religioso es contrario a las Escri­turas; pero la obra que están haciendo en la propagación y conservación del mensaje evangélico es de tanto valor, que anula cualquier peculiaridad que puedan tener. Por esta razón, los creyentes que están fuera de su grupo soportan con tranquilidad que se les diga que pertenecen a iglesias o agrupaciones que debido a sus tradiciones anulan la Palabra de Dios”.

En los años en que Jaime Clifford era joven, el movimiento de los Hermanos Libres estaba haciendo sentir su influencia benéfica en todo el sur y oeste de Escocia. En dicha región había entonces mayor número de asambleas de Hermanos que en ninguna otra parte del mundo. Para un joven entusiasta y lleno del primer amor, era un ambiente ideal. Se podía asistir a alguna predicación todas las noches, y el domingo era un día glorioso de actividad intensa de sol a sol. Don Jaime nunca entendía a aquellos que criticaban el “triste domingo puritano” con sus frecuentes reuniones, su tranquilidad y su falta de diversiones mundanas. Y no lo entendía, porque el domingo, toda su vida, fue un día de gran alegría, en el que trabajaba intensamente pero con gozo en el servicio del Señor.

Poco después de su conversión, Clifford tuvo la gran tentación de su vida, la de actuar en política.

El partido laborista inglés, creado para la defensa de los trabajadores, tuvo entre sus grandes dirigentes, a fieles cristianos. Muchos de los líderes obreros eran predicadores bautistas y metodistas que creían sinceramente que al actuar en política estaban sirviendo eficazmente al Señor.

En Kilbirnie y en toda la comarca comenzaron a surgir conflictos entre los obreros y patrones, y el hombre que en muchos casos llevaba la palabra de sus compañeros de trabajo era Jaime Clifford. Le tenían confianza por su rectitud, su comprensión clara de los problemas obreros y su facilidad de palabra. El partido laborista pronto descubrió al muchacho, y por medio de algunos de sus dirigentes, le hizo ofertas tentadoras. Se le presentaba a Jaime la posibilidad de destacarse en política, adquirir cierta fama, y con el tiempo representar a sus queridos obreros en la Cámara de los Comunes. Hubo promesas de toda clase. Jaime vaciló durante algunos días pero por fin se decidió. Y fue un viejo himno inglés el que hizo que se decidiera, que dice:

Al pie de la Cruz de Jesús
Contento ocupo mi lugar
Yo tomo oh Cruz, tu sombra
Para el lugar de mi morada,
No pido otra luz
Que la luz del rostro de Cristo;
Contento dejaré pasar al mundo
Contento no sabré de pérdidas ni ganancias,
Siendo mi yo pecaminoso mi única vergüenza
Y toda mi Gloria la Cruz.

Desde entonces, puesta la mano en el arado, no miró atrás, y la cruz de Cristo ocupó el lugar predominante en su vida.

Después de su bautismo, que tuvo lugar en la ciudad de Paisley, no muy lejos de su pueblo natal, Clifford, en compañía de su hermano y de un tío, se dirigió a Featherstone, en Inglaterra, en donde trabajó durante un tiempo en su oficio de minero.

Fue en esta época que llegó a conocer al hombre que tuvo la mayor influencia en su vida espiritual. Se llamaba Alfredo Holiday, y era el administrador de la mina en que trabajaban los tres escoceses. Jaime siempre decía que su experiencia con Holiday le había enseñado que no se debe juzgar a una persona sin conocerla. Obrerista casi fanático, la única razón por la cual no había querido ir a Featherstone era la de que tendría que tener relaciones cordiales con el administrador de la mina, que era uno de los ancianos de la pequeña congregación de Hermanos de la ciudad. Pero con el tiempo, dio gracias a Dios por estas relaciones, pues Holiday, además de ser un patrón muy considerado y querido por sus obreros, era un hombre de Dios, profundo conocedor de la Palabra.

El pagador de la mina, un anciano de más de ochenta años que vive desde hace mucho en Canadá, nos ha escrito diciendo: “Mi esposa y yo, invitados por el administrador, visitamos un día a Jaime y a su tío trabajando el carbón. Bajamos en «la jaula» hasta una profundidad de unos quinientos metros, y allí estaba Jaime, semidesnudo, cubierto de polvo de carbón y transpirando copiosamente. Nosotros ya sabíamos que Dios tendría algo mejor para él que trabajar en las entrañas de la tierra”.

Los parientes recuerdan muchos episodios serios y jocosos acerca de esta época. A Jaime lo dominaba la pasión por los libros. Su tía a veces se quejaba de que vivía en un mundo aparte, y contaba que de vuelta a su casa una noche fría de invierno, encontró que Jaime, enfrascado en la lectura, no se había dado cuenta de que hacía mucho tiempo que el fuego se había apagado, y que la temperatura de la casa era glacial. Estudiaba la Biblia y comentarios bíblicos, pero leía toda clase de buena literatura. Aunque nunca tuvo recursos, jamás le faltaron libros, comprados por algunas monedas en las librerías de viejo, que en Gran Bretaña son tan maravillosas. Sus hijos recuerdan que, de vuelta de sus viajes en la Argentina o en Gran Bretaña, siempre traía algunos libros más para agregarlos a su biblioteca, que llegó a ser bastante grande y de excelente calidad. Jaime leía en primer término su Biblia. Pero no era de los que creen que no se debe leer más que la Biblia. Estudiaba muchas cosas, y leía con detención los diarios.

En cierta ocasión, estando en Inglaterra durante la guerra de 1914 18, escuchó a un creyente decir en público que daba gracias a Dios de que jamás leía un periódico. Jaime se enfadó bastante ante estas palabras, y al final de la reunión le dijo al hombre que debería haberle dado vergüenza de hacer semejante confesión. Aunque bien informado, Clifford no era libresco. Vivía en contacto con los hombres y con las cosas, y tenía una impaciencia no muy cristiana frente a aquellos hermanos que enclaustrados en su estudio de Levítico o Deuteronomio, podían ver pasar y ver morir sin Cristo a la humanidad entera sin que les produjese ninguna emoción.

Fue mientras estaba en Featherstone que llegó a interesarse en la obra del Señor en la Argentina. Su primer contacto con nuestras tierras lo tuvo por medio de don Enrique Ewen.

Ewen era un misionero que nunca aprendió bien el castellano y que no hizo ninguna obra espectacular entre nosotros. Pero mucho, muchí­simo, le debe a él la obra evangélica de los Hermanos en las repúblicas del Plata, ya que logró que jóvenes de la talla de Guillermo Payne, Jorge Langran y Roberto Hogg se interesaran en la Argentina como campo misionero. Entre los jóvenes que escucharon a Ewen estaba Jaime Clifford. Sintió una voz que le decía que debía visitar esas distantes tierras bajo la Cruz del Sur, para llevarles el evangelio. Había quienes trataron de disuadirle. Ya comenzaba a ser bien conocido en muchas partes como “el joven predicador escocés”, y Dios le había dado almas. Un anciano hermano de Hemsworth cuenta que solía visitarles a menudo en ese lugar. Hacía a pie los diez kilómetros que separaban a ambos pueblos, predicaba el evangelio y luego volvía a su casa también a pie, cansado pero contento y listo para su trabajo en la mina.

Durante su residencia en Featherstone llegó a conocer a Enriqueta Tweedale, una joven maestra de la ciudad de Wakefield. Esta señorita, que tenia la misma edad de Jaime, se crió en un ambiente muy evangélico dentro de la iglesia anglicana; aunque ganó premios por sus conocimien­tos bíblicos y era muy activa en los trabajos de la parroquia, recién a los 17 años tuvo la seguridad de la salvación. Luego de deambular de una capilla a otra, predicando en muchas de ellas, se identificó con la pequeña asamblea de los Hermanos, en Featherstone, y fue bautizada allí.

En 1894 Jaime y Enriqueta se conocieron. Los dos estaban interesados en la obra misionera, tenían en común muchas cosas, entre otras el amor al estudio, y pronto se comprometieron.

Jaime tenía gran interés en la obra del Señor en la China. El noble ejemplo de Hudson Taylor y de otros misioneros hacía arder su corazón, de deseos de servir a Cristo en el lejano oriente. El hombre propone pero Dios dispone, y en este caso la disposición de Dios fue que Clifford le sirviese en la América del Sur. Livingstone quería ir a la China, pero Dios lo envió al Africa. Carey quería ir a la Polinesia y el Señor lo envió a la India.

Llegó el día en que Jaime se dio cuenta de que el llamado de Cristo era para servirle en las tierras sudamericanas.

Comenzó a estudiar el castellano. Una anciana, que era una chiqui­lina en esta época de la vida del joven predicador, escribió al autor de este libro narrándole algunas reminiscencias. Era muy amiga de Jaime, que vivía en casa de sus padres. A cambio de algunas monedas le lustraba los zapatos, que le parecían enormes. Recuerda con cariño a este hombre tan grande que casi siempre estaba con la nariz metida en un libro, pero que gustoso dejaba a un lado sus estudios para jugar con los niños.

En sus estudios del castellano progresó bastante, aunque su apren­dizaje era puramente teórico, ya que no tenía oportunidad de practicar el idioma. Pero logró dominar los elementos esenciales de gramática, de manera que cuando llegó a la Argentina le resultó relativamente fácil lo demás.

Si bien don Enrique Ewen fue el primero en interesar a Clifford en las tierras del Plata, la influencia decisiva la tuvo Guillermo Payne, joven misionero irlandés que, acompañado por su esposa, visitaba Gran Bretaña luego de algunos años de trabajo en la América del Sur. Don Guillermo era un gran hombre. Su labor misionera fue de un valor incal­culable. Y en este viaje por Gran Bretaña venía lleno de entusiasmo y de fervor, pero agobiado en el alma por las tremendas necesidades del continente sudamericano. Al conocer los deseos de Jaime, Guillermo lo entusiasmó para que fuese pronto a la Argentina y resolvieron viajar juntos en 1896. Tuvieron muchos encuentros en que conversaron larga­mente sobre el campo misionero, y comenzó allí una amistad que sólo terminó cuando en 1924 don Guillermo pasó a estar con Cristo, pero habrá continuado cuando los dos veteranos se encontraron en el cielo. Don Jaime siempre decía que a Payne lo hubiese seguido hasta el fin del mundo; tal era la confianza y el cariño que le tenía. Y el joven irlandés decía lo mismo acerca de su compañero de milicias.

Poco antes de partir, se reunieron los jóvenes misioneros en una Conferencia para Creyentes en la ciudad de Leominster. Don Francisco Edwards, que también estaba interesado en la obra en la Argentina, estuvo presente y contaba en una crónica que en la conferencia se conce­dieron algunos minutos para que los nuevos misioneros dijesen algunas palabras al auditorio. El hermano Clifford se puso de pie y dijo: “Alguien me ha preguntado por qué salgo para la Argentina. ¿No hay trabajo para los jóvenes en Inglaterra? Sin duda, pero entiendo que la necesidad es mucho mayor en la Argentina, pues allí los evangelistas son contados; y como la obra en Sudamérica es inmensamente grande, me ofrezco para servir a Cristo en ese país tan olvidado por la iglesia”.

Edwards agrega como comentario: “Los años transcurridos dan testimonio de la sinceridad del joven voluntario, y el Capitán tendrá en cuenta la constancia y fidelidad de su siervo”.

Parece que la indumentaria un tanto rústica de Clifford y su fuerte acento escocés molestaron a una dama aristocrática que estaba presente, pues en una reunión de oración misionera para señoras, se le oyó orar empleando los siguientes términos: “¡Uno de los jóvenes misioneros es bastante tosco! Púlelo, Señor!” Don Jaime, a quien le contaron el caso, siempre lo narraba con mucha gracia.
  1   2   3   4   5   6   7   8

similar:

Biografía de James (Jaime) Clifford iconEl joven de saint james park

Biografía de James (Jaime) Clifford iconAcerca de la astrología – James Hillman

Biografía de James (Jaime) Clifford iconDimensiones postmodernas de ulises de james joyce

Biografía de James (Jaime) Clifford iconJames Joyce Retrato del artista adolescente

Biografía de James (Jaime) Clifford iconEl ocaso de braulia james por Dunga Din

Biografía de James (Jaime) Clifford iconEn busca de la luz interior james redfield & carol adrienne 1996

Biografía de James (Jaime) Clifford iconJames Joyce Grado: 5to “B” Alumna: Amalia Ana Lucía Salazar Vera 2006 introduccióN

Biografía de James (Jaime) Clifford iconJaime Bayly ¡¿Presidente?!

Biografía de James (Jaime) Clifford iconJaime lombana villalba

Biografía de James (Jaime) Clifford iconEntrevistas a Jaime Arellano




Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
p.se-todo.com