De George Orwell, fue edi­tado por primera vez por Secker & Warburg en agosto de 1945, después de haber sido rechazado el original por cuatro editores el año




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títuloDe George Orwell, fue edi­tado por primera vez por Secker & Warburg en agosto de 1945, después de haber sido rechazado el original por cuatro editores el año
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George Orwell
Rebelión en la granja
Rebelión en la granja, de George Orwell, fue edi­tado por primera vez por Secker & Warburg en agosto de 1945, después de haber sido rechazado el original por cuatro editores el año anterior. En 1971 fue descubierto el manuscrito de un prólo­

go escrito para este libro y que hasta entonces había permanecido completamente ignorado. Dicho prólogo fue adquirido por el Archivo Or­well de la Universidad de Londres y se publicó posteriormente. El profesor Bernard Crick, del Birkbeck College de Londres, prueba la autenti­cidad de dicho prólogo y explica las extrañas y difíciles circunstancias en que fue escrito. Publi­camos el trabajo del profesor Crick y, a continuación, el prólogo inédito de Orwell cuyo título es «La libertad de prensa».
Cómo fue escrito el prólogo

Bernard Crick
George Orwell, en su columna «As I Please» del Tribune del 16 de febrero de 1945, escribía: «Es sabido que la Gestapo tiene equipos de críti­cos literarios cuya misión es determinar, por medio de análisis y comparaciones estilísticas, la paternidad de los panfletos anónimos. Yo he pensado muchas veces que, aplicada a una bue­na causa, ésta sería exactamente la clase de tra­bajo que a mí me gustaría hacer».

Recurriendo, pues, a las similitudes de estilo, razonablemente no puede existir duda alguna de que el ensayo inédito recién descubierto y que debía servir de prólogo a Rebelión en la granja fue escrito por el propio Orwell. Este ensayo fue hallado en mayo de 1971 entre unos libros perte­necientes a Roger Senhouse, antiguo socio de Fred Warburg que fue precisamente el editor de Rebelión en la granja, y en la actualidad se halla en el Archivo Orwell del University College de Londres.

Tengo que agradecer mucho a Mrs. Sonia Or­well el haber permitido su publicación, así como al bibliotecario Mr. Ian Angus su valiosa ayuda en muchos aspectos. Mrs. Orwell, conociendo mi deseo de escribir un estudio sobre Orwell como escritor político, me permitió ver el origi­nal, lo que hizo despertar mi interés en publicar­lo añadiéndole algunas aclaraciones sobre sus antecedentes, aunque la historia completa de las dificultades por las que pasó Rebelión en la gran­ja, a causa de sus repercusiones políticas, es algo que explicaré en otra ocasión.

El ensayo está mecanografiado y ocupa ocho hojas en cuarto, escritas a un espacio, bajo el tí­tulo de «La libertad de prensa», pero no lleva fir­ma alguna. Escrita a lápiz sobre el título, y con letra de Senhouse, consta esta indicación: «In­troducción propuesta por George Orwell para la primera edición de Rebelión en la granja». Fred Warburg, que fue quien trató personalmente con Orwell todo lo referente a la publicación del libro, no sabía nada acerca de esta «Introducción». Asimismo, ni Sonia Orwell ni Ian Angus conocían su existencia cuando editaron The Co­llected Essays. Journalism and Letters of George Orwell (1958). En cuanto a los amigos que Or­well frecuentaba en aquel período, ninguno en­tre los que he hablado recuerda haberle oído mencionar tal prólogo, excepto uno, el poeta Paul Potts, quien, además de conocerlo, lo hizo imprimir, aunque la copia impresa se extraviara después. Potts tuvo en aquella época una amis­tad íntima con Orwell, amistad nacida en los momentos que siguieron a la repentina muerte de la primera mujer del escritor. Potts puso en marcha la editorial Whitman Press utilizando una pequeña imprenta significada por sus publi­caciones anarquistas; cuando Orwell casi deses­peraba de encontrar un editor para su Rebelión en la granja, Potts se ofreció como tal. En su li­bro Dante Called You Beatrice, Potts dedicó a Or­well un capítulo cuyo título era: «Don Quijote en bicicleta», en el que, con viva memoria, recuer­da:

« Por un momento estuve a punto de convertir­me en editor de Rebelión en la granja, tarea que íbamos a llevar a cabo nosotros solos y por nues­tros propios medios. Orwell estaba dispuesto a pagar la impresión utilizando el cupo de papel que se adjudicaba a la Whitman Press. Estába­mos listos para llevarlo a cabo e incluso yo fui dos veces a Bedford con el manuscrito para visi­tar al impresor. La cuna de John Bunyan parecía ser de buen augurio. Orwell nunca me había ha­blado del contenido de su libro y por mi parte yo no quería plantear ninguna cuestión que pudie­ra traslucir un interés como editor. No obstante, él me había dicho que tenía intención de añadir un prólogo sobre la libertad de prensa. Este prólogo no fue solicitado cuando más tarde, en el último momento, Secker & Warburg aceptaron el libro y lo editaron».

Potts recuerda que esto ocurrió durante el ve­rano de 1944 y que después Orwell nunca más habló del proyectado prólogo.

Pero hay otro hecho. Las primeras pruebas de Rebelión en la granja que se conservan en el Ar­chivo Orwell presentan correcciones hechas de puño y letra por Roger Senhouse. En ellas hay ocho páginas dejadas en blanco, antes del capí­tulo primero, lo cual hizo que, al imprimirse el libro, hubiera necesidad de volver a numerar to­das las páginas. Ello puede significar que el ori­ginal quedó en la imprenta a la espera de un pró­logo que nunca llegó. Esta ausencia pudo ser debida a que el prólogo no fuera escrito, pero también a que lo fuera y a que el autor decidiera no publicarlo por iniciativa propia o tal vez por­que le disuadieron de ello. ¡Y al leer dicho prólo­go es cuando se adivina por qué! Tengo dos razo­nes para creer que el ensayo fue escrito en la primavera de 1945 y no antes. La primera se basa en que Orwell escribió a Senhouse desde Francia remitiéndole unas correcciones de últi­ma hora y lo hizo con fecha del 17 de marzo de 1945. Dichas correcciones tendían a aminorar la cobardía de «Napoleón», el personaje de Rebe­lión en la granja explícitamente identificado con Stalin, y no aparecen en las primeras pruebas sin fechar que incluyen las páginas en blanco, pero sí se hallan, en cambio, en la primera edición de agosto de 1945. La segunda de las razones afecta a las dimensiones del prólogo, pues el número de páginas sin imprimir no coincide con las que tuvo dicho prólogo una vez terminado. El ensayo consta de cuatro mil palabras, mientras que no más de 2.800 caben apretadamente en las ocho páginas reservadas, lo cual indica una cifra sos­pechosamente redondeada dado que nadie sabía el espacio que ocuparía. Ello confirma la tesis de que el ensayo fue escrito posteriormente, esto es, al final de la primavera de 1945 o a principios del verano del mismo año. (He examinado muchos libros editados por Secker & Warburg en aquel año y ninguno tiene prólogo impreso en un tipo de letra menor que el usado en el texto, cosa que, por lo visto, no era usual en las ediciones de aquella casa.)

Tal vez estoy siendo deliberadamente cautelo­so y hasta pedante al recurrir a todos los testimo­nios posibles para afirmar que el prólógo, en cuanto a estilo y contenido, no puede ser más que de Orwell. En él resuenan muchos temas que hallamos en sus escritos ocasionales redac­tados en 1944. En tanto que periodista, Orwell repetía sus ideas dentro de los más diversos contextos, insistiendo sobre ellas en gran parte porque, al estar persuadido de su certeza, no podía evitar hacerlo. Y existe muy poca relación entre el prólogo mencionado y el pesado y autobiográfico prólogo que redactó para la edi­ción ucraniana de Rebelión en la granja, fechado en marzo de 1947. Las acusaciones que se con­tienen en este prólogo acerca de la autocensura, de la rusofilia y de la inclinación al totalitaris­mo de muchos intelectuales franceses puede ser también apreciada en su «London Letter» escri­ta para la Partisan Review en el verano de 1944, donde insiste sobre el «servilismo de los llama­dos intelectuales hacia Rusia» y asimismo, frecuentemente —con gran indignación de mu­chos de sus lectores—, en su columna «As I Please» en el Tribune, de manera especial en la publicada el primero de septiembre de 1944, en la que expone su ira ante la general indiferencia provocada por la batalla de Varsovia (en la que, como es sabido, las tropas alemanas aniquila­ron la resistencia polaca ante la pasividad de los rusos detenidos a as puertas de la ciudad). De­cía Orwell:

«Ante todo, un aviso a los periodistas ingleses de izquierda y a los intelectuales en general: re­cuerden que la deshonestidad y la cobardía siempre se pagan. No vayan a creerse que por años y años pueden estar haciendo de serviles propagandistas del régimen soviético o de otro cualquiera y después pueden volver repentina­mente a la honestidad intelectual. Eso es prostitución y nada más que prostitución.

»Y después, una consideración más amplia: nada importa tanto al mundo en este momento como la amistad anglo-rusa y la cooperación en­tre los dos países, pero esto no podrá alcanzarse si no hablamos claro y sin rodeos. »

Ardua cuestión esta porque, además de los «compañeros de viaje» —y así consideraba Orwell en aquel momento a hombres como Victor Gollancz—, no eran pocos los que dudaban de si era prudente ese «hablar claro» a que aludía Or­well, ni siquiera de modo alegórico, tal y como se exponía en Rebelión en la granja.

Gollancz, con quien Orwell estaba ligado por contrato, fue el primero en rechazar el libro, pro­bablemente sin sorpresa alguna para Orwell, quien, por razones obvias, ni esperaba ni quería que fuera editado por él, pues recordaba su re­chazo del original de Homenaje a Cataluña. «Debo decirle -escribía Orwell a Gollancz­que el texto es, creo yo, inaceptable políticamen­te desde su punto de vista (es anti-Stalin). » Por su parte Gollancz, en una carta del 23 de marzo de 1944, refuta sus alegatos y pide ver el manus­crito. Según la opinión de varios amigos de Or­well, lo que pretendía Gollancz era alertarle so­bre la alarma existente entre los editores por las intemperancias de Orwell al hablar con dema­siada claridad y sostener que la verdad no es un concepto relativo y dependiente de las circunstan­cias, pues con todo ello no hacía más que perjudi­carse a sí mismo y poner en peligro las relaciones anglo-rusas. Es evidente que con todos estos co­mentarios aumentaban las habladurías entre edi­tores y escritores acerca de la posición de Orwell, y para aclarar del todo la actitud de Gollancz en este asunto es ciertamente lamentable no poder disponer de sus documentos y cartas.

Orwell, evidentemente, esperaba complicacio­nes derivadas del contenido de su libro, que em­pezó a escribir en noviembre de 1943 a poco de haber pedido el cese en la BBC. El 17 de febrero de 1944 escribió al profesor Gleb Struve, que es­taba entonces en la Escuela de Estudios Eslavos y Europeo-Orientales en Londres, diciéndole: «Estoy escribiendo un librito que espero le di­vertirá cuando aparezca, aunque me temo no va a tener el visto bueno político y por ello no estoy seguro de que alguien se atreva a publicarlo. Tal vez por lo que le digo adivine usted el tema». En aquel entonces Orwell había tenido ya dificulta­des con el New Statesman por unos escritos so­bre España y con Gollancz por Homenaje a Ca­taluña y El camino de Wigan Pier. Al siguiente mes, los problemas surgieron con el Manchester Evening News, para el que había hecho una rese­ña de un libro de Harold Laski, a quien tachaba de complacencia hacia Stalin. El periódico re­chazó la crítica.

No está nada claro todo lo referente al envío del manuscrito a Gollancz y lo que ocurrió des­pués, pero en una carta a Fred Warburg del 13 de junio de 1945 y en otra al agente literario Leo­nard Moore del 3 de julio del mismo año, da al­gunas aclaraciones. En ellas alude a que el envío del original a Gollancz era una «pérdida de tiem­po», ya que estaba casi seguro de que la obra no sería publicada por el editor, quien, por otra par­te, se negaba a considerar a Rebelión en la granja como una novela debido a su brevedad, lo cual no era óbice para recordarle a Orwell la opción preferente que tenía sobre sus dos novelas si­guientes. (No deja de ser curioso de qué modo un editor se obstina en retener a un autor cuyos libros no le complacen, aunque todo ello se de­sarrolle en los tonos más cordiales.)

Fue entonces cuando Orwell visitó a Jonathan Cape, quien, después de leer la novela, reconoció que era magnífica, pero también que sería impo­lítico publicarla en aquel momento. La carta que se menciona al comienzo del prólogo es un frag­mento de la que le escribió Cape devolviéndole la novela. Es un breve fragmento del original que se guarda entre los documentos de Orwell, pero yo no he obtenido permiso para reproducirla por entero. El resto expresa las esperanzas de Cape de publicar cualquier otra obra de Orwell, por más que éste estaba, como ya hemos dicho, li­gado a Gollancz por contrato, si bien este com­promiso no era válido para Rebelión en la gran­ja. El famoso comentario hecho por Orwell a T. S. Eliot tildando de estúpida la sugerencia de que «cualquier animal que no fuera el cerdo po­día haber sido elegido para representar a los bol­cheviques» está completamente justificado, y de la carta de Cape se desprende que éste enseñó el manuscrito a «un importante funcionario» del Ministerio de Información. (Yo tuve que esperar varios años antes de poder leer este informe en los Archivos Oficiales, aunque tal vez esta visión se confirmara en alguna charla de club en la que alguien aludiera a aquel desgarbado inconfor­mista lleno de talento literario.) Y conviene re­cordar que en 1944 los libros no iban forzosa­mente a censura. Orwell estaba en lo cierto cuando decía que la censura se la hacían los es­critores mismos.

Eliot también estuvo entre los que desaconse­jaron la publicación. Mrs. Valerie Eliot publicó la carta enviada por el poeta en el The Times del 6 de enero de 1969. Esencialmente Eliot coincidía con los puntos de vista expresados por Cape, aunque el contenido de la carta es muy expresivo con respecto a la calidad literaria de Orwell: «Es­tamos de acuerdo en que la novela es una desta­cada obra literaria y que la fábula está muy inte­ligentemente llevada gracias a una habilidad narrativa que descansa en su propia sencillez, cosa que muy pocos autores habían logrado des­de Gulliver». Pero después de este encomio se­guían unos párrafos en los cuales dudaba de si «el punto de vista que ofrece es el más apto para criticar en el momento presente la situación po­lítica». Eliot se cuida mucho de decir que no existen razones «ni por prudencia ni por caute­la» para impedir su publicación pero, por otra parte, ningún director literario de Faber & Fa­ber, incluido el mismo Eliot, estaba dispuesto a dar un informe que aconsejase la publicación. (Cuán diferente resulta esta postura: de la expuesta por el propio Eliot en sus ensayos de Criterion escritos en 1920, cuando estaba tan cerca­no a Pound tanto política como poéticamente.)

Más tarde ocurrió el episodio de la Whitman Press, después del cual se produjo la decisión fi­nal de publicarlo tomada por Warburg, respal­dado por un caluroso informe de lector emitido por T. R. Fyvel. Ninguno de ellos recuerda nada acerca de un proyectado prólogo, pero Fyvel y otros me indicaron que Orwell no era demasiado comunicativo acerca de los escritos que tenía entre manos, ni siquiera con sus más íntimos amigos. Y por aquel entonces Warburg estaba enfermo o ausente, por lo que el original fue manejado por Senhouse (muchos de cuyos documentos personales fueron destruidos a su muerte; y los impresores también habían inutilizado sus registros). Pero las pruebas más eviden­tes siguen siendo el libro de Potts, las páginas en blanco, el contenido y el estilo tan característi­co del ensayo, que el lector podrá juzgar por sí mismo.

La historia completa puede prolongarse un poco más. El 3 de septiembre de 1945 Orwell es­cribía a un periodista laborista —Frank Bar­ver— en estos términos: «He quedado sorpren­dido por la amistosa acogida dispensada a Rebelión en la granja después de que la obra estu­viera durmiendo por más de un año, ya que nin­gún editor osaba publicarla antes del término de la guerra». Y el 18 de agosto, en una carta a Her­bert Read, le contaba que él había dejado de escribir en Tribune durante su estancia en Francia, «y no he reanudado mi colaboración porque Be­van está aterrorizado temiendo se produzca un gran revuelo en torno a Rebelión en la granja, tanto más si el libro aparece antes de las eleccio­nes como en un principio estaba previsto».

He querido recoger estas dos manifestaciones a falta de otras más evidentes. Ciertamente, el li­bro no estuvo «durmiendo» un año en las im­prentas por las causas que indica Orwell, pues él mismo, en carta a Eliot del 5 de septiembre de 1944, decía: «Warburg está dispuesto a lanzar mi libro, pero no es probable que lo pueda hacer hasta él próximo año a causa de la escasez de papel». Y en otras cartas cruzadas entre Orwell y su primera mujer y entre él y su agente editorial —que se conservan en la Colección Berg, de Nue­va York—, se habla de las complicaciones sur­gidas para la firma del contrato de edición, di­ficultades que se prolongaron hasta marzo de 1945. Todo ello hace suponer que Orwell pudo tener efectivamente su libro «durmiendo» du­rante un año, pero voluntariamente y a causa de las primeras dificultades surgidas al intentar editar lo que sería su obra maestra, tanto políti­ca como literaria.

En el inédito prólogo, Orwell mismo expresa las razones del retraso, fundadas en un ambiente en el que «los liberales le tienen miedo a la liber­tad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia», aunque yo, personalmente, no crea en esta excesiva influencia. Tal vez ahora seamos más tolerantes con las opiniones dis­cordantes y algunas veces, por desgracia, más indiferentes, pero es difícil reconstruir unas cir­cunstancias en las que personas como Eliot y Gollancz llegaran a practicar la misma clase de autocensura. Por toda esta serie de circunstan­cias el prólogo de Orwell es destemplado -y re­cordemos cuán equilibrado, responsable y pru­dente era el autor-, pero él era consciente de su actitud y tal vez ello le hiciera renunciar a hacer patente esta destemplanza en la introducción a Rebelión en la granja. La fábula hubiera podido mermar su validez universal reduciéndose a un ataque directo y personal contra Stalin y, por otra parte, la validez de sus reflexiones sobre la corrupción que engendra el poder hubiera podi­do aparecer como el reflejo de una querella in­terna entre ingleses. Apareciendo tal y como apareció, Rebelión en la granja queda como un mensaje abierto, universal. Yo leí por vez prime­ra la novela a los quince años y mi hijo mayor a los once, pues es una obra sin limitación de eda­des, pero dudo que a cualquiera de nosotros le hubiera conmovido tanto un mensaje si hubiera ido acompañado de una explícita introducción política. Y tal vez Orwell mismo se dio cuenta en el último momento de que las ideas contenidas en dicha introducción ya las había expuesto de modo fragmentario y disperso en otros escritos y en otras circunstancias.

«La libertad de prensa» no es en modo alguno expresión de una polémica superada y pasada de moda. Su contenido incide sobre uno de los te­mas más profundos y constantes en la labor pe­riodística de Orwell, y algunas de sus ideas se cuentan entre las más originales e imaginativas jamás expuestas en habla inglesa sobre la políti­ca. Orwell sostiene que la cobardía es una ame­naza tan grande para la libertad como la auto­censura: «Libertad —decía Orwell en frase memorable— significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír». Y él se dedicó a esta tarea con todas sus fuerzas.

Aunque este prólogo no pueda situarse entre los mejores por él escritos, es sin duda uno de los más significativos. Es evidente que, en los últi­mos tiempos de su vida, Orwell no sintió deseos de atacar a aquellos que dificultaron la aparición de su libro o a los que no apreciaron su geniali­dad. El fulminante éxito de su obra y su traduc­ción a no menos de dieciséis idiomas, antes de que Orwell falleciera, puso en evidencia a sus enemigos y le llevó a ser considerado en vida como el más grande satírico desde Swift y uno de los mejores periodistas y ensayistas desde Hazlitt.
La libertad de prensa
George Orwell


Este libro fue pensado hace bastante tiempo. Su idea central data de 1937, pero su redacción no quedó terminada hasta finales de 1943. En la época en que se escribió, era obvio que encontra­ría grandes dificultades para editarse (a pesar de que la escasez de libros existentes garantizaba que cualquier volumen impreso se vendería) y, efectivamente, el libro fue rechazado por cuatro editores. Tan sólo uno de ellos lo hizo por moti­vos ideológicos; otros dos habían publicado li­bros antirrusos durante años y el cuarto carecía de ideas políticas definidas. Uno de ellos estaba decidido a lanzarlo pero, después de un primer momento de acuerdo, prefirió consultar con el Ministerio de Información que, al parecer, le ha­bía avisado y hasta advertido severamente sobre su publicación. He aquí un extracto de una carta del editor, en relación con la consulta hecha:

«Me refiero a la reacción que he observado en un importante funcionario del Ministerio de Información con respecto a Rebelión en la granja. Tengo que confesar que su opinión me ha dado mucho que pensar... Ahora me doy cuenta de cuán peligroso puede ser el publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedica­da a todos los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría mal vista, pero la trama sigue tan fielmente el curso histó­rico de la Rusia de los Soviets y de sus dos dicta­dores que sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen dictatorial. Y otra cosa: sería menos ofensiva si la casta do­minante que aparece en la fábula no fuera la de los cerdos.* Creo que la elección de estos anima­les puede ser ofensiva y de modo especial para quienes sean un poco susceptibles, como es el caso de los rusos. »
* No está claro quién ha sugerido esta modificación, si es idea propia del Sr. X... o si proviene del propio Ministerio. Pero parece tener marchamo oficial. (Nota de G. Orwell.)
Asuntos de esta clase son siempre un mal sín­toma. Como es obvio, nada es menos deseable que un departamento ministerial tenga faculta­des para censurar libros (excepción hecha de aquellos que afecten a la seguridad nacional, cosa que, en tiempo de guerra, no puede merecer objeción alguna) que no estén patrocinados ofi­cialmente. Pero el mayor peligro para la libertad de expresión y de pensamiento no proviene de la intromisión directa del Ministerio de Informa­ción o de cualquier organismo oficial. Si los edi­tores y los directores de los periódicos se esfuer­zan en eludir ciertos temas no es por miedo a una denuncia: es porque le temen a la opinión pública. En este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente perio­distas y escritores en general. Es éste un hecho grave que, en mi opinión, no ha sido discutido con la amplitud que merece.

Cualquier persona cabal y con experiencia pe­riodística tendrá que admitir que, durante esta guerra, la censura oficial no ha sido particular­mente enojosa. No hemos estado sometidos a ningún tipo de «orientación» o «coordinación» de carácter totalitario, cosa que hasta hubiera sido razonable admitir, dadas las circunstan­cias. Tal vez la prensa tenga algunos motivos de queja justificados pero, en conjunto, la actua­ción del gobierno ha sido correcta y de una clara tolerancia para las opiniones minoritarias. El hecho más lamentable en relación con la censu­ra literaria en nuestro país ha sido principal­mente de carácter voluntario. Las ideas impopu­lares, según se ha visto, pueden ser silenciadas y los hechos desagradables ocultarse sin necesi­dad de ninguna prohibición oficial. Cualquiera que haya vivido largo tiempo en un país extran­jero podrá contar casos de noticias sensaciona­listas que ocupaban titulares y acaparaban espa­cios incluso excesivos para sus méritos. Pues bien, estas mismas noticias son eludidas por la prensa británica, no porque el gobierno las prohíba, sino porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que «no deben» men­cionarse. Esto es fácil de entender mientras la prensa británica siga tal como está: muy centra­lizada y propiedad, en su mayor parte, de unos pocos hombres adinerados que tienen muchos motivos para no ser demasiado honestos al tra­tar ciertos temas importantes. Pero esta misma clase de censura velada actúa también sobre los libros y las publicaciones en general, así como sobre el cine, el teatro y la radio. Su origen está claro: en un momento dado se crea una ortodo­xia, una serie de ideas que son asumidas por las personas bienpensantes y aceptadas sin discu­sión alguna. No es que se prohíba concretamen­te decir «esto» o «aquello», es que «no está bien» decir ciertas cosas, del mismo modo que en la época victoriana no se aludía a los pantalones en presencia de una señorita. Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silen­ciado con sorprendente eficacia. De ahí que casi nunca se haga caso a una opinión realmente independiente ni en la prensa popular ni en las pu­blicaciones minoritarias e intelectuales.

En este instante, la ortodoxia dominante exige una admiración hacia Rusia sin asomo de críti­ca. Todo el mundo está al cabo de la calle de este hecho y, por consiguiente, todo el mundo actúa en consonancia. Cualquier crítica seria al régi­men soviético, cualquier revelación de hechos que el gobierno ruso prefiera mantener ocultos, no saldrá a la luz. Y lo peor es que esta conspira­cion nacional para adular a nuestro aliado se produce a pesar de unos probados antecedentes de tolerancia intelectual muy arraigados entre nosotros. Y así vemos, paradójicamente, que no se permite criticar al gobierno soviético, mien­tras se es libre de hacerlo con el nuestro. Será raro que alguien pueda publicar un ataque con­tra Stalin, pero es muy socorrido atacar a Chur­chill desde cualquier clase de libro o periódico. Y en cinco años de guerra -durante dos o tres de los cuales luchamos por nuestra propia supervi­vencia- se escribieron incontables libros, ar­tículos y panfletos que abogaban, sin cortapisa alguna, por llegar a una paz de compromiso, y todos ellos aparecieron sin provocar ningún tipo de crítica o censura. Mientras no se tratase de comprometer el prestigio de la Unión Soviética, el principio de libertad de expresión ha podido mantenerse vigorosamente. Es cierto que exis­ten otros temas proscritos, pero la actitud hacia la URSS es el síntoma más significativo. Y tiene unas características completamente espontá­neas, libres de la influencia de cualquier grupo de presión.

El servilismo con el que la mayor parte de la intelligentsia británica se ha tragado y repetido los tópicos de la propaganda rusa desde 1941 se­ría sorprendente, si no fuera porque el hecho no es nuevo y ha ocurrido ya en otras ocasiones. Pu­blicación tras publicación, sin controversia algu­na, se han ido aceptando y divulgando los pun­tos de vista soviéticos con un desprecio absoluto hacia la verdad histórica y hacia la seriedad inte­lectual. Por citar sólo un ejemplo: la BBC celebró el XXV aniversario de la creación del Ejército Rojo sin citar para nada a Trotsky, lo cual fue algo así como conmemorar la batalla de Trafal­gar sin hablar de Nelson. Y, sin embargo, el he­cho no provocó la más mínima protesta por par­te de nuestros intelectuales. En las luchas de la Resistencia de los países ocupados por los ale­manes, la prensa inglesa tomó siempre partido al lado de los grupos apoyados por Rusia, en tan­to que las otras facciones eran silenciadas (a ve­ces con omisión de hechos probados) con vistas a justificar esta postura. Un caso particularmen­te demostrativo fue el del coronel Mijáilovich, lí­der de los chetniks yugoslavos. Los rusos tenían su propio protegido en la persona del mariscal Tito y acusaron a Mijáilovich de colaboración con los alemanes. Esta acusación fue inmediata­mente repetida por la prensa británica. A los partidarios de Mijáilovich no se les dio oportuni­dad alguna para responder a estas acusaciones e incluso fueron silenciados hechos que las re­batían, impidiendo su publicación. En julio de 1943 los alemanes ofrecieron una recompensa de 100.000 coronas de oro por la captura de Tito y otra igual por la de Mijáilovich. La prensa in­glesa resaltó mucho lo ofrecido por Tito, mien­tras sólo un periódico (y en letra menuda) citaba la ofrecida por Mijáilovich. Y, entre tanto, las acusaciones por colaboracionismo eran ince­santes... Hechos muy similares ocurrieron en España durante la Guerra Civil. También enton­ces los grupos republicanos a quienes los rusos habían decidido eliminar fueron acusados entre la indiferencia de nuestra prensa de izquierdas; y cualquier escrito en su defensa, aunque fuera una simple carta al director, vio rechazada su publicación. En aquellos momentos no sólo se consideraba reprobable cualquier tipo de crítica hacia la URSS, sino que incluso se mantenía se­creta. Por ejemplo: Trotsky había escrito poco antes de morir una biografía de Stalin. Es de su­poner que, si bien no era una obra totalmente imparcial, debía ser publicable y, en consecuen­cia, vendible. Un editor americano se había he­cho cargo de su publicación y el libro estaba ya en prensa. Creo que habían sido ya corregidas las pruebas, cuando la URSS entró en la guerra mundial. El libro fue inmediatamente retirado. Del asunto no se dijo ni una sola palabra en la prensa británica, aunque la misma existencia del libro y su supresión eran hechos dignos de ser noticia.

Creo que es importante distinguir entre el tipo de censura que se imponen voluntariamente los intelectuales ingleses y la que proviene de los grupos de presión. Como es obvio, existen cier­tos temas que no deben ponerse en tela de juicio a causa de los intereses creados que los rodean. Un caso bien conocido es el tocante a los médi­cos sin escrúpulos. También la Iglesia Católica tiene considerable influencia en la prensa, una influencia capaz de silenciar muchas críticas. Un escándalo en el que se vea mezclado un sacerdote católico es algo a lo que nunca se dará publicidad, mientras que si el mismo caso ocu­rre con uno anglicano, es muy probable que se publique en primera página, como ocurrió con el caso del rector de Stiffkey. Asimismo, es muy raro que un espectáculo de tendencia anticatóli­ca aparezca en nuestros escenarios o en nuestras pantallas. Cualquier actor puede atestiguar que una obra de teatro o una película que se burle de la Iglesia Católica se exponen a ser boicoteados desde los periódicos y condenados al fracaso. Pero esta clase de hechos son comprensibles y además inofensivos. Toda gran organización cuida de sus intereses lo mejor que puede y, si ello se hace a través de una propaganda descu­bierta, nada hay que objetar. Uno no debe espe­rar que el Daily Worker publique algo desfavo­rable para la URSS, ni que el Catholic Herald hable mal del Papa. Esto no puede extrañar a na­die, pero lo que sí es inquietante es que, donde­quiera que influya la URSS con sus especiales maneras de actuar, sea imposible esperar cual­quier forma de crítica inteligente ni honesta por parte de escritores de signo liberal inmunes a todo tipo de presión directa que pudiera hacer­les falsear sus opiniones. Stalin es sacrosanto y muchos aspectos de su política están por encima de toda discusión. Es una norma que ha sido mantenida casi universalmente desde 1941 pero que estaba orquestada hasta tal punto, que su origen parecía remontarse a diez años antes. En todo aquel tiempo las críticas hacia el régimen soviético ejercidas desde la izquierda tenían muy escasa audiencia. Había, sí, una gran canti­dad de literatura antisoviética, pero casi toda procedía de zonas conservadoras y era clara­mente tendenciosa, fuera de lugar e inspirada por sórdidos motivos. Por el lado contrario hubo una producción igualmente abundante, y casi igualmente tendenciosa, en sentido pro ruso, que comportaba un boicot a todo el que tratara de discutir en profundidad cualquier cuestión importante.

Desde luego que era posible publicar libros an­tirrusos, pero hacerlo equivalía a condenarse a ser ignorado por la mayoría de los periódicos importantes. Tanto pública como privadamente se vivía consciente de que aquello «no debía» ha­cerse y, aunque se arguyera que lo que se decía era cierto, la respuesta era tildarlo de «inoportu­no» y «al servicio de» intereses reaccionarios. Esta actitud fue mantenida apoyándose en la si­tuación internacional y en la urgente necesidad de sostener la alianza anglorrusa; pero estaba claro que se trataba de una pura racionalización. La gran mayoría de los intelectuales británicos había estimulado una lealtad de tipo nacionalis­ta hacia la Unión Soviética y, llevados por su de­voción hacia ella, sentían que sembrar la duda sobre la sabiduría de Stalin era casi una blasfe­mia. Acontecimientos similares ocurridos en Rusia y en otros países se juzgaban según distin­tos criterios. Las interminables ejecuciones lle­vadas a cabo durante las purgas de 1936 a 1938 eran aprobadas por hombres que se habían pa­sado su vida oponiéndose a la pena capital, del mismo modo que, si bien no había reparo algu­no en hablar del hambre en la India, se silen­ciaba la que padecía Ucrania. Y si todo esto era evidente antes de la guerra, esta atmósfera inte­lectual no es, ahora, ciertamente mejor.

Volviendo a mi libro, estoy seguro de que la reacción que provocará en la mayoría de los in­telectuales ingleses será muy simple: «No debió ser publicado». Naturalmente, estos críticos, muy expertos en el arte de difamar, no lo ataca­rán en -el terreno político, sino en el intelectual. Dirán que es un libro estúpido y tonto y que su edición no ha sido más que un despilfarro de pa­pel. Y yo digo que esto puede ser verdad, pero no «toda la verdad» del asunto. No se puede afirmar que un libro no debe ser editado tan sólo porque sea malo. Después de todo, cada día se imprimen cientos de páginas de basura y nadie le da importancia. La intelligentsia británica, al menos en su mayor parte, criticará este libro porque en él se calumnia a su líder y con ello se perjudica la cau­sa del progreso. Si se tratara del caso inverso, nada tendrían que decir aunque sus defectos li­terarios fueran diez veces más patentes. Por ejemplo, el éxito de las ediciones del Left Book Club durante cinco años demuestra cuán tole­rante se puede llegar a ser en cuanto a la chaba­canería y a la mala literatura que se edita, siem­pre y cuando diga lo que ellos quieren oír.

El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de opinión, por impopular que sea? Plantead esta pregunta en estos términos y casi todos los ingleses sentirán que su deber es responder: «Sí». Pero dadle una forma concreta y preguntad: ¿Qué os parece si atacamos a Stalin? ¿Tenemos derecho a ser oí­dos? Y la respuesta más natural será: «No». En este caso, la pregunta representa un desafío a la opinión ortodoxa reinante y, en consecuencia, el principio de libertad de expresión entra en cri­sis. De todo ello resulta que, cuando en estos mo­mentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad. Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto grado de censura mientras perduren las socie­dades organizadas. Pero «libertad», como dice Rosa Luxemburg, es «libertad para los demás». Idéntico principio contienen las palabras de Vol­taire: «Detesto lo que dices, pero defendería has­ta la muerte tu derecho a decirlo». Si la libertad intelectual ha sido sin duda alguna uno de los principios básicos de la civilización occidental, o no significa nada o significa que cada uno debe tener pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no im­pida que el resto de la comunidad tenga la posi­bilidad de expresarse por los mismos inequívo­cos caminos. Tanto la democracia capitalista como las versiones occidentales del socialismo han garantizado hasta hace poco aquellos prin­cipios. Nuestro gobierno hace grandes demos­traciones de ello. La gente de la calle -en parte quizá porque no está suficientemente imbuida de estas ideas hasta el punto de hacerse intole­rante en su defensa- sigue pensando vagamen­te en aquello de: «Supongo que cada cual tiene derecho a exponer su propia opinión». Por ello incumbe principalmente a la intelectualidad científica y literaria el papel de guardián de esa libertad que está empezando a ser menosprecia­da en la teoría y en la práctica.

Uno de los fenómenos más peculiares de nues­tro tiempo es el que ofrece el liberal renegado.

Los marxistas claman a los cuatro vientos que la «libertad burguesa» es una ilusión, mientras una creencia muy extendida actualmente argumenta diciendo que la única manera de defender la li­bertad es por medio de métodos totalitarios. Si uno ama la democracia, prosigue esta argumen­tación, hay que aplastar a los enemigos sin que importen los medios utilizados. ¿Y quiénes son estos enemigos? Parece que no sólo son quienes la atacan abierta y concienzudamente, sino tam­bién aquellos que «objetivamente» la perjudican propalando doctrinas erróneas. En otras pala­bras: defendiendo la democracia acarrean la destrucción de todo pensamiento independien­te. Éste fue el caso de los que pretendieron justi­ficar las purgas rusas. Hasta el más ardiente ru­sófilo tuvo dificultades para creer que todas las víctimas fueran culpables de los cargos que se les imputaban. Pero el hecho de haber sostenido opiniones heterodoxas representaba un perjui­cio para el régimen y, por consiguiente, la masacre fue un hecho tan normal como las falsas acusaciones de que fueron víctimas. Estos mis­mos argumentos se esgrimieron para justificar las falsedades lanzadas por la prensa de izquier­das acerca de los trotskistas y otros grupos repu­blicanos durante la Guerra Civil española. Y la misma historia se repitió para criticar abierta­mente el hábeas corpus concedido a Mosley cuando fue puesto en libertad en 1943.

Todos los que sostienen esta postura no se dan cuenta de que, al apoyar los métodos totalita­rios, llegará un momento en que estos métodos serán usados «contra» ellos y río «por» ellos. Ha­ced una costumbre del encarcelamiento de fas­cistas sin juicio previo y tal vez este proceso no se limite sólo a los fascistas. Poco después de que al Daily Worker le fuera levantada la suspensión, hablé en un College del sur de Londres. El audi­torio estaba formado por trabajadores y profesionales de la baja clase media, poco más o me­nos el mismo tipo de público que frecuentaba las reuniones del Left Book Club. Mi conferencia trataba de la libertad de prensa y, al término de la misma y ante mi asombro, se levantaron va­rios espectadores para preguntarme «si en mi opinión había sido un error levantar la prohibi­ción que impedía la publicación del Daily Wor­ker». Hube de preguntarles el porqué y todos di­jeron que «era un periódico de dudosa lealtad y por tanto no debía tolerarse su publicación en tiempo de guerra». El caso es que me encontré defendiendo al periódico que más de una vez se había salido de sus casillas para atacarme. ¿Dón­de habían aprendido aquellas gentes puntos de vista tan totalitarios? Con toda seguridad debie­ron aprenderlos de los mismos comunistas.

La tolerancia y la honradez intelectual están muy arraigadas en Inglaterra, pero no son indestructibles y si siguen manteniéndose es, en bue­na parte, con gran esfuerzo. El resultado de predicar doctrinas totalitarias es que lleva a los pueblos libres a confundir lo que es peligroso y lo que no lo es. El caso de Mosley es, a este efec­to, muy ilustrativo. En 1940 era totalmente lógi­co internarlo, tanto si era culpable como si no lo era. Estábamos entonces luchando por nuestra propia existencia y no podíamos tolerar que un posible colaboracionista anduviera suelto. En cambio, mantenerlo encarcelado en 1943, sin que mediara proceso alguno, era un verdadero ultraje. La aquiescencia general al aceptar este hecho fue un mal síntoma, aunque es cierto que la agitación contra la liberación de Mosley fue en gran parte ficticia y, en menor parte, manifesta­ción de otros motivos de descontento. ¡Sin em­bargo, cuán evidente resulta, en el actual desliza­miento hacia los sistemas fascistas, la huella de los antifascismos de los últimos diez años y la falta de escrúpulos por ellos acuñada!

Es importante constatar que la corriente rusó­fila es sólo un síntoma del debilitamiento gene­ral de la tradición liberal. Si el Ministerio de In­formación hubiera vetado definitivamente la publicación de este libro, la mayoría de los inte­lectuales no hubiera visto nada inquietante en todo ello. La lealtad exenta de toda crítica ha­cia la URSS pasa a convertirse en ortodoxia, y, dondequiera que estén en juego los intereses so­viéticos, están dispuestos no sólo a tolerar la censura sino a falsificar deliberadamente la His­toria. Por citar sólo un caso. A la muerte de John Reed, el autor de Diez días que conmovieron al mundo -un relato de primera mano de las jor­nadas claves de la Revolución rusa-, los dere­chos del libro pasaron a poder del Partido Co­munista británico, a quien el autor, según creo, los había legado. Algunos años más tarde, los co­munistas ingleses destruyeron en gran parte la edición original, lanzando después una versión amañada en la que omitieron las menciones a Trotsky así como la introducción escrita por el propio Lenin. Si hubiera existido una auténtica intelectualidad liberal en Gran Bretaña, este acto de piratería hubiera sido expuesto y denun­ciado en todos los periódicos del país. La reali­dad es que las protestas fueron escasas o nulas. A muchos, aquello les pareció la cosa más natural. Esta tolerancia que llega a lo indecoroso es más significativa aún que la corriente de admiración hacia Rusia que se ha impuesto en estos días. Pero probablemente esta moda no durará. Pre­veo que, cuando este libro se publique, mi visión del régimen soviético será la más comúnmente aceptada. ¿Qué puede esto significar? Cambiar una ortodoxia por otra no supone necesariamen­te un progreso, porque el verdadero enemigo está en la creación de una mentalidad «gramofónica» repetitiva, tanto si se está como si no de acuerdo con el disco que suena en aquel momento.

Conozco todos los argumentos que se esgri­men contra la libertad de expresión y de pensamiento, argumentos que sostienen que no «de­be» o que no «puede» existir. Yo, sencillamente, respondo a todos ellos diciéndoles que no me convencen y que nuestra civilización está basada en la coexistencia de criterios opuestos desde hace más de 400 años. Durante una década he creído que el régimen existente en Rusia era una cosa perversa y he reivindicado mi derecho a de­cirlo, a pesar de que seamos aliados de los rusos en una guerra que deseo ver ganada. Si yo tuvie­ra que escoger un texto para justificarme a mí mismo elegiría una frase de Milton que dice así: «Por las conocidas normas de la vieja libertad».

La palabra vieja subraya el hecho de que la li­bertad intelectual es una tradición profundamente arraigada sin la cual nuestra cultura occidental dudosamente podría existir. Muchos intelectuales han dado la espalda a esta tradi­ción, aceptando el principio de que una obra deberá ser publicada o prohibida, loada o con­denada, no por sus méritos sino según su opor­tunidad ideológica o política. Y otros, que no comparten este punto de vista, lo aceptan, sin embargo, por cobardía. Un buen ejemplo de esto lo constituye el fracaso de muchos pacifistas in­capaces de elevar sus voces contra el militarismo ruso. De acuerdo con estos pacifistas, toda vio­lencia debe ser condenada, y ellos mismos no han vacilado en pedir una paz negociada en los más duros momentos de la guerra. Pero, ¿cuándo han declarado que la guerra también es cen­surable aunque la haga el Ejército Rojo? Aparen­temente, los rusos tienen todo su derecho a defenderse, mientras nosotros, si lo hacemos, caemos en pecado mortal. Esta contradicción sólo puede explicarse por la cobardía de una gran parte de los intelectuales ingleses cuyo pa­triotismo, al parecer, está más orientado hacia la URSS que hacia la Gran Bretaña.

Conozco muy bien las razones por las que los intelectuales de nuestro país demuestran su pusilanimidad y su deshonestidad; conozco por ex­periencia los argumentos con los que pretenden justificarse a sí mismos. Pero, por eso mismo, se­ría mejor que cesaran en sus desatinos intentan­do defender la libertad contra el fascismo. Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír. La gente sigue vagamente adscrita a esta doctrina y actúa según ella le dicta. En la actualidad, en nuestro país —y no ha sido así en otros, como en la republicana Francia o en los Estados Unidos de hoy— los li­berales le tienen miedo a la libertad y los intelec­tuales no vacilan en mancillar la inteligencia: es para llamar la atención sobre estos hechos por lo que he escrito este prólogo.

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