Porque desengañémonos, la base de nuestras operaciones siempre es la misma, aunque las circunstancias alguna vez la desfiguren




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E l señor Parra y el normalista



POR LUIS CARLOS H. DELGADO


El texto corresponde a una “tirada a cargo del autor” destinada a sus afectos esenciales.

Editor. Jorge Risso. Editorial Grafi K. 2009

ISBN 978 987 – 24332

Hecho el depósito que estable la ley 11,723

AGRADECIMIENTOS:

Agradezco a mi compañera de toda la vida por el fervor con que acompañó la gestación del texto y su convicción sobre la importancia del tema.

A la Licenciada Graciela V. García por las lecturas reiteradas de mis ensayos, su aliento al sostenimiento del proyecto y las observaciones que iluminaron en profundidad.

Al educador Oscar C. Del Rosal por su meticulosa labor de corrector y el compartir idearios docentes desde los años de nuestra juventud en el “Mariano Acosta”.

Al profesor Hernán Quiñones por sus atinados consejos y la confianza depositada en mi investigación histórica, autonomía por la cual lo eximo de la culpa de mis errores.

A María, nuestra amiga, que esperó con amor pero no alcanzó a leerlo.

L.C.H.D.


Nada importa saber o no la vida de cierta clase de hombres que todos sus trabajos y afanes los han contraído a sí mismos, y ni un solo instante han concedido a los demás; pero la de los hombres públicos, sea cual fuere, debe siempre presentarse, o para que sirva de ejemplo que se imite, o de una lección que retraiga de reincidir en sus defectos. Se ha dicho, y dicho muy bien, "que el estudio de lo pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y porvenir"; porque desengañémonos, la base de nuestras operaciones siempre es la misma, aunque las circunstancias alguna vez la desfiguren.
Don Manuel Belgrano
El señor Parra
… Cuando aquel día, al presentarse a la lista solemne de su natalicio, buscó en torno suyo entre las cabezas canas, sin distinguir a ninguno de sus compañeros de tiempos ya pasados, le asaltó la idea de que una generación joven lo tomara por un aparecido, un alma en pena, como un vestigio, curiosos por saber cómo realmente pensaba y había obrado en otros tiempos y qué aspiraciones lo impulsaron a la acción en la vida pública…

Empero estaba muy dispuesto a enaltecer su realidad histórica y dejar una máxima como legado; el ideal de libertad brillaba como su virtud y la postrera confianza estaba depositada en la equidad de la justicia. Había convicción en las palabras, un estímulo de generatividad en la memoria de su popularidad y proezas; deseaba que al morir, banderas hermanas le sirvieran todas juntas de mortaja, como merecimiento de sus habitantes y agradecimiento por tantos años de lucha en proscripción y en su patria.

Un joven normalista, al contemplar aquel hombre contestar presente a los setenta y seis años, invocado por una generación en pos de otra, se preguntaba si esa exposición no era más que condición de la vejez, nostalgia, expresión de un facilismo por el cual se evade la real valoración de los méritos.

En el largo viaje de su existencia, junto a los fervores y animadversiones que despertara, fueron lográndose transformaciones para superar la desorganización nacional, la indigencia cultural, la inanidad económica y comercial de su América; a su paso brotaron escuelas donde enseñar a todos a leer, bibliotecas, vías férreas, vergeles …Perseveró hasta los límite de la declinación física, y cuando al fin su espíritu estaba listo para bajar a la tumba, su cuerpo continuaba sentado en su sillón escritorio, construido a la hechura de la necesidad de leer y escribir a pesar del organismo desfallecido, rodeado de libros y papeles, porfiada e inquebrantable la aptitud verbal que lo sobreviviría.

El normalista sabía de imágenes postreras, debilitadas, anémicas, de la soledad, la desilusión, de seres que han sido luminosos, bellos, arrebatadores, pero no consentía un cierre estereotipado, un flash melancólico desplegado sobre la visión del anciano; se trataba del prócer al cual se le arrogaba el modelo de su vocación normalista. Le era necesario conocer más, sopesar las actitudes, iluminar las horas ciertas del pasado, centralizarse en el tiempo de la gloria y el aplauso. Evitar que el telón cayera contingente y plomizo complicando la esperanza en un mañana, dada la imperfección constatable de los hombres del pasado y su presente

El anciano, como el rastreador de sus retratos, aquél que en la oscuridad más impenetrable percibe el dato para encaminarse al objetivo con la rectitud de una flecha, pretendía que la conciencia de su saber era un índice luminoso que apuntaba a hechos y circunstancias, cuyas aseveraciones hubieran sido ridículo y absurdo negar. Su apariencia grave y circunspecta adoptaba esa dignidad que confería a sus palabras vigor agorero y profético colmado de convicción.

Al sumergirse en la noche del exilio no habría perdido el sentido de orientación para las extensiones dilatadas y encrucijadas de los caminos de su patria, convertido en su topógrafo más perfecto, hasta el punto de poder interpretar y anticipar los movimientos y contiendas de su gente en conflicto.

Había señalado cómo las mutaciones del poder convierten revolucionarios en patriotas, enfrenta en guerra patriotas centralistas hegemónicos con patriotas montoneros y localistas; ha convertido bandidos en agentes de la dominación contra los opositores al régimen. Quién desafió la tiranía fue empujado al exilio a proseguir la lucha, aliado incluso a intereses extranjeros contra principios previos. Muchos de los unos y los otros desaparecen sin dejar algún mensaje.

En contraste con las metamorfosis del poder está la importancia de las palabras que no se vuelven cenizas, de las ideas que no se matan, de un decir que no cesa, que hace posta, se retoma y encamina sediento de certeza.

El gaucho cantor había sido, entre sus arquetipos, la idealización de alguien que se mueve entre el ayer y el mañana, inmune entre las luchas, resguardado por el derecho del bardo de no dejar pasar nada sin letra: sean héroes, perseguidos, llantos de mujeres y de niños, la bravura del indio o el ostracismo del gaucho malo. Hombre errante acogido en un festín, repetidor o improvisador, hace al acervo u otea el futuro, dejando la estela fugaz de un lamento o el chispazo de gaya ciencia.

Su verbo tiene mayor permanencia que la sangre derramada, otro sabor, a veces mayor crueldad, y sin embargo siempre hay una guitarra para ponerla en sus manos para lo que cante: alegría, disputa o desgracia.

Nuestro hombre también anduvo entre el ayer y el mañana, recorriendo la tierra desde su condición de minero a la de gobernante, de loco egregio a apasionado maestro, dejando siempre huella a su paso. Nunca acalló su canto, lo hizo a su manera y su voz pudo ser tierna o volcánica.

Amó las lenguas, la sonoridad de lo distinto; lo saboreó en cuanto idioma le ofreció la vida

Solía afirmar que tenía la edad de la patria; nacido el noveno mes después de la revolución, su padre lanzado a ella y la madre palpitando con las noticias que le llegaban sobre la insurrección americana. El estudiante rumiaba aquella aseveración que lo retrotraía al punto donde la confrontación pudiera comenzar, recelando que las edades biológicas de un sujeto individual y las agitaciones de la historia, a pesar de ser concurrentes, obraran necesariamente de la misma manera u obedecieran a razones semejantes. Lo personal, pensaba, no refleja absolutamente la historia de la época, ni el curso de los acontecimientos contextuales representa al hombre. Podría dudarse si en realidad vivió lo suyo en función histórica y si en verdad, estaba su destino ligado al de su Nación.

Le interesaba constatar los antecedentes, si es que ellos explicaban la existencia y actitudes del imprevisible protagonista de una indagación que repentinamente se le imponía, pero que, como lo previera, estaba condenada de inicio a ser viciada por las mismas estereotipadas impugnaciones contra las cuales ya había chocado en escorzos polémicos circunstanciales, con la consecuencia del debilitamiento de su adhesión.

La inveterada ignorancia de colegial lo empantanaba en el desconocimiento profundo de historiales que le sirvieran para disponer de respuestas contundentes.

La tribulación ambivalente sobre tan controvertido personaje, le advertía contra el deslizarse irreflexivo hacia un ideario moral o filosófico, suscitar una confrontación precipitada con ideales políticos o religiosos, encallar siquiera en emociones de la tierra y del alma nativa o engolosinarse con apologías. Sus propios pudores o incertidumbres requerían tiempo para ser despejados. Presentía que la historia se reserva, como la conciencia de los hombres, aspectos íntimos e inconfesables. En la intensidad de su aspiración, quizá pudiera al menos intentar la singularidad imaginaria de una impronta mítica, una aproximación por el camino de la ficción.

Concibió la simulación de un “señor Parra”. Se descubrió ocultando el objetivo de la investigación frente a los otros, viéndose a sí mismo como Nicodemo, en la vergonzosa actitud de visitar al Maestro por las noches y a hurtadillas, porque no le convenía hacer notar su interés por ese hombre que era la piedra del escándalo entre los fariseos.

No obstante, planeó una indagación posible, partiendo de las memorias explícitas del conjetural protagonista, ya que éste había adoptado el verbo como el primun movem de su existencia. Todo lo que había narrado conformaba una historia que enlazaba su vida a la de hombres de diverso linaje, países y pueblos, circunstancias variadas y acontecimientos, que si merecerían del mayor rigor histórico, inflamaban la ilusión de un novelista.

A su favor, la existencia del señor Parra, como decidió apodarlo hasta librarse de sus vacilaciones, era por sí misma historia convertida en documentos y testimonios Toda experiencia y curiosidad intelectual la transformaba casi de inmediato en labor escrita. Fue de aquellos singulares hombres que creyeron que hay que transmitirlo todo para provecho de otros y para suscitar en torno a lo que es preocupación personal, un movimiento colectivo de opinión. Muchos de sus amigos, como de sus opositores, también quedaron transmutados en historia viva, contribuyendo con escritos similares a iluminar su época.

Acaso, se dijo el estudiante, él mismo transitaba un tiempo propio como historia y testigo; se reprochó a sí mismo no haber estado más atento.

Como Nicodemo se preguntó si era posible volver a nacer, arrancar desde el vientre de la patria, de la valerosa Paula, de su madre Ercilia, con los sentidos bien abiertos, peregrinando la distancia real que existe entre la encarnadura y el espíritu.

Experimentó dolor al reconocer que pudo ser construido al conjuro de una plática contaminante, sin órganos de percepción para lo real y verdadero, pura virtualidad según el significado que se da hoy a lo ilusorio. Cada hombre necesita una demarcación que lo libere de ambigüedades, que le permita diferenciar matices y a falta de ello, por lo menos, una distinción gruesa entre lo bueno y lo malo, la capacidad y la ineptitud, la virtud, su falta y el vicio, el amor y la crueldad.

Aunque la vocación profesional del normalista no fuera la historia, reconocía su deuda con el pasado. Habría de satisfacerla ahora, convencido de su derecho a concatenar sucesos, involucrar recuerdos y datos, imaginar y apropiarse de elementos útiles a la empresa de hilar una trama, todo ello bajo la condición de desarrollar reflexiones que sirvieran para justipreciar o vislumbrar la vida de aquel señor Parra y la suya propia.

Tomó partido, al fin, por trazar una semblanza de aquel hombre, verídica, verosímil, a despecho de las idealizaciones, fabulaciones o rigores revisionistas. Supuso una necesidad y una meta: liberarse del partidismo y la mala fe que construye la historia a la medida de una ideología.

Estaba al corriente que narrar, cuando se trata de memorias o autobiografías, es construir una perspectiva para la puesta en acción del personaje o de sí mismo; apropiarse de la mirada del lector para que en él obre una disquisición inducida. A través de los tropos del discurso se configura el aspecto y la visión del semblante del protagonista y con la trama se condiciona la interpretación de la lectura. Es inevitable entonces que al seleccionar sucesos se turbe interesado, consciente o inconscientemente, el juicio último de una objetividad.

En cuanto a los escritos del señor Parra, como lo bautizara el normalista, no fue él mismo ajeno a este fenómeno, narrando siempre con inocultable intención desde lo más profundo de sus raíces. Con fervor asumió los antecedentes de sus orígenes indígenas, la ascendencia castiza, su familia cristiana, la aldea provinciana con sus tradiciones coloniales. En tierra extranjera describirá su pampa y los hombres con una suerte de admiración y desdeño, posicionándose a manera de elocuente adversario de caudillos y caudillajes.

De forma similar, por obra del discurso y de la sátira, se ocuparían otros de él, enalteciéndolo o desacreditándolo, procurando persuadir a los lectores, del uno o del otro concepto. Más trascendente todavía la cuestión de la subjetividad, cuando por su circunstancia se recrea la historia, valores, ideales y destino de la nación.

Pero por otra parte el hombre no es sólo un espectador pasivo que al cabo ha de emitir simplemente un juicio. Es también, como en el caso del señor Parra y sus detractores, sujeto de acción, dispuesto a comprometerse, persuadir al prójimo y liderarlo, imponerle principios y certidumbres.
Otro problema a resolver por el novelista en ciernes era el del formato de de la narración que emprendía. De rigor, los relatos y novelas se enmarcaban en descripciones de ambientes y paisajes; resolvió conformarlas por las que le ofreciera el panorama de la historia que abarcaba la existencia del señor Parra y eventualmente con sus propias vibraciones emocionales.

Sin más, se entregó a la tarea.

Los sarmientos del señor Parra

Contaba el normalista con las descripciones vernáculas que el señor Parra hiciera de sus contemporáneos y de la geografía. Comprobó que había realizado el trazado de las leguas de la patria; de Norte a Sur, del Este al Oeste, describiendo montañas, bosques, selvas, llanuras y ríos. La apreciación de la extensión territorial se le había significado, desde muy joven, ausente de civilidad, así como inciertos y confusos los confines de su tierra, ensangrentados por las guerras revolucionarias y el acoso de indios.

En su paraje natal penetraba el viento seco y cálido del Zonda, cactus y arbustos espinosos, chañares, jarillas y espinillos, se adaptaban a las escasas lluvias mientras los exangües arroyos que resultaban se perdían entre cantos rodados y terminaban muriendo en la arena pedregosa.

Su vivienda fue un rancho de dos habitaciones en un caserío de barro y techos de teja o paja según las diferencias de clases, que marcaría la impronta del orgullo y amor definitivo por la madre. Muros de adobe, vigas de álamo sosteniendo techos, los suyos de caña y barro, casa materna en el sentido justo del término, porque fue levantada por el esfuerzo de ella, entonces soltera de 23 años, tejedora laboriosa, ejemplo de industriosidad y afán de progreso, que modelaba su nido moldeando el espíritu de quienes serían sus hijos. Paredes blancas, sin ornamentos y un patio amigable, iluminado por el sol. Se dice que casa del Carrascal podría estar en Sevilla o en Granada, aunque los cambios posteriores, por la honra de museo, hayan alterado su fisonomía. Un telar bajo una higuera sería el icono que le acompañara, y al final, una colcha bellamente tejida por la anciana de ochenta y cuatro años, que cubriría su cama.

“Su forma original, empero” , escribió de su vivienda, “es aquélla a que se apega la poesía del corazón, la imagen indeleble que se presenta porfiadamente a mi espíritu, cuando recuerdo los placeres y pasatiempos infantiles, las horas de recreo después de vuelto de la escuela, los lugares apartados donde he pasado horas enteras y semanas sucesivas en inefable beatitud, haciendo santos de barro para rendirles culto en seguida, o ejércitos de soldados de la misma pasta para engreírme de ejercer tanto poder”. …

“Tal ha sido el hogar doméstico en que me he criado, y es imposible que, a no tener una naturaleza rebelde, no haya dejado en el alma de sus moradores impresiones indelebles de moral, de trabajo y de virtud, tomadas en aquella sublime escuela en que la industria más laboriosa, la moralidad más pura, la dignidad mantenida en medio de la pobreza, la constancia, la resignación, se dividían todas las horas. Mis hermanas gozaron de la merecida reputación de las más hacendosas niñas que tenía la provincia entera; y cuanta fabricación femenil requería habilidad consumada, fue siempre encomendada a estos supremos artífices de hacer todo lo que pide paciencia y destreza y deja poquísimo dinero. El confesado intento de denigrarme, de un escritor chileno, se detuvo hace algunos años en presencia de aquellas virtudes, y pagó su tributo de respeto a la laboriosidad respetable de mis hermanas, no sin sacar partido de ello para hacer de mí un contraste”.
Balbuciente, empezaron a familiarizarse sus ojos y su lengua con el abecedario, siendo muy niño supo leer, dibujar y modelar con la arcilla del suelo, y al ingresar a una Escuela de la Patria recién fundada, se gestó con los años el mito del alumno modelo que nunca faltó a clase.

Por aquellos méritos le correspondió una beca para continuar estudios en Buenos Aires; había prisa en los colonos que se sentían ciudadanos en educar a sus hijos, así lo experimentó su padre, pero llegada la oportunidad no pudieron aprovecharla pues a la instancia local decisiva, no le pareció apropiado, pese a las instrucciones gubernativas de no discriminación, que un muchacho de familia tan pobre aventajara a los pudientes, por lo que la inscripción fue saboteada con la traba de una votación.

Afirmaba detenerse “en estas nimiedades” porque suponía que una rara fatalidad que parecía cerrarle las puertas de los colegios había pesado siempre sobre él. Agotados los recursos compensó la frustración leyendo cuanto pudo conseguir, incluso con despropósito para la comprensión infantil. Manifestaría siempre la creencia de que la perfección y los estímulos en la lectura pueden influir poderosamente en la civilización del pueblo. En él no había tenido otro origen su afición temprana en instruirse, que el de aprender a leer muy bien; llave que le abría un cosmos, aun como autodidacta.
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