Las Cortes de Drogas Bajo el Enfoque de Justicia Terapeutica: Evaluación de Programas en Puerto Rico




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títuloLas Cortes de Drogas Bajo el Enfoque de Justicia Terapeutica: Evaluación de Programas en Puerto Rico
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Las Cortes de Drogas Bajo el Enfoque de Justicia Terapeutica: Evaluación de Programas en Puerto Rico
Ana María López Beltrán, Ph.D., MTS
ABSTRACT0

En este estudio nos propusimos examinar la interacción entre el juez y el participante en la corte de drogas bajo el enfoque del modelo Jurídico Terapéutico. En la aplicación de este modelo la función del juez cambia: de ejercer un rol neutral que adjudica la controversia, a facilitar la rehabilitación supervisando el progreso, siendo modelo y promoviendo la participación en programas de servicios de base comunitaria.

Se utilizaron como marcos conceptuales las siguientes teorías: Enfoque Jurídico-terapéutico de D. Wexler y B. Winick; Aprendizaje Social y procesos cognitivos de autoeficacia y autocontrol de A. Bandura; Indefensión Aprendida de M. Seligman y las propuestas de Marlatt y Gordon sobre el desarrollo de habilidades para afrontar las recaídas. Analizamos variables, condicionantes y recursos para desarrollar en las personas sus creencias de autoeficacia y autocontrol, como experiencia de dominio, experiencia vicaria a través de modelos sociales, persuasión social y desarrollo del estado físico y emocional. Examinamos la teoría de aprendizaje social de A. Bandura, evaluando el aprendizaje vicario presente en los procesos de vistas de seguimiento en las cortes de drogas. Los procesos que se dan en estas vistas ante el juez pueden ser un medio efectivo para fomentar la eficacia de los participantes, a través del aprendizaje social por observación de la conducta de otros, y por el rol y el modelaje que ejerce el juez(a) al administrar refuerzos y sanciones durante el proceso. El juez en la Corte de Drogas en su rol terapéutico debe incentivar y motivar a los participantes y aplicar las sanciones en forma “sabia”, para conseguir el efecto deseado.

Para conocer los procedimientos que contribuyen a resultados positivos se examinó las técnicas que utiliza el juez durante el proceso. Utilizando la metodología del estudio etnográfico se realizó observación de los procesos en la Sala y se entrevistó a los jueces(as) destacados(as) en las Salas Especiales de Drogas en seis Regiones Judiciales para conocer sus actitudes, conocimientos y destrezas en la aplicación de este nuevo enfoque. Se aplicó un cuestionario a una muestra de cuarenta y siete (47) participantes para conocer el impacto de la función del juez en su proceso de rehabilitación y el grado de satisfacción con los servicios recibidos y se observaron los procedimientos en ciento nueve (109) casos llevados a cabo en estas vistas.

Entre los hallazgos más significativos encontramos que la mayoría de los jueces(as) asignados a estas cortes especializadas de drogas (56%) no habían recibido adiestramiento formal sobre el tema de la adicción, ni sobre el modelo jurídico terapéutico en que se enmarca el funcionamiento de la corte de drogas (67%).

Las observaciones de los procesos nos llevó a concluir que solo dos de los nueve jueces utilizaron diversa estrategias para estimular participación, establecer diálogo, empatia e influir el dominio y auto eficacia del participante. Por otro lado fue significativo que el 93.6 por ciento de los participantes respondió afirmativamente que escuchar los relatos de otros participantes les ayuda mucho en su tratamiento.



Introducción:
La drogodependencia puede ser considerada como el mayor reto que ha enfrentado la sociedad moderna por sus repercusiones sociales, económicas y política. Ha sido catalogada como uno de los problemas sociales y de salud pública mayor del siglo XX, no sólo por las implicaciones en la salud física y mental sino también por los aspectos legales, y criminales que presenta. Está asociada a actos como: crímenes contra la persona y la propiedad, tráfico ilegal, asesinatos por el control de los “puntos”, prostitución; disfunción familiar como violencia doméstica, maltrato de niños, suicidio; y en la trasmisión del SIDA a través del intercambio de jeringuillas y otras conductas de alto riesgo en la trasmisión de enfermedades sexuales. Es por ello que la drogodependencia tiene un alto costo no solo para los individuos y las familias victimas del crimen, sino para la sociedad en general (PR. SANAP, 2002).
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la adicción como un estado de intoxicación periódica o crónica, nocivo para el individuo y la sociedad, provocado por el consumo repetido de un fármaco natural o sintético, cuyas características son: un afán exagerado por la droga, la tendencia a elevar la dosis, la dependencia psíquica y física del fármaco, y la aparición de síntomas al suprimir la droga (Materazzi, 1990).
Aspectos históricos de la drogodependencia en Puerto Rico
Históricamente el uso de sustancias que alteran el estado de ánimo del individuo se remonta hasta el año 8000 A. C. Existe evidencia de la presencia de la planta adormidera (productora de opio y sus derivados) a través de diferentes períodos de la historia. Un ejemplo de ello lo constituyen las tablillas en escritura cuneiforme encontradas en Summer, Asia Menor (3000 AC) donde quedó registrada la existencia de la planta adormidera con los signos Gill y Hull. (Draper Miralles, 1986).
A lo largo de la historia también vemos el uso de substancias que alteran el estado de conciencia, relacionadas con la magia, la religión y con la medicina. Muchas substancias que mezclaban opio o sus derivados fueron producidos con propósitos médicos y una variedad de aplicaciones (Freixa, 1981). A finales del 1800 y los inicios del 1900 el alcohol, la cocaína y los opiáceos eran usados comúnmente para propósitos médicos y eran productos patentizados. Al principio del siglo XX había un alto consumo de estas drogas para propósitos médicos y recreativos. Para esa época el uso de estas sustancias era visto con tolerancia y cierta simpatía, mientras que la dependencia del alcohol era rechazada. Sin embargo, las actitudes hacia las drogas y el alcohol fueron cambiando gradualmente y el alcohol llegó a ser socialmente aceptado, mientras que el uso de estas sustancias fue rechazado al ver los efectos adictivos y asociarse la adicción con el crimen, prostitución y los grupos socioeconómicos bajos. Esto resultó en una percepción del usuario de drogas como un grupo temido y rechazado de la sociedad ( Video ABC, 1995).
De acuerdo con Hernández (1995) durante el siglo XIX y principios del XX eran pocas las regulaciones que existían para controlar el uso de narcóticos u otras sustancias adictivas. En 1880 se hizo una Cruzada Internacional contra las drogas promovida por el Gobierno de Estados Unidos. En el 1909, el Congreso pasó legislación prohibiendo la importación y el uso del opio para propósitos que no fueran estrictamente médicos. En el 1914 se aprueba la Ley “Harrison Narcotic Act” que regula la venta y el uso de narcóticos. Bajo esta ley se cuestiona la práctica médica de recetar la droga a adictos, lo que ocasionó el encarcelamiento de muchos médicos y se comenzó a ver al adicto como un criminal al que había que tratar con medidas punitivas. Para 1937 casi todos los estados de los Estados Unidos, incluyendo el territorio de Puerto Rico, habían adoptado algún tipo de medida legislativa prohibiendo la venta y posesión de narcóticos.
El modelo prohibicionista adoptado por los Estados Unidos y los países bajo su liderato, se inicia con la ley Harrison. Con esta ley se cimenta la prohibición del alcohol de 1920 al 1933. Posteriormente, bajo la presidencia de Richard Nixon se introduce el concepto de Guerra Contra las Drogas. Bajo este modelo prohibicionista se ve el problema de las drogas como uno de índole moral y legal que enfatiza en el castigo como solución y da prioridad a la asignación de fondos para fortalecer la intervención policíaca (Santiago Negrón, 1999).
Para el 1970, el Congreso aprobó el “Comprenhensive Drug Abuse Prevention and Control Act” y declaró la posesión de marihuana como un delito serio. En la década del 80 los Estados Unidos inicia una batalla para desalentar el narcotráfico mediante leyes más severas. La legislación para una América Libre de Drogas de los años 80, se convierte en el ámbito local en la Mano Dura Contra el Crimen, la cual se sustenta en la noción de que el 80% de los crímenes en Puerto Rico se vinculan con el tráfico de drogas (Ibíd).
En el 1982, el Presidente Ronald Reagan declara la Guerra Contra las Drogas, dando un enfoque militar al problema. En el 1986 éste firmó el “National Security Decisión Directive” (NSDD), en el cual se identifica el abuso de drogas como un problema de “seguridad nacional” y se designa al Departamento de Defensa a desarrollar estrategias para la intervención. En 1989 se intensifica la militarización de la Guerra Contra las Drogas cuando el Congreso designa al Departamento de la Defensa como la agencia del Gobierno Federal encargada de la detección y monitoreo de todo contrabando aéreo y marítimo que entra a los Estados Unidos (García & Rodríguez, 1999).
Vemos cómo la política pública en las últimas dos décadas se ha movido de unas leyes más tolerantes en los años 1970 a una renovación de la severidad de las leyes en 1980. Al asociarse las drogas con el aumento de la criminalidad, la prostitución y otros problemas sociales, se instituyen políticas públicas dirigidas a reforzar las leyes, se establecen penalidades más severas y se desarrollan centros de tratamiento y educación para la prevención. La política actual es una de cero tolerancia y penas más severas para los traficantes y usuarios de drogas.
Por otro lado, el surgimiento de la epidemia del SIDA, y su asociación con la adicción, ha llevado a focalizar los esfuerzos públicos hacia la necesidad de tratamiento y prevención del uso de drogas y alcohol (Colón, 1993, Álvarez Febles, 1997).
Hemos visto cómo la tolerancia hacia el uso de drogas varía a través de las épocas. Lo que nos confirman estudios que señalan que la percepción del problema y las respuestas sociales están influidas por los cambios en los valores, prejuicios, condición económica, cambios en la población, guerras, epidemias, tecnología y los avances médicos, los medios de comunicación y muchos otros factores sociales.

Actualmente existe una brecha entre los avances científicos en torno al conocimiento sobre el abuso de drogas y la adicción, la percepción del público en general del problema y los enfoques de política pública. En su mayoría las personas ven la adicción como un problema social que debe ser manejado solo a través de soluciones sociales, particularmente del sistema de justicia criminal. Ha contribuido a esta visión la estigmatización que se ha hecho del adicto, al cual se le ve como una persona débil o mala, incapaz de controlar su comportamiento y gratificaciones.
Por otro lado, la ciencia ha establecido que el abuso de drogas es más un problema de salud que uno social. Los avances científicos en la neurociencia y en las ciencias del comportamiento han revolucionado los conocimientos sobre el abuso y la adicción a drogas. Los científicos han identificado circuitos neurales envueltos en el abuso de drogas y han encontrado que existen diferencias en el cerebro del adicto al compararse con los no adictos. Estas diferencias se manifiestan por cambios en la actividad metabólica del cerebro, habilidad receptiva, expresión genética y sus respuestas al medio ambiente. Estos cambios han podido detectarse a través de la tecnología desarrollada como la tomografía de emisión de positrones. Los cambios estructurales y funcionales que se evidencian en el cerebro por la adicción han llevado a concluir que ésta es una enfermedad del cerebro (Leshner, 1997).
Estudios llevados a cabo a principios de los 90 por los científicos Keneth Blum y Ernest P. Noble evidenciaron que existe una conexión genética entre el alcoholismo y el gen mutante para el receptor de la dopamina 2 (DRD2). Se ha señalado que algunas personas heredan una variante del gen para el receptor de la dopamina localizado en el cromosoma 11 que le predispone al consumo de alcohol y drogas (Coperias, E., 1998).
Más recientemente en junio de 2000 se anunció el adelanto científico de mayor repercusiones para entender la historia genética de los seres humanos, la lectura del genoma. Con este descubrimiento ha quedado planteado como un reto para la ciencia establecer cuánto de nuestro comportamiento está determinado genéticamente o, por el contrario, depende de factores ambientales. ¿Hasta qué punto son los genes responsables de que una persona sea optimista o pesimista, emocionalmente estable o neurótica, tolerante o dictatorial, inteligente o no, violenta o pacífica? El Dr. Humberto Nicolini jefe de la Unidad de Genética Molecular Psiquiátrica del Instituto Mexicano de Psiquiatría, señala que no se puede generalizar que en la conducta humana hay necesariamente una base genética, ya que en algunos aspectos va a tener más peso el factor genético y en otros el ambiente. Considera que ambos factores siempre se van a estar modulando, por lo que será difícil predecir el comportamiento humano ciento por ciento por los genes. Sin embargo, señala que al conocer cómo actúan los genes de la patología mental va a llevar a entender mejor cómo los genes determinan los comportamientos “normales”.
Sobre este aspecto Matt Ridley (2001), en su artículo El fin de un gran misterio, el verdadero inicio de la Biología, señala:
Si los genes responden al comportamiento, pero el comportamiento también responde a los genes, entonces nuestras acciones pueden ser determinadas por fuerzas que se originan en nosotros, así como por influencias externas. Por tanto la voluntad es una combinación de instintos y de influencias externas. Esto la hace determinista y responsable, pero no pronosticable.
Al considerar la adicción como una condición del individuo que puede estar influida por una predisposición genética, tenemos que preguntarnos si han sido correctos los enfoques políticos, sociales y médicos que se han llevado acabo hasta ahora para enfrentar este problema. Si bien es cierto que inicialmente el uso de drogas es un comportamiento voluntario del individuo, en la medida en que usa la sustancia se mueve a un estado de adicción caracterizado por la compulsión de búsqueda y uso de drogas, el cual puede estar respondiendo a su necesidad genética del receptor de la dopamina, como lo han establecido los estudios de la genética humana.
El Dr. Pascual Merlos, médico y psicólogo especialista en el tratamiento de adictos y fundador de la Clínica de Cuidados Psicomédicos de Bayamón, nos indicó que el drogodependiente tiene serios problemas en la regulación de su estado anímico, lo que le afecta su capacidad de tomar decisiones. Ante situaciones desagradables de estrés o de dolor, se activa en él el deseo de buscar el refuerzo del placer a través de la droga. Esto es: droga es igual a placer, respuesta inmediata para eludir el dolor psicológico.

El umbral del dolor en los heroinómanos es muy pequeño, por lo que en estados activados de dolor, le da miedo, pánico y recurre a la droga para su alivio. De esta manera los circuitos cerebrales se activan artificialmente, afectando el funcionamiento natural. En la medida en que las drogas psicoactivas tienen un efecto en el sistema nervioso central, se altera el equilibrio funcional neurobioquímico. Las investigaciones científicas han demostrado que esta alteración es causante de trastornos depresivos y de ansiedad, entre otros.
Para el Dr. Efrén Ramírez, psiquiatra experto en asuntos de adicción y fundador de las comunidades terapéuticas para adictos, en Puerto Rico, la adicción tiene una predisposición genética que se da en un 20% de la población. Considera que existe una estrecha relación entre los problemas de adicción y la condición de déficit de atención severo, que está fundamentado en un problema genético (heredado). Durante su práctica profesional de cuarenta años, el Dr. Ramírez ha hecho evaluaciones de personalidad en las que incluyó una prueba para detectar el déficit de atención y ha encontrado que el cien por ciento de los adictos tienen esta condición en forma severa, por lo que afirma que es este déficit la causa genética para la adicción.
Se señala que entre el 6 al 7 por ciento de la población estudiantil de Puerto Rico sufre de déficit de atención, lo que significa entre 60,000 a 70,000 estudiantes. Ésta es una población susceptible o vulnerable a la adicción, por lo que es urgente se destinen más fondos públicos para la prevención y la educación (Ramírez, 2001).
Toda esta información de expertos nos lleva a concluir que en la medida en que se reconozca la adicción como una enfermedad psicobiológica, con componentes biológicos, de contexto social y de conducta, las estrategias de tratamiento deberán incluir todos estos componentes para ser exitosos. Por ser ésta una enfermedad crónica con tendencia a la recaída deben desarrollarse tratamientos al igual que se hace con otras enfermedades crónicas, donde se provea no sólo medicación a aquellos que la necesiten, sino también el tratamiento para la modificación de conducta.
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