Memorias de China




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títuloMemorias de China
fecha de publicación12.01.2016
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Memorando número 1. El cielo

Viernes 4 de diciembre del 2009
A las ocho, Jesús, como un estandarte de los samurais de Kurosawa, pasaba frío delante de una portezuela que escondía el Palacio Prohibido. Diría que Tavo se retrasaba, como siempre, pero ocurría sólo que, esta vez, había sido rigurosamente puntual, a pesar de las goteras en la línea tres. El restaurante Memorias de China es más conocido que el nombre de la calle en la que se encuentra, Lincoln, lo que supone un desagravio para los brigadistas de Oliver Law, de la Guerra civil española, que aún permanecen vivos, más con un pie en el extrarradio que en este mundo. Hacía un frío de cojones; con un golpe seco el invierno cayó sobre la ciudad desnuda. Los primeras luces de Navidad brillaban en los escaparates, justo para dar luz a los precios de saldo. Cinco minutos después hizo su aparición Tavo, con la llamada de su madre colgándole aún de la oreja. Pronto iniciaría los trámites de un divorcio en el que se le había jodido todo. Con esta maléfica frase: “Las mujeres son rencorosas por naturaleza”, me saludó.

Se colocaron en el inicio de un pasillo que comunicaba con el comedor, longevo más que amplio, y al lado de la cocina, en la que, ajetreadas, se afanaban unas muchachas lindas de pómulos correspondientes a la hondura de sus ojos. Sobre una bandeja que imitaba la plata, las tarjetas de visita, grabadas en relieve, con el color grisáceo de la marga. A la derecha, dos jóvenes sentados, serios, como alarmados por alguna campaña urgente de Amnistía Internacional. “No estamos abiertos, todavía. A las nueve”, les avisaron con prevención, más bien. “Podéis ir aquí.” Ese aquí estaba saliendo, a la izquierda, a cinco metros. El bar El quinto pino parece ser que se encuentra más cerca de lo normal. Un matrimonio sirve cervezas con el partido de Copa Davis en la pantalla del televisor. Sólo la máquina tragaperras está algo concurrida. Los periodistas se toman, indistintamente, un cortado y una cerveza, mientras callejean por los retablos de sus temas preferidos, que son, por este orden, el oficio, las mujeres y el oficio. Tres móviles en la funda de Gustavo, uno para cada uno de sus trabajos. A las diez ha quedado con Peter, flautista de Grup XXI, una original orquesta de música clásica y sintética, la vanguardia de las sinfonías, a las que si les añadiera las letras azules de Facto Delafé romperían los moldes que tanto costó amasar a Bach y Listz. En un momento dado, les sorprendió por la espalda Lam Chuen Ping, el presidente de la Unión de Asociaciones Chinas de Catalunya y dueño de Memorias de China. Entró por una puerta minúscula y caminó con tal distinción que, posiblemente, debajo de sus pies se extendía un lecho de campánulas que los periodistas no podían ver. Automáticamente, taparon los recortes de los primeros indicios de su investigación, la documentación seleccionada de Google y otras retretas. Se saludaron. Lam, cubierto con un sobretodo, vestido de traje gris marengo, con la grosella de sus mejillas alveoladas, les hizo un examen con un corte de vista. “Sí, hola”, acertó a dibujar con sus palabras, cansinas y pesarosas como el tubo de escape de un SEAT 124. Sin dilaciones, pasó las páginas de El Periódico de Catalunya sobre la barra. La pareja que servía las copas se arremolinó junto a él. De vez en cuando, una pregunta tímida que Lam o no quería escuchar o, realmente, no escuchaba. Acto seguido, los periodistas pagaron y se dirigieron al restaurante en compañía del empresario. El hombre del traje gris se perdió en los aledaños de su extensión, una vega de mesas bien floridas, con palillos de hueso y manteles más blancos que las sudorosas camisas de los investigadores. La damisela de la entrada, tras comprobar que constaban en el registro del día, invitó a pasar a los periodistas a la instancia “vip”. Se sentaron, mojaron los labios con una copa de champán que no habían pedido y eligieron en la carta un revuelto. Pensando que siendo lo mínimo saldría más económico, se la volvieron a clavar: ensalada china, fideos cantoneses y pollo a la cazuela=30 euros. En la mesa de al lado, un cliente habitual, por las bromas que se traía con la camarera de labios de Michelle Pfeiffer, y ojos de globos de oro. Encima, la cúpula del templo del cielo, en escala. Cuando se acercó de nuevo Lam Chuen Ping, Jesús le entregó unos cuantos tarjetones de la exposición Ulls yin. Dones de la Xina, que, con el matemático Francesc Pozo, montaba por aquellos días en el centro cívico Casinet d’Hostafrancs.

Lam se quedó con las ganas.

Lam.—¿Son mujeres desnudas?

Memorando número 2. Chinatown

Santa Coloma, sábado 4 de diciembre del 2009
A las 18.30 h quedaron Jesús y Gustavo en la estación de Fondo de la Línea 1 de Metro. De buena gana Gustavo llegó cinco minutos antes de la hora y estaba de buen humor. Aunque con la mente llena hasta el tope, como un cajón de carpintero viejo. La separación de su esposa que se le había jodido dos días antes, parecía enderezarse y tomar un camino de acuerdos. Una hora de charla con ella, justo hacia quince minutos, le habían dejado el cerebro como si acabara de salir de una lavadora automática de ropa. Arrugado, pero limpio. Luego de este habitual desahogo al que Jesús se veía sometido, y soportaba con admirable estoicismo, se pusieron a la tarea. Jesús sacó de algún pliegue inescrutable de su agenda, un par de hojas con la impresión de un reportaje publicado un año antes en la revista Wanafrica. Era sobre los comerciantes chinos del barrio de Fondo, en Santa Coloma, donde esta comunidad representa a 4.000 de los poco más de 7.000 extranjeros. De un total de 15.000 personas que viven en el sector. Una de sus fuentes había sido Zhangjiong Ye Ye, miembro de la Junta de la Asociación de Comerciantes Fondo Comerç. Para simplificar las cosas, se hace llamar Joana. Varias veces había intentado concertar una cita con ella, pero se le escurría como los tallarines en una sopa. Lo mejor, le dijo la china, es que pasáramos por el bar por la tarde.

Bastan los rótulos de las esquinas para notar el contraste. El local ubicado en la calle Franz Lizst, conservaba el nombre que uno de sus anteriores propietarios le había puesto: “La Escapaíta”. Aparte de las reminiscencias andaluzas, nadie con dos dedos de frente podría pensar que este rótulo todavía cumple con su función de gancho comercial en la jerga habitual de la Santa Coloma del siglo XXI. Eran ya casi las 19:00, cuando en España sólo los locos de atar se sientan a la mesa para comer. O los chinos. En el sitio había una mesa de jóvenes comensales hablando animadamente en mandarín o cantonés. Poca diferencia habría para Jesús y Gustavo. No tendrían más de 18 años, o al menos eso parecía, por sus lisos y desbarbados rostros. Una mujer mayor sacaba los platos humeantes de la cocina. Los periodistas se arrinconaron en un extremo de la barra, donde apenas les hacían caso. Desde ahí observaban la escena, como si de repente estuvieran descubriendo la ciudad. La mujer asomó detrás del mostrador y dijo que Joana no estaba. Fue muy amable y en ningún momento se mostró inquieta por la visita. Seguramente, otros periodistas acudían por la misma razón. Pero quizás, simplemente, estaba más acostumbrada a ver ciudadanos de aspecto occidental entrar en su negocio, que los españoles ingresar en un pedazo de China incrustado en un barrio obrero catalán. Antes de salir, Gustavo se fijó en el menú por una costumbre incurable. Casi se queda a comer, atraído por los dos euros de las sopas de pollo y los tallarines de tres euros. Naturalmente, la mayor parte de la lista estaba escrita en ideogramas.

Probaron en otro lugar. Cerca de ahí, en el 117 de la calle Milà i Fontanals, tuvieron una charla muy interesante con Ana. Era otra de las fuentes del reportaje de Jesús. Con la excusa de llevarle el texto donde aparecía su nombre, o más bien, su seudónimo occidental.

-Mi helmano sabe más chino que yo, pero yo conocer más español que él --fue una de las frases que soltó la simpática chica. Resultaba divertida porque ella había emigrado con 10 años (ahora tiene 22) y su hermano había nacido en Catalunya. Su frustración es evidente cuando nos pregunta si somos licenciados en periodismo. Ella ha llegado sólo hasta tercero de ESO, algo que para la mayoría de adolescentes españoles es cosa de los 15 años. Quiere terminar los estudios obligatorios para ponerse con la informática. En lugar de esperar la carroza con el príncipe azul, ella aspira a dejar la vida en el bar, que le ha consumido la adolescencia y ahora para de su juventud. Quiere dejar la barra, donde aprendió a encarar los clientes que odian las cuentas y aman las cervezas gratis.

—Al plincipio se iban sin pagar (da un par de palmadas a sus propias mejillas), pero ahora soy una persona más fuerte y sé quién se quiere aprovechar –explica Ana. Del negocio vive su familia, la madre y un hermano. Cuando no está en el bar, se rebusca unos euros con servicios de traducción a inmobiliarias y gestorías de la zona. Cuenta que para ello, es muy importante la confianza que le tiene la gente. Cobra 20 euros por hora, pero Gustavo sospecha que es una tarifa inflada. La chica es lista. Luego de una cerveza y un plato de cacahuetes, Jesús se lanza con el paracaídas de la sinceridad. Le explica a la joven que ambos reporteros están buscando temas para un próximo reportaje, que si se le ocurre algo, no dude en llamarlos. Antes que escamarse, Ana sonríe. Les entrega su dirección de correo electrónico. Acuerdan que el próximo sábado volverán a verse en el bar que le está consumiendo su ambición. Es una firme candidata a convertirse en su traductora para la investigación que requiere el libro.

Camino a la estación de metro, ingresan a curiosear en un locutorio que también vende películas asiáticas. Se topan con una pila de periódicos, que se venden en 1,50 euros cada ejemplar. Más caro que algunas de las cabeceras que se encuentran en los quioscos.

Memorando número 3. Fonpollo



John Cage, con su pentagrama pintarrajeado de solfas alocadas y sus larguísimas pausas, no habría podido componer algo mínimamente digno para el barrio de Fondo de Santa Coloma de Gramenet, porque allí cabía de todo menos el silencio. Voces, superlativas, disconformes, asonantes, en cada baldosa y en cada calzador. El trayecto que siguieron los periodistas aquella tarde de sábado sacrificada (Jesús debía de haber ido a la inauguración de la cocina nueva en casa de su tío Isidoro), fue el mismo que en otras ocasiones, pero recorrido por los dos de manera separada. Prevenido con una llamada de comandancia del retraso de diez minutos, Jesús, que esperaba a Gustavo junto a la ONCE, al lado de unas adolescentes chinas que hablaban su idioma con la coquetería virginal de la Juliette de Platero y tú, decidió avanzar al bar La escapaíta, en el que probarían de asaltar de sopetón a Joana, la única china, y la primera, de la Agrupació del Comerç i la Indústria. En su deambular, se topó con un dragón que se podría haber anunciado el Año Nuevo chino si no fuera porque se celebra el 14 de febrero del 2010. Este bicho, en medio de la plaza del Rellotge, quieto y amansado, miraba con un cabezón voluminoso y por una piel de escamas como una falda de bullón, y a su alrededor se agolpaba la Primavera de los Niños, encendidos por la escarlatina de la curiosidad. “Zapatos a tres euros”; zapatillas del Barça y del Espanyol (la noche del derbi), con el pie cambiado, a cinco euros; bodys de transparencias anaranjadas al lado de las gorras de béisbol y las mochilitas Vesta; “fotocopia aqui”; “Viva Tánger”; Fonpollos; “alfombras, té, teteras parabólicas, salones árabes”...

Los niños se estaban dando un atracón de espaguetis en La Escapaíta. Sobrinos de Joana, una mujer que se presenta con su oficio, desprovista del cordobán y los guadamecíes de las maderas: “No soy empresaria, soy camarera”. Por su parte, Jesús se presenta como un periodista a quien ella, hacía poco más de un año, le había dado una vuelta por las callejuelas del barrio en una procesión comercial. Ella no le recordaba, y sólo se tranquilizó cuando se le dijo que se trataba de la misma persona que la había estado llamando en los últimos días. Se sentaron. Jesús pidió un cortado y se acomodó en uno de los taburetes de la barra, a la espera impaciente de que la mujer, de unos cuarenta y tantos, terminara de cenar. Las siete. El periodista se puso a ver en la tele una película china de tiros con subtítulos en inglés. Aún así, la dificultad idiomática, insalvable, traspasaba la pantalla. En estos casos, se aconsejaba sonreír. “Estos son los niños de la Associació Cultura Popular Xinesa Catalana, que hemos montado en la escuela Miguel Hernández, de aquí al lado, en Badalona. Allí, de doce a cuatro y media, unos 80 chicos aprenden kungfú y chino. Mi madre es la profesora”, explica Joana, que se pasa la servilleta por los morros para limpiarse la salsa de tomate y coloca en su sitio, con parsimonia, un palillero de palillos como lapiceros; la madre, al fondo de la tasca, inclina la cabeza con un signo formal de aprobación. “¿Temas aqui? Pues el paro. Muchos chinos solteros se han vuelto. Son albañiles y no hay trabajo. Y luego que nos persiguen. A muchos trabajadores sin contrato los detienen cuando hay señoras de aquí, con 60 años, que trabajan en casas y no se les dice a nada. A nosotros, en talleres textiles, nos detienen.” Con Joana los periodistas saborean la excepción, porque no es común ese hablar sin rodeos, al grano (“aunque no tengas papeles tendrás que trabajar, ¿no? O qué comes, ¿aire?”) y ese pecho hinchado que no es chulería, sino lo que Eduardo Galeano podría llamar “el santuario del pobrerío” (“Pobre de ti que me llames china como insulto, ¿te llamo a ti blanco cuando te nombro?”). Como siempre, para variar, la culpa es del Gobierno: “La culpa es del Gobierno por permitir esta situación. Nosotros trabajamos de seis de la mañana a doce de la noche, porque aguantamos. Yo, en mis vacaciones, me busco un [trabajo] extra: se gasta dinero en vacaciones”.

¿Tendrá la culpa Zapatero de la corrupción en el Ayuntamiento de esta ciudad, que es el termitero de la convivencia de la Alianza de las Civilizaciones mucho antes de que se plasmara en un tratado? “El alcalde, Bartomeu Muñoz, con motivo de nuestra contribución al desarrollo económico de Santa Coloma, nos dio una placa la noche antes de que le detuvieran. Me llamó Matilde, una compañera: “¡Joana, ¿a que no sabes qué ha pasado?! Muy fuerte, muy fuerte!”

Los periodistas salieron del bar con las ganas de seguir estirando una charla que se encogía en el tiempo; Joana tenía prisa, debía ir a Barcelona. Los dos reporteros entraron en el supermercado Jiulong, en la calle de Terrassa. Tallarines como las hebras de la luna, potes de conserva con pepinillos lívidos, cervezas importadas con los sellos de los mandarines. Jesús compró aceite de sésamo. Lo llevó en la mano hasta el bar Dimas. Esta vez, Ana no les podía dedicar el tiempo que ellos deseaban: el fútbol había llenado de cacahuetes y quintos el local. Gustavo, vestido como un dandi, entró en el Condis para pescar una merluza que se le escabullía entre los dedos y que debía cocinar para la mujer que ahora ocupaba el trono en su corazón. Jesús se dirigió hacia la plaza Pau Casals, donde su colega Verónica Chelotti, su musa imposible, organizaba el I Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos. Preguntó a una mujer marroquí el lugar exacto del Museo Torre Balldovina, en el que a esa hora se apagarían los discursos de la alcaldesa Núria Parlón y se apagarían las luces de la sala (se proyectaba Fixer: the taking of Ajmal Naqshbandi, el documental sobre el periodista americano Christian Parenti y su intérprete afgano). La mujer ahuecó la voz, desconfiada, temiendo alguna insensatez:

Yo no, place no. No aqui.

Memorando número 4. El puerto

Viernes 8 de enero del 2010

Era el gran día. Finalmente se habían decidido a entrar en el puerto, a navegar entre los mares de contenedores y los gritos de bastidores. Así se lo imaginaba Gustavo, como muelles de madera y embarcaciones renqueantes de piratas. Se lo habían pensado mucho, más que una partida de ajedrez. Al no dar con ninguna fuente que los introdujera, decidieron hacerlo por cuenta propia. Decidieron que aparecer sin más, sería la mejor manera de tomar el pulso a la vida portuaria. Acordaron citarse en una mañana lluviosa de invierno a las 07:00, en la parada de la línea de autobuses 37 que parte de Plaza Espanya hasta la Zona Franca. Gustavo, el que llevaba las de perder en puntualidad, llegó a tiempo. Esperó hasta las 07:15 para llamar por teléfono a Jesús. Este se delató con la voz dormida. “Espérame en el bar de enfrente y tómate un café”, alcanzó a decir casi imperceptible. Cuando se vieron en el bar, retomaron sus charlas habituales de mujeres y la decadencia de la profesión.

Tomaron un taxi, a quien le indicaron ambiguamente: “llévenos a la zona de descarga”. Al llegar al primer acceso un guardia los puso en evidencia como principiantes portuarios. No pudo ser más patética la situación, algo que también demostró la escasa seguridad de las instalaciones.

-¿A cuál de las dos zonas? Por allá -señaló a la derecha el segurata- está Tercat, y al otro lado, ADB.

Jesús y Gustavo se miraron. Estúpidamente, cada uno señaló en dirección contraria. Afortunadamente, el taxista se lió en explicaciones con el vigilante en esa costumbre que tienen los barceloneses de extenderse infinitamente cuando se trata de dar indicaciones para llegar a un lugar. Los periodistas se hundieron en el asiento de atrás avergonzados de su propia ingenuidad. Al final se decidieron por la izquierda. Pura casualidad ideológica.

El taxista se adentró por la vía rodeada de altas y coloridas torres de contenedores. “En dónde los dejo”, preguntó el taxista. Por un momento dudaron, pero no quisieron cometer el mismo error. El camino estaba cercado por una valla y en cada acceso había una garita de vigilancia. Ya estaban dentro de la Zona Franca. Esperaron unos segundos hasta que a alguno de los dos se le ocurriera una respuesta brillante: “En la próxima entrada por favor”, dijo Gustavo. Cuando bajaron, no pudieron ocultar su emoción. Había sido fácil entrar al puerto, pero no veían muchas personas y no tenían ninguna idea de dónde debían ir. A un costado estaba el Montjuïc con su fortaleza militar, desde donde las baterías de cañones defendían la ciudad de los piratas. Al otro lado, el acceso por donde entraban y salían pocos vehículos. Había un guardia refugiado del frío en su garita y hablando por teléfono. Querían preguntar por la zona de descarga, pero no les hizo caso. Así continuaron impunemente su camino. Cuando pasaron junto al puesto de la Guardia Civil, vieron desde la calle cómo los uniformado se dedicaban con tenacidad a tomar el café. Siguieron andando. Toparon con la parada de autobuses que circulan dentro del puerto. Mediterráneo, Atlántico, Pacífico... eran los nombres de las distintas paradas. Nada mejor para desorientarse. Cuando llegaron a una bifurcación, unos 500 metros de donde les dejó el taxi, escucharon más cerca el rugir de las olas de un temporal que se anunciaba en toda la franja mediterránea para ese fin de semana. El viento les abofeteaba como mujer herida. Entraron para tomar café de una máquina en los bajos de unas oficinas, una isla en medio de los contenedores. Empezó a llegar gente que trabajaba en esas instalaciones, pero nadie reparó en los dos reporteros. Gustavo aprovechó la ocasión para hablar con uno de ellos y le preguntó cómo demonios podrían volver a Barcelona desde allí. Volvió por Jesús, para retomar la expedición. Con más confianza en vista del descuido general hacia las personas ajenas al puerto, se adentraron en un inmenso patio lleno de contenedores. Sólo un camión se atravesaba en su camino de vez en cuando. Los pasillos parecían abiertos en medio de un laberinto de piezas de armar de juguete para niños gigantes. Gustavo se imaginaba ver una grúa cargando un contenedor lleno de cadáveres chinos congelados, como en la novela de Roberto Saviano. Mientras que Jesús, esperaba encontrarse con un mercadillo libre de impuestos dentro de un contenedor. Así lo había leído en un reportaje del NYT sobre el puerto de la Gran Manzana. Pero la única sorpresa que se llevaron, fue un gato que a Gustavo le pareció un inmenso ratón en la oscuridad de un contenedor abandonado. Deambularon como dos huérfanos sin tutores. China Shipping, Martinier, Boluda, Decontainer... Jesús insistía en dejar constancia de todos esos nombres que veía pintados en grandes caracteres. Atravesaron una valla rota que separaba dos patios. Esto les confirmó sus sospechas del escaso control para acceder al puerto. “¿Será lo mismo para los camiones? Eso sería un temazo…”, dijo excitado Gustavo.

Se adentraron en una zona más despejada, donde pocos después fueron interceptados por un cochecito de golf. “¿Qué hacéis aquí sin chaleco? Podéis sufrir un accidente”, dijo un hombre uniformado con un mono azul y unas gafas amarillas. Llevaba un chaleco reflector de color naranja. Estaba claro que habíamos infringido las normas de seguridad portuaria. “Nos hemos perdido porque buscábamos la salida”, dijo rápidamente Jesús. El hombre nos invitó a subir en su cochecito y les llevó hasta la carretera en la que les había dejado antes el taxi.

ADICIONAL: Encuentro con Francesc Xavier Esteve, exconseller del distrito de Sants: “Me retiré porque me enviaban elementos externos”. Dejó el cargo hace un año.

Memorando número 5. Batman
Batman se había puesto las botas de lluvia azules para no mojarse los pies. Capa negra, cara pintada, un cinturón de cuero repujado con una hebilla en la que brillaba el tungsteno, y una camiseta ajustada de corredor de fondo en la travesía del desierto de Tabernas. De madrugada, Batman acabaría dejando tirado a Robin y sobando la mona sobre los asientos de un vagón de metro de la línea 3. La tarde anterior, cuando el superhéroe con aspecto de murciélago se disponía a salir a la calle para haraganear en la rúa del Paral·lel, en Barcelona, los dos periodistas quedaron para seguirles la pista a los chinos. El sábado 13 de febrero, en la esquina de Passeig de Gràcia con Diagonal, los aprendices de Sherlock Holmes habían acordado verse las caras para ir juntos a una fiesta relacionada con el Año Nuevo chino, en Casa Àsia. Gustavo llegó tarde, el tiempo suficiente para que Jesús se recreara con las minifaldas de las extranjeras, tan sensuales como impropias en un tiempo de tormentas. Hacía un frío que pelaba. Cuando Tavo apareció, le dio cuenta de sus devaneos con la separación matrimonial, de la que soportaba el tramo final: su expareja había viajado en coche desde Italia, mientras él cogía un avión, y casi casi tuvieron la mala fortuna de cruzarse en el camino, una con el volante y el otro a cinco mil pies. Anduvieron Diagonal abajo, dirección mar. En el 373, delante de la fachada del Palau Baró de Quadras, los dos periodistas divagaron sobre cómo sortear al vigilante de la puerta, quien, teléfono en mano, parecía tan interesado por el contenido de las diversas actividades lúdicas como un ecologista en un safari. Mientras Jesús apelaba al contacto que le había puesto en esa pista, la profesora Chen, de la escuela de Santa Coloma de Gramenet, a Tavo no le faltó tiempo para marcar el teléfono de la institución, proeza factible sólo gracias a su iPod, un cacharro que semejaba la consola de su sobrino, Víctor, y que le parecía un artilugio comparable a la varita mágica de Harry Potter. En Casa Àsia, evidentemente, los responsables de prensa no trabajan un sábado por la tarde. Se decidieron. Entraron. La persona que se les había adelantado solicitaba información sobre una película china con subtítulos en castellano que programaban a las siete y media de esa tarde. En nuestro turno, y mientras el vigilante, un tipo bobalicón, tapaba el auricular con el dorso de la mano mientras contestaba a los intrusos, repetimos con sabia voz: “Disculpe, precisamente era eso lo que íbamos a pedirle”. “Pues lo mismo, la primera planta”, ladró. Los dos periodistas subieron por las escaleras de mármol, con relieves en los pasamanos, e inspeccionaron cada una de las cuatro plantas del edificio, amplias, con listones de madera taraceados y cerámicas de colorines que contribuían a darle al conjunto una sensación de la grandeza señorial de la Casa de los Austria. No en vano, Casa Àsia había nacido con el propósito de convertirse en el núcleo central de las relaciones entre Oriente y Occidente en España. Un techo muy alto para tocarlo con los dedos.

En cada una de las plantas, el arte conceptual de “contextos y métodos sorprendentes”, del que los dos amigos no entendían ni papa. Los ventiladores del tailandés Krit Ngamsom, los performances del belga Erich Weiss, y las crisis de personalidad del norteamericano Otto Berchem, y unos asientos de preescolar que no supieron relacionar con ninguno de estos tres autores.

En el terrado, vistas a la Barcelona de los ricos. Enfrente, acorde con la situación, una pareja de chinos comía con palillos en el salón de su casa, en un ático acristalado, ancho como sólo Castilla es ancha, y sin cortinas. Cabreados por no encontrar lo que buscaban, bajaron en el ascensor montacargas, y pararon en los mismos sitios “interactivos” de los que habían escapado por ignorancia supino-artística. Abajo, a la salida, curiosearon en el muestrario de trípticos. Les llamó la atención una exposición de batiks, los dibujos de los templos budistas javaneses, y el certamen literario Marco Polo, para adolescentes.

Volvieron a sondear al vigilante, que departía con la señora de la limpieza sobre lo insustancial y lo inmaterial del ser. Apartó el teléfono: “¿Ah, la fiesta de los chinos? Sí, ha sido esta mañana. Ha venido tanta gente... Fíjate, ha venido tanta gente que a uno le ha dado una lipotimia. Había un montón de chinitos. Talleres para los críos... Les traían los padres catalanes, niños adoptados... Sí, fue esta mañana, pero bueno, dentro de dos semanas, el 28 de febrero, se celebrará el Año Nuevo Chino en el centro cívico La Sedeta, y allí estarán todos... [Se puso de nuevo a la línea.] Perdona, ¿decías?”, y siguió hablando con su interlocutor, mientras los dos periodistas hacían cábalas sobre el futuro de su investigación.

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