Las relaciones entre países deben trascender siempre las relaciones entre gobiernos y, mucho más, entre personas




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  • Intereses y principios - Josep Piqué

  • El otro partido - Juan-JoséLópez Burniol

Intereses y principios

Josep Piqué

Las relaciones entre países deben trascender siempre las relaciones entre gobiernos y, mucho más, entre personas

Estos días hemos asistido a la enésima recreación del debate sobre si la política exterior de un país debe regirse sobre la base de los principios o sobre la de los intereses: entre idealistas y realistas. Y todo ello ha venido a cuento, esta vez, por las filtraciones de Wikileaks y por la ambigua posición del Gobierno español respecto al conflicto en el Sáhara Occidental.

Vayamos por partes. En este último caso, el episodio detonante ha sido la violencia que ha rodeado el desalojo de un campamento saharaui cerca de El Aaiún, sin que sepamos aún lo que ha sucedido de verdad. Pero hay un hecho cierto: las autoridades marroquíes han impedido el libre acceso de los medios de comunicación internacionales y, especialmente, españoles, con el argumento de que sus informaciones eran y serían parciales y con un sesgo antimarroquí. Los principios nos llevarían a exigir al Gobierno español que protegiera la libertad de expresión ante un gobierno amigo y demandara la máxima transparencia en un tema crucial para la opinión pública española. Dejando al margen que esta posición de Marruecos es particularmente dañina para nuestros vecinos (si nada hay que ocultar, muéstrese, y si no, es lógico desconfiar), el Gobierno ha antepuesto los intereses vitales de España, que consisten en mantener la mejor relación posible con Marruecos, a la defensa de principios tales como la libre circulación de la información o la tradicional posición de todos los gobiernos anteriores desde la transición, favorables a aplicar las resoluciones de la ONU sobre el conflicto y que tienen como común denominador el respeto a la libre autodeterminación de los saharauis mediante referéndum.

Otra cosa es que muchos podamos dudar sobre la conveniencia e incluso el sentido de un Estado difícilmente viable en esa área geográfica, especialmente permeable a la penetración del mundo islamista radical. Demasiado poca demografía y demasiadas exigencias en términos de seguridad. Pero el debate no está ahí ahora. Está en si el Gobierno hace bien anteponiendo su interpretación de los intereses nacionales a los principios (que, además, han sido siempre bandera del PSOE).

Otra derivada del debate proviene de las famosas filtraciones de Wikileaks.

Y ahí, aparece con toda nitidez la dialéctica constante (más allá de las anécdotas más o menos chismosas) entre principios e intereses en la política internacional. La diplomacia anglosajona - históricamente, la más eficaz del mundo-suele decir que "foreign policy is not nice"

(la política exterior no es bonita). Porque es dura, áspera, y suele desarrollarse, más allá de las formas y los usos diplomáticos, "a cara de perro". Y uno de los temas que, en España, está mereciendo más atención es el de nuestra relación bilateral con Estados Unidos.

Vaya por delante mi conocido y activo pronorteamericanismo y mi profunda admiración por ese gran país. Siempre he pensado que nos conviene sobremanera mantener una excelente relación bilateral y que debemos contribuir al mantenimiento y el refuerzo del llamado vínculo transatlántico, en lo político, en lo económico y en lo militar y de seguridad, entre Europa y Estados Unidos. Y, de hecho, cuando tuve responsabilidades en ese terreno, trabajé para elevar de rango nuestra relación bilateral, yendo más allá de la tradicional cooperación en defensa, y dotándola de un contenido que incluía las relaciones políticas, económicas, culturales, científicas y tecnológicas, o en materia antiterrorista. Y así, firmé con la entonces secretaria de Estado de la administración Clinton, Madeleine Albright, una declaración política conjunta que fue la base para un salto cualitativo que se hizo aún más efectivo con la administración Bush y con el nuevo secretario de Estado Colin Powell, quien asumió con entusiasmo lo conseguido por su antecesora, al margen de su diferente adscripción de partido.

Y ahí quiero ir. Está en nuestro interés mantener una relación privilegiada con Estados Unidos. Y aquel momento era especialmente propicio. Luego se perdió la oportunidad y ahora es objetivamente más difícil. Pero lo relevante es que las relaciones entre países deben trascender siempre las relaciones entre gobiernos y, mucho más aún, entre las personas concretas. Bien está tener buenas relaciones personales y buenas relaciones políticas, pero lo esencial es construir una relación estable y sólida que trascienda los cambios. Las personas se van, los gobiernos cambian, pero los países permanecen.

Yno conviene trastocar el orden de prelación y anteponer las querencias personales o las afinidades ideológicas a los intereses de fondo. Y haciendo autocrítica, debo decir que los gobiernos a los que pertenecí cometieron errores en ese sentido. Pero ahora, Wikileaks publicita algo que todos intuíamos: los esfuerzos soterrados de nuestro actual Gobierno para reconciliarse con Estados Unidos, aun contraviniendo la retórica oficial en temas como la presencia militar norteamericana en España, los vuelos de la CIA o episodios que afectaron a periodistas españoles en conflictos militares protagonizados por EE. UU.

Buscando la siempre anhelada foto que, años después, sigue sin producirse. Anteponiendo no ya intereses a principios, sino intereses personales a los del país. Confundiendo personas y gobiernos con estados socios, aliados y amigos. Y estamos ante un tema en el que principios e intereses pueden perfectamente coincidir, puesto que compartimos, en lo básico, la misma escala de valores y nuestra común pertenencia al mundo que llamamos Occidente. No lo perturbemos contaminándolo con intereses personales o partidistas.

  J. PIQUÉ, economista y ex ministro

El otro partido

JUAN-JOSÉ LÓPEZ BURNIOL

LA VANGUARDIA, 11.12.10
Tras mi último artículo, una lectora me pregunta con cierta acritud: "¿Qué pretende, al decir que el PSC ha de tener una sola alma? Temo lo peor". Pensando en otros lectores, opto por dar respuesta pública.


Señora: Como tantas veces, para explicar lo que se quiere decir hay que contar una historia. Érase que se era, a inicios de la transición, un grupo de jóvenes socialistas de extracción pequeñoburguesa, universitarios y catalanistas, con unas expectativas electorales menos que modestas, y - sin contacto con ellos- un amplio filón de votantes procedentes de la inmigración y potencialmente socialistas, carentes de líderes locales. La pregunta era entonces quién llenaría, en Catalunya, el vacío dejado por los anarquistas, decisivos durante la Segunda República. La solución fue genial: el pacto entre el PSC-Congrés de Joan Raventós y el PSOE de Felipe González, que cristalizó en Socialistas de Catalunya, coalición que obtuvo un éxito espectacular. Los socialistas ganaron las primeras generales con 10 puntos por delante del PSUC y a gran distancia de los nacionalistas. Pero, además, la fórmula se reveló trascendente: evitó la fractura social -el lerrouxismo- e hizo posibles políticas -como la normalización lingüística y el sistema educativo- inviables en otro contexto. Puig Salellas lo vio claro: "El PSC no es, por ejemplo, el Partido Socialista de Euskadi, porque en Euskadi no han existido, y sí aquí, els nois de Sant Gervasi, un curioso grupo social, formado en la Universitat de Barcelona de los años 60 y 70 del siglo pasado, que, de repente, con todos los gastos pagados, había descubierto a un señor que se llamaba Karl Marx (...) Pero pocas bromas, porque estos chicos, hijos de buena casa, se han salido con la suya. Porque, conscientes o no, desde un gran empirismo, han acabado imponiendo su catalanismo, un catalanismo que necesariamente había de ser contenido, porque era una ideología que no compartía el otro sector del partido; en definitiva, la gente que, elección tras elección, fielmente les daba los votos. Este es, sin duda, uno de los grandes misterios de la política catalana de estos últimos años, porque, al hacerse mayores, las élites de aquellos votantes -en definitiva, las élites de la inmigración, desde Montilla hasta Manuela de Madre (...)- han entendido que (...) necesitan más poder y más recursos para satisfacer las demandas de sus electores, y resulta que todo esto se ha de ir a buscar a Madrid, y entonces (la) excusa sólo puede ser el catalanismo (...)". Todo ello se vio facilitado por el hecho de que, hasta el congreso de Sitges, en 1996, la dirección del partido estuvo en manos de una de sus almas -la catalanista-, mientras que la otra se fogueaba en la política municipal. Pero el acceso de esta al puente de mando y la posterior llegada al Palau de la Generalitat de dos presidentes socialistas, uno de cada alma, no supuso en ningún momento la fusión de las dos en una sola -un proyecto político propio, compartido y sostenido por un amplio sector de la población-, sino que el PSC, víctima del que denomino síndrome Lluís Companys -"A veure si ara també direu que no sóc catalanista"- emprendió, con la aventura estatutaria, una deriva que ha ido fatalmente más allá de la reivindicación de un Estado federal, para aproximarse a posiciones soberanistas. No es extraño, por ello, que un votante socialista de siempre haya dicho: "A mí, el PSC me ha puesto cuernos".

En esta percepción se halla una de las causas -no única, pero sí importante- de la debacle socialista. Una debacle que el PSC sólo superará si es capaz de formular un proyecto político propio, que las dos almas hagan suyo tras recíprocas concesiones. A mi juicio - y por lo que respecta al tema decisivo de la estructura del Estado- este proyecto se debería vertebrar sobre cuatro puntos: 1. Reconocimiento del hecho nacional catalán a todos los efectos: simbólico, de autogobierno y de financiación. 2. Reconocimiento de los vínculos de todo tipo -históricos, actuales y crecientes- que unen a Catalunya con España. 3. Afirmación de que el Estado federal -no el confederal- es la única fórmula susceptible de dar encaje a esta realidad compleja. 4. Decisión de intervenir en la política española a través de un grupo parlamentario propio. El votante al que me he referido, dotado de una rara capacidad de síntesis, resumía así estos cuatro puntos: "Más contar con España y menos contar con el PSOE".


No será fácil lograrlo. Una de las dos almas habría de renunciar al sueño independentista que subyace en todas las formulaciones bilaterales o confederales; y la otra habría de admitir el grupo parlamentario propio del PSC en el Parlamento español. Una y otra alma deberían ser capaces de hacerlo, pues el mayor activo de ambas es precisamente su complementariedad. Sólo de este modo el PSC podrá ser el otro partido: el otro partido que Catalunya necesita. Porque, cuando sólo hay un partido, no hay tal partido, sino un movimiento. Reciba, en todo caso, mi atento saludo.

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