Historia de la filosofía española




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d) El Derecho y las leyes
La ley es manifestación de la voluntad popular y, por consiguiente, no ha de admitirse por ley lo que la «comunidad no ha decretado y sancionado». Permitir, prohibir o castigar son los posibles resultados de todas las leyes, que «se dictan para que, por temor a ellas, se reprima la audacia humana; para que la inocencia se sienta protegida en medio de los malvados y para que, entre esos mismos malvados, el miedo al castigo refrene su inclinación a hacer daño». Entre sus características están las de «ser honesta, justa, posible, de acuerdo con la naturaleza, en consonancia con las costumbres del país, apropiada al lugar y a las circunstancias temporales, necesaria, útil, clara (no vaya a ser que por su oscuridad, induzca al error), no dictada para beneficio particular, sino en provecho del bien común de los ciudadanos» (Etimologías, V, 21; cfr., II, 10, 6).
Las leyes pueden ser divinas o humanas según tengan su fundamento en la naturaleza o en las costumbres de los hombres, escritas o no escritas (es decir, «costumbres»: una especie de derecho instituido por la práctica de larga tradición, referida sólo a los usos y utilizada como ley cuando la «ley escrita» no existe).
Cualquier ley debe estar avalada por la razón, y si toda ley tiene su fundamento en la razón, «será ley todo lo esté fundado en ella, con tal de que esté de acuerdo con la religión, convenga a la doctrina y aproveche para la salvación» (Etimologías, V, 3, 4).
El Derecho -Ius- es un vocablo de carácter general que indica lo justo. Está integrado por leyes («disposición escrita») y costumbres («ley no escrita»), y puede ser natural, civil o de gentes: Derecho natural es el común a todos los pueblos, porque existe no en virtud de promulgación legal positiva, sino por el simple instinto de la naturaleza, como por ejemplo, la unión del hombre y de la mujer, la procreación, la educación de los hijos, la posesión común de las cosas, la libertad para todos, la restitución de lo prestado, el rechazo de la violencia por la fuerza, etcétera.

Derecho civil es el que cada pueblo ha establecido para sí mismo como propio en función de un criterio divino o humano (cfr., Etimologías, V, 5). Derecho de gentes es aquel que tiene vigencia en casi todos los pueblos, y se manifiesta, por ejemplo, en la ocupación de tierras, construcciones de edificios, fortificaciones, servidumbres, restituciones, tratados de paz, armisticios, etcétera (cfr., Etimologías, V, 6).
3. LA BÉTICA DE JUVENCO (siglo IV)
La Bética ocupó un sitio privilegiado en el mundo borrascoso de la Antigüedad tardía. La permanencia de un ejército de ocupación y sus relaciones con las gentes del país, el alistamiento de voluntarios o mercenarios hispanos en el ejército romano, los matrimonios mixtos, las transacciones comerciales, la adopción de dioses hispanos por el Partenón romano, la concesión de la ciudadanía romana a muchos habitantes de Hispania, la construcción de una amplia red de comunicaciones, etcétera, favorecieron la recepción de lo romano por los pobladores de la Península Ibérica. Al mismo tiempo, la expansión del cristianismo se admite hoy día como uno de los elementos más significativos en la romanización de la Bética. Cierto. Está demostrado que el lento proceso de cristianización se inicia en los grandes núcleos de comunicaciones, es decir, en aquellos lugares en los que la presencia de soldados y comerciantes era mayor: en el año 254 estaban organizados los obispados de Astorga, Mérida y Zaragoza, procediéndose después al ordenamiento de las provincias eclesiásticas de acuerdo con el sistema administrativo romano.

Por otra parte, el hecho de que la Bética esté alejada de las grandes zonas fronterizas en las que el poder de Roma se sentía directamente amenazado, detrás del Rhin y del Danubio, del Éufrates y del Sahara, influyó para que fuera menos afectada por los graves desórdenes que asolaron el Imperio Romano en el periodo violento de la llamada ‘anarquía militar’, a mediados del siglo III. Así se explica el alto nivel mantenido por la cultura romana en la Bética de principios del siglo IV: durante los cuatro primeros siglos de nuestra era, la Península Ibérica estuvo integrada en el Imperio Romano, y la importancia de lo hispano en Roma se hizo notar principalmente en la política y en la cultura.

Lo importante para nuestro propósito es subrayar como esta crisis de ‘conciencia cristiana’ ilustra los intercambios culturales que se dieron, y que permiten entender mejor por qué y cómo fue escrita en la Bética hacia el 330, bajo el imperio de Constantino, la primera epopeya latina cristiana: los Euangeliorum libri quattuor del ‘nobilissimus sacerdos’ Caius Vettius Aquilinus Juvencus.

�� Obra de Juvenco. Evangeliorum libri quattor.
El Edicto de Milán, promulgado por el emperador Constantino en 313, concedió a los cristianos una absoluta libertad de culto, la restitución de los bienes confiscados y el favor claro de la nueva política imperial: acuñación de los símbolos cristianos en las monedas, concesión de un privilegiado estatuto jurídico a la Iglesia católica, edificación de numerosos templos como lugares de culto cristiano, incipientes medidas restrictivas contra las prácticas religiosas paganas, etcétera. En este contexto político (paz y progreso del mundo romano bajo la autoridad del emperador) y religioso (reconocimiento de la religión cristiana dentro del Imperio), debemos situar la figura del presbítero Juvenco. De Cayo Vetio Aquilino Juvenco apenas si sabemos algo.
Hay algunos datos dispersos que son suficientes para conocer la patria del poeta (Hispania), la nobleza de su linaje, su condición de sacerdote, el tema de su composición y la época en que vivió. En efecto, San Jerónimo hace una escueta referencia en su obra De viris illustribus y también en sus Cartas. Otros autores, como Freculfo (+ 850), obispo de Lisieux, Juan Tritemio (1462-1546) y el renacentista Pedro Crinitó (1465-1507) vienen a decir que el sacerdote Juvenco sería, pues, oriundo de aquella nobleza letrada que entonces se planteaba seriamente el problema de la conciliación entre cultura antigua y fe cristiana. Este problema lo resuelve por primera vez, y de manera atrevida y original, Juvenco con su obra que, insistimos, es la primera epopeya latina cristiana.

¿Qué estructura tiene los Euangeliorum libri quattuor? Digamos ante todo que se trata de un conjunto de 3211 hexámetros distribuidos en un Prefacio de 27 versos y cuatro Libros de 770, 829, 773 y 812 versos respectivamente. Un Epílogo personal abarca los versos 802-812 del Libro IV. La fuente primordial de la Historia Evagélica de Juvenco es el Evangelio de Mateo, pero parafraseando también en ocasiones a los evangelistas Lucas y Juan. Escoge muy poco del Evangelio de Marcos. En cuanto a influencias de la literatura pagana se perciben de poetas clásicos antiguos como Ennio, Ovidio, Estacio, Lucano, Horacio, Catulo, etcétera, pero sobre todo de Virgilio. Efectivamente, Virgilio es el maestro de Juvenco en cuatro aspectos fundamentales: en la utilización del vocabulario, en la incorporación en sus hexámetros de iunctarae virginiano, en la imitación de largos tramos poéticos y en la transposición temática.

�� Doctrina de Juvenco.
Para comprender el significado histórico de la obra de Juvenco es necesario recordar aquí cómo el emperador Constantino propició entonces una lectura cristiana de Virgilio, identificando a Cristo con el niño anunciado en la cuarta Égloga. El poeta recuerda en tono profético las predicciones de la Sibila de Cumas, y anuncia el nacimiento de un niño que será el portador de la Edad de Oro, y hará del Consulado de Cayo Asinio Polión (75 a. de C.-4 d. de C.) el alborear de una era nueva. Sin embargo, y por influencias de las Edades anteriores, volverá a surgir de nuevo la guerra. Pero ésta durará poco tiempo, porque, apenas el niño llegue a mayor, se impondrá el fín de todas las desgracias humanas, y a tierra toda se convertirá en un paraíso. El poeta elogia al héroe que gobernará un mundo nuevo, y pide a los dioses su protección.
En los años 320, que siguen a la última persecución oficial del Cristianismo en el Imperio, y después del reconocimiento de la licitud del culto cristiano por el Edicto de Milán, el proyecto de Juvenco significa una auténtica revolución cultural. Hasta este momento la poesía latina tradicional había sido mirada con desconfianza por los cristianos, fundamentalmente porque era el medio más eficaz para transmitir las creencias paganas y las leyendas mitológicas. Los Euangeliorum libri quattuor representan una aportación crucial de la vuelta constantiniana al desarrollo de la cultura latina europea.

El rétor cristiano Lactancio (nacido hacia el 250) echó los cimientos de una teoría sobre el ‘buen uso’ de la cultura pagana tradicional al servicio de la difusión de la doctrina cristiana. En el Libro V de sus Instituciones divinas exhorta a los escritores cristianos para que aprovechen los recursos de la prosa y de la poesía latina tradicional, con el fin de facilitar a los ‘ilustrados’ paganos la comunicación de la ‘buena nueva’ del Evangelio. De este modo, desaparecerán sus prejuicios pues, en realidad, si han existido hasta ahora fue porque el contacto que tuvieron con la religión cristiana se hizo a través de una Biblia latina de lengua y estilo para ellos muy desconcertantes, e incluso estéticamente rechazables.

Contemporáneo de Lactancio, Juvenco no hace más que aplicar a los recursos de la poesía tradicional los consejos del rétor: envolver las narraciones evangélicas en los ropajes lúcidos de la poesía épica latina, creando así un nuevo género literario que conocerá un brillante futuro: la epopeya bíblica en lengua latina. El Prefacio expresa claramente la metamorfosis que impone a la clásica literatura romana. Las gestas de los antiguos héroes ensartaban mentiras sobre las hazañas de hombres mortales, mientras que la gesta de Cristo es una dádiva de Dios a los pueblos, exenta de cualquier engaño. En consecuencia, el poeta ya no recibirá la inspiración de las Musas, sino de invocar al Espíritu santificador, para que riegue su mente con el agua del dulce río Jordán (el mismo río en que Cristo fue bautizado.
Juvenco es el primer poeta cristiano que crea un lenguaje épico para dar a conocer los hechos y la doctrina del Cristianismo. Sin duda alguna, pretendió proporcionar una alternativa cristiana a la poesía pagana: la temática de su obra la toma de los Evangelios, y la idea básica que subyace a los versos de su Poema es la exaltación del mensaje cristiano de «inmortalidad» en contraste con el carácter efímero de la vida terrena cantada por las epopeyas paganas. Esta antítesis de imágenes que contraponen dos conceptos contradictorios de la inspiración, es como un manifiesto de la conversión del

Cristianismo a la cultura antigua, simétrica y contemporánea de la conversión del Imperio al Cristianismo.

Presenta así en versos épicos la reconciliación de la fe cristiana (centrada ésta en la figura de Jesús de Nazaret) con una de las formas más sublimes de la cultura grecorromana (centrada en Eneas, el héroe de Virgilio). Esta conversión del Cristianismo a la cultura grecorromana antigua se cumple incluso en los aspectos más religiosos de la epopeya. En efecto, la alianza entre el mensaje cristiano y la forma épica de transmitirlo supone una mediación, que resulta ciertamente eficaz, entre la Palabra bíblica y los ‘ilustrados’ sumergidos en la poesía de Virgilio. De hecho, y aunque parezca un absurdo, la conciliación entre la gesta de Cristo (contada en los Evangelios) y la gesta de Eneas (relatada por Virgilio) no resulta tan difícil.
La verdad es que la lectura alegórica de la epopeya clásica de Virgilio, propugnada desde hacía siglos por los filósofos de la antigüedad, facilitaba la percepción de tales correspondencias, preparando así, de esta manera, y desde lo más íntimo de la cultura antigua, a los futuros lectores paganos de Juvenco.

Así, pues, valores y formas de la poesía de Juvenco han plasmado la sensibilidad poética, religiosa y pensante de los hombres letrados de la Edad Media. Con su obra, la

Bética cristiana ha legado a la Europa occidental medieval un Evangelio según Juvenco, y un nuevo enfoque de la poesía épica virgiliana con todo lo que esto supone de influencia en el medioevo.

3. Eulogio y Álvaro de Córdoba.


 No sabemos con exactitud cuando nació Álvaro, pero si que escribió sus principales obras hacia la mitad del siglo IX, en plena madurez, lo que significa que su natalicio puede fijarse aproximadamente en los primeros años de este siglo. Su lugar de nacimiento se sabe por la tradición recogida en los antiguos códices nos hace pensar con exactitud que tanto Álvaro y Eulogio nacieron Córdoba.

 

¿Cuál es el mundo cultural de Eulogio y Álvaro de Córdoba? Es una cultura de continuación y no de auténtica creatividad. Sólo el tratar de un tema nuevo, el Islam y la defensa de los cristianos, aporta una novedad temática, pero no estilística. Lo que conocemos de la literatura cordobesa de los mozárabes es en su mayor parte circunstancial. No aparece en ella un verdadero aliento creativo. El presente, el conflicto religioso, les da los temas, pero en su estilo es un intento de recuperación de un pasado que ya está deshecho. Lo más peculiar del ambiente cultural cordobés es  su preocupación por una vuelta a las fuentes literarias latinas.

 La obra literaria de Álvaro de Córdoba abarca los más variados géneros: epistolar, biográfico, apologético, ascético, poético. Y aunque no es un escritor original, ni sus libros aportan nada al pensamiento de la Bética, sí hemos de admirar en su producción la erudición patrística y bíblica, y las evocaciones de toda índole que embellece su lenguaje.

Las Cartas (año 800/848) representan el comienzo de la actividad literaria de Álvaro de Córdoba. En ellas refleja múltiples aspectos doctrinales, literarios y sociales de la Bética de su tiempo. Las fuentes que maneja son principalmente las obras de los Santos Padres y las Sagradas Escrituras, de las que demuestra tener un conocimiento amplio y profundo:

- Agustín (las confesiones, la ciudad de Dios)

- Gregorio Magno

- Orígenes (comentario a la epístola de los romanos)

- Juvenco (sus poesías)

-Virgilio (la eneida)

- Ovidio (metamorfosis)

(Estos autores y obras entre otros).

Respecto al contenido se trata de una interesante consulta teológica de carácter trinitario y cristológico.

 El Indiculus luminosus es el libro más importante de Álvaro de Córdoba.  La primera parte (parágrafos 1-20) es una defensa de los mártires mozárabes, y concuerda con los argumentos de Eulogio en el Memorial de los santos; la segunda (parágrafos 21-35) es una impugnación de la doctrina islámica, y resulta la más original de los escritos de Álvaro.

Como dice el doctor Delgado León (1996: 63) «el Indiculus ha sido poco estudiado en su contenido, en su forma y en sus antecedentes. Creemos que este libro, o parte de él, hay que colocarlo en una polémica más general. Antes que se produjera la confrontación ideológica entre los musulmanes cordobeses y los mozárabes, la misma situación se había presentado en Oriente. Es necesario ver cómo se desarrolla la polémica en Bizancio para comprender mejor el sentido del escrito de Álvaro. Si hay que buscar unas raíces de su pensamiento, allí hay que buscarlas, puesto que en ningún otro sitio se podía conjugar la influencia islámica y un grupo intelectual cristiano.»

¿Cómo justificar todas estas coincidencias, demasiadas para ser fortuitas, entre los escritos de los mozárabes de Córdoba y los bizantinos? De nuevo cedemos la palabra a nuestro recordado profesor Delgado León: «El hecho de la relación de Córdoba y Bizancio es algo probado. Que los textos de la polémica bizantina se conocieran directamente en Córdoba no es probable, pero se conocerían algunas de las ideas, algunas líneas de argumentación y ataque. El escrito de San Juan Damasceno es probable que se conociera. Quizás habría alguna refutación de Mahoma, que hoy no poseemos, y que marcaría el eslabón de coincidencia entre los textos bizantinos que conocemos y los de Álvaro y Eulogio. Hemos perdido muchos escritos de la comunidad cordobesa, algunos de ellos podrían demostrar esta relación. Sabemos por una carta de Alcuino de York a Carlomagno que en el siglo VII existía una Disputatio Felicis cum sarraceno, hoy perdida. A pesar de las dificultades podemos establecer que la polémica cordobesa se inscribe en un universo más amplio que lo que el aislamiento político podría.suponer.»

Los vínculos culturales y políticos de Córdoba con el Oriente cristiano fueron continuos a partir del siglo IX. En este tiempo aún se mantienen reminiscencias de la influencia y del esplendor de la Bética de Isidoro de Sevilla, a la vez que los escritores mozárabes hacen incesantes referencias a autores orientales. La implantación del emirato musulmán en la Península no interrumpió las relaciones de al-Andalus con el Oriente cristian como lo demuestra algunos hechos: un intercambio de embajadas entre Bizancio y Córdoba se realiza en 839-840, en época de Abd al-Rahman II, promovido, en este caso, por la conquista de Creta por parte de musulmanes andalusíes, en perjuicio de los bizantinos. Por otra parte, Eulogio narra en el Memorial de los santos la muerte de un monje, Georgio, diácono del monasterio de San Sabas de Jerusalén, que habiendo llegado a CórdobA pidiendo limosnas para los Santos Lugares, conoce a Sabigoto, quien le arrastró al martirio en 852, siendo enterrado en el monasterio de Peñamelaria.

En cuanto al conocimiento que Álvaro de Córdoba tuvo del Islam, lo único que podemos afirmar con seguridad es que supo de un breve escrito polémico que Eulogio copió en el monasterio de San Zacarías (Pamplona) y que lo introduce en su Apologético de los mártires (cfr., 15-16). Con independencia de este dato concreto, también es muy probable que, aun cuando no tuviera un conocimiento directo de la polémica dialéctica que se desarrollaba en Bizancio entre Cristianismo e Islam, sí tuviese referencias al menos indirectas de la misma, y que supiera en qué sentido se había planteado la refutación de la religión islámica.

 ¿Cuáles son los temas principales que son necesarios para comprender la crítica de Álvaro de Córdoba y su conexión con los pensadores bizantinos? La «disputa bizantina» se concentra en tres referencias específicas: 1. Mahoma es un profeta engañoso; 2. El Corán es una escritura espuria; 3. El Islam es una religión falaz. Álvaro sólo desarrolla el primer apartado.

 Crítica al Islam: El convencimiento de que, aún cuando el Anticristo vendrá al final de los tiempos, requiere una previa preparación doctrinal: Mahoma es el Anticristo. ¿Por qué? El proceso deductivo de Álvaro es muy simple: si el Islam se contrapone al Cristianismo como fe verdadera, el fundador de la religión islámica se enfrenta al creador del dogma cristiano; luego, Mahoma es el Anticristo.

¿Cómo resume Álvaro la vida de Mahoma para atribuirle ser el Anticristo?  Mahoma atenta contra la religión universal, contra el misterio de la Trinidad y se considera hacedor de milagros.

(Este tema está como el ojete en el CD. No hay nada sobre Eulogio. He rescatado los párrafos con más contenido. Sorry. ¡Viva Maestre!)
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