El joven de saint james park




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Descuentos en el interior

  1. EL JOVEN DE SAINT JAMES PARK

(Un descuento especial para los que ven más allá de sus narices)


Era la segunda vez que Raquel pisaba Londres. En medio, un río que arrastraba veinte años de luces, sueños y sombras; dos décadas de agua agridulce en las que la vida rara vez le había dejado domar su cauce y, como suele acarrear la condición de mujer, el caudal del azar arrastraba a su antojo eso que algunos llaman destino.

Sentada en un banco de Saint James Park, intentaba en vano no desandar los años del recuerdo. Entonces había estado en Londres sin estar. Lo había vivido como una pesadilla de la que lentamente fue despertando. El viaje en aquel avión horrible donde se encontró con tantas chicas de su edad –o más jóvenes, incluso- que, como ella, compartían la tristeza de la culpa escrita en la frente. Los adultos acompañantes, mayoritariamente los padres de la chicas, disimulando cada cual como podía su travesía por la clandestinidad. Nadie era capaz de mirar a los ojos de nadie. Recordó la voz de su padre cuando pasaron por primera vez con un taxi cerca de Speaker’s Corner, mira, nena, ahí los domingos los ingleses se suben a una caja y no veas cómo largan, incluso se meten con la reina, yo no les entiendo, pero eso dicen que dicen. Cuando salgas del hospital… cuando se acabe todo esto, cuando… ya sabes… antes de volver a casa, nos daremos una vuelta por aquí y verás… Te vendrá bien dar largos paseos por Hyde Park, bajo árboles que no te dejan ver el cielo. Cuando regresemos al pueblo volverás a estar hecha una rosa. Quién va a sospechar nada...

Y poco más. El resto era como el silencio del Príncipe de Dinamarca, un silencio de batas blancas que envolvió durante años aquella ciudad con un sudario, como si nada y todo, en efecto, hubiera pasado al mismo tiempo.
Hoy, sin embargo, el paisaje era muy diferente. El río seguía su curso, esta vez con una placidez casi adolescente. Imposible decir no a Marina. Un año esperando aquella oportunidad y ahora sabía que el Támesis había vuelto a llamar a su puerta. Golpeaba suavemente con sus nudillos, pero el eco que dejaba no sonaba a desazón sino a todo lo contrario. Ni un asomo de duda: tenía que estar junto a su hija.

La audición era a las tres de la tarde, una hora que en España no existe y que para los ingleses es el cénit del día. Hay representaciones teatrales, los comercios de Oxford Street están en plena ebullición y la gente parece apresurarse a acabarlo todo antes de que el reloj del té dé las cinco. Marina la había recogido en Gatwick esa misma mañana, habían comido un pastel de riñones en un pub y, sin siquiera pasar por el hotel, la había llevado a aquel parque de cisnes que deslizaban su media luna por el lago y de tulipanes a punto de estallarles la primavera encima. Todo era hermoso, como el cielo de este presente limpio y esperanzador, un cielo inusualmente despejado, sin aristas, que madre e hija miraban juntando las cabezas como dos chiquillas, conjurándose para que la joven bailarina pasase la prueba con la que tanto había soñado.

La presencia repentina de alguien, al otro lado del lago, le hizo bajar la cabeza a Marina. Como si fuera parte de una liturgia aprendida, le saludó con una sonrisa y fue enseguida a su encuentro. Raquel, mientras tanto, seguía clavada en el horizonte azul, tan reparador, y solo un minuto después decidió fijarse en el visitante. Era un joven algo mayor que su hija, delgado como ella, de rasgos latinos. Paseaban muy juntos y apenas hablaban. Como si no necesitaran hablar para contárselo todo o ya se hubieran contado, al menos, lo esencial.

Raquel los vio alejarse y pensó que su hija había conseguido algo imprescindible que a ella le impidieron a su edad: volar libre. La verdad es que venía haciéndolo ya desde hacía años, se había resignado ya a su ausencia y solo pensaba en ello cuando la tenía tan cerca como en ese momento. Sentir que Marina era dueña de su vida y que, dentro de lo posible, podía mover sus hilos era algo que le reconfortaba. La veía tan feliz y nerviosa por el reto que le esperaba, como satisfecha y segura por cómo discurría su río. Y con ese sexto sentido que solo poseen algunas mujeres entendió que entre su niña grande y aquel muchacho había muy buena química, pero nada de física. Eran buenos amigos, se les notaba. Por la forma de bromear mientras caminaban, por los pequeños guiños que se escapaban de algunos gestos espontáneos... Todo delataba que entre los dos había ni más ni menos que eso: una deliciosa amistad. Parecían, incluso, haber asistido a la misma escuela del movimiento, ésa que la vida pone gratis y te hace compartir pupitre con alguien que tú ni imaginas. Curiosamente, los dos tenían la misma cadencia al pasear, grácil y elegante. Es más, hasta la caída del pelo tenía algo en común. Casualidades de la vida, pensó. Como el hecho de que hoy fuera doce de marzo. La misma hoja del calendario en la que pisó Londres, sin pisarlo, hacía dos décadas. Se tocó el vientre. Era algo que hacía con mucha frecuencia, como un acto reflejo, como si necesitara tapar, de golpe, el recuerdo de aquella tarde de su adolescencia.

Transcurrió algo más de media hora; ellos, rodeando el lago, muy despacio; ella, con la mirada perdida en el sinfín de detalles que cualquier parque inglés te regala. Una ardilla le miraba con descaro, el surtidor del lago clavaba su dardo en la diana del cielo. La madreselva esperaba la noche. Todos los parques de Londres parecen estar insonorizados: la marabunta urbana, a tiro de piedra, solo es un vago recuerdo para quien, como Raquel, se dejaba llevar por esa magia que Marina rompió, con la delicadeza de un beso, para decirle que había llegado la hora y tenían que coger un taxi para dirigirse al Royal Court. El muchacho permanecía todavía a cierta distancia. Raquel se levantó mientras su hija ya había enfilado uno de los delgados senderos que accedían a la carretera y vio cómo el joven se acercaba hasta llegar a un par de metros de ella. Su mirada estaba llena de serenidad. Esbozó una sonrisa que a Raquel, sin apenas capacidad de reacción, le llegó como una caricia caída del cielo. La saludó con la mano, después cruzó sus dedos sobre el pecho, abrazando el aire, y se retiró lentamente hacia el interior del parque.
Ya en el taxi, en dirección a Sloane Square, Raquel –en cuya retina permanecía cada uno de los gestos finales del muchacho- le preguntó a su hija por qué no se lo había presentado.

-Perdona, pero no sabría cómo hacerlo, mamá. Las pocas mañanas que tengo libres vengo a este parque. Me da buen rollo. Y no sé por qué, pero siempre me lo encuentro. Como si me estuviera esperando. Un día me tropecé con él, así, por pura casualidad. Y desde entonces siempre que piso el parque, ahí está él, como si me estuviera esperando, mamá. Londres es así, aquí puede pasar cualquier cosa. Es un encanto y tiene un sentido del humor fuera de lo normal. ¿Te creerás que en todo este tiempo no he conseguido que me diga su nombre? Según él, no lo sabe. Se inventa las cosas al vuelo. Hoy, por ejemplo, me ha dicho que seguías estando igual de guapa que hace veinte años, aunque ahora encontraba en tu cara una luz muy distinta, quizás porque era la primera vez que te había visto sonreír.

Y Marina, que –absorta en sus descripciones- apenas se había percatado de la mirada perpleja de su madre, concluyó sin poder esconder una última sonrisa:

-Ah, y si le preguntas qué edad tiene, ¿a que no sabes lo que contesta...?

A Raquel, de repente, se le iluminó la frente cuando supo que tenía la respuesta. Y antes de que su hija se respondiera a sí misma, posó sus dedos sobre los labios de Marina, recordó la sonrisa y el abrazo a distancia con que aquel muchacho imposible se había despedido, entendió de golpe que la vida es mucho más de lo que podemos imaginar, posó su mano derecha sobre el vientre, como si, por primera vez en veinte años, lo acariciara sin reproches, sintiendo un cosquilleo que le erizó la piel con la ternura de mil libélulas y, ante el asombro de su hija, contestó con la convicción de quien sabe que no puede equivocarse:

-Sí. Dos meses y medio.


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