Lucy Gordon Otoño italiano




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Lucy Gordon – Otoño italiano

Otoño italiano

Lucy Gordon


Argumento:
El melancólico italiano Drago di Luca y la abogada Alysa Dennis se conocieron gracias a una traición sorprendente: sus parejas, recientemente fallecidas, habían mantenido una aventura amorosa. Pero, contra todo pronóstico, ellos entablaron una fuerte amistad. La apariencia sosegada de Alysa ocultaba un doloroso secreto que la perseguía cada vez que veía la mirada triste de la hija de Drago. Mientras la atracción surgía entre ambos, se acercaba una época con la promesa de un nuevo comienzo. ¿Podría el milagro del amor convertirlos en una familia?

Prólogo
LAS luces de Navidad titilaban en el árbol decorado con espumillón. Alysa colocó la mano sobre su vientre y sonrió, pensando en que cuando James se enterara de que iba a ser padre querría seguir adelante con los planes de matrimonio que habían empezado a hacer. Le diría que estaba embarazada esa misma noche.

¿Y James por qué no había llegado todavía?

Una vez más comprobó que todo estuviera perfecto, incluido su aspecto. Llevaba el cabello suelto, cuando normalmente lo llevaba recogido en un moño. Siempre pensaba que debía cortárselo, con intención de adoptar un estilo más austero, adecuado para su trabajo como contable. Pero siempre retrasaba la decisión, porque sabía que su cabello era lo más llamativo de su belleza.

Nunca había sido una mujer guapa. Tenía un rostro atractivo, pero consideraba que sus rasgos eran demasiado duros para una mujer. Se consideraba poco femenina, demasiado alta, delgada, y con poco pecho.

Sin embargo, su cabello castaño con mechas doradas y de color caoba, cayendo por sus hombros hasta la cintura, hacía que pareciera una heroína de la mitología.

A James le encantaba su cabello, y el día que se conocieron, ella lo llevaba suelto.

—No podía dejar de mirarlo —le dijo él después—. Nada más verte, deseé llevarte a la cama.

-¿Quieres decir que no te enamoraste de mi personalidad? —bromeó ella.

-¿Tú qué crees?

Se habían reído juntos, y la risa había terminado en un acto apasionado.

-Me recordabas a Minerva —le dijo él una vez—. Tengo una imagen de ella con el cabello suelto, pero no es tan bonito como el tuyo.

—¿Y quién era ella? —preguntó Alysa.

—Era la diosa de los guerreros, la medicina, la sabiduría y la poesía.

Así era como la llamaba en la oscuridad.

Él fruncía el ceño cuando la veía vestirse de traje para ir a trabajar, y con el cabello recogido.

—Es por el trabajo. No puedo ser Minerva para mis clientes. Sólo para ti.

El día que se cortó las puntas sin decírselo, él se molestó.

«Incluso discutimos por ello», recordó ella con una sonrisa.

Pero esa noche se había arreglado tal y como a él le gustaba. Se había puesto un vestido ceñido y llevaba el cabello suelto para que él pudiera acariciárselo con los dedos y esconder el rostro en su suavidad perfumada. Después, harían el amor, y más tarde, mientras estuvieran abrazados, ella le contaría su maravilloso secreto.

¡Ojalá que James llegara pronto!
Capítulo 1
EL FRÍO sol de febrero brillaba sobre el lugar donde, en un instante, habían fallecido quince personas.

Más abajo, la multitud miraba hacia el lugar donde el telesilla se balanceaba sobre la cascada. Estaba recién instalado y reemplazaba al que se rompió de forma repentina, provocando que los ocupantes cayeran al agua y se estrellaran contra las rocas.

Había pasado un año después de la tragedia y la gente había ido para recordar a los seres queridos que habían perdido.

Cuando terminó el funeral, algunas personas se marcharon y otras se quedaron tratando de imaginar la tragedia.

Alysa se quedó más tiempo porque no sabía qué hacer ni adónde ir. Algo en su interior, una sensación que llevaba mucho tiempo congelada, la mantenía prisionera.

Un joven periodista se acercó a ella con el micrófono y le habló en italiano.

—Sono inglese —dijo ella—. Non parlo italiano.

Él la miró asombrado y ella añadió:

—Eso es lo único que sé decir.

El chico comenzó a hablar en inglés.

—¿Puedo preguntarle por qué está aquí? ¿Perdió a alguien durante la tragedia?

Durante un instante, ella deseó decir: «He venido para llorar al hombre que amaba, y que me traicionó al abandonarme cuando llevaba a su hijo en el vientre. Un hijo del que nunca conoció su existencia. Murió con su amante. Ella estaba casada y tenía una hija, pero los abandonó, igual que él me abandonó a mí. Y no sé por qué he venido, pero no podía dejar de venir».

Pero no podía decir nada de eso. Durante un año había impedido que nadie se entrometiera en su desdicha, ocultándose tras un muro de acero para que nadie sospechara, y por miedo de no poder mantener el control de la situación.

—No, no perdí a nadie —dijo ella—. Sentía curiosidad.

—¿Así que no puede ayudarme? Nadie quiere hablar, y al único que reconozco es a Drago di Luca.

Ella se sobresaltó al oír el nombre.

-¿Está aquí?

-Es el hombre que está allí, con el ceño fruncido.

Ella miró hacia el hombre. Tenía el cabello oscuro, igual que sus ojos, y su mirada era penetrante. Transmitía oscuridad, una oscuridad interna. En su mente, su corazón, incluso en su alma. Alysa se estremeció una pizca.

Tenía un rostro anguloso. La nariz afilada, la boca y la mandíbula, firmes, la mirada feroz, incluso en la distancia. Su aspecto era altivo, como si desafiara a todo aquél que se atreviera a hablar con él.

—No le gustaría equivocarse con él, ¿verdad? —dijo el joven—. Tiene mucho por lo que penar. Su mujer murió aquí, y se rumorea que ella lo había dejado por otro hombre.

Alysa tardó un instante en contestar.

—¿Se rumorea? ¿Nadie lo sabe con seguridad?

—Ella era abogado, y la historia oficial es que estaba de viaje para ver a unos clientes. Si alguien se atreviera a sugerir otra cosa, Luca caería sobre él como una tonelada de ladrillos. Es constructor y se encarga de grandes proyectos, como restaurar edificios antiguos y ese tipo de cosas.

Ella lo miró otra vez. Di Luca era un hombre alto, de anchas espaldas y manos grandes.

—Entiendo que pueda darle miedo a la gente —dijo ella.

—Es un hombre importante en Florencia. Alguien sugirió que se presentara a la alcaldía y él se rió. Tiene toda la influencia que necesita sobre el ayuntamiento sin tener que perder tiempo con reuniones. Dicen que tiene influencia sobre todas las personas importantes de la ciudad, y que sólo tiene que llamarlos cuando los necesita. Antes traté de hablar con él y pensé que iba a matarme.

Ella miró a Drago por última vez y se quedó desconcertada al ver que él la miraba.

—Debo irme —le dijo al periodista.

Se alejó, tratando de no perder de vista a Drago di Luca. Había buscado su foto miles de veces en Internet. A James se le había escapado que el nombre de su nueva amante era Carlotta. Después, no había vuelto a hablar.

Tres semanas después la tragedia de Pinosa Falis, un lugar cercano a Florencia, Italia, apareció en los periódicos. De ese modo, Alysa se enteró de que él había fallecido. Revisando la lista de nombres, descubrió a Carlotta di Luca, una joven y prometedora abogado. Buscando en Internet, Alysa había encontrado varios artículos sobre ella y algunas fotografías.

En una de las fotos, aparecía con su marido y su hija de cuatro años. El hombre debía de tener casi cuarenta años y tenía una seria expresión en el rostro.

En Internet también encontró fotos de la tragedia que ningún periódico se había atrevido a publicar. En una de ellas aparecían Carlotta y James tumbados en el suelo. James tenía el rostro cubierto de sangre, pero Alysa pudo reconocer su chaqueta.

Ambos estaban junto a la silla y no cabía duda de que habían viajado juntos. Era como si en el último momento, se hubieran abrazado antes de morir.

«Todo ha terminado», se dijo Alysa. «Olvídalo».

Una noche, mientras miraba la pantalla del ordenador, sintió un fuerte dolor. Corrió al baño y nada más llegar, se desmayó. Cuando recobró el sentido, había perdido al hijo de James.

Después se alegró de no habérselo contado a nadie. Así podría llorar en privado. Pero no derramó ni una lágrima. Noche tras noche permanecía tumbada en la oscuridad, mirando a la nada, mientras su corazón se volvía de piedra.

Decidió que era lo mejor. Si no lloraba en aquella ocasión, no volvería a llorar nunca.

Así que se embarcó en la tarea de transformar su vida y se centró en su carrera profesional. Sus jefes quedaron impresionados y comenzó a rumorearse la posibilidad de que la hicieran socia de la empresa. Un año después de la muerte de James debería estar completamente recuperada. Sin embargo...

Se acercó al agua despacio y miró de nuevo hacia el lugar donde James y Carlotta habían fallecido.

—¿Por qué estoy aquí? —le preguntó a él—. ¿Por qué no he conseguido olvidarte todavía?

Porque era un fantasma que todavía la perseguía y ella pensaba librarse de él en aquel lugar.

—Déjame en paz —susurró desesperada, con los ojos cerrados—. Por favor, déjame sola.

Silencio. Él no estaba allí, pero incluso en su ausencia tenía capacidad de burlarse de ella.

Detrás de un árbol enorme habían puesto una losa grabada con los nombres de los fallecidos. El de James aparecía al final. Ella se arrodilló y acarició su nombre. Sabía que aquello era lo más cerca de él que volvería a estar.

—Sapevi che lui? Al oír una voz, se volvió y encontró a Drago di Luca, mirándola.

—Sono inglese —dijo ella.

-Le preguntaba si conocía al hombre cuyo nombre está acariciando.

—Sí —dijo ella—. Lo conocía.

-¿Bien?

-Sí, bien. Muy bien. ¿Es asunto de su incumbencia?

—Todo lo relacionado con ese hombre es asunto mío. Ella se puso en pie para mirarlo.

—¿Porque se fugó con su esposa?

—Si sabe tal cosa... —dijo él despacio, después de respirar hondo.

—James Franklin era mi novio. Me dejó por una mujer llamada Carlotta.

—¿Qué más te contó de ella?

—Nada. Se le escapó el nombre, y después no quiso contar nada más. Pero cuando sucedió la tragedia... —se encogió de hombros.

—Sí —dijo él—. Entonces, salió a la luz cada detalle.

La multitud la empujó una pizca y él le agarró el brazo para que lo acompañara.

-¿Sigue enamorada de él? —preguntó. Curiosamente la pregunta no la ofendió.

-No lo sé —dijo ella—. ¿Cómo voy a estarlo? A estas alturas ya debería haberlo superado y, sin embargo...

Él asintió, como si supiera muy bien a qué se refería.

-¿Por eso ha venido? —preguntó ella.

—En parte. También he venido por el bien de mi hija. Señaló hacia la niña que estaba un poco más lejos, con una mujer mayor.

Mientras Alysa las miraba, las dos se movieron hacia donde habían dejado las flores para que la niña pudiera dejar su ramillete. Al levantar la vista, la pequeña vio a su padre. Sonrió y corrió hacia él, llorando.

—Poppa!

Él se agachó para tomarla en brazos.

Alysa se sorprendió al ver cómo la expresión del rostro de Drago se había suavizado al ver a su hija.

La mujer hablaba en italiano. Alysa oyó la palabra «introdurre» y pensó que significaba «presentación».

—Soy Alysa Dennis —dijo ella.

La mujer mayor asintió y comenzó a hablar en inglés.

—Yo soy la signora Fantoni, y ésta es mi nieta, Tina.

Tina miraba a Alysa por encima del hombro de su padre. Drago la dejó en el suelo y la niña se acercó a ella.

—¿Cómo está, Signorina?

-¿Cómo estás tú? —contestó Alysa.

—Hemos venido por mi madre —dijo la niña—. ¿Conocía a alguien de los que murieron?

—Sí —contestó Alysa. La niña le dio la mano para consolarla.

—¿Era alguien a quien quería mucho? —preguntó Tina.

—Sí, pero... Perdóname si no te cuento nada más. No puedo.

Sin mirar a Drago, Alysa percibió que él se relajaba. Había notado que tenía miedo de lo que ella pudiera decir delante de su hija.

Tina asintió para mostrarle que la comprendía, y apretó la mano de Alysa con más fuerza. —Es hora de irse a casa —dijo Drago.

—Sí, yo también me marcho —dijo Alysa.

-¡No! —exclamó Drago—. Quiero decir... Me gustaría que cenara con nosotros esta noche.

Su suegra frunció el ceño.

—Es una ocasión familiar...

—Todos pertenecemos a la misma familia de dolientes —dijo Drago—. Signorina, cenará con nosotros. Y no aceptaré un no por respuesta.

Alysa pudo ver que lo decía en serio.

Drago acarició el cabello de su hija.

-Ve al coche con tu abuela.

La signora Fantoni lo miró en silencio, mostrándole su desacuerdo. Él la ignoró y ella no tuvo más remedio que marcharse con Tina de la mano.

—Poppa —dijo Tina—. Vendrás, ¿verdad?

-Lo prometo —dijo él.

Aliviada, la pequeña se alejó con su abuela.

—Desde que murió su madre a veces se pone nerviosa por si yo también desaparezco —dijo él.

—Pobrecita. ¿Cómo lo soporta?

—Con mucho dolor. Adoraba a su madre. Le agradezco de corazón que haya contenido sus palabras. Debería haberla advertido, pero no tuve tiempo de hacerlo.

—Por supuesto que tuve cuidado. Imaginé que no le habría contado demasiado.

—Nada. No tiene ni idea de que Carlotta nos había abandonado. Cree que su madre estaba de viaje para visitar a unos clientes y que estaba de regreso a casa cuando se apartó a ver la catarata. Si no hubiera muerto, habría llegado a casa al día siguiente. Eso es lo que Tina cree, y lo que quiero que crea, al menos hasta que sea mayor.

-Muchas madres se habrían llevado a sus hijos con ellas —murmuró Alysa.

-Sí, pero ella la abandonó, y eso es lo que no quiero que Tina sepa. Ni siquiera lo sabe mi suegra. También cree que Carlotta estaba de viaje por motivos de trabajo y que pensaba regresar. ¿Para qué voy a hacerle daño contándole la verdad?

—No hay motivo, así que es mejor que no cene con ustedes.

—Para nada. Confío en usted. Ya me ha demostrado que puedo hacerlo. Lo ha comprendido a la primera. ¿Nos vamos?

De pronto, Alysa notó que saltaban sus alarmas. Aquel hombre resultaba peligroso para su tranquilidad. ¿Cómo se atrevía a tomar por garantizada su aceptación? Debería marcharse y tomar el primer vuelo para Inglaterra.

—Mira, lo siento —dijo ella—. Pero no he dicho que sí. Tengo que irme a casa.

—No antes de que hayamos hablado.

Ella se enojó.

-No trate de darme órdenes —le dijo—. Acabamos de conocernos, ¿y cree que puede mandarme? Pues no, no puede. Me voy.

Trató de volverse pero él la agarró del brazo.

-¿Cómo se atreve? —dijo ella—. Suélteme ahora mismo.

Él no la obedeció.

—Acabamos de conocernos —dijo él—. Usted sabe que hay algo más.

Ella lo sabía, y fue como una puñalada en el corazón.

—Nada más verme, supo quién era, ¿verdad?

—Sí.

-¿Cómo?

-Busqué información sobre su esposa en Internet, y usted forma parte de lo que encontré. Tenía que encontrar información acerca de la mujer por la que James me dejó.

—Sí, tenía que encontrar información. Yo sentí lo mismo, pero no tenía forma de hacerlo. No sabía nada acerca del hombre con el que se había marchado, excepto su nombre. Usted ha podido contestar a alguna de sus preguntas, pero ¿puede imaginarse lo que para mí significa no haber podido contestar a ninguna de las mías? Aquí —se tocó la frente— tengo un agujero negro con el que he vivido durante un año. Ha sido como vivir a las puertas del infierno, pero sin ver lo que hay dentro.

—¿Cree que yo no sé lo que se siente?

—No, no lo sabe —dijo él—, porque el tormento surge de la ignorancia, y usted ha conseguido enfrentarse a ella. Pero yo llevo un año viviendo con ella, y me estoy volviendo loco —se estremeció y se esforzó por mantener el control—. Es la única persona que puede liberarme de ese horror, y si cree que voy a permitir que se marche sin... —aflojó la sujeción de su brazo—. Por favor. ¡Por favor! Tenemos que hablar. Lo sabe, ¿verdad? Sabe que debemos hablar.

-Sí —dijo ella despacio—. Debemos hablar.

¿Para qué iba a salir huyendo? Sabía que no estaría a salvo en ningún sitio, y sabía que para eso había ido allí. Para conocer a ese hombre, y para que le contara las cosas que realmente no quería saber.

-Entonces, vamos.

—Sólo si me suelta. Le he dicho que iría con usted, y cumpliré mi palabra, pero si continúa agarrándome, me marcharé.

Él la soltó y la miró un instante. Su limusina los estaba esperando. Tina y su abuela estaban afuera, de pie, esperando a que él se reuniera con ellas.

—Sugiero que se siente delante —le dijo Drago a la señora.

Ella obedeció y él abrió la puerta trasera para que entraran Alysa y Tina.

—El trayecto durará una hora más o menos —dijo Drago—. Vivimos a las afueras de Florencia. ¿Dónde se ha alojado?

Ella mencionó un hotel del centro de la ciudad y él asintió.

—Lo conozco. Esta noche la llevaré allí.

Alysa pasó la mayor parte del viaje mirando por la ventana. En una ocasión miró a Drago, pero él no la vio. Toda su atención estaba centrada en la pequeña que se acurrucaba contra él. La niña miró, a su padre y sonrió. Él le contestó con una sonrisa y Alysa miró a otro lado.

No tenía derecho a ver aquella mirada. Drago se la dedicaba a su hija.

Pero la imagen de la niña permaneció en su cabeza y provocó que ella se llevara la mano al vientre, pensando en lo que podía haber sido.

Al cabo de un rato, llegaron hasta una casa de tres plantas rodeada de mucho jardín.

Drago la guió hasta el estudio. La imagen de Carlotta estaba en todos sitios. En una mesa había una foto en la que aparecía sola. A su lado, otra en la que aparecían los tres. Y también había varios recuerdos personales.

—Esa medalla se la dieron a mi mamá por ganar una carrera en la escuela —dijo Tina.

-Mi esposa era una gran corredora —explicó Drago—. Solíamos bromear con que si no hubiera estudiado Derecho, habría sido atleta.

-Corría más rápido que nadie, ¿verdad, Poppa?

Alysa se fijó en la expresión de Drago y se percató de que aquel comentario se podía interpretar con doble filo. Sin embargo, él sonrió a su hija y dijo:

—Es cierto. Mamá era la mejor en todo —dijo él—. Ahora vamos a atender a nuestra invitada.

Tina se mostró encantada de hacerlo. Cuando sirvieron la cena, llevó a Alysa a la mesa y habló en inglés en su honor.

—¿Cómo es que hablas tan bien mi idioma? —preguntó Alysa.

-Mamá me lo enseñó. Ella era bi... bi...

-Bilingüe —Drago terminó la frase por ella—. Algunos de sus clientes son ingleses, igual que algunos de los míos. En esta familia todos somos bilingües. Tina aprendió los dos idiomas a la vez.

—¿Hablas italiano? —le preguntó Tina.

—No —dijo Alysa, concentrándose en la comida para no tener que centrarse en la mirada inocente de la pequeña—. Aprendí un poco mientras buscaba información sobre una persona en Internet.

—¿Alguien italiano?

-Eh... Sí.

-¿Y estaba allí hoy?

—No.

—¿Vas a verla mañana?

—No, no voy a verla.

-¿Y...?

—Tina, no seas curiosa —intervino Drago—. No es de buena educación.

—Lo siento —dijo Tina, con un aire de docilidad que no engañó a Alysa.

Alysa percibió curiosidad en la mirada de la pequeña y comprendió por qué Drago estaba dispuesto a protegerla a cualquier coste.

«Así es como me sentiría yo si tuviera un...», pensó ella. Bloqueó el resto de la idea y se concentró en beberse el café.

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