Colección: Deseo 1661




descargar 401.92 Kb.
títuloColección: Deseo 1661
página2/9
fecha de publicación05.02.2016
tamaño401.92 Kb.
tipoLección
p.se-todo.com > Derecho > Lección
1   2   3   4   5   6   7   8   9

Capítulo 2

El plan de Virginia estaba funcionando… Demasiado bien. Marco era delicioso y encantador. Eso se lo esperaba. Pero también era divertido y sabía reírse de sí mismo.

Todo el mundo quería estar con él aquella noche, disfrutar de su gloria. Conscientes de que tenía posibilidades de batir el récord de victorias en el circuito de la Fórmula 1, la gente quería estar cerca de él.

Había tratado de apartarse de él en varias ocasiones desde que habían regresado al salón, pues no se sentía cómoda siendo el centro de atención, pero Marco la había tomado de la mano y la había retenido a su lado mientras avanzaban entre la multitud.

Allí no tenía por qué esforzarse en parecer misteriosa. Nadie la conocía, y lo cierto era que no creía que nadie quisiera conocerla aquella noche. Simplemente era una chica bonita más colgada del brazo de Marco.

Pero a la feminista que había en su interior, le indignaba ligeramente verse relegada a ese papel.

—Lo siento, mi'angela, pero ganar siempre significa que mi tiempo no es mío.

—No hay problema—dijo Virginia.

Estaba aprendiendo mucho de Marco sólo con observarlo. Se preguntó si su abuela habría sido consciente de cómo era el estilo de vida de la Fórmula 1. ¿Sería aquél el motivo por el que Lorenzo Moretti no quiso sentar la cabeza con ella? Tal vez no quiso renunciar a aquel estilo de vida a cambio de un hogar y una familia.

—¿En qué estás pensando, cara mia?

—En que no recuerdas mi nombre y por eso insistes llamándome esas cosas.

—Me ofendes, Virginia.

—Lo dudo.

Marco sonrió.

—Me gustaría saber en qué estás pensando. Pareces muy seria para estar en una fiesta.

Virginia no supo cómo responder a aquello. Necesitaba mostrarse misteriosa. No podía permitirse olvidar ni por un momento que no estaba allí para enamorarse de Marco Moretti. Estaba allí para impedir una maldición.

Pero cuando Marco la tomó entre sus brazos en la pista de baile, lo olvidó todo sobre planes y maldiciones… Todo excepto la sensación de sus brazos rodeándola.

—Estaba pensando que en esta fiesta todo el mundo parece querer algo de ti.

—¿Incluyéndote a ti? —«Sí», pensó Virginia, pero no lo dijo en alto—. De acuerdo, sé que quieres algo. Yo también quiero algo de ti —dijo Marco.

—¿Y de qué se trata?

—Otro beso.

Aquello facilitaba las cosas para Virginia, porque para llevar adelante su plan, necesitaba que Marco la deseara. Pero al mismo tiempo…

—Estás volviendo a hacerlo… —susurró él junto a su oído—. Voy a empezar a pensar que no estás a gusto conmigo.

Un delicioso escalofrío recorrió de arriba abajo a Virginia. Sintió que sus pechos se volvían más pesados, y que sus pezones se excitaban como buscando el cálido aliento de Marco.

—Por supuesto que estoy a gusto contigo, Marco. Eres el hombre que toda mujer desea… Sólo tienes que mover un dedo para que acudan a tu lado.

—Esta noche no quiero estar con cualquier mujer, Virginia. Sólo quiero estar contigo.

—¿Por qué?

—Podría decir que es por el misterio que esconden tus ojos color chocolate. O por lo delicada que es tu piel.

—¿Y no es por eso?

—No, cara mia. El motivo por el que sólo quiero estar contigo es mucho más básico. Demasiado como para ser expresado con palabras.

—Deseo.

—Lo dices casi con desdén, pero el deseo y la atracción a primera vista son muy poderosos. No he sido capaz de pensar en nadie más desde que te he visto.

Virginia sonrió y dejó a un lado todos lo sueños adolescentes que había albergado sobre el amor. Despertar el deseo de Marco era precisamente lo que buscaba, y debería alegrarse de haberlo conseguido.

—A mí me ha sucedido lo mismo.

—¿En serio? —murmuró Marco a la vez que la atraía hacia sí.

Mientras seguían bailando, inclinó la cabeza y acarició con los labios la piel del cuello de Virginia. Mientras lo hacía, murmuró algo que ella no pudo entender. Lo único que sabía en aquellos momentos era que deseaba a Marco Moretti.

Se sentía viva en brazos de aquel hombre. Tal vez se debía a la magia de la noche, o tal vez se le había subido a la cabeza el poco alcohol que había bebido. Pero en el fondo sabía que era la maldición resurgiendo. Sabía que aquella atracción iba más a allá de Marco y de ella.

Sabía que era algo cósmico y maravilloso. Especialmente cuando Marco inclinó la cabeza hacia la suya. Sin esperar a que la besara, se puso de puntillas y sus labios se encontraron a medio camino.

Marco la besó con una pasión que Virginia sólo conocía por los libros y las películas. Se aferró a sus hombros mientras toda la feminidad que palpitaba en ella respondía a su masculinidad.

Besar a Virginia era adictivo. Se parecía a la sensación de correr a trescientos cincuenta kilómetros por hora en un circuito de carretas. Uno tenía la sensación de controlar algo que en realidad sabía que no podía controlar.

Su boca era dulce como la miel, y se aferraba a él como si no fuera a cansarse nunca de que la besara. La sacó de la pista de baile con un brazo en torno a su cintura.

—¿Adónde vamos? —preguntó Virginia, sin aliento.

—A un lugar en que podamos estar solos. ¿Te parece bien? —preguntó Marco.

Se sentía casi como si ya se conocieran. Con Virginia no sentía el distanciamiento que sentía con otras mujeres.

Ella asintió y sonrió.

—Me gustaría —dijo.

Marco captó un matiz de timidez en su voz, una timidez que no encajaba con la misteriosa y lanzada mujer que había conocido hasta aquellos momentos.

—¿Virginia?

—¿Sí?

—¿Estás segura?

Marco vio que dudaba, pero enseguida asintió, se puso de nuevo de puntillas y le rozó los labios con los suyos antes de besarlo profunda y apasionadamente.

—Estoy segura —dijo.

—Bien —replicó Marco con voz ronca.

Ya se encaminaban hacia el ascensor, cuando Marco estuvo a punto de gruñir al ver que Dominic se acercaba a ellos. No quería hablar con su hermano en aquellos momentos.

—Merda… —murmuró.

—¿Disculpa? —Virginia se apartó de él—. ¿Hay algún problema?

—Perdóname. Mi hermano se dirige hacia aquí y con él siempre hay que hablar de negocios.

Marco reprimió el impulso de pulsar el botón del ascensor. Hacerlo habría sido dejar ver que tenía miedo de Dominic, y ése no era el caso. Sólo quería sacar a Virginia cuanto antes de la fiesta para estar a solas con ella.

—No sabía que los conductores de los coches de carreras también se implicaban en la dirección de la empresa —dijo Virginia.

—En Moretti Motors hemos decidido mantener el negocio en familia. Eso significa que todos tenemos un papel activo en la dirección.

—¿Y eso no te distrae de tu trabajo?

A Marco le gustaba estar implicado en la dirección de la empresa. Dominic, Antonio y él habían llegado a la conclusión de que el motivo por el que su padre había perdido el control de las acciones de la compañía, había sido que no se había implicado lo suficiente en los detalles diarios. Y él y sus hermanos no estaban dispuestos a permitir que volviera a suceder.

—En general no… Pero puede suponer un obstáculo para mi vida amorosa.

Virginia puso los ojos en blanco.

—Puede que decir cosas como ésa suponga un problema mayor para ti.

Marco le dedicó una sonrisa encantadora.

—A la mayoría de las mujeres no les importa.

—No estoy segura de eso.

—Compenso mis… Cómo diríamos… Malas maneras con otros detalles que las mujeres aprecian.

—¿Qué detalles?

—Te los mostraré en cuanto salgamos de aquí.

—Te tomo la palabra. ¿Quieres que te deje a solas con tu hermano?

—No —contestó rápidamente Marco, que no quería volver a perder de vista a Virginia—. Dom no me retendrá mucho rato.

—¿Tienes un momento, Marco? —preguntó Dominic, cuando los alcanzó.

Marco tomó la mano de Virginia y la apoyó en la parte interior de su codo.

—En realidad no. He prometido mostrar a Virginia uno de mis lugares favoritos en Melbourne. Puedo quedar contigo mañana.

Dominic no pareció especialmente feliz con su respuesta, pero lo cierto era que nunca parecía demasiado feliz.

—No hay problema. Pero mañana vuelo de vuelta a Italia y tengo una agenda muy apretada.

—Comprendo —dijo Marco.

Por mucho que lamentara el retraso, Moretti Motors era tan importante para él como para Dom.

—Virginia, te presento a mi hermano mayor, Dominic. Dom, ésta es Virginia…

Marco se dio cuenta de que no conocía su apellido. Aquélla no iba a ser la primera vez que iba a pasar una noche con una mujer cuyo apellido era un misterio para él. De manera que, ¿por qué le preocupaba?

—Es un placer —dijo Dominic.

—El placer es mío.

—¿Has disfrutado de la carrera de hoy?

—Me la he perdido —dijo Virginia, que se ruborizó ligeramente.

A Marco le extrañó aquello. La mayoría de las mujeres que seguían el circuito no se perdían nunca una carrera.

—¿En serio? —preguntó.

—Mi vuelo se retrasó. Me he disgustado, pero al menos tenía la perspectiva de esta fiesta para animarme

—¿De dónde eres? —preguntó Dominic.

—De Estados Unidos.

—La mayoría de los estadounidenses prefieren el circuito NASCAR. ¿Sigues también ese deporte? —preguntó Marco.

—No. Siempre he preferido el glamour de la Fórmula 1

Marco alzó una ceja.

—¿Qué es lo que te parece más glamoroso?

—Esta fiesta, por ejemplo —dijo Virginia—. ¡Oh, mira, el ascensor ya está aquí!

Las puertas se abrieron, mientras Marco pensaba en la ambigüedad de sus respuestas. ¿Estaría ocultando algo?

Virginia pasó un brazo por su cintura y lo atrajo hacía sí.

—Recuerda que has prometido enseñarme tu lugar favorito de Melbourne…

—Desde luego. Ciao, Dom.

—Arrivederci, Marco.

—De manera que eres de Estados Unidos… —dijo Marco, mientras se alejaban del hotel en su deportivo.

Virginia sabía que las preguntas iban a llegar.

Hasta entonces había logrado mantener la vaguedad, pero el encuentro con Dominic probablemente había hecho comprender a Marco lo poco que sabía de ella.

—Sí. De Long Island. ¿Dónde creciste tú? Sé que Moretti Motors tiene su sede en Milán, ¿pero vives allí?

—Tengo una villa en Milán y mi familia tiene una finca en las afueras.

—¿Te gusta vivir en Milán? Nunca he estado allí.

Virginia ya sabía que la familia Moretti tenía una propiedad en San Giuliano Milanese. Su abuela había acudido allí a maldecir a Lorenzo, y había una gastada foto de la propiedad de los Moretti colgando en la pared en su casa. Su abuela se la había legado junto con su diario.

—Es una ciudad en la que siempre hay algo que hacer —Marco se encogió de hombros—. Es mi hogar.

Virginia envidió su sentimiento de pertenencia a Milán. Se palpaba en su voz, en sus palabras. A diferencia de ella, que nunca había encajado en ningún lugar, Marco tenía un sitio al que podía considerar su hogar. Y aquél era uno de los principales motivos por los que estaba decidida a romper la maldición de su abuela. Anhelaba tener un hogar, una familia. Estaba cansada de estar siempre sola. Su madre y su abuela habían muerto, y por mucho que se hubiera esforzado, establecer lazos familiares siempre había estado fuera de su alcance.

Tener un hijo le daría la oportunidad de ser feliz. Cuando rompiera el hechizo, se casaría y daría a su hijo un padre y hermanos.

—Ya estamos aquí.

Las palabras de Marco sacaron a Virginia de su ensimismamiento. Al volver la mirada, vio que un mozo uniformado se acercaba a abrir la puerta del coche. El edificio ante el que se habían detenido era un monumento a la arquitectura moderna, de diseño definido y personal.

—Buenas tardes, señor Moretti.

—Hola, Mitchell.

Entraron al vestíbulo del edificio y Marco se encaminó con Virginia hacia los ascensores.

—Creía que me traías a ver tu lugar favorito de Melbourne…

—Y eso he hecho. Mi ático tiene unas vistas espectaculares de la ciudad —dijo Marco a la vez que miraba su reloj—. Dentro de dos horas podrás comprobar lo maravilloso que es ver amanecer desde aquí.

—¿En serio?

—Sí… A menos que quieras que te lleve de vuelta a tu hotel.

Virginia negó con la cabeza.

Mientras el ascensor comenzaba a elevarse, Marco la tomó entre sus brazos y la besó.

Virginia sintió que la pasión que había despertado en ella mientras bailaban, regresaba de inmediato. Su cuerpo anhelaba el de Marco. Había echado de menos su contacto durante el trayecto de veinte minutos en coche, y se preguntó hasta qué punto habría influido en aquel sentimiento el embrujo que había utilizado unas horas antes como ayuda para romper la maldición. No era una bruja en ejercicio, pero antes de acudir a Melbourne había decidido que necesitaría toda la ayuda posible para llevar adelante su plan.

Pero no pudo evitar preguntarse hasta qué punto sería real su deseo.

Cuando las puertas se abrieron, Marco se apartó de ella y la tomó de la mano. Salieron directamente al vestíbulo del ático de Marco.

—Tengo toda la planta —explicó él—. ¿Te apetece beber algo?

—Sí, gracias.

El salón en el que entraron tenía ventanales que iban del suelo al techo, y una puerta corrediza que daba a un gran balcón.

Virginia sintió un ligero pánico al darse cuenta de que había llegado el momento de la verdad. Iba a acostarse con aquel hombre, al que había conocido hacía menos de cinco horas, y luego iba a irse. Era algo que había planeado hacía meses, pero llegado el momento de la verdad…

Se detuvo en medio de la sala con la sensación de estar viviendo una situación surrealista. Estaba excitada. Sentía cada centímetro de su piel estimulado por los besos y caricias de Marco. Mientras contemplaba el Monet que colgaba de una de las paredes, supo que realmente estaba allí, que aquello no era algo que simplemente estaba imaginando. Sin embargo, al mismo tiempo…

—¿Te gustaría salir? Podemos sentarnos en el jacuzzi y beber algo.

Virginia miró a Marco con sus fuertes rasgos romanos, y vio en él un destello de su futuro. No podía permitir que el pánico se adueñara de ella y le hiciera renunciar a todo lo que quería.

Necesitaba a Marco Moretti, y al parecer, él la deseaba aquella noche. Y aquello era todo lo que necesitaba. Se repitió aquello una y otra vez mientras salía a la terraza.

Capítulo 3

Marco sirvió champán en dos copas. No era ningún inepto a la hora de cuidar a las mujeres de su vida, a pesar de que Allie se había quejado a menudo de que no le prestaba suficiente atención. Lo cierto era que se cuidada de excederse en sus atenciones.

No permitía que sus emociones se entrometieran, receloso de enamorarse de alguna mujer y por tanto de arruinar su vida.

Su móvil sonó en aquel momento y masculló una maldición al ver que se trataba de Dominic

—¿Qué quieres ahora? —preguntó en italiano.

—Sólo quería recordarte que tuvieras cuidado. No podemos correr el riesgo de enamorarnos, especialmente ahora.

—Moradlo… —murmuró Marco.

—No estoy tirando de tu cadena, Marco. Pero sabes que no podemos permitirnos enamorarnos de ninguna mujer.

Marco miró hacia el balcón en que se encontraba Virginia apoyada contra la barandilla No parecía peligrosa. No veía nada en ella que indicara que pudiera suponer un peligro para Moretti Motors.

—Es sólo una mujer, Dom —dijo, aunque no pudo evitar sentirse incómodo al hacerlo.

Pero lo cierto era que sus prioridades estaban muy claras: Correr y ganar. Moretti Motors y disfrutar de la vida. Y Virginia era una mujer con la que iba a poder disfrutar mucho aquella noche.

—Asegúrate de no olvidarlo.

—Nunca lo olvido. Creo que temes que Antonio o yo nos parezcamos demasiado a ti.

Su hermano, habitualmente locuaz, permaneció en silencio. Dom se enamoró en la universidad, y aquel breve lapso en su vigilancia, le había servido como recordatorio constante de que todas mujeres tenían el potencial de tentar a cualquiera de los Moretti.

—No sé lo que temo, pero ten cuidado. Marco este es el año en que todo va a cambiar. Hemos trabajado duro para llegar hasta aquí. Vamos a lanzar el nuevo modelo Vallerio. Vas a superar el récord de…

—Eso ya lo sé, Dom. Buona notte.

Buona notte, Marco.

Marco colgó el teléfono pensando en su hermano mayor. Sospechaba que el corazón de Dominic era el más vulnerable de los tres.

—¿Marco?

—Ya voy, mi'angela.

La brisa nocturna agitó ligeramente el pelo de Virginia, mientras Marco se acercaba a ella. Casi parecía formar parte de la noche, como si aquél fuera el único lugar en que pudiera existir.

Casi como si fuera una fantasía. Pero era una mujer de carne y hueso… Como había comprobado cuando la había besado.

—Creía que habías cambiado de opinión —dijo Virginia.

—En absoluto. Sólo quería asegurarme de que todo fuera perfecto.

Marco le alcanzó una copa de champán.

—¿Esto forma parte del encanto que prometiste mostrarme antes?

—¿Tú qué crees?

Virginia rió, y el sonido de su risa fue como música en el viento. Marco cerró los ojos, y alejó de su mente las preocupaciones que siempre le recordaba su hermano. Por que aquella noche, no era más que el ganador de una carrera con una bella mujer a su lado de la que disfrutar.

—No estoy segura.

Marco arqueó una ceja.

—¿Qué hace falta para convencerte?

—Prefiero reservarme la opinión hasta mañana por la mañana —Virginia alzó su copa—. Por tu victoria de hoy.

Marco brindó con ella y tomó un sorbo de su copa sin apartar la mirada de sus ojos.

—Por las mujeres misteriosamente bellas —dijo.

Grazie —Virginia sonrió con timidez—. Pero no soy bella.

—Deja que vuelva a fijarme.

Virginia permaneció quieta, con una indecisa y casi frágil sonrisa en el rostro mientras Marco examinaba sus rasgos. Sus grandes ojos marrones parecían luminosos y llenos de secretos. Las gruesas pestañas que los rodeaban y el ligero toque de maquillaje en sus párpados les daban un aire exótico.

Lo siguiente que observó Marco fueron sus altos pómulos y su cremosa piel. Alzó una mano y la deslizó por su mejilla. Su nariz, larga y delgada, realzaba la elegancia de su rostro, pero era su boca lo que más le atraía.

El labio superior era ligeramente más carnoso que el inferior, y ambos eran rosados y muy delicados al tacto. Deslizó el pulgar por ellos con sensual delicadeza.

—No veo nada que me haga cambiar de opinión.

—Puede que a tus ojos sea bella, pero te aseguro otros hombres no me ven así.

—No me importan los ojos de los demás hombres mio dolce.

—No… claro. Pero… Yo nunca había hecho esto—dijo Virginia de repente.

—¿Ir al apartamento de un hombre?

Marco no pudo evitar sentirse un poco honrado y posesivo por el hecho de ser el primer hombre por el que Virginia se había sentido tan atraída. Y no podía negar la atracción que sentía por ella. Esperaba que nunca llegara a saber cuánto la deseaba y cuánto poder le confería aquello sobre él.

—Sí… Estoy un poco nerviosa.

—Aún no es tarde para que te vayas. Podemos terminar nuestras bebidas, y si quieres, luego te llevo al hotel.

Virginia comprendió que Marco se estaba asegurando de que luego no pudiera decir que la había coaccionado. ¿O simplemente se estaba portando como un caballero? ¿Qué revelaba de ella el hecho de que lo primero que hubiera pensado hubiera sido el hecho de que Marco trataba de protegerse?

Pero lo cierto era que apenas podía hacer nada para protegerse. Lo único que quería ella era pasar aquella noche entre sus brazos… Y su esperma.

Se sentía fría y calculadora. Sabía que cada noche millones de personas tenían una aventura que no significaba nada.

Pero ella no. Había vivido muy protegida toda su vida. Tras averiguar que el amor y el romance no iban a formar parte de su vida, decidió encontrar algún modo de que sus sueños románticos se hicieran realidad.

Sabía que su motivación para estar allí era romper la maldición de los Moretti. Pero hacía unos momentos, cuando Marco le había descrito una belleza que ella era incapaz de ver reflejada en el espejo, se había sentido como si aquel encuentro significara más de lo que esperaba.

Se sentía como si Marco no fuera tan sólo el medio para llegar a un fin. Casi sentía que era el hombre que podría lograr enamorarla…

Y el amor por las mujeres Festa no era algo bueno.

—¿Virginia?

Virginia agitó la cabeza para despejarse. Miró a la luna e hizo acopio de la fuerza que necesitaba para olvidar las posibles consecuencias de sus actos.

Por aquella noche, lo único que quería era disfrutar del momento con aquel hombre.

—No me voy —dijo.

Marcó sonrió sin decir nada, y Virginia comprendió en aquel momento lo que era la verdadera belleza masculina.

—¿Vamos a quedarnos aquí esperando a que amanezca? —añadió.

—Claro que no. He pensado que podíamos relajarnos en el jacuzzi mientras disfrutarnos del champán y del resto de la velada.

Virginia sintió un cálido estremecimiento mientras escuchaba el ronroneo del agua, en el jacuzzi que se hallaba al final del balcón.

—Creo que me gustaría.

—Hay un pequeño vestuario con montones de albornoces —la profunda voz de Marco reverberó en la noche, mientras señalaba una pequeña construcción que había junto al jacuzzi.

Habiendo pasado gran parte de su vida adulta esperando aquel momento, Virginia supo que había llegado el momento de actuar. Pero la acción siempre le había asustado. Su abuela se enamoró de Lorenzo Moretti y aquel simple hecho arruinó por completo la vida de Cassia.

—¿Sabes algo sobre las estrellas? —preguntó Marco, que tal vez había captado su inquietud.

—¿Qué?

—Las historias sobre las diferentes estrellas y por qué las constelaciones llenan el cielo.

Marco tomó a Virginia de la mano y la condujo hasta un sillón en el que se sentaron. Luego pasó un brazo por sus hombros y la atrajo hacia sí, de manera que apoyara la cabeza sobre él.

Virginia lo miró y supo con certeza que había captado sus nervios. Y se preguntó si aquél sería un mensaje del universo para que renunciara a su plan. ¿Habría pasado por alto algún posible efecto colateral, cuando decidió romper la maldición de sus familias quedándose embarazada de Marco?

—El cielo es distinto aquí —dijo él—. En el hemisferio norte, donde ambos vivimos, nunca se ve la Cruz del Sur.

—Ya había oído algo sobre eso. ¿Dónde está la Cruz del Sur?

Marco señaló un lugar en el cielo.

—Ahí está… ¿La ves?

Virginia siguió con la mirada la dirección de su brazo y vio cuatro estrellas en forma de una pequeña cruz.

—¿Tiene una leyenda, como Orión y Sirius?

—No. Debido a que sólo se ve en el hemisferio sur, no hay leyendas griegas ni romanas asociadas a ella.

Virginia señaló otra constelación.

—¿Cuál es aquélla?

—Leo. Los sacerdotes egipcios solían predecir cuando iba a subir el Nilo basándose en su posición en el cielo.

Marco habló sobre otras constelaciones, y Virginia empezó a ver al hombre que había tras el famoso corredor de Fórmula 1. Estaba acostumbrado a moverse en un mundo de privilegios y riqueza, pero aquella noche sólo era un hombre.

—¿Cómo llegaste a interesarte en las estrellas?

—Por mi padre. No le interesan los coches ni las carreras… Al menos como deberían interesarle a un Moritti —Marco se volvió hacia Virginia—. Pero le encantan las leyendas y el pasado. Se ha pasado la vida leyendo sobre ello.

—¿Dónde están tus padres ahora?

—En San Giuliano Milanese. Ahí está el hogar familiar.

—¿Mantienes una relación cercana con tus padres?

—En cierto modo. Siempre he compartido el amor de mi padre por el cielo nocturno. Cuando era pequeño solíamos pasar mucho rato fuera mirando por el telescopio.

Como hija única, Virginia había pasado mucho tiempo a solas con su madre, que solía estar triste casi todo el tiempo.

—¿Por qué no le gustaban los coches a tu padre?

Virginia había oído rumores de que Giovanni Moretti era demasiado desenfadado como para dirigir una gran empresa de automóviles, que no le interesaban los negocios y que lo único que le apasionaba era hacer el amor a su esposa.

—Le gustaban, pero mi madre le gustaba más. De manera que los negocios no le atraían demasiado.

—Pero a ti sí.

—Esta noche puedo comprender por qué se distraía tanto mi padre.

Virginia creyó captar un destello de sorpresa en la mirada de Marco cuando dijo aquello, pero se recuperó rápidamente y se inclinó para besarla. El beso fue suave y delicado, más seductor que apasionado.

Marco deslizó una mano por el lateral de su cuerpo en busca de la cremallera del vestido. En lugar de soltarla, se limitó a deslizar un dedo por la costura.

Deslizó los labios a lo largo de la mandíbula de Virginia, donde dejó un rastro de besos hasta alcanzar su cuello. Ella se movió instintivamente entre sus brazos en un intento por entrar en pleno contacto con su cuerpo.

Sentía los pechos tensos y sensibilizados, y se le puso la carne de gallina mientras Marco seguía acariciándola. Quería más.

Marco siempre había tenido un don especial para seducir a las mujeres. Dom decía que se debía a que era italiano, pero él pensaba que era más que eso. Nunca había sido insensible en sus seducciones, y nunca seguía adelante cuando era consciente de que la mujer con la que estaba iba a lamentar haber hecho el amor con él cuando se despertara por la mañana.

Pero no podía alejarse de Virginia. Estaba sorprendido por la intensa necesidad que experimentaba de estar con ella. Pero si se centraba en lo físico, sus emociones se desvanecerían, y con el tiempo, Virginia no sería más que un apasionado recuerdo.

La intensa oscuridad de su pelo contrastaba con la cremosa cualidad de su piel. Bajó la cremallera del lateral de su vestido, introdujo la mano bajo la tela y la acarició.

Virginia contuvo el aliento y se volvió para situarse frente a él. Marco tomó sus manos y le hizo elevarlas hasta el primer botón de su camisa.

Mientras miraba sus ojos color chocolate, Marco vio que la timidez que formaba parte de su forma de ser, se esfumaba mientras le acariciaba el pecho.

La sangre corrió ardiente por sus venas cuando Virginia empezó a desabrocharle los botones de la camisa. Cuando concluyó, apartó los laterales y él terminó de quitársela. Un ronco gemido escapó de su garganta, cuando ella se inclinó para besarle el pecho. Sus labios no se mostraron precisamente tímidos, mientras exploraban su torso y le mordisqueaba los pectorales.

Mientras la observaba, Marco sintió una creciente e incómoda tensión en sus calzones. Virginia sacó la lengua y le acarició un pezón. Marco apoyó una mano en su nuca para que siguiera donde estaba.

—¿Qué te pasó? —preguntó ella, a la vez que deslizaba un dedo por la cicatriz que adornaba el pectoral izquierdo de Marco.

—Cuando tenía ocho años, Tony me empujó de un árbol al que solíamos subirnos y aterricé sobre una azada que el jardinero había dejado tirada en el suelo.

—¿Te dolió? —preguntó Virginia, a la vez que se inclinaba hacia él.

Marco la tomó en brazos, y le hizo sentarse a horcajadas sobre él antes de besarla en los labios.

—Sí. Me dolió bastante.

—Lo siento —Virginia se inclinó, y deslizó la lengua por la cicatriz—. Yo también tengo una cicatriz.

—¿Dónde?

Virginia se ruborizó y luego sacó el brazo derecho de la manga del vestido. El corpiño se aflojó y la otra manga se deslizó por el otro brazo hasta que el vestido se amontonó en su cintura. Llevaba un sujetador sin tirantes de color carne. Marco podía ver sus pechos, pero cuando alzó una mano para tocarlos palpó la tela del sujetador, no la dulzura de su carne.

—La cicatriz no está en mis pechos —dijo Virginia con una risita.

—¿No?

—No. Está aquí.

Virginia señaló su costado izquierdo, a unos centímetros bajo su pecho. Era una cicatriz alargada, de unos cinco centímetros, y se había ido desvaneciendo con el paso del tiempo.

—¿Cómo te la hiciste? —preguntó Marco, mientras deslizaba un dedo por ella.

Virginia se estremeció entre sus brazos y se balanceó sobre él. Al hacerlo sintió el roce y la presión de la evidente erección de Marco contra el centro de su deseo.

—Tratando de entrar en casa por la ventana. Mi madre se había dejado las llaves dentro.

—Lo siento —dijo Marco, a la vez que alzaba las caderas para que Virginia inclinara el torso hacia él.

Buscó la cicatriz con sus labios y deslizó las manos por su espalda desnuda.

Virginia apoyó una mano en su abdomen y la fue deslizando lentamente hacia abajo. Marco sintió que su erección palpitaba y supo que iba a perder el control si no se tomaba las cosas con calma.

Pero una parte de él quería relajarse y permitir que Virginia hiciera lo que quisiera con él. Cuando ella alcanzó con la mano el borde de sus calzoncillos, se detuvo un momento para mirarlo al rostro, y luego la deslizó a lo largo de su miembro. Marco le quitó el sujetador y luego la alzó para que sus pezones le rozaran el pecho.

—Humm… ¡Qué agradable! —murmuró Virginia.

—¿Te gusta?

—Sí.

Marco estaba tan excitado que necesitaba estar cuanto antes dentro de su cuerpo. Pero antes tenía que ocuparse de un detalle.

—Odio preguntarte esto, cara mia, pero ¿estás tomando la pastilla?

Virginia se apartó un momento.

—Yo… Sí.

—¿Estás tomando la píldora?

Virginia asintió.

—Y no tengo nada más que deba preocuparte.¿Y tú?

—Estoy limpio.

—Bien.

Marco la atrajo hacia sí y la besó hasta que sintió que se relajaba. Luego, impaciente con la tela de su vestido, lo alzó hasta su cintura. Acarició sus cremosos muslos. Era tan suave…

Virginia suspiró cuando Marco introdujo una mano entre sus muslos, y gimió cuando deslizó los dedos por el centro de sus braguitas.

El encaje estaba caliente y húmedo. Marco deslizó un dedo bajo la tela y la miró a los ojos, momentáneamente indeciso.

Virginia se mordió el labio inferior y él sintió que movía las caderas para que la tocara donde lo necesitaba.

Marco apartó la tela de sus braguitas a un lado, y deslizó un dedo por la abertura de su cuerpo. Estaba lista para él. Lo único que le hizo contener su propio deseo, fue que quería hacerle alcanzar el orgasmo al menos una vez antes de penetrarla.

Virginia movió las caderas sinuosamente y Marco penetró su húmeda abertura con la punta de un dedo.

—Marco… —murmuró ella, sin aliento.

—¿Sí mi'angela?

—Necesito más…

—¿Así está mejor? —preguntó él, a la vez que le introducía el dedo hasta el fondo.

—Sí… —Virginia subió y bajó las caderas contra su dedo hasta que necesitó más—. Marco, por favor…

Marco retiró el dedo y lo deslizó en torno al centro del deseo de Virginia, que se movió frenética contra él. Se inclinó y sus pechos rozaron las mejillas de Marco a la vez que se agarraba al respaldo del sofá.

Él volvió el rostro y tomó un pezón en su boca, a la vez que introducía dos dedos en el cuerpo de Virginia. Mantuvo el pulgar en su centro y trabajó con sus dedos hasta que ella echó la cabeza atrás y pronunció repetidas veces su nombre.

Marco sintió cómo se tensaba en torno a sus dedos. Virginia siguió moviéndose unos segundos y finalmente se desmoronó sobre él.

Marco le hizo inclinar la cabeza hacia la suya para saborear su boca. Se dijo que debía tomárselo con calma, que Virginia no estaba acostumbrada a él. Pero perdió el control en cuanto rozó sus labios.

La besó y la sostuvo a su merced, acariciándole la espalda y deslizando las uñas por su columna, hasta alcanzar la curva de sus glúteos.

Virginia cerró los ojos y contuvo el aliento cuando Marco alzó la mano para tomar un pezón entre sus dedos. La dulzura de sus gemidos estuvo a punto de hacer perder el control a Marco, que bajó la cremallera de sus pantalones para liberar su erección. Virginia dio un gritito cuando él frotó la punta contra su húmedo centro.

Introdujo la mano entre ellos y se irguió para introducir la punta en su cuerpo.

Marco la sostuvo con una mano en la espalda. Deseaba a Virginia más de lo que había deseado a ninguna otra mujer en mucho tiempo. Le estaba costando verdaderos esfuerzos mantener el control. Pero no podía permitir que aquello llegara a ser algo más que un apasionado encuentro.

Aquello sólo tenía que ver con el sexo. Era una aventura de una noche.

Virginia movió las caderas, tratando de que la penetrara más profundamente, y él supo que había llegado el momento de la verdad.

—¿Marco?

—¿Humm?

—¿Vas a tomarme?

—¿Quieres más?

Virginia se inclinó y le mordisqueó el labio inferior.

—Sabes que sí.

—Ruégame que te tome, mi'angela bella.

—Tómame, Marco. Hazme tuya…

Marco quería hacerla suya. Allí, con la Cruz del Sur brillando en el cielo, estaba lejos de Italia y de la maldición que había perseguido a los hombres Moretti durante demasiado tiempo.

Iba a hacer suya a Virginia… Aunque sólo fuera por una noche.

Alzó las caderas para introducirse más profundamente en la dulzura de su cuerpo. Cuando sopló sobre sus pezones, vio que se le ponía la carne de gallina. Le encantaba cómo reaccionaba a las caricias de su boca. Succionó la piel de la base de su cuello mientras la penetraba hasta el fondo. Sabía que le estaba dejando una marca con su boca, y eso le agradaba. Quería que cuando estuviera sola, recordara aquel momento y lo que habían hecho.

Siguió jugueteando con sus pezones hasta que Virginia entrelazó las manos en su pelo, y empezó a subir y bajar las caderas cada vez con más fuerza.

—Llega conmigo… —susurró él en italiano.

Virginia asintió y Marco pensó que entendía su lengua. Sus ojos parecían agrandarse con cada penetración. Marco notó que empezaba a tensarse en torno a su miembro y que cada vez movía las caderas con más rapidez.

—Agárrate a mí con fuerza —dijo.

Virginia hizo lo que le decía y Marco giró hasta que la tuvo debajo suyo. Le hizo doblar las rodillas contra el cuerpo para poder penetrarla más profundamente, para que estuviera abierta y vulnerable a él.

—Ahora, Virginia… —murmuró.

Ella asintió y Marco notó que su cuerpo se tensaba. Virginia apoyó las manos en sus glúteos y lo atrajo hacia sí. Él sintió el rugido de la sangre en sus oídos, y todo su mundo se centró en aquella única mujer.

Repitió su nombre una y otra vez mientras alcanzaba el clímax de su deseo. Vio que los ojos de Virginia parecían crecer aún más, y sintió cómo se contraía en torno a él mientras alcanzaba su orgasmo.

Marco rotó las caderas contra ella hasta que Virginia dejó de moverse. Luego lo rodeó con los brazos por los hombros y lo besó en la barbilla.

—¡Oh, Marco! Gracias por hacerme el amor.

—De nada, Virginia.

—Jamás pensé que sería así…

—¿Así cómo?

—Tan increíble. Estar contigo es… No tenía idea que sería una experiencia tan intensa.

Marco rió.

—Eso se debe a que nunca habías hecho el amor antes conmigo.

Virginia echó la cabeza atrás y Marco captó una vulnerabilidad en sus ojos que no comprendió.

—Creo que tienes razón.

Marco se estiró y giró en la cama, mientras la luz del sol inundaba el suelo de su dormitorio. La almohada que estaba junto a él aún estaba arrugada, y las sábanas olían a sexo y al delicado perfume de Virginia.

—¿Cara mia?

No hubo respuesta mientras se levantaba y se estiraba. Había un vaso de zumo en su mesilla. Marco sonrió mientras lo tomaba. Tal vez Virginia estaba preparando el desayuno.

Caminó lentamente por el ático. Ante él se extendía todo Melbourne, y pensó por un momento en su vida y en el hecho de que parecía tenerlo todo. Pensó también en la maldición que perseguía a su familia. Nunca le había dado demasiada importancia; había preferido creer que controlaba su destino, pero Dom había amado y había sufrido a causa de ello, de manera que tal vez había algo en la maldición de los Moretti.

Se pasó la mano por el rostro. ¿Por qué estaba pensando en la maldición aquella mañana?

No quería admitirlo porque Virginia le gustaba. Sentía la tentación de retrasar sus planes de viaje. Podía quedarse en Melbourne con ella hasta que no le quedara más remedio que irse.

Y precisamente por eso, lo más prudente sería que Virginia se fuera. La encontraría, comería lo que hubiera preparado para él, y luego se despediría de ella.

—¿Virginia?

Al no encontrarla en la cocina pensó que tal vez estaba en el balcón. Se detuvo en su despacho al notar que algunos papeles del escritorio estaban desordenados, como si alguien les hubiera estado echando un vistazo. Consciente de lo importante que era preservar los secretos de Moretti Motors, empezó a sentirse preocupado.

¿Habría acudido Virginia a su apartamento para averiguar lo que estaba haciendo Moretti Motors?

Lo más probable era que estuviera volviéndose paranoico, como Dom. Virginia no le había hecho una sola pregunta sobre la empresa, y en ningún momento se había mostrado interesada por el tema.

Al comprobar que el balcón también estaba vacío, comprendió que Virginia se había ido. Apretó los puños, enfadado por el hecho de que se hubiera marchado sin darle la oportunidad de… En realidad era algo que no se esperaba. Había planeado cambiar todo su día por ella… Pero se había ido.
1   2   3   4   5   6   7   8   9

similar:

Colección: Deseo 1661 iconOtra perspectiva propone que el deseo nunca puede ser satisfecho,...

Colección: Deseo 1661 iconOtra perspectiva propone que el deseo nunca puede ser satisfecho,...

Colección: Deseo 1661 iconLa educación como industria del deseo la educación es sobre todo educación del deseo

Colección: Deseo 1661 iconMorfología del deseo

Colección: Deseo 1661 iconExpiación, deseo y pecado

Colección: Deseo 1661 iconDeseo que te guste, amigo “pilotillo”

Colección: Deseo 1661 iconA el deseo de regresar después de un lago viaje B

Colección: Deseo 1661 iconDeseo, a través de esta carta, entregar mi testimonio de lo que fue...

Colección: Deseo 1661 iconAmigos, deseo invitarlos a ejecutar un plan en twitter para defender...

Colección: Deseo 1661 icon“Cuando en el balneario apareció Marisa por primera vez, yo comencé...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
p.se-todo.com