Colección: Deseo 1661




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Capítulo 4

La carrera en Barcelona no fue distinta a las dos anteriores para Marco. Dio conferencias de prensa, atendió sus responsabilidades en Moretti Motors, y desde el punto de vista de su compañero de equipo, Keke, y sus hermanos, era el mismo conductor ambicioso de siempre.

Pero por dentro hervía. Al principio, cuando descubrió que estaba solo en Melbourne, se preocupó por Virginia, por la posibilidad de que se hubiera sentido abrumada después de la apasionada noche que habían compartido. Pero con el paso de los días, había comprendido que Virginia había buscado voluntariamente compartir aquella única noche con él.

También había comprendido que no quería que la buscara, algo que no habría supuesto mayor problema. Marco era consciente de que si se hubiera quedado aquella mañana en su apartamento, la habría despedido cuanto antes para seguir adelante con su vida. No buscaba asentarse. Había hecho una promesa a sus hermanos que no pensaba romper, y no tenía tiempo en su vida para complicaciones románticas.

De manera que, ¿por qué seguía enfadándose cuando pensaba en cómo lo había dejado Virginia?

—¿Marco?

—¿Sí?

—Tenemos que reunirnos con los oficiales en unos minutos… ¿Estás bien? —preguntó Keke.

—Sí. Sólo estaba repasando la carrera en mi cabeza.

—¿Estás libre para salir esta noche? La familia de Elena está en la ciudad y vamos a salir con ellos.

La relación de Keke con Elena se estaba volviendo más y más seria con el paso de los meses, y Marco apreciaba que su amigo lo incluyera en sus planes, pero empezaba a sentir que sobraba.

—Mis padres van a venir a ver la carrera y voy a pasar la tarde con ellos.

—También puedes invitarlos.

—¿Qué pasa? ¿No quieres estar a solas con los padres de Elena?

Keke se puso colorado.

—No es eso. Voy a pedirle que se case conmigo y me gustaría que estuvieras presente. Ya sabes que tengo una auténtica familia…

Marco comprendía a su amigo.

—Será un honor acompañarte. De hecho, Dom ha reservado un restaurante entero para que podamos estar tranquilos. ¿Te gustaría utilizarlo para tu plan?

—He hecho reservas en el Stella Luna —dijo Keke.

—En ese caso, nos reuniremos allí contigo. ¿A qué hora?

—A las nueve.

Marco miró a German y se preguntó qué supondría aquello para su amistad. Sabía que por mucho que quisiera mantener sus relaciones intactas, la vida de un hombre, cambiaba cuando se casaba.

—Felicidades, amico mio.

—Gracias. ¿Querrás ser nuestro padrino si Elena acepta casarse conmigo?

—Aceptará, y yo acepto ser vuestro padrino.

Keke se fue unos minutos después y Marco llamó a sus padres y hermanos para trasladarles la invitación de su amigo.

Luego permaneció un rato pensativo, como sucedía siempre que salía el tema del matrimonio. El plan que habían tramado sus hermanos y él cuando eran jóvenes, implicaba que probablemente ninguno se casaría por amor. Y envidiaba a su amigo aquella relación.

Al salir del garaje se encontró con un grupo de fans que querían autógrafos. Se detuvo, sonrió mientras le hacían fotos y firmó sombreros y camisetas. Mientras lo hacía, no dejó de buscar entre la multitud el rostro de Virginia. Era tonto por seguir buscándola. Se había ido. Y él necesitaba dejar atrás de una vez por todas la noche que habían compartido en Melbourne.

Pero no podía. Era ella la que se había ido. En parte, Marco reconocía que era su orgullo herido lo que lo impulsaba a seguir buscándola. Pero sobretodo, quería verla por motivos sexuales. Quería tomarla y esclavizarla con la pasión que latía entre ellos. Atarla a él, y cuando fuera realmente suya, dejarla para que pasara por lo que él estaba pasando.

Era una suerte que aquello no hubiera afectado a su conducción, pero a aquellas alturas de su carrera ya sabía cómo aislarse de todo excepto de la carrera cuando se sentaba tras el volante.

—Espera, Marco.

Marco se volvió y vio que su hermano Dom se acercaba a él.

—¿Qué sucede?

—He recibido tu mensaje para lo de esta noche y trataré de ir, pero es posible que no pueda.

—¿Por qué?

—Creo que tenemos un espía en nuestra empresa. Es posible que tenga que regresar a Milán para ocuparme del asunto.

Marco entrecerró los ojos. Recordó los papeles revueltos de su escritorio.

—¿Y por qué crees eso?

—Me he encontrado con Dirk Buchard en el vestíbulo del hotel, y me ha mencionado que corren rumores sobre un nuevo diseño de ESP.

La empresa ESP fue fundada por el archirrival de Nonno, pero en la época de éste quedó totalmente eclipsada por Moretti Motors. Una de las virtudes de Lorenzo, era que tenía el toque del rey Midas en lo referente a los negocios.

—¿Y qué sucede con ese nuevo diseño?

—Puede que esté paranoico…

Marcó resopló. Su hermano era un experto paranoico en todo lo referente a proteger el negocio.

—¿Puede?

Dom hizo caso omiso de su irónica pregunta.

—Mencionó algo que está en el nuevo modelo Valerio, y se supone que excepto Antonio, tú, yo y el equipo R&D, nadie lo ha visto.

—No tienes por qué quedarte para la carrera si quieres investigar el asunto —le dijo Marco.

—Pero quiero quedarme. Creo que corres mejor cuando Tony y yo estamos aquí.

—Estoy de acuerdo. Me gusta recordaros que soy más rápido de lo que jamás podríais soñar ser vosotros.

Dom le dio un amistoso puñetazo en el hombro.

—La velocidad no es lo único que cuenta.

—En nuestro mundo, sí.

—Es cierto. Y hablando de velocidad, ¿te ha llegado el correo que te envié sobre la nueva campaña de marketing?

—Sí. Me gusta. Creo que será justo lo que necesitamos para lanzar el nuevo Valerio.

Marco permaneció un momento pensativo.

—¿Es posible que alguien haya podido deducir lo que estamos haciendo a base de estudiar los coches? A fin de cuentas, esta temporada estoy utilizando una tecnología similar en mi coche de carreras.

—Me enteraré de algo más cuando vuelva a la oficina de Milán.

Marcó miró a su hermano, y pensó en lo duro que habían tenido que trabajar todos para distanciarse del fiasco que fue Moretti Motors bajo el control de su padre. En momentos como aquél, sentía que hicieran lo que hiciesen, siempre iban a tener que estar luchando.

Los únicos momentos en que no se sentía así era cuando estaba compitiendo… O cuando había dormido con Virginia. Aquella noche se dio cuenta de que podía encontrar la paz en los brazos de una mujer.

Virginia aterrizó en Barcelona el sábado por la mañana. Le había bajado el periodo la semana anterior, y así había tenido una excusa perfecta para volver con Marco. Era evidente que la única noche de pasión que habían compartido no había dado sus frutos. Se había sentido feliz porque había echado de menos a Marco… Pero sabía que aquello podía suponer un problema. ¿Y si sus acciones hacían que se perpetuase la maldición para ambas familias?

Lo cierto era que le daba igual. No había dejado de soñar con Marco desde la noche que habían estado juntos.

Y no sólo había soñado que hacían el amor… Había tenido visiones muy intensas de Marco y de sí misma con niños danzando a su alrededor.

Tras recoger el equipaje, fue a por el coche que había alquilado y condujo hacia el hotel. Si aún viviera su abuela, le habría hecho muchas preguntas sobre la maldición que hizo caer sobre Lorenzo, pero no tenía a nadie.

No había podido evitar cierto sentimiento de tristeza al comprobar que no estaba embarazada. Por primera vez entendía claramente por qué se había sentido tan feliz su madre al tenerla. Un hijo suponía el final de la soledad que parecía perseguir a cada generación de mujeres Festa.

Y ella tenía intención de acabar son esa soledad.

—Bienvenida a Barcelona —dijo el portero del hotel Duquesa de Cardona, que se hallaba en el Barrio Gótico de Barcelona.

Virginia le dedicó una sonrisa antes de entrar en el vestíbulo. Era raro estar viajando tanto, pero al mismo tiempo, se sentía como si por fin estuviera viviendo de verdad.

Todos aquellos solitarios años en Long Island, acudiendo al colegio y al instituto, y luego enseñando… Había sido una vida muy rutinaria; pero ahora tenía una misión. Algo con que llenar sus días. Por primera vez se sentía realmente viva.

No sabía cómo ponerse en contacto con Marco, y no iba a quedarle más remedio que pasar el día sola hasta la carrera del día siguiente. Ni siquiera estaba segura de que fuera a lograr acercarse lo suficiente a él, y no tenía idea de qué iba a decirle si lo lograba. Pensó en la posibilidad de quedarse en su dormitorio, pero no le gustó la idea de quedarse encerrada esperando a que llegara el domingo.

Sabía que el cambio que buscaba en su vida no se limitaba a romper la maldición. Necesitaba encontrar el modo de llegar a ser la mujer que siempre había soñado ser. Si iba a ser madre, no quería serlo como lo fue la suya, aquella solitaria figura que raramente sonreía y casi nunca salía de su pequeña casa.

Ella quería salir al mundo y experimentar la vida.

Fue al circuito de Fórmula 1 a ver las sesiones de entrenamiento, aunque se aseguró de que Marco no la viera, a pesar de que se acercó todo lo posible a él.

Parecía más delgado que en Melbourne, pero dejó de sonreír y firmar autógrafos a sus admiradores. Virginia empezó a aproximarse, pero no logró abrirse paso. Un momento después, Marco se despidió de la gente con la mano y se alejó.

Virginia los observó hasta que desapareció en la zona de boxes y luego se fue. Durante el año en que había fraguado su plan para acercarse a Marco, había consultado mucho en Internet todo lo referente a la Fórmula 1, y había entablado amistad con mucha gente relacionada con su mundillo. Gracias a aquellos contactos había logrado acudir a las exclusivas fiestas que se celebraban después de las carreras.

Tomó un taxi y pidió que la llevara al museo Picasso. La idea de volver sola al hotel no le atraía. Recorrió el museo y se detuvo ante un cuadro de Picasso titulado El Abrazo, que el artista había pintado en mil novecientos. Mientras lo contemplaba, Virginia pensó en lo poco que habían cambiado las parejas desde entonces. Nada era más reconfortante y relajante que un abrazo.

—Es precioso, ¿verdad?

Virginia se volvió hacia la mujer que había hablado. Era alta, delgada y muy guapa.

—Sí.

—Me encanta lo que pintó Picasso antes del periodo abstracto.

—A mí también. En sus primeros trabajos me recuerda un poco a Pissarro.

—No conozco bien a Pissarro. Sólo a Picasso. ¿Has venido a la ciudad por la carrera?

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—Te vi en la fiesta en Melbourne. Mi novio es Keke Heckler.

—¿El compañero de equipo de Marco Moretti?

Virginia no sabía si Marco habría mencionado a la novia de Keke la noche que pasaron juntos. Esperaba que no. No quería que nadie se enterara de lo que había pasado entre ellos, sobretodo porque no sabía cómo se había sentido Marco a la mañana siguiente.

Se fue cuando aún estaba dormido, temiendo olvidar sus planes si permanecía entre sus brazos. Sospechaba que su madre hizo algo parecido con su padre.

—Sí, el compañero de Marco —contestó la novia de Keke—. No nos conocimos en la fiesta, pero te vi bailando con Marco. Me llamo Elena Hamilton.

—Yo soy Virginia.

—Tengo una confesión que hacerte —dijo Elena—. Te he seguido hasta aquí porque sentía curiosidad por ti.

Virginia se tensó al escuchar aquello.

—¿Por qué?

—Porque Marco ha estado preguntando por ti a todo el mundo para tratar de averiguar adónde habías ido. Keke dice que nunca lo ha visto tan enfadado cuando cree que nadie lo está mirando.

—No sé qué decir.

—Marco es como un hermano para Keke. Yo también he llegado a conocerlo bastante bien. Significa mucho para mí, y no me gustaría enterarme de que está siendo utilizado por alguien.

A Virginia le alegró saber que Marco tenía buenos amigos que cuidaban de él.

—Yo no lo estoy utilizando.

Elena le lanzó una severa mirada.

—No te creo. No olvides que te estaré observando.

Virginia asintió mientras la otra mujer se alejaba. Tal vez iba a ser más complicado de lo que esperaba, pasar una segunda noche con Marco.

Marco terminó el Gran Premio de Cataluña en segundo lugar, pero no le importó no ganar aquella semana. Keke había estado imparable en la pista. Su amigo y compañero estaba teniendo una racha de buena suerte desde que se había comprometido con Elena.

Sonrió con todos los demás. Dominic estaba contento, porque aquella nueva victoria de Moretti Motors los mantenía por delante de Ferrari y Audi, que era lo único que realmente le importaba.

Se frotó el cuello, consciente de que no se sentía tan feliz como debiera. Necesitaba alejarse de Keke y del resto de la multitud.

Estaba a punto de irse, cuando vio el familiar pelo castaño que había estado buscando durante cada carrera que había tenido lugar desde la de Melbourne. Virginia.

Estaba allí. Y él pensaba obtener algunas respuestas sobre dónde había estado y quién era realmente.

Los aficionados lo rodearon mientras se encaminaba hacia ella. No tenía tiempo para sonrisas ni fotos, pero hizo un esfuerzo por mostrarse cordial. Su popularidad era una de las principales bazas para Moretti Motors. Hizo una seña a Carlos, su guardia de seguridad.

—No dejes que esa mujer se vaya —dijo a la vez que señalaba a Virginia.

—Sí, señor —contestó Carlos, que se acercó de inmediato a ella.

Virginia lo miró arqueando una ceja, y el vigilante dedujo que no le hacía gracia la idea. Pero le dio igual.

Marco se tomó su tiempo para flirtear con las admiradoras que siempre lo estaban esperando. Les gustaba posar con él y que les tomaran fotos. Aquel día no dijo «no» a ninguna.

¿Por qué habría vuelto Virginia?, se preguntó cuando finalmente se quedó solo. Hizo una seña a Carlos para que acudiera con ella. No parecía especialmente contenta, pero le daba igual. Pensaba arrinconarla y hacerle saber quién controlaba la situación.

Cuando la tuvo a su alcance, la tomó por la muñeca y la atrajo hacia sí. Virginia dejó escapar un pequeño gritito cuando sus cuerpos entraron en contacto.

—Hola, Marco.

Bongiorno, Virginia.

—Hoy has corrido muy bien.

Estaba nerviosa, algo que agradó a Marco. Más le valía estar recelosa de él. Jamás le haría daño, pero estaba enfadado con ella y quería que lo supiera.

La tomó por la barbilla y le hizo echar la cabeza atrás con delicadeza.

—Quiero respuestas…

—Te las daré —dijo Virginia, mientras Marco inclinaba la cabeza hacia ella para besarla.

No fue una seducción especialmente delicada. Marco pretendía recordarle que no era un hombre con el que se pudiera jugar. Que su pasión y ella, le pertenecían.

Le hizo entreabrir los labios y la invadió profundamente con su lengua. Virginia se aferró a sus hombros con fuerza.

Al oír que gemía, Marco suavizó su abrazo y apartó los labios de ella.

—Ven conmigo.

Pasó un brazo por su cintura y la estrechó contra su costado. La pista de carreras no era un buen lugar para aquella clase de encuentro.

Virginia asintió sin decir nada, y Marco la condujo hasta la casa móvil que utilizaba como vestuario y para relajarse en las carreras.

Tenía un millón de preguntas que hacerle, pero sobretodo deseaba hacerla suya. Necesitaba dejar establecido su dominio sobre ella. Virginia lo había dejado, y aunque era cierto que las aventuras de una sola noche no eran algo extraordinario para él, siempre solía ser él quien se iba.

—¿Por qué te fuiste como lo hiciste?

Virginia se cruzó de brazos.

—No… No quería quedarme esperando a que me dijeras que me fuera.

—¿Y por qué crees que habría hecho eso?

—Sé la clase de hombre que eres, Marco.

—¿Qué clase de hombre soy? —preguntó él con curiosidad.

—Tienes reputación de vivir deprisa, tanto en el circuito como fuera de él. Y sabía, al igual que sé ahora, que una sencilla chica de Long Island tenía pocas posibilidades de retenerte mucho tiempo.

Había bastante verdad en las palabras de Virginia, pero Marco sospechaba que aquél no era el único motivo por el que se había ido. De hecho, cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que allí había gato encerrado.

—Nunca he hecho huir a una mujer de mi cama.

Virginia suspiró.

—No fue por ti. Fue por mí. Temí no ser capaz de irme con dignidad si estabas despierto, así que me escabullí mientras dormías.

—¿Por qué has vuelto?

—He vuelto porque te echaba de menos, Marco. Y porque no he podido parar de pensar en ti.

Marco no lo admitió, pero él también la había echado de menos.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Tengo que ducharme y cambiarme. Luego podemos ir a comer algo.

Marco se alejó antes de que Virginia pudiera contestar. Por fin la había recuperado, estaba decidido a no permitir que volviera a dejarlo.
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