Colección: Deseo 1661




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Capítulo 6

Marco despertó en medio de la noche y se sentó repentinamente en la cama. La voz de su abuelo resonaba en su mente. Decía algo sobre que ya era demasiado tarde.

Se pasó una mano por el rostro y encendió la luz de la mesilla de noche antes de recordar que no estaba solo. Virginia.

Realmente estaba allí. Después de hacer el amor se había quedado dormida en sus brazos. Y a él no le había importado. Porque lo último que había querido hacer había sido interrogarla sintiéndose tan vulnerable. Aquella mujer le hacía sentirse… Débil.

O por lo menos le hacía perder el control, como le sucedió la primera vez que se sentó tras el volante de un coche de carreras.

Ya que estaba dormida, podía contemplarla a su gusto sin tener que admitir ante nadie que estaba obsesionado con ella. Sabía que su hermano Dominic se alegró cuando se encontraron aquella mañana en Melbourne y comprobó que Virginia ya no estaba con él.

¿Habría visto algo especialmente peligroso en ella? ¿O su reacción se habría debido a su habitual temor a que una mujer pudiera interponerse en el camino de Moretti Motors hacia la cima?

Pero ya estaba acostumbrado a verlo siempre rodeado de mujeres bonitas, de manera que, ¿qué habría visto de especial en Virginia? ¿O había sido su reacción lo que le había preocupado?

Marco no sabía si sus hermanos y él tomaron una buena decisión cuando prometieron evitar a cualquier mujer que pudiera hacerles sentir algo. Marco no podía hablar por sus hermanos, pero él estaba cansado de los desiertos emocionales que habían sido sus relaciones pasadas.

No dejaba que nadie se acercara demasiado a él. Y al final del día siempre estaba solo. Tenía a sus hermanos, por supuesto, pero a veces no podía evitar anhelar la felicidad que su padre encontró con su madre.

La clase de felicidad que surgía del amor.

Agitó la cabeza para despejarse. Él no era la clase de hombre que necesitaba el amor. Necesitaba una poderosa máquina bajo su control. Necesitaba el estímulo de competir contra otros grandes corredores. ¿Pero el amor? Eso no lo necesitaba.

Salió de la cama y apagó la luz para no molestar a Virginia.

¿Por qué le hacía sentir tanto aquella mujer? Tenía treinta y seis años y llevaba una buena vida. ¿Por qué de pronto empezaba a cuestionársela?

Fue hasta el bar, se sirvió una bebida y luego fue hasta los ventanales del cuarto de estar. Las luces de Barcelona competían con las estrellas del cielo. Le habría gustado poder achacar su inquietud a Virginia y a las preguntas que aún no le había hecho, pero sabía que era más que eso.

Sus pensamientos derivaron hacia el campeonato de aquel año, y comprendió que ganarlo no le iba a bastar. Porque una vez que tuviera en sus manos otro campeonato, ya no quedaría ningún reto para él en el mundo de la Fórmula 1.

A veces sentía que no sabía quién era si no estaba tras el volante de un coche. Estaba muy bien ser el rostro de Moretti Motors. Pero no podía decirse que aquello fuera demasiado. Lo cierto era que siempre le había avergonzado un poco la forma en que lo perseguían los fotógrafos y las mujeres.

Volvió al bar para rellenar su vaso.

—¿Marco?

Al volverse, Marco vio a Virginia de pie en la penumbra del pasillo.

—¿Sí?

—¿Qué estás haciendo?

—No podía dormir. ¿Te he molestado?

Virginia avanzó hacia él y Marco notó que llevaba su camisa. Le gustaba el aspecto que tenía con su ropa. Cuando la tuvo lo suficientemente cerca la rodeó con sus brazos.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Virginia—. ¿En la carrera?

Marco sintió la tentación de decir que sí. Habría sido fácil decir que la estaba repasando mentalmente para averiguar por qué había perdido, pero no estaba pensando en la carrera ni en Moretti Motors. Estaba pensando en la mujer que tenía en aquellos momentos entre los brazos.

—No. No estaba pensando en la carrera.

—Entonces, ¿en qué pensabas?

—En que aún no sé tu apellido ni a qué te dedicas. Sin embargo tú conoces un montón de detalles sobre mi vida.

Virginia se ruborizó.

—¿Y eso te importa?

—Sí.

Virginia dudó.

—Soy Virginia Festa. Nací en Italia pero me trasladé a Estados Unidos cuando tenía un año. Mi madre, Carmen Festa, era maestra.

—¿Y tu padre?

—Nunca lo conocí. Murió antes de que naciera.

A Marco le resultó familiar el apellido Festa.

—¿En qué parte de Italia naciste?

—En Chivasso.

Marco se tensó. De allí era Cassia, la mujer que maldijo a su abuelo y de paso a todos los hombres Moretti. No conocía su apellido, porque su abuelo siempre se había referido a ella como «la bruja». Pero lo que había dicho Virginia le había hecho pensar en su maldición familiar. No había creído en la maldición hasta que Dom la había experimentado. Aquello fue lo que hizo que Antonio y él empezaran a tomarse en serio las creencias de su abuelo.

Lorenzo les contó la historia de la chica de su pueblo a la que prometió amar y a la que acabó rompiendo el corazón. En venganza la chica lo maldijo.

—De manera que tu madre y tú estabais solas.

—No. Mi abuela también vivía con nosotros.

—¿Tres mujeres solas?

—Sí. Mi abuela hizo algo malo cuando era joven y creo que sus actos nos condenaron a todas.

Virginia no sabía si era porque estaban en penumbra, o debido al consuelo que extraía de estar entre los brazos de Marco, pero de pronto quería hablar de su pasado, del camino que la había llevado hasta su cama.

—¿Y qué tiene eso que ver con el secretismo que has mantenido hasta ahora? —preguntó Marco, mientras la tomaba de la mano para conducirla hasta el sofá.

Virginia comprendió que estaba hablando demasiado, que debería retirarse al dormitorio o utilizar el sexo para distraer a Marco y volver a desaparecer por la mañana.

Pero el mes anterior había tenido mucho tiempo para pensar, y lo que quería no era volver a su solitaria vida. Le gustaba Marco. No había contado con aquel factor en su cálculos: Las emociones humanas como parte de la ruptura de la maldición. Siempre había creído que a su abuela se le había roto el corazón cuando Lorenzo se negó a volver al pueblo a casarse con ella. Pero no había comprendido que las emociones podían ser el componente clave con el que no había contado. Lo cierto era que ella no era bruja, y que no practicaba la magia con regularidad. Todo su entrenamiento había consistido en el estudio de las prácticas de brujería para encontrar una forma de romper la maldición.

Utilizar las emociones era algo básico, y algo que no debería haber olvidado. Pero aquel hechizo, el único que había intentado…

—Virginia?

—¿Humm?

—Te he hecho una pregunta.

Virginia sonrió. Apenas podía ver en la penumbra los ojos de Marco, y comprendió que se estaba enamorando de él. ¿Se debería tan sólo a que lo había elegido como padre de su bebé?

—Es cierto.

—¿Te encuentras bien?

—Sí… En realidad no. Supongo que como estamos en plena noche he pensado que hablarte del pasado haría que todo se arreglara, pero ahora no estoy segura.

—No te sigo.

—Me has preguntado si mi misteriosa forma de actuar tiene algo que ver con lo que hay entre nosotros. Tiene nada y todo que ver.

Virginia sintió que su seguridad empezaba a desvanecerse a marchas forzadas. Aquellas horas de la noche no eran el mejor momento para tomar decisiones. Sin embargo, allí estaba, a punto de contarle a Marco…

—No hagas nada que no quieras hacer, mi'angela. Sólo te lo he preguntado porque quiero respuestas. Estoy cansado de buscar tu rostro en las carreras y de no saber lo suficiente sobre ti como para poder encontrarte.

—Supongo que no estoy siendo justa contigo al dudar.

—¿Al dudar sobre qué?

—Sobre si decirte la verdad.

—¿Me has estado mintiendo?

—En realidad no. Sólo me he limitado a omitir cosas. De hecho, me habría gustado que lo hubieras deducido para no tener que contártelo.

—¿Qué tendría que haber deducido?

Virginia suspiró cuando Marco se apartó de ella. No debía olvidar que estaba sola y que sólo un hijo podría cambiar sus vidas.

—Soy la nieta de la mujer que maldijo a tu abuelo. Cassia Festa, mi abuela, se llevó una profunda decepción amorosa cuando tu abuelo, Lorenzo, se negó a casarse con ella.

Marco se puso en pie y masculló una maldición.

—Conozco la historia. Tu abuela maldijo a los hombres Moretti para que tuvieran que elegir entre la fortuna o el amor. Nunca podrían disfrutar de ambas cosas a la vez.

Virginia asintió. No era fácil explicar las acciones de Cassia a alguien que no la había conocido.

—No era una mujer feliz.

—Los Moretti tampoco lo hemos sido —dijo Marco con dureza—. Perdimos nuestro hogar, Virginia.

—Lo siento. Pero te aseguro que a mi abuela tampoco le fue precisamente bien después de maldecir a tu familia.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Marco—. ¿Acaso habéis planeado volver a maldecimos? Te advierto que ya es demasiado tarde, Virginia. Mis hermanos y yo nos hemos hecho a la idea de que nunca podremos aspirar al amor.

Virginia bajó la mirada. Marco estaba enfadado, y tenía derecho a estarlo. Pero eso no significaba que tuviera que gustarle el tono en que le estaba hablando. Se levantó y se alejó unos pasos de él.

—No estoy aquí para lanzarte una nueva maldición. Las mujeres de mi familia… Bueno, en realidad estoy sola. Cassia murió sola y amargada. Mi madre perdió al único hombre al que amó, y yo…

—¿Tú qué? —preguntó Marco con aspereza.

—He pasado los dos últimos años de mi vida estudiando la maldición, y tratando de averiguar por qué mi abuela nunca se casó y tuvo una sola hija, mi madre, y por qué la vida de mi madre siguió el mismo patrón. Y he descubierto que la antigua maldición que utilizó conllevaba un efecto secundario necesario para mantener el equilibrio con el que mi abuela no contó.

—Me gustaría poder decir que me interesa lo que me estás contando, pero en estos momentos estoy demasiado enfadado.

—No te culpo. Pero no puede decirse que seas precisamente un hombre que no ha tenido otras aventuras antes.

—Eso es cierto. Pero nunca he abandonado a una mujer en medio de la noche.

—Lo siento, pero si estás dispuesto a escucharme…

Marco se encogió de hombros.

—¿A qué te referías con lo del efecto secundario que conllevaba la maldición para mantener el equilibrio?

—El equilibrio de la justicia. El equilibrio de todo en la naturaleza. La maldición concedió a mi abuela su deseo, pero también tuvo que renunciar a algo para obtener su deseo. Y ella ansiaba la infelicidad de Lorenzo. Quería que sintiera el mismo dolor que había experimentado ella…

Marco fue al bar a servirse dos dedos de whisky.

—Cassia buscó venganza porque la habían dejado plantada, y la obtuvo. Mi abuelo fue infeliz en el amor todos los días de su vida. Su matrimonio fracasó, aunque tuvo hijos a los que adoró. Mi propio padre no logró salir adelante en los negocios, pero tuvo el amor de mi madre como compensación.

—Había oído decir eso de tu familia. Me alegra que tú y tus hermanos crecierais en una casa llena de amor.

—¿En serio? —preguntó Marco en tono irónico.

—Sí. Yo crecí en un ambiente de amargura en mi casa. Tener como perspectiva vital una serie continua de decepciones amorosas no era precisamente alentador.

—¿Te importaría decirme por qué estás aquí realmente? ¿Es por el dinero?

—No, Marco. No quiero tu dinero. Quiero un hijo tuyo.

Marco no estaba seguro de poder asimilar más sorpresas.

—¿Un hijo mío? —repitió, perplejo.

—Sí.

Marco se tomó el whisky de un trago y luego miró a Virginia.

—¿Me mentiste cuando dijiste que estabas tomando la pastilla?

Virginia se ruborizó y volvió el rostro.

Esa fue toda la respuesta que necesitó Marco.

—¿Hay algo de verdad en todo lo que me has dicho hasta ahora?

—Sólo te he mentido para tratar de arreglar las cosas, Marco. ¿La intención no cuenta para nada?

—No… No lo sé. ¿Por qué me has elegido a mí?

—No tenías por qué ser tú en concreto. Podía ser cualquier Moretti.

—¿Y por qué me ha tocado a mí? —preguntó Marco, cada más indignado.

Se planteó la posibilidad de llamar a sus abogados para que buscaran todos los motivos posibles para denunciar a Virginia.

—Resultaba más fácil acercarse a ti que a tus hermanos. Y tras veros a los tres me sentí más atraída por ti.

Marco había sentido una punzada de celos cuando Virginia había dicho que no tenía por qué ser él en concreto. Los celos mermaron un poco cuando escuchó aquello, pero no le gustó el hecho de no ser para ella más que un medio para conseguir un fin.

—¿Por qué quieres un hijo mío?

Virginia se acercó un poco a él. Sólo llevaba puesta su camisa y Marco fue consciente de lo pequeña y vulnerable que parecía. En la semipenumbra reinante, parecía un ser etéreo.

Pero no podía fiarse de aquella aparente vulnerabilidad. A fin de cuentas, le había estado mintiendo.

—Todo está relacionado con la maldición.

—Háblame de eso.

—Creo que cuando mi abuela maldijo a tu abuelo Lorenzo, se maldijo a sí misma. Fue como si al negar a Lorenzo la verdadera felicidad, también la hubiera eliminado de su propia vida y de las sucesivas generaciones de su familia.

—¿Tu madre no fue feliz?

—Se enamoró de mi padre y fueron felices durante tres meses, antes de que lo enviaran a la guerra. Yo nací, y tres días después mamá recibió la noticia de la muerte de mi padre. Quedó destrozada para el resto de su vida.

—¿Pero naciste en Italia?

—Sí. Tras la marcha de mi padre, mi bisabuela se puso enferma y mi madre y mi abuela fueron a su pueblo a ayudarla. Cuando mamá descubrió que estaba embarazada, decidieron quedarse una temporada. Tras la muerte de mi padre, creo que la abuela esperaba que algún italiano agradable se enamorara de mamá y se casara con ella, pero no fue así. Volvimos a Estados Unidos cuando cumplí un año.

—¿Y qué le sucedió a tu abuela?

—Tuvo una aventura con alguien en su pueblo. No sé con quién, pero el escándalo de su embarazo le hizo abandonar el pueblo y trasladarse a Estados Unidos, donde nació mi madre.

Marco empezaba a hacerse una idea de cómo había sido la vida de la familia de Virginia, y comprendió su afán por deshacer el maleficio. Pero aquello no explicaba por qué quería un hijo suyo.

—¿Cómo relacionaste el trágico pasado de las mujeres de tu familia conmigo?

—Es lo único que tiene sentido. Logré encajar las piezas del rompecabezas cuando mi madre murió y me dejó el diario de mi abuela. Aprendí mucho sobre la magia strega y la maldición que mi abuela había hecho caer sobre tu familia. Hasta entonces, no supe que había hecho algo así. Sólo pensaba que éramos desafortunadas en el amor.

—¿Tú también?

Virginia miró a Marco, y éste comprendió que se estaba acercando a la verdad. Aquélla era una misión muy personal para Virginia. Se frotó la nuca, pensativo. Estaba enfadado con ella por haberlo utilizado, pero quería superar aquello.

—Sí, yo también he sido desafortunada en el amor, y no quiero pasarme la vida sola e infeliz, como mi madre y mi abuela. De manera que me puse a investigar la magia y las maldiciones strega. Gracias al diario conocía la maldición que utilizó mi abuela. Cuando empecé a leer la historia de las maldiciones amorosas, comprendí que también tenían repercusiones para quienes las utilizaban.

—¿Y cómo esperas romper la maldición?

—Teniendo un hijo tuyo. La fusión de las sangres Moretti y Festa en una nueva generación, unirá lo que fue separado y deshará la maldición. Pero no creo que podamos enamorarnos.

—No voy a enamorarme de ti —dijo Marco, al que no le gustó que Virginia asumiera que fuera a enamorarse de ella. No había hecho más que mentirle y utilizarlo sexualmente. No se le pasó por alto la ironía de la situación. Era muy consciente de que durante toda su vida de adulto, había utilizado a las mujeres como sus juguetes—. Y no estoy seguro de querer que tengas un hijo mío.

Virginia se abrazó a sí misma en un gesto de autoprotección.

—No te estoy pidiendo que te enamores de mí.

—De manera que en realidad estás aquí para liberarme de la maldición, ¿no?

Virginia se mordió el labio inferior.

—A ti, a tus hermanos y a tus hijos.

—¿Y qué pasará con el hijo que quieres tener? —preguntó Marco.

Había sido víctima de una falsa acusación de paternidad cuando tenía veintiún años, y juró no volver permitir que lo utilizaran así.

—Yo me ocuparé de criarlo. Tú no tendrías ninguna responsabilidad.

Marco volvió a frotarse la nuca. No se creía capaz de dar la espalda a un hijo suyo. La familia era la piedra angular de todo lo que hacía… Incluso correr.

—Me gustaría que mi hijo me conociera.

—En ese caso, seguro que podemos llegar a algún acuerdo. No tengo intención de impedirte ver a tu hijo.

Marco dejó su vaso en la mesa y se acercó a Virginia. Se detuvo a apenas unos centímetros de ella.

—Dime las palabras de la maldición.

—Si quieres puedo dejarte leer el diario de mi abuela, pero creo que no debería decir en alto las palabras. Son muy poderosas.

—Bien. Déjame ver el diario, por favor.

Virginia fue al dormitorio y regresó unos momentos después con un avejentado cuaderno de tapas de cuero. Desató la cinta que lo sujetaba y lo abrió. Marco vio el nombre de su abuelo en la primera página, y la declaración de amor incondicional de una mujer joven. Cassia había escrito sobre sus esperanzas y sueños. Marco apoyó una mano sobre la de Virginia para impedirle pasar de página.

Sabía que tenía que superar su enfado para decidir cómo actuar en aquella situación.

—¿Quieres ver la maldición? —preguntó Virginia.

Marco retiró la mano

—Sí.

Virginia buscó la página que quería. A aquellas alturas del diario la letra se había vuelto más compacta y el trazo más intenso.

«Mi amor por ti lo abarcaba todo y era eterno, y con su muerte pido al universo que lleve la muerte a tu corazón y a los de todas tus sucesivas generaciones.

Mientras los Moretti deambulen por esta tierra, sólo podrán triunfar en los negocios o en el amor, pero nunca en ambas cosas.

No desdeñes los poderes de un cuerpo pequeño. Puede que seas fuerte, Moretti, pero eso ya no te servirá de nada. Mi voluntad es poderosa y exijo venganza por el dolor que me has causado.»

—¿Y qué te hace pensar que si tienes un hijo conmigo, se romperá la maldición?

—La parte que habla de venganza. Mi abuela quería crear una familia con tu abuelo, y ya que éste eligió dedicarse a correr en lugar de casarse con ella, quiso negarle el amor para siempre.

Marco volvió a leer las palabras del diario. Notó que había una escritura diferente en una de las columnas. Estaban escritas en inglés, no en italiano.

—¿Ésa es tu escritura?

—Sí. Para poder romper la maldición he pasado mucho tiempo investigando las palabras que utilizó mi abuela.

—¿Y no puedes limitarte a revocarla?

—No. Eso sólo podría haberlo hecho mi abuela, pero está muerta.

—A ver si he comprendido… ¿Estás aquí conmigo para quedarte embarazada y romper así la maldición de los Moretti? —Virginia se mordió el labio inferior y asintió—. ¿Y qué consigues tú con eso?

—La oportunidad de no acabar sola y amargada, como les sucedió a mi madre y a mi abuela. Y la posibilidad de llegar a tener un marido y más hijos.

Marco imaginó a Virginia embarazada de su hijo, y sintió que un impulso primario se adueñaba de él. Quería plantar su semilla en aquella mujer. No sólo para romper la maldición de los Moretti, sino porque a un nivel primitivo e irracional, creía que Virginia era suya.

—De acuerdo —dijo sin pensárselo dos veces—. Mañana por la mañana haré que redacten un contrato con los detalles de nuestro acuerdo. Viajarás conmigo durante la temporada de carreras hasta que te quedes embarazada. Después vivirás en una casa que me ocuparé de pagar yo hasta que nazca el bebé. Creo que luego preferiré que sigas viviendo en ella con el niño para que crezca cerca de mí. Podré verlo cuando quiera.

Virginia se puso en jarras.

—Tú no vas a ser el único que dicte las normas sobre este acuerdo, Marco. No pienso limitarme a hacer lo que me digas.

Marco la tomó por las muñecas y la atrajo hacia sí

—Creo que sí, Virginia. Porque sin mis «normas» no tendrás nada.
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