Colección: Deseo 1661




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Capítulo 8

Marco observó el rostro de Virginia en busca de alguna reacción. Al principio pareció encerrarse en sí misma, pero enseguida vio enfado en su expresión. Pero el enfado no implicaba necesariamente inocencia. Sin embargo, intuía que Virginia era inocente.

Por un lado, apenas había mostrado interés por Moretti Motors, aunque tal vez ése fuera su plan.

—¿Vas a contestarme? —preguntó, mientras se acercaba al bar para servirse otra bebida.

—¿Hablas en serio? ¿De verdad piensas que estoy entregando información a otra empresa?

—Hablo en serio —contestó Marco, mientras se volvía hacia ella.

En realidad nunca se había fiado de ninguna mujer. Tal vez ése era el motivo por el que sus relaciones duraban tan poco. Siempre lo había achacado a que pasaba demasiado tiempo en los circuitos.

—No sé nada de tu negocio, y en realidad me da igual. La obsesión que tenéis los Moretti por Moretti Motors es perjudicial para vuestras vidas. Creo que mi abuela tuvo algo de razón cuando maldijo a tu abuelo.

Marco no sabía a dónde quería ir a parar Virginia con aquello, aunque no pudo evitar preguntarse si habría cierta vacuidad en estar tan obsesionados con la empresa. A sus padres nunca les había importado que Moretti Motors no fuera una empresa líder en el diseño de automóviles, y eran muy felices juntos.

—De manera que mi familia merecía recibir la maldición…

—No quería decir eso.

—¿Y qué querías decir?

—Sólo que los hombres Moretti parecen pensar que el mundo gira en torno a su fábrica de coches.

—No deberías generalizar con mis hermanos. A fin de cuentas, apenas los conoces.

—Por lo que he visto hasta ahora, está bastante claro que apenas pensáis en otra cosa que en la empresa. Hay algo más en la vida que tener la mejor marca de coches de Italia.

—Somos la mejor marca del mundo.

Virginia alzó las manos exasperada, y se apartó de Marco. Éste se planteó la posibilidad de seguir presionándola con el tema hasta que se hartara y se fuera. No necesitaba la distracción que representaba Virginia. No necesitaba la vulnerabilidad que había descubierto en sí mismo al encariñarse de ella.

¿Cuándo había sucedido? En ningún momento había pretendido que Virginia llegara a suponer para él algo más de lo que habían supuesto las otras mujeres con las que se había relacionado. Pero estaba claro que aquélla no era una relación como las otras.

Por eso le importaba tanto su respuesta a la pregunta que le había hecho. Quería poder confiar en ella.

—Contesta a la pregunta Virginia. ¿Has pasado información a alguien de nuestro nuevo Valerio?

—¿Qué es eso?

—Un nuevo coche de lujo. El más veloz y uno de los más caros del mundo. Vamos a lanzarlo a finales de año… Pero eso ya lo sabías, ¿no?

Virginia se acercó a Marco y se detuvo ante él con las manos en las caderas.

—No, no lo sabía. Ni siquiera sé quiénes son vuestros competidores.

—¿Te ha hecho preguntas alguien sobre el Valerio?

—No. Además, ¿cómo iba a obtener la información?

—Podrías haberla obtenido de mi ordenador o de los fax que recibo de la oficina central.

—Es obvio que has estado pensando mucho en ello. ¿Y para qué iba a hacer yo algo así?

—Esa información vale mucho dinero —dijo Marco.

—No necesito dinero, Marco —replicó Virginia irritada.

—Pero los estadounidenses están obsesionados con el dinero.

—Del mismo modo que los Moretti estáis obsesionados con Moretti Motors. Pero ése es un camino que sólo lleva al vacío, Marco, y yo no estoy interesada en llevar una vida vacía. ¿No has aprendido nada sobre mí en las semanas que llevamos juntos?

Marco tomó a Virginia por la muñeca y la atrajo hacia sí. Ella trató de apartarse.

—Aún estoy enfadada contigo.

—Lo sé —dijo Marco.

Pero le había excitado ver la pasión y el enfado que brillaba en los ojos de Virginia, y ahora que sabía que no era la espía que buscaban, volvía a desearla.

—Creo que me debes una excusa —dijo ella.

Marco se inclinó y la besó seductoramente.

—Has herido mis sentimientos… —murmuró Virginia cuando él se apartó.

—¿En serio?

—Sí. Y no me gusta. No quiero que tengas el poder de hacerme daño, pero ya lo tienes.

Marco la retuvo entre sus brazos. Nunca había pensado en Virginia como en alguien frágil. La forma en que se había acercado a él para tener un hijo suyo hablaba de fuerza, no de fragilidad.

—Lo siento —dijo finalmente—. Nos conocemos hace poco, pero sé que no me mentirías sobre tu implicación en algo así.

Volvió a besarla, tratando de decir con sus actos las cosas para las que no tenía palabras. No podía, no debía revelarle que le había hecho sentirse vulnerable. Los hombres vulnerables cometían errores porque tenían algo que perder.

Estaba empezando a darse cuenta de que podía perder algo más que dinero para Moretti Motors. Debía buscar un modo de aislarse de los sentimientos que Virginia evocaba en él.

Virginia no quería dejar de estar enfadada con Marco, pero no pudo evitarlo. La vida era muy breve y el tiempo que iba a pasar con Marco era limitado, de manera que dejó que su enfado se desvaneciera. Sabía que Marco le había preguntado aquello porque apenas la conocía.

Era difícil llegar a desarrollar una confianza total en sólo cuatro semanas, pero Virginia esperaba que se estuvieran encaminando hacia ello. Pasara lo que pasase entre ellos como pareja, sabía que cuando tuvieran un hijo tendrían que depender y confiar el uno en el otro.

Lo rodeó con los brazos por el cuello y lo atrajo hacia sí, a la vez que apoyaba la cabeza en su hombro. Quería simular que enamorarse de Marco no iba a afectarla negativamente, pero ya lo estaba haciendo. Estaba cambiando en un esfuerzo por agradarle, y dejar que se desvaneciera su enfado no era más que un detalle entre otros.

Mi scusi, il signore Moretti —dijo Vincent, desde el umbral de la puerta.

A Virginia le gustaba el mayordomo de Marco. Viajaba siempre con él y se aseguraba de que Marco tuviera todo lo que necesitaba.

—¿Sí, Vincent?

—Sus padres esperan en el estudio.

—Dígales que enseguida vamos.

—Sí, signore.

Vicente salió.

Virginia se sentía reacia a conocer a los padres de Marco. Éstos ya debían de saber que su abuela era la responsable de su maldición familiar.

—Creo que antes voy a arreglarme un poco.

—Así tienes muy buen aspecto. No necesitas hacer nada.

—Sí necesito hacer algo. Quiero conocer a tus padres con el mejor aspecto posible —dijo Virginia.

Marco se inclinó para besarla y ella se dejó envolver por su calidez. Se sentía segura con él, lo que era absurdo, teniendo en cuenta que podía arruinar su vida.

—Así estás muy guapa y mis padres no son nada frívolos.

Virginia ya había intuido aquello. Marco no sería el hombre que era de no haber sido criado por unos padres extraordinarios.

—¿Saben que soy la nieta de Cassia?

—Sí, lo saben. ¿Pero eso qué importa?

Virginia se apartó de él. Marco nunca podría entender la amargura que había sentido su abuela hacia la familia Moretti. Y era imposible que los Moretti no sintieran lo mismo hacia ella, que no les afectara el hecho de que su abuela hubiera arruinado la posibilidad de que disfrutaran de una felicidad completa.

—¿En qué estás pensando?

—¿Por qué?

—La expresión de tus ojos se ha entristecido de repente.

—Estaba pensando que si mi abuela no hubiera maldecido a Lorenzo, tu familia y la mía serían más felices ahora. Sabiendo eso, me cuesta la idea de conocer a tus padres.

—Mis padres son la pareja más feliz que puedas encontrar. No sienten la carga de la maldición.

—¿Estás seguro?

—Totalmente. Creo que mi padre no tiene ningún conflicto porque siempre ha seguido los dictados de su corazón, no como hizo mi abuelo.

Aquellas palabras hicieron que Virginia tuviera un momento de clarividencia respecto a la maldición. ¿Y si en realidad no era una maldición contra la felicidad, sino que tenía que ver con no saber en realidad lo que uno quería? Cassia y Lorenzo habían querido cosas distintas de la vida.

Cassia quería a Lorenzo y necesitaba que éste se sintiera feliz con su amor y viviendo en su pequeño pueblo. Lorenzo necesitaba que Cassia comprendiera su amor por los coches y la velocidad, y su necesidad de hacer fortuna antes de casarse con ella. En realidad, Lorenzo amaba los coches y las carreras más de lo que nunca habría llegado a amar a Cassia.

Virginia se preguntó si estaría siguiendo los pasos de su abuela al enamorarse de un hombre que nunca podría enamorarse de ella.

—Ven a conocer a mis padres —insistió Marco—. Creo que podrás comprobar que no son precisamente infelices. Mi padre es totalmente feliz con mi madre. Le gustan los coches, pero como me dijo cuando yo tenía ocho años, no hay nada en el mundo que pueda competir con la sonrisa de mi madre.

—¿De verdad te dijo eso?

—Sí. Y a continuación besó a mi madre cuando vino a traernos una limonada. Para un niño de ocho años resultó algo bastante grosero.

—¿Qué resultó grosero? —preguntó Virginia, sorprendida.

—Que se besaran —dijo Marco con una sonrisa.

A continuación atrajo a Virginia hacia sí y la besó.

Susurró algo en italiano que ella no pudo traducir, y aunque no quiso pararse a pensar en ello, sintió que Marco también empezaba a encariñarse con ella. Sabía que nunca podría llegar a ser más que algo secundario en su vida, pero en ese momento se preguntó si no fue ése el error que cometió Cassia con Lorenzo: No comprender que podía seguir amándolo a pesar de que él amara algo por encima de ella.

Ciao mamma e papa —dijo Marco, cuando entraron en la sala de estar.

Virginia seguía un poco reacia a conocer a sus padres, pero estaba a su lado.

Su padre estaba sentado ante un ordenador, y su madre estaba apoyada en la mesa junto a él. Ambos contemplaban la pantalla.

Ciao, figlio —dijo su madre—. Tu padre está tratando de enseñarme la nueva página web de Moretti Motors. ¿Tú la has visto?

—Todavía no. ¿Qué sucede, papá? —preguntó Marco—. Quiero presentaros a Virginia Festa. Virginia, te presento a mis padres, Gio y Phila.

—Es un placer conoceros.

—Nosotros también nos alegramos de conocerte —dijo Phila, antes de abrazar y besar a su hijo.

Marco le devolvió el abrazo, y luego miró por encima del hombro de su padre para ver cuál era el problema. Su padre no era precisamente un experto en ordenadores.

Ciao, Virginia —saludó Gio—. Creo que he escrito la contraseña correcta, pero…

—Déjame ver qué has escrito —dijo Marco, a la vez que empezaba a pulsar botones del teclado.

Phila se llevó a Virginia aparte y empezaron a hablar tranquilamente.

Marco siempre había sido consciente de que sus padres eran especiales. Tenían ese algo que hacía que siempre le agradara estar con ellos.

Aquello no significaba que no hubiera tenido sus problemas con ellos en la adolescencia, pero siempre había sido consciente de que sus padres sentían un amor firme como una roca por sus hermanos y por él.

El teléfono de Virginia sonó en aquel momento, y se excusó para contestar. Aunque estaba en excedencia de su trabajo de profesora de antropología, los alumnos seguían llamándola de vez en cuando para pedirle su experta opinión. Marco estaba impresionado con sus conocimientos y la buena relación que tenía con sus colegas y alumnos.

—Es una chica muy agradable, Marco. No me lo esperaba —dijo Phila.

—¿Y qué esperabas, mamá?

—No lo sé. Sólo quería asegurarme de que estabas bien y de que esa chica no se estaba aprovechando de ti.

Gio se levantó y pasó un brazo por los hombros de Phila.

—Antonio nos ha hablado del espía y de las sospechas de Dom, así que hemos pensado que ya era hora de conocer a la chica.

—¿Y por eso habéis venido a Montecarlo?

—Por eso y porque le había prometido a tu madre una semana en nuestro yate.

—Estamos preocupados por ti y por tus hermanos, Marco —dijo Phila.

—No tenéis por qué preocuparos. Ya sois mayorcitos.

—Eso ya lo sé. ¿Qué tal va el asunto de la maldición?

—¿Me estás preguntando por mi vida amorosa, mamá?

Phila se ruborizó y golpeó juguetonamente a su hijo en el brazo.

—No, claro que no. En realidad no quiero que traigas un hijo al mundo sin amar a la madre. Háblanos de Virginia. ¿Porqué quiere acabar con la maldición? Cassia nunca quiso hacerlo, desde luego.

—¿Cómo lo sabes?

—Tu abuelo fue a verla cuando ya había cumplido los cincuenta, y trató de recuperar la confianza que habían perdido, pero Cassia se negó.

Marco no sabía que Lorenzo había hecho aquello.

—No sé Cassia, pero Virginia me ha dicho que las mujeres de su familia se habían visto condenadas a vivir vidas solitarias carentes de amor. Piensa que si tiene un hijo mío, los Moretti y los Festas se verán libres de la maldición.

—¿Te gusta? —preguntó Phila.

—Por supuesto, mamá. Es una chica lista y muy sexy.

—¿Seguiréis juntos después de tener el bebé?

—No creo, mamá. Ya os dije que Virginia cree que si nos enamoramos, no nos libraremos de la maldición.

—Eso no me gusta —dijo Gio—. Queremos tener la oportunidad de conocer a nuestro nieto.

—Tendremos la custodia compartida, de manera que podréis ver al bebé.

—¿Pero cómo van a funcionar las cosas? Parece un poco tonto tener un hijo sabiendo que no vas a seguir con la madre —dijo Phila—. ¿Has pensado bien lo que vas a hacer, Marco?

—Sí, mamá. He pensado mucho en ello. Si tengo un hijo, la maldición se romperá.

—¿Estás seguro de que Virginia no está interesada en la fortuna de los Moretti?

—No, señora Moretti, no estoy interesada en el dinero de Marco —dijo Virginia, que en aquel momento volvió a entrar en la sala.

Phila y Gio se volvieron a mirarla.

—Todo esto no tiene demasiado sentido para mí —dijo Phila.

—Si hubiera otra forma de romper la maldición, la utilizaría. Pero me temo que no la hay.

Phila apoyó las manos en las caderas mientras miraba a Virginia.

—¿Cómo llegaste a esa conclusión? Cuando Marco nos informó del plan que teníais pensé que era una locura.

—Mi abuela y mi madre perdieron a sus hombres antes de poder casarse con ellos. Ambas estaban embarazadas cuando sus amantes desaparecieron y ninguna de las dos volvió a amar ni a ser amada desde entonces.

—Siento que sus vidas fueran tan solitarias —dijo Gio—. ¿Pero cómo llegaste a la conclusión de que las cosas se arreglarían si tenías un hijo de Marco?

—Estudié la tradición Strega que Cassia utilizó para maldecir a Lorenzo, y averigüé que la maldición también afectaba a quien la hacía. Hasta que se rompa, los descendientes de los Festa no encontrarán la felicidad en el amor. Y estoy cansada de estar sola. La única forma de arreglarlo es que tenga el hijo de un Moretti.

Capítulo 9

Después de Montecarlo y de pasar tiempo con la familia de Marco, Virginia sintió que nada volvería a ser nunca tan intenso. La cena con los hermanos había sido agradable, y le sirvió para comprobar una vez más lo unidos que estaban. Resultó evidente que Dom quería asegurarse de que no era la espía, pero para cuando finalizó la velada, Virginia estaba segura de que ya se había convencido de que lo único que le interesaba era Marco, y cómo romper la maldición de sus familias.

A pesar de todo, los Moretti mantuvieron las distancias con ella. No fueron groseros ni nada parecido, pero era evidente que no se fiaban de que no fuera a hacer daño a Marco.

Pero Virginia consideraba que era una tontería pensar en aquella posibilidad. Marco no era la clase de hombre que permitía que una mujer le hiciera daño. Se aseguraba de que sólo participara en dos áreas de su vida: En la cama, para hacer el amor, y en público, ante las cámaras, donde se comportaba con ella como si fuera su nuevo juguete… Cosa que Virginia suponía que era.

El viaje a Canadá fue agradable. Virginia disfrutó de su estancia en Montreal y Marco se tomó dos días libres para conocer su casa en Long Island. Hicieron el amor en la habitación de Virginia, en el dormitorio de la casa en que creció.

Después fueron a Francia, donde se encontraban en aquellos momentos. Estaban a finales de Junio e iba a correrse el Gran Premio de Francia, en Magny-Cours. Se alojaban al sur de París, una zona que gustaba a Virginia. Algunos aficionados a las carreras eran amables con ella. Otros pensaban que suponía una distracción para Marco, y dejaban claro que preferirían que lo dejara en paz para que se concentrara en las carreras.

Se alojaban en el castillo de un amigo de Marco, Tristan Sabina, un castillo que parecía sacado de un cuento de hadas, y que se hallaba en el valle del Loira.

Virginia sospechaba que estaba embarazada. Le había pedido a Vicente que le comprara una prueba de embarazo. Estaba a la vez esperanzada y asustada ante el resultado que fuera a dar.

Cada día estaba más enamorada de Marco. Eran las pequeñas cosas que hacía, cosas que probablemente no significaran nada para él, como comprarle un libro de poemas de Robert Prost, poeta que encantaba a Virginia, o sentarse con ella en el balcón por las noches a hablar de las constelaciones y sus leyendas…

Ella había encargado por Internet un libro de leyendas rusas para él, y se suponía que iban a entregarlo ese mismo día. Sabía que iba a gustarle y eso le agradaba.

Una parte de ella sabía que lo que tenían no era real, pero estaba disfrutando mucho del tiempo que estaban compartiendo.

Oyó que llamaban a la puerta de la habitación.

Fue a abrir y encontró a Vincent en el umbral.

Ciao, Vincent.

Ciao, señorita Virginia. Tiene una visita esperando abajo.

—¿Quién es?

—La señorita Elena.

La prometida de Keke. No habían hablado desde que estuvieron en Barcelona, cuando Elena le advirtió que no quería que hiciera daño a Marco.

—Enseguida bajo a verla. ¿Dónde está?

—Le he pedido que espere en el jardín. Sé que a usted le gusta estar fuera.

Grazie, Vincent.

Vincent se fue, y Virginia se tomó unos minutos para arreglarse el pelo y asegurarse de que estaba presentable. No podía competir con la belleza de la ex modelo de Sports Ilustrated, pero no pensaba dejarse intimidar por su aspecto.

Cuando salió al jardín encontró a Elena sentada en un banco. Elena sonrió al verla.

—Gracias por recibirme.

—De nada. ¿A qué se debe tu visita?

—Vengo por dos motivos…

Virginia se inquietó ligeramente al escuchar aquello.

—¿Y cuáles son?

—Primero quiero disculparme. Estaba preocupada por Marco y no debí seguirte como lo hice cuando estuvimos en Cataluña.

—No hay problema. Me parece muy bien que te preocupes por el bienestar de Marco.

Elena sonrió de nuevo.

—No tengo muchas amigas porque soy un poco… Bueno, Keke dice que tengo un carácter muy fuerte, pero otros piensan que soy un poco bruja, y estoy segura de que eso es lo que te parecerá a ti.

Virginia le devolvió la sonrisa. En realidad pensaba que Elena era una mujer muy agradable, que se preocupaba de verdad por aquellos a los que consideraba sus amigos.

—Claro que no —dijo—. Deja de preocuparte por lo que dijimos cuando estuvimos en España.

—Bien. El otro motivo por el que he venido es para ver si quieres sentarte conmigo en la carrera el fin de semana.

—Hum… No sé si iré.

—Creo que a Marco le preocupa que no vayas. Cuando Keke y yo hemos hablado de ello, me he dado cuenta de que tal vez no te sentías cómoda con las demás esposas y novias de los corredores, porque no conoces a nadie… Así que quería invitarte a que te sentaras conmigo.

—Me gustaría, pero lo cierto es que no lo paso bien cuando Marco corre. No dejo de pensar que podría perder el control del coche y sufrir un accidente.

—A mí me pasa igual, pero nuestros hombres saben lo que hacen. Llevan toda la vida corriendo. A veces tengo la sensación de que sólo se sienten vivos tras un volante.

Virginia y Elena siguieron charlando, pero una parte de la mente de Virginia no dejaba de pensar que Elena había mencionado su auténtico temor: Que Marco no fuera capaz de amar otra cosa que la velocidad que encontraba tras el volante de su vehículo.

Desde que había empezada a vivir con Virginia, Marco había iniciado un nuevo rito la noche anterior a las carreras. Cenaba a solas con ella bajo las estrellas, mientras hablaban sobre cualquier tópico intrascendente. Ambos evitaban mencionar su familia o su pasado.

Aquella noche, cuando salió al jardín, vio que la mesa estaba dispuesta para cuatro, no para dos. Sobre la mesa había un envoltorio con su nombre y una nota de Virginia en la que decía que lo esperaba en el laberinto del jardín.

Aquella villa había sido de sus abuelos, y aunque apenas recordaba a su abuela, tenía recuerdos muy felices de la época que pasó allí de niño. Sus hermanos y él pasaban interminables horas en el circuito del Grand Prix, y sus padres, que nunca parecieron especialmente interesados en las carreras, asistían a éstas a pesar de que hacía tiempo que el abuelo había dejado de correr.

—¿Dónde estás, Virginia? —preguntó, mientras avanzaba por el jardín.

Marco estaba familiarizado con el laberinto desde pequeño y sabía que en él había muchos bancos y rincones ocultos en que perderse. Recordaba que mantuvo su última conversación con su abuelo en aquel jardín, en un banco del centro, cerca de la fuente adornada con una reproducción en piedra de su coche de carreras.

—Ven a buscarme… —la voz de Virginia llegó desde algún rincón del laberinto.

Marco captó un matiz de risa en ella.

—¿No somos un poco mayorcitos para jugar al escondite? —preguntó Marco mientras avanzaba.

—¿Lo somos?

Normalmente a Marco no le gustaban los juegos. Su vida no se prestaba a aquella clase de diversiones, pero con Virginia estaba descubriendo en su interior a un hombre diferente. Ya no era el conductor de Fórmula 1 exclusivamente centrado en la velocidad y en ganar.

—Esperaba hacer el amor con mi mujer, pero si prefieres estos juegos de niños…

Virginia rió. Marco sonrió. Por lo que había llegado a saber sobre ella, su vida no había sido precisamente feliz, y por tonto que fuera aquel juego, no le importaba hacer aquello por ella.

Además, estaba intrigado. Virginia le había hecho un regalo y quería averiguar qué era.

—Marco… —dijo ella con suavidad, y Marco notó que había dejado de moverse.

—¿Sí?

—Se supone que tienes que decir «Polo».

—¿Por qué?

—Es un juego de escondite que los niños juegan en la piscina.

Marco estaba seguro de haber localizado el sitio en que se escondía Virginia, pero aún no quería que terminara el juego.

—Pero también es mi nombre.

—Lo sé. Me preguntaba si habías jugado alguna vez a ese juego de pequeño.

Marco sonrió para sí al darse cuenta de que Virginia había olvidado las reglas de su propio juego. Tal vez incluso había olvidado que se estaba escondiendo de él.

Rodeó un matorral de buganvillas y salió al sendero empedrado que llevaba a un pequeño hueco que había en un alto seto del laberinto.

—No. Pasaba casi todo el tiempo viendo Speed Racer y construyendo coches de carreras con mis hermanos en el garaje.

—¿Coches? ¿Por qué no me sorprende? —preguntó Virginia, pero su voz volvió a moverse.

—¿Me estabas distrayendo, mi'angela?

—¡Sí!

Había una alegría en la voz de Virginia que Marco no había experimentado en su propia vida hacía mucho tiempo. De pronto comprendió que ni siquiera ganar otro campeonato le daría aquella alegría. Aquello era lo que faltaba en su vida. No estaba solo. ¿Cómo iba a estarlo con una familia como la suya? Pero había olvidado lo divertido que era simplemente conducir, cuando ganar una carrera significaba algo más que añadir una muesca a su lugar en la historia. Era posible que batir el récord de campeonatos le devolviera la alegría de conducir, pero… ¿Y si no lo batía?

Durante mucho tiempo había basado sus esperanzas en el hecho de que el afán de correr circulara siempre por sus venas, pero estaba descubriendo que tal vez no era así.

No dijo nada más, y apartó aquellos pensamientos de su mente. No le iban a servir de nada aquella noche, ni al día siguiente en el circuito.

Permaneció muy quieto, escuchando. Oyó el roce de unos zapatos sobre el empedrado y dedujo que Virginia volvía a moverse.

Giró hacia donde creía haberla oído, pero encontró el sendero vacío.

De pronto sintió que el aire cambiaba tras él y los brazos de Virginia lo rodearon antes de que le cubriera los ojos con las manos.

—¡Adivina quién soy!

Marco la tomó de las manos y se las besó antes de volverse. Cuando la miró, comprendió que la felicidad que estaba buscando se hallaba allí mismo. Y también comprendió que se había enamorado de aquella mujer.

Tras haber decidido que debía limitarse a disfrutar al máximo del tiempo que le quedara con Marco, Virginia estaba de buen humor. Pero aunque él la besó con toda la pasión que solía demostrarle, percibió algo oscuro y difícil de definir en su mirada.

La vida raramente salía como uno la había planeado. Ella sabía eso, pensó molesta consigo misma. ¿Acaso no había aprendido nada durante su infancia?

—¿Por qué te has escondido en el laberinto?

—Quería tener la oportunidad de estar a solas contigo antes de que llegaran Keke y Elena a cenar.

—¿Has invitado a mis amigos a cenar?

—Sí. ¿Te parece bien?

—Claro, pero estoy un poco sorprendido. Hasta ahora no te has mostrado especialmente interesada en la parte de mi vida relacionada con las carreras.

—No quería que pensaras que estoy contigo por la atención que obtienes vayas donde vayas —dijo Virginia—. Una vez vi un programa en la televisión sobre algunas mujeres que contrataban a fotógrafos para que las siguieran cuando salían a los clubes nocturnos para parecer famosas.

Marco puso los ojos en blanco.

—¿Eso era en Europa?

—No. En Estados Unidos. A la gente le gusta llamar la atención.

—Pero a ti no.

—No.

Virginia tomó a Marco de la mano y lo llevó hacia el rincón en que tenía preparado un cubo de hielo con una botella de champán y dos copas.

—¿Qué es esto?

—Quería que esta noche fuera memorable para los dos porque…

Virginia se interrumpió. ¿Cómo iba a decirle que estaba embarazada y que ya no había necesidad de que siguieran juntos? Nunca había tenido problemas para decir lo que pensaba, pero lo cierto era que no quería que su tiempo con Marco terminara.

¿Para qué había organizado aquella celebración? Empezaba a sentirse vulnerable y un poco estúpida. Marco sacaría sus deducciones y comprendería que lo que quería era seguir con él.

—¿Qué tratas de decirme? —preguntó él, mirándola atentamente.

Virginia se encogió de hombros y comprendió que aún no quería decir nada sobre su embarazo.

—Que tenemos que brindar —dijo.

Sabía que el alcohol no era conveniente para los embarazos, de manera que planeaba tomar tan sólo un sorbo de champán.

—¿Celebramos algo? —preguntó Marco.

Virginia se preguntó si ya sospecharía que estaba embarazada. Ya hacía casi diez días que sentía náuseas.

—Sí. El magnífico tiempo que has hecho hoy en los entrenamientos.

—Es cierto. Pero para eso me pagan.

Virginia arqueó una ceja.

—¿En serio?

—Eso es lo que suele decir Antonio. Que me pagan para ser el mejor, de manera que el nombre Moretti sea mencionado en todo el mundo a la altura de Lamborghini o Andretti.

—Creo que tu hermano se toma demasiado a la ligera tus logros. Deberían estar alabándote por lo bien que haces tu trabajo. Vamos a brindar por tu nuevo récord.

Marco sirvió champán en dos copas y ofreció una a Virginia.

—Por cumplir con nuestro deber.

Brindaron y Virginia tomó un pequeño sorbo del burbujeante líquido.

—He visto un paquete con mi nombre en la mesa…

Virginia sonrió.

—Te he comprado un pequeño obsequio. Es una pequeña muestra de agradecimiento por el regalo de estos días que hemos pasado juntos.

—Yo también he disfrutado de estos días.

Marco tomó a Virginia de la mano, y la llevó hasta el banco de mármol, donde se sentaron.

Cuando se volvió a mirarla, Virginia intuyó que había llegado el momento que temía, el momento en que iba a decirle que en realidad ya no había motivo para que siguieran juntos.

Sintió que se le hacía un nudo en el estómago, y estuvo a punto de levantarse para irse. Dijera lo que dijese Marco, para ella no podía haber un final feliz de aquella relación. Romper la maldición había parecido algo sencillo cuando había planeado cómo hacerlo. Pero la realidad de Marco lo había cambiado todo. Había hecho desaparecer su red de seguridad y la había vuelto vulnerable. Cuando miró sus oscuros e intensos ojos, supo con certeza que no quería dejarlo, que lo único que deseaba era seguir siempre a su lado.

Durante su adolescencia siempre había creído que cuando se librara de la maldición, conocería a un buen hombre del que se enamoraría y con el que sería feliz siempre. Pero ahora sabía que eso no iba a suceder. Nunca iba a conocer a otro hombre como Marco, al que ya había entregado su corazón…

—¿Por qué me miras así? —preguntó Marco.

—¿Cómo?

—Como si estuviera a punto de hacer algo que fuera a dañarte. No me gusta que te entristezcas…

—No estoy triste —dijo enseguida Virginia, y era cierto. Tenía un sentimiento agridulce—. ¿Qué ibas a decirme, Marco?

Él se froto la parte trasera del cuello.

—Quédate conmigo hasta que termine la temporada de carreras. Sé que dijimos que sólo te quedarías hasta que estuvieras embarazada, pero lo estés o no, me gustaría que siguieras viajando y viviendo conmigo hasta Octubre.

—Eso me gustaría… —Virginia respiró profundamente antes de añadir—: Hoy me he hecho una prueba del embarazo.

Marco se quedó muy quieto.

—¿Por qué no me lo has dicho enseguida?

Virginia bajó la mirada.

—No encontraba las palabras. Estoy embarazada.

Marco sonrió.

—Excelente. Eso significa que estamos en camino de romper la maldición.

—También significa que no tenemos motivo para seguir juntos.

—Quiero que te quedes conmigo. Ahora somos amigos, ¿no?

—Sí —contestó Virginia, que añadió, indecisa—: ¿Significa eso que no seguiremos siendo amantes?

Marco negó con la cabeza.

—No quiero que cambie la vida que llevamos. Podemos vivir juntos hasta que nazca el niño y compartir a partir de entonces la custodia que hemos acordado.

Virginia sintió que había conseguido un aplazamiento, que contaba con una pequeña esperanza para el futuro… Para un auténtico futuro con Marco y el destello de vida que ya palpitaba en su interior.
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