Colección: Deseo 1661




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Capítulo 10

Marco ganó en Francia, fue segundo en el Grand Prix británico y volvió a ganar en Alemania. Ahora estaban en Budapest, una ciudad que siempre le había gustado mucho.

Virginia había confirmado su embarazo, y tras un pequeño susto, Marco había contratado a un médico para que viajara con ellos.

En aquellos momentos estaba en el circuito, evitando a Keke y a sus hermanos. Era extraño. Todos querían hablar de lo mismo: De Virginia. Pero mientras Keke pensaba que tener una mujer en su vida era lo mejor que podía sucederle, Dom y Antonio opinaban que estaba poniendo su futuro en peligro.

Sus hermanos lo habían arrinconado la noche anterior para decirle que si seguía con Virginia, corría el peligro de enamorarse, y por tanto, de poner en peligro a la empresa.

Marco se sentía en un punto intermedio entre la opinión de Keke y sus hermanos. No le gustaba la nueva vulnerabilidad que sentía desde que Virginia estaba en su vida. Pedirle que se quedara con él durante el resto de la temporada, había sido una decisión fácil. Ya había tenido queridas antes, pero había esperado que sus sentimientos por ella se fueran apagando, como había sucedido con las otras.

Sin embargo, sus sentimientos se estaban volviendo más y más intensos. La echaba de menos cuando no la tenía cerca. Virginia casi nunca acudía al circuito, y Marco se preguntaba a veces por qué no quería verlo correr.

Reconocía que en realidad, nunca había conducido para nadie más que para sí mismo. Aunque Antonio y Dominic le decían a menudo que era su deber conducir y ganar, Marco lo hacía por sí mismo. Necesitaba ganar a todo el mundo y obtener los halagos y la adulación que conllevaba la victoria.

Contempló el garaje en que se encontraba, y comprendió que aquél era el único sitio del mundo en que nadie esperaba nada de él. Se esperaba que ganara cuando estaba en la pista, pero allí, en el garaje, con su coche cerca y el olor a neumáticos y a aceite impregnando el aire, no era más que otro conductor.

—¿Marco Moretti?

Marco se volvió y vio a un hombre en la entrada del garaje.

—¿Sí?

—Soy Vincenzo Peregrina, del periódico Le Monde. Me gustaría hablar con usted unos minutos.

Marco miró a su alrededor, en busca de su jefe de equipo, pero aquella tarde se había ido todo el mundo. Si no se hubiera ocultado allí con la esperanza de evitar a sus hermanos, no se habría visto arrinconado.

—Ahora mismo no tengo tiempo, pero puede ponerse en contacto con Moretti Motors y concertar una cita.

Marco sacó de su bolsillo una tarjeta y se la entregó al periodista.

—No vengo a hablar de Moretti Motors.

—Entonces, ¿de qué quiere hablar?

A Marco no le importaba conceder entrevistas, y consideraba que los medios de comunicación solían ser muy útiles, pero aquel hombre no formaba parte del entorno con que solía tratar.

—De la joven que viaja con usted.

—No trabaja para Le Monde, ¿no?

Vincenzo se encogió de hombros.

—¿Me habría dirigido la palabra si le hubiera dicho que trabajo para la revista Helio?

—Lo dudo. Y no pienso hablar con usted sobre ese tema —Marco localizó a Pedro, uno de los miembros del equipo de seguridad que trabajaba en la zona del garaje, y le hizo una seña—. Buenos días, señor Peregrina.

Pedro se acercó con paso firme hacia Vincenzo, pero éste alzó los brazos en señal de rendición.

—Ya me voy. Pero el hecho de que ignore mis preguntas no significa que no vaya a averiguar quién es la chica.

—Sus preguntas no me interesan —dijo Marco, que a continuación salió del garaje y fue a donde tenía aparcado su deportivo.

Entró en él y permaneció un rato sentado tras el volante, pensativo. Tal vez había llegado el momento de dejar de evitar a sus hermanos.

No quería que los medios de comunicación empezaran a merodear en torno a Virginia.

Llamó a Dom a su móvil.

—Hola, Dom. Necesito hablar contigo.

—Tengo diez minutos antes de acudir a una conferencia de prensa sobre el nuevo Vallerio.

—¿Has descubierto ya de dónde salen las filtraciones?

—No. Pero Antonio está analizando la información que tenemos y la lista de sospechosos es cada vez más reducida. Cuando sepamos con exactitud la información que tienen nuestros competidores, sabremos quién es el espía. ¿Llamabas por eso?

—No. Un periodista de la prensa rosa acaba de preguntarme por Virginia, y querría asegurarme de que nadie se acerque a ella ni la moleste. No creo que esté acostumbrada a hablar con la prensa.

—Eso no suele preocuparte.

—¿Qué quieres decir?

—Normalmente dejas que tus mujeres se las arreglen por su cuenta con la prensa.

—Virginia es distinta.

Dom suspiró.

—Eso me temía… Necesitamos vernos en persona, Marco.

—¿Por qué?

—Porque estás olvidando la promesa que nos hiciste a Antonio y a mí.

—¿De qué estás hablando?

—De que te estás colando por ella.

Marco masculló una maldición y su hermano no dijo nada. No estaba dispuesto a admitir ante Dom que ya era demasiado tarde… Porque ya estaba totalmente colado por Virginia.

Marco llevó a Virginia a cenar a un selecto restaurante, y en el trayecto de regreso bajó la capota del coche.

Mientras contemplaba el cielo azul de Budapest, Virginia se relajó y olvidó por un momento sus preocupaciones.

Marco la estaba tratando como si fuera especialmente frágil, como si sintiera que ella y el bebé que llevaba en su interior fueran algo precioso, algo que quería proteger y mantener a salvo.

Volvió la cabeza y contempló su perfil mientras conducía. Marco tomó una de sus manos y le besó la palma antes de dejarla apoyada sobre uno de sus muslos.

—¿En qué estás pensando? —preguntó.

—En que eres un hombre muy protector.

Marco no respondió. Se limitó a mirarla.

—Eso hace que me sienta especial estando contigo —añadió Virginia.

Él volvió a alzarle la mano para besarla.

—Para mí eres muy especial.

—También lo eres tú para mí, Marco. No esperaba que mi búsqueda para liberar a la familia de la maldición fuera a resultar así.

—¿Y qué esperabas?

—Para serte sincera, no lo sé. Tampoco he salido con tantos hombres como para poder compararte.

—¿Y qué tal parado quedo si me comparas con los que has salido?

—No hay comparación. Eres mucho más de lo que esperaba encontrar en cualquier hombre.

—Haces que parezca…

—¿Qué? —interrumpió Virginia, preguntándose si habría revelado demasiado.

Pero sospechaba que Marco ya debía de haber adivinado la profundidad de su amor por él.

—Que soy alguien mejor de lo que en realidad soy. Por favor, no me tomes por más de lo que soy.

—¿Y qué eres?

—Un Moretti. Mi lealtad estará siempre con los de mi sangre. Mi familia es lo primero, y luego las carreras.

—Y yo estoy en un distante tercer plano.

Virginia ya sabía que Marco no se había colado por ella de la misma forma que ella por él. Él era un hombre de mundo, con una gran experiencia con las mujeres, algo que a ella no le había molestado hasta aquel momento.

—No, no estás en un tercer plano —dijo Marco con firmeza—. En realidad no estoy seguro de dónde encajas. Creo que el hecho de qué seas la madre de mi hijo te convierte en familia.

Virginia sabía que Marco no era uno de esos hombres que se sentían cómodos hablando de sus sentimientos. Solía decirle de forma explícita lo que sentía por su cuerpo cuando hacían el amor, pero nunca hablaba de sus emociones.

Marco detuvo el coche ante la puerta del hotel y Virginia salió cuando el portero le abrió la puerta. Marco ya estaba rodeando el coche.

—Disculpe, señora, ¿puedo hablar un momento con usted?.

Virginia miró al hombre vestido con pantalones caqui que estaba junto al puesto del portero.

—No, no puede —dijo Marco.

Pasó un brazo por los hombros de Virginia, entraron en el hotel y fueron directamente a recepción.

—Hay un periodista en la entrada que nos está molestando —dijo Marco al recepcionista—. No tiene permiso para hablar con nosotros, y no quiero que ningún empleado del hotel le informe de dónde nos alojamos.

—Me ocuparé del asunto de inmediato, señor Moretti. ¿Preferiría trasladarse a alguna de nuestras otras propiedades en Budapest?

—No, no me gustaría. Mañana por la mañana corro y confío en que los encargados de la seguridad del hotel se aseguren de que mi intimidad sea respetada.

—Por supuesto, señor.

Una vez en el ascensor, Virginia se volvió hacia Marco.

—¿A qué ha venido eso?

—El hombre que estaba fuera es reportero de una revista de cotilleos. Está husmeando por ahí para tratar de averiguar quién eres.

—Gracias por preocuparte por mí, pero en realidad no tengo nada que ocultar. No me importa responder a unas preguntas si con ello logro que nos deje en paz.

Marco la rodeó con sus brazos.

—Pero a mí si me importa. No quiero que escriba nada sobre ti. No quiero que todo el mundo esté al tanto de los detalles de mi vida personal.

—Si no te amara ya, Marco, yo…

Virginia se cubrió la boca instintivamente al darse cuenta de lo que acababa de decir.

Marco la atrajo hacia sí y la besó apasionadamente.

—Me encanta oírte decir que me amas… —murmuró contra sus labios.

Marco alzó la cabeza cuando se abrieron las puestas del ascensor. Salieron y se encaminaron hacia la puerta de su suite. La confesión de Virginia le hacía sentirse un metro más alto. Había supuesto un alivio averiguar que ella también estaba colada por él, y sentía un impulso totalmente primario de reafirmar sus lazos de unión con ella, de asegurarse de que supiera que era suya…

No estaba seguro de si aquello significaba que la amaba, pero le daba igual. En aquel momento necesitaba hacerle el amor.

Abrió la puerta y condujo a Virginia hasta el balcón de la suite. Quería hacerle el amor con la noche rodeándolos y el cielo de Budapest extendido sobre ellos.

—¿Por qué hemos salido? —preguntó Virginia delicadamente.

—Ya que fueron la luna y las estrellas las que te trajeron a mí, me ha parecido adecuado celebrarlo bajo el cielo nocturno.

—Así que fueron la luna y las estrellas las que me trajeron…

—Puede que fuera magia strega, pero los strega obtienen su fuerza de la luna y del cielo nocturno.

—Así es.

Era tan preciosa a la luz de la luna… Pensó Marco. Su belleza no era una belleza típica, pero había algo en ella que siempre atraía su mirada aquella noche, de pie en la penumbra del balcón, con el pelo suelto en torno a sus hombros, estaba deslumbrante.

Marco deslizó un dedo por su mejilla y su largo cuello. Sintió el latido de su corazón bajo los dedos.

—¿Estás excitada?

—Sí.

—Bien.

Marco siguió deslizando el dedo hasta alcanzar el borde de su escote.

Virginia se estremeció y sus pezones se excitaron visiblemente contra la tela del vestido. Marco le bajó los tirantes, de manera que el corpiño quedó suelto sobre sus pechos.

—Bájatelo —dijo.

—¿Aquí?

—Sí.

Lentamente, Virginia alzó un brazo y luego el otro, pero mantuvo sus pechos cubiertos con la tela del vestido.

—¿Estás seguro de que quieres que me lo quite? —preguntó.

Marco asintió.

—Totalmente.

Virginia dejó que el corpiño se deslizara de su piel. Sus pechos estaban tensos, sus pezones excitados, buscando su atención. Estaba tan sexy en aquellos momentos, que Marco se sintió casi abrumado, pero lo achacó al hecho de que aquel día aún no le había hecho el amor.

Se inclinó para lamer cada uno de sus pezones. Luego sopló delicadamente contra las puntas. Virginia se estremeció y apoyó las manos en su cabeza para retenerlo contra sus pechos. Marco absorbió profundamente uno de sus pezones, y se sintió como si allí pudiera encontrar la respuesta a todos los anhelos de su cuerpo.

La rodeó con los brazos por la cintura y la atrajo, hacia sí. Cuando trató de bajarle el vestido notó que se quedaba atascado en su cintura. Encontró la cremallera y la bajó. El vestido se amontonó a los pies de Virginia, que salió de él con un pasito. Tan sólo llevaba unas diminutas braguitas verdes y unos tacones altos.

Marco acarició su cuerpo, deslizó las manos por sus costados hasta que alcanzó sus braguitas. Las tomó por los laterales y las bajó por sus piernas.

—Ahora estás como la naturaleza pretendía que estuvieras.

—¿En serio?

—Sí. Eres exquisita. Y no puedo esperar a introducirme profundamente en tu cuerpo y sentir tus sedosas piernas rodeándome.

—Me temo que llevas demasiada ropa para eso… —murmuró Virginia.

—En ese caso, desvísteme.

Virginia se tomó su tiempo para hacerlo, y para cuando terminó, Marco sentía que ya no podía detenerse más. La tomó en brazos y entró en el cuarto de estar, donde la tumbó en el sofá.

—Te necesito. Ahora.

Virginia asintió.

—Yo también te necesito, Marco.

—Demuéstrame cuánto.

Virginia separó las piernas y Marco detuvo la mirada en el húmedo brillo de su sexo. Se inclinó lentamente entre sus muslos y sopló delicadamente sobre él antes de acariciarlo con la lengua. Virginia alzó instintivamente las caderas hacia su boca.

Marco saboreó a placer su esencia mientras la retenía por los muslos. Quería derrumbar cualquier barrera que hubiera entre ellos para que Virginia no olvidara nunca aquella noche y la confesión que le había hecho.

Sintió los frenéticos movimientos de sus caderas contra sus labios y luego notó que le clavaba las uñas en los hombros. Alzó la cabeza para mirarla.

Tenía los ojos cerrados, la cabeza echada atrás y los hombros arqueados, de manera que sus pechos sobresalían con sus rosadas cimas. Todo su cuerpo era una cremosa delicia…

Marco volvió a bajar la cabeza y siguió disfrutando de su festín como un hombre hambriento. Utilizó sus dientes, lengua y dedos para llevarla al borde del clímax, pero la retuvo allí con la intención de retrasar el momento hasta que le rogara que siguiera adelante.

Virginia lo tomó por la cabeza mientras empujaba sus caderas hacia él, pero él se retiró para evitar el contacto que anhelaba.

—Marco, por favor…

Marco deslizó con delicadeza los dientes sobre su clítoris y Virginia dejo escapar un prolongado y delicioso gritito, mientras el orgasmo recorría su cuerpo. Marco mantuvo los labios en su sexo hasta que ella dejó de estremecerse. Luego alzó la cabeza.

—Ahora es tu turno… —murmuró Virginia, mientras le hacía sitio a su lado en el sofá.

Marco se quitó los calzoncillos de un rápido movimiento. Virginia tomó su erección en la mano, y se inclinó para deslizar la lengua por ella. Marco le sujetó la cabeza, se arqueó en el sofá y penetró su boca, pero cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se retiró. Quería estar dentro de ella cuando alcanzara el orgasmo.

Tiró de Virginia para que se irguiera, le hizo ponerse a horcajadas sobre él, y la sujetó por las caderas mientras la penetraba profundamente. Sintió que cada nervio de su cuerpo se tensaba, y deslizó las manos entre sus cuerpos para acariciarla entre las piernas, hasta que sintió que su cuerpo empezaba a tensarse en torno a él.

Alcanzó el clímax rápidamente y siguió moviéndose hasta que su cuerpo se vació.

—Ahora eres mía, Virginia Festa… —murmuró con voz ronca.

—Y tú mío, Marco Moretti.

Capítulo 11

Virginia se alegró de volver a Valencia para el Gran Prix europeo, porque su vida con Marco había empezado en España. Elena y ella estaban juntas en la zona de boxes. Las tres semanas transcurridas desde la carrera de Budapest habían sido las mejores de su vida.

Marco y ella habían dado un paso adelante en sus relaciones, y en lugar de estropear las cosas, su confesión había hecho que se sintieran más unidos. Marco le lanzó un beso desde detrás del volante de su coche, antes de salir a la pista para una sesión de entrenamiento.

Elena enlazó su brazo con el de Virginia.

—Me alegro tanto por Marco y por ti… Hace tiempo que Marco necesitaba una buena mujer en su vida.

—¿Ah, sí? —preguntó Virginia.

Aunque sabía que era una tontería, estaba celosa de las mujeres del pasado de Marco.

—Sí. Él y sus hermanos hicieron ese absurdo juramento y pensé que Marco nunca llegaría a salir con una mujer como tú.

—¿Qué juramento?

Virginia sabía que excepto los Moretti, nadie estaba al tanto de su contrato con Marco.

—Los Moretti juraron no enamorarse nunca.

Virginia tragó con esfuerzo. Se dijo que aquel juramento no tenía nada que ver con ella. Además, aunque Marco hubiera hecho aquel trato con sus hermanos, ella estaba allí para romper la maldición.

De pronto se oyó el intenso sonido de unas ruedas chirriando sobre el asfalto, seguido de un estruendo que hizo que todo temblara en torno a ellas. Ya que estaba de espaldas a la pista, Virginia no supo quién había chocado, pero vio que Elena se ponía intensamente pálida. La tomó de la mano a la vez que se volvía hacia la pista.

Vio un coche envuelto en humo y llamas, y enseguida se escucharon las sirenas de los vehículos de emergencia. Todo el mundo parecía paralizado. Nadie decía nada en la zona de boxes. Finalmente, un hombre que Virginia no reconoció se acercó a ellas.

—Keke no responde en la radio. Ahora lo están sacando del coche.

Elena empezó a sollozar y Virginia vio sus propios temores reflejados en sus ojos.

—¿Está vivo? —sollozó.

—Sí. Yo me ocuparé de llevarla al hospital al que va a ser trasladado por helicóptero.

—De acuerdo, pero no quiero irme hasta que se lo lleven.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Virginia, a la vez que pasaba un brazo por los hombros de Elena.

No sabía qué decir, cómo ofrecerle consuelo. Una parte de ella aún temía que Marco no estuviera bien, aunque su coche no había estado cerca del de Keke.

El corazón le latía a toda velocidad. Al ver que en la pantalla de boxes estaban reproduciendo el accidente a cámara lenta, decidió que lo mejor era sacar a Elena de allí y llevarla hacia el tráiler de Keke.

—¿Cómo te sientes?

Elena no dijo nada, pero unas silenciosas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Virginia la abrazó. Aquello era horrible. Elena necesitaba que alguien le informara de lo sucedido, pero Virginia supuso que los oficiales aún no debían de tener ninguna información concreta.

Al ver cerca de los boxes a un oficial de la carrera, le hizo una seña para que se acercara.

—¿Saben algo del estado de Keke? Su prometida está muy angustiada.

—Aún no sabemos nada. Pero la señorita Hamilton puede ir al tráiler oficial a esperar las noticias —respondió el oficial antes de alejarse.

Virginia se volvió hacia Elena.

—¿Quieres ir al tráiler oficial?

—Sí. Creo que estaría bien. ¡Oh, Virginia, estoy tan asustada.,,!

—No te preocupes. Todo irá bien —dijo Virginia, que enseguida se dio cuenta de que en realidad no tenía ni idea de si todo iba a ir bien.

Pero se negaba a pensar negativamente. Rogó en silencio para que Keke sobreviviera al accidente.

—Vamos —añadió.

Cuando llegaron al tráiler, los oficiales se mostraron muy amables y les ofrecieron un asiento y algo de beber, pero aún no tenían información.

Diez minutos después, Elena se volvió hacia Virginia, desesperada.

—No puedo soportarlo más. Necesito saber que está vivo.

—De acuerdo. Voy a averiguar lo que pueda. Tú espera aquí para que puedan localizarte si es necesario.

—Gracias.

Virginia volvió a la pista. Al ver a Dominic Moretti en la zona de boxes corrió hacia él. Si había alguien que podía darle respuestas, era un Moretti.

—¿Sabes lo que está pasando, Dominic?

—No estoy seguro. ¿Cómo está Elena?

—Hecha un manojo de nervios. No conseguimos obtener ninguna información. Ni siquiera sé a quién preguntar. Pero Elena necesita saber cómo está Keke.

—Voy a ver qué puedo averiguar.

—Gracias —dijo Virginia, pero no soltó el brazo de Dom.

—¿Necesitas algo más?

—¿Qué se sabe de Marco?

Dom apoyó una mano en el hombro de Virginia.

—Está bien. Aún sigue en la pista, pero tampoco van a dejarle acercarse a Keke. En caso de que consiga hablar con él, le diré que Elena está ansiosa por tener noticias de su hombre.

—Eso estaría muy bien. ¿Te importaría decirle a Marco… Que me alegro de que esté bien?

—Le transmitiré tu mensaje. Mantente junto a Elena y anota mi teléfono móvil para que podamos mantenernos en contacto.

Keke fue trasladado al hospital local en cuanto lo sacaron del coche. Marco tenía que terminar su vuelta y aún no se había clasificado. Pero saber que su mejor amigo estaba en el hospital, lo tiñó todo de preocupación.

Casi cuarenta minutos después del accidente todos estaban de vuelta en el garaje. Aún con el mono puesto, Marco esperaba sentado a que los oficiales abrieran la pista. Virginia había llamado para decir que iba a acompañar a Elena al hospital. Había percibido el temor y la preocupación de su voz, pero no había encontrado las palabras ni el tono adecuado para tranquilizarla.

No tenía idea de lo que iba a pasar con Keke. Todos los corredores sabían que su profesión era arriesgada, que conducían coches muy rápidos diseñados desde el punto de vista de la velocidad, no de la seguridad.

—¿Tienes un minuto para hablar con nosotros? —preguntó Dom, que se había acercado a Marco con Antonio a su lado.

Ambos parecían cansados y preocupados.

—Sí. ¿Qué sucede?

—¿Te encuentras bien?

—Sí. Los accidentes ocurren. ¿Recordáis las veinticuatro horas de Le Mans, cuando éramos pequeños? Todos pensaban que el abuelo no iba a salir adelante, pero salió.

Dom y Antonio miraron atentamente a Marco, y éste comprendió que eran dos de las pocas personas del mundo a las que no podía engañar con su labia.

—Da igual cuántos accidentes hayamos visto, Marco. Keke es tu mejor amigo.

—Lo sé, Dom. No dejo de ver el accidente repetido en mi cabeza. Keke… Suele conducir mejor de lo que lo ha hecho hoy.

Dom acercó una silla y se sentó junto a Marco.

—¿Qué quieres decir? ¿Crees que ha chocado deliberadamente?

—No. Claro que no. Es demasiado profesional para hacer algo así. Pero creo que ahora tiene algo que perder, y eso le ha hecho dudar de su instinto.

Marco no lo dijo en alto, pero estaba pensando que ahora él también tenía algo que perder. La nueva vida que estaba forjando con Virginia. Aún no le había dicho nada, pero había estado pensando que cuando acabara la temporada, iría a Estados Unidos a pasar unas semanas con ella. Luego trataría de convencerla para que se trasladara permanentemente a Europa.

—¿Cómo lo sabes? ¿Te ha dicho Keke algo que te haya hecho pensar que Elena supone un lastre para él? —preguntó Antonio.

Marco negó con la cabeza.

—No. Pero se llega a conocer a un hombre después de pasar mucho tiempo con él.

—Como sucede con los hermanos —dijo Antonio—. Vemos el mundo desde el mismo punto de vista, porque compartimos el pasado y los sueños de un futuro exitoso.

—Exacto.

Marco sabía que su hermano se refería a que había permitido que Virginia se acercara demasiado a él.

—Hablemos de otra cosa —dijo Dom—. Elena ha ido al hospital y nos avisará en cuanto Keke salga del quirófano. Yo iré para allá en cuanto salgas a hacer tus vueltas de clasificación, Marco. Es necesario que haya algún Moretti presente.

—Desde luego —dijo Antonio—. ¿Existe alguna posibilidad de que el accidente se haya producido por alguna clase de sabotaje?

Marco frunció el ceño. Ni siquiera había pensado en aquella posibilidad.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque hay alguien empeñado en arruinarnos. Una cosa es el espionaje industrial, pero ahora que saben que estamos tras su pista, puede que hayan cambiado de táctica.

—Es posible, pero la seguridad del circuito es prácticamente infranqueable. Habría que preguntárselo a Pedro, pero te advierto que podría ofenderse si se lo preguntamos. Ya sabes que se enorgullece de ser el mejor en su negocio.

—Si es el mejor, no le importará que hagamos algunas preguntas —dijo Dom—. Yo me ocuparé de hablar con él.

—Habrá que tener cuidado el resto de la temporada —dijo Antonio—. ¿Has visto últimamente por el circuito a alguien que no debería estar en él, Marco?

—Sólo a un periodista que trataba de obtener información sobre Virginia.

—¿Estás seguro de que era un periodista? —preguntó Dom.

—No soy tonto, Dom. Claro que estoy seguro de que era un periodista.

—Nunca hace daño constatarlo. Y hablando de eso, queremos preguntarte algo que probablemente no sea asunto nuestro… —dijo Antonio.

—¿De qué se trata? —preguntó Marco, alarmado al ver lo serio que se había puesto su hermano

—¿Recuerdas el juramento que hicimos de jóvenes?

—Sí —contestó Marco.

Lo cierto era que no dejaba de pensar en aquello desde que Virginia había empezado a volverse más y más importante para él. Se preguntó si se estaría engañando al creer que iba a poder controlar con facilidad sus emociones por ella.

—Estamos preocupados —continuó Antonio—. Sé que Virginia cree que si tiene un hijo tuyo, la maldición de los Moretti se romperá, pero nosotros no estamos seguros. Y tú vas cada vez más en serio con ella.

—¿Desde cuándo os concierne mi vida amorosa?

—Desde que miras a Virginia como papá mira a mamá. Sabes lo que significa eso tan bien como nosotros.

—Virginia no significa nada para mí.

—Sí, claro… Sigues viviendo con ella a pesar de las condiciones originales del contrato. Apartas a los paparazzi de ella y te aseguras de que la mimen allá donde vas.

—Es mi querida, Antonio. Creo que debo tratarla bien.

Antonio y Dom se levantaron.

—Asegúrate de que no llegue a ser algo más. Todos hemos trabajado demasiado duro para sacar adelante Moretti Motors, como para ver cómo se desmorona por culpa de unas faldas.

—Soy muy consciente de lo que significa Virginia para mí, y no pienso dejaros en la estacada —dijo Marco.

Cuando se levantó dispuesto a encaminarse hacia su coche, vio a Virginia en la penumbra.

Virginia no se sentía especialmente bien cuando salió del hospital, y tomó un taxi para volver al circuito. Achacó a la preocupación su malestar de estómago.

Ver a Marco le había sentado bien… Hasta que se dio cuenta de que estaba hablando con sus hermanos sobre ella, y oyó que les decía que no significaba nada para él. No era distinta a las demás mujeres con las que había estado en el pasado.

Quiso enfadarse, pero no pudo. Le había hecho demasiado feliz comprobar que aún seguía vivo.

—Siento que hayas tenido que entrar en plena conversación —dijo Dominic—. ¿Cómo está Keke?

—Estable. Elena podrá verlo cuando salga del quirófano.

Grazie, Virginia —dijo Antonio—. Eres una buena amiga para Elena.

—Sé que mi contrato de «querida» normal, no contempla la obligación de ser amable con la prometida del segundo piloto de Moretti Motors, pero he decidido hacer el esfuerzo de todos modos…

Antonio sonrió, tenso, y se despidió de sus hermanos antes de irse. Dominic no dijo nada, y Marco parecía tenso y enfadado.

—¿Podemos hablar un momento? —le preguntó Virginia.

Sin decir nada, Marco se encaminó hacia su trailer privado. Dentro había un par de miembros del equipo, pero se fueron en cuanto lo vieron entrar seguido de Virginia.

Marco se volvió hacia ella en cuanto se quedaron a solas.

—Siento que hayas tenido que escuchar eso.

—Yo no. Es mejor saber la verdad. Había estado engañándome pensando que me amabas a pesar de que no me lo decías.

—¡Dio mio, Virginia…!

—Lo sé. Nunca has dicho nada para hacerme creer que me querías. Sólo me he estado engañando a mí misma…

Virginia se interrumpió. Si seguía, iba a ponerse a llorar y aquello era lo último que quería que sucediera.

—Da igual —dijo finalmente.

—Virginia, mi'angela, no dejes que mis palabras te hieran. No significan nada.

Se acercó a ella para tomarla entre sus brazos y Virginia sintió la tentación de dejarse llevar, pero al mismo tiempo volvió a escuchar las palabras de Marco en su cabeza. Le oyó decir que no era más que una querida, y supo que tenía alguna oportunidad de salir de aquella relación con el orgullo intacto; tenía que mantenerse firme en su terreno.

Dio un paso atrás y Marco dejó caer los brazos.

—No sé qué decir.

—Hace un momento no tenías ese problema con tus hermanos.

—No deberías haber escuchado esa conversación.

—Lo sé. Has hecho un gran trabajo comportándote como si realmente te preocuparas por mí… Pero supongo que así es como tratas habitualmente a tus queridas. En realidad no sé por qué me sorprendo. Ya sabía que eras así cuando te elegí.

Marco apoyó las manos en las caderas y frunció el ceño.

—No soy ningún canalla con las mujeres, Virginia. Las mujeres con las que me relaciono, incluyéndote a ti, siempre han acudido a mí en busca de algo.

—Qué detalle por tu parte mencionar eso… —dijo Virginia, en tono sarcástico.

Sabía que debía irse antes de decir alguna estupidez, pero estaba demasiado enfadada y dolida como para irse así como así. Quería que Marco sintiera el mismo dolor que estaba sintiendo ella.

—No fui yo quien se acostó contigo y luego desapareció.

—Ya lo sé. Tampoco eres el que se ha enamorado. Tal vez así es como se supone que deben ser las cosas. Yo tendré mi hijo y tú tendrás tu vida, que seguirá adelante como de costumbre. Lo más probable es que la maldición exija que no me enamore de ti.

Marco permaneció en silencio y Virginia supo que debía irse antes de que las emociones que estaba experimentando, le hicieran desmoronarse delante de él.

—Supongo que lo mejor será que tome el próximo avión de vuelta a Estados Unidos.

—Virginia… No pretendía hacerte daño Sólo quería mantenerte a salvo y feliz.

—No te preocupes. Has hecho un buen trabajo.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Entonces qué ha cambiado? ¿Por qué me dejas?

Virginia miró a Marco a los ojos. Era un hombre listo, y ella sabía que le había gustado enterarse de que lo amaba. Pero dado que sus versiones de la realidad eran tan distintas, no podía seguir viviendo con él.

—Supongo que ahora que sé cómo me ves, no puedo seguir diciéndome que algún día vas a darte cuenta de que la única manera de romper realmente esta maldición es enamorándote y viviendo tu vida de manera plena —Marco alzó una mano y Virginia sintió que le acariciaba el rostro. Sabía que aquélla iba a ser la última vez que iba a tocarla, y no se apartó—. Siento esta despedida tan precipitada. Y siento no quedarme hasta el final de la temporada.

Lo besó en los labios y salió del tráiler mientras aún le quedaban fuerzas para hacerlo.
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