Una culpa de ellos, echada a los demás y un negocio redondo




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SOBRE LA GÉNESIS DE

LOS CHOREDE SUMANOS

(Una culpa de ellos, echada a los demás y un negocio redondo)
LA PARTE PRIMERA

ANTONIO GRAMSCI: AMARGO SUBPRODUCTO DE LA MISERIA
Una biografía bajo el signo de la malaventura

Antonio Gramsci nació en Cerdeña, a principios de enero de 1891, al cobijo de una familia que podríamos ubicar socialmente en la periferia de una pobre burguesía insular. Cicilio Gramsci, su padre, fue empleado del Registro Civil, pero pocos años antes se había graduado de bachiller para luego estudiar derecho durante un par de años. Cursos que se supone abandonó por la situación de precariedad económica en que se encontró luego de contraer matrimonio y estando su mujer encinta. Sin embargo si se compara la situación económico-social de los sardos de aquel final del Siglo XIX, no era peor ni mejor que la de sus vecinos sicilianos, napolitanos y de las otras regiones de la península. Y esta economía doméstica marchó regularmente hasta que, un buen día, a don Cicilio se le dio por hacer política.

Y perdió las elecciones de 1897 por paliza. Ello le trajo persecuciones políticas más o menos duras, aunque soportables, hasta que alguien descubrió que el pobre de don Cicilio solía quedarse con los vueltos mas o menos repolludos, lo que aquí le hubiese correspondido como premio un ministerio, incluidos aplauso, medalla, foto y beso, aunque también un premio que le habría conferido España; pero allá lo cargaron de grillos y cadenas sin asco. Con el agravante de que, para lograr el extra sueldillo, había incurrido en reiteradas falsificaciones de documentos públicos que fue por donde lo pescaron. Por ello lo mandaron a reposar en la fría ergástula munido de una buena carretillada de años a cumplir, como tengo dicho, lo que agravó la situación de la familia que ya juntaba seis hermanos concebidos en cascada.

Antonio tenía seis años cuando ocurrió esta debacle, y las privaciones que debió afrontar con su madre y hermanos lo marcaron definitivamente, al mismo tiempo que su congénita debilidad física lo mantenía siempre postrado y enfermo, asociadas éstas a ciertas deformidades como una joroba importante que hundían su cabeza y cuello hacia el tórax y que, en la adultez, se tornó desproporcionadamente grande; y una cuestión no definida en los cuatro miembros que alteraban su andar haciéndolo oscilante. A pesar de estas pesadumbres, Antonio demostró, desde su niñez infortunada, un clara y poderosa inteligencia (Mussolini, por ejemplo, lo llamó “cerebro poderoso”) y, amarrado por las sucesivas postraciones a que fue sometido en su lecho, le fueron modelando el carácter, tornándolo melancólico y reconcentrado, hasta que, corriendo el tiempo, se fueron revelando sus tendencias intelectuales. En 1908 lo encontramos como alumno del colegio Dettori de Cagliari (al sur de la isla, donde aún hoy se celebran anualmente los Congresos Gramscianos), navegando siempre entre grandes privaciones de índole económica. Allí consiguió una beca en la Universidad de Turín, en el Piamonte, y fue aceptado en el ingreso junto con otro humilde joven sardo, becario también, quien lo acompañaría en la política italiana, resultando a la postre beneficiado con su encarcelación: el comunista Palmiro Togliatti.

En 1911 ya estaba en Turín, estudiando en la Facultad de Filosofía y Letras. Allí frecuentaba las clases de Lingüística y Filología (con Matteo Bartoli de profesor), y de Filosofía (bajo el maestrazgo de Anníbal Pastore). Y es posible que por esta época comenzara a frecuentar los círculos de Antonio Labriola (1843-1904), el primer difusor, comentarista e innovador de las ideas marxistas en la península, aparecido justamente cuando la sociedad turinesa, milanesa y genovesa arrancaban con la industrialización, la acumulación del capital financiero y la aparición de las grandes masas obreras (1899). Pero don Labriola no fue un marxista como los de aquí: ateo, apátrida y, sobre todo, canalla y ladrón, de ideas en lo particular. No. Fue un hombre honesto. Propiciaba Labriola una adecuación del internacionalismo de Marx a la realidad histórica de Italia. Una audacia sin límites para aquel entonces. Hoy no, que es más fácil que llevar los chicos a la escuela. Una temeridad rayana en la blasfemia; y por ello es, con sus diferencias, 18 años antecesor de Lenín en este aspecto, aunque repito: no son iguales.

Todo lo cual vendría a ser lo que con el tiempo pretendió Stalin hasta que se murió: un NacionalComunismo; una palabreja que, como verá el lector lleva en sí misma el estigma de la contradicción. Simplemente porque, por definición denunciada por ellos mismos, lo que es nacional no puede ser comunista y todo lo comunista es antinacional. Un disparate. Como el despropósito que Franco en España llamó NacionalCristianismo, que es imposible porque el cristianismo es doctrinariamente ecumenista. En este sentido Labriola justificaba teóricamente, por ejemplo, la expansión colonial en general y las aspiraciones expansionistas de Italia, afirmando que los marxistas no debían ir contra los intereses nacionales de su país. Evidentemente nuestros marxistas, que son mutantes entre el quiosco y lo cirsense, jamás leyeron a Labriola, porque ellos se opusieron con tenacidad sistemática a todos los movimientos nacionales, así como en todo momento, incluido nuestro hoy, acompañaron a todos los mivimientos antinacionales.

Muerto Labriola lo primero que hicieron los marxistas italianos fue hacerlo desaparecer, pero no pudieron ponerlo en el repertorio fascista, porque el fascismo no existía y para nacer le faltaban seis años más, y quince para ser gobierno. No obstante ello sus influencias resurgieron airosas en figuras como Gramsci, Togliatti y otros teóricos del Partido Comunista Italiano (PCI), los que partiendo de don Antonio, llegaron a Marx y Engels y, por ellos al leninismo. Quiero decir con esto, que dieron toda la vuelta para llegar al mismo punto de partida de Labriola, aunque un poco más remozado: lo de Marx era inaplicable, una utopía como él mismo llamaba a su teoría, y debía ser sujeto de revisión. A nadie en aquel entonces se le hubiese ocurrido hacer desaparecer a Marx, como lo han hecho ahora, conservando sólo su retrato, que no habla ni escribe, y tapándolo con varias mantas y algunas camionadas de tierra y cascotes.

Por lo menguado de la beca de Gramsci, reaparecieron, en todo este período, las crueles falencias económicas, llevándolo a una vida verdaderamente miserable como viven hoy los pordioseros. Al mismo tiempo su débil contextura física, sus frecuentes crisis nerviosas superadas a fuerza de voluntad, sus defectos físicos, el desprecio de la gente que lo consideraba como una variedad de insecto, y sus afectos estropeados (para ser un auténtico bolchevique y dar fe de ello, se casó en Rusia con una rusa que se ve era corajuda para animársele a semejante avechucho, y de regreso se la llevó a Italia; con ella tuvo dos hijos que apenas conoció, porque la gringa, como la paica grela del tango mistongo, se fue y no volvió más, dejando el mate con cebadura y el salame cortado con el pan duro de anteayer). Son estos aspectos que deben tenerse en cuenta a la hora de hacer balance en la vida de este comunista. Y es esta la causa por la que, siendo honesto con mi lector, incluyo en este artículo su biografía generalmente aceptada, aunque veramente escondida.

Como ya dije, a partir del 1900, Turín (con la Fiat, por ejemplo), Milán y Génova, constituían el triángulo donde bullía el proletariado italiano y la alta finanza usurera que algunos llaman capitalismo. En 1914, Gramsci se adhiere al Partido Socialista y comienza su labor periodística. Pero la llegada de la Gran Guerra dividió a este socialismo en dos fracciones irreconciliables: el Fascismo (¿acaso un Socialismo –no marxista- Nacional?) y el Comunismo (¿acaso un Socialismo –marxista- Internacional?), que quedó formalmente constituido como partido a partir de 1921. En sus artículos don Antonio propone una reforma “intelectual y moral”, y hace hincapié en los famosos “consejos de fábrica” (todo para darle forma a esa bola heterodoxa y sin manija que llamaron proletariado: porque la mayor fortuna que capitalizaban era la prole, el seguro social del menesteroso en la ancianidad), que se desarrollaron en Turín, con tanto suceso, que sus resultados llegaron a oídos de Zinoviev, quien informó de inmediato a Lenín. Por este antecedente Gramsci fue invitado a Moscú en junio de 1922. Allí conocería a Lenín, Trotski, Stalin, Bujarín (a quien criticaría más luego acervamente). Bajo la dirección de Zinoviev comenzó a trabajar en la Internacional Comunista (¡un caso tan parecido al Che Guevara!), para lo cual se traslada a Viena en 1923 (el Che Guevara se fue con el judío sefaradí Jacobo Arbenz), pasando a ser el hombre de confianza de la URSS para pergeñar el comunismo en Italia. Debo destacar que en aquella época los partidos comunistas que se creaban en distintos países eran considerados secciones o filiales del PC de la URSS y tenían una autonomía relativa, aunque siempre cheques jugosos a fin de mes.

En mayo de 1924 regresa a Roma para ocupar su banca de diputado por la que había sido elegido en abril. Tenía entonces treinta y tres años. En este año había sido nombrado, por la descarada injerencia moscovita (dado que sus coetáneos consideraban a Gramsci como un “sujeto insignificante y repulsivo”), Secretario General del Partido Comunista Italiano (aquí lo hicieron con el Gordo Codovila que había trabajado de terrorista en la España republicana), y se dedica de lleno al periodismo político fundando el L’Ordine Nueovo con fondos del PC ruso, por cuanto él no había dejado de ser un muerto de hambre. En 1925 se enfrenta con Mussolini en la Cámara de Diputados, a quien califica de “hombre realmente impresionante”, por una ley que prohibía en toda Italia el funcionamiento de la Masonería. Y Antonio Gramsci era masón desde 1920 y se jugó por la Hermandad en una Italia pletórica de Logias, conventículos, tabucos, Aerópagos y Traslogias que lo miraban gemebundas como su salvador: de otra manera los jerarcas rusos, todos judíos y masones (el 87% de los cargos públicos estaban cubiertos por ellos en aquella época), no lo hubiesen invitado, ni le hubiesen dado el cargo partidario (y el Che Guevara era masón y medio judío por parte de madre: ¿qué más garantías se le podían pedir? Donde estaban sus ojos, estaban los ojos de la colectividad y del Partido).

En 1925, Gramsci se da cuenta de que su situación en la Italia Fascista es insostenible. Manda a su esposa de regreso a Rusia y se prepara para resistir lo que fuere. Y fue el 18 de noviembre de 1926 que lo detuvieron, acusado de conspirar contra el Estado, incitación al odio de clases, instigación a la guerra civil, apología del crimen y propaganda subversiva. Fue procesado en Roma con todas las formalidades del debido proceso y condenado el 4 de junio de 1928 a veinte años de cárcel. Al mes siguiente fue trasladado para cumplir su condena a la cárcel de Turi, en la Provincia de Bari. Allí solicita se le suministren cuadernos para escribir, lo que le es concedido el 8 de febrero de 1829, que es la fecha considerada como de iniciacion de sus escritos carcelarios (que luego se editarían fragmentados y con cien nombres diferentes). Pero en estos escritos Gramsci revela, a pesar de su enclaustramiento, poseer cierta actualización en el movimiento intelectual que trasitaba por afuera de la mazmorra, el que terminó siendo su desvelo. Pero en esto no hay nada mágico, porque es evidente que tenía, aparte de los cuadernos, cierta liberalidad para la lectura cotidina. Así lo manifiesta él mismo al citar publicaciones como el Corriere della Sera, Civiltà Cattolica (publicación jesuita que le proporcionó parte del conocimiento que tenía del catolicismo), Italia Letteraria, Rivista Intenazionale di Filosofia del Diritto, etc.

En este período escribe los Cuadernos de la Cárcel (Quaderni della Carcere) que suman unos 50 en total. Ellos fueron publicados por primera vez en castellano entre 1948 y 1951. Aquí aparecieron publicados en 6 volúmenes. Estos apuntes están orientados a criticar la obra filosófica de Benedetto Croce (1866-1952), su casi contemporáneo, de gran influencia en el pensamiento de la Italia de entonces y de la imbecilidad argentina; a los problemas educacionales y culturales y algunos aspectos de la historia italiana. ¿Cómo hacían para salir estos cuadernos de la cárcel sin ningún tipo de censura o prohibición estando bajo el terrible régimen fascista? Aunque hay párrafos completamente crípticos que dificultan su lectura, para despistar con seguridad a la censura; ellos debieron ser escritos así por ser temas relacionados con la masonería, la red conspirativa; algún enjuague con los moscovitas, la vertiente táctica e ideológica; o los chanchullos de sus seguidores con los ingleses, su fuente económica cedida por Churchill vía del judío laborista Harold. J. Laski, el peor detractor del Fascismo (sí: el marxista que contó entre sus alumnos en Londres a John F. Kennedy, el Presidente Bueno, cuando su padre era Embajador ante el Reino Unido en 1939, y después vino a cantarle a la gilada de allá y de acá, el tango La Vida me Engañó).

Lo mismo ocurriría con la copiosa correspondencia enviada a sus familiares, donde trata temas de educación a “nivel molecular” como él mismo dice. Bien: este asunto es parte del misterio de Gramsci; porque si nos atenemos a los cargos formulados para su condena, todos ellos hartamente probados por la fiscalía, no debió salir ni entrar una sola coma de su celda por aquello de la incitación, instigación, etc. Todo lo cual me hace pensar en una estadía que me atrevo a llamar benigna en la cárcel fascista (que dicho por mí, no quiere decir que lo haya sido). Y habiendo superado un poco más de la mitad de su condena, don Antonio se enfermó gravemente, resultando afectado de tuberculosis doble, hipertensión, gota, sus deformidades esclerosadas, se tornaron dolorosas restándole la poca movilidad que ya tenía, y otros flagelos inclementes que lo mantuvieron tullido y en un solo grito. Compadecido el tribunal lo excarceló (algunos dicen que previa certeza médica de que se moriría; otros aseguran que para evitar infecciones porque Gramsci se había transformado en un foco séptico que ponía en riesgo a la restante población carcelaria), internándolo en una clínica de Formia (en el Lacio, próxima al Golfo de Gaeta), donde fallece hecho un saco de huesos, de una hemorragia cerebral el 27 de abril de 1937 a los cuarenta y seis años de edad.

Una digresión necesaria aunque insuficiente

Hay cosas que me intrigan y que pienso nuestros intelectuales e investigadores se las deben a la gente, que ansiosa siempre está esperando de ellos noticias que nunca llegan. El que tengo, no es un listado de vacilaciones tanto grande, como inquietante su contenido. Uno de ellos es, por ejemplo, la relación existente entre los Protocolos de los Sabios de Sión, los objetivos que se ha fijado la Masonería Internacional y exhumados a través de las palabras y la pluma de sus máximos dirigentes, y los conceptos filosóficos, más pedestres y mundanos de Antonio Gramsci. Ahora, dígame el lector: ¿esto no se nos aparece como una triada de entidades completamente dislocadas entre si? Y a mí me hubiese gustado que de esta manera fuere, porque redundaría en un menor trabajo y, por ello, un alivio para mi estrujada sesera. Pero lamentablemente no lo es y está todo muy encubierto. Digámoslo, a fuer de campechanos, que la hicieron bien: pusieron los huevos en distintas cestas, de manera que por barquinazos tenga el camino, siempre habrá huevos sanos.

Comenzando por las 26 actas (en otros lados 24) llamadas en conjunto Protocolos de los Sabios de Sión, documento que es apócrifo a todas luces sin que resista la menor invectiva o examen (1). Sin embargo estas actas han tenido la extraña virtud de que, siendo íntegramente falsas, se han ido cumpliendo durante más de cien años sin que falte una y, de ellas, ni una viruta se ha perdido cual pluma al viento. Por lo que digo nos encontramos ante un instrumento asombroso, excepcional e inexplicable, el que partiendo de un incierto plan temerario, termina con una certeza absoluta que se plasma en la amarga realidad cotidiana y hace sospechar de un futuro lóbrego. Pero si nos tomamos el trabajo de comparar estos Protocolos, pacientemente, renglón por renglón como a mí me gusta, y los confrontamos con lo expresado por los líderes de la Masonería Mundial de todos los tiempos hasta nuestro presente mediocre y desgalichado, y al mismo tiempo los cotejamos con los discursos reunidos en los Cuadernos, artículos y el epistolario de Gramsci, se llegará a la conclusión de que las tres cosas son lo mismo, puestas hábilmente de manera diferente para que los infelices se lo merienden como si fuese garrapiñada. O dicho con mayor propiedad, que los tres planes en realidad es uno sólo, de igual tenor y a un solo efecto. He aquí, amable lector, lo que, de todo este galimatías, más me ha embelesado. Sobre tal asunto, nada menor, he comenzado a garrapatear alguna que otra cosa que se me han ido presentando; porque ha de saber que este quehacer es penoso, y no sería de extrañar que, en cualquier momento, me descuelgue con todo lo mefistofélico de estos nocturnos para dejarlos en bayetitas. Ellos, los sionistas, los masones y los gramscianos, la sierpe de tres cabezas, saben perfectamente que les acabo de acomodar una buena pedrada en el entrecejo.

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