Lo que empezó siendo una venganza acabó convirtiéndose en una pasión ardiente




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Una tentación prohibida

Emma Darcy

Argumento:

Lo que empezó siendo una venganza acabó convirtiéndose en una pasión ardiente

Jake Freedman esperaba vengarse del hombre que había destruido a su familia. Y, si aceptando una cita a ciegas con la hija de Costarella podía calmar a su peor enemigo, Jake se pondría su mejor traje y ocultaría su cinismo tras una sonrisa seductora…

Las caricias expertas de Jake atraparon a la inocente Laura Costarella en una peligrosa aventura amorosa. Y Jake acabó deseando más conquistar a Laura que la ruina de Costarella.

Capítulo 1

Era viernes por la tarde y Jake Freedman estaba en el despacho de un hombre al que tenía motivos para odiar, y apenas podía contenerse para no marcharse. Pronto, muy pronto, tendría todas las pruebas para acusar a Alex Costarella por haber actuado como un buitre, aprovechando las empresas en bancarrota para hacer aumentar sus fondos. Entonces, podría marcharse. Entretanto, la farsa de que aspiraba a ser la mano derecha de Costarella en el negocio de las liquidaciones, no podía tener ni un fallo.

–El domingo es el Día de la Madre –dijo el hombre, mirando a Jake con interés–. Tú no tienes familia, ¿verdad?

«No desde que ayudaste a matar a mi padrastro».

Jake puso una triste sonrisa.

–Perdí a mis padres cuando era un niño.

–Sí, recuerdo que me lo dijiste. Debe de haber sido muy difícil para ti. Eso hace más admirable que consiguieras una carrera profesional y que hayas hecho tan buen trabajo en ella.

«Cada paso del camino ha estado marcado por la ambición de derrocar a este hombre. Y lo conseguiré. Me ha costado diez años llegar hasta aquí… Aprender contabilidad, legislación, conseguir experiencia en los negocios de Costarella, ganarme su confianza. Sólo unos meses más y…».

–Me gustaría que conocieras a mi hija.

Jake se quedó sorprendido. Nunca había pensado en la familia de aquel hombre, o en el efecto que sus actos podían tener sobre ella. Arqueó las cejas de forma inquisitiva. ¿La hija iba a participar en los negocios de su padre? ¿O es que aquello era un intento para emparejarlos?

–Laura es una mujer despampanante. Inteligente, y una gran cocinera – dijo Costarella–. Ven a comer a mi casa el domingo y descúbrelo tú mismo.

Jake rechazaba la posibilidad de tener una relación personal con alguien relacionado con aquel hombre.

–Me entrometería en vuestro día familiar.

–Quiero que vengas, Jake.

La expresión de su rostro no daba lugar a negativas. Era un hombre con el pelo cano y ojos grises, que se expresaba con la confianza de alguien que podía conseguir el control de cualquier asunto y someterlo a su voluntad.

Jake sabía que, si insistía en rechazar la invitación, perdería la posibilidad de tener acceso a las pruebas que necesitaba.

–Eres muy amable –contestó con una sonrisa–. Si estás seguro de que seré bienvenido…

Cualquier duda al respecto era irrelevante. Costarella conseguía aquello que se proponía.

–Ven a las once y media. ¿Sabes dónde vivo?

–Sí. Gracias. Allí estaré.

–¡Bien! Te veré entonces –sus ojos grises brillaron con satisfacción–.

No te decepcionarás.

Jake asintió, consciente de que tendría que acudir a su casa el domingo y mostrar interés por su hija a pesar de que odiaba la idea.

No sabía qué era lo que pretendía Costarella. Era ridículo que intentara encontrar un pretendiente para su hija, como si las personas fueran títeres y pudiera moverlos a su antojo. Sin embargo, ésa era la mentalidad de aquel hombre. Se movía a su ritmo, sin importarle el interés del resto.

Jake tenía que seguirle el juego. Y si tenía que empezar a salir con Laura Costarella, lo haría, pero no llegaría a tener una implicación emocional con ella por muy bella e inteligente que fuera.

Era la hija del enemigo.

No debía olvidarlo.

Nunca.

El Día de la Madre…

Laura Costarella deseaba que aquel día fuera como se suponía que debía ser, un día memorable para su madre en el que sus hijos le mostraran su amor y su agradecimiento por todo lo que había hecho por ellos, y junto a su esposo disfrutara de la familia que juntos habían creado.

Pero no iba a ser así.

Su padre había invitado a una persona especial a la comida familiar y, a juzgar por la engreída sonrisa con la que hizo el anuncio, Laura sospechaba que aprovecharía al invitado para mostrar las limitaciones de sus hijos y los defectos de la madre que los había criado.

Jake Freedman, un nombre con carácter. Y, sin duda un hombre con un carácter tan fuerte como su padre o, si no, no habría ascendido tan deprisa hasta la cima de Costarella Accountancy Company, que amasaba millones gracias a las empresas en quiebra. ¿Sabría cómo iba a ser utilizado ese día? ¿Le importaría?

Laura negó con la cabeza.

Pasará lo que pasara, ella no podría evitarlo. Lo único que podía hacer era preparar los platos de comida favoritos de su madre e intentar disimular el descontento de su padre con su familia. «No dejes de sonreír pase lo que pase», se dijo.

Por el bien de su madre, esperaba que su hermano hiciera lo mismo. Que no se dejara llevar por el resentimiento. Que no se marchara. Que sonriera y se encogiera de hombros ante los comentarios de crítica. Sin duda, no era mucho pedir que Eddie mantuviera su testosterona bajo control por un día.

Sonó el timbre justo cuando ella terminaba de preparar las verduras para hacer la receta que había visto en uno de sus programas de cocina favoritos de la televisión. Estaban preparadas para meterlas al horno con la pata de cordero. La crema de calabaza y beicon sólo había que recalentarla. La nata estaba batida y la tarta de lima-limón estaba en la nevera.

Se lavó las manos, se quitó el delantal y sonrió, dispuesta a recibir a la visita con todo el encanto posible.

Jake estaba en la puerta de la mansión de Alex Costarella, preparándose para ser un invitado atento y encantador. El edificio de dos plantas de ladrillo rojo era una de las antiguas haciendas de Sídney, y tenía la fachada perfecta para ocultar la verdadera naturaleza del hombre que la había conseguido a base de engañar a otras personas.

Él recordaba cómo había luchado su padrastro para conseguir que los empleados del tribunal de quiebras retrasaran la puesta en venta de la hacienda familiar mientras su madre estuviera viva, antes de que el cáncer acabara con ella unos meses más tarde. Y todo el proceso había sido iniciado por Costarella, que prefirió no pensar en cómo salvar una empresa y cientos de empleos, y eligió llenarse los bolsillos mientras se ocupaba de vender todos los activos.

Sin piedad.

Su padrastro falleció pocas semanas después de la muerte de su madre. Dos funerales en muy poco tiempo. Jake no podía culpar de ambas muertes a Costarella, pero sí de una de ellas. Se sorprendía al pensar que era como un lobo esperando a entrar en la guarida de otro lobo.

Costarella no sabía que Jake estaba al acecho, esperando el momento adecuado para atacar. Alex pensaba presentarle a su hija para que hiciera de cebo y lo tentara con un futuro brillante en la empresa, sin percatarse de que la presa era él. Y en cuanto a Laura…

Se abrió la puerta y Jake vio a una mujer que, al instante, le resultó interesante. Era muy guapa, con el cabello negro y rizado, los ojos azules y unos labios carnosos que, al sonreír, mostraban una dentadura perfecta. Iba vestida con un top morado y blanco que tenía un escote lo bastante pronunciado como para mostrar la curva de sus senos, suficientemente grandes como para llenar las manos de un hombre. Unos pantalones vaqueros apretado, de color morado, resaltaban su figura y sus piernas esbeltas. Un primitivo deseo sexual se apoderó de Jake.

Esforzándose por mantener la compostura, Jake la saludó.

–Hola, Soy Jake Freedman –dijo, confiando en que ella no se hubiera percatado de lo sorprendido que estaba.

La hija de Alex Costarella era una trampa para hombres.

Y caer en ella no entraba dentro de sus planes.

–Hola, yo soy Laura, la hija de la casa.

Oyó pronunciar sus palabras como si hubieran sido pronunciadas desde la distancia. Estaba completamente absorta por el atractivo de Jake Freedman. Aunque atractivo no era la palabra que más encajaba. Ella había conocido a muchos hombres atractivos. La vida de su hermano estaba llena de ellos, de actores dejando su huella en los programas de televisión. Pero aquel hombre… ¿por qué se le había acelerado el corazón y sentía un cosquilleo en el estómago?

Tenía el cabello de color castaño oscuro y lo llevaba muy corto. Los ojos marrones y con una mirada muy sexy. La nariz recta, el mentón prominente y la boca perfecta. «Podría representar el papel de James Bond», pensó Laura, y tuvo la sensación de que él era tan peligroso como el personaje de la legendaria película.

Era un hombre alto, delgado y de aspecto muy masculino. Vestía pantalones vaqueros negros y una camisa negra y blanca de sport con las mangas arremangadas, dejando al descubierto sus musculosos antebrazos. Jake Freedman era tan masculino que era imposible no reaccionar ante él como mujer.

–Encantado de conocerte –dijo él, y le tendió la mano con una sexy sonrisa.

–Lo mismo digo –contestó ella, y le estrechó la mano–. Pasa, por favor.

–La hija de la casa –repitió él–. ¿Eso significa que todavía vives en casa de tus padres?

–Sí. Es una casa grande –contestó ella. Lo bastante grande como para mantenerse alejada de su padre la mayor parte del tiempo.

Jake Freedman debía de ser unos años mayor que sus amigos de la universidad, teniendo en cuenta el puesto que tenía en la empresa de su padre. Eso le hizo recordar que debía evitarlo como si fuera una plaga. No tendrían nada en común.

–Mi familia está disfrutando del sol en el patio trasero –dijo ella, y lo guió por el pasillo que dividía la casa en dos–. Te llevaré donde está mi padre y después os sacaré un aperitivo. ¿Qué quieres beber?

–Un vaso de agua con hielo estaría bien, gracias.

–¿No bebes whisky con hielo, como mi padre?

–No.

–¿Y un vodka?

–Agua.

«Bueno, no es James Bond», pensó ella, conteniendo una risita.

–¿Tienes trabajo, Laura?

–Sí, soy la directora de primeras impresiones –se rió al ver su cara de asombro–. Lo he leído esta mañana en el periódico –le explicó–. Es como se llama ahora a las recepcionistas.

–¡Ah! –sonrió él.

–¿Y sabes cómo llaman a un limpiador de cristales?

–Por favor, ilústrame.

–Ejecutivo de visión despejada.

Él se rió, aumentando su atractivo con su sonrisa.

–Un profesor es un navegador de sabiduría. Y un bibliotecario es un especialista en recuperación de información. No recuerdo el resto de la lista. Todos los títulos eran muy farragosos.

–Así que, hablando en claro, eres recepcionista.

–A media jornada en una consulta médica. Sigo en la universidad, estudiando arquitectura de jardines. Es una carrera de cuatro años y ya estoy en el último.

–¿Estudias y trabajas? ¿Tu padre no te mantiene? –preguntó.

–Mi padre no paga lo que no aprueba. Deberías saberlo, puesto que trabajas con él.

–Pero eres su hija.

–Y se supone que debería cumplir sus deseos. Me permite vivir aquí. Ése es todo el apoyo que mi padre me dará para que estudie esa carrera.

–Quizá deberías haber buscado la manera de independizarte.

Era un comentario extraño para un hombre que debería ser experto en satisfacer los deseos de su padre. Sin embargo, ella no estaba dispuesta a discutir la dinámica familiar con un extraño, y menos con alguien especializado en ponerse del lado de su padre.

–Mi madre me necesita.

Era una breve respuesta, y todo lo que obtendría de ella. Laura abrió la puerta trasera y lo presentó:

–Tu amigo Jake está aquí, papá.

–¡Ah! –su padre se levantó de la mesa del patio en la que estaba leyendo el periódico del domingo–. Me alegro de verte por aquí, Jake. Hace un bonito día otoñal, ¿verdad?

–No podía ser mejor –convino él, acercándose para estrecharle la mano.

Se sentía seguro de sí mismo y con la situación, algo que Laura no sentía. Estaba asombrada por la fuerte atracción que había experimentado y que no conseguía olvidar. No era bueno. No podía serlo. Lo último que deseaba era que un hombre como su padre interfiriera en su vida.

–Ve a buscar a tu madre, Laura. Le está mostrando a Eddie las últimas novedades del jardín. Puedes decirle a los dos que vengan a conocer a nuestro invitado.

–Lo haré –dijo ella, contenta de marcharse de allí y consciente de que a su padre le gustaba que lo obedecieran a la primera.

El jardín era el refugio de su madre. Era feliz cuando hablaba sobre qué podían hacer en él con Nick Jeffries, el ayudante que compartía su entusiasmo por diseñar y trabajar en el lugar. A Laura también le encantaba aquel jardín, y la idea de construir algo bonito en lugar de destrozar las cosas, como hacía su padre.

Y como hacía Jake Freedman.

No podía olvidarlo. Nunca podría tener algo en común con una persona que se dedicaba a destruir.

–¡Mamá! ¡Eddie! –los llamó. Estaban junto al estanque, donde Nick había instalado unas lámparas solares–. Ha llegado el invitado de papá.

Su madre dejó de sonreír y miró a su hijo con nerviosismo, preocupada por el inminente choque de personalidades que podría producirse.

Eddie la agarró por los hombros y sonrió para tranquilizarla.

–Prometo ser bueno, mamá. Hoy no seré un chico malo.

Consiguió que su madre soltara una risita.

Eddie tenía el papel de chico malo en la serie en la que actuaba. Su cabello negro, la barba incipiente, el hoyuelo de su barbilla y sus penetrantes ojos azules, hacían que fuera muy atractivo, sobre todo en su ostentosa motocicleta. Ese día llevaba una chaqueta de cuero negra, aunque se la había quitado debido al calor de la mañana. Su camiseta blanca tenía el dibujo de una Harley-Davidson. Parecía un motorista, para disgusto de su padre.

Los tres regresaron hacia el patio. Laura y Eddie a cada lado de su madre, dispuestos a conseguir que tuviera un feliz día. Por qué seguía viviendo con su padre era algo incomprensible. No era un matrimonio feliz. Su marido era muy dominante y controlador, de forma que ella apenas tenía vida independiente.

Laura siempre consideró a su madre un ama de casa, bien vestida y peinada, que se ocupaba de que todo en la casa estuviera perfecto. Incluso su nombre, Alicia, encajaba con el papel.

Ese día estaba especialmente guapa. Se había teñido de rubio su cabello corto y llevaba puesto una camisola azul que resaltaba el color de sus ojos. Durante la última época, apenas tenía brillo en la mirada y Laura estaba preocupada de que tuviera algún problema de saludo que no quisiera admitir. Además, estaba demasiado delgada, algo que se ocultaba bajo la amplia camisola que llevaba. Los pantalones blancos también le quedaban anchos, pero le daban un toque elegante. Sin duda, nadie notaría nada extraño en ella. Jake Freedman la encasillaría como la típica mujer de un hombre rico.

–¿Qué aspecto tiene? –preguntó su madre.

–Se parece a James Bond –dijo Laura.

–¿Qué? ¿Parece un tipo peligroso? –preguntó Eddie.

Ella sonrió.

–Y muy sexy y atractivo.

–No se te ocurra enamorarte de él, Laura. Es un territorio peligroso.

–Sí, ten cuidado –le advirtió su madre–. Puede que tu padre quiera que te guste ese hombre. Tiene que haber algún motivo para que lo haya invitado aquí esta noche.
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