Prefieren expresarse a través de las bandas de rock o de las murgas que se arman en los barrios




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fecha de publicación04.03.2016
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JÓVENES Y POLÍTICA, RELATOS DE UNA RELACIÓN DIFÍCIL

Escrito por Alberto López Girondo y Daniel Vilá   

Algunos todavía no votaron, otros acreditan alguna experiencia en las urnas. Hay quienes portan genes de luchas sociales y quienes han recibido una formación más aséptica. Pero todos son, en distinto grado, hijos de una época en la cual, como sostiene el académico español Ángel Pérez Gómez, «el envoltorio de los mensajes es más importante que su contenido real y el simulacro sustituye a la realidad». Ellos tienen la palabra.

«En mi casa casi no se toca el tema político. Mi viejo es peronista por herencia y se acuerda cada vez que hay una elección», ironiza Ariel Banegas (23), motoquero, y comienza a desgranar su historia: «Cuando me compré la moto y encontré trabajo en una mensajería se me abrió un mundo nuevo: laburo en negro, peleas por los viáticos, tiempos imposibles de cumplir. Ahí me junté con los pibes del sindicato de mensajeros y cadetes y le hice la gamba a un partido de izquierda que nos daba manija para que nos organizáramos. Al poco tiempo ya teníamos unos quilombos grandes entre nosotros porque un grupo denunciaba al otro y no se entendía más nada. Me quedó una mala experiencia y ahora me mantengo alejado de la política, pero no del gremialismo. Los jóvenes prefieren expresarse a través de las bandas de rock o de las murgas que se arman en los barrios, aunque es cierto que se nota mucha indiferencia».
Carla Wizsler (21), rubia, menuda, estudiante de Ciencias Económicas, admite que, en su caso, el rechazo familiar hacia la política ha calado hondo: «No tengo la menor idea de la diferencia entre un peronista y un radical. Es más, en el último año del secundario tropecé con problemas porque mezclaba las épocas y los presidentes. Voté en blanco en las últimas elecciones y pienso seguir haciéndolo porque a mí los partidos no me cambian la vida. No creo que los jóvenes deban involucrarse en política, más vale que estudien o trabajen para hacerse un porvenir porque si no van a terminar pidiéndoles auxilio a los políticos. Eso es lo que está pasando en este país, todos pretenden que el Estado los ayude pero pocos se esfuerzan para que les vaya mejor»
Se produce el primer conato de discusión en torno a una despojada mesa del histórico bar «Los Galgos», ubicado en la esquina de Lavalle y Callao, fundado en 1930, donde un grupo de jóvenes convocados por Acción discuten sus encuentros y desencuentros con una actividad que Maquiavelo definía como «el arte de conseguir, ejercer y mantener el poder». Fabio Cáceres (22), estudiante de Antropología, es quien rompe el tono confesional de la charla con una enfervorizada intervención. Después de calificar la conclusión de Carla como «típica del individualismo liberal que confunde pobreza con pereza», asesta una definición contundente: «La política manejada desde el poder es un arma corruptora, por eso debemos construir organizaciones autónomas para enfrentar al sistema», y pasa a relatar su experiencia. «Mis viejos se separaron hace años y tienen una posición que suele definirse como “progresista”, pero no están dispuestos a renunciar a ninguno de sus privilegios. Siempre me pareció una actitud careta. Actualmente estoy conectado con un grupo anarquista. Editamos un pequeño periódico, organizamos recitales con bandas y a veces hacemos pintadas. Creemos que si las elecciones sirvieran para cambiar algo, ya las hubieran prohibido».
Es el turno de Gustavo Serrano (21), estudiante de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA y empleado bancario: «Mis padres fueron hace mucho tiempo afiliados al Partido Comunista y por eso tuve acceso a libros y materiales que me formaron políticamente, pero elegí no meterme en política partidaria e intervenir a través de movimientos sociales más amplios y plurales. En general, los adultos suponen que ser joven es lo mismo que ser idiota. No conciben que tengamos intereses distintos, un lenguaje diferente, que nos apasione la música o que sepamos usar la tecnología. Para ellos todo pasa por lo conocido y por eso la enseñanza en este país es tan aburrida. De todas maneras, me parece que no cabe la indiferencia, fruto del terror dictatorial y el lavaje de cerebro del que fuimos víctimas durante los 90. Hay que actuar desde lo concreto, después ya habrá tiempo de ir sumando los granitos de arena. Las elecciones son algo así como un rito que se celebra periódicamente pero que no cambia nada. El cambio va a venir desde nuestra propia actitud transformadora».

Tradiciones familiares
Flavio Astori (22), empleado de una empresa constructora coincide con Gustavo, desde una perspectiva diferenciada: «Mi mamá admira a Eva Perón y yo crecí con esa tradición. Después, mi hermano empezó a militar con un grupo de la Juventud Peronista y me fui enterando de lo que significó la dictadura militar. Me parece que a los jóvenes no les importa la política porque cada uno quiere salvarse solo. Después, a la hora de votar se fijan sobre todo si el candidato es simpático, si dice lo que quieren escuchar. Hay mucha boludez y me da miedo que gente a la que no le importa lo que pasa, ni lee los diarios, sea la que decida quién gana y quién pierde. Yo no milito, pero sé que aunque no me meta en política, la política va a terminar metiéndose conmigo».
Poco acostumbrado a la polémica, según confiesa, Facundo Andrisi (21), obrero metalúrgico, señala que, como lo corroboraron quienes hablaron antes que él, la influencia familiar en las preferencias políticas es un hecho comprobado: «Mi viejo es afiliado radical y me trasmitió esa idea. Creo que eso les pasa a casi todos. Mis compañeros peronistas cuentan que ellos se fueron convenciendo de escuchar del viejo o del abuelo lo que Perón había hecho por los trabajadores. Pasa como en el fútbol: padre de Boca, hijo de Boca, padre de River, hijo de River. Ahora, tampoco es cuestión de tragarse todo sin pensar. Por ejemplo, mi viejo es muy gorila, pero yo no. Será de tanto conversar con los muchachos. Tengo mucha desconfianza en los políticos pero siempre son mejores que los militares. Además, nunca votaría en blanco porque es como lavarse las manos».
Jorge Ibáñez (29), licenciado en Ciencias Políticas de la UBA , por razones generacionales carece de prejuicios o preconceptos adultocéntricos. En su opinión, hay una deliberada intención de demostrar que los jóvenes son descerebrados: «En un sondeo realizado por la Universidad de Belgrano que buscaba indagar qué es lo que saben los estudiantes universitarios sobre los acontecimientos políticos de la década del 90, más del 90% de los encuestados no supo definir el indulto, ignoraba la fecha de la última reforma constitucional y no tenía idea de qué era el Pacto de Olivos. Ese material, que suele utilizarse para subestimar la capacidad de comprensión de los jóvenes, debería servir para poner bajo la lupa todo el sistema educativo, analizar el rol de los medios e incluso la propia estructura familiar, permeada por la banalidad y la indiferencia. Me gustaría que las mismas preguntas se las hicieran a los padres. Claro que la política tal y como se maneja actualmente genera rechazo en los jóvenes. Pero esto ocurre porque lo que hacen y proponen los partidos no conecta con sus inquietudes y expectativas. Estoy de acuerdo con la investigadora Dina Krauskopf, quien sostiene que los jóvenes sí están interesados en la política, pero la política no está interesada en ellos. La politización no se produce hoy a través de los medios tradicionales, como lo demuestran los blogs, las actividades solidarias en las que participan miles de jóvenes y la música que ellos escuchan. Bandas de convocatoria masiva como Los Piojos, Bersuit Vergarabat, u otras como Las Manos de Filippi, La Mancha de Rolando, Arbolito, cuyos temas expresan una notable radicalidad, no existirían si fuera cierto que a los pibes no les interesa lo que pasa».
El investigador Pablo Christian Aparicio, profesor de la Universidad de Tübingen, Alemania, aporta otro punto de vista para interpretar un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales, al punto de que en Francia, por caso, apenas la mitad de los jóvenes participa de los comicios legislativos: «Dentro del campo educativo, los jóvenes fueron concebidos como actores estratégicos del desarrollo, pero en los hechos, y dada la deficitaria cristalización de los postulados de la reforma implementada en el seno del Estado y de todos sus dispositivos políticos e institucionales, se hallan en nuestros días desprovistos de capitales y herramientas sociales y culturales suficientes que resultan inexorables para una integración efectiva en un mundo cada vez más complejo, ambivalente y vertiginoso. En este peculiar escenario, los jóvenes de hoy y las nuevas generaciones del mañana estarán confrontados cada vez más con fenómenos como la profundización y pluralización de los procesos de exclusión social, la devaluación de las credenciales educativas, la desintegración social, la diversificación de las trayectorias biográficas y educativas de las personas».

Alrededor del sistema
«En mi caso, pienso que me fue llevando el sistema», dice Oscar Maidana, (25), trabajador metalúrgico de Berazategui, para explicar las razones por las cuales hace algunos meses decidió pasar a la acción proponiéndose como delegado en una empresa que durante un cuarto de siglo no tuvo representantes gremiales. «No teníamos espacio para opinar, si te veían hablando te amenazaban con que te iban a echar», recuerda. Su caso es atípico entre los jóvenes, que en su mayoría ven a la participación, política o sindical, como un campo minado. Pero claro, Maidana tiene tradición familiar de militancia, al punto que nació en Misiones porque sus padres tuvieron que escapar de Mar del Plata durante la dictadura.
«Yo me ofrecí para delegada de mi colegio secundario porque nadie quería», acota Carla Corrao (19), que votó por primera vez hace algunas semanas. También ella tiene antecedentes políticos en su familia: dos tíos desaparecidos en 1977. Pero asegura que no fue eso lo que la influenció para participar en el Centro de Estudiantes del colegio de Bellas Artes Rogelio Yrurtia.
Fermín Kalesnik (17), delegado también, pero en la Escuela de Música Juan Pedro Esnaola, acota: «Para mí la política no es mala palabra, pero reconozco que mis compañeros la usan como si lo fuera». Y añade: «Cuando se arma un centro de estudiantes, ellos esperan que se ocupe sólo de lo cultural, como películas o festivales, pero cuando intentamos juntarnos para resolver problemas comunes con otros colegios resulta imposible».
A veces las necesidades inclinan la balanza. Al menos eso dice Javier Vitale (20), que estudia Historia en la Universidad de Buenos Aires y a raíz del conflicto del Gobierno con los representantes agrarios se acercó a la agrupación impulsada por el historiador Norberto Galasso. «Fueron muchos los que en esos tiempos quisieron saber qué estaba pasando, porque notaban que los medios no decían todo y que del otro lado no había argumentos convincentes», relata. Otros, señala, tomaron el camino contrario: «Lo que vi en este año fue que más pibes se posicionaban tibiamente, pero también que avanzó el antikirchnerismo».
La que también se «puso a estudiar» antes de los comicios fue Cumbio (18), archifamosa floggera que votó por primera vez el 28 de junio. No sólo por propia decisión, sino porque debió hacer una cobertura para el programa Cámara Viva, que emite el canal Magazine: «No es tan fácil para nosotros informarnos, porque en la tele no se dice nada y lo que se puede encontrar en otros lados no es tan accesible», dice la abanderada de la tribu, que ahora estudia periodismo. ¿Qué piensa su pléyade de seguidores en la página web? «Vemos que nos bardean todo el tiempo y de eso no sale nada bueno. Tuve que ir a todas las conferencias de prensa de los candidatos y se la pasaron insultándose entre ellos más que diciendo lo que proponían», señala, y asegura que quienes frecuentan su sitio no se interesan por la política en ninguno de sus aspectos, pero eso no implica que desconozcan el mundo en que viven.
En 2007, en el Colegio Carlos Pellegrini, de Buenos Aires, la comunidad educativa se opuso a que las autoridades de la UBA decidieran el nombramiento del nuevo rector. «Había mucha confusión y caos, porque nosotros íbamos y algunos profesores daban clases y otros no», cuenta Ailén Raimondo Randi (15), quien ingresó al secundario en esos agitados días y de ese modo pudo comprobar qué es eso de la lucha política. Sin embargo, la experiencia tuvo sus bemoles: «Nos dimos cuenta de que hay muchos que se postulan para delegados del centro porque creen que así zafan de las clases».
«Si les decís que es para hacer una marcha, se prenden –complementa Carla– porque lo toman como una forma de no ir al aula, pero si les pedís compromiso para otras cosas ahí la cosa cambia». Fermín asiente y agrega: «Cuando el año pasado peleamos en contra de la eliminación de las becas en las escuelas de la ciudad de Buenos Aires, como en mi colegio no había tanta gente con ese problema te decían “qué me importa, si yo no tengo beca”».
El sociólogo Ricardo Rouvier, consultado por Acción, destaca que «es universal el descontento o indiferencia de la mayoría de los jóvenes por la política, aunque una minoría activa se acerca a ella con la intención de transformarla y transformarse Y esto se debe a innumerables razones, no tan fáciles de aislar para su observación. En primer lugar, se produjo un fenomenal cambio cultural en el mundo occidental en los últimos 40 o 50 años que involucró una ruptura del eslabonamiento generacional, un ensanchamiento en la brecha entre los jóvenes y sus padres. Hay una crisis generalizada de las instituciones, también de la familia, y el principio de autoridad que muchas veces sirvió al disciplinamiento de la sociedad, también decayó. Esto ocurrió simultáneamente con la disolución de los autoritarismos de Estado, aunque en algunos países con retardo. Los jóvenes constituyen subculturas ajenas a los valores sociales dominantes. Su nihilismo se fundamenta en que como hay imposibilidad de cambiar lo social, es preferible el cambio individual. La creación de lenguajes, el papel de la música y el grupo de amigos constituyen una manera de transformación dentro de un sistema que no cambia. La crisis de los partidos en nuestro país, también contribuye a este desencuentro».

Otros ámbitos
A 300 kilómetros del Obelisco, en Rosario, las preocupaciones y las impugnaciones no son diferentes. Lucía Arancibia (22), estudia teatro, trabaja en un hotel y cree que la política debería compatibilizar con las inquietudes de la gente, «lo cual no significa que alguna vez la haya visto funcionar así». En los últimos comicios, dice haber encontrado un candidato digno de ser votado, pero le parece poco. «Quienes ocupan cargos públicos deberían dar explicaciones sobre lo que hacen, en cambio los usan para tener impunidad. Pienso que la política es más corrupta de lo que uno se imagina», dictamina.
Para Luciano Troncoso (22), estudiante de traductorado de inglés, que vive con su madre en el barrio Echesortu, el principal problema es que la política no ha logrado resolver es el del trabajo, una estimación que la realidad corrobora, ya que, en las últimas mediciones disponibles del Indec la desocupación juvenil era del 24%, más del doble de la general: «Laburaba en un call center que me quemaba la cabeza, lo bueno era que no pedían experiencia. Estoy más capacitado para conseguir un empleo que un pibe que no estudió, pero no hay para ninguno de los dos», enfatiza. De sus coetáneos poco es lo que espera: «Creo que a la gente de mi edad le tocó vivir en una en una sociedad muy boluda. La juventud no se involucra, no lee, es todo tele, Internet, salir a bailar, punto. En las últimas elecciones impugné mi voto porque pienso que los políticos son totalmente cholulos, actúan para los medios, no para la gente. Lo malo es que la generación nueva tampoco hace nada. Se puede ver en la universidad, donde los dirigentes estudiantiles se dedican a tomar mate debajo de un retrato del Che, en lugar de estudiar para recibirse».
«Eso de los militantes estudiantiles que nunca se reciben es un estereotipo, pero reconozco que el rechazo existe», admite Sebastián Merayo (23), estudiante de Historia, y militante del Movimiento Universitario de Izquierda. «Lo que me preocupa es que en las agrupaciones se promueven discusiones que no son centrales y las cosas concretas quedan afuera». Para Yanina Osorio (20) su preocupación pasa, en cambio, por cuestiones más cercanas al común de la gente, como la seguridad o la falta de trabajo. Hija de ama de casa y empleado hotelero, cuida chicos, está terminando el secundario en una escuela nocturna y milita en la UCR. «Nos critican, nos preguntan dónde estábamos, quiénes somos. En otro partido eso no pasaría. Igual, se aprende mucho en la calle, hablando con la gente».
Mil kilómetros más al norte, Juan Tejerina (19), da una versión algo diferente de la intervención institucional. Estudia en la Universidad Nacional de Salta y empezó a militar en el secundario donde, a pesar de que viene de familia radical, se incorporó al trabajo social con la agrupación Libres del Sur. «Acá en la universidad es la rectoría la que sale como punta de lanza para algunos temas, porque los compañeros no se interesan por la participación política. Tenemos un déficit importante que tiene que ver con el modelo neoliberal. Que los jóvenes estén desenamorados de la política no es casual, porque ven en qué se ha convertido: en una carrera, en un trabajo».

Interrogantes
«Córdoba fue un polo cultural y laboral muy importante pero hoy las cosas son distintas», expresa Federico González (27), arquitecto, y se queja de la tele: «Un termo donde la gente se mete para no pensar. En las últimas elecciones voté por alguien que sabía que no iba a ganar ni ahí, porque me irritan los candidatos con discurso enlatado», confiesa.
En cambio, Celina Villas (24), estudiante de Agronomía y colaboradora del Movimiento Campesino de Córdoba, preconiza la participación activa aunque no se hace muchas ilusiones: «Los que nos movilizamos lo hacemos a duras penas porque continúa habiendo mucha opresión desde el poder y muchos siguen siendo hijos del “no te metas”, y eso despolitiza totalmente». Su pronóstico dista de ser optimista: “Se vienen años jodidos –anuncia– porque el “derechazo” es bárbaro y la izquierda no madura».
Yohanna Heredia (23), empleada doméstica, cree que si hubiera trabajo habría menos delincuentes y asegura que no quiere saber nada con la política: «Nunca voté ilusionada y en la última le di el voto al candidato que apoyaba el intendente porque mi marido es empleado municipal».
En la misma sintonía, Víctor Nievas (28), jardinero, dos hijos, aclara que fue a votar porque es obligatorio y narra su desventura personal: «Laburo en seis lugares todos los días y vuelvo de noche. Me conocen todos, pero la policía ya allanó dos veces mi casa. La primera me tuvieron 17 días detenido y el defensor oficial me decía que seguramente me habían confundido con otro, porque en mi barrio todos roban. Al tiempo me volvieron a allanar y el fiscal me prohibió la salida del país. ¿Adónde me voy a ir? Mi mayor ambición es cambiar de domicilio, tengo terror a que mis hijos crezcan en medio de la mugre».
Gustavo Paredes (22), estudiante de cine, hijo de un detenido político durante la última dictadura, prefiere hacer hincapié en los cambios positivos: «En 2001, con la gente en la calle, vi un crecimiento en la participación social. Creo que la suerte no está echada y que si bien se percibe un vuelco hacia la derecha, la izquierda está sostenida por la fuerza de los jóvenes y se recicla constantemente. Muchos huyen de la política partidaria porque las decisiones las toman otros. Pongo todas las fichas en HIJOS, ese es mi espacio y allí me contienen».
Fragmentos de una realidad compleja y heterogénea, estas voces no habilitan a establecer conclusiones generales porque, como señala el investigador Jorge Norberto Elbaum, «se suele homogeneizar el universo de los jóvenes suponiendo que las distancias entre ellos son menos profundas de lo que es común por pertenecer a una misma “generación”». El sociólogo aporta algunos interrogantes clave para abordar la problemática, entre ellos, ¿de cuántos tipos de jóvenes se está hablando?, ¿cuáles son las características supuestamente comunes que permitirían considerarlos como parte de un mismo colectivo? Se arriba así a una pregunta aún más inquietante: ¿en qué medida los jóvenes son el resultado del mundo que construyeron sus mayores?

Alberto López Girondo y Daniel Vilá
Informes: Cora Giordana (Rosario) / Bibiana Fulchieri (Córdoba)
www.acciondigital.com.ar

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