1. las olas revolucionarias




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y esperanza anticipatoria son un pasatiempo subversivo; en su lugar sugieren que corno pasatiempo cuidemos nuestros jardines. Reprimiendo su propia imaginación y embotando el filo crítico de su espíritu, la modernidad engreída también reduce su razón. No considera el hecho crucial de que la modernidad siempre ha sido, y seguirá siendo, una «sociedad insatisfecha»,7 que se alimenta de tensiones y negaciones, y no puede subsistir sin ellas.
Lo que Heidegger en realidad recomienda es la modernidad «heroica». Es una situación de determinación frente a la Existencia-hacia-la-muerte, nuestra última situación que no puede ser evitada, suspendida o superada por ningún tipo de esperanza. Tampoco la determinación (Entschlossenheit) puede reducir- se ni a un simple memento mori ni a una recomendación a favor de una postura estoica. No necesitaríamos la filosofía de Heidegger para ninguna de estas últimas decisiones. Con mayor profundidad, la determinación y la existencia-hacia-la-muerte señalan el potencial fracaso de nuestra cultura, el único marco en el que podemos imaginar y pensar no sólo sobre nuestra vida sino también sobre nuestra muerte. La modernidad heroica es una actitud de alta cultura que nunca deja de generar superávits culturales, a pesar de la ausencia de la Esperanza en ella. También es una forma pagana de modernidad que no sólo anda escasa de Esperanza, sino también de solidaridad, emancipación y muchos otros valores con los que nos ha dotado el humanismo tan obsoleto. Optando por una modernidad heroica como nuestra cultura
7. El análisis de la problemática de la «sociedad insatisfecha>’ puede cncontrarse en el capítulo de Agnes HELLER ‘Dissatisuicd Societv,, en A. HELLER, The poner o! shaoze, Londres: Routledge and Kegan Paul, 1983, en On Bcing Satisfied in a Society Dissatisfied» en HELLER-FETIÉR, The Posto

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y anulando la esperanza en la misma cultura propia, renunciaríamos a la mitad de lo que ahora es nuestra cultura.
La modernidad aburrida ve el mundo desprovisto de esperanza como un gran escenario en el que la ceremonia se desarrolla con un ritual de repetición interminable. Esta es la posición de «el fin de la historia», basada en dos claras intuiciones. Primera: sus defensores ven a la modernidad alcanzando el término del proyecto historia, una narrativa universalista, mediante el abandono de las engañosas esperanzas de transcendencia absoluta. Segunda: la tesis de la modernidad aburrida se hace eco de la sabiduría hegeliana de que la reducción de las peligrosas esperanzas de transcendencia de la modernidad también implican la disminución de la grandeza. Pero esto asimismo significa que después del fin de la historia, también se acabará la política al convertirse en una política de consumo. Esto es, en realidad, una postura de autocuestionamiento intensivo. El poeta de la antigüedad afirmó con orgullosa dignidad: tantae molis erat Romanam condere genten’i, y la afirmación desnuda de la acabada génesis fue al mismo tiempo la mayor alabanza. Pero el hombre de la modernidad aburrida, echando un vistazo a su propio mundo, se pregunta en sus soliloquios si mereció la pena. El tedio constituye un signo de incertidumbre interna que es un estado mental sospechoso para la generación del superávit cultural.
La modernidad paralizada está desesperada. Tiene esperanza en la esperanza, pero ha perdido, o nunca adquirió, la capacidad de pensamiento, sentimiento e imaginación prometedores. Vive en un mundo filosóficamente anticuado de sujeto y objeto. Es consciente de sí misma como sujeto siempre y cuando tenga esperanzas. Es igualmente consciente de lo que hay «afuera)), a lo que denomina objetividad, un mundo de cosas extrañas que el sujeto nunca construyó o dominó. Si aún existe un nicho en la modernidad en el que los términos favoritos de Luckács y Adorno, reificación y fetichización, tengan sentido y estén de moda, es en la modernidad paralizada. Pero llegado este punto la esperanza se transforma en visiones místicas, en un anhelo de un tipo que abre la puerta a una nueva clase de veneno para nuestra civilización: las drogas.
La modernidad segura de sí misma no es idéntica a la modernidad autocomplaciente; tiene razones diferentes para renunciar a la Esperanza escrita con mayúscula. La modernidad

segura de sí misma no está contenta en absoluto con lo que sus miembros participantes pueden ver en el mundo. El filo crítico de su pensamiento no ha sido embotado por la idolatría de lo que existe y lo que debería ser reordenado por completo, no de una vez por todas, sino una y otra vez. La modernidad auto- complaciente más bien se ha conformado con la opinión de que vivimos en un «mundo insatisfecho», y de que no existe ninguna trascendencia absoluta ni de la insatisfacción ni de la complejidad y las tensiones de la modernidad de las que surge la insatisfacción. Ha llegado el momento a nuestra condición humana de dotar de todo el sentido que podamos a este mundo complejo, tenso e insatisfecho, de crear tanta autonomía y justicia social como sea posible sin destruirla en un experimento social, sin hacer intentos inútiles y peligrosos para cortar la cinta azul y cruzar el horizonte. La Esperanza con mayúscula, el principio fundamental de la utopía, está excluida de la modernidad segura de sí misma, o, con mayor precisión, sus habitantes se alejan de ella. Este gesto es simple y está desprovisto de aburrimiento, desesperanza, heroísmo o falsa superioridad. Es el gesto de los que viven en la modernidad segura de sí misma, que no tienen necesidad de principios transcendentales de un tipo político-metafísico para poner su casa en orden. En medio de una ola de resurrección religiosa, la modernidad segura de sí misma es quizás el único dominio felizmente secularizado en el seno de la modernidad. Ésta es la actitud de los posmodemos.
Como la filosofía es en realidad nuestra época expresada en pensamientos, según sostenía Hegel, parecía apropiado un cambio de la actitud filosófica hacia la esperanza después de 1989, en el final de este siglo. Durante toda la segunda parte del siglo xx, la corriente principal de la filosofía en relación a la Esperanza estuvo dividida entre dar su apoyo a la modernidad autocomplaciente o a la modernidad paralizada, o desesperada. En una de las principales corrientes filosóficas, la Esperanza fue simplemente rechazada como resultado de su asociación con la utopía, por ser insatisfactoriamente racional y potencialmente maligna (aunque la propia racionalidad fue, correctamente, degradada de un estatus absoluto a uno relativo). Esta era la actitud de Popper, que contenía más que una pizca de la superioridad de la ratio que, por lo demás, condenaba teóricamente. Por el contrario, Marcuse fomentó excesivamente las es-

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peranzas místicas de la modernidad desesperada, de la que el filósofo esperaba que surgieran energías culturales y filosóficas. Su gesto fue muy influyente y, al mismo tiempo, profundamente problemático. Si viajamos al pasado con la imaginación, hacia la nueva cultura izquierdista de los años sesenta, podremos ver en una considerable parte de la misma el impacto electrizante, generador de visiones de Marcuse, pero también la indiferencia moral que ha sido gradualmente introducida por su preferencia por las esperanzas místicas, y a menudo incluso promovida por los estupefacientes. Por contraste, no existe necesidad de un alegato en favor del único enfoque saludable, el de la modernidad segura de sí misma, ni tampoco de una preferencia exclusiva por la razón frente a la imaginación, o viceversa. La razón y la imaginación han de moverse juntas para que cambie la constelación filosófica. En su lugar debería recomendarse provisionalmente el abandono de ciertas formas de esperanza y adoptarse un tipo determinado de ella.
Existen tres formas principales de esperanzas perniciosas en la modernidad: la ilusoria-destructiva, la autodeificadora y la autocontradictoria. La esperanza ilusoria-destructiva es la del cruce del horizonte, una esperanza de transcendencia absoluta. Sus raíces ya han sido detectadas, por Mannheim entre otros, en la secularización nunca completada de la modernidad, en los vestigios de mesianismo que quedan y que se resistieron tenazmente a la Ilustración.8 Pero existe una fuente contemporánea crucial de este tipo de esperanza, y solamente se convierte tanto en ilusoria como en destructiva cuando se origina en las raíces modernas. Hasta ahora la modernidad ha estado estrechamente asociada con el crecimiento y e1 progreso, con el abandono de todos los gustos obsoletos, con el rechazo de las barreras naturales, con la defensa de lo nuevo (de todo tipo y en todas las áreas), con el estar impaciente por la cosa inconquistable en sí. Este impulso agresivo se convierte en ilusorio cuando la esperanza de transcender determinadas barreras se ha transformado en la esperanza de dominar el infinito; y llega a ser destructivo cuando las vidas de todos aquellos que participan en el experimento son tratadas como una simple plataforma de lan 8 Karl MANNFTETM, Jdeology and Utopia, a» Introduction to dic Sociologv of Kriou’ledge, Sección IV. «
zamiento desde la que podríamos catapultamos más allá del horizonte.
Al mismo tiempo, en la modernidad este intento vano y costoso había sido identificado con la grandeza humana en un momento en el que cualquier cosa que no fuera el dominio del universo social y natural era un signo de mediocridad. Pero los amos del universo son llamados normalmente dioses y, por ello, la esperanza ilusorio-destructiva puede denominarse, en otra configuración, esperanza del Hombre en su autodeificación. El motivo de Schubert «wir sind selber Goetter» es inseparable de la modernidad, quizá porque el postulado ilusorio de la secularización absoluta fue emparejado con el postulado igualmente ilusorio de la autonomía absoluta. La emancipación de la servidumbre bajo los poderse trascendentales, estableciendo los conocimientos del mundo moderno y «artificial» en nuestras propias facultades racionales e imaginativas, frágiles y limitadas como lo son, es una cosa. Esforzarse por erradicar de la modernidad tanto la memoria de los dioses como el anhelo de muchos por el Más Allá, buscando una certeza racional donde no puede haberla y, frustrados, intentando poner al Hombre deificado en el pedestal de los dioses, es otra cosa. La esperanza de la deificación humana es la esperanza religiosa de una civilización problemáticamente secularizada.
La esperanza autocontradictoria es la esperanza del paraíso sobre la tierra, con independencia de su orquestación «materialista» o «idealista», sin tener en cuenta si el sustrato del paraíso terrenal es la abundancia absoluta o la completa y perfecta bondad moral intachable. Ambas son esperanzas tradicionales de la humanidad, pero están cargadas con una nueva problemática en los últimos tiempos recientes, porque la imaginación de la modernidad, acusada correctamente por Heidegger de estar moldeada por los modelos tecnológicos, no puede aceptar nada que no sea la «solución final». Pero precisamente para mayor problema de la «sociedad insatisfecha» no pueden aplicarse estándares tecnológicos, porque la solución final del problema elimina el propio problema y, con él, también la complejidad de un mundo que no puede vivir sin él. Existe una respuesta a muchas de las facetas de «la cuestión social», pero no existe ninguna respuesta a la «cuestión social como tal», porque pertenece a la esencia de la modernidad el que ésta transforme ciertos problemas en cuestiones «sociales». Esto significa simplemente que

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ciertas injusticias de la vida, que anteriormente fueron considerados componentes normales, aunque negativos, de la condición humana, han sido transformados ahora en problemas a la espera de una solución política, y no puede decidirse por adelantado cuáles otros componentes de la condición humana se convertirán en cuestiones sociales en el futuro. De igual forma, la esperanza de un mundo moralmente perfecto eliminaría ei único «progreso moral» que hemos hecho con la modernidad, la libertad contingente de la persona moderna que ha hecho una elección ética, determinando así moralmente su personalidad. El cumplimiento imaginario de la autocontradictoria esperanza de perfección moral significaría el fin de la moralidad tal y como la conocemos.
¿Qué podemos hacer con las esperanzas perniciosas de la modernidad? Prohibiéndolas, especialmente la que en una ocaSión fuera la esperanza políticamente potente de transcendencia absoluta, se reduciría la autonomía de la modernidad, y la represión podría dar lugar a una neurosis de la cultura, al igual que las represiones producen neurosis- en los individuos. Además, las esperanzas perniciosas sólo pueden ser excluidas del uso público de la razón —es decir, del discurso político— mediante presiones sociales pero no pueden serlo de «la institución imaginaria de la sociedad». Metafóricamente hablando, se necesita un autotratamiento psicoanalítico de la modernidad. Hay más en la metáfora de lo que se ve a simple vista, ya que la joven modernidad padece traumas infantiles típicos. Fi mundo moderno nació en medio de violentas y primitivas escenas de revoluciones políticas, industriales y culturales, que trató de sublimar. Pero al igual que ocurre siempre con los procesos de sublimación, una parte considerable de los recuerdos traumáticos siguen estando operativos, y afloran a la superficie descargando esperanzas destructivas y de autodeificación. Un discurso equilibrado que no haga ninguna concesión a los violentos deseos, destructivos o autodestructivos, reprimidos de la modernidad traumatizada, pero que simplemente no los censure, puede ser el primer paso hacia la eliminación de las esperanzas traumáticas.
¿Qué podemos esperar racionalmente?
Ya Kant hizo la pregunta de qué podemos saber, hacer y esperar. En lo concerniente a las esperanzas, Kant no aplicó ninguna cualificación. El hombre puede esperar prácticamente to do

la perfección humana, la inmortalidad del alma o compren de el objetivo del universo. La razón no tiene un papel censor
en este sentido, o de otro modo la autonomía del Hombre es tarí reducida peligrosamente. Pero existe una especial forma
«racional» de esperanza que incluso debería ser favorecida. Es peramo racionalmente algo sobre lo que no tenemos ningún
— conocimiento porque está más allá de nuestro horizonte espa cio-temporal pero cuyo conocimiento desearíamos tener. En el
caso de las esperanzas racionales, la esperanza supone la movi lizació de nuestras energías, para invertirlas en tareas cuya re alizació puede o no guiamos hacia el objetivo deseado, pero
sobre las cuales puede afirmarse con una cierta seguridad que
no nos llevarán por e] mal camino. La esperanza de la supervi venci de nuestra cultura, la Esperanza particular que no es la
Esperanza escrita con mayúscula, no es un personaje metafísi co pero es algo más que un simple anhelar, desear, imaginar y
fantasear subjetivos. El memento mori que se encierra en la pre gunt «Puede sobrevivir la modernidad?» se ha pronunciado
públicamente. Y esperar la supervivencia de nuestra cultura no
es ilícito ni tampoco irracional. No es la esperanza de la inmor talida sino de la longevidad. En esta esperanza deseamos a
nuestro propio mundo una vida larga y feliz.

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