1. las olas revolucionarias




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LA CUARTA OLA Cómo ocurrió


Dado que la Revolución soviética de agosto de 1991 está aún demasiado cercana como para ser discutida de un modo sistemático, el cambio de la Europa centrooriental será discutido como un modelo para la ejemplificación de la «cuarta ola». En esta región, Rusia fue por una vez un observador benigno de los hechos, «un libertador por defecto». Al mismo tiempo, la posición del grupo de Gorbachov fue tan dudosa dentro del partido que en aquel momento parecía firmemente asentado en el poder, que ya sólo este factor crucial prescribió un acelerado plan de acción a los europeos orientales (los que esperaban ansiosamente lo que aconteció con un retraso histórico en agosto de 1991: el golpe a las fuerzas del viejo régimen). El carácter claramente improvisado de la política de Gorbachov hace del supuesto de una conspiración bien planificada (entre él y los líderes de la reforma de la Europa oriental) una visión de la historia excesivamente racional y calculadora, pese a que algunos elementos de la conspiración no estuvieran del todo ausentes.7 En
7. Tenemos al menos una prueba de un complot contra los dirigentes estalinistas de la Europa del Este, urdido en nombre de la política de Gorbachov. El testimonio del veterano comunista Silviu BRUCAN, uno de los dirigentes fundadores del Frente Nacional de Salvación Rumano, implica, con cautela pero sin lugar a dudas, al propio Gorbachov en la conspiración, Les Co>nplots contre C’eausesca, «Le Monde», Selection Hebdomadaire, núm. 2182, 23-29 de agosto de 1990, pp. 1, 7. Pero un testimonio incomparablemente más importante procede de uno de los protagonistas, Erich HONECKER, en las entrevistas que concedió a dos periodistas alemanes tras su caída: «Mejo Siurz als Partei - und Staatschefwar das Ergebnis cines Manoevers, deren Drahtziehers sich noch im [Iintergrund halten
—por el contexto del libro, está claro que se refiere a Gorbachov y a su “camarilla”—. Diejenigen, dic sich heute mit dieser Tat bruesten, sind dagegen kleine Lichter. Hier haodelt es sich um grosse Vorgaenge, dic nicht von heute auf morgen eintreten, sondern u,n langfristig angestrebte Veraenderungen aufder europaeischen Buehne, ¡a au[der Weltbuehne... Wir erhielten 1987 Signale aus Washington.»
Reinhold ANDERT - Wolfgang HERZBERG, Der Stnrz (Erich Jlonecker ¡ni Kreuzverhoer), Berlin-Weimar: Aufbau Verlag, 1991, pp. 20-21.

cualquier caso, los actores consideraron a Gorhachov al menos como una fuerza refrenadora de la política soviética. Sin tal interpretación, los disidentes de la Europa oriental se habrían mantenido voluntariamente dentro de los límites de su cuasi- consenso anterior, logrado a mediados de los años ochenta, según el cual lo mejor que la oposición podía conseguir era un compromiso social-nacional con la uotnenklatura8
Sin embargo, la retirada de los soviéticos de Afganistán dio una importante y doble lección a todas las personas política- mente activas en ese área. El abandono del compromiso con un régimen soviético instalado constituyó un comienzo histórico en los anales soviéticos. En el pasado habían pactado en algunas ocasiones con Occidente (por ejemplo, al evacuar Austria en 1955 o al abstenerse de apoyar directamente a los comunistas durante la guerra civil griega). Sin embargo, una vez establecido un régimen de tipo soviético, los dirigentes soviéticos estaban preparados para asumir en su defensa riesgos incluso demasiado altos.9
8. Varios documentos cruciales de la oposición de la Europa del Este ofrecían al régimen una cooperación limitada en el caso de una moderación de su política. Quizás e? primero de ellos fue la Declaración de la Carta 77 de Praga, que umpiemente sugería, en forma de protesta, un respeto por los derechos humanos, sin insinuar siquiera un cambio en el sistema. Adam Michnik hizo 1-epeti- das alusiones a una posible reinterpretación del «sistema de Yaba,,, que es otro nombre para el compromiso, combinado con el rechazo táctico motivado por el radicalismo de la Revolución húngara de 1936. Véase nuestro análisis, «Eastern Europe’s Long Revolution Against Yaba,, - HELLER-FEHR Froin Yalta to Glasnost (Oxford: Blackwell, 1990). (Hay traducción al castellano: De Yalta a la Olasnost, Editorial Iglesias, Madrid, 1992.) Quizás el documento más representativo de esta estrategia de compromiso forzado es el Tdrsadalmj szerz?jdés (Contrato Social) de 1988, redactado por el círculo húngaro de la publicación samizdat «Beszélo,, bajo la dirección de János Kis. El grupo constituyó el núcleo de la futura Alianza de los Demócratas Libres.
9. Un ejemplo de la asunción excesiva de riesgos en defensa de un puesto avanzado de influencia soviética es la crisis de los misiles cubana, al menos en una de sus interpretaciones representativas. El propio Jruschev, el histórico actor detrás de los acontecimientos que llevó al mundo al borde de una guerra nuclear, explica su apuesta en términos de la intención de obtener por la fuerza garantías de la supejvencia de Cuba, en Khrushc/iev Remenibers traducido por Strobe Talbot, London: Sphere Books Limited, 1971, p. 462. Mientras existen muchas buenas razones para dudar de la veracidad de las interpretaciones de Jruschev sobre el gran fracaso y la humillación de la Unión Soviética, la idea de aceptar riesgos excesivos para conseguir ganancias limitadas, pero ideológicamente crm ciales, no queda del todo fuera de los principios de la política exterior soviética

La desgana del centro soviético por lanzar expediciones punitivas al primer signo de «contrarrevoluciones pacíficas>) en la Europa Occidental no explica el porqué de que la solución de los yugoslavos de declararse a sí mismos como nación absolutamente independiente, mientras mantenían su poder interno, no haya sido ni siquiera intentada seriamente por los dirigentes comunistas nacionales (a pesar de que ciertos signos en 1987-1989 apuntaban hacia esa dirección, al menos en Polonia y en Hungría). Es del todo sorprendente, ya que éste era el comportamiento típico de la desintegración del comunismo soviético en las repúblicas (no tuvo ningún éxito en Lituania, aunque sí lo consiguió durante algún tiempo en Ucrania). También es bastante asombroso a causa de que existía una voluntad nacionalista comunista explícita (la de Ceausescu) de mantener esos acontecimientos dentro de las fronteras yugoslavas.’0 La explicación normal del abandono de esa opción es la «debilidad del comunismo». El elemento más importante, genuinamente explicativo, en este complejo fenómeno es la pérdida de la propia identidad comunista.
El ejemplo húngaro aclarará lo que realmente significa «la pérdida de la propia identidad comunista». Kádár y su equipo, que habían llevado a cabo las reformas económicas de mediados de los sesenta, habían sido socializados políticamente durante la era clásica del bolchevismo. Por consiguiente, no tenían ninguna duda acerca de la interpretación del término «reforma», que para ellos equivalía simplemente a reajuste tecnológico. Pero la generación política más joven, formada por los economistas críticos y los funcionarios de la generación de Pozsgay, se debatía entre dos ideas contradictorias. Por un lado, veían que había que promover las reformas con agresividad, emancipar el mercado, e incluso cuestionar y cambiar el carácter políticamente monolítico del Estado. Pozsgay fue el primer
10. La extraordinaria serie documental de la BBC The Second Russ jan Revolution reveló el dramático hecho de que en la reunión confidencial de los países socialistas del Este de Europa en octubre de 1989, cuando los regímenes se encontraban —tras la solemne fachada de la celebración del 40° aniversario de la República Democrática Alemana— en medio de la agonía, Ceausescu declaró la intención de Rumania de intervenir unilateralmente en Polonia para hacer frente a la °contrarrevolución de Solidaridad. Tan sólo fue frenado por el resuelto Gorbachov (quien tuvo que habérselo impedido al Stalin rumano con la intervención del ejército soviético, que por una vez se puso al servicio de la libertad).

funcionario comunista del Bloque Oriental que especuló públicamente sobre la hipotética reaparición del sistema multipartidista. Por otro lado, tenían cada vez menos claro, como personas de mente lógica, lo que en el nuevo régimen sería específicamente comunista (incluso «comunista reformista»), una vez que hubieran sido introducidos todos los cambios que habían propuesto. (Por ejemplo, ¿en qué se diferenciaría de un Estado del bienestar bajo un gobierno socialdemócrata?) Si se leen los documentos claramente narcisistas de la búsqueda de identidad de los reformistas comunistas de l988l989,1l tan sólo se apreciarán dos elementos de autoidentjfjcacjón Uno de ellos es un vestigio retórico de la Primavera de Praga, «ci socialismo con rostro humano»; el otro es una demanda, igualmente vaga, de «propiedad pública de los medios de producción» que, para muchos de los reformistas, ya no era equivalente a la propiedad estatal. En este confuso estado mental, el comunismo húngaro hizo su último esfuerzo por frenar la marca, durante mayo de 1988, cuando Kádár fue desposeído de su liderazgo, para el último congreso del Partido Comunista en octubre de 1989. Este período de menos de año y medio se caracteriza porque se dedicó incomparablemente más a las luchas internas, a maniobras y contramaniobras tácticas, maquinando con el fin de lograr nuevas posiciones de poder que nunca fueron alcanzadas, que a intentar clarificar qué defendían los comunistas en la medida en que eran comunistas reformistas. No obstante, sus líderes se comprometieron solemnemente a llevar a cabo reformas serias a través de sus negociaciones simultáneas con la mesa redonda de la Oposición)2 Los viejos partidarios, que criticaban amargamente a sus dirigentes a través de documentos desesperados y prolijos (por ejemplo, por preparar un golpe contra el núcleo
11. Un documento típico de la pérdida de la propia identidad es Uj Mdrciusi Front, 1988 (Budapest - Mozgó Hldg, 1988). Esta colección de ensayos constitue el último cartucho del esfuerzo de los comunistas reformistas en el seno del Partido Comunista Húngaro (MSZMP) y de aquellos que entonces aún veían el comunismo reformista como una alternativa significativa (aunque no fueran comunistas) para encontrar una nueva identidad.
12. Este compromiso ha sido desciito por András BOZOKI, uno de los principales políticos del grupo húngaro de los Jóvenes Demócratas, en su crónica de valor histórico, «Az Ellenzéki Kerekas7tal (Elsó) Tórténete,, (La [Primera] Historia de la Mesa Redonda de la Oposición) (en cinco entregas), Be.szé/ó, 3 de marzo al 5 de abril de 1990.

leal del partido) se encontraban, en un sentido formal, no demasiado alejados de la verdad.13 Lo único que nunca entendieron fue el carácter molieresco del informe político del Comité Central, leído por Grosz durante el Congreso de Octubre de 1989, que, por lo que a su tono general y actitud manifiesta se refiere, podría haber sido presentado, con ciertas modificaciones, durante los años sesenta, cuando el gobierno, apoyándose en su policía secreta y en un ejército extranjero, se encontraba firmemente asentado en el poder.
Cuando llegó el momento del referéndum de noviembre de 1989, el primero de los triunfos electorales aplastantes de un sector de la oposición, ni los reformistas ni los comunistas conservadores entendían ya quiénes eran, qué representaban o, respecto al calendario político, en qué período vivían. El comunismo polaco sufrió una erosión de su autoidentidad similar y paralela. Pero incluso en aquellos países (Rumania, Checoslovaquia y Alemania Oriental) en los que las dictaduras parecían ser fuertes y estar seguras de sí mismas, donde ningún discurso público presionaba sistemáticamente al partido en el poder, se puso de manifiesto a la hora de la crisis que la autoidentidad del comunismo se encontraba profundamente minada. La transición del comunismo a la socialdemocracia del tipo Saulo-Pablo ocurrida de la noche a la mañana, es considerada por muchos como un revoco de la fachada y una maniobra táctica. En cualquier caso, aunque no se tratara de un auténtico cambio de doctrina, la facilidad con que fue repintada la fachada atestigua el hecho de que, durante un largo período, los comunistas habían albergado serias dudas sobre sus propios objetivos.
El comportamiento rebelde de los miembros del partido (los miembros que tenían carné pero no formaban parte del aparato, pese a que su pertenencia al partido representaba un cierto papel respecto a su situación remuneración laboral) y el comportamiento pasivo del Ejército fueron de vital importancia a lo largo del proceso. Durante décadas, los dirigentes comunistas se habían acostumbrado a hacer caso omiso del pueblo en nombre del cual gobernaban, además de no tomar demasiado en
13. Un documento caractenstico de estas amargas queias de los ie;oS creyentes que no se daban cuenta de los drásticos cambios que tenían lugar a su alrededor es el de Lajos GLacsr, 4 Nop, Ame/e Megrengere a Orsdgot, /989. Oktobee 5-9, MSZI/IP-VISZP (Los cuatro dos que conmosieron al país .), Budapest-Agria, 989.

cuenta las opiniones de los miembros de su propio partido. Pero también aprendieron de la turbulencia posestalinista que una desatención total hacia el sentir de los miembros del partido podía perjudicarles en determinados períodos. A falta de encuestas, el único testimonio, más o menos fiable, de la opinión del partido venía, retrospectivamente, del comportamiento electoral de los miembros del mismo en las primeras elecciones libres. De los cuatro países centrales de la región, tan sólo los resultados en Alemania Oriental causaron sorpresa a este respecto. El resultado electoral del Partido Comunista de Alemania Oriental, que había recibido un rápido lavado de cara, fue de un porcentaje mayor (16 por ciento) que la proporción relativa de miembros del partido frente a los no afiliados en la nación antes de la revolución. En Hungría y Checoslovaquia, ambas cifras fueron casi idénticas (alrededor del 10 por ciento). En el caso de Hungría, si el pueblo ya había dado un crédito limitado al liderazgo Nyers-Pozsgay.Horn del MSZP (el partido sucesor del comunista que se declaraba a sí mismo socialdemócrata) y si ya no consideraba a este partido como una organización típicamente comunista, entonces, evidentemente, el número de votos comunistas es comparativamente más bajo (el partido comunista sin reconstruir, MSZMP, recibió menos del 4 por ciento). En Polonia, las primeras elecciones parciales constituyeron un desastre para los comunistas. Dos años después, obtuvieron el mismo nivel que sus homólogos húngaros y checoslovacos.
Estos datos y las conclusiones que de ellos pueden sacarse permiten las siguientes explicaciones. El grueso de los miembros del partido obviamente no estaba aún preparado para abandonarlo formalmente durante sus últimos años de poder. Un acto tan provocativo podría haber resultado peligroso, pero, lo que es más importante, para que tal éxodo político masivo hubiera tenido lugar, habría sido necesaria una imaginación alternativa, inexistente en aquel momento. Al mismo tiempo, la lealtad típica del miembro medio del partido tiene que haber estado precisamente en una Situación en la que el número de afiliados constituiría una minoría del 10-15 por ciento frente a la mayoría (el grueso del pueblo), Esta podía encontrarse dividida respecto a muchos temas pero, como suponían, le sería, no obstante, hostil en su conjunto. En circunstancias «normales», esto no hubiera sido una causa de preocupación para los dirigentes. Se imaginaban que, al estar su poder garantizado por la presencia del Ejército soviético, el apoyo del 10-15 por ciento era perfectamente satisfactorio para la dictadura. Tan sólo se llegaría a un margen peligroso en una situación tal como aquella en la que se encontró el grupo de Kádár después de la revolución de 1956, cuando durante meses su partido apenas pudo recuperar a una décima parte de los anteriores miembros del partido comunista. Es obvio que nos encontramos ante dos tipos diferentes de aritmética. En términos de los dirigentes, la situación, si bien no era buena, era aceptable. En términos de la otra escala en la que hacían sus cálculos los miembros del partido, la situación era catastrófica. Ya se encontraban acosados antes de la pérdida de poder y habían empezado a mirar más allá de la existencia del régimen, evaluando las repercusiones eventuales para ellos de una futura situación minoritaria. Una aritmética influía a la otra. Los dirigentes podían dejar de lado al pueblo, pero no podían dejar de tener en cuenta por completo a los miembros del partido, especialmente cuando una purga masiva ya no era una opción viable, y menos los arrestos masivos. El clamoroso descontento de los miembros del partido tuvo una clara expresión a través de la desobediencia pública de algunos de sus ideólogos, así como en su posterior expulsión del mismo, y en la organización abierta de clubs, alianzas, coaliciones; las facciones dentro del partido tuvieron un importante papel en el desenlace de la conferencia que éste celebró en 1988: el derrocamiento de la dirección kadarista. No fue éste un proceso totalmente endógeno. Una vez que los disidentes del país no pudieron ser mantenidos completamente en la clandestinidad, la ósmosis de las ideas subversivas desde la oposición hacia unos miembros del partido descontentos no pudo seguir siendo contenida.
El Ejército es un factor ambiguo, pero siempre de vital importancia, durante los períodos de turbulencia interna en las sociedades de tipo soviético (y tanto su ambigüedad como su importancia se hicieron completamente patentes en el golpe soviético de agosto de 1991). Las premisas tácitas para las consideraciones de los dirigentes sobre los modos de utilizar las fuerzas armadas en caso de emergencia interna deben haberse producido de la siguiente forma. El Ejército nunca podía ser un instrumento directo para reprimir rebeliones. No se podía confiar más en un ejército de reclutamiento obligatorio que en el pueblo en su conjunto, siendo la única diferencia que una insu bordinació

civil podía castigarse mediante la pérdida del empico o penas leves de prisión mientras una sublevación en el Ejército podía penarse con la horca o el fusilamiento Por tanto, las unidades paramilitares del Ministerio del Interior y de la guardia del partido, milicias obreras, etc., tenían asignada la misión de terminar por la fuerza con las rebeliones eventuales, las manifestaciones y demás. La tarea principal del Ejército era proveer una sólida fachada de lealtad y subordinación, desalentando «con su presencia» —como en otros tiempos disuadiera la flota británica a los enemigos potenciales— la proliferación de la desobediencia masiva, y garantizando el aislamiento de los focos de resistencia. Estos últimos podían a su vez ser barridos por las fuerzas numéricamente muy inferiores del Ministerio del Interior y la guardia obrera.
Por estas razones fue tan decisivo el comportamiento del Ejército durante el curso de la cuarta ola. Los presagios eran alentadores para la oposición. Las dudas internas manifestadas públicamente por Jaruzelski y la autolacei-acjones de Polonia de 1981 ya eran una indicación de los cambios en el comportamiento de los mandos militares del conjunto del Pacto de Varsovia. Este hombre, una extraña combinación de dos tipos diferentes de autoritarismo, el de la nomenklatura y el de los militares tradicionales, pudo convencer a Polonia durante un tiempo de que sus motivos cuando el golpe de Estado militar contra Solidaridad en 1981 eran tan patrióticos como de naturaleza autoritaria. Debió de tomar en serio la obvia amenaza de Breznev de acabar con la soberanía polaca meramente nominal y de anexionar formalmente Polonia, a menos que el Ejército polaco actuara por su cuenta contra Solidarjdad.14 Sin embargo, una vez
14. En la actualidad contamos con un documento muy interesante sobre la amenaza real a la soberanía (aunque nominal) polaca, la entrevista concedida por el coronel Ryszard Kuk]inskj, un antiguo alto consejero de seguridad militar del gobierno polaco durante la aparición de Solidaridad, quien había trabajado durante varios años para los servicios de espionaje estadounidense, Orbis, Philadelphia, vol. 32, núm. 1, Invierno 1988, pp. 7.32. El coronel Kukjinski describe con detalle que la iniciativa para aplastar el movimiento rebelde mediante una ley marcial, casi simultánea al acuerdo entre los dirigentes comunistas polacos y Solidaridad, vino directamente de Moscú, para consternavión del general Jai-uzelski y sus allegados (que querían resolver la crisis de un modo autoritario, pero patriótico). Más adelante describe también la falta total de sensibilidad de los mandos militares soviéticos, quienes amenazaron explicitamenle con implicar al ejército de Alemania Oriental en la acción, lo que terminó el período Breznev y que la soberanía polaca ya no estuvo amenazada, parecía que Jaruzelski tenía la intención de dimitir más que de imponer de nuevo un dominio armado sobre la sociedad. Como posteriormente se vio, durante los agitados meses de enero a diciembre de 1989, prevaleció entre todos los jefes de los ejércitos del bloque soviético una actitud muy similar a la de Jaruzelski. (La crucial presencia del liderazgo de Gorbachov, que sin ningún tipo de ambigüedad ordenó a su propio Ejército no hacer nada respecto a los cambios en la Europa oriental, fue implícitamente obvia.) En Bulgaria, el golpe de noviembre contra Zhivkov verificó su potencial a través de la resuelta postura prorreformista del ministro de Defensa y del propósito del Ejército de aplastar con las armas, si era preciso, a las fuerzas de seguridad.15 En Rumania, el cambio de forma de pensar de los jefes del Ejército, la lucha de éste contra la Securitate, salvó a la revolución y derrocó a la dictadura Ceausescu. Los generales de Alemania Oriental no podían dar el menor paso sin la aprobación formal de las fuerzas de ocupación soviéticas, que nunca llegaba. En Checoslovaquia, el ministro de Defensa trató desesperadamente de hacer disipar, como si de una idea aberrante se tratara, los rumores (probablemente ciertos) de la planeada intervención del ejército durante los primeros días de la revolución. En Hungría, el Ejército fue muy leal al proceso de transición hacia la democracia, contrastando con el servicio de seguridad, que continuó su vigilancia de las conocidas figuras de la oposición incluso cuando la dirección del partido renunció al comunismo y al poder monolítico.
Pero todos los factores antes mencionados simplemente aportan el marco para la ruptura. En el contexto de este marco,
que habría supuesto para Polonia la mayor humillación nacional desde la Segunda Guerra Mundial. Añade que en términos de la postura moscovita, que finalmente fue dejada de lado a instancias del general Jaruzelski, alrededor del noventa por ciento del ejército polaco habría estado bajo el mando directo de los generales soviéticos. Aunque Jaruzelski era, sin duda alguna, un patriota, no aparece, sin embargo, como un estadista polaco responsable a través de la entrevista con Kuklinski, quien sigue convencido de que una mayor resistencia por parte del Estado Mayor polaco habría, al menos, atenuado el ansia soviética por intervenir.
15. La entrevista de Silviu Brucan en Le Monde (véase arriba) explicita el papel desempeñado por los jefes del ejército en Rumania en la preparación del golpe contra Ceausescu. Sin su determinación inicial de derrocar al dictador, quien se había convertido en algo molesto también para el ejército, la revolución romana a duras penas podría haber derrotado al régimen.

el acto revolucionario fue más claramente una hazaña libre de los actores, no determinada por ningún tipo de «necesidad histórica» ni siquiera en su imaginación política, de lo que posiblemente nunca antes lo habría sido. Un catálogo de las diferentes formas de acción de las revoluciones de la Europa oriental incluiría casi todos los elementos normales de un cambio violento (exceptuando una huelga general anunciada, pero no llevada a cabo, en Checoslovaquia). Hubo huelgas de advertencia con la clara intención de presionar a la vacilante uomenklatura (en Polonia); manifestaciones multitudinarias (de forma continuada durante las revoluciones de Checoslovaquia y Alemania Oriental, y en ocasiones simbólicas en Hungría); enfrentamientos armados en los cuales los dictadores fueron crueles e inflexibles (en Rumania); y desobediencia civil de diversas formas en todas partes. En este sentido, la cuarta ola no aportó nuevas formas al arsenal de acciones revolucionarias que, en cualquier caso, constituyen un repertorio limitado y agotable.
Y sin embargo, el espíritu innovador de la cuarta ola, cuando se la compara tanto con sus predecesoras como con levantamientos anteriores en la región, es notable. El uso de la violencia se evitaba siempre que era posible, debido en parte a la visible indulgencia de los revolucionarios de la Europa oriental, si tenemos en cuenta el historial de los gobiernos que se derrocaron. Lo que es más importante, existía un sentimiento generalizado de que para conseguir el principal objetivo estratégico, la emancipación de la «sociedad civil>i, cuanto menos fuerza se utilizase, mejor. A los actores, cada acto de violencia que no constituía una reacción a los ataques de las dictaduras que se hundían les parecía no sólo cruel sino también disfuncional. En una atmósfera violenta, aunque sea de «contra-violencia», el pluralismo de los actores es normalmente absorbido por un consenso tirante, en ocasiones histérico, que sólo reconoce el «nosotros» y el «ellos»; esto tenía que ser evitado siempre que fuera posible. La primacía de la libertad fue hecha realidad en los actos individuales de la revolución sin una tesis filosófica explícita en la mente de los actores.
Dos factores facilitaron el carácter no violento y tolerante de la cuarta ola. En primer lugar, la percepción del tiempo por los actores fue radicalmente diferente a la de los protagonistas de la Revolución húngara de 1956, como un ejemplo del pasado. Esta última vivió el momento —-otorgado por la sorprendente desgana de su adversario— como un milagro, una gracia de la historia, cuyo logro debía ser consolidado a un ritmo febril. El sutil uso de la fuerza, característico de los húngaros en 1956, consistió en arrebatar el espacio público (fábricas, oficinas, la propia calle) de las manos de un gobierno odiado por el pueblo. Esta táctica fue el resultado directo de un sentido febril del tiempo, que expresaba la convicción de los actores: en el mejor de los casos, contaban con unos cuantos días para conseguir que los cambios fueran irreversibles. (Por supuesto, nunca pensaron en lo limitado que realmente eran su tiempo y el espacio de maniobra.) Uno puede comprender la diferencia si el agitado ritmo del cambio de 1956 se compara con el pausado paso con el que la Mesa Redonda de Oposición pactó con los delegados de un poder comunista erosionado en 1989 en Hungría.
El segundo factor, inseparable del primero, fue la deliberada indecisión respecto a las futuras instituciones en los actos de oposición durante la cuarta ola. En 1956, los consejos de trabajadores y los comités revolucionarios surgieron de la nada en cuestión de días, con una clara intención de permanencia. En 1980, en Polonia, la resistencia había existido durante una década en la forma organizada de Solidaridad, el sindicato de trabajadores que era más que un sindicato. Pero en 1989, los actores eran reacios a manifestarse definitivamente sobre el marco institucional que iba a surgir. De ahí que el resultado fuera la preponderancia de «foros», «clubs», «alianzas» —organizaciones con nombre poéticos—. La explicación más razonable de este fenómeno parece ser, otra vez, la nueva percepción del tiempo. La oposición y la multitud que le seguía entendieron cada vez más que sobraba tiempo, y que sería un error comprometerse con ciertas formas de organización que estarían anticuadas al día siguiente. Sin embargo, la vaguedad en la definición del marco institucional promovió la primacía de la libertad en la acción.
Lo que Havel denominó en una brillante y breve declaración «el poder de la palabra» puede sonar como un préstamo del pathos de un drama del siglo xix excesivamente exultante.16 Pero, de hecho, con esta frase identificó el poder más importante impulsado por las revoluciones de 1989. Había un elemento bas 16 Vaclav HAVEL, The New York Review of Books, vol. XXXVI, núms. 21-22, 18 de enero de 1990,
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