1. las olas revolucionarias




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ESTADO - CIUDADANO


Las siguientes combinaciones fundamentales de las relaciones entre los elementos del cuadro deben ser consideradas política- mente. 1. a-a-a: el modelo liberal puro; 2. b-b-b: el modelo fuerte de Estado de bienestar que funcionó en varios países en el período de posguerra (nunca llevado a la práctica por completo, pero suficientemente desarrollado para provocar el contraataque thacherista); 3. c-a-c: la versión «blanda» de la política del bienestar, puesta en práctica en varios países que tienen un crecimiento económico sostenido junto con un equilibrio social a largo plazo; 4. (-)-c-b: modelo comunitario-igualitario, en el cual el espacio del Estado se ha dejado en blanco al ser (idealmente) coextensivo con los ciudadanos en unidades productivas y territoriales autogestionadas. Además, debería añadirse a los elementos de posibles combinaciones futuras la dimensión comunitaria, no representa-

da en el cuadro. Esta dimensión no juega ningún papel en las reglas de transacción entre el Estado y el mercado. No existe ni un «Estado comunitario» ni un «mercado comunitario». Pero las circunstancias que el «término» ciudadano puede denotar, en relación con el Estado como con el mercado, tanto respecto al individuo como a una comunidad, tienen gran importancia. Además, el término «comunidad» también tiene un doble significado. Puede denotar una unidad territorial legal representada en determinadas transacciones precisamente como una unidad colectiva frente al Estado como frente al mercado (ayuntamientos y municipios). También puede denotar un «colectivo» que no es ni una categoría legal ni una primordialmente económica, sino un término que expresa un «estilo de vida», un estilo que puede tener ramificaciones legales y económicas. El ciudadano como «comunidad» frente al ciudadano como «individuo» se diferencian tanto que este hecho puede ciertamente generar combinaciones complementarias de las reglas de transacción.
Los conflictos entre las distintas situaciones alternativas resultantes de la combinación de las reglas de transacción se dan por supuestas con naturalidad; igualmente se dan por supuestas las afinidades previsibles de los diferentes grupos que ocupan un puesto muy definible de la división funcional del trabajo, con una combinación particular. Estos conflictos pueden ser internos, por ejemplo entre las combinaciones del «liberalismo puro» y el «comunitarismo-igualitario». Sin embargo, ordenarlos sobre un eje «derecha-izquierda» parece tener un reducido valor explicativo debido a las siguientes razones. Primera, mientras el consenso sobre la primacía de la libertad ha sido preservado, ninguno de los defensores de cualquiera de las opciones puede pretender la «trascendencia», es decir, la «victoria final» y la «eliminación para siempre de la opción opuesta». No obstante, la «trascendencia» de este tipo ha sido, precisamente, una característica de la división tradicional «derecha-izquierda». Segunda, las reglas de transacción no agotan la vida social; los conflictos culturales son tan importantes como la dinámica de las combinaciones de la reglas de transacción. Y, contrastando con las tradicionales expectativas «izquierdistas» y «derechistas», pueden existir, y de hecho existen, «cohabitaciones» bastantes sorprendentes de aspiraciones sociales. Estas han sido consideradas tradicionalmente como izquierdistas, con tendencias culturales que también tradicionalmente han sido identificadas como «ultraderechistas». En el Fórum Democrático Húngaro, una fuerte tendencia comunitaria, que atacó ocasionalmente a los liberales de

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A

B C

Énfasis mínimo del

Énfasis máximo del El Estado equivale

Estado en el indivi-

Estado (pero nunca a ios ciudadanos,

duo, política y eco-

totalitario) en «lo democracia directa,

nómicamente.

público», represen- autogestión. tado por el Estado.
Límite: pluralismo
político mantenido,
derechos humanos.

III.

CIUDADANO - MERCADO

A

B C
El mercado debería Ligero control del

La ciudadanía eco-

nómica carece de sentido. Unica re-

estar bajo un férreo ciudadano sobre el
control del ciuda- mercado, principal lació

entre el ciu-

dano a través de un mente protección

dadano y el merca-

Estado que puede del consumidor, a

do: contratos de tra-

ser máximo o más través de un Estado

bajo e interrambio

débil, pero nunca mínimo.

garantizados por un

mínimo.

Estado mínimo.





los Demócratas Libres por su «espíritu burgués», combina el comunitarismo con un tipo de nacionalismo anticuado. Combinaciones similares, con un elemento antisemita patente y fuerte, es probable que aparezcan en la Unión Soviética. El conflicto en la escena política polaca entre los partidarios de Walesa por un lado y el centro-izquierda por otro (quienes con anterioridad habían formado conjuntamente Solidaridad) evoluciona principalmente alrededor de la combinación de la reglas de la transacción. El grupo de Walesa defiende un concepto populista de igualdad y participación a la vez que un Estado paternalista, mientras que los liberales promueven principalmente la modernización de Polonia. Sin embargo, más allá del conflicto sustantivo, el aspecto cultural de ambas opciones es casi igualmente importante. Walesa defiende el catolicismo parroquial, nacionalista y fuertemente fundamentalista, y es apoyado, entre otros, por una parte importante de los trabajadores. La visión del mundo del centro-izquierda, incluso de los católicos integrados en él, es universalista. Sus principales figuras están comprometidas con un Estado secular y con la integración de Polonia en Europa. Tercera, la muerte de las «grandes narrativas», tan explícitas en la revoluciones de la cuarta ola, no estimula a los actores a integrar su combinación particular de las reglas de la transacción y de sus influencias culturales dominantes en un conjunto homogéneo. Finalmente, el universalismo, característica de la «izquierda» y la «derecha» (más de la izquierda que de la derecha), que tradicionalmente ha unificado a sus representaciones nacionales en alianzas e «internacionales», es considerablemente más débil en el mundo posmoderno de los microdiscursos.
Ralf Dahrendorf describió correctamente tanto el espacio que han creado las revoluciones de 1989-1991 como las expectativas que se han vinculado a las mismas: «Durante décadas hemos hablado del Primer, Segundo y Tercer Mundo... El propio concepto del Tercer Mundo presupone otros dos. Uno de éstos casi ha desaparecido ahora de la escena. Tan sólo queda un mundo con importantes exigencias de desarrollo y hegemonía... El Primer y el Segundo Mundo se están reuniendo en algo que aún no tiene un nombre, ni un número; quizá tan sólo sea el Mundo.» n
33. Ralf DAHRENDORF, Reflections o;i ihe Revolution jo Europe, p. 42.

Memoria y responsabilidad
Dios le preguntó a Caín: «Dónde está tu hermano Abel?», y el primer asesino respondió con otra pregunta: «Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» La falsa respuesta de Caín fue un mero sustitutivo de la falta de respuesta que habitualmente constituye la vía de escape en la elusión de responsabilidades. Una persona empieza a asumir una responsabilidad moral cuando responde con la verdad. Caín debería haber respondido:
Supongamos que Caín hubiera olvidado que había asesinado a Abel. ¿Podría entonces haber sido culpado de homicidio basándose exactamente en los mismos motivos que si lo hubiese recordado con claridad? En este caso, ¿podría haber sido declarado culpable de eludir la responsabilidad?
Cuando Adán y Eva probaron la dulzura de la manzana de la sabiduría lo hicieron bajo la influencia del diablo. Supongamos que mientras prestaban atención a los argumentos de la serpiente, el primer hombre y la primera mujer olvidaran por completo los mandamientos divinos, incluso la propia existencia de la voz y la persona divinas, y que tan sólo recordaran todo lo que ya habían olvidado después de que llegaran los ángeles y de que resonara la voz de Dios. ¿Podrían, no obstante, haber sido igualmente expulsados del Paraíso?
En ningún sitio la memoria y la responsabilidad moral ha estado nunca tan íntimamente conectadas y entrelazadas como lo estaban en las sociedades totalitarias, al igual que en sus consecuencias. Circulan muchas historias sobre la amnesia política; elegiré una al azar. Un famoso escritor húngaro (evito deliberadamente mencionar su nombre) comentó en su autobiografía que nunca había atacado a una sola víctima de ningún juicio. Unos días más tarde, una persona que le quería mal reeditó un documento que probaba lo contrario. Es éste un caso sintomático, ya que el escritor, al contrario que muchas otras personas, no mintió; no pretendía blanquear su pasado. Había borrado

realmente de su memoria el hecho de que había participado en una ocasión en esa particular caza de brujas. Mucha gente miente sobre su pasado o al menos lo reinterpreta de un modo más favorecedor. Estas personas se merecen una censura moral, pero no atraen demasiado interés. También hay unos cuantos que han olvidado su pasado tan completa y profundamente que serán incapaces de recordar el acto en cuestión, incluso después de ser enfrentados a documentos o a testimonios fidedignos de otras personas. Quizá digan «debéis tener razón, debo haberlo hecho; en aquel momento, un acto de este tipo iba con mi carácter, pero», añadirán, «sin embargo no lo recuerdo, tengo un vacío mental completo».
En las sociedades totalitarias, experiencias políticamente impuestas o políticamente motivadas pueden hundirse en el inconsciente de hombres y mujeres de cualquier grupo de edad. Menciono el inconsciente y no el preconsciente porque, después de haberse filtrado «bajo tierra», dichas experiencias no pueden aflorar a la superficie a través de los canales normales. Existe una resistencia muy fuerte contra el resurgimiento de este material, y la experiencia reprimida a menudo se manifiesta indirectamente: en un suicidio, una depresión crónica y otras enfermedades psicológicas. Las heridas causadas por un sufrimientp inmenso no cicatrizan mientras estén más allá de la conciencia, situadas en profundidad. Mi hipótesis es que de todas las experiencias que se atrincheran en el fondo del inconsciente, las que más se resisten a aflorar son las relacionadas con nuestras propias acciones y comportamiento. Este es también, con toda probabilidad, el caso de todas las víctimas inocentes de la furia totalitaria, de los internados en campos y en guetos. Se recuerdan bastante bien el hambre, la sed, las palizas o las torturas, pero también se olvidan. No se siente la tortura del hambre cuando se recuerda dicha experiencia. Las escenas de la humillación más profunda se reprimen con frecuencia debido a la asociación de vernos a nosotros mismos en un estado de humillación, es decir, autohumillados. Los actos que se cometieron en alguna ocasión contra compañeros y contra uno mismo, los hechos que deben ser aceptados como «nuestros» mediante el gesto de la toma de responsabilidades, se hunden en lo más profundo.
Hace muchas décadas, los teóricos del totalitarismo inventaron el término «lavado de cerebro». La expresión sugería exactamente lo que decía. El adoctrinamiento totalitario, como ge-

neralmente se creía, deja el cerebro humano limpio de todo lo que hasta entonces había contenido: del conocimiento acumulado diariamente, de los hábitos y normas morales, de las creencias políticas y religiosas, de las disposiciones emocionales y cosas por el estilo. Tras el lavado de cerebro, los hombres y las mujeres pueden adaptarse fácilmente a todo tipo de doctrinas, lógicas y creencias que se oponen tanto a su sentido común como a sus convicciones anteriores. A partir de ese momento creerán todo lo que los poderes adoctrinadores quieran que crean. Aunque la teoría del lavado de cerebro y la teoría de la manipulación raramente fueran propagadas por las mismas personas, ambas se adherían a una convicción lockeana en su versión menos compleja. Se suponía que la mente humana era una especie de tabula rasa que podía rellenarse fácilmente con cualquier cosa, pero también se suponía que el «relleno» podía ser borrado a voluntad.
El hundimiento del totalitarismo ofreció al espectador atento un interesante espectáculo epistemológico. Resultó que los cerebros pretendidamente lavados no lo estaban en absoluto. Todo lo que con anterioridad habían contenido dichas mentes se ha mantenido intacto, absolutamente preservado en un estado de hibernación. No obstante, la teoría del lavado de cerebro no era completamente falsa, incluso cuando había sido incorrecta, ya que mientras durara el totalitarismo, o al menos, mientras aún fuera fuerte y amenazador, la gente realmente pensaba y se comportaba como si las cosas conocidas con anterioridad se hubieran perdido por completo u olvidado para siempre. El cambio de mente del pretotalitarismo al totalitarismo y después al postotalitarismo es parecido al cambio desde el estado mental de consciencia al del sueño, y retorno de nuevo al primero. El mundo y la lógica de una mente totalitaria difieren del mundo y la lógica de una mente pretotalitaria o postotalitaria. Uno puede despertarse de su propio sueño y, con independencia de si el sueño fue bueno o malo, continuar sin dificultad con la vida en estado de vigilia, como si nada hubiese pasado. Y, como sucede en el estado de sueño, en el que la gente puede asegurar- se a sí misma que sólo es un sueño, mientras continúa soñando, sin volver a la lógica de la mente en estado de vigilia, lo mismo puede ocurrir con las personas que supuestamente tienen el cerebro lavado. Estas personas son conscientes de que también existe otro tipo de pensamiento, real, y que no están pensando

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de un modo «real», y sin embargo, siguen pensando dentro del marco de la lógica totalitaria.
Pero la analogía termina aquí. El pensamiento totalitario no es la expresión del inconsciente. Cuando la gente piensa de acuerdo con la lógica del totalitarismo, lo hace con la lógica de una persona totalmente despierta, el modo «auténtico» de pensar no-totalitario que ha sido rechazado hacia el inconsciente. El pensamiento pretotalitario se convierte en inconsciente porque el censor no deja que penetre en la mente consciente; lo mantiene a raya. Contrastando con las historias privadas más típicas de la génesis del inconsciente personal, en la que el censor mantiene enterrados los materiales que nunca han sido completamente conscientes, aquí el censor debe evitar el afloramiento de tales materiales que anteriormente constituyeron el estado consciente, normal, de la mente humana. Esta labor se desarrolla con mayor facilidad si el material enterrado en el inconsciente se mantiene bajo un bloqueo absoluto. Como consecuencia, no tiene lugar ningún cambio o transformación en el contenido o estructura de la mente pretotalitaria durante su estado inconsciente. A esto me refería anteriormente cuando hablaba de hibernación.
¿Qué mantiene el modo de pensar y la lógica pretotalitaria en los niveles inconscientes de la psique? En realidad, los mismos motivos que requieren una censura psíquica en general:
por un lado, el miedo y, por otro, el deseo de gratificación. El miedo está presente en las formas más básicas, como el miedo a la vida y el miedo a la libertad personal, pero también lo está en forma de una ansiedad indeterminada. La ansiedad de la impotencia aflora debido a la autoasociación de la imaginación totalitaria con la potencia, ya que todas las formas de ideologías totalitarias asocian la «burguesía» con la castración o la feminidad. También aparece la ansiedad por la pérdida del amor y el respeto de los padres totalitarios, los depositarios de la autoridad y el poder. Del amor y el reconocimiento del padre viene la gratificación. Constituyen también la fuente de origen de las formas más simples de gratificación, tales como la comida o el refugio.
Permítanme volver a la analogía de los estados de vigilia y de sueño. Al igual que se puede afirmar «tan sólo es un mal sueño» mientras se continúa soñando, es posible seguir pensando y actuando de acuerdo con el texto totalitario, aun

cuando nos demos cuenta de que pensamos un texto con los fines del lavado de cerebro. Puede verse a ráfagas que el mundo del texto totalitario «no es el real», que está mal actuar de acuerdo con ese texto, y que en su lugar deberíamos pensar o actuar «normalmente». Si el destello se produce al mismo tiempo que un impulso muy fuerte, es posible incluso despertarse en ese momento. Pero aun cuando el impulso sea menor, el destello de otra forma de pensar que antes fuera la nuestra deja atrás la huella de un sentimiento de culpa no específico.
En el momento en que el totalitarismo empieza a disolverse, el censor levanta el bloqueo, y los contenidos de la mente pretotalitaria entran inmediatamente en el nivel consciente, para cohabitar con los contenidos de la mente totalitaria. Éste es de hecho un tipo de cohabitación, ya que los dos tipos de pensamiento y comportamiento no se mezclan. Al igual que Mitterrand, durante los tiempos de su cohabitación, ocupaba la presidencia mientras que los conservadores controlaban el gobierno, aquí las funciones de las mentes pretotalitaria y postotalitaria se reservan para la vida privada, mientras que la mente totalitaria se activa en el seno de la organizaciones y de la esfera política. Tan sólo los disidentes, que siempre son pocos y muy dispersos, pueden superar casi por completo en su psique el estado de mente totalitario.
En cuanto el totalitarismo se viene abajo, el viejo censor desaparece también de un modo abrupto y permanente. La mente pretotalitaria sale de nuevo de su hibernación completamente intacta, y continúa funcionando donde se quedó antes del «lavado de cerebro». Llegado este punto, ocurre un fenómeno muy interesante. Aparentemente no queda nada de la mente totalitaria, es como si se hubiera evaporado por completo. Pero no lo ha hecho, tan sólo ha sido rechazada hacia el inconsciente. Precisando, no es la propia mente totalitaria lo que se empujó al inconsciente, ya que la labor del censor es la de impedir el afloramiento de los contenidos de la mente totalitaria. Este también puede ser el caso, pero es atípico. Lo que el censor impide que aflore es la conciencia de haber sufrido con anterioridad un «lavado de cerebro» total o parcial.
La mente totalitaria ha dejado tras de sí documentos escritos, como libros, cartas, denuncias. El mundo totalitario dista mucho de ser borrado de la memoria. Todo el mundo está fami 50

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liarizado con su modus operandi, ridiculiza sus irracionalidades, evoca sus horrores; la experiencia totalitaria se convierte en el tema favorito de memorias y obras de ficción. Sólo que las personas que escriben estas historias, los oradores que hablan de ello, hablan como si no hubieran tenido nada que ver con el mundo de las historias que en la actualidad vuelven a narrar, como si la sociedad anterior hubiera sido sólo una sociedad de espectros, una sociedad de «otros» misteriosos, completamente distintos de nosotros. Los escritores de estos textos, al igual que los lectores, son siempre las excepciones. No pueden reconocer- se a sí mismos en el mundo de los fantasmas, no podrían haber dicho las frases que dijeron, no podrían haber actuado en las escenas reales del pasado. Tan sólo los otros hicieron.
Ciertamente, el censor primero protege al ego de enfrentarse consigo mismo como un ser despreciable, irracional o estúpido. También protege al ego de reconocerse a sí mismo como culpable, con independencia del grado de culpabilidad. Le proporciona a la psique una clara patente de salud moral e intelectual. La pesadilla tan sólo fue una pesadilla. Y si el sueño contiene la experiencia de un retroceso hacia la mente postotalitaria, necesita ser reprimido incluso con mayor fuerza, ya que ese momento es el más doloroso.
La descripción de este marco mental colectivo no es, sin embargo, otra historia familiar sobre la autodefensa fraudulenta. Las personas normalmente se aseguran a sí mismas que siempre tienen la razón, y que los demás están equivocados; generalmente siempre recuerdan bastante bien y de un modo exagerado lo que los demás les han hecho, y olvidan fácilmente lo que ellas han hecho. La religión encontró el remedio moral para esto hace mucho tiempo. El falso autoexculpador tuvo que cambiar su mente por completo, tuvo que volver a nacer. No obstante, en el caso que nos ocupa, no está a mano este tipo de remedio. Esto se debe a que la mente totalitaria ha sido rechazada hacia el inconsciente después de que la persona hubiera cambiado por completo su mente, después de que empezara a pensar en su propia forma de hacerlo con su propia mente, al menos hasta cierto punto. Es esta persona renacida mentalmente la que ya no recuerda lo que ella misma pensó e hizo hace unos cuantos años o incluso ayer. Existen varias razones obvias para esta mente en blanco, pero también hay una menos evidente:
uno olvida simplemente porque ha renacido. X., con una mente

postotalitaria, no puede desentrañar el texto que le fue tan familiar cuando tenía una mente totalitaria. No puede reconocer esta mente como suya, ya que no es suya. Le parece imposible el haber escrito o dicho cosas como ésas, ya que ahora lee esos textos con su mente actual, porque él es su mente actual. El censor que reprime la mente totalitaria y protege al ego del enfrentamiento con su propio ego (su a/ter-ego) protege por tanto también —entre otras cosas— la autoidentidad de la persona.
Es posible olvidar auténticamente si primero se recuerda auténticamente.
En mi interpretación modernizada de las historias del Génesis, Adán y Eva olvidaron completamente la existencia divina y los mandamientos, y Caín fue incapaz de recordar que había asesinado a su hermano.
La responsabilidad no se anula, y a veces ni siquiera disminuye, por el olvido total de las normas o por el borrado completo en la propia mente de las acciones propias. Sin embargo, la asunción de responsabilidades y, con ello, de autonomía, puede no existir todavía. Una distinción tan estricta entre responsabilidades y asunción de responsabilidades puede sonar algo raro a los filósofos que, fieles a la tradición que va de san Agustín a Kant, asocian la autonomía moral con el libre albedrío o con la libertad trascendental, y buscan respuestas para la pregunta de si nuestras acciones están, o no, enteramente determinadas, y, silo están, hasta qué punto y por qué lo están. El problema de la libertad como responsabilidad es discutido en el marco paradisíaco, y está vinculado con temas como la presencia divina, la providencia y el poder del demonio. El hecho de que la pregunta no pueda ser respondida en el marco en que fue planteada, o quizás en ningún otro, no puede ser considerado como la verdadera debilidad de la concepción. Después de todo, las preguntas filosóficas importantes no son «problemas» que no pueden resolverse. La principal debilidad de la venerable tradición filosófica es más bien que no alcanza a comprender las situaciones morales decisivas de la modernidad, que son, entre otras, las que en este momento abordamos. Parece más fructífero volver a la filosofía preagustiniana, a Aristóteles entre otros, y distinguir dos cuestiones: por un lado, la responsabilidad moral (o intelectual), y por otro la relación entre libertad y determinación. En vez de pensar dentro del marco heredado, podemos relacionar responsabilidad con autoría.
Si aceptamos pensar dentro de este marco, la responsabilidad de Caín por la muerte de su hermano continuará siendo la misma, con independencia de si recuerda o no su acción. Es responsable simplemente porque fue el autor del acto que segó la vida de Abel, y su recuerdo o la falta del mismo carecen de importancia en este caso. Aunque una persona del tipo de Caín sufriera un lavado de cerebro en el momento del asesinato, no sería ni más ni menos culpable del mismo que lo que lo hubiera sido en otro caso, si hubiera cometido el acto antes del «lavado de cerebro» o tras despertarse de su pesadilla. Es cierto que un individuo de un sistema mental totalitario no es libre. Pero el autor de los hechos sigue siendo su autor con independencia de que sea o no libre mentalmente. Sin embargo, cuestión completamente distinta es el preguntarnos si un Caín que olvidó su acción también es culpable de eludir la responsabilidad, o si unos Adán y Eva imaginarios que olvidaron completamente la voz y el mandamiento de Dios en el momento de su encuentro con el demonio merecían ser expulsados del paraíso del perdón. Dado que asumir responsabilidades es aceptar la autoría, sólo puedo repetir que el recordar es su verdadera condición. Parece como si una persona no pudiera aceptar la autoría de un hecho si no se reconoce a sí misma como autor. Se da, pues, por supuesto, que aunque X. no recuerde, también debe ser culpable de eludir responsabilidades. Pero las preguntas importantes en este sentido son las siguientes: «Rememorar qué?» y «Rememorar hasta qué punto?» «Acordarse de qué?» y «Acordarse hasta qué punto?» y ¿Cuál es la relación entre memoria, recuerdo y rememoración si se reduce al tema de asumir o eludir responsabilidades? ¿Hasta qué punto se es responsable de olvidar o recordar algo?
Las respuestas unánimes requieren casos unánimes. El caso absoluto único es un caso unánime. Conozco uno o dos casos absolutos. Uno de ellos es la rememoración total hegeliana. En ella todo es rememorado desde la profundidad de la naturaleza a través de la conciencia. Nada se mantiene ajeno, todo se hace transparente. El segundo caso absoluto que conozco es la elección existencial de uno mismo; en ésta, la asunción de responsabilidades está coexpresada por la propia elección.
Lo no absoluto es siempre ambiguo. Uno se refleja en los ca-

sos ambiguos dentro de su contexto. El contexto que elegí para la siguiente serie de reflexiones es el ejemplo del desplome de los regímenes totalitarios, así que empiezo en el punto mismo del golpe con el que el nuevo censor recientemente instalado cierra la puerta sobre la mente totalitaria tras haberla devuelto a las estancadas aguas del inconsciente, de donde acaba de aflorar la mente postotalitaria. En este contexto, el desvanecer de la culpabilidad personal de la memoria de la parte culpable está unidad al desvanecer, por parte del recién instalado censor de la mente postotalitaria, de la conciencia de la antes activa mente con el cerebro lavado.
X. se niega a recordar que denunció a su hermano; dice que no puede acordarse del hecho. Supongamos que existen documentos a nuestro alcance. X. puede, entonces, rememorar, aun cuando todavía no lo recuerde. Yo diferencio entre ambos términos. Rememoramos si reconstruimos historias pasadas a partir de indicios existentes y aparentemente suficientes. Podemos rememorar algo que hayamos hecho en el pasado si existen suficientes fuentes para reconstruirlo con fidelidad; la verificación a través de la memoria personal es sólo una de esas fuentes, no necesariamente la más fiable; nos damos cuenta de ello cada vez que la gente testifica sobre otras personas y no sobre sí misma. La rememoración es siempre interpretación. Suponiendo que uno interpreta sus propios actos sin recordarlos, uno actúa consigo mismo si lo hiciera con un extraño. De este modo puede aceptar el juicio de otros que le atribuyen responsabilidades por sus actos, pero no puede realmente asumir la responsabilidad de los mismos. Esto se debe a que no se verá a sí mismo como el autor de los hechos; el autor es una persona que se llama igual que él, que quizás era la misma persona que él, pero que ya no lo es. Podría responsabilizarse de los hechos si fuera capaz de recordar, ya que el recuerdo es la manifestación individual más decisiva de la identidad. Pero la memoria puede volver bajo la condición de que la mente totalitaria reprimida resurja de su tumba inconsciente en su estado de enajenación. La liberación de la mente totalitaria de su tumba psíquica podría también hacer volver la propia estructura de la mente totalitaria que en una ocasión constituyó el marco del pensamiento de la toma de decisiones de la persona. Esta no sólo recordaría, sino que mientras lo hiciera, es posible que reconfirmara, o autorizara, al menos parcialmente, sus actos anteriores. Entre otras cosas, recordaría lo que le hizo a su hermano, pero no aceptaría que él lo «denunció», ya que el término «denuncia», con su connotación fuertemente negativa, pertenece al mundo de la mente postotalitaria.
He supuesto que sea posible recordar u olvidar voluntariamente. Ésta es una suposición errónea. La persona olvida lo que hizo (a otros) precisamente porque fuerza la mente totalitaria, vía censor, hacia las capas inconscientes de la psique. Simultáneamente, desea olvidar, quiere deshacerse del recuerdo. No existe en ello una causalidad de dirección única, sino una interacción. La huella de la memoria se convierte en la huella de la culpabilidad porque la mente totalitaria es reemplazada por la postotalitaria, y la primera puede ser forzada a ocultarse porque la culpabilidad ha de ser olvidada. Algo similar ocurre cuando la persona no puede recordar cosas que se hizo a sí misma, siempre y cuando tales actos hubieran causado un daño emocional o intelectual y pudieran ser atribuidos al autor por el autor como crímenes cometidos contra sí mismo. La incapacidad para unir el recuerdo, la rememoración y el gesto de la asunción de responsabilidades constituye un defecto moral, pero es también un caso serio de autoenajenación, la fuente constante de la inestabilidad psíquica.
Pero, ¿es una persona culpable de no asumir responsabilidades si no puede recordar?
Si la mente totalitaria es realmente rechazada por completo hacia el inconsciente, y si recordar ciertas cosas que uno les ha hecho a los demás también requiriera la reaparición de este material psíquico enterrado en aquél, entonces el recuerdo de este material no se da a nuestro antojo. Y si esto es así, una persona que hubiera olvidado que denunció a su hermano no puede ser responsabilizado de no asumir la responsabilidad por su acto, si bien puede ser responsabilizado del propio acto en sí. La responsabilidad de una acción significa la autoría. En tanto en cuanto fue el autor de la denuncia, es responsable, independientemente de que pueda o no recordar la acción. Pero no es el autor del acto de «negar la responsabilidad», porque no puede negarse a reconocer algo que no le es posible reconocer.
En cualquier caso, esta distinción parece fuera de lugar. Ya que, como hemos mencionado, la persona aun puede rememorar (por indicios distintos de los de su propia memoria) sin recordar. Si se enfrenta a un número suficiente de indicios, será

capaz de asumir la responsabilidad (y también puede ser hecho responsable por otros por asumirlo o por negarse a ello) sin recordar el hecho. Si Eichmann hubiera cambiado por completo su mente (lo cual no hizo), y si hubiera olvidado todo lo que había hecho (lo cual casi hizo), aún hubiese seguido siendo completamente responsable de sus actos, y aún hubiéramos podido hacerle responsable de no asumir su responsabilidad. Pero, ¿por qué es esto así?
Sin embargo, la misma distinción se hace pertinente si sólo existen unos cuantos indicios externos de acciones que la gente hizo contra los demás o contra sí misma, de tal modo que casi no puede ser confrontada con tales indicios. ¿Cómo se puede obligar a una persona a que sepa y se responsabilice de aquello que sabe si no puede ni recordar ni rememorar? ¿Pueden Adán y Eva, quienes habían olvidado por completo los mandamientos de Dios y Su misma existencia, ser expulsados del paraíso del perdón, del lugar donde su culpa es borrada por los otros? Olvidar no es completamente equivalente a borrar. Olvidarse (uno mismo) no es perdonar.
El material reprimido no se desvanece simplemente en la mente inconsciente. Con toda probabilidad, casi todas las personas que vivieron en una sociedad totalitaria durante un período de tiempo muy largo olvidaron muchas cosas que hicieron a otros o se hicieron a sí mismas, cosas que, si pudieran recordar, o lo hicieran, describirían como culpas o al menos como algo vergonzoso o injustificable o injusto. Existe una importante cantidad de material-de-culpabilidad escondido en la psique postotalitaria. Los hombres y mujeres más ruidosos compiten por los méritos de la resistencia; cuanto más diligentemente escriben su pasado, más se convierten en sospechosos de esconder en el fondo de su psique sentimientos de culpabilidad sobre los que no han reflexionado.
Pero el material reprimido de la mente pretotalitaria tampoco se ha desvanecido simplemente bajo la censura de la mente totalitaria. En sus pesadillas, las experiencias y la lógica de la mente pretotalitaria reaparecen en forma de destellos. Éstos producen heridas psíquicas, las heridas de la mala conciencia. Muchos hombres y mujeres se despertaron de sus pesadillas bajo la impresión de esos destellos. Pudieron despertarse porque los destellos eran muy intensos. Eran fuertes, porque estaban íntimamente conectados con la mente pretotalitaria de la

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persona. Dado que la mente totalitaria (de la persona) es la autora de los hechos que son nocivos para otros y también para uno mismo, esos fuertes destellos pueden ser conectados íntimamente con dos motivaciones de la mente pretotalitaria: el sentido de empatía y el deseo de autonomía. Los destellos eran menos intensos si estas dos motivaciones se encontraban presentes con menos fuerza en la mente pretotalitaria, o si las condiciones en las que los mismos tenían lugar eran menos dramáticas, menos extremas.
Esos destellos de dolor causados por remordimientos de conciencia que no eran lo suficientemente fuertes para despertar de sus pesadillas al cerebro lavado están en la actualidad enterrados profundamente junto con la mente totalitaria. Tan sólo con que estos destellos y el dolor que les acompañaba pudieran aflorar, las personas podrían recordar sin recaer en un pensamiento de tipo totalitario. Podrían así asumir la plena responsabilidad de sus actos y de lo que ellas fueron, sin empezar a pensar de nuevo con sus viejos modos de hacerlo. Serían entonces inocentes de eludir responsabilidades, dignos de olvido y —si su culpa es perdonable— también de ser perdonados. La mente totalitaria, con toda la culpa por lo que anteriormente causó, se desvanecería, limpiando el camino hacia la normalidad moral y psíquica.
Si se rememora pero aún no se recuerda, podría haber un punto en el que el viejo dolor vuelva a sentirse. Al igual que Parsifal, quien no comprende el significado de la ceremonia divina simplemente viéndola y lo entenderá todo en un destello en el preciso instante en que sienta el sufrimiento y el dolor de Amfortas, podrán hacerlo muchos hombres y mujeres. Los remordimientos de conciencia, antes reprimidos, podrán devolver la memoria largamente reprimida.
El hecho de que alguien haya sentido esos dolores depende principalmente de su inclinación hacia la empatía y la autonomía. En ausencia de tales inclinaciones, emociones o deseos, ningún destello de verdad entró en la mente de la persona. Y si nunca entró ningún destello de verdad, ninguna rememoración le hará sentir el dolor de Amfortas o los dolores de su heteronomía. En su caso no recordará. Sin embargo puede ser culpado de eludir la responsabilidad porque es el autor de la elusión de la misma. Nada se borra por completo. Los hombres y las mujeres son los coautores de su olvido. El Adán y la Eva de mi metá for

no pueden olvidar completamente la voz divina en tanto en cuanto sientan un mínimo de empatía por aquellos que sufren mientras deseen llegar a ser libres. El Adán y la Eva del Génesis no han olvidado, de modo que su castigo se convirtió en una bendición o, más bien, en una citación; fueron expulsados del jardín del olvido. Aquellos Adanes y Evas que olviden el sentimiento de empatía y el deseo de libertad ya han sido expulsados del paraíso del perdón. La total expulsión del paraíso del perdón se produce olvidando la existencia misma de esas personas.

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