1. las olas revolucionarias




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El fin del comunismo



La discusión sobre el «fin de» cualquier cosa justifica una cierta cautela, ya que la mente humana no puede adentrarse en un futuro demasiado lejano. Al menos, el momento del nacimiento de una entidad concreta debe ser determinado de tal forma que la hora de su fin pueda ser determinada también. Esto es particularmente cierto cuando se trata de una institución, una idea o un experimento históricos. Por consiguiente, el final del comunismo significa en este caso el final del bolchevismo. El tipo de comunismo bolchevique nació en el siglo xx, y tomó su forma final con el establecimiento de la (Tercera) Internacional Comunista. Aunque el comunismo del siglo xx cambió varias veces desde su fundación algunas de sus características, su persistente identidad no puede ser sinceramente cuestionada. No fueron los observadores teóricos los que establecieron dicha identidad; los propios sistemas comunistas dependen de ella para su propia autolegitimación. Supone, en cada partido o Estado comunista, una cierta continuidad con el comunismo del siglo xix, y también con el radicalismo antidemocrático de tipo nacionalista. Sin embargo, la «hora cero» de los partidos y Estados comunistas sigue siendo el establecimiento de su identidad bolchevique. La relación entre el marxismo y el leninismo fue forjada por el sagaz seminarista georgiano a semejanza de la relación entre el Viejo y el Nuevo Testamento.
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Continuemos con el cuento de la Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética que fue atribuida a Stalin. Sin duda alguna este libro es una sarta de mentiras transparentes. No obstante, su función no era la de servir como crónica verdadera de ningún acontecimiento, sino más bien como la narrativa que establece la iconografía de la autolegitimación del comunismo. De acuerdo con esta historia, la facción bolchevique no comenzó a imponer su identidad frente a la socialdemocracia mediante el respaldo de una ideología o estrategia diferente, sino defendiendo una nueva forma de organización. Y este relato de la génesis, con independencia de si es o no históricamente cierto, es fundamentalmente correcto como autocaracterización.
El nuevo partido-organización estaba basado en la idea simple, pero poderosa y original, de introducir en el ámbito político las relaciones jerárquicas de mando-obediencia del Ejército y las fábricas. Las relaciones de mando-obediencia en política no eran nuevas en un Estado autocrático que, como resultado de su carácter opresivo, se convirtió en un terreno abonado para la política de conspiración y terrorismo. Pero tanto la política zarista como el terrorismo de Narodnik se mantuvieron, a su modo, en un nivel aristocrático y elitista. Un partido cuyos miembros proceden de una multitud aún sin moldear socialmente tenía que proponer una solución distinta. Al formular e introducir el estatuto de su partido, Lenin inventó realmente un modelo completamente nuevo e inaudito: el aparato totalitario. Las personas que entran en este aparato son «iguales»; es decir, no aportan al mismo su estatus social anterior; ni las aptitudes ejercitadas fuera de él. La organización y el aparato las estructurarán, subordinarán jerárquicamente, las asignarán a posiciones de mando y/o de obediencia en su seno. Es éste un modelo perfecto de organización totalitaria. Las organizaciones totalitarias se adaptan mejor a la labor de establecer relaciones políticas de mando y obediencia estáticas (reproducibles) en sociedades no tradicionales, y, en este sentido, modernas.
El modelo de la primera célula comunista ya era una relación de mando/obediencia orientada hacia el deber (como el ejército o la fábrica), y un deber porque había sido postulado por adelantado. Mencioné a propósito «un» deber, no el deber. El programa era socialdemócrata revolucionario en sus inicios. La organización estaba supuestamente formada de tal manera que se pudiese llevar a cabo este proyecto en particular. Pero el carácter de la organización cambió el propio deber (objetivo). Tanto el objetivo como la ideología fueron moldeados gradualmente según la forma de la organización. Esto corrobora la tesis de que las primeras células del partido ya habían contenido las posibilidades de un sistema totalitario. El ajuste de los objetivos a una organización política totalizadora es una historia

que ha sido narrada muchas veces. En cualquier caso, tras la invención de la institución elemental (el átomo) del totalitarismo, los hechos podían haber ocurrido al revés. El objetivo y la ideología de una versión particular del totalitarismo podrían haber sido aceptados antes de, o junto con, la introducción del modelo de un partido totalitario.
Lenin recibió del movimiento socialdemócrata al que pertenecía un objetivo y una ideología iniciales convencionales. Fue esta ideología la que necesitaba ser transformada y amoldada por la organización. No obstante, diversas ideologías antiliberales y no democráticas pueden utilizar el mismo modelo institucional para sus propósitos. La única condición es la fuerte presencia de alguna ideología, al menos durante los comienzos. Sin lugar a dudas, la organización política moderna par excel/ence que se convirtió en el paradigma de todas la demás clases de partidos y Estados totalitarios (incluyendo a los no bolcheviques) fue la muy original invención de Lenin.
Inicialmente, la ideología juega un papel decisivo en el establecimiento de los partidos y Estados totalitarios. Sin creyentes fanáticos, el modelo no puede Funcionar. Pero una vez instaurada, la máquina totalitaria funciona con mayor suavidad sin un número excesivo de fanáticos que puedan tomarse demasiado al pie de la letra el guión. La ideología asume entonces la función externo-reguladora de mero mandato; en otras palabras, su esencia, siempre inherente, se hace manifiesta. Dado que la falta de obediencia implica la amenaza de aniquilación (de la simple y pura pérdida de la vida hasta la aniquilación mediante la pérdida de la libertad a través de la pérdida de cualquier satisfacción en la vida personal, las proporciones de sus distintas versiones siempre dependen del grado de terror), la gente generalmente obedece. Es en este proceso donde el totalitarismo aplasta la conciencia de hombres y mujeres, les despoja de su dignidad personal. Pero no de su mente. El lavado de cerebro a escalas masivas es, por regla general, poco efectivo. En una ocaSión comparé el Funcionamiento del totalitarismo con una epidemia. Mientras la epidemia dura, la gente se comporta y habla como si tuviera fiebre, a la manera de los fanáticos. Pero en el momento que desaparece la epidemia, la gente se libera a sí misma y empieza a comportarse como si nada hubiese pasado. Observadores de la volte-ftwe masiva de 1945 se negaban a creer que los fascistas o nazis de ayer dejaran de ser lo que con tanto

entusiasmo parecían ser en el momento en que el sistema desapareció, aunque la mayoría de ellos de hecho lo hicieran. La volte-face es en la actualidad aún más espectacular en la Europa centro-oriental. Y es igualmente sincera, si bien no auténtica. Porque la autenticidad requeriría que la gente se enfrentara a su propio pasado y a sus propios hechos, y no sólo a los de los demás, mientras que el criterio de sinceridad consiste simplemente en que uno diga lo que piensa, que es lo que ocurre cuando a la gente se le permite expresar abiertamente lo que piensa. La práctica de muchas décadas de pensamientos en suspenso, mientras las personas hablaban y se comportaba según órdenes, se invalida de un golpe. Si nos asombra el hecho de que entre cuarenta y cincuenta años de propaganda comunista se anulen y queden sin efecto en un momento, la respuesta deberá buscar- se en la misma estructura operativa del propio totalitarismo. Es igualmente notable que la otra especificidad, el hecho de que la resistencia al régimen estuviera restringida a pequeños círculos (con excepción de Polonia a partir de los ochenta), también se derive de la estructura totalitaria. Algunas personas del círculo de creyentes afirman que en realidad piensan. No tienen que renunciar a su capacidad de pensamiento, ya que inicialmente piensan de acuerdo con las órdenes. Pero una vez que algunos de ellas reconocen que algo va muy mal en el régimen, continuarán, si pueden sobreponerse al miedo, hablando de acuerdo con sus propios pensamientos. Sajárov sigue siendo el dechado de este tipo de hombres.
II
Lenin inventó el modelo organizativo de todos los Estados y partidos totalitarios. También inventó el poder tecnológico adecuado a los mismos. Podría considerarse como una contradicción, aunque no lo era, que un partido ideológicamente motivado por los cuatro costados no reconociera ningún principio en la política. Sólo existía un objetivo: el poder. Todo lo demás se convirtió solamente en un simple medio para adquirir más poder. De hecho, se inventaron recetas muy contundentes para acelerar la adquisición de poder, tales como la concentración de todos los ataques políticos en un punto, el punto justo en el que la resistencia pudiera ser menor, con el objeto de establecer una

cabeza de puente para la ofensiva; cambiando de aliados día a día en virtud del objetivo estratégico del momento; neutralizando a los actores sociales con promesas que nunca se pensaba cumplir. Así eran los métodos modernos de propaganda y agitación inventados y puestos en práctica.
Estos tipos de tecnologías de poder eran, y siguen siendo, muy atractivos en países en los que las elites gobernantes tradicionales fracasaban en dos aspectos: por un lado, en la modernización y, por otro, en compartir el poder con una elite social no-tradicional (nueva). Las nuevas elites están formadas por graduados medios o superiores, y sus miembros se consideran a sí mismos capaces de gobernar; también están desesperadamente hambrientas de poder. Estas nuevas elites están constituidas en general por mentes mejores que las antiguas, teniendo en cuenta que estas últimas, apoyándose en su privilegio social, nunca pasaron por una selección preliminar obligatoria basada en sus capacidades. Dado que las nuevas elites son modernas, sus ambiciones también son modernas. Entre otras cosas, está su aspiración a desarrollar una tecnología industrial y agrícola de un nivel más alto. Las referencias que hacen al «proletariado» o a la «nación proletaria>) (Mussolini) son las formulaciones ideológicas de su apuesta por darle la vuelta a la relación entre los que gobiernan y los que son gobernados. Esto es lo que ocurrió en los países comunistas. Dado que el régimen nazi duró sólo diez años (demasiado tiempo para los que lo padecieron pero no lo suficiente para una transformación social absoluta), el cambio en la composición de la elite gobernante alemana entre los períodos prenazi y posnazi es bastante asombroso, tanto en términos políticos como empresariales.
Varios de los primeros seguidores de Lenin en Rusia se desilusionaron sin otra razón que la inferioridad manifiesta de la nueva elite que iba surgiendo. La vanguardia inteligente era demasiado reducida para reemplazar al antiguo aparato zarista. El caso en países donde el comunismo fue simplemente superpuesto por un poder extranjero tras la Segunda Guerra Mundial es similar. El nuevo régimen tuvo que crear una nueva clase de gobernantes, expertos y administradores, en números relativamente altos, todos ellos formados en instituciones educativas Uniformemente controladas por el Estado y centralmente supervisadas. Se originaron nuevas clases medias y altas, que se convirtieron en los beneficiarios directos o indirectos del régimen, a menos que se permitieran el lujo de disentir abiertamente. En los países poscomunistas existe en la actualidad una clase media-alta bastante fuerte y numerosa, y no es probable que esta dite cambie; tan sólo cambiarán sus lealtades políticas. Las figuras más comprometidas políticamente con el antiguo régimen desaparecerán pero, en general, la gente continuará ocupando su antigua posición en el sistema de estratificación, al menos por ahora.
La incapacidad para hacer frente a la circulación de elites contribuye al debilitamiento interno y a la muerte de los regímenes comunistas. Siempre que la movilidad ascendente sea rápida (nuevas personas ocupan las posiciones de los gobernantes jubilados, preferentemente junto con sus viviendas), la nueva dite prestará apoyo al sistema. Pero cuando las posiciones se hereden y la riqueza sea privada (procedente de fuentes ilegales incluso en los propios términos del régimen), las nuevas clases medias dejarán de necesitar el incómodo e inherentemente peligroso sistema. Tan pronto como el fracaso de la modernización se ponga de manifiesto, estas clases tendrán un fuerte interés en el fin del comunismo.
III
Aunque todos los aspectos del totalitarismo, incluido el terror masivo, están implícitos in nuce en el párrafo aparentemente inocente sobre la organización de una célula del partido, ninguna necesidad histórica determinó con antelación que todos ellos deberían desarrollarse en toda su plenitud. El hecho de que los comunistas lograran el primer objetivo de su grandioso plan de toma y mantenimiento del poder político fue ya el resultado de la coincidencia de muchos factores contingentes. Pero, posteriormente, la lógica de los acontecimientos cobró mayor importancia que las contingencias. Si se combina la decisión de no dejar que el poder se escape nunca de las manos de los gobernantes con la puesta al día de la maquinaria de protección del poder, éste se mantendrá efectivamente por todos los medios posibles a su alcance. En caso de resistencia, el terror masivo reinará en su más alto grado. En realidad, esto incluía el terror organizado y meticulosamente administrado, y —al me-

nos al principio— también tenía por cometido desatar la rabia popular, deliberadamente encendida, sobre sus víctimas.
Dado que sólo una minoría relativamente pequeña apoyaba a los partidos comunistas incluso donde tomaron el poder sin contar sin un apoyo militar externo, o al menos sin demasiado apoyo, las fuentes racionales de legitimación no podían funcionar. La legitimación mediante el carisma ofrecía una solución fácil, especialmente en aquellos países en los que los anteriores gobernantes autocráticos habían recibido su legitimación de sus instituciones tradicionalmente carismáticas (como es el caso del Zar de Rusia o del Emperador de China). La legitimación por el carisma para un gobernante moderno no era una invención del todo nueva; fue utilizada por primera vez por Napoleón. Pero el gobierno y reinado de Napoleón fue un gigantesco espectáculo unipersonal, y siendo ante todo un gran soldado, podía contar con ciertas tradiciones de apoyo. El caso del nuevo dictador es diferente, ya que es principalmente el dueño de una institución totalitaria, e incluso cuando es la personificación del régimen, casi deificado, sus órdenes irrevocables son promulgadas únicamente en el nombre de esa institución. El dictador carismático moderno ocupa una posición delicada, incluso contradictoria. Tiene que ser el emblema de la nueva elite, revolucionario hasta la médula; es esta cualidad lo que justifica ante sus allegados los asesinatos de masas cometidos por él y en su nombre. La contradicción implícita en esta posición es la siguiente. O extiende las purgas asesinas a sus propios allegados y por tanto se convierte en peligroso para el propio régimen (Stalin fue salvado por la Segunda Guerra Mundial, y Mao murió antes del contragolpe), o deja de ser un «revolucionario», incluso termina la «revolución desde arriba», por lo que pierde su carisma y se convierte por completo en un estorbo (tal y como sucedió con todos los gobernantes rusos posteriores a Jruschev y con los actuales dirigentes chinos). Realmente, Stalin nunca fue reemplazado en la Unión Soviética, y la era pos-Breznev sufrió de un constante déficit de legitimación. Sin un dirigente carismático, el sistema pasa a ser disfuncional: el terror no puede ser perpetuado ni siquiera a baja escala sin la imagen del purgador carismático ocupando un lugar muy importante. Aparentemente, aquellos que, bajo órdenes, cometieron asesinatos masivos, políticamente motivados, contra la población civil de su propio país, necesitan adherirse a una figura paterna de dimensiones cuasimíticas que asuma su culpa, así como la responsabilidad por cada crimen, en virtud de ser una institución más grande-que-la-vida, un semidiós. Stalin no fue un seminarista en vano: entendió cómo poner el carisma religioso al servicio de la política del poder.
El fin del carisma institucionalizado del Partido Comunista y el del dirigente es el principio del fin del comunismo. El apoyo de Solidaridad a la elección de Jaruzelski para la presidencia no tuvo nada que ver con su carisma auténtico o fabricado, que nunca había existido, mientras que más de veinte años antes Kádár, un colaboracionista abierto y desvergonzado, había triunfado en la creación de un cierto carisma alrededor de su persona. Este ejemplo demuestra que la interrelación funciona en ambos sentidos. Se necesita un cierto carisma para practicar el terror, y el terror debe ser utilizado para dotar de carisma a la persona del dirigente. En el momento en que los dirigentes de los partidos dejan de mandar ejércitos o policías armados, cuando ya no se encuentran en la posición de mandar abrir fuego, o no quieren hacerlo, el carisma se desvanece. Sin embargo, aun cuando se necesite el terror para conseguir carisma en ei comunismo, el ejercicio del terror por sí solo no es suficiente para llegar a ser carismático, como se ha visto confirmado por la matanza de la Plaza de Tiananmen y sus consecuencias. Se ha roto el hechizo, y esta vez para siempre.
Siempre hubo una oposición comunista, abierta o clandestina, a la dite comunista gobernante. Estos denominados «desviacionistas» o «renegados» sacrificaron su posición, su libertad, a menudo incluso su vida, por su disensión, pero nunca consiguieron nada sin el cumplimiento de tres importantes condiciones. Primero, dado que en el modelo leninista es el centro ei que decide todo, y quien quiera que lo contradiga está condenado, la oposición tiene que ocupar el centro. Segundo, dado que el modelo leninista de organización implica el sistema completo de totalitarismo in nuce, la misma tradición leninista debe ser abolida. Tercero, dado que el régimen utiliza la ideología para reforzar la relación mando-obediencia, la ideología de apoyo debe de ser relativizada o destruida. Por ejemplo, en 1956, en Hungría, se cumplieron las tres condiciones. En esa ocasión fue el Ejército soviético el que desempeñó el papel de centro ideológicamente intacto. Y la revolución húngara suscitó la pregunta

obvia: ¿Qué curso tomará la historia si algo similar ocurriere en la Unión Soviética, el propio centro del comunismo?
Sin Gorbachov (o un primer secretario soviético parecido, con otro nombre) todavía estaríamos sentados esperado la caída del comunismo. Gorbachov es el anti-Lenin que inició un movimiento en sentido inverso. Al igual que el infame primer párrafo del estatuto del partido contempló todas las posibilidades de totalitarismo (sin ninguna necesidad de actualización), la abolición formal del «papel director del partido» incluye in nuce la posibilidad de la completa desaparición de todas las instituciones totalitarias (una vez más sin el respaldo de la necesidad histórica). La segunda condición del «fin del comunismo» también está presente en la Unión Soviética, porque la tercera condición (relativización y destrucción de la ideología) ha sido cumplida con el permiso, e incluso el aliento, del centro. Consecuentemente, la función ideológica del mando-obediencia ya no opera del mismo modo que antaño, y sin un fuerte despliegue del poder de represalia, la disponibilidad hacia la obediencia continuará desvaneciéndose. En realidad, el totalitarismo comunista creó los medios para su propia desaparición.
Se desconoce si Gorbachov había planeado convertirse en el anti-Lenin antes de alcanzar la posición central del poder comunista, o si empezó a desempeñar ese papel después de muchas pruebas y errores mientras andaba a tientas en la oscuridad. Había (y aún existe) algo en la situación que ciertamente le empujó en esa dirección. Pero, ¿cuál es el significado en términos concretos del papel de un antileninista?
Hemos visto que a principios de siglo una pequeña (pero inteligente) elite al margen de la sociedad tradicional asimilaba el programa de la total, y al mismo tiempo científica, transformación de la sociedad. Lenin inventó una nueva tecnología de poder que resultó tener éxito. Se tomó el aparato del Estado, se estableció el régimen totalitario. Pero, ¿qué podía hacerse con este poder? Los proyectos para la creación de una nueva sociedad fueron tomados en préstamo de otras fuentes (marxistas); se dieron por supuestos el mensaje y la efectividad del proyecto. Pero la fórmula mágica demostró ser ineficaz. Lenin no conocía ningún remedio para esto, porque inventar proyectos socioeconómicos y concebir tecnologías de poder requieren talentos diferentes. El resultado final es bien conocido por todos. Muchos millones de personas fueron asesinadas, muchas más sucum 68

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bieron bajo el peso del trabajo obligatorio y por hambre, millones fueron encarceladas para que pudiera darse la economía moderna más ineficiente y más disfuncional, una economía que está ahora al borde del desplome total.
No era ningún secreto en los círculos comunistas que los planes no funcionarían. Se abandonaron desde el principio mismo importantes aspectos del proyecto marxista. El resto, sin embargo, fue incorporado en las fibras sociales de una sociedad totalitaria. Pero hace ya varias décadas se pusieron en marcha diversos experimentos para transformar, mejorar y cambiar esos planes. Lo que en la actualidad se denomina «perestroika» se inserta en esta tradición. Hasta el momento, no existe en la Unión Soviética ninguna perestroika salvo de nombre. Aunque las mejoras en la eficiencia económica y tecnológica parecían ser los principales objetivos de las reformas de Gorbachov, la situación es peor que antes. Gorbachov se enfrenta al mismo problema de los «fines» sustantivos a los que Lenin se enfrentó en sus tiempos. En principio, existen planes, modelos a seguir, pero no existe ninguna forma de averiguar cómo hacer que el país se mueva en la dirección necesaria. Lenin creía que una vez que se había alcanzado el poder, el modelo concebido en la imperturbable atmósfera de los estudios bibliotecas de los emigrados de Londres sería puesto en práctica en un breve espacio de tiempo. Aparentemente, Gorbachov no tiene idea de cómo, incluso estando en posesión de poderes dictatoriales absolutos, podría encaminar a su país en la dirección de una economía que funcione. Así que actúa de un modo similar a Lenin, sólo que con signos opuestos. En vez de centrarse en los fines, se concentra en la organización, el marco institucional y la ideología. Y, de hecho, ésta, y no el tratar de forzar programas o planes económicos o tecnológicos, es la forma de salir del totalitarismo.
El principal cambio institucional en la Unión Soviética hasta el momento no es el establecimiento de la democracia, sino el salir de una forma de dictadura en la cual el dictador ha dejado de ser el representante del totalitarismo. Gorbachov podría convertirse en un dictador plebiscitario, un mandato que aún no ha alcanzado, pero ya es independiente del partido. Este tipo de independencia no significa que Gorbachov pueda tomar todas la’ decisiones por su cuenta, un poder privilegiado que sólo Stalin tuvo. Sin embargo, Gorhachov se independizó del partido no

sólo de [acto sino también de jure, de manera que puede poner en práctica sus decisiones sin la obediencia entusiasta de la maquinaria del partido, y, si es necesario, incluso en contra de ellas. Aunque las analogías históricas confunden más que explican, aún puede verse como una ironía de la historia el hecho de que los troskistas alcanzaran finalmente su «Termidor» y Rusia su primer cónsul (con o sin el apoyo del Ejército). El curso de la historia rusa aún continúa abierto, pero el comunismo es ya una opción descartada.
Iv
La tecnología del poder inventada por Lenin puede sobrevivir al comunismo, y, durante un tiempo, incluso el comunismo puede sobrevivir bajo diferentes disfraces. Las tecnologías del poder totalitario pueden serle útil a cualquier elite nueva con ansias de poder, y si se combinan con ciertos eslóganes del comunismo modernizantes y centralizadores, pueden funcionar incluso sin el apoyo militar soviético. O, en el caso de conflictos entre las familias que tradicionalmente tenían el poder, una familia aún puede recurrir a la ideología y la tecnología del comunismo para ganarle por la mano a sus enemigos. Finalmente, en el caso de conflictos raciales, un grupo racial puede conseguir el poder frente a otro empleando medios totalitarios. En cualquier caso, el comunismo, históricamente hablando, está muerto y sin posibilidades de resurrección.
Hablar históricamente es hablar el lenguaje de la imaginación. La existencia histórica no es simplemente una cuestión de hecho, sino también una cuestión de nuestras relaciones con ese hecho. El comunismo no fue únicamente un mal sistema político o económico bajo el cual vivían casualmente algunas personas. Era un sistema que se llamaba a sí mismo socialista, que pretendía ser superior al resto (al capitalismo) y que legitimó tanto su existencia como su expansión con una pretensión universalista. Era un sistema que realmente se expandió con rapidez, dando la impresión de poder cumplir con sus pretensiones universalistas gracias a la fuerza bruta de su tecnología del poder y a lo atractivo de su ideología. El comunismo no toleraba lo parcial, lo particularista, la diferencia. No competía con Otros Sistemas en uno u otro aspecto, pero, como totalidad, declaraba la guerra política a otras totalidades. Ya es hora de aprender que la «sociedad capitalista», como totalidad cerrada que abarca todos los aspectos de la vida desde la economía a la política y la ideología, nunca existió en ninguna otra parte que no fuera en la ideología socialista y, en particular, en la comunista. Su función era servir como la imagen del otro, un espantajo endemoniado, una creación proyectiva de la imaginación del adversario.
Ahora que ha desaparecido el hechizo podemos fácilmente ridiculizar este delirio de grandeza; y, sin embargo, ha gozado de un amplio crédito. Había algunos creyentes, aunque disminuyendo en número continuamente, que creían en la superioridad del sistema comunista, y otros, numéricamente crecientes, que creían en su superior fuerza militar. Mientras que un régimen sea percibido como altamente peligroso y plenamente capaz de cumplir sus amenazas, ni el sistema ni sus principios necesitan alardear de tener muchos admiradores para seguir muy, muy vivo.
En 1968, el comunismo había perdido su atractivo en Europa y, por lo general, en Occidente. Pero la imagen del invencible poderío militar soviético continuaba viva. Y los dirigentes soviéticos intentaron capitalizar dicha imagen. El aumento de los movimientos pacifistas durante los años setenta, especialmente en Alemania y Gran Bretaña, donde el temor a la maquinaria militar soviética se tradujo en un lenguaje antiestadounidense y de defensa de la política de desarme unilateral, proporcionó el último intento de rescatar el comunismo de su muerte. El intento fracasó, debido principalmente a la resistencia de los hombres y mujeres con sentido común.
Fue de nuevo la política de Gorbachov la que disolvió ese miedo, al retirar las tropas de Afganistán, al entrar en conversaciones de desarme con Estados Unidos y, en particular, al renunciar a la dominación soviética en los Estados de la Europa del Este. Las puras cifras del armamento militar suponen una amenaza meramente abstracta; la amenaza se concreta si también se está dispuesto a utilizarlo.
De los tres síntomas mencionados anteriormente, sólo uno puede interpretarse como una indicación inequívoca del cambio esencial en la URSS: la renuncia a su dominación sobre los Estados de la Europa del Este. Los oti-os dos síntomas, por sí mismos, podrían, sin embargo, haber sido interpretados como mdi-

cadores de una mayor elasticidad estratégica y táctica. Pero a la hora de la crisis, la decisión de abstenerse de intervenciones militares para salvar a los partidos, dirigentes y sistemas sociales impuestos sobre los Estados de la Europa centrooriental fue esencial en términos absolutos. Fue ésta una decisión antiuniversalista que contradijo la propia lógica del comunismo y de la tecnología del poder de Lenin.
Sin duda alguna, abandonar la política comunista no es lo mismo que abandonar la política imperial. El centro soviético no está dispuesto a permitir la secesión a las distintas repúblicas, no porque quiera que las repúblicas bálticas o asiáticas sigan siendo comunistas, sino porque quiere retenerlas dentro de la órbita imperial rusa. A este respecto, Goi-bachov no es diferente de Churchill: tampoco él quiere presidir la disolución del imperio. Pero es en este punto donde acaban las similitudes y donde, en un contexto dado, los conflictos nacional-coloniales contribuyen a la desaparición del comunismo, y no únicamente a la del Imperio ruso. Después de todo, el imperialismo británico no pretendía haber solucionado la «cuestión nacional» de una vez para siempre, ni calificaba a las colonias de la Corona como una comunidad de naciones iguales y hermanadas.
Sin embargo, lo que ocurrió en la Europa centro-oriental puede ser entendido únicamente en términos de la estrategia de poder comunista. La Europa oriental no era puramente una «esfera de influencia» en términos militares, ni tampoco era simplemente un botín de guerra que se había convertido en una «dependencia» para su uso con fines de explotación económica. «Países satélites» sería una expresión más adecuada; pero la metáfora que evoca la imagen de muchos pequeños Estados girando alrededor de un gran centro es, en cualquier caso, engañosa. Ya que, de hecho, la dirección soviética aplicó los principios organizativos del partido a las relaciones interestatales. La relación entre la cúpula del partido de cualquier país del Este de Europa y la cúpula real del Partido Comunista soviético era exactamente la misma que la relación entre los miembros de una célula del partido con los dirigentes de éste en los términos del documento fundador de la facción bolchevique. Era la misma relación de «mando-obediencia». Con la mediación de su propia dirección comunista, superpuesta, que era escrupulosamente obediente a las órdenes de «arriba», las poblaciones de todos los Estados satélites soviéticos tenían que obedecer las órdenes de los dirigentes de la Unión Soviética y del Partido Comunista soviético. Sin embargo, había dos diferencias entre esta situación y la original.
En términos de la situación original, el fin, el objetivo supremos, era una sociedad comunista como la diseñada por la ciencia marxista. Tras la Segunda Guerra Mundial, el fin último a alcanzar era la creación de una réplica exacta de la sociedad totalitaria que se había producido como el resultado final de veinte años de «revoluciones bolcheviques desde arriba». A pesar de todas las discusiones vacuas y carentes de sentido sobre «la sociedad transitoria», «la construcción del comunismo» y demás cosas por el estilo, temas preferidos de Jruschev, el resultado final ya había sido alcanzado en los años treinta. El sistema totalitario no iba a ser cambiado ni reformado. Por consiguiente, tenía que ser destruido. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, ese sistema fosifilizado, cerrado e inmóvil se exportó a la Europa del Este.
El principio del «centralismo democrático» combina dos elementos irreconciliables. Los dirigentes son elegidos, pero los «plebeyos» obedecen el dictatum de los dirigentes. En realidad, en la historia del partido soviético, los plebeyos sólo podían elegir unos dirigentes que ya habían sido elegidos por los propios dirigentes. Pero, formalmente, sí se celebraban elecciones. Una vez que el estatuto del partido fue aplicado al Estado soviético, se abolió el elemento pseudodemocrático. Los dirigentes del Partido Comunista, «constitucionalmente» la fuerza motriz del Estado, no eran elegidos ni siquiera formalmente por el pueblo. En las relaciones interestatales entre la Unión Soviética y sus satélites, el completo absurdo de la fórmula totalitaria se hacía incluso más aparente en tanto en cuanto habría llegado a hacerse evidente que el pueblo en general (en este caso, los ciudadanos de los países satélites) no tenían voz ni voto, ni siquiera formal, en el carácter del centro de mando. Las «dialécticas» del estatuto del Partido Comunista desvelaron el secreto en su totalidad.
Este es el motivo de que la decisión de Gorbachov de dejar en libertad a los pueblos de la Europa del Este, en lugar de lanzar el Ejército sobre los fugitivos, pase a los anales de la historia como la hora cero, el principio de la desaparición del comunismo moderno. Este fue, como sucede con todos los pasos decisivos, el paso más difícil y, al mismo tiempo, el más fácil de dar.
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Fue el más difícil precisamente porque era absoluto e irrevocable. Pero también era el más fácil porque significaba, con independencia de lo que pudiera ocurrir con posterioridad, la renuncia a la prerrogativa de la toma de decisiones junto con la del privilegio de gobernar. Ningún paso posterior será tan difícil y tan fácil como ése. Ninguno de ellos será tan difícil, porque ninguno habrá de cruzar dos veces el proverbial Rubicón. Y ninguno será tan sencillo, porque Gorbachov no se encuentra en posición de renunciar a la responsabilidad de las decisiones venideras que afecten al destino de la Unión Soviética; y menos aún puede renunciar al privilegio de gobernar, ni está dispuesto a ello. Si escupes al cielo, en la cara te caerá, y antes de que te lo esperes.
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Existe un punto fijo en el «reino de los fines» del comunismo moderno, que no es otro que la propia modernización. El comunismo ha agotado todas las formas de legitimación (con la única pero reveladora excepción de la legitimación racional por ley o por consenso, que nunca ha intentado utilizar); y todas ellas fueron apoyadas por la promesa de una modernización arrolladora que lo abarcara todo.
El totalitarismo es un sistema político ‘e social moderno, pero su capacidad de modernización es limitada, y el precio a pagar para su utilización como vehículo político es, por no decir otra cosa, excesivo. Si no se consideran todos los demás objetivos y puntos de vista salvo los de la modernización, puede afirmarse lo siguiente sobre el totalitarismo: el sistema totalitario es muy efectivo para acondicionar el camino hacia el poder de una nueva dite mediante la eliminación de todos sus adversa- ños. También es un medio eficaz para mantener ei poder una vez que se ha conseguido. Es un centralizador eficaz, tiene una propensión interna a la movilización de las masas para conseguir objetivos a corto plazo; ha sido, históricamente, un usuario adicto de enormes cantidades de mano de obra forzada (esclavizada), y puede poner en marcha y acelerar el proceso de una clase de industrialización brutal y rudimentaria. Teniendo en cuenta que la pérdida de vidas humanas y el despilfarro de capital o materias primas carece de importancia para él, bajo e1 to75

talitarismo comunista también pueden llevarse a cabo experimentos sociales de alto coste. En la fase inicial, la movilidad ascendente puede ser acelerada y la educación general, mejorada, aunque únicamente al nivel más elemental. La movilización de demandas de baja tecnología para esfuerzos bélicos es, por lo general, rápida y eficaz en este tipo de regímenes. Pero incluso en la fase inicial, las ventajas no pueden superar las deficiencias. Y, a largo plazo, la maquinaria totalitaria fracasaría invariablemente en la realización del proyecto de crecimiento económico, de mejora tecnológica, del aumento de los niveles de vida, etc. El totalitarismo, el hacer intentos desesperados de modernización, sucumbe bajo el peso de su irracionalidad.
El desastre económico del régimen comunista es una historia muy conocida y frecuentemente narrada. Es igualmente conocido el hecho de que el permanente aplazamiento del hacer frente al desastre ha empujado siempre a los países comunistas hacia el interior del laberinto de la irracionalidad, con independencia de si continuaban editando falsos boletines sobre sus victorias o admitían intermitentemente ciertas denominadas equivocaciones que debían ser rectificadas. Con o sin reformas (nunca estructurales), las cosas continuaron yendo de mal en peor. El comunismo se convirtió en un cul-de-sac incluso según sus propios estándares, ya que en el mejor de los casos ha producido una versión pobre, brutal, disfuncional, contraproducente y patética de la módernidad, bajo cuyas ruinas han quedado enterrados al menos veinte millones de cuerpos de hombres y mujeres asesinados.
El comunismo moderno comenzó en el punto en que Lenin y unos cuantos de sus lugartenientes aceptaron el proyecto social marxista y decidieron ponerlo en práctica, sin tener en cuenta los costes sociales, tomando el poder para sí mismos. Pero su segundo paso no se derivó necesariamente del primero. El fin del comunismo moderno empezó cuando se hizo evidente que el modelo totalitario no funciona y que los intentos de posponer su abandono radical simplemente empeoran todo, y cuando Gorbachov y algunos de sus partidarios osaron hacer el gesto de abandonar el legado del «centralismo democrático». El segundo paso tampoco se derivó del primero por algún tipo de necesidad. Podría haber ocurrido de otra manera. Los proyectos de reforma podrían haber continuado uno tras otro; cada uno de ellos hubiera fracasado sin ningún lugar a dudas, y nada hubie r

cambiado esencialmente. Podrían haberse vuelto a abrir los campos de concentración, podrían haberse vuelto a cometer a gran escala los asesinatos masivos. Incluso la posibilidad de guerra podría haber resurgido en el horizonte. La bestia mortalmente herida lucha con fuerza. Nada se escribió por adelantado en los códices de la historia.
El comunismo moderno inició su carrera histórica con un acontecimiento contingente; el fin del comunismo también empezó con una nota de contingencia. El primer acontecimiento contingente dio lugar a una institución que in nuce incluía todas las categorías del totalitarismo. La necesidad comenzó cuando las posibilidades se actualizaron. Una nueva contingencia ha roto esta cadena de necesidad. Se abren nuevas posibilidades en nuestro horizonte.
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