“Se puede viajar por todo el mundo sin ver nada, o se puede ir solamente a la tienda de la esquina y descubrir todo un mundo”




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Dos grandes riesgos
Después de indicar las condiciones y habilidades requeridas para una adecuada labor etnográfica, es relevante señalar dos grandes riesgos frente a los cuales esta labor debe estar siempre alerta: el etnocentrismo y el sociocentrismo. Tanto el etnocentrismo como el sociocentrismo son prejuicios que se derivan de los procesos de normalización y de producción de subjetividades que han constituido al etnógrafo como un sujeto social determinado: “En la instancia del trabajo de campo, el investigador pone a prueba […] sus patrones de pensamiento y acción más íntimos” (Guber 2005: 90). Estos prejuicios están profundamente arraigados puesto que hacen parte de la forma de pensar, relacionarse y hacer de los individuos, sin que sean conscientes necesariamente de su existencia e influencia. De ahí que a menudo cueste mucho trabajo identificar tales prejuicios y tomar distancia de ellos.
El etnocentrismo consiste en una actitud de rechazo a la diferencia cultural dado que se asume que los valores, ideas y prácticas de la formación cultural propia son superiores. El etnocentrismo asume lo propio como medida de lo humano, ridiculizando o menospreciando concepciones o maneras de vida que se diferencian de la propia. La burla por los gustos o por las creencias de otras culturas, es una expresión del etnocentrismo. Así, por ejemplo, es etnocentrista pensar que los indígenas no son ‘civilizados’ porque no viven como un habitante de la ciudad, porque no se visten de la misma manera o porque no hablan el español. En el Chocó, la palabra cholo, con toda su carga despectiva, condensa una serie de actitudes etnocentristas.
Esa arrogancia cultural del etnocentrismo es fuente de ceguera para la investigación etnográfica. No es posible comprender y justipreciar aspectos del modo de vida de una cultura distinta de la propia ante la cual se tengan posiciones etnocentristas. La etnografía no busca juzgar ni mucho menos ridiculizar la diferencia; lo que busca, al contrario, es comprenderla. De ahí que mientras el etnógrafo no haya cuestionado y tomado distancia de sus concepciones etnocentristas, su labor etnográfica estará marcada por tales concepciones apocando significativamente su capacidad de comprender densamente la diferencia cultural a la que se enfrenta.
El sociocentrismo es aún más complicado de identificar y de cuestionar. Consiste en asumir que los valores, ideas y prácticas de una clase o sector social son los modelos ideales de comportamiento, rechazando los de otras clases o sectores sociales. El sociocentrismo se expresa a menudo en las actitudes de ridiculización y rechazo que las clases o sectores económicamente privilegiados de una sociedad (o los que sin serlo se identifican con ellos) tienen para con las maneras de hablar, las corporalidades, los gustos, las creencias de los sectores populares. Es sociocentrismo el desprecio a quienes no son lo suficientemente ‘cultos’, a quienes no manejan adecuadamente los requerimientos de etiqueta, a quienes no conocen de ‘cultura universal’. Este sociocentrismo también se evidencia en las actitudes de menosprecio hacia los comportamientos de los campesinos por parte de los citadinos. Palabras descalificadoras y burlas frente a la forma de hablar o vestir de los habitantes de las zonas rurales, frente a sus maneras de desenvolverse en los contextos urbanos, son expresiones del sociocentrismo.
Se puede afirmar, entonces, que el sociocentrismo es un clasismo ejercido por ciertos sectores sociales que consideran como superiores e ideales sus concepciones y formas de vida; haciendo de éstas el modelo de lo ‘normal’ y lo ‘deseable’ con respecto a las cuales son juzgadas las otras concepciones y formas de vida de los otros sectores. De ahí que el sociocentrismo suponga una serie de prejuicios tanto sobre los sectores sociales menospreciados como sobre los sectores sociales idealizados.
Los prejuicios sociocentristas no pueden orientar la labor etnográfica. Al igual que con etnocentrismo, el etnógrafo tiene el reto de cuestionar y tomar distancia de sus posiciones sociocentristas. Si lo que se pretende con el estudio etnográfico es comprender y describir situaciones de la vida social teniendo en cuenta la perspectiva de sus actores, entonces el sociocentrismo del etnógrafo puede convertirse en una ceguera o limitación epistémica. De ahí que en la labor etnográfica el investigador debe estar todo el tiempo alerta con los efectos que sus propias concepciones y actitudes tiene en la comprensión de lo que sucede a su alrededor. Como bien lo indica Rosana Guber: “El bagaje teórico y de sentido común del investigador no queda a las puertas del campo, sino que lo acompaña, pudiendo guiar, obstaculizar, distorsionar o abrir su mirada” (2005: 86)

Perspectivas y niveles
En la labor etnográfica se conoce como emic y etic dos perspectivas analíticas diferentes. ‘Emic’ y ‘etic’ son conceptos inicialmente propuestos en la lingüística para distinguir la descripción fonológica (phonemic) de la fonética (phonetic), esto es, una descripción desde la unidad de significado estructural mínima (fonema) para los hablantes de la lengua, a un registro de las características del sonido mínimo aislable tal y como se escucha por el lingüista.
Algunas vertientes de la antropología culturalista norteamericana de los cincuenta recogieron esta distinción para plantear que la perspectiva ‘emic’ es aquella que los miembros de una cultura tienen de la misma, mientras que la ‘etic’ es la que los antropólogos no miembros de la cultura elaboran sobre ella. En otras palabras, el conocimiento desde adentro (‘emic’) o desde afuera (‘etic’) de una cultura.
Para los propósitos de este texto, la perspectiva emic es la mirada desde adentro, es decir, la mirada que tienen los mismos actores sobre un aspecto de su propia vida social. Así, por ejemplo, en un ritual de paso de la niñez a la adultez los participantes tienen una serie de concepciones de lo que significa y las razones por las cuales se realiza. Este tipo de explicaciones desde adentro es lo que se denomina la perspectiva emic. Como hemos visto, en la labor etnográfica este tipo de perspectiva es muy importante y debe ser tomada en consideración en el análisis.
La perspectiva etic, por el contrario, es la mirada desde afuera. Sobre el mismo ritual el etnógrafo tiene una perspectiva como actor externo, explicándolo en otros términos. El etnógrafo toma en consideración la perspectiva emic, la mirada interna, pero no se queda allí sino que elabora sus propias interpretaciones a la luz de los modelos teóricos con los cuales opera. Para la etnografía no son dos perspectivas excluyentes, aunque sí debe haber una clara diferenciación entre ambas. En una descripción etnográfica, por tanto, no se pueden confundir lo emic y lo etic. Aunque lo emic está siempre presente, la labor etnográfica introduce una serie de interpretaciones y reordenamientos desde una perspectiva etic.
Alguien pudiera argumentar que la perspectiva emic es más verdadera y auténtica que la etic, puesto que es ofrecida desde adentro. O, para ponerlo en otras palabras, que nadie conocería mejor su cultura que los miembros de la misma. Un indígena embera estaría en una posición epistemológicamente privilegiada para hablar de su cultura, así como un afrocolombiano para hablar de los afrocolombianos y una mujer de las mujeres… y así sucesivamente. Hasta cierto punto esto es cierto, pero en algunos aspectos las cosas se complican.
El hecho de ser sujeto de una cultura no lo hace automáticamente a uno más reflexivo sobre la misma. Es más, puede que precisamente por esto se tiendan a tomar una serie de asuntos por dados y que en su obviedad y trivialidad no aparezcan como relevantes, mientras que para alguien venido de afuera esto puede llamarle la atención. Más complicado aun, en una cultura o en una posición de sujeto cualquiera no hay una homogeneidad tal que haga que cada individuo pueda hablar por los otros como si no existieran diferencias y desigualdades, como si no existieran experiencias y trayectorias disímiles marcadas por factores de clase, de lugar, de capital escolar, de género, de orientación sexual, de generación, etc. Lo importante para resaltar aquí es que la labor etnográfica no se queda en una perspectiva emic, aunque no puede dejar de tomarla seriamente en consideración.
Además de esta diferenciación entre las perspectivas emic y etic, en la labor etnográfica se distinguen tres niveles de la información. Primero, lo que la gente hace, esto es, las prácticas que realizan y las relaciones que establecen para adelantar estas prácticas. Así, por ejemplo, la gente asentada en el bajo Atrato pesca de determinadas maneras, en ciertos lugares y preferentemente durante un periodo del año. Eso es lo que esta gente hace con respecto a la pesca. Ahora bien, el etnógrafo puede ser testigo de algunas de prácticas, aunque algunas otras no puedan ser observadas directamente por él debido a que se adelantan en momentos o lugares a los que no ha tenido acceso o requieren de ciertas prescripciones que impiden su presencia.
Segundo, lo que la gente dice que hace, esto es, lo que se cuenta cuando se les pregunta por lo que hacen. Este es el nivel donde las personas presentan ante el investigador su versión, la cual puede variar significativamente o poco de lo que realmente hacen dependiendo de muchos factores. Varía porque las personas han incorporado lo que hacen de tal manera que cuando hablan sobre esto pasan por alto aspectos o detalles que para ellos carecen de importancia o no son evidentes dado su grado de automatización. Varia también porque hay cosas que se hacen y que las personas no quieren contar, ya sea porque consideran que eso no se debería hacer o porque consideran que el que se sepa puede ponerlos en riesgo. Finalmente, varía también por las percepciones que tengan del investigador y de sus intereses, por lo que las personas pueden decirle al etnógrafo lo que ellas creen que él quiere o preferiría oír.
Tercero, lo que la gente debería hacer, es decir, lo que se considera como el deber ser. No se puede confundir este nivel del deber ser con lo que realmente sucede, porque a menudo hay una distancia y contradicciones entre lo que la gente piensa que debería hacer y lo que hace. Lo que se debería hacer da cuenta del nivel de los valores ideales, de las aspiraciones de unas personas.
Ahora bien, en la labor etnográfica estos tres niveles no deben ser confundidos, pero todos tres son igualmente importantes para comprender y describir las relaciones entre prácticas y significados para unas personas en particular. No es que lo que la gente hace es la verdad que debe ser descrita por el investigador y lo que se dice que se hace es una falsedad que debe ser desechada. Lo que hay que entender es que por qué esa brecha entre lo que se hace y lo que se dice que se hace, lo cual implica que el investigador entienda que la forma como la gente se representa y presenta ante otros lo que hace constituye una fuente importante de investigación sobre los sentidos de la vida social para esas personas. Lo mismo sucede con lo que se debería hacer. No hay que confundirlo con lo que la gente hace, pero en sí mismo y por su diferencia con lo que la gente hace, se constituye en una grandiosa fuente sobre el universo moral de las personas con las cuales se está trabajando.

Tipos de etnografía
Los antropólogos suelen referirse con el término de etnografía a tres cosas distintas. En primer lugar, consideran que la etnografía es una técnica de investigación que estaría definida por la observación participante. Como expondremos con detenimiento en la siguiente unidad temática, la observación participante consiste en residir durante largos periodos en el lugar donde se adelanta la investigación con el propósito de observar aquello que es de interés del etnógrafo. Así, por ejemplo, si se encuentra estudiando el trabajo ganadero entre los llaneros, la observación participante consistiría en vivir con los llaneros por un periodo suficiente de tiempo en el que pueda participar en la realización de sus trabajos ganaderos y, así, desde la experiencia propia y la observación directa conocer de primera mano lo que se investiga. Las técnicas de investigación son como el martillo o el destornillador, sirven para hacer unas cosas y no otras. Con una entrevista o con una encuesta se podrán obtener ciertos datos y no otros. Hay que tener muy claro los alcances y los límites de cada una de estas técnicas.
La segunda forma como los antropólogos se refieren a la etnografía es la de un encuadre metodológico. Aquí es relevante no confundir los planos de las técnicas, el de las metodologías y el del método. Son palabras que a menudo se usan como si fueran sinónimos pero que deben ser distinguidas. Las técnicas son los instrumentos o las herramientas de investigación en sí mismas. La encuesta, la entrevista o el censo son técnicas de investigación. La metodología es la particular manera en que se operativizan ciertas técnicas de investigación, por lo que apunta al cómo, al encuadre, de la investigación. El método, por su parte, es la discusión más epistemológica, por lo que se refiere al por qué del cómo.
En tanto metodología, la etnografía no sería tanto la técnica de investigación de la observación participante como la manera de abordar la investigación misma. De ahí que algunos antropólogos hablen, incluso, de etnografía en situaciones que no implican observación participante como la interpretación de documentos históricos o en investigación basada exclusivamente en informantes.
La etnografía como metodología, como encuadre, estaría definida por el énfasis en la descripción y en las interpretaciones situadas. Como metodología, la etnografía buscaría ofrecer una descripción de determinados aspectos de la vida social teniendo en consideración los significados asociados por los propios actores (lo que referíamos como la perspectiva emic). Esto hace que la etnografía sea siempre un conocimiento situado; en principio da cuenta de unas cosas para una gente concreta. No obstante, los conocimientos así adquiridos no significan que se limiten allí, ya que nos dicen cosas que pueden ser generalizables, o por lo menos sugerentes para entender de otra manera las preguntas que las ciencias sociales suelen hacerse. Al respecto Geertz afirmaba que “Pequeños hechos hablan de grandes cuestiones […]” ([1973] 1996: 35). Es decir, la etnografía es una perspectiva que, aunque siempre pendiente de los pequeños hechos que se encuentran en las actividades y significados de personas concretas, no supone negar hablar de ‘grandes cuestiones’. La diferencia con la monumentalidad de la filosofía o de los estudios políticos no radica que la etnografía, al estar escudriñando el mundo situadamente, se niegue a dar cuenta de las ‘grandes problemáticas’. Lo hace desde la cotidianidad y el mundo efectivamente existente y vivido para unas personas, sin recurrir al estilo trascendentalista y normativizante de la reflexión filosófica o de los estudios políticos.
Finalmente, los antropólogos hablan de etnografía para indicar un tipo de escritura. Así, por ejemplo, un libro que describe a la sociedad indígena de los kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta es considerada una etnografía. Un artículo o un informe también pueden ser consideradas etnografías por los antropólogos. Incluso algunos documentales realizados por antropólogos caben dentro del género etnográfico. Lo que tienen de común estos distintos materiales escritos o visuales es que están relatando de manera muy concreta aspectos que se suponen verídicos de la vida social de unas personas, a menudo con base en las experiencias del mismo etnógrafo. A diferencia de una novela o un cuento que se inscriben en el género literario de la ficción, la etnografía se inscribe en un género literario que pretende estar relatando aspectos verídicos resultantes de una investigación empírica rigurosa. La diferencia radicaría en las pretensiones de verdad, en las apelaciones de las etnografías a estar dando cuenta de aspectos de la realidad social.
Además de estas distinciones de la etnografía como técnica, como metodología o como género literario, se pueden identificar otras diferencias en cómo se entiende la etnografía dependiendo del lugar. Las etnografías más clásicas se adelantan en un sitio concreto: una vereda, un poblado, un barrio o una ciudad. Este lugar concreto puede ser también una institución (una escuela o de una alcaldía, por ejemplo), una organización (un movimiento social o una organización no gubernamental, por ejemplo) o una empresa.
Ahora bien, desde hace algún tiempo se han elaborado etnografías en diferentes sitios. Estas etnografías han sido denominadas como multisituadas (Marcus 2001). Para este tipo de etnografías lo que interesa es dar cuenta de gentes, cosas o ideas que se mueven y se encuentran en diferentes lugares. Así, desde la etnografía multisituada se puede estudiar una comunidad transnacional, esto es, un grupo de personas que migran de un país a otro, haciendo etnografía no sólo en sus lugares de origen sino también en los de llegada. Un objeto también puede ser tema de estas etnografías multisituadas, como las manufacturas africanas que se convierten en obras de arte al pasar por diferentes redes y mediadores desde una aldea en África hasta una galería en Nueva York o París.
Más recientemente, con la aparición de las tecnologías digitales han surgido nuevas modalidades y retos para la labor etnográfica como las etnografías del ciberespacio y de la cibercultura. En estas etnografías se toma el espacio virtual generado por estas nuevas tecnologías, conocido como el ciberespacio, como ámbito de trabajo. De ahí que se les haya denominado etnografías digitales o etnografías virtuales. Desde este tipo de etnografías se estudia cómo se construyen prácticas, subjetividades y relaciones en este ciberespacio. El ciberespacio también ofrece una nueva fuente para la complementación y el contraste de información en investigaciones etnográficas clásicas o multisituadas.

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