“Se puede viajar por todo el mundo sin ver nada, o se puede ir solamente a la tienda de la esquina y descubrir todo un mundo”




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II. Trabajo de campo
“[… ] todo trabajo de campo es tan único que siempre parece el primero […]”

Rosana Guber (2005: 14)

El trabajo de campo se refiere a esa fase del proceso investigativo dedicado al levantamiento de la información requerida para responder a un problema de investigación. El trabajo de campo es el momento en el cual el etnógrafo realiza el grueso de la labor empírica. Es una fase que toma largo tiempo, a menudo años. Generalmente, el trabajo de campo se realiza luego del diseño del proyecto de investigación o, por lo menos, después de perfilar un problemática de trabajo, ya que sin una pregunta o problema de investigación no se puede saber qué buscar. Así como no hay lector sin pregunta (Zuleta [1974] 2004), no hay trabajo de campo sin un problema de investigación. Como lo planteaba uno de los más famosos antropólogos británicos del siglo pasado: “En la ciencia, como en la vida, uno encuentra solo lo que se busca. Uno no puede obtener las respuestas sin saber cuáles son las preguntas” (Evans-Pritchard 1976: 240).
En las investigaciones más clásicas, iniciadas hace ya un siglo, el trabajo de campo empezaba con un largo viaje al grupo humano donde se iba a realizar el estudio etnográfico. A menudo este viaje implicaba una serie de experiencias y aventuras que luego hacían parte de los relatos del etnógrafo. Muchos de estos relatos, establecían ante sus lectores una autoridad de ‘haber estado allá’ y haber sido testigo de primera mano de lo que refería (Clifford 1991). Adentrarse en mundos distantes y exóticos, atiborrados de peligros que debían ser superados y de secretos por ser descubiertos, fue una de las imágenes del trabajo de campo.
Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Incluso los distantes desplazamientos se hacen en horas o en unos pocos días. Ya no se puede hablar fácilmente de esos lugares recónditos que estimulaban la imaginación colonial europea de hace un siglo. Las interconexiones han hecho que el espacio y las personas se hayan acercado, al menos en unos planos. Los cambios se han dado también en cómo se concibe la etnografía. Hace ya varias décadas que las técnicas etnográficas de investigación dejaron de emplearse principalmente para dar cuenta de esas gentes radicalmente diferentes que habitaban siempre un allá-distante. Ahora la etnografía es cotidianamente utilizada para estudiar a las gentes que residen aquí y que definen el nosotros del etnógrafo.
Aunque usualmente se los toma como sinónimos, para este documento haremos una sutil distinción entre el trabajo de campo y el terreno. El trabajo de campo, como ya lo indicamos, hace referencia a la fase de investigación orientada predominantemente a la obtención de los datos. Por tanto, es la fase en la cual se ponen en juego las diferentes técnicas de investigación y la metodología en aras de levantar empíricamente la información requerida para responder a la pregunta de investigación. Si miramos el proceso de investigación etnográfico desde sus fases, primero estaría la formulación del proyecto de investigación, luego el trabajo de campo y finalmente la escritura.
Por su parte, el terreno constituye el lugar conceptualmente definido en donde se adelanta el trabajo de campo. Este lugar representa la unidad de observación desde la cual se aborda el problema de investigación. En la labor etnográfica a menudo se confunde la unidad de observación con el problema de investigación. Se tiende a asumir que porque se adelanta la investigación etnográfica en un poblado determinado ese es el problema de investigación. Una cosa es los lugares donde se estudia algo (terreno-unidad de observación) y otra lo que se estudia desde allí (problema de investigación).
El etnógrafo no es un sujeto situado, y en cuanto tal es percibido en el terreno. Cargamos bagajes de los cuales no podemos desprendernos a voluntad. A menudo somos investidos con ciertos estereotipos en terreno de los cuales no podemos escapar fácilmente. Múltiples son las marcaciones que acompañan al etnógrafo, a veces sin quererlo y sin ser consciente de ello:
“El etnógrafo, como sujeto ubicado, comprende ciertos fenómenos humanos mejor que otros. Él o ella ocupa un puesto o lugar estructural y observa desde un ángulo particular. Hay que considerar, por ejemplo, que la edad, género, su condición de extraño y la asociación con el régimen neocolonial, influyen en lo que el etnógrafo aprende. El concepto de ubicación también se refiere a la forma en que las experiencias cotidianas permiten o inhiben ciertos tipos de discernimiento” (Rosaldo 1991: 30).
Una de las características de la investigación etnográfica es que articula diferentes técnicas de investigación durante periodos de tiempo que suelen ser prolongados. La etnografía recurre a la observación participante, pero también apela a las entrevistas, análisis de documentos y, en ocasiones, incorpora técnicas de investigación cuantitativa. A esta combinación de diferentes técnicas es lo que se llama triangulación. Además, el trabajo de campo en etnografía suele demandar periodos prolongados, de unos cuantos meses a varios años. Idealmente, después de uno o varios periodos del trabajo de campo se dan regresos durante la fase de escritura para completar y contrastar información.
El trabajo de campo etnográfico se caracteriza también porque supone técnicas de investigación no “invasoras” ya que “[…] intentan eliminar la excesiva visibilidad del investigador, que obstaculizaría el acceso a la información y la empatía con los informantes” (Guber 2005: 100). A diferencia de la técnicas de investigación contra reloj y diseñadas en serie para aplicarlas por investigadores que ‘caen en paracaídas’ para extraer ciertas respuestas y llenar formatos, las técnicas de investigación etnográficas demandan paciencia y empatía con las personas y los lugares en los cuales se adelanta el trabajo de campo. Si no se cuenta con el tiempo ni con la actitud de considerar a las personas mucho más allá de ser simples fuentes de información, las técnicas etnográficas no son las adecuadas.
Mediante el trabajo de campo, las técnicas de investigación etnográficas apuntan a comprensiones situadas y profundas de la vida social. Son lentas y tienen ritmos difíciles de predecir, no tienen recetas ni caminos expeditos. No obstante, al final se cuenta con un conocimiento de mucho mayor calado que el derivado de otras técnicas impacientes e invasivas. Mediante un buen trabajo de campo etnográfico se evitan limitaciones propias de otras técnicas de investigación. Así por ejemplo, se evitan problemas como el sugerido por Guber con las encuestas y cuestionarios realizados sin las relaciones y conocimientos propios del trabajo etnográfico: “[…] la información de encuestas y cuestionarios puede resultar de lo que el informante supone que el encuestador desea oír, o bien, de intentos de encubrir normas infringidas, valores dominantes no practicados, etc.” (Guber 2005: 101)
Tiende a ser más fácil saber cuándo ha iniciado un trabajo de campo que ha establecer cuándo termina. En la formulación del proyecto de investigación y por los constreñimientos de financiación y de tiempo disponible, se suelen establecer de antemano los períodos del trabajo de campo. No obstante, los ritmos del trabajo de campo no se ajustan necesariamente a los cronogramas planeados con antelación. Igual suele pasar con las fronteras del terreno: el ‘estar allí’ y el ‘estar aquí’ son fronteras que pueden no estar tan claras, como cuando en los ‘buenos viejos tiempos’ el etnógrafo se desplazaba a lugares recónditos. Ahora no solo gran parte de los estudios etnográficos se realizan ‘aquí’, sino que las posibilidades de estar conectados con el ‘allí’ son bien distintas de hace solo unas décadas.
En el trabajo de campo etnográfico se suele recurrir a diferentes técnicas de investigación etnográfica. Para los propósitos de este texto nos centraremos en las cuatro más destacadas y recurrentes: la observación participante, el diario de campo, el informante y la entrevista etnográfica.

Observación participante
La observación participante es una de las técnicas etnográficas más referidas. Para algunos, incluso, la observación participante constituye el rasgo más distintivo de la investigación etnográfica. De ahí que no sea extraño que en ocasiones se equipare etnografía con observación participante (cfr. Evans-Pritchard 1976: 243). Aunque este planteamiento no es compartido por todos los académicos, sí confluye la gran mayoría en considerar que en la técnica de la observación participante radica una de las contribuciones más destacadas que la etnografía ha hecho al arsenal de tecnologías de investigación disponibles en las ciencias sociales hoy.
De una manera muy general, se puede empezar por plantear que la observación participante apela a la experiencia directa del investigador para la generación de información en el marco del trabajo de campo. En palabras de Octavio Cruz: “La técnica de la observación participante se realiza a través del contacto del investigador con el fenómeno observado para obtener informaciones sobre la realidad de los actores sociales en sus propios contextos” (2007: 47). La idea que subyace, muy sencilla pero con un gran alcance, es que mediante su presencia el investigador puede observar y registrar desde una posición privilegiada cómo se hacen las cosas, quiénes las realizan, cuándo y dónde. Ser testigo de lo que la gente hace, le permite al investigador comprender de primera mano dimensiones fundamentales de aquello que le interesa de la vida social. Esto permite acceder a un tipo de comprensión y datos que otras técnicas de investigación son incapaces de alcanzar.
Como su nombre lo indica, “La observación participante consiste en dos actividades principales: observar sistemática y controladamente todo lo que acontece en torno del investigador, y participar en una o varias actividades de la población” (Guber 2001: 57). Las distintas combinaciones de estas dos actividades y los grados en los que se pueden adelantar ha sido objeto de varias discusiones y distinciones (Valles 1999). De ahí que se hable de observación directa o indirecta, de observación sin participación, de observación mediante la participación, participación completa o parcial, entre otras. Para los propósitos de este texto, sin embargo, no vale la pena adentrarse en estas matices ya que, siguiendo en esto también a Guber, se parte de una noción amplia de participación: “El acto de participar cubre un amplio espectro que va desde ‘estar allí’ como un testigo mudo de los hechos, hasta integrar una o varias actividades de distinta magnitud y con distintos grados de involucramiento” (2001: 72).3

La observación participante suele suponer el residir por periodos significativos de tiempo con las personas o en los lugares con las cuales se adelanta la investigación. De unos pocos meses a varios años, esta residencia permanente hace que el investigador adquiera un conocimiento detallado de la vida de estas personas y lugares. Estar compartiendo la cotidianidad de estas personas y viviendo en estos lugares, permite que el etnógrafo se convierta en alguien conocido que puede atestiguar situaciones que otros extraños difícilmente tienen la oportunidad de hacerlo. Además, la familiaridad adquirida le permite al investigador comprender más adecuadamente eso que sucede, y que para alguien totalmente extraño sería difícil sino imposible de descifrar.
Hay trabajos de campo donde la residencia no es posible o viable, lo cual no significa que no se pueda adelantar la observación participante. Aunque ésta pierde el gran potencial derivado de la permanencia prolongada en un sitio y familiarización desde la cotidianidad con unas personas, no se puede descartar la técnica de la observación participante porque no se da la residencia. Por el diseño o las características del trabajo de campo, muchas investigaciones etnográficas que apelan a la observación participante reducen significativamente los periodos de residencia o los descartan.

Ahora bien, la residencia sin observación participante no tiene mayor significado etnográfico. Uno puede residir durante años, como lo hacen muchos sacerdotes o comerciantes, en contextos sociales y culturales diferentes sin comprender mucho de lo que sucede a su alrededor. Esta ceguera se presenta precisamente porque no abandonan sus posiciones sociocentricas y etnocentricas frente al entorno en el que residen.
La técnica de la observación participante no depende simplemente de la voluntad del investigador, ni siquiera de sus habilidades y experiencias previas (aunque éstas no dejan de jugar un importante papel). Para observar uno debe ser aceptado por las personas con las cuales se trabajaría, así como haber generado cierto grado de empatía: “Las capacidades de empatía y de observación por parte del investigador y la aceptación de éste por parte del grupo son factores decisivos en este procedimiento metodológico, y no se pueden alcanzar a través de simples recetas” (Cruz 2007: 48).

A menudo, la aceptación es algo que se logra sólo después de un tiempo y de haberse generado una mínima confianza con el investigador. Los factores que influyen para facilitar o entorpecer la aceptación varían según los momentos y contextos, por lo que no tampoco se puede ofrecer acá una receta de aplicación general. No obstante, no sobra anotar un par de indicaciones que suelen ser útiles. La transparencia del investigador con respecto al objeto de su estudio y a sus móviles, además de ser un imperativo ético, suele contribuir a facilitar el proceso de aceptación. Una actitud arrogante, distante e impositiva por parte del investigador tienden a entorpecerlo.
Para ser aceptado, puede ayudar el ser introducido por una persona de confianza en el lugar y para la gente con la cual se va a trabajar. Si tal persona da cuenta de los propósitos de la investigación y del carácter del investigador, esto constituye un ambiente bastante propicio para ser aceptado. Ser familiar o amigo de tiempo atrás de esta persona, suele ayudar bastante a limar las desconfianzas iniciales que con mayor o menor grado se presentan entre desconocidos. Ahora bien, es muy importante tener en mente que cuando el investigador se presenta e interactúa no solo tiene relevancia lo que dice, sino también toda la corporalidad y gestualidad asociada: “Los aspectos no verbalizados de la presentación del investigador dicen tanto de sus intenciones y de su persona (incluso a veces más) como su discurso, acerca de qué se propone y por qué está allí” (Guber 2005: 152).
Una vez aceptada la presencia del investigador, la discreción y cordialidad son las dos actitudes a seguir durante un primer período del trabajo de campo. Hay que prestar atención a comprender el entramado de relaciones y jerarquías entre las diferentes personas con las cuales se está trabajando y apropiarse lo más pronto posible de las reglas de conducta esperadas por parte del etnógrafo. Las conversaciones informales establecidas por iniciativa de las personas y el involucramiento paulatino y no forzado en sus actividades es lo que más ayuda en este primer momento de forjamiento de las relaciones. Durante este periodo, la iniciativa de qué lugares visitar, con quiénes conversar y en qué actividades participar debe estar más del lado de las personas que han recibido al etnógrafo, que de éste. En ningún caso es recomendable empezar con entrevistas formales acompañado de grabadoras, estar tomando fotografías o imponiendo agendas para participar en actividades de la gente. Además de constituirse como una violencia simbólica, esta actitud puede ser nefasta para el tipo de relación que demanda la observación participante y otras técnicas de investigación etnográfica.
Paulatinamente el etnógrafo se irá familiarizando con el entorno y se irán consolidando relaciones de confianza con la gente. La figura del investigador se irá también haciendo menos extraña y más cotidiana para las personas, con lo cual el grado de perturbación de la vida social por su presencia tiende a hacerse menos marcada. Este es el momento donde puede empezar a tomar la iniciativa en entablar conversaciones con personas que se habían mantenido distantes y que son cruciales para su labor investigativa, así como de solicitar ser invitado a aquellas actividades en las cuales tiene particular interés. Es el momento adecuado también para que paulatinamente aparezcan en escena la cámara y la grabadora.
Para este momento es que debe iniciar en serio la observación participante. Una de las opciones es recurrir a la elaboración de una matriz de observación. Como será pronto evidente, la viabilidad de trabajar con matrices de observación depende tanto del carácter del etnógrafo como de las particularidades del trabajo de campo. Así que las notas que siguen deben leerse como una expresión de un particular estilo de trabajo que de un requerimiento de la observación participante.
La matriz de observación tiene como función perfilar las pertinencias y prioridades en las observaciones que requieren ser adelantadas en terreno. Qué es relevante y qué no, cuándo y en qué orden establecer las observaciones, son algunos de los aspectos que se abordan en una matriz de observación. Aunque siempre hay que estar atentos a lo que sucede alrededor del investigador, la matriz de observación introduce una agenda de trabajo y una especie de lente en la obtención de ciertos datos.
Una matriz de observación es la operativización de aquellos aspectos de la pregunta de investigación que requieren datos derivados de la observación en terreno. Por tanto, en el diseño de la matriz de observación se parte de la pregunta de investigación. El cuestionamiento es entonces el siguiente: ¿qué datos derivados de la observación en terreno se requieren para responder adecuadamente esta pregunta de investigación? Solo después de haber estado un periodo de tiempo haciendo trabajo de campo es posible enfrentar productivamente este interrogante. El siguiente paso es hacer un listado de los datos requeridos en una columna, al frente de la cual se indicarían el tipo de observaciones que deberían llevarse a cabo para obtener estos datos. Luego de trabajar durante varios días en estas columnas de datos requeridos y observaciones correspondientes, se puede elaborar la matriz de observación. Ésta puede llevarse a una (o varias) tabla en la cual se indican los distintos datos que deben ser generados a partir de observaciones específicas.
Así, por ejemplo, si uno está haciendo una investigación sobre la pesca con un grupo de pescadores en una zona costera la matriz de observación daría cuenta de las diferentes técnicas o artes de pesca utilizadas, los productos (tipos de peces o crustáceos obtenidos), los momentos en los cuales se realiza (en la noche o en el día, durante una jornadas o varios días seguidos), los lugares específicos en los que se pesca (es distinta la pesca en la desembocadura de un río, desde la playa o en el mar abierto), los participantes en cada una de estas artes (si son individuales o colectivas), las relaciones establecidas entre ellos (de parentesco, vecindad, económicas), la distribución de los productos (si es para el consumo, para la venta, en qué porcentaje) y, por supuesto, los significados asociados a cada una de estas artes, lugares, tiempos, peces, etc.
El registro audiovisual amerita ser contemplado también en la matriz de observación: “Este registro [audio]visual amplía el conocimiento del estudio porque nos permite documentar momentos o situaciones que ilustran el cotidiano vivido” (Cruz 2007: 49). Cuando se incorpora en la matriz de observación la idea no es tomar la cámara o la grabadora para salir a ver qué se encuentra uno, sino hacer del registro visual y de audio parte de la generación de datos explícitamente elaborados para dar cuenta del problema de investigación. Esto no significa que se abogue por no mantener cámara y grabadora listas para registrar asuntos extraordinarios, lo cual es muy importante para este momento de la investigación.
La matriz de observación, que se va puliendo a medida que el trabajo de campo avanza, orienta las observaciones en el sentido de que define qué observar, cómo hacerlo, dónde y cuándo, además de que diseña un instrumento de registro para estas observaciones. Todos estos datos se van consignando en el diario de campo (del que se hablará más adelante), el cual es vital para el proceso de investigación.
En la medida de lo posible, es recomendable no quedarse con una sola observación sino repetirla varias veces y en situaciones y con personas diferentes para poder ponderar las variaciones que se dan. Es muy importante tener presente que uno no puede generalizar sin este contraste. También es útil triangular los resultados de la observación personal con preguntas en conversaciones informales a otras personas y, cuando es posible, con documentación y lo referido en la bibliografía existente.
En el desarrollo de la observación participante llega un momento cuando el investigador se siente saturado, siente que cuenta con la información suficiente y que lo observado y experimentado se hace reiterativo. Aparece la sensación de que poco o nada es novedoso. Este es el momento indicado para distanciarse del terreno por un tiempo y empezar la escritura. Lo ideal es que se trabaje en la escritura por un periodo de tiempo, para regresar posteriormente en varias ocasiones al terreno ya con vacíos de información muy concretos por llenar o puntos a contrastar.
Como escribir es pensar, cuando el investigador se enfrenta a la escritura a menudo aparecen cuestiones que no habían sido siquiera consideradas durante el diseño del proyecto y que no fueron ponderados durante el trabajo de campo. Encuentra que no observó ciertas actividades o le faltó hacer determinadas preguntas o entrevistas, o que si las hizo son insuficientes para los datos que requieren. Para llenar estos vacíos es relevante poder regresar a terreno al menos en otra ocasión y adelantar un periodo puntual de trabajo de campo. Dado que las relaciones ya están establecidas y claros los datos requeridos, este periodo de trabajo de campo puede ser adelantado a un ritmo más acelerado y en un tiempo mucho más corto.
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